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¿Alguna vez te enamoraste con la certeza de haber encontrado el verdadero amor? Para Nelo encontrar el amor resultaba un capricho del destino, y las chicas parecían que solo querían divertirse… Entonces la descubrió detrás de aquellos ojos tristes, era tan joven y a la vez tan mujer… El tiempo le hará comprender que Paula lo hacía pensar mucho más de lo que deseaba hacerlo, era capaz de poner su mundo patas arriba y, aunque ella desconocía sus sentimientos, él podía oír su nombre en cada uno de sus latidos. Era evidente el amor entre ambos con solo verlos bailar. Amor que tardaría en manifestarse… Inocencia, destino: la vida misma abriéndose camino.
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Seitenzahl: 126
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Montiel, Paula Alejandra
Simplemente Paula : el corazón de Nelo / Paula Alejandra Montiel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
150 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-083-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Montiel, Paula Alejandra
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Simplemente, Paula
Montiel Paula Alejandra
Te soñaba así
un infierno hecho pradera,
mil inviernos
fríos
gélidos,
a veces frágil,
tierna.
Con la mirada profundamente pícara
y la seguridad de una diosa
a la deriva.
Capítulo 1
No lograba entender a las mujeres, nunca eran claras con sus coqueteos. Carina, que así se llamaba la joven a la cual me refiero, me había dicho que saldríamos juntos y luego me dijo que solo me quería como se quiere a un amigo.
—Me parecés re buen pibe, pero te veo como un amigo. Podemos salir solo como eso —decía mientras jugaba con sus rulos con hiriente indiferencia.
Aún no lo podía creer, no era la primera vez que esto me pasaba y seguramente tampoco sería la última. Regresaba a casa con la frustración y el enojo de haber sido rechazado, disgusto apenas mitigado por el sabor del cigarrillo.
«¿Qué había sido aquello?».
Caminaba con poco entusiasmo, intentando reorganizar mis pensamientos. Tampoco había sido para tanto, apenas nos habíamos visto en el colegio un par de semanas atrás; luego se había cambiado de escuela. Si bien algo en Carina había llamado mi atención en un principio, no había vuelto a pensar en ella hasta que casi por casualidad habíamos coincidido en aquella fiesta.
Era linda, de piel trigueña y ojos claros, simpática, aunque un poco altiva y engreída. Esa noche la había visto más bonita que en otras oportunidades, seguramente porque también ella no dejaba de mirarme y sonreír; además, había aceptado bailar conmigo de inmediato sin consultarles a sus amigas, que, por cierto, me miraban de igual forma y se alegraban de vernos juntos. Ahora me resultaba incuestionable que algo se traían entre manos, algún juego de chicas traviesas… Comprendía que había sido su juguete de una noche, un capricho. Sin embargo, en mi inocencia no supe ver que había sido Carina quien se había insinuado e, incluso, me había regalado un tímido beso.
A medida que mis pasos me alejaban de la cita, también quedaba atrás la ilusión de tener novia.
La tarde iba cayendo con lentitud. En casa tendría que soportar las burlas de mi hermano mayor, él sabía del encuentro. Quizás le diría que al final no me había animado a ir; era preferible que se burlase de mi timidez que de mi poca suerte con las mujeres.
Aldo era distinto, seguro de sí mismo, se sabía todo un galán, era mucho más alto y guapo, le sobraba carisma y encanto con las mujeres. A sus flamantes veinte años se había vuelto todo un casanova probando cuanto néctar virginal se le ofreciera, aunque precavido que de su corazón nadie se adueñara. Ciertamente, nunca lo había visto enamorado y, para él, eso era su mayor virtud y su secreto.
Eran interminables las charlas en las que en vano nuestra madre intentaba que cambiase de opinión, resignándose a que algún día hallaría la horma a su zapato. Mamá bien sabía que el amor, al fin de cuentas, era lo único que importaba; en ella este sentimiento había dejado rastros imborrables y yo deseaba un amor así.
Fumé con rabia la última pitada del cigarrillo y sonreí con una rara mueca a mi propia suerte durante un segundo, o tal vez dos, cuando un llamativo murmullo de joviales risas proveniente de unas chiquilinas en la vereda de enfrente me volvió a la realidad. Las observé en la breve distancia. Mis ojos se detuvieron casi hipnotizados, ya que una chispa fugaz me alcanzó indescifrablemente, acababa de entender que el amor llegaría por sí solo. Debía dejar de interpretar a las chicas; en definitiva, no sentía nada por Carina, ni ella sentía algo por mí, nada de nada. Contagiado por aquella risa, reía de mí mismo.
Poco a poco la rabia se disipó hasta llegar a la calma. Con las manos en los bolsillos, continué mi camino con la certeza de que el futuro me regalaría aquello que en lo más recóndito mi alma anhelaba.
Capítulo 2
Había pasado una semana, las burlas de Aldo eran algo a lo que estaba acostumbrado. Pese a que lo oía sin reparar demasiado en sus palabras, se volvía fastidioso. Claro estaba que finalmente trascendió la versión, arduamente planificada, en la que yo no había asistido a la cita. ¡Con eso ya tenía bastante!
Por momentos pensaba en silencio, casi imaginando, qué hubiera pasado si ella me hubiera dicho que sí… Ahora me daba cuenta de que no sabría qué hacer… No es que no supiera cómo actuar, sino que no sentía amor… no el amor del que mi vieja nos contó.
Besarla sería netamente frívolo.
—No puedes ser tan tímido con las mujeres… En cuanto se insinúen..., ¡zaz! Un beso en plena boca, de sorpresa, y vas a ver que les encanta. Tienes que ser decidido y audaz. De última… pides con mirada de arrepentimiento disculpas… o te abofetean casi por impulso… pero te juro que casi no falla… —decía en voz alta actuando con arrogancia cada palabra.
—Ja, ja, ja… Eres terrible… ¿Dime cuántas veces te abofetearon en la cara? —le replicaba con ironía buscando motivos para reírme de él.
—Deja de dar consejos que no sirven para absolutamente nada y cuelga bien toda la ropa— le gritaba con seriedad mamá, y lo mandaba con el fuentón atestado de ropa recién lavada y la bolsa de broches de madera.
—Ufa —respondía Aldo con disgusto a la vez que se retiraba guiñándome un ojo.
Ahora quedábamos solos, ella me observaba sigilosamente, como si buscara algo… examinándome minuciosamente… Luego de un momento, dijo:
—¿Qué te anda pasando a ti que tu hermano te aconseja sobre faldas? ¿En qué lío te estarás por meter?... No te veo enamorado… pero… ¡no me gusta nada!
—Nada, mamá… Quédate tranquila... —Le di un beso en la frente para convencerla y salí a la calle.
Necesitaba huir de allí y caminar sin destino; cada vez que me sentía confundido, vagar sin rumbo aquietaba mis pensamientos, adormecía todas las preguntas que no podía, quería o sabía resolver.
Un rato después me encontraba en la casa de Ramiro.
Ramiro era mi amigo de siempre, un taurino loco pero incondicional, yo sabía sus secretos y él los míos, ambos éramos confidentes recíprocos. Solíamos tomar amargos mates o compartir unas buenas birras heladas, entre charla y charla.
Teníamos cosas en común, pero muchas más en divergencia: él, un argentino bien gallina, fanático empedernido del club River Plate; mientras que yo hinchaba por mi amado equipo de Peñarol y simpatizaba en este suelo por el club de Boca Juniors. ¡Mucho más que una cuestión de rivales camisetas!
En cuanto a la música, yo era amante del rock and rolly él de la cumbia tropical; si a mí me agradaba el día, a él la noche, cara y contracara de una moneda, siempre en polos opuestos; sin embargo, encontrábamos la manera de llevarnos bien, porque de eso se trataba la verdadera amistad.
Al contarle lo ocurrido, lo comprendió enseguida… Yo no estaba enamorado.
—Deberías buscar otra mina, esa tiene un tremendo nivel de histerismo, un día es una persona redulce con besos apasionados y después, apenas al día siguiente…, te quiero como “amigo”. Ni vale la pena… es para futuros problemas… ¿Te acuerdas de Laura? Era igual… Pobre Javi… todo lo que padeció… —me decía totalmente convencido.
—Tal cual… después de todo, tienes razón —respondí afirmando con la cabeza.
Javier era otro de nuestros amigos, aunque hacía un tiempo no nos frecuentaba, para ser exactos, desde su noviazgo con Laura, quien había resultado ser una auténtica pesadilla. Lo manipulaba como si Javier fuera un títere, un muñeco sin sentimientos; por momentos estaban bien, pero en otras ocasiones ella lo abandonaba para luego recriminarle que poco la amaba… Su relación había sido un verdadero juego de sube y baja, al punto de que mi amigo solo vivía en torno a los caprichos de su novia, quién al fin de cuentas, un tiempo después, lo había cambiado por otro joven, lo que le había provocado un vacío enorme.
Yo no quería una novia así… definitivamente no.
¿Cómo era la chica que buscaba?
¿Acaso la buscaba?
Capítulo 3
Desperté nervioso, afuera llovía copiosamente, sería un sábado para no hacer nada, me levanté sin demasiada prisa y con total pereza apronté el amargo.
El mate amargo siempre me hacía sentir en casa, en mi verdadera casa… en mi paisito amado a la otra vera del río; habíamos emigrado a esta ciudad luego de la gran inundación, apenas algunos recuerdos lejanos guardaba en mi memoria… El viejo camión que nos traía humeando en la ruta, el cruce del puente internacional y la tensión en el ambiente…
Nadie lloraba o tal vez en secreto lo hacíamos todos… La seriedad reflejada en los ojos de mi madre indicaba que ya nada sería igual. Sorbí el mate con prisa y me quemé la lengua. La nostalgia errante chocaba con la realidad, ahora aquí el niño que había sido quedaba atrás y con él la historia no narrada del pasado.
Por momentos pensaba en el hombre que me gustaría ser… ¿acaso se podía elegir? La vida nos había golpeado con tremenda fuerza y aún despojados de mucho brindábamos batalla. Deseaba con ansias hallar el amor.
—Cébame un mate, pedazo de tonto —me dijo Aldo mientras me arrojaba un pedazo de pan que dio de lleno en mi cabeza.
—¡Para, tarado! ¿Qué haces? —le respondí a la vez que le alcanzaba el mate.
Aldo era mucho más que un hermano, podía ser un tipo rebelde, mujeriego e incluso algo altanero, podía burlarse de mí y cargarme ampliamente, pero también era como un padre, un gran padre. Tenía el don de protegernos a todos y a cada uno de nosotros; desde pequeño había sido un hombrecito. En más de una oportunidad me había salvado de riñas y peleas, su sola presencia disipaba cualquier peligro.
—¿En qué pensabas que estabas súper concentrado? —Reía mostrando en su sonrisa su actitud ante la vida.
—¿Te acuerdas de cuándo vinimos? Recordaba eso…
—Pero… ahora estamos aquí. —Acariciaba mi flequillo con ternura como cuando éramos gurises a la vez que me devolvía el mate y se sentaba a mi lado preguntando—: ¿Y la minita? ¿Volviste a verla?
—Nooo, era una histérica… Ya fue… Tampoco estaba tan buena…
—Ja, ja, ja. Entonces, rebotaste. —Reía con libertad.
—Ja, ja, ja. Algo así.
La mañana transcurría velozmente entre mate y charlas… Seguía lloviendo… Afuera me aguardaría el amor de mi vida en algún esotérico lugar.
Capítulo 4
Había transcurrido un mes de mi última frustrada aventura amorosa, ahora me sentía más libre que nunca, estaba completamente seguro de que no necesitaba una novia para ser feliz. Posiblemente porque como un autómata me lo repetía una y otra vez: «no necesito tener una novia, no la necesito».
Podía disfrutar la vida con amigos, Ramiro era incondicional, siempre estaba predispuesto a salir, sin importar el destino o la situación, era un compañero bien pierna.
Javier era divertido cuando no estaba de novio, pero bueno… últimamente no contábamos demasiado seguido con su presencia, al parecer había vuelto a intentarlo… Laura otra vez rondaba tras él.
Por otro lado, podía pasar tardes enteras charlando con Lili, ella era como una hermana pequeña, algo pueril y frágil.
Éramos amigos desde que con nuestra familia nos habíamos mudado al barrio, dado que ella vivía en la esquina de nuestra casa, tenía un año más que Marina, mi hermana, y aunque ellas hubieran debido ser amigas, excepcionalmente se detestaban.
Marina era especial, un poco chiflada pero genuina, poseía el don de decir las cosas de frente y sin filtros. Confrontar era algo cotidiano para ella y singularmente en la mayoría de las ocasiones terminaba teniendo la razón.
El mundo no estaba listo para escuchar verdades y mucho menos si esas certezas salían de la boca de una jovencita adolescente.
Desde pequeñas el desagrado entre ambas era un sentimiento a flor de piel, cuyos motivos eran un gran misterio. Por un tiempo había creído que mi hermana sentía desenfrenados celos de ella, luego comprendí que lo que en verdad le molestaba no tenía que ver con el cariño que Lili me profesaba, sino con características de su personalidad, detestaba sus inseguridades y el hecho de que ella me necesitara para tomar decisiones o animarse a algo.
Existía una tácita dependencia; para su todo siempre estaba yo, en cada situación que emergiera ante su vida: amistades, noviazgos, escuela… todo me lo refería, algunas veces sencillamente me solicitaba consejos… pero eternamente contaba conmigo.
Yo lo hacía porque en el fondo cuantiosas veces me sentía igual que ella.
Inseguro…
Solitario…
Diferente…
No me gustaba hablar de mis sentimientos… Ni siquiera conmigo mismo.
Capítulo 5
Unos días después comenzaron las clases, abominaba cumplir con los horarios establecidos y toda la fanfarria de la rutina escolar… pero allí estaba de pie frente al espejo anudando la corbata azul, ocultando el botón rebeldemente desabrochado de la camisa blanca, con los zapatos bien lustrados y los dedos de los pies hacinados en las medias azulinas.
Con dos materias previas, había logrado posicionarme en el segundo año del bachiller y eso era todo un logro debido a mis reiteradas inasistencias por motivos laborales. En otras palabras, cada vez que me ofrecían alguna changuita de albañilería o de jardinería. Tareas que detestaba con todo mi ser, pero que necesitaba económicamente.
Consiente estaba de que aún no tenía en claro qué iba a hacer con mi vida, sin embargo, y casi a contraposición, sabía con certeza aquello que no deseaba. No deseaba nada que tuviese que ver con la construcción, ni desde el último eslabón de auxiliar de maestro de obras hasta el mismísimo elevado puesto de arquitecto o ingeniero, pasando por todas las ramas que pudiesen tener algo que ver, como electricista, plomero, gasista, cerrajero, etc.
Odiaba el olor a cemento fresco tanto como al polvillo atrevido de la cal blanquecina y altamente volátil entrando por las cuencas de mis sendas fosas nasales.
Levantar paredes me resultaba aburrido y rutinario, pero el trabajo era el trabajo y no le hacía asco, aunque tampoco representaba algo en mi vida, más que la paga injusta que me señalaba el estatus social al que pertenecía.
Por supuesto que no había contratos escritos ni seguros sociales, tampoco existía recibo de sueldo a mi nombre ni al de ninguno de los muchos sujetos invisibles que pasábamos por la obra. Éramos verdaderamente sujetos invisibles, solo que hacíamos el trabajo más duro y pesado, sin quejarnos de la falta de seguridad laboral ni mucho menos del marginal dinero recibido que rara vez era proporcional a las horas trabajadas. Quejarnos era otra utopía, ¿con quién lo haríamos?, ¿con el capataz?, ¿con el encargado de turno?... Si su puesto era tan improvisado y mal pago como el nuestro.
