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Con un conocimiento profundo del circuito profesional de tenis, la autora describe ese mundo externo de viajes, dinero y éxitos. Pero también, el de una jugadora joven que encarna no solo los aspectos deportivos de su personalidad, sino también su parte más esencial: lo emotivo en puja con lo racional y el deseo de ser coherente consigo misma. A Florencia, una tenista cordobesa de 15 años, le ofrecen una beca y mudarse a Key Biscayne, Estados Unidos, para continuar su carrera deportiva. Ella acepta el desafío y deja el colegio, su familia, y comienza a competir en el circuito internacional mientras transita su adolescencia, a miles de kilómetros de su casa. Ella es una jugadora dúctil, apasionada, y dispuesta a enfrentar cualquier rival que se le presente del otro lado de la red, para alcanzar sus sueños: Roland Garros, Wimbledon, el US Open. Sin embargo, su mayor desafío aparece cuando descubre que el tránsito a su mundo adulto es incierto, desafiante y "sin red". La interacción entre su interior revulsivo, que puja por ser, y el exterior, que exige una forma de ser, da fundamento a esta historia alrededor del mundo tenístico, en la que se palpita la tensión entre aquellos dos extremos.
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Seitenzahl: 288
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Fernando C. Mosca y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Mosca, Gabriela Andrea
Sin red / Gabriela Andrea Mosca. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
268 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-889-2
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863.9283
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Mosca, Gabriela Andrea
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A mis padres Olga y Oclide, a mi hernano el Nano y a las cachorras Rafaela Lisandra y Carrie
Sin red
Capítulo 1
Cruzar el océano era una aventura apocalíptica. La imposibilidad de regresar a pie a América me perturbaba. Trascurría el mes de abril. El calendario del circuito de tenis, desde ese momento y hasta julio, indicaba que pasaría las próximas diez semanas en Europa.
A esa hora de la noche, todo el tránsito humano de la ciudad de New York parecía confluir en el aeropuerto JFK. Desde una de las esquinas del salón de la puerta 25 E, tumbada en una butaca, observaba la película y deseaba no ser parte de ella. A minutos de embarcarme, la sucesión de pensamientos aumentaba su oscuridad hasta chocar de frente con mis deseos de competir en el mundo del tenis.
Sin quitarle un ojo al cartel negro con letras blancas que se modificaba segundo a segundo con vuelos hacia varios continentes, metí la mano en el bolsillo del raquetero y saqué un sobre amarillo, el anaranjado quedó guardado:
Has logrado adaptarte a una nueva ciudad, país e idioma. La compañía de mamá durante esos días hizo que el desarraigo fuese posible, ella resultó la mamá y cocinera de todas tus amigas. Pensar que poco tiempo atrás salías a correr por el campo, en Córdoba, y papá marchaba en el auto para que no fueses sola; dos años más tarde, estás compitiendo contra las mejores jugadoras del mundo. No te olvides, es una carrera larga. Primero debes adaptarte al escenario y actores, luego vendrán los resultados. Como cuando empezaste a competir y decías: “no me importa perder, primero tengo que aprender a jugar bien y después voy a ganar”, y tolerabas las derrotas convencida de que ese era el único camino real, de que así ibas a fortalecer tu carácter. Tenías razón: un día dejaste de ser la coleccionista estoica de derrotas para transformarte en una campeona. Cuando hayas concluido la carrera deportiva, habrás desarrollado los instrumentos para atravesar cualquier dificultad de la vida.
Siempre te cuidaré. Hasta pronto.
F
—Pasajeros con destino a la ciudad de Roma, presentarse en la puerta 25 E. —El llamado por el altavoz hizo que pegara un salto. Recostada sobre el bolso de mano, me había perdido en mis pensamientos. Con el raquetero cruzado en la espalda caminé varios metros por dentro de la manga que me llevaría hasta el avión. En la puerta, le mostré el cartón de embarque a la azafata que, sonriente, me indicó el pasillo que debía tomar hasta llegar a la fila indicada.
Mientras iba acercándome a mi asiento, observaba a mis vecinos ocasionales. El idioma era una buena excusa para no tener que hablar con nadie. Fantaseaba con repetir la compañía de otros tiempos que ya no estaba; también con volver a Córdoba, pero mis compañeros del colegio tampoco serían los mismos, un par de años atrás los había dejado para mudarme a los Estados Unidos. La beca recibida confirmaba mi condición de potencial jugadora profesional. Si el deseo sigue lo escaso, lo que falta, ¿podía abandonar algo que otros (tenistas) tanto ansiaban? Si era una privilegiada, entonces debía tener la capacidad para alinear mis emociones con la razón.
—Disculpe, debe colocar el bolso en el compartimento para el despegue —La voz de la azafata ordenó mis ideas.
Después de sacar el libro, acomodé el bolso y me ajusté al asiento.
La lectura de unas cuantas páginas de El cordón de plata me acompañó durante la cena. Eran cerca de ocho horas hasta llegar a Roma. Cualquier recurso para acortar el tiempo de vuelo era válido. Apenas retiraron las bandejas con la comida, las luces principales de los pasillos se apagaron. El cordón de plata evitaba que mi alma levitase desorientada, por un rato.
El impacto ensordecedor en la estructura del avión me hizo saltar del asiento; el cinturón impidió que me cayera sobre mi vecino. Cuando logré reubicarme, vi que la mayoría de los pasajeros comenzaron a mirarse, casi sin verse las caras porque las luces seguían apagadas. De pronto, se hizo nuevamente de día en plena noche, y otro rayo impactó en el avión. Al instante, encendieron las luces, y se escuchó:
—Señores pasajeros: estamos atravesando un frente de tormenta eléctrica. Estos aviones están preparados para soportarlas sin ningún riesgo. Solicitamos a todos los pasajeros permanecer en sus asientos. Muchas gracias.
—Que no nos movamos, ¿a quién se le ocurriría? —Parece que el miedo me hizo pensar en voz alta.
—Tenés razón, quién querría ponerse de pie —respondió el que estaba sentado a un asiento de distancia.
Lo miré y, sin pensar, le respondí:
—Creo que estaba levitando. Sentí una caída y el impacto en la garganta.
Nuestra conversación no duró mucho más; volví a mi libro, él, al suyo, y cada uno siguió su vuelo.
Me desperté sin saber cuánto tiempo había pasado y, por la punta del pasillo, vi aparecer a las azafatas con los carros del desayuno. No sentía el brazo, entonces empecé a zarandearlo mientras apilaba las almohadas en el asiento que me separaba del pasajero:
—¿Sé te durmió el brazo? ¡Buen día! —me dijo.
Lo miré.
—Ya falta menos. Disculpame, soy Pablo, Pablo Macetti. También sos argentina, ¿no?
—Hola. Sí, cordobesa. Me llamo Florencia.
Cuando se acercó la azafata con el desayuno, nunca más oportuna, destrabé el porta bandeja y le alcancé la suya al fulano.
—Te vi subir con un raquetero. ¿Vas a jugar algún torneo?
Su primera pregunta inició una conversación que, entre más preguntas que respuestas, acompañaría todo el desayuno: “¿sos profesional?, ¿viajás sola siendo tan chica?, ¿no extrañás a tu familia?”. Y, entre tanto, dejaba un espacio para contarme que él vivía en La Plata, que viajaba por laburo y que, también, estaba dispuesto a verme jugar en el torneo.
Él debía tener menos de treinta… «¿y si fuera mi novio?», pero qué estaba pensando, si ya tenía uno en Córdoba.
—Esperá —apoyó la taza y sacó de su agenda una tarjeta blanca—: Tomá, por si alguna vez estás por La Plata y tenés ganas de jugar un rato, me avisás. Mirá que le pego bien —Y a las palabras le agregó el gesto del drive con la mano.
Agarré mi libro y le coloqué la tarjeta como señalador. Mientras sacudía el sobre de leche en polvo pensaba que, en unas horas, Pablo pasaría a ser otro amable desconocido.
Capítulo 2
El avión aterrizó en Roma, era la segunda vez en dos años. No recordaba con exactitud dónde debía tomar el transporte hacia el Centro.
—Mi scusi. Buongiorno. dovrei andare in Centro —le pregunté a un tano de unos cincuenta.
—Buongiorno, signorina. Si, certo, dovrebbe prendere il treno verso la stazione Termini. Doppo 45 minuti sarete in Centro —me respondió.
—Ringrazio.
Recuperé las valijas de la cinta y me dirigí hacia las casillas de migraciones para presentar el pasaporte. Como el presupuesto no me permitía tomar un taxi, entonces me subí al tren que iba a la estación central. Desde ahí, en unos minutos, el bus me dejaría cerca de la Piazza di Spagna. Roma era Roma. En mi casa se hablaba siempre de ella. Aunque en la “bella Italia” los barrios periféricos también muestran monoblocks, grafitis, parques con pibes jugando a la pelota y la ropa secándose en los balcones; solo que, unos kilómetros más adelante, la cuna del “pan y circo” no deja que cierres la boca de tanta historia para degustar.
Al llegar a la plaza, busqué en el bolsillo de la campera la dirección exacta: número 61 de Via Mario de Fiori. La fachada era solo una puerta de vidrio con una barra de bronce de arriba abajo. A los cinco minutos de haber tocado el timbre, apareció un hombre con un pantalón grande por todos lados, la camisa afuera y el mechón de pelo sobre la cara. Abrió la puerta y me hizo pasar:
—Buongiorno —me dijo, casi de espalda, camino a pararse detrás del mostrador—, il documenti. ¡Eh! Argentina, Maradona —dijo, y me entregó el llavero de madera gastada—. La prima colazione viene servita dalle sette alle dieci.
—Bien, gracias.
Mientras andaba hacia el cuarto, recordé aquel hotel en el que me había alojado, el año anterior, en los suburbios de Londres, y la noche que llegué… me “esperaba” una fila de pibes con pelos puntiagudos de colores, sentados en las escaleras. En cambio, este resultaba más familiar. Mi habitación estaba en el segundo piso. Cuando entré, corrí la cortina pesada y con algo de olor a trapo húmedo. Enseguida saqué un par de zapatillas y me preparé para salir a correr. A la mañana siguiente iba a presentarme en el club. Dos días más tarde, comenzaba el torneo.
La sensación de comerme los calendarios me agitaba. Los diálogos de fábulas escritos en mi diario querían saltar a la cancha, pero no todos se atrevían. Algunos de esos cuentos, como el de la oveja y la flor, de no más dos hojas del anotador de un hotel, ocupaba la solapa interna de mi agenda de cuero marrón; ese era uno de los primeros. Estaba fechado: Indianápolis, 1986. Cuando no conseguía dormirme, sin importar dónde estuviese, el lápiz y el papel soportaban mis palabras.
En esa primera semana de la gira europea, jugaba uno de veinticinco mil dólares. Pasé los dos partidos de la qualy, gané el primero del cuadro principal, y la yugoslava Sabrina Soles, sembrada número uno en el torneo, me sacó en segunda ronda por un doble seis dos. Apenas terminé el partido, pasé por la oficina de la organización a cobrar mi premio: bingo, casi cubría el hotel. Con los bolsillos llenos, caminé hacia la salida del salón vidriado de la cafetería. Cuando se acercó el mozo y me preguntó si se me ofrecía algo, decidí sentarme en la terraza. Elegí una mesa preparada para dos; a pocos metros, un grupo de socias vestidas a lo Wimbledon. En diez minutos tenía a mano uno de prosciutto y formaggio y la spremuta di pompelmo. Más abajo, se veían las canchas entre ligustrinas talladas y caminos de ladrillos resistiéndose al césped. Detrás de mí, pasaban los actores del torneo: jugadoras, jueces, recogepelotas y algún socio o socia molesto porque les ocupábamos sus canchas o porque el vestuario estaba invadido por chicas que salpicaban los espejos o mostraban mala puntería hacia el tacho de basura. Apenas terminé de almorzar, cargué el bolso y las raquetas y, antes de salir hacia el hotel, pregunté el camino para volver a pie.
—¿Posso aiutarla? —me dijo un señor, con pinta de socio, desde un auto oscuro y largo, cuando ya estaba cruzando el portón de hierro hacia la calle. Casi al mismo tiempo, me abría la puerta del acompañante.
—Sí, grazzie. Vado in centro, al parco de la Villa Borghese —le respondí y di la vuelta para subirme.
—Prego, signorina, —dijo y salimos del club.
En el recorrido, de no más de diez minutos, el señor, de unos sesenta años y vestido de tenis con la marca del cocodrilo en la chomba blanca, me contó que me había visto jugar y se lamentó de mi derrota. Cuando estábamos a unas cuadras del parque, le indiqué que me bajaría para seguir a pie. Antes de irse, se despidió sacándose su gorra blanca, yo, con una sonrisa.
El recorrido, entre bocinas y sirenas, mejoró con la entrada por Piazzale Flaminio. Mientras caminaba, los árboles filtraban el calor, y vi un grupo de “conectados” que, tirados sobre el pasto, prestaban su atención a un dúo de violines; otros, un poco más allá, se equilibraban en una clase de taichí. Decidí sumarme al escenario sentándome contra un árbol. Con el bolso atado a la pierna y el raquetero al costado, empecé a ordenar los tickets de gastos. Hechos los deberes, volví a la tinta y al papel para seguir contándome la historia. Así estuve hasta que noté que la música había desaparecido y el parque empezaba a tener otros dueños. Me sacudí el pasto y retomé el camino en dirección a Piazza del Popolo. Además, necesitaba pasar por una farmacia, las últimas dos noches había tenido fiebre.
Cuando llegué al hotel, me recibió el conserje y, sin que se la pidiera, hizo deslizar mi llave sobre el mostrador.
—La ringrazio —Y la frené antes de que cayera al piso.
Mientras subía las escaleras, el corazón empezó a golpearme en la garganta y tuve la sensación de querer escaparme de mí, en todo el cuerpo. Con el pie en el último escalón, miré hacia un lado y otro del pasillo que unía las habitaciones. Estaba sola. Alcancé a sentarme en el sillón. Respiraba hondo, pero en espiral. Era una fuerza centrípeta, como si el rodillo para limpiar las canchas me llenara de agua sucia, de toda el agua sucia que había que sacar de las canchas después de las tormentas.
Mi carrera había empezado unos nueve años atrás, cuando mis padres me dieron a elegir un deporte. En aquel momento, mi mundo eran los techos, los árboles, la fábrica de mi papá y, también, eran los lugares por los que andaba disfrazada de india, carpintera o chica en moto. Siempre desafiando la fuerza de gravedad y, en lo posible, lejos del alcance de los zarpazos de mi madre. Hasta que un día:
—La decisión está tomada —le dijo mamá a papá—, no la aguanto más: todos los días vuelve a casa con la ropa sucia y rota, cuando la rota no es ella.
—Está bien. Mañana voy al club y averiguo qué actividades tienen para una nena de su edad. No sé, puedo inscribirla en natación y vóley, por ejemplo. También está el tenis.
Recuerdo que los espiaba desde la ventana de la cocina. Ellos estaban sentados en el patio: mesa de mármol en una noche de verano cordobés. Papá preparó su amargo serrano y, mientras mamá destapaba una cerveza, yo buscaba la manera de aparecer. Igual, me quedé esperando la respuesta de mamá, aunque solo se escuchaban las chicharras. Agarré las bolsitas de los palitos, papas fritas y maníes que estaban sobre la mesada en la cocina y, cuando iba a sorprenderlos, escuché la voz de él:
—Dejala, es chica y quiere jugar. Ya va a venir más grande y va a tranquilizarse. En la escuela le va bien, solo un poco inquieta.
Entonces, entré en acción:
—¿Hablaban de mí? Natación, sí, me gusta; vóley, no. Quiero jugar torneos de tenis como el Lucas —dije, aunque jamás había agarrado una raqueta.
La idea de pasar todo el día en el club con mi amigo Lucas, compañero de banco y de barrio, me gustaba. Mientras tanto, papá seguía revolviendo el amargo con una cuchara larga y la mirada en los anteojos de mamá.
—Bien, acepto —dijo ella y coronó con un trago de cerveza.
Y así, después de pasos cortos por otros deportes, “raqueta y pelotita” ganaron la batalla, y la guerra con mamá tuvo una tregua.
—¡Ragazza, signorina!—una voz rasposa y el olor a tabaco me devolvieron a Roma.
Yo seguía sentada en el sillón del pasillo.
—Qui ci sono gli asciugamani —me dijo el conserje, que seguía con la misma camisa del primer día.
—Grazie —agarré las toallas que me ofrecía, me quedé sentada unos minutos más, y luego caminé hacia mi habitación.
Atrincherada, me tiré sobre la cama y miré el reloj a las 19:59, a las 20:07, a las 20:09 hasta que, de un salto, me incorporé y fui a ducharme. Debía armar los bolsos porque a primera hora de la mañana tomaría el tren hacia Torino.
En las dos semanas siguientes, jugué dos torneos: uno en Alessandria y el otro, la copa Bonfiglioen Milán. Llegué a semi y cuartos, en ese orden. Aunque sentía que mis resultados no eran desalentadores, veía a otras jugadoras de mi edad entre los cien primeros puestos del ranking de la WTA1 y, entonces, empezaba a buscar qué podría hacer mejor, cuál sería el error: si la elección de los torneos, la cantidad de entrenamiento, pero no lograba descubrirlo. «No tengo que olvidarme lo que me decía Oscar, mi entrenador cordobés, vos dedícate a entrenar, el resultado es consecuencia de hacerlo bien y de mucha paciencia». Pero el Cacho, mi sponsor y coach, tenía su “librito”. No me presionaba, directamente, pero él creía saber cuál era la razón que me “sacaba de la cancha” y no salía de ese surco. En la última conversación telefónica había sido claro conmigo:
—Pillín, debes madurar. Ya eres toda una mujer, tienes que dejar los caprichos de lado. Tu tenis está bien; si ordenas la cabeza y el corazón, tienes un camino exitoso por delante. Debes hacerme caso.
Aunque por momentos hubiese querido “salirme de mí”, era consciente de mi capacidad técnica y física para competir y, también, de que no se trataba de inmadurez, sino de valentía para enfrentarme con mis fantasmas de capas de colores, de animarme a ser yo. Por ahí había escuchado: “cuando eres joven, recién, estás descubriendo qué tipo de persona quieres ser…”. Ser adolescente tenía lo suyo.
“Passeggeri diretti a Parigi, presentarsi a la porta…”, esta vez, Linateme mostraba la salida.
Mientras estábamos por aterrizar, pensaba: «Roland Garros. París: aeropuerto, bus, hotel y club, solo cambiaba el idioma. Cómo explicarle a quien no lo vive que el circuito te “pelotea” de un lado a otro y que, a veces, te sentís “match point abajo”, pero empezás a correr de nuevo y a jugar la bola profunda hasta que te la dejan en la mitad de la cancha, y ahí te metés a la red para definir con una volea cruzada y corta. Y, entonces, otra vez caminás con el mentón hacia arriba. A veces, se pone aún más difícil, porque cuando perdés, los organizadores de los torneos “te sacan el banquito”, los gastos de alojamiento solo te los cubren hasta esa noche. Al día siguiente, verás dónde dormís».
En un par de días, empezaba “Rolanga”. Yo era fana de Wimbledon, pero el polvo de ladrillo era como estar en casa. Además, me reuniría con todo el equipo y compartiríamos las próximas seis semanas del calendario.
Después de hacer Migraciones en el Aeropuerto de Orly, tomé un bus que me acercó al centro de la ciudad. Con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventanilla iba tildando las paradas: Montparnasse, Torre Eiffel, Trocadero…
Capítulo 3
El deseo de llegar a ser una tenista profesional y jugar Wimbledon había servido para enfrentar el esfuerzo físico y emocional. Desde los nueve años, salía a correr alrededor de la manzana de mi casa, en Córdoba. Dormía vestida. Recuerdo que, cuando sonaba el despertador, a las cinco de la mañana, daba un salto y me ponía las zapatillas. A las cinco y cuarto estaba en la cocina con el exprimido de naranjas y, a las “y treinta” me despedía de mi mamá con un beso y apretaba el botón del Casio que llevaba en la muñeca. En invierno era de noche y, mientras corría, solo escuchaba el pedaleo de alguna bicicleta o el “dos tiempos” de la “zanellita” de mi vecino que se iba al taller. Entre uno y otro, entre esos pocos ruidos, me acompañaba el ritmo de mi respiración. No se suspendía por mal tiempo. Para eso estaba el equipo de tela de avión y así no fallaba ni un día. Mamá vigilaba parada en una de las esquinas, pero sufría los doscientos metros que no llegaba a ver, hasta que volvía a aparecer por el otro extremo de la cuadra.
—Tomá, má —iba dejándole las capas de abrigo hasta terminar en remera.
—Seis, ¿no? —cada dos o tres vueltas, ella confirmaba el número. Una, dos, tres, así hasta diez.
Los últimos cien metros eran a tres cuartos de velocidad. Corría cuatro kilómetros cada día de la semana. Apenas terminaba, ella completaba el desayuno “a lo Rocky”: huevo crudo con un agujerito en cada punta, para chupar hasta que saliera (como comía el nonno Atilio), cereales con leche y una Polper B12, mientras yo elongaba en el patio o el living, según el clima.
—Hija, estás creciendo, tenés que alimentarte bien—Entonces comía, aunque era peso pluma. Después de una ducha rápida, papá me llevaba a la escuela, aunque primero dejábamos a mi hermano en su colegio porque él entraba más temprano. A mi gustaba eso, acompañarlo y ver cuando se encontraba con sus amigos en la puerta. Yo quería llegar a ser grande como ellos. Me despedía de él con un beso, y papá, retomaba el camino hacia mi escuela. Cuando llegábamos, y justo antes de bajarme de la camioneta (casi esperaba la frase para dar el paso), me decía:
—Portate bien. Vuelvo a buscarte al mediodía —Yo pensaba: «¿por qué me lo repite cada vez que me trae, ya lo sé y nunca hago lío?». Bueno, excepto algunas veces cuando la maestra no leía bien mi mensaje, ese que llevaba el avioncito de papel cuadriculado que despegaba de mi banco, nada podía reclamarme: siempre de siete para arriba. Al mediodía, salía corriendo a buscarlo, él siempre se paraba sobre un costado de la puerta, justo al lado del ceibo. Mis compañeros pensaban que era mi abuelo, algo pelado, serio, pero buena onda. Cuando llegábamos a casa, los útiles quedaban en equilibro sobre la mesa de mármol del patio mientras saludaba a mamá con un “ya vuelvo” e iba a buscar al Jackie, mi perro, y empezábamos a jugar con la pelota hasta llegar al garaje. Dentro de los tres minutos, no más, llegaba el llamado de mamá:
—Hija, la comida está servida, andá a lavarte las manos y peinate.
—Sí, má, ya voy, esperá —respondía y atravesaba el patio directo hacia la cocina.
—A ver, ¿vos no te lavaste las manos? Haceme el favor, andá a lavarte esas manos, la cara y peinate.
—No, má, te juro que las tengo limpias. Mirá —Y se las mostraba, palmas hacia arriba.
—Vos no te sentás a la mesa con esa pinta. Las manos están roñosas —decía y me escoltaba hasta el baño.
Apenas terminaba el almuerzo, tenía que hacer los deberes; en mi casa no se hacían las tareas, sino los deberes. Me sorprendía que, a diferencia de mis compañeros, a mí no me los controlaban, mi mamá solo me preguntaba si los había terminado. Si necesitaba ayuda, podía pedirle a papá (matemática), mamá (lenguaje) y el Nano, abanderado, siempre listo para cualquiera de las materias, sobre todo, los dibujos.
Cuando todo estaba en orden, alrededor de las tres, me llevaban al club. A partir de los doce empecé a ir sola en bici y mi única raqueta cruzada en la espalda. Con mi barra de amigos, antes de empezar el entrenamiento de tenis, jugábamos al “fulbito”, aunque también se colaban la mancha pelota y las escondidas. En el equipo de las chicas, estábamos la Negra, las mellizas y la Gaby, y nos mezclábamos con los varones para que el picado fuese parejo. A las cuatro y media o cinco, llegaba Oscar con su Fiatverde. Si lo veíamos entrar por el portón, le pegábamos una patada a los bolsos o camperas para desarmar los arquitos. A él no le gustaba que jugáramos al fútbol, podíamos lastimarnos. Y así fue como una tarde terminé con una bota de yeso. Pacto entre camaradas, jamás supo el origen de la lesión, tampoco mis padres, pero me perdí la clasificación para un nacional.
En esa escuela de tenis, así la nombrábamos, el entrenamiento comenzaba a las cinco y terminaba con el último punto del último set, nunca antes de las ocho. Recuerdo que Oscar era el único diferente: entre nosotros no existían distinciones por ranking ni nivel de juego. Él organizaba los ejercicios y cómo nos distribuíamos en las seis canchas. Algunos eran campeones nacionales, otros sudamericanos y estaban los que no ganaban tantos partidos, pero todos nos ejercitábamos con el que estaba enfrente. Y los fines de semana en los que no competíamos como federados, jugábamos los torneos con los socios y socias mayores, el cierre solía ser con un asado para todos.
Recuerdo que cuando tenía quince años y participaba del segundo verano de competencia internacional había completado la gira COSAT: cinco torneos ganados, uno detrás del otro. Después de la final del Banana Bowl,último torneo, se me acercó un desconocido con anteojos y una gorra en la que se leía “CACHO OLMEDO TENNIS ACADEMY”.
—¡Felicitaciones! Pucha, qué bien juegas. —Escuché que alguien me decía, apenas salí de la cancha.
—Muchas gracias —le dije, haciendo equilibrio entre el raquetero, la toalla y el termo con agua y Glucolín—. Fue un partido parejo, ella juega con mucho top, mete todas.
—Me presento —dijo mientras se sacaba la gorra—, mi nombre es Ángel Olmedo. Un gusto. Soy el coach de Martini y estoy aquí con otras jugadoras. Luego me gustaría conversar contigo, pero ahora ve a dejar tus cosas, seguro tienes que darte una ducha.
—Ah, sí, Florencia. Ella es re chica, tiene catorce y gana en dieciocho —le respondí sobre Martini, y aceleré el paso hacia el vestuario—. Si me espera, ya vuelvo, y ¿dónde nos encontramos?
Ese mismo día me ofreció ir a su academia, en Key Biscayne. Y me dijo que viajaría conmigo a Buenos Aires para reunirse con mi papá, acordar las condiciones del contrato y, si todo estaba bien, sería mi sponsor y entrenador.
Desde ese momento, se me empezaron a amontonar en la cabeza las vueltas a la manzana apenas arrancaba el día, los desayunos “a lo Rocky”, el canasto con pelotas para practicar sola los domingos en mi club, la colección de revistas españolas de tenis y la promesa a papá de que algún día terminaría el colegio. La posibilidad de cumplir mi deseo de ser profesional de tenis empezaba a ser realidad.
Un mes más tarde, volaba a Miami. Una semana después de haberme instalado, estaba en el torneo de Hilton Head, en el player lounge frente a un bufetfrío, con Hana, la ganadora del US Open, de pie a mi lado sugiriéndome (a mí) que comiera yogurt low fat: “cuando seas grande, me lo agradecerás”. Recuerdo que, sin dejar de mirarla, devolví el yogurt entero a la fuente con hielo y me llevé el bajas calorías. Pero, ese año, mi destino final no era Carolina del Sur. Entonces, al día siguiente, tomé un avión: SavannatoNew York, porque esa misma noche salía mi vuelo hacia Londres. Ya no carreteaba, había empezado a volar.
Capítulo 4
El pasado se alojaba en mi memoria, París me recibía. Cuando me bajé del citybus, después de haber pasado por Montparnasse, la Torre Eiffel y alguna otra vista de postal, descargué los bolsos sobre la vereda mientras miraba hacia ambos lados con ganas de encontrar a quién preguntarle dónde estaba la calle de mi hotel. A mi izquierda, el Arco del Triunfo me vigilaba. Agarré el mapa que tenía en el bolsillo, pero era el del subte. «Qué bueno sería poder apretar un botón y saber hacia dónde tengo que caminar».
Con una sonrisa y el “por favor” trataría de robarle información a un parisino distraído.
Finalmente, después de varios minutos de espera y ya resignada a caminar en una dirección al azar, vi aparecer un perro. Era un collie barbudo, blanco y marrón. Llevaba puesto un collar del que se desprendía una correa larga, y en la otra punta de esa correa, dando la vuelta en la esquina, venía atada una mujer, si no era francesa, lucía afrancesada. «En París, hasta los perros desfilan», pensé.
Con el sol vertical que negaba cualquier sombra, la pareja caminaba en mi dirección. Sonreí, era igual a Simona, la perra de una amiga. Cuando les hice un gesto, se detuvieron frente a mí. No pensé y me puse en cuclillas para acariciarlo. «Genial, si frenó, esta me ayuda».
—Discúlpeme, ¿habla usted inglés, español?
—Bonjour. Sí, hablo inglés y un poco de español —respondió en un castellano fluido, mientras enrollaba la correa.
Él aprovechó para poner sus patas delanteras sobre mis piernas y acercar el hocico a una de mis manos, entonces le agarré la cabeza y corrí los pelos para verle los ojos: eran casi transparentes, pero ella rompió nuestro hechizo:
—¡Brie! Attention. ¿Cómo es qué puedo ayudarte? —dijo mirándome a los ojos, pero no me corrió el pelo para ver el color de los míos.
—Estoy buscando la avenida Friedland —le respondí mostrándole el papelito con la dirección del hotel, tal como lo había sacado del bolsillo.
Ella lo agarró e intentó plancharlo con los dedos, y:
—Oh, lalá. Tienes suerte. Unos trescientos metros sobre la diagonal —dijo señalándome la dirección con su mano—. Brie y yo podemos ir contigo a la puerta, si tú quieres.
Acepté. Era una mujer de unos treinta años, creo. Metro setenta y cuerpo delgado. Apenas comenzamos a caminar en la dirección indicada, se presentó:
—Soy Natalie. ¿Cómo te llamas?
Le respondí mi nombre completo y el motivo de mi estadía en esa ciudad: jugar Roland Garros. Podría haberle dicho que iba a participar en un torneo de tenis, pero Roland Garrostenía charme.
—Pero eres muy jovencita.
Era verdad, parecía de quince, pero sumaba diecisiete. Tenía el pelo ondulado, relativamente corto y siempre despeinado, los pelos “a lo Brie”. Mi mamá tenía razón: “esa cabeza es un disparate”, solía decir mientras me corría por el patio amenazándome con el peine.
La indagatoria de la francesa continuó al ritmo de los pasos y paradas de su perro, no quedaban árboles sin olfatear. Ella quería saber, yo, contestarle.
—¿Y viajas sola? —me dijo y sonrió.
A mí no me causó gracia, no entendía cuál era su intención. Sentí que mis ojos se agrandaban y mi corazón latía más fuerte. Respondí que mis compañeras de equipo estaban esperándome, aunque sabía que, en realidad, los vería al día siguiente y en otro hotel.
Su simpatía no eliminaba el ser una extraña. Según mi nonna, “la confianza mata al hombre (y a la mujer)”. Estábamos por llegar al número indicado de la diagonal y Natalie percibió el efecto de su pregunta.
—Te he preguntado porque he visto tu bolsa de raquetas, y yo también juego tenis. Tengo los tickets para la primera semana de Roland Garros y las finales. Te buscaré en la programación para verte jugar; así luego podré decir: “he conocido a esa jugadora cuando era pequeña” —dijo con la voz impostada y volvió a sonreírme.
No sabía si era cierto lo que estaba diciéndome, pero “si tiene un perro, no puede ser tan mala persona”. Apoyada en mis fundamentos mágicos, la miré, también a los ojos, y sonreí.
—Hemos llegado a tu hotel. Buena suerte en Roland Garros. ¿Nos veremos allí? Tal vez —dijo.
Cambió la correa de lado y extendió la mano para saludarme. Durante unos segundos olvidé la extrañeza, también le di la mano.
«Nada tienen de especial dos mujeres que se dan la mano», pensé con música en mis oídos, a lo Mecano.
Capítulo 5
Después de haberme reencontrado con Tina, Mariana y Adri, parte mi equipo en el Stadefrancés, fui a la oficina de acreditaciones a buscar mi voucher. El Abierto de Francia era nuestro primer Grand Slam del año, ninguna había participado del Australian Open. Según la programación de los partidos, empezaba a jugar el doble al día siguiente. Esa tarde, después de habernos entrenado en doble turno, nos fuimos a trotar por los Bois de Boulogne, solo teníamos que cruzar la calle. Tina era un año mayor que yo y con ella habíamos ganado el Orange Bowlen año anterior. Adri era la más experimentada y mi compañera de dobles.
—¿A dónde van tan rápido?, es solo para soltarnos un poco. Se van a romper todas, así no llegan a mi edad —dijo Adri.
—¡Qué bueno que pasemos unas semanas juntas!, se me hizo medio larga la gira por Italia —les dije casi gritando.
—¿Todos los torneos fueron en juniors? —preguntó Tina.
—No, jugué uno de veinticinco mil y dos juniors, el último fue la Bonfiglio en Milán. Perdí en cuartos (de final) con una española que, si mejora el revés, va a ser top ten. Se llama Conchita —dije sonriendo.
El ritmo lo imponía la jefa, nosotras acompañábamos. El trote lento entre los cedros nos dejaba aliento para conversar. Después de unos quince minutos de recorrer diferentes caminos, llegamos a uno de los lagos y nos tiramos en el suelo.
Las tres patas para arriba, entre movimientos de elongaciones y descanso, nos perdimos en nuestros pensamientos. Con el pasto todavía colgándonos en la espalda, dimos la vuelta hacia el club. El sol de la tarde había perdido intensidad entre tantos árboles y el bosque empezaba a recibir a otros protagonistas citadinos.
Esa noche fuimos todos juntos a comer a un restaurante tano, bueno y no muy caro, que estaba a pocas cuadras del hotel oficial. El Cacho y Linda junto a Mariana caminaban unos metros más adelante, Adri, Tina y yo, unos pasos más atrás, discutíamos cuál era el mejor torneo de Grand Slam, la duda estaba entre Roland GarrosyWimbledon. En el recorrido nos cruzamos con un grupo de jugadores y coaches brasileños que, seguramente, había comido en el primer turno. La rutina solía ser similar para la mayoría: excepto los que ganaban mucho dinero, ellos podían elegir algún lugar más paquete o room service,que no era lo mismo que comer cereales con leche en la habitación.
A la mañana siguiente, luego del desayuno, fuimos hacia el club. Jugábamos el doble en el cuarto turno, contando a partir de las 10. Como tenía tiempo, crucé al parque para hacer mi rutina de trabajo físico, luego un almuerzo liviano y a descansar en la sala de jugadores. El chasquido de los dedos de Adri me despertó, en diez minutos teníamos la cancha para entrar en calor. Al terminar, llevé dos raquetas a encordar y, cuando pasaba por una de las zonas con locales de comidas, me encontré con el Cacho y Linda.
—Pillín, te está buscando el de Nike, tiene tus zapatillas para césped, iba a estar en el player lounge —dijo él—. Ustedes no van a jugar antes de las tres o tres y media —refiriéndose a nuestro doble—. Te conviene almorzar unas pastas y sentarte a escuchar música hasta que las llamen para el partido. No andes caminando por ahí, hoy tienen buenas chances de ganar.
—Hello, Flor. How are you today? Did you sleep well last night? —me preguntó Linda. Era una norteamericana de metro sesenta y cinco, cabello claro hasta los hombros y voz suave. Además de ser su mujer, se ocupaba de asesorarnos sobre la ropa, las comidas y siempre estaba bien dispuesta para conversar, si era necesario, con complicidad.
—¡Ok, Cacho, gracias! Ahora lo busco a Michael, así me da las zapatillas y después me voy a descansar. Jugamos en la cancha ocho, contra Medrado y Niege.
Ahí nos despedimos y yo seguí mi camino hacia el local de encordados.
Recostada en la sala de jugadores, me aflojé los cordones, encendí el walkman y dejé que Mecano me atravesara: «¿Para qué me puse de novia? ¿Qué sentido tiene si paso once meses dando vueltas? No me entiendo. Bueno, basta de pensar pavadas; tengo que romperme el alma en el junior y entrenar a full. Si ganamos este partido, sumamos buenos puntos y guita. ¿Vendrá a verme Brie?». Cuando noté la avalancha de frases en mi cabeza, me sumergí en “Eungenio Salvador ” hasta aquietarla: “Si te reencarnas en cosas, hazlo en lápiz o en pincel. Y gala de piel sedosa”.
—…, Villalba, Adriana; Medrano, Pamela and Gomes Niege, court number eight —anunciaron por los parlantes nuestro match.
Apagué la música y, mientras me ajustaba las zapatillas, escuché la voz de Adri:
