Sin mirar atrás - Katie Gallagher - E-Book
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Sin mirar atrás E-Book

Katie Gallagher

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Beschreibung

Por fin había encontrado la horma de su zapato... Clementine Spencer era una chica de la alta sociedad que necesitaba un cambio porque estaba harta de hacer todo lo que su madre quería. Por eso, a solo un mes de su boda, decidió subirse al coche y lanzarse a la carretera. Una vez llegó a aquella pequeña ciudad de Texas, supo que tendría que tomar una decisión sobre lo que quería hacer con su vida. Y pronto llegó a la conclusión de que lo que quería era Callum McCutcheon, el atractivo sheriff. Ahora solo necesitaba que se diera cuenta de que él también la quería a ella.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2003 Sarah Addison Allen

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sin mirar atrás, n.º 1414 - agosto 2016

Título original: Tried and True

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2003

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-8692-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

CALLUM McCutcheon retomó la carretera 108 para volver a Tried and True. Había habido un problema en la granja de los Moseley; lo mismo de siempre. Los hermanos Moseley, de setenta y tantos años, solterones empedernidos, volvían a tener problemas. Había llamado uno de los peones de la granja diciendo que esta vez iba en serio. La granja había sido dividida en dos hacía años, y si uno de los pendencieros hermanos ponía un pie en la zona del otro, habría guerra. La última vez que Callum había estado allí, los hermanos se habían estado tirando patatas uno a otro desde los desvanes.

Callum acababa de terminar su turno de doce horas cuando había recibido la llamada. Luke, uno de sus ayudantes, ya había llegado y se había ofrecido a ocuparse del asunto, pero Callum sabía cómo manejar a los Moseley. Los conocía de toda la vida, Incluso había trabajado en su granja un verano. A pesar de sus peleas, explotaban una granja grande que se extendía a través de sus tierras y que suministraba una buena parte de los productos locales de Tried and True. Los hermanos no hubieran sabido qué hacer sin las disputas. Callum estaba convencido de que ahora se peleaban porque era lo que habían hecho siempre, y debían de tener miedo de que ofrecer una tregua pudiera herir los sentimientos del contrincante.

Callum prefería ir por la carretera y no por el camino más nuevo que atravesaba el condado en las altas llanuras del noroeste de Kansas. Tendría tiempo de parar a cenar un domingo en casa de su hermana antes de marcharse a casa a dormir doce horas seguidas. Uno de sus tres ayudantes, Jess, se había roto un brazo y la mitad de sus costillas jugando al fútbol en el primer día de abril, cuando todo el mundo parecía estar festejando el fin del duro invierno. Desde entonces, los otros ayudantes habían estado sustituyendo a Jess durante su ausencia, mientras este se recuperaba.

Se estaba poniendo el sol y proyectaba sus rayos en el paisaje.

La nueva autopista suponía que en la carretera 108 no hubiera más que alguna camioneta, lo que hizo que le extrañase ver las luces de un coche.

Cuando estuvo más cerca, vio que era un Mercedes verde oscuro. Era un coche deportivo y llevaba matrícula de Georgia.

Callum lo había adelantado un rato antes, de camino a la granja de los Moseley. Su conductor era una mujer que iba al límite de velocidad y Callum había asumido que se trataba de una turista que se había equivocado de salida en la autopista interestatal, y que andaría perdida por aquellos parajes.

Se dio cuenta de que había apartado el coche a un lado de la carretera, y que, por alguna razón, estaba discutiendo acaloradamente con el vehículo. La vio dar una patada a la puerta y golpear el capó con los puños. Luego la observó agarrar el picaporte de la puerta y sacudirlo.

Callum se disculpó mentalmente con Maggie, su hermana, por volver a perderse la cena. Adelantó al vehículo e hizo una «u» para aparcar detrás de ella.

La mujer lo miró un momento. Parecía asustada. Luego, se volvió al coche nuevamente como si fuera a salir corriendo.

Callum se bajó de su coche patrulla y la miró detenidamente: alta, con formas redondeadas, cintura pequeña y grandes caderas. ¡Unas caderas a las que se hubiera aferrado con gusto!, pensó. Su cabello era un lío de rizos castaños dorados que había intentado recoger sin éxito con una cosa de cuero atravesada por un pincho de madera. La mujer lo volvió a mirar cuando él se aproximó. Tenía ojos bonitos, pensó Callum, casi exóticos con aquella forma almendrada.

—No se preocupe. Puedo arreglármelas sola —le dijo, sonriendo.

—¿Tiene problemas con el coche? —preguntó Callum, notando que la mujer estaba nerviosa.

—Estoy viendo qué le pasa.

—¿Le da resultados la intimidación con su coche?

La mujer frunció el ceño.

—Es una pregunta, simplemente… —se apuró a decir Callum.

Finalmente la chica suspiró y dejó de hacer fuerza en el picaporte.

—Se me han quedado las llaves dentro del coche —dijo, apoyándose en la puerta. Se sopló varios rizos para quitárselos de la frente—. Creo que ha sido el paisaje. Me distraje —señaló el campo, donde se estaba poniendo el sol por detrás del granero abandonado de la finca de los Flannery, remarcando los bordes como si estuviera envuelto en fuego.

Ella era del sur. Lo decía la matrícula del coche, y su acento lo confirmaba.

Callum puso los brazos en jarras, algo confuso y excitado ante aquellas formas femeninas. Y un poco molesto por esto último. Ciertamente, aquel era un final interesante para un largo día.

—Una vista muy hermosa, estoy de acuerdo —dijo él, mirando a la mujer, no al granero.

—No esperaba ver a nadie por aquí. No hay ni una casa a la vista. Y de pronto aparece usted, así de repente… ¿Es obligado el sexto sentido en las fuerzas del orden por aquí? —preguntó la chica.

—He jurado no decirlo. Es un juramento solemne de caballero andante. Nos gusta preservar nuestra imagen misteriosa —Callum se acercó al asiento del conductor, y ella casi perdió estabilidad al echarse hacia atrás para separarse de él. Callum achicó los ojos con desconfianza. Parecía nerviosa. La miró de arriba abajo. Hubiera sido difícil esconder un arma en aquellos vaqueros tan ajustados, sin contar sus caderas, que eran un arma definitivamente letal.

Sin perder el radio de visión que le permitía controlarla, miró por la ventanilla. Había varias cámaras de fotos desechables en el asiento de atrás. Vio un mapa, una guía de viajes y unas cuantas postales de distintos sitios entre Carolina del Sur y Pennsylvania, Illinois, Michigan, y Dakota. Había varios libros en el piso del coche, el tipo de libros gruesos que la gente se lleva de vacaciones pensando que va a tener tiempo de leer, como Guerra y paz y la Antología poética de W.B. Yeats. Y también había restos de papeles de comida rápida tapizándolo.

Las llaves estaban en el contacto y la puerta del conductor estaba cerrada. Él incluso probó a abrirla, a lo que ella respondió mirándolo con desprecio, como si hubiera pensado que su egocéntrico machismo lo había llevado a creer que solo por ser hombre lo conseguiría.

Callum se irguió y la miró unos momentos.

—Sé lo que está pensando —dijo ella rápidamente—. Debe de creer que soy idiota por quedarme tirada en medio de la carretera, en un lugar perdido, con las llaves y el bolso dentro del coche … Bueno, esa soy yo, Clementine Spencer.

—Clementine —repitió él.

—Sí. Los papeles del coche están dentro, por si no me cree —dudó—. El coche está cerrado y no se lo puedo demostrar. Pero, sinceramente, soy quien le he dicho que soy —dijo, casi implorando que la creyera.

—La creo.

—Bueno, me alegro. ¿Y cuál es su nombre?

—Soy el sheriff Callum McCutcheon —cruzó los brazos, irresistiblemente intrigado por aquella mujer.

Tenía que intentar no sonreír. Era exótica, y aparte de su evidente juventud, definitivamente era una chica de ciudad. Era evidente que estaba fuera de su mundo allí.

—Dígame, Clementine, ¿qué está haciendo aquí, en este lugar perdido, como ha dicho? Está muy lejos de Georgia.

Ella al parecer, confundió su curiosidad con sospecha porque resopló, se echó el cabello hacia atrás y exclamó:

—¡Lo sabía! —empezó a dar vueltas, lo que a Callum le permitió mirarla por detrás. Descubrió que su trasero era redondo y con forma de corazón.

—¡Lo supe en cuanto lo vi hacer esa «u»! Pesa una orden de busca y captura sobre mí o estoy en la lista de las personas más buscadas, ¿verdad? Mire, la he llamado cuando estaba en Virginia y le he dicho que estaba bien —volvió a dar pasos—. Pero eso no le bastó, ¿no es así? ¡No! ¡Ella tiene que llamar a la policía! Le dije repetidamente que me iba a marchar. No la he tomado desprevenida.

Él alzó las cejas, sorprendido por la reacción que había causado.

—¿De quién está hablando?

—¡De mi madre!

Eso no le aclaró nada.

—¿Y por qué su madre puede querer llamar a la policía?

Ella se detuvo y dijo:

—Porque quiere que esté en casa.

—¿Se ha escapado? ¿Qué edad tiene? —preguntó, dudoso.

Ella pareció sobresaltada por la pregunta.

—Tengo veinticuatro años —contestó, pasándose la mano por la frente—. Me crea o no.

Callum se imaginó que debía de ser un placer estar con ella. Y se sorprendió de sí mismo por aquel pensamiento.

Aquella era la primera vez, desde la historia con Liza, que tenía un pensamiento de ese tipo. Pero estaba bien, porque ella era una turista, se justificó Callum. No traería problemas a su vida sentimental. Podía disfrutar de su compañía mientras durase.

—Si le sirve de consuelo, no pesa ninguna orden de busca y captura sobre usted, créame. Recordaría su cara, si fuera una mujer buscada —dijo él.

—¡Oh! —lo miró con curiosidad—. Es bueno saberlo.

—Estoy seguro.

—Una persona de Noosely, Nebraska… Conoce Noosely, ¿verdad? Tierra de republicanos, según me han dicho… Bueno, alguien de allí me dijo que esta zona era muy bonita. Así que vine a conocerla. Y vi ese granero… y tenía que sacar una foto —hizo una pausa y se metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros—. Da igual, para abreviar: dejé las llaves del coche dentro, y aunque no me guste pedir ayuda, la necesito.

—O sea que solo está de paso.

Callum se sentía seguro pensando que ella no se iba a quedar allí. Las mujeres del pueblo hubieran estado encantadas con ella. Seguramente la habrían metido en uno de sus proyectos contra los solterones del pueblo. Curiosamente, la idea de que por ejemplo, un tipo como Doc Malone pusiera sus manos en aquellas caderas no le gustó. «Es solo una turista», se repitió. «No te asustes».

—Algo así. ¿A qué distancia está el pueblo más cercano, por cierto?

—Tried and True está a unos doce kilómetros por la carretera. Pero subiendo por el desnivel de la autopista son solo siete kilómetros —Callum hizo un saludo de sombrero imaginario y se fue a su coche, a buscar su teléfono móvil. Cuando abrió la puerta oyó un chasquido de lengua por detrás.

—¿Se marcha? Yo creía que ustedes ayudaban a la gente en apuros. ¡Y yo lo estoy! ¡Debo de ser la mujer en apuros más grande del mundo! ¿Y se marcha?

Él se detuvo.

—En realidad, iba a llamar al Automóvil Club para que la ayuden.

La vio ponerse colorada. Su expresión de indignación se transformó en incomodidad. Ella se dio la vuelta para disimular.

Él sonrió y buscó el móvil en su coche.

—Solo haré la llamada.

—¡No! —exclamó ella, extendiendo los brazos, como si quisiera detenerlo—. Quiero decir, no soy miembro del Automóvil Club. ¿No hay otro modo de solucionarlo? —hizo una pausa y él notó que estaba pensando—. Tal vez usted pudiera romper la ventana de un disparo, simplemente —se apartó del coche como si él realmente fuera a hacerlo.

Callum se apoyó en la puerta abierta de su patrullero y la miró:

—¿Quiere que dispare al coche?

—Solo a la ventana.

—Eso sería un sacrilegio —Callum agitó la cabeza y miró el coche que ella quería sacrificar. Era muy bonito.

—¿De qué año es?

—De mil novecientos sesenta y tres.

—O sea que no tiene apertura eléctrica.

—No.

—Bien —dijo él con resignación.

Callum buscó una herramienta en el coche.

Cuando estaba de servicio, se suponía que solo debía ayudar a abrir las puertas de los coches en caso de que hubiera niños o animales dentro. Pero pensó que aquella era la única forma de que aquella mujer se fuera de su condado, y con ella la tentación que suponía para él.

Callum fue hasta el Mercedes y metió la palanca entre la ventana y la puerta. Encontró el mecanismo de la cerradura y tiró. La chica se había inclinado para mirar, pero al ver que él se daba la vuelta para mirarla, se echó hacia atrás.

Olía muy bien, pensó Callum, a magnolias, a sur…

—Gracias —dijo ella.

Él la vio tan guapa allí, de pie, que casi le dio pena que se marchase. Casi.

Le abrió la puerta y le dijo:

—Está en el condado de Truly, señorita Spencer, el condado con más caballeros andantes del país. Nos especializamos en mujeres en aprietos.

Clementine sonrió. Él le devolvió la sonrisa y se marchó. Subió a su coche. La miró por el espejo retrovisor al dar marcha atrás. Era el rato más agradable que había pasado con una mujer en los últimos tiempos, pensó. Y se reafirmó en que las caballerosidades temporales eran lo único que necesitaba un hombre.

Clementine giró al ver el cartel que ponía Bienvenidos a Tried and True. Lo primero que vio fue una frutería grande muy iluminada, y cerca de ella, un pequeño motel con el nombre de Gardenia Inn. Ella sabía que estaba perdiendo gasolina, pero quería llegar hasta el pueblo. Descubrió que era un pueblo curioso, con varios barrios residenciales que salían de la calle principal, una calle pequeña, pero con muchos comercios. Estaba iluminada por farolas antiguas.

Aunque muchas tiendas estaban cerradas durante la noche, había varios coches y camiones aparcados a los lados, con adolescentes reunidos a su alrededor, riendo y conversando. Las chicas estaban en grupos, y los chicos, con sombreros de vaqueros y poses estilo James Dean, apoyados en sus camionetas, observaban a las chicas para ver si ellas los miraban.

Todos la miraron con curiosidad al verla pasar. Luego, pasó por un banco, por una estación de servicio, a la que miró con añoranza, y volvió nuevamente al Gardenia Inn. Aparcó en su aparcamiento. Parecía un motel viejo, pero estaba recién pintado y bien conservado.

Se había hecho una experta en alojamientos baratos, y si lo comparaba con otros sitios en los que había estado en las últimas dos semanas, aquel era como un Waldorf Astoria para ella. Solo esperaba que los precios fueran buenos, teniendo en cuenta que era el único alojamiento en el pueblo.

En la recepción del motel olía a comida de la cena. Eso le dio hambre al entrar. Había pasado mucho tiempo desde su comida del mediodía en el Burger King de Noosely, Nebraska. Cuando llamó al timbre de la recepción, apareció una mujer mayor, que salió de lo que parecía un apartamento detrás de la oficina. La mujer sonrió, se limpió las manos en su delantal y se presentó como la señora Elliot. Luego le preguntó:

—¿Qué desea, querida?

—Quería una habitación.

—Tiene suerte. Hay tres habitaciones ocupadas, pero queda una libre todavía. Han venido familiares de Clyde y de Betty Tula para el Festival de Mayo, y como ellos no tienen ninguna habitación de sobra en su casa… Y el hijo de Charlotte Lovelace y sus nietos están hospedados aquí también, porque esos niños vuelven loca a la pobre Charlotte. Están aquí por el Festival también. ¿Ha venido al Festival de Mayo también usted?

—Mmm… No —respondió Clementine, un poco confusa.

Aunque era de noche, la señora Elliot llamó a su marido, y ambos le mostraron el motel, orgullosos de las gardenias que el señor Elliot había pintado a mano en cada una de las ocho puertas de las habitaciones.

La llevaron a la habitación cuatro, le desearon buenas noches, y la dejaron sola.

Se sintió contenta por la bienvenida que le habían dispensado, pero estaba un poco preocupada por el poco dinero que le había quedado después de pagar.

Podría haber preguntado por el sheriff, porque aquel hombre la había intrigado. La señora y señor Elliot le habrían dado información. Era un hombre muy apuesto el sheriff… De hecho, le había quitado la respiración de lo guapo que era.

Pero ella no necesitaba a ningún hombre que le complicase la vida, y menos a un oficial de policía.

No era que hubiera hecho nada ilegal. Lo único que había hecho era ir contra los deseos de su madre, lo que no era poco. Había causado más de una exclamación y probablemente algún desmayo en los círculos sociales de Savannah en los que se movía su madre. Clementine había desobedecido a su madre, ¡Y como si no tuviera bastante con que la mitad de la sociedad de Savannah pensara que ella tenía dos años, había tenido que hacer el ridículo delante del hombre más sexy del mundo en el condado de Truly! Reg no le llegaba ni a la suela del zapato a aquel sheriff, pensó.

Pero ese hombre además tenía el poder de notificar a su madre y decirle dónde estaba su hija con un solo acto.

Lo mejor era marcharse a la mañana siguiente, a pesar de los encantos que parecía tener aquel pueblo. Pero no tenía una casa de empeños. El anillo de Reg era lo último de valor que tenía para vender, además de su coche. No le quedaba más remedio que vender el anillo de Reg, o volver a su casa y ponerse ese anillo para siempre.

Llevaba el anillo colgado al cuello de una cadena. Valía demasiado para no llevarlo puesto, pero no quería ponérselo en el dedo.

Así que lo llevaba consigo siempre, recordándole todo el tiempo que era una mujer comprometida, que jamás se había ido de vacaciones sin su madre, que había ido a la universidad de Savannah para poder seguir viviendo en su casa, que se había graduado hacía un año y que jamás había tenido un trabajo de verdad, y que supuestamente se iba a casar.

Pero ella sabía que debía de haber algo más en la vida. Y quería conocerlo antes de dar aquel paso. Había intentado explicárselo a su madre y a Reg. Pero la habían mirado como si estuviera loca. ¿Cómo era posible que alguien con una vida tan perfecta quisiera otra?, debían de pensar ellos.

Así que había dejado de hablarles de que quería poner distancia por un tiempo, y simplemente lo había hecho. Había hecho las maletas y se había marchado.

Se dio una larga ducha en el cuarto de baño con perfume a pino. Era agradable después de todo un día de viaje.

Luego, se puso una camiseta que había comprado en Carolina del norte. Había sido una compra estúpida, porque no se había dado cuenta de lo fácil que se iba el dinero. Le quedaban cuatrocientos cuarenta y dos dólares con diecisiete centavos, un par de pendientes de perlas y un reloj de Cartier. Le habían congelado las cuentas bancarias. Era el modo sutil con el que su madre intentaba obligarla a volver.

Se puso la cadena con el anillo nuevamente y se acostó. La cama era cómoda; le gustaba aquella colcha que la señora Elliot había tejido a mano, según le había contado.

Clementine sonrió y buscó su diario.

En él anotó que había conocido al sheriff Callum McCutcheon, alto, moreno. Y escribió el episodio de las llaves de su coche. Y que se encontraba a más de mil kilómetros de su madre y de Reg.

Capítulo 2

AL día siguiente se puso vaqueros y una camiseta rosa. Intentó peinar sus rizos, la tortura de su madre cuando era pequeña, y recogérselos.

Se alegraba de la rebeldía de su pelo. Jamás hacía lo que le decían.

Se maquilló muy suavemente y agarró la mochila de lona que llevaba esos días. Metió una de las cámaras de fotos desechables.

Decidió ir a dar una vuelta a ver qué podía comer allí que fuera barato.

Cuando llegó a la calle principal y vio los restaurantes de comida rápida, recordó cuántas hamburguesas había comido en aquellas dos semanas.

Vio muchas tiendas conocidas. Una boutique llamada Lovey’s, un restaurante llamado Cripes… Pero le llamó la atención una peluquería de hombres que solo ponía Peluquería. Había un grupo de viejos sentados fuera, en sillas todas diferentes. Cerca de allí había un salón de belleza llamado Tangles, con flores y cortinillas de encaje. Un par de señoras mayores entraron sin mirar siquiera a los hombres.

La calle principal terminaba en un callejón sin salida en donde había dos edificios más antiguos: la oficina del sheriff y la corte de justicia. Recordó al sheriff Callum McCutcheon nuevamente. Se imaginaba que un hombre tan viril y sexual como él no querría saber nada con mujeres rellenitas y poco sexuales como ella. Eso era lo que decía Reg que los hacía tan compatibles. A ninguno de los dos le interesaba demasiado el sexo.

Al sheriff seguramente le interesaría. Sin duda.

Pero era mejor no relacionarse con el sheriff. Una sola llamada al Automóvil Club, y su madre sabría dónde estaba exactamente.

Caminó hacia a Cripes. El restaurante no estaba demasiado lleno, y cuando Clementine entró, atrajo la atención de algunos clientes. Había un montón de hombres, con monos de trabajo, vaqueros o pantalones de franela, y unas cuantas mujeres conversando alrededor de las mesas.

—¿Qué le traigo? —le preguntó una mujer joven y alta, con vaqueros, cuando Clementine se sentó. El cartel que llevaba en la blusa decía que se llamaba Naomi, y tenía un cabello rojizo muy bonito.