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La familia, el amor, la amistad, las relaciones laborales, la salud, el hogar, el ocio, son ámbitos cotidianos en los que las mujeres pueden experimentar la libertad, tal como se argumenta en este libro desde ángulos antropológicos, psicológicos y literarios. Se analizan las causas del sometimiento femenino a la estructura social y se ofrece una propuesta esperanzadora de futuro que implica a ambos sexos, ya que sólo modificando las relaciones entre hombres y mujeres podrá diseñarse la nueva realidad que se pretende.
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Seitenzahl: 330
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sara Berbel Sánchez
Nuevas formas de libertad en el siglo XXI
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Presentación
1. Amor
Un objeto amoroso
La conquista del amor o el cazador cazado
El amor ideal
Amor versus fidelidad
El «plus» de las mujeres
Amor libre
2. Familia
¿Es necesaria la familia?
La familia ilustrada
La familia del siglo XX
La familia del Estado del bienestar
¿Qué consecuencias tiene?
Modelos de convivencia alternativos
3. Hogar
El trabajo femenino
La reina de la casa
Las revistas femeninas
Un espacio de poder
La falacia del compartir
El hogar del futuro
4. Amistad
El jardín de la ética
Amigas de aventura
Lazos y letras
Un paseo por la vida
La ausencia de amigos
¿Amistad, amor o sexo?
Un poder inmenso
Herederas de Ixchel
5. Trabajo
El trabajo y las mujeres: una relación compleja
El desempleo y las working poors
La revolución que no llega
La libertad del trabajo
6. Salud
La tristeza en el cuerpo
Las enfermas perpetuas
El secreto de la histeria
La salud de las mujeres trabajadoras
Género, salud y pobreza
El privilegio de las amas de casa
La explotación de las abuelas
Cuerpos que sufren
7. Ocio
El tiempo elegido
Ciudades para el consumo
La sociedad del espectáculo
La cultura como mercado
La alegría en el cuerpo
Perseguir el deseo
8. Hacia la libertad
La renuncia a la vida
La pasividad femenina
Las nuevas brujas
La servidumbre voluntaria
Bibliografía y referencias
Durante los tres años que ha durado la elaboración de este libro ha habido diversas personas que han dejado su huella en él, directa o indirectamente. Son, por tanto, también protagonistas de las vivencias, pensamientos y hasta sueños que aparecen en estas páginas, aunque nunca responsables de sus errores o carencias.Todas me han ayudado a llevarlo a término, bien aportando sus conocimientos, casi siempre superiores a los míos, bien otorgándome su confianza y dándome ánimos en los momentos de desaliento. En primer lugar, tengo que dar las gracias a todas las mujeres que en estos últimos años me han cedido sus experiencias y sentimientos (convertidas dentro del texto en Coros de voces) con la esperanza de que sirvan a otras mujeres en la medida de sus deseos y necesidades.
También al catedrático y poeta, pero sobre todo amigo, Jordi Virallonga por sus valiosos consejos sobre la redacción del texto y, especialmente por sus (nuestras) apasionadas discusiones en torno al contenido.
A mi amiga la Dra. Estrella Montolío por sus agudas observaciones y por su siempre estimulante pensamiento. La maternidad de algunas de las ideas expuestas, especialmente en torno a la relación de las mujeres con su cuerpo, le corresponden a ella.
El mundo laboral y sus implicaciones éticas y sociológicas han sido durante años motivo de análisis y contraste con mi amigo Paco Ramos, un gran experto, desde el punto de vista académico y profesional, en el ámbito de las políticas de empleo. Sin embargo, su pensamiento está presente en todo el libro, más allá del capítulo del trabajo.
El capítulo dedicado a la salud de las mujeres no habría existido sin la colaboración entusiasta de mi amiga María Rosa Benedicto, excelente médica de familia, que ha aportado humanidad y ternura a la mera exposición de datos en múltiples conversaciones mantenidas a lo largo de nuestra vida.
Las reiteradas discusiones acerca de las causas y soluciones sobre la violencia de género con mi admirada amiga Maribel Cárdenas, la mayor experta en el análisis y la lucha contra el dolor femenino que conozco, me condujeron a escribir el capítulo «Hacia la libertad», al que ella respondió con otro escrito que espero se decida a publicar en breve.
Durante los años 2002 y 2003 vivimos una experiencia muy intensa desde la Concejalía de la Mujer del Ayuntamiento de Barcelona, siendo Lourdes Muñoz la concejala y Verónica Martínez su asesora técnica. Sin ellas, sin la pasión que me transmitieron al incorporarme a su equipo, sin su coherencia y, sobre todo, sin su complicidad, incluidas dudas y certezas, muchas de las ideas expuestas serían seguramente menos cercanas al corazón.
Y, cómo no, todo mi agradecimiento a Rafael Alonso, compañero del alma, por su inteligencia, su sabiduría y su proximidad. Sin olvidar al pequeño de la casa, mi hijo Víctor, que a los diez años es el primer lector y crítico de su madre, además de quien pone la alegría y la esperanza en cada una de las palabras de este libro.
Mi ansia de libertad era mucho mayor que mi deseo de amor.
Porque, ¿qué era el amor si no tenía libertad?
Nawal el Saadawi, Prueba de fuego
Veraneo en un pueblecito del Maresme, frente al mar. La playa es tan pequeña que, en ocasiones, es casi imposible no oír las conversaciones de las personas que disfrutan del sol estival sobre la arena. Hace unos meses, dos mujeres comentaban el asesinato de Marie Trintignant, la conocida actriz francesa, a manos de su compañero sentimental, el cantante rockero Bertrand Cantat, conocido también por su compromiso ético y su pertenencia al movimiento antiglobalizador. Las dos amigas expresaban su incredulidad por el suceso: «Ella era feminista y él antiglobalizador, ¡imagínate!». «Pues no sé cómo ella, siendo una luchadura, pudo dejarse».Y así continuaron unos minutos hasta que pasaron las páginas de la revista que hojeaban y cambiaron de tema.
Lo que más me impresionó en aquel momento, hasta el punto de desear ver los rostros de las mujeres que comentaban la noticia, observar sus ojos, fue la extrema frialdad con que comentaron el suceso. Una mujer, en este caso famosa, había muerto a causa de una paliza propinada por su compañero, quien la dejó agonizar durante horas sin avisar a nadie que pudiera salvarla, y ellas hablaban con el mismo tono y actitud que si trataran del peinado de una actriz o de un nuevo modelo de automóvil. No detecté ni la más mínima expresión de compasión, comprensión ni, mucho menos, solidaridad. Era evidente que aquella muerte les resultaba absolutamente ajena, como todas las que semanalmente suceden en nuestro país.
El mismo día, por ese tipo de casualidades que en realidad no lo son, sino que responden a una lógica interna que todavía se nos escapa a los seres humanos, leía una entrevista realizada a Maurizia Cacciatori, una deportista de élite, en la que la jugadora de balonvolea negaba categóricamente la necesidad de la defensa política de las mujeres. «Las feministas intentan convencernos de que lo que denuncian está sucediendo ahora mismo. ¿De qué hablan? No entiendo de qué hablan», afirmaba1. Y aseguraba que determinadas reivindicaciones feministas son incluso ofensivas porque las mujeres de su edad están plenamente emancipadas. Se trata de una mujer joven, segura de sí misma, una mujer que ha triunfado en la vida, y no hay duda de que otras muchas jóvenes piensan como ella.
Ambas anécdotas me hicieron reflexionar sobre la distancia de las mujeres respecto a su realidad. Una distancia intelectual y afectiva.Y del precio que con excesiva frecuencia se paga por ella: la esclavitud, entendida en sentido amplio. Un día, un amigo con el que discuto a menudo sobre estos temas, ponía en duda el sentido de colectividad femenina. Me dije que tal vez mi amigo tenía razón y las mujeres no somos un colectivo. Tal vez el tener un mismo sexo y sufrir similares vicisitudes no sea suficiente para crear vínculos entre nosotras. Sin embargo, yo parto de ese supuesto como base para el desarrollo de mi trabajo. Considero que, si bien las mujeres nos diferenciamos por clases sociales, caracteres, lugares de procedencia y tantas más variables, tenemos suficientes aspectos en común como para poder partir de un análisis de la colectividad. Análisis que en ningún caso pretende juzgar actuaciones concretas o individuales. Sólo trato de comprender el sentido de las vidas y las muertes de muchas mujeres, aprendiendo de ellas para ser capaz de evitar sus errores y multiplicar sus logros.
Este libro trata sobre nuevas posibilidades de libertad en el siglo XXI. El hecho de que las protagonistas, en positivo o negativo, sean a menudo las mujeres no significa que el cambio propugnado no sea universal. Lo femenino es tan universal como pueda serlo lo masculino.Y lo digo porque con frecuencia se tacha de «libros de mujeres» a aquellos que tienen como sujetos del texto a las mujeres, y, en cambio, no se consideran «libros para hombres» aquellos cuyos sujetos y protagonistas implícitos o explícitos son varones. En este caso, por lo tanto, el femenino no excluye a nadie sino que, por el contrario, está utilizado de forma inclusiva.
Desde esta perspectiva, si el amor debe cambiar de rumbo y respetar la libertad de cada miembro de la pareja, o convertirse en un sentimiento no necesariamente ligado a la familia, si la amistad entre hombres y mujeres es un objetivo a alcanzar, si el ocio debe y puede separarse del espectáculo y del mercado, si esos u otros procesos ocurren, aunque se den fundamentalmente a partir de cambios en las mujeres, la evolución y resultados afecta a la sociedad entera, y las nuevas situaciones configurarán nuevas relaciones que, naturalmente, vivirán ambos sexos. Por eso lo que cuenta este libro pertenece a toda la sociedad aunque con frecuencia esté expresado a partir de las experiencias femeninas.
Es cierto que la familia, el hogar, el amor romántico y la propia estructura social tal como está diseñada son también cárceles para los hombres. También la organización de nuestra sociedad los esclaviza, a menudo los explota, los hace infelices, limita sus posibilidades y les impide ser libres. Sin embargo, todos los capítulos arrancan con Coros de voces que son extractos de juegos terapéuticos realizados en grupos de mujeres. ¿Por qué este protagonismo femenino? Se me ocurren varios motivos: uno es la doble discriminación que padecen las mujeres por causa de su sexo. Como decía la socialista Clara Zetkin y, antes que ella, Flora Tristán, los varones obreros están explotados por el capitalismo, y las obreras por el capitalismo y por sus maridos obreros. En la actualidad, si los hombres tienen dificultades para promocionarse en sus trabajos, sobre todo en los que predomina la estructura jerárquica, las mujeres aún más porque a la organización vertical hay que añadir el «techo de cristal» que les impide acceder a determinados puestos de responsabilidad; si los varones están sujetos a contratos precarios, las mujeres, el doble, y, además, cobrando un 30% menos que ellos, como muestran todos los análisis al respecto; si los hombres encuentran obstáculos para vivir una sexualidad libre, las mujeres, aún más, debido al silencio y la culpabilidad que se ejerce sobre sus cuerpos.
El segundo motivo es que aún falta mucho para que los escritos que muestran reconocimiento a la existencia de las mujeres alcancen, ni de lejos, los que durante siglos se han editado en su contra o con su ausencia, comenzando por textos como el Antiguo Testamento, los de los filósofos griegos, pasando por el Malleus Maleficarum, del s. XV, y acabando con las obras de muchos de los filósofos y poetas del siglo XX. Por eso este libro cuenta experiencias y pensamientos desde el ámbito femenino con voluntad de alcance a hombres y mujeres. Parte de espacios cotidianos y comunes como son la vivencia del amor, la familia, el hogar, el trabajo, la amistad, el ocio y la enfermedad para reflexionar sobre ellos y abrirlos a nuevas perspectivas.
Las personas del siglo XXI organizamos nuestras vidas en torno a conceptos que se acuñaron hace muchos años, siglos atrás, cuyo significado original ha variado sustancialmente. La no revisión explícita de estos conceptos conduce a confusión y cierto caos social que algunos sectores califican de «falta de valores», sin pensar que, detrás de una actitud social, siempre hay un valor que la determina, aunque no sea visible.
Un ejemplo muy claro de lo que digo es el concepto familia. En todos los análisis sociológicos la familia es el sistema de convivencia mejor valorado por la ciudadanía, especialmente entre la juventud. Esto da pie al personal investigador y profesional de la política a hacer lecturas diversas, e incluso divergentes, sobre el tema. Las personas conservadoras se felicitan por el buen estado de salud del núcleo por excelencia de la sociedad y de la patria, la familia tradicional; las personas que se definen como liberales prefieren suponer que cada encuestado o encuestada, al responder las preguntas, ha pensado en su propia familia, de manera que así quedan implícitamente recogidas todas las diversas formas de vínculo que existen en la actualidad; las personas que se sitúan en el ámbito progresista y de izquierdas sufren un ligero desconcierto después de una larga tradición en que abogaron por la desaparición de la familia como estructura social opresora, pero se reponen rápidamente y se suman con entusiasmo a la felicitación por el mantenimiento de la familia, no sea que se separen de la mayoría sociológica y sean castigados en la próxima contienda electoral.
Unas y otras hablan posiblemente de familias diferentes, pero lo cierto es que todas se agrupan bajo el sustantivo familia. De este modo, tratando de no separarse de la población pero manteniéndose fieles a la propia ideología (y a la diversidad social) hallamos textos tan enrevesados como los que nos hablan de familias monomarentales y monoparentales, familias de hecho, familias formadas por parejas del mismo sexo e incluso, forzando ya el lenguaje y el concepto a niveles extremos, de familias unipersonales.
Creo, en definitiva, que es el momento de reinventar conceptos. Situaciones nuevas requieren conceptos nuevos, previo análisis del cambio de significado acontecido. La escritora americana de novela negra, Sara Paretsky, ha creado un personaje de ficción que es una detective valiente y segura de sí misma. En un pasaje de su novela Sin previo aviso, la detective lee un cuento a una niña de cinco años. El relato explica que una princesa se arrojó a unas inmensas cataratas huyendo de una hechicera malvada. En el momento de lanzarse dijo: «Antes preferiría morir que perder la libertad». Esta frase, imposible de imaginar en boca de una protagonista femenina en los cuentos infantiles tradicionales, corresponde al imaginario de una mujer nueva. Implica nuevos valores y una forma diferente de mirar el mundo, una mirada que no es posible desde ningún tipo de sumisión.Y ése es, precisamente, uno de los propósitos principales de este libro: contribuir a crear nuevos escenarios, físicos y simbólicos, conceptos diferentes que están dentro de todas las personas, pero que no hemos desarrollado suficientemente. Avanzar en la búsqueda de nombres y conceptos que respondan a las diferentes realidades actuales, a la cotidianeidad, nombres que nos permitan avanzar en nuevos modelos de convivencia connotados positivamente para la libertad de las mujeres, que es lo mismo que decir para la libertad de todos los seres humanos.
1 Entrevista completa, en «El País», domingo 31-8-2003.
Paula: Soy una princesa de un cuento de hadas y no encuentro a mi príncipe. He conocido a muchos y todos me parecen feos, malos o aburridos. ¿Alguien sabe dónde está el mío?
Clara: Soy Medea: una mujer que ama a su hombre con locura. Si él no me quiere, me quito la vida. Si se va con otra, los mato a los dos.
María: Soy como el holandés errante. Llevo años y años vagando en solitario.Ya sólo quiero morir.
Rosa: Soy Madame Bovary.Tengo un amante y un marido. Sé que soy culpable y me siento muy mal.
Anabel: Soy el patito feo que nunca se convierte en cisne.Todos los hombres acaban burlándose de mí y ninguno me quiere de verdad. Quieren pasar el rato, pero no tomar compromisos serios, como casarse, por ejemplo.
Alba: Soy una prostituta: me gustan todos y tengo todos los hombres que deseo.
* * *
Clara: Respondo a Paula: en el fondo del mar, matarile-rile-rile, en el fondo del mar, matarile-rile-rón.
Anabel (a Alba): Si tienes todos los hombres que deseas, ¿a cuál de ellos amas?
Rosa (a María): La vida está en ti. No la busques afuera. ¿Por qué vagas buscando un hombre? Búscate a ti misma y verás que es suficiente.
María (a Rosa): Tienes dos hombres y te quejas… Creo que yo sería feliz amando a dos hombres.
Alba (a Clara): Creo que te falta amor y te sobra locura.
Paula (a Anabel): Yo te veo como Caperucita. Crece y deja de jugar con el lobo. Coge flores y disfruta del paseo. Si quieres, yo te acompaño…
El amor ha sido el invento que mayor rentabilidad social ha proporcionado al poder establecido respecto al sometimiento de las mujeres. Puedo afirmarlo después de haberle rendido tributo, saboreado sus ternuras, asumido sus sacrificios y exorcizado sus culpas. Sabemos que, en demasiadas ocasiones, por amor se ha controlado, encarcelado, infantilizado, esclavizado y asesinado a las mujeres.Y también por amor ellas aceptaron sin remedio esos durísimos destinos.
Una tarde me habían invitado a dar una charla sobre el asociacionismo femenino en un centro cívico de una ciudad próxima a Barcelona. Había preocupación entre las organizadoras por la escasa participación de las mujeres en las entidades cívicas y políticas de la localidad. «En cambio —me dijeron— hemos tenido un gran éxito en el concurso de poemas. Parece que a las mujeres sólo les interesa el amor». «Bien —contesté— pues hablemos del amor». Por eso inicio mi reflexión con este asunto, porque la nueva construcción de nuestra historia individual y colectiva requiere el análisis del amor, los engaños a que conduce, las trampas que esconde y el entramado normativo que lo controla. Hablando del amor también estamos haciendo cultura, sociología e incluso política, la más alta posiblemente, ya que cuestiona el modelo de relaciones imperante. Pero, por encima de todo, apuntamos al núcleo básico de las experiencias femeninas, aquellas que conforman nuestra fortuna o el fracaso vital más doloroso y en las que todas nos reconocemos. Se confunde el amor con las relaciones de posesión, con la exclusividad en la pareja, con la dependencia, la necesidad o el miedo a la soledad. Se llama amor a múltiples vínculos que no necesariamente lo son. Esto no significa que el amor no sea posible o conduzca al fracaso inexorablemente. Existe y gracias a él los seres humanos estamos vivos. Pero se trata de otro tipo de amor que analizaremos al final de este capítulo. Una forma de amor en libertad, poco conocida y menos practicada.
Para empezar, debemos constatar que el concepto de amor ha cambiado a lo largo de la historia. Se ha producido una alternancia en el predominio del amor sexual (asociado a la reproducción de la especie), el amor religioso, el amor ideal o el cortés, aunque en muchas épocas han convivido paralelamente y aún hoy hallamos todos esos aspectos dando forma al sentimiento amoroso.
El amor entre hombres y mujeres, tal como lo conocemos en la actualidad, proviene de los nuevos modelos que sobre el sentimiento amoroso aparecieron en la Baja Edad Media. En esa época surgieron una serie de perspectivas diferentes respecto al tratamiento del amor que suelen agruparse con el nombre de «amor cortés», término que se acuñó para designar el nuevo estilo amoroso y cultural que se desarrolló en torno a la intensa vida social de los castillos de la época, la «Corte», y que pretendía marcar diferencias sociales a través de nuevos modelos de comportamiento.
Anteriormente la canción popular y luego los trovadores habían desarrollado coplas y canciones festivas en las que el hombre salía a «cazar» a la amada en huertas y jardines. Este «amor del cazador» es muy frecuente en la lírica primitiva (Virallonga, 1992). La propia asimilación del término amor a caza da idea de la teoría implícita: el hombre somete a la mujer en el lance amoroso. Esta idea subyace en la mayoría de formas amorosas, aunque no siempre está tan claramente explicitada. El amor cortés, en cambio, pone el acento en la glosa de reinas, santas y heroínas del pasado, creando una literatura específica que Amelia Valcárcel (1997) llama «discurso de la excelencia de las nobles mujeres». Los poetas provenzales de hace ocho siglos cultivaron un tipo de poesía en que la dama, elevada e inaccesible, hacía del caballero su vasallo, ordenándole proezas a voluntad antes de concederle la más mínima prueba de su amor.
El amor cortés se deriva probablemente del énfasis en el culto mariano que se produjo entre los siglos XIII y XV. El primer cristianismo no había tenido en especial consideración a la Virgen María, en línea con su concepción general de las mujeres. Sin embargo, en la Baja Edad Media, una edad dura y oscura, la gente se volcó hacia una figura más compasiva y cercana que Jesucristo, su madre María. Esto produjo un cambio en el enfoque religioso popular y, en consecuencia, en la consideración de las mujeres en general. Algunos escritores comenzaron a glorificar a la Virgen (un ejemplo lo proporciona Gonzalo de Berceo en Los milagros de Nuestra Señora). Es de destacar que la relación literaria entre la Virgen y el ser humano es muy similar a la que mantienen un señor y su vasallo en el feudalismo. De aquí probablemente surgió el paralelismo del amor cortés, en el que los poetas se convertían en vasallos de las mujeres amadas, siempre damas de la nobleza llamadas Midons. En ocasiones se ha querido ver en este estilo amoroso una cierta subversión del sistema ya que se trata de una doble ruptura del código feudal: la dama debe ser casada y el trovador, su enamorado incondicional, de un rango inferior. Según esta orientación, se produce otra transgresión del código señorial cuando la noble dama olvida voluntariamente su rango y cede su soberanía, circunstancias ambas que no aparecían en líricas anteriores.
Esta nueva creación literaria en forma de poemas y canciones sirvió para educar a las mujeres en nuevos modelos de feminidad, mostrándoles los comportamientos adecuados a su sexo y fijando el nivel de autoestima de las pertenecientes a la nobleza. En realidad, ellas siguieron estando bajo la dominación masculina y no se produjo ningún cambio en la estructura social, de modo que se puede afirmar que la invención del amor cortés perpetúa el statu quo de los grupos en el poder al tiempo que acrecienta la división entre las clases sociales.
Mientras los poetas del amor cortés ensalzaban las virtudes de las nobles damas, otro discurso competía en la sociedad de la Edad Media, suscrito por la Iglesia, pero, también, por la filosofía pretendidamente laica: el de la inferioridad natural de las mujeres. Este discurso paralelo ponía de manifiesto los defectos y la incapacidad congénita femenina, fundamento que recogerán algunos de los grandes filósofos del siglo XIX, como veremos más adelante.
Sin embargo, lo fundamental es que ninguna de las concepciones expuestas ponía en duda el sometimiento de las mujeres a la autoridad masculina. La discrepancia se halla en el tratamiento que se les da, idealizado y pretendidamente respetuoso desde el amor cortés, y destacando su falta de dignidad y de derechos desde la Iglesia y la filosofía. Ambos comparten que el destino natural de las mujeres es ser dominadas por los varones, siendo la premisa fundacional la del Génesis cuando el propio Dios hebreo pone palabras a esta dependencia de por vida:
A la mujer le dijo: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás a tus hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará». (Génesis, 3, 16).
Sometidas desde siglos a esta durísima maldición, no es extraño que los poemas provenzales parecieran un bálsamo a las aristócratas del medioevo. El amor cortés contribuyó, como una caricia a una víctima maltratada, a que este sometimiento fuera menos evidente y más dulce.
Enredadas en la trama de los sentimientos, las mujeres avanzaron titubeantes pero imparables en la defensa de sus derechos. Las sufragistas del siglo XIX reivindicaron libertad e igualdad política, pero se cuidaron mucho de asegurar la permanencia de los lazos familiares. No en vano habían aprendido de sus antecesoras, las revolucionarias de los clubes de mujeres de la Francia de 1789, que abandonar la familia y querer ser ciudadana libre tenía consecuencias nefastas para la supervivencia, tales como la guillotina o el encarcelamiento perpetuo. Los vínculos de dependencia con esposos e hijos quedaban así salvaguardados: el hogar continuaba siendo el espacio del reinado femenino y los cimientos de la sociedad permanecían a salvo.
Tengo que decir, en honor de la verdad, que todo un escenario filosófico y político excepcionalmente misógino se diseñó en esos momentos para contrarrestar el empuje de nuestras admirables antecesoras, las sufragistas, hacia la igualdad de derechos con los hombres, escenario al que también se sumó el arte de la época. Parece lógico que el siglo XIX, un siglo en que la ciencia y la técnica dieron un gran avance, interpelara el fundamento religioso de la «inferioridad natural» de las mujeres. En la época del ferrocarril y el positivismo resultaba difícil sostener y hacer creer que Eva hubiera introducido el pecado en el mundo precisamente por desear alcanzar la sabiduría y que la justicia divina la hubiera condenado junto a todos sus descendientes por los siglos de los siglos (no olvidemos que el castigo se produjo al aceptar Eva un fruto prohibido ofrecido por la serpiente —antiguo símbolo matriarcal del saber— que le permitiría el acceso a la sabiduría al comer del árbol del conocimiento). La filosofía acudió prestamente al relevo de la teoría religiosa y en apoyo de las creencias tradicionales, cimentando la estructura social y familiar de discriminación con nuevas ideas y renovados discursos. Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche son algunos de los admirados padres de la civilización europea decimonónica. Elaboraron un pensamiento argumental que algunos autores y autoras han llamado «misoginia romántica» (Valcárcel, 1997) con el que conceptualizaron el papel de los dos sexos y consolidaron la situación de inferioridad del «segundo sexo», el femenino, por supuesto.
Podría objetarse a este planteamiento que la filosofía está muy alejada de la vida cotidiana de las personas y que lo que algunos filósofos diserten con mayor o menor lucidez en sus tribunas universitarias, poco puede incidir en las experiencias diarias de cada mujer. Sin embargo, es un error menospreciar su influencia.Tal vez en la actualidad hayan perdido cierto predicamento ante la preeminencia del pensamiento único económico y globalizador (a pesar de que también éste descansa, como es obvio, sobre una postura filosófica) pero, desde Sócrates, Platón y Aristóteles, la sociedad occidental ha guiado sus pasos y construido sus marcos conceptuales en buena medida de acuerdo con los discursos de los grandes pensadores. Aunque parezca asombroso, si las mujeres deben permanecer en el hogar o no, si serán castigadas por adulterio o no, si deberán enamorarse del esposo o no, si contribuirán en alguna medida a la educación de sus hijas e hijos o no, todos esos hechos concretos dependerán del pensamiento predominante en la sociedad occidental, y son los que interpretan la historia, poetas y filósofos quienes generan ese pensamiento. En realidad, tanto Hegel como Schopenhauer, Kierkegaard o Nietzsche (y, desde la filosofía económica, los propios Marx y Engels) fueron muy respetados e influyeron decisivamente en la orientación científica y humanística del siglo en que vivieron, así como en los venideros.
Es importante comprender la incidencia de la cultura de cada época, en este caso de mano de la filosofía, en la configuración del concepto de amor, pero también en la creación de los sentimientos amorosos. Como seres sociales que somos, nuestros sentimientos y sensaciones están modelados por aquello que se espera de nosotros. Los sentimientos no son tan libres como podría parecer. Nuestros vínculos afectivos responden a la época en que vivimos, a la clase social a que pertenecemos e, incluso, como estamos viendo, al género que nos corresponde. Por eso las ideas que determinan nuestra cultura tienen tanta relevancia a la hora de explicar las situaciones cotidianas.
A diferencia de Hegel o de Nietzsche, filósofos ambos complejos y difíciles de entender para quien no esté avezado en estos asuntos, Schopenhauer tenía un estilo directo y sencillo, lleno de ejemplos que lo hacían inteligible para casi todos los ciudadanos que tuvieran acceso a cierta cultura.Voy a utilizar específicamente su pensamiento como exponente de una lógica muy influyente en su época y filosofía todavía respetada.
Al considerar que las mujeres son una estratagema de la naturaleza para perpetuar la reproducción de la especie humana, Schopenhauer las convirtió en un mero reclamo necesario para cumplir los designios naturales. Para él, las mujeres no tienen inteligencia, ni capacidad artística, ni sentido de la justicia ni capacidad de amor. A este último tema precisamente, al amor, dedicó una parte importante de su pensamiento que vale la pena revisar para comprender algunas de nuestras culpas presentes.
De entrada, el insigne filósofo considera que los únicos seres con capacidad amatoria son los varones:
Antes de juzgarme, que se den cuenta (los enamorados) de que el objeto de su amor, o sea, la mujer… (1993: 44).
Su escritura no va, por tanto, en ningún caso dirigida a las mujeres. Los hombres son los destinatarios naturales del pensamiento. Por otra parte, el objetivo amoroso es sólo asegurarse la generación futura, es decir, la procreación. De ahí que las amantes preferidas sean jóvenes, bellas y sanas para lograr hijos con esas características. Sin embargo, no pensemos que se refería a la belleza actual; una buena prueba del relativismo cultural es su frase: «una mujer alta y flaca es repulsiva de modo sorprendente» (1993:60). Una vez más, la mujer se constituye en objeto de amor, mujer recipiente para cumplir designios más altos, masculinos, evidentemente. Éste es un ejemplo especialmente claro de cómo la filosofía sustituyó a la Iglesia desde una defensa naturalista (y, por tanto, esencialista e inamovible) de los valores tradicionales. Puesto que el amor se fundamenta en un instinto dirigido a la reproducción de la especie, cualquier desviación de ese propósito, como las relaciones entre personas de un mismo sexo, no son más que un vicio contra-natura.
La visión de Schopenhauer es absolutamente naturalista. Considera que los designios de la especie son muy superiores a los de los individuos, de manera que un hombre se sacrifica por la especie cuando se enamora, aunque él no sea consciente de ese proceso. Por eso la pasión tiene con frecuencia desenlaces trágicos y el amor conduce a la desdicha más que a la felicidad: las exigencias del amor entran en conflicto con el bienestar personal del amante. Un hombre noble y sabio puede (y suele hacerlo, según el filósofo) enamorarse de la más zafia o superficial de las mujeres y cumplir el mandato de la ley natural a costa de su felicidad. No existen los matrimonios felices si no se asume esta realidad biológica. Por supuesto, esta desgracia no es ajena a la falta de inteligencia y virtudes de las mujeres a quienes los hombres escogen como objetos amorosos sin poderlo evitar.
Kierkegaard es más elegante que Schopenhauer en sus expresiones, más sutil, pero apuntala con igual éxito el nuevo edificio de ideas y valores que debería sustituir al religioso que había quedado obsoleto. Este filósofo retoma la formulación galante del amor cortés bajomedieval pero elimina al sujeto real que es objeto de amor, es decir, a la dama. El varón se imagina a la amada en su perfección, es un sueño, una entelequia (no en vano Eva surgió del sueño de Adán) y no existe ninguna mujer real que pueda encarnarlo. Por eso el amor no puede nunca realizarse. A pesar de ello, los hombres deben convertirse en seductores que fascinen a las mentalmente limitadas mujeres, y así conseguirán que ellas se esfuercen al máximo en acercarse a su fantasía, al objeto de amor que ellos idearon. Es la función primordial femenina: estar bella y dispuesta a agradar a su hombre ya que «el verdadero fin de la mujer es existir para otros» (Amorós, 1987). Elegir a las esposas por su belleza o su prestancia social es todavía frecuente entre los varones actuales: muchos datos estadísticos lo avalan. Escuchar algunas conversaciones de hombres solos en un bar o en un gimnasio puede ser también ilustrativo para comprobarlo. No exigen que sus mujeres sean inteligentes o sabias (esta perspectiva está todavía lejana del imaginario social y más bien provoca temor), pero sí que puedan sentirse orgullosos de ellas en sociedad y presumir, si se tercia, ante los amigos, los jefes o la familia.
Por su parte, también Nietzsche, en La voluntad de poder, se apoya en la naturaleza para establecer un sistema ordenado de diferenciación sexual, aunque se diferencia de sus colegas en que lo hace desde la perspectiva de dos opuestos: la fortaleza y la debilidad.
¡Y finalmente, la mujer! La mitad de la humanidad es débil, está crónicamente enferma, es mudable, tornadiza. La mujer requiere… una religión de los débiles que glorifique la debilidad, el amor y el recato como divinos, o mejor aún, ella vuelve débiles a los fuertes, consigue vencer a los fuertes. (1981:45).
Esta distinción entre fuertes (varones) y débiles (mujeres) se refleja naturalmente en un sistema de valores según el cual la potencia individual rige a los fuertes y el instinto del grupo-rebaño a los débiles. La consecuencia es, una vez más, que las mujeres deben depender de los hombres por pura supervivencia ya que la libertad no está inscrita en su débil naturaleza y sí en la moral masculina.Y el amor es la piedra de toque que completa la desigualdad entre los sexos:
…jamás admitiré que pueda hablarse de derechos iguales del hombre y de la mujer en el amor; no existe tal igualdad de derechos. El hombre y la mujer entienden por amor una cosa diferente (…) Lo que la mujer entiende por amor es clarísimo abandono completo en cuerpo y alma (no sólo abnegación) sin miramientos ni constricciones (…) Supuesta esta carencia de condiciones, su amor es una verdadera fe, su única fe. El hombre (…) está a cien leguas de las hipótesis del amor femenino; suponiendo que haya hombres que sientan la necesidad de aquel abandono completo, esos hombres no son hombres. (1979: 110).
Aunque Nietzsche muestra muchas contradicciones en su propio pensamiento, es lo bastante coherente en su misoginia como para ejercer una influencia precisa en la sociedad de su época y posterior. De nuevo queda justificada la inferioridad natural de las mujeres, en esta ocasión, debido a su debilidad congénita que las priva de valores (al menos de los importantes) y las relega a un segundo plano en sus relaciones con los hombres. El filósofo insiste también en la necesidad de obediencia al varón por parte de las mujeres (en Así habló Zaratustra hay pasajes muy elocuentes al respecto) logrando, una vez más, fundamentar la falta de libertad femenina.
En el siglo XX la filósofa Simone de Beauvoir se enfrentó a los argumentos de sus colegas precedentes y contemporáneos, abriendo un camino de esperanza en el pensamiento respecto a las mujeres con su obra El segundo sexo. Mostró las causas del sometimiento femenino y reivindicó la autonomía de las mujeres en igualdad con los varones. En relación al amor fue también pionera en explorar nuevas formas de relación basadas en la independencia, el respeto mutuo y la libertad sexual. El hecho de que después de su muerte se haya denostado su figura por no responder a la imagen idealizada que muchos y muchas tenían de ella es injusto para con el legado que nos dejó con su valioso pensamiento y el intento de vivirlo con coherencia.
Sin embargo, en conjunto y salvando dignas individualidades como la de Beauvoir, los filósofos del siglo XX tampoco han cambiado el panorama respecto a la consideración femenina. El propio Sartre, compañero sentimental de Simone durante tantos años, hacía unas apreciaciones sumamente despreciativas sobre las mujeres y lo femenino, material y simbólicamente.
Estás inextricablemente embrollado en la materia (es decir, la madre) y, además, es algo viscoso, sucio y rezumante que te hace vomitar1. (1946:159).
En su obra El ser y la nada (1943) ahonda en su descripción de lo femenino como «viscoso» y «dócil»:
La obscenidad del sexo femenino es la de todo lo «boquiabierto» en una apelación a ser, como lo son todos los orificios. La mujer apela en sí misma a una carne extraña que ha de transformarla en una plenitud de ser mediante la penetración y la disolución… Sin duda alguna, su sexo es una boca, y una boca voraz que devora al pene, lo cual puede conducir fácilmente a la idea de castración. El acto amoroso es la castración del hombre, pero esto se debe sobre todo a que el sexo es un orificio. (1943:636-637).
Una vez más, hallamos en el filósofo existencialista la idea implícita de que la mujer sólo puede hallar la plenitud a través del hombre, dador de vida, quien paga después su entrega con la castración provocada por la insaciable voracidad femenina. Como vemos, los cambios en el ámbito filosófico respecto a la valoración de lo femenino son más lentos de lo que muchas personas desearíamos.
Miremos a nuestro alrededor y veremos que la perspectiva de las mujeres como objeto de amor sin autonomía propia está todavía presente en muchos reclamos publicitarios, aquellos en que la imagen femenina acompaña un objeto deseado por los varones, generalmente automóviles, perfumes de lujo o prendas de vestir sofisticadas. Subyace también en las fiestas de presentación en sociedad de las jóvenes, o en las llamadas «puestas de largo» a los 18 años, existentes todavía aunque en franco retroceso en la clase alta española. Asimismo aparece en la mayoría de publicaciones «femeninas». Éstas dedican amplios espacios a cómo agradar a la pareja, estrategias para seducirle y sistemas infalibles para ser amadas por ellos. Puesto que los medios de comunicación difícilmente van por delante de la sociedad sino que son un fiel reflejo de la misma, y especialmente exportadores de los modelos de vida de los grupos de poder, cabe pensar que muchas mujeres se sienten todavía objetos que serán escogidas en función de su nivel de belleza o adecuación al deseo masculino. No obstante, debo señalar en honor a la verdad, que el mercado está ampliando su público objetivo, tratando de involucrar también a los varones en el consumo de productos de belleza y en relación con el cuerpo. Se encamina por tanto a una situación de igualdad entre hombres y mujeres, pero sin duda no la deseada.
Otro de los mitos influyentes en el imaginario social respecto al papel de las mujeres parece justamente el contrario al que acabo de explicar. Y digo «parece» porque intentaré demostrar que la contradicción no es más que un espejismo. Me refiero al papel de las mujeres como hábiles conquistadoras masculinas.
Según abundante literatura, dentro de cada mujer habría una Diana cazadora que, en lugar de explorar el bosque-mundo desde la independencia, utilizaría sus armas para «cazar» (así lo expresa el argot popular) al hombre que ella escoge. Esta opción deja también al amor puro en muy mala posición ya que todo el comportamiento amoroso estaría premeditadamente orientado a la consecución de un fin material: el varón que cumple las expectativas de trabajo, poder, subsistencia, nivel social o aquellas que la mujer haya considerado adecuadas para su futuro y el de sus hijos e hijas. En el siglo XIX, Schopenhauer lo explicaba del siguiente modo:
… las jóvenes casaderas miran generalmente las ocupaciones domésticas o los deberes de su estado como cosas accesorias y puras bagatelas, al paso que reconocen su verdadera vocación por el amor, las conquistas y todo lo que con ellas se relaciona, vestir, bailes, etc. (Schopenhauer, 1993:90. La cursiva es mía).
De modo muy parecido se explican en la actualidad algunas mujeres que he conocido cuando se les pregunta sobre su noviazgo:
Conocí a Pedro en un baile. Me gustó porque era alegre y bromista. Después descubrí que, aunque no era rico, era muy trabajador y decidí no dejarle escapar (guiña un ojo y se ríe). (María, ama de casa, 45 años).
Ismael no me hacía mucha gracia al principio. Me lo presentó una amiga y pensé ¡qué tío más soso! Después conocí a su familia, tenían un chalet en el campo y una tienda de comestibles. Comencé a apreciar su tranquilidad de carácter. Pensé que sería un buen marido y un buen padre para nuestros hijos. Le cogí cariño y, sí, creo que me enamoré.¡Además, tenía trabajo en la tienda de su padre, con el paro que hay! (risas). (Carmen, dependienta, 40 años).
Juan me pareció un buen hombre, sencillamente, y no es poco para lo que hay por ahí suelto… (Rosa, 52 años).
¿Qué por qué me voy a casar con él? Es un tío enrollado, está bastante bien y tiene un buen curro. ¿Qué más quieres? (Pepi, 23 años).
