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Caladora es un lugar peculiar. Un pueblo costero que, antaño habitado por pescadores, cuenta con leyendas que llegan desde el corazón del océano. Allí vive Odette, una joven que ha crecido rodeada de libros y su vía de escape es escribir todo lo que su creatividad le permite. Pronto irrumpirá en su vida su hermano Hugo, artista e ilustrador, para demostrarle que no hay nada más poderoso que la imaginación. Ambos conocerán a Juniper, una prometedora joven al frente de su propio negocio que llega al pueblo por asuntos de trabajo, y pronto se encontrará a sí misma viviendo un amor tan intenso como irrealizable entre las olas de la costa dorada. Sirenas de papel es una llamada a la imaginación y a la escritura para acercarlas a todos los lectores que nunca han dejado de soñar en lo imposible, con un trasfondo de respeto por la naturaleza y los animales.
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2024
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SIRENAS DE
PAPEL
Mireia Raga Estruch
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión por cualquier procedimiento o medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro, o por otros medios, sin permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
“Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra”.
© Del texto: Mireia Raga Estruch
© De la portada: Pablo García Pérez
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-08-2
www.samaruceditorial.com
Nota de la autora
Las canciones que aparecen en la novela están recopiladas en la lista ‘Sirenas de Papel – Playlist’, en Spotify. Mi consejo: leer y escuchar a la vez. Feliz lectura.
AGRADECIMIENTOS
Este libro fue escrito en lugares inusuales. Empezó a tomar forma en el pueblo donde me inspiré para crear Caladora: mi pequeño paraíso de playa. Este lugar se llama Tavernes de la Valldigna, ubicado a unos 30km al sur de la ciudad de Valencia, España. Ahí han sucedido los mejores momentos de mi vida. Más tarde me fui a vivir a Inglaterra, donde, sin pretenderlo, ese país me influyó en algunos aspectos de creación. Allí, en Sevenoaks (Kent), a unos 20 minutos en tren de Londres, reconecté de nuevo con la naturaleza. Y bueno, también quiero expresar mi agradecimiento a todas las cafeterías que me dejaron estar más de dos horas con mi ordenador y un simple café. Eternamente agradecida.
Asimismo, me encantaría recalcar que esta historia está compuesta por partes de mí. He troceado mi alma y he regalado una porción a cada personaje y lugar que aparece en la novela.
Pero esta historia no solamente se compone de ello; también ha tomado protagonismo mi familia, que engloba lazos de sangre, amistad y amor.
Por eso, en primer lugar, quiero mencionar al primer grupo. Me gustaría dar las gracias a mi madre Rosa, que en todo momento se ha ofrecido para ayudarme a resolver todas mis dudas legales y, por supuesto, me ha brindado su apoyo y amor incondicional. Gracias a mi padre Jose, que siempre me ha instado a correr detrás de los sueños y diría que esta historia se ha materializado gracias a su aportación. Gracias a mi hermano Sergi, por suavizar los momentos tensos y provocar una sonrisa a todos. Me habéis ayudado más de lo que os imagináis.
Y cómo no, gracias a mis abuelos maternos, Enrique y Lola, que me han demostrado la calidad y existencia de un amor puro. Y les debo esa parte de mí; siempre habrá una rosa roja para vosotros. Y a mis abuelos paternos, Josefa y Vicente.
A Kobu, mi pequeño peludo que creció conmigo y aunque abandonó este mundo antes que yo, le voy a llevar en mi corazón eternamente. Y a Currito, mi pequeño con plumas, que me ha inspirado para crear las aves exóticas de Caladora.
Como la familia no se compone solamente de sangre, paso a dar las gracias a dos de mis amigas que se han convertido en pilares fundamentales, con las que comparto afinidad, risas y momentos extraños. Ellas y yo nos entendemos. Gracias, Ana y Marta, gracias a vosotras existe esta novela.
También quiero agradecérselo a mi amiga Estela, casi mi hermana. Desde pequeñas seguimos muy unidas, en lo bueno y en lo malo. Eso al final es lo que cuenta.
Y gracias a mi alma gemela, Yuriy, por convertirse en tan poco tiempo en una parte de mi. Gracias por respetar siempre mis alas. Y a Васька, que aunque ya no está con nosotros, ha formado parte de nuestra familia.
Asimismo, quiero agradecer todo su esfuerzo y trabajo a José Ramón Sales, que fue el primero en viajar a Caladora y, desde dentro, me ayudó a mejorarla.
Y por supuesto, a Mercedes e Isabel, que me dieron luz verde al proyecto y me han transmitido toda su confianza.
Por último y muy importante, dar las gracias de corazón a todo el equipo de la Editorial Samaruc. Habéis convertido mi sueño en una realidad.
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
PAPEL
TINTA
AGUA
INTRODUCCIÓN
Tiempo atrás un marinero predijo la constante batalla de un ser hecho de tierra. Pies de barro, alma de arena. El hombre compacto temía enfrentarse a un amanecer sobre el mar, sin saber si pertenecía a sus lindes o era brujería de sirenas.
El paisaje delineado en un horizonte turbio no se parecía a la frondosa vegetación de donde provenía. ¿Por qué se quema el cielo cada día?, preguntaba. Y de esta manera, por ignorancia severa, temía la extensión de tal llama y el peligro de la desaparición de las hojas que formaban su hogar. Y aún así, una pasividad acomodada rondaba cada día su pensar, quedando con la duda y la extravagancia de sus ojos irisados.
Un día, una ninfa formó una silueta, tapando la locura habitual del ser arenoso. Y en ese momento, atraído por una criatura bella que había contemplado en su imaginación, decidió conocer a su compañera de incertidumbre.
—¿También temes al océano de fuego?
—Temo el no volver a verlo.
Extrañado, volvió a preguntar.
—¿No crees que nos puede hacer daño?
La mujer, apodada como Nereida por su compañero de conversación, rio en sus adentros y confesó su preocupación.
—Yo también temo el cielo anaranjado. Pero la diferencia entre nosotros recae en que tú lo haces por ignorancia, y yo por la necesidad de que me devuelva a un marinero.
Ahora intrigado, el ente de arcilla siguió preguntando.
—¿Y cuándo volverá?
—Cada día. Con el primer rayo de sol me confiesa un secreto. El de hoy es la capacidad de poder enseñar que el cielo no quema, y que cómo él aventuró, cualquier hombre de tierra necesita de alguien que le guíe y motive en un camino llamado vida.
PAPEL
1
En una casa costera, acompañada de un único rayo de sol que se escondía entre las ramas del árbol que contaba con los mismos años que Odette, ella afirmaba ser feliz. La villa mediterránea estaba suficientemente alejada de la ciudad para evitar el ruido urbano, y lo eficazmente cercana a la naturaleza y al canto de pequeños pájaros que seguían el compás del mar. Aún así, Odette sentía la necesidad de pertenecer a la gran área metropolitana, sin renunciar a su paraíso azul. Y con corazón dividido e indecisa de nacimiento, juzgaba los pros y contras de su futuro.
Los ojos de Odette también debatían los colores. La mezcla del color verde con lazos castaños inspiraban confianza y eran acompañados por un pelo ondulado que compartía la tonalidad cercana al iris. Su piel destacaba por su claridad, convirtiéndose en protagonista por todos aquellos que la conocían. De niña le encantaba escuchar el por qué de su nombre en labios de su madre y saber que, de forma inocente, alguien como ella fue una princesa que pudo convertirse en cisne. Un animal que prefería la calma de la tierra a la bravura de la espuma marina.
Las paredes de su hogar contenían más recuerdos que ladrillos. Y Odette sabía que también era bueno alejarse de ellos.
Era una mañana gris de invierno. Sin más, corrió a buscar su libro preferido —una edición limitada de Cumbres Borrascosas—, y una rebeca de algodón para protegerse del viento del este. Con la cabeza cabizbaja y el pelo recogido, se dejó guiar por la brisa marina hasta llegar a una duna alejada de la vista de cualquier curioso.
Y así ocurrió. Tras una hora las nubes se dispersaron y un pequeño rayo de luz iluminó las rocas, acompañado de ladridos procedentes de las casas vecinas que preferían no perderse el buen día que prometía. Eran las once de la mañana y sin un café en el cuerpo, Odette decidió volver a casa. Lo hizo caminando por la orilla, con las sandalias en una mano y su libro en la otra. A los diez minutos paseando, escuchó el tintineo de una campanilla. Era el agradable sonido de los llamadores de las antiguas tiendas —algunas aún no lo habían cambiado por ese sonido eléctrico, algo desagradable, por el que optan la mayoría de franquicias—, que se colocan justo en la parte superior de las puertas para el aviso de nuevos clientes. Entonces comprobó que existía una cafetería que no había pisado nunca, raro, y fue gracias al hecho de tomar un camino distinto al de siempre. Como la curiosidad mató al gato pero le hizo vivir, quiso arriesgarse y con los pies mojados y envuelta en arena se acercó. Entró acompañada de rechinamientos. La sorpresa fue que era un lugar bonito, con decoración exótica y un toque caribeño. Intentando evitar lo máximo posible el ruido de la madera que crujía bajo sus pies, la joven se sentó en la mesa orientada hacia las vista al mar. Con pensamientos perdidos, Odette calificó ese capuccino que vino a continuación como el café más especial, acompañado del momento más relajado que había tenido nunca. Y allí se quedó otra hora más, saboreando la espuma con canela, leyendo una de sus novelas favoritas y, con cada cambio de página, convirtiéndose en una espectadora del mediterráneo.
· · · · · · · · · · · ·
—June, despierta.
—Juniper no está, deje su mensaje después de la señal.
—June, por favor…
—¿Hay crepes?
—No.
—Deje su mensaje después de…
—Hay chocolate con crepes, como te gusta. Más de lo primero que de lo segundo, aún no sé cómo no te sube el azúcar —bromeó un hombre canoso, pero demasiado joven para considerarse viejo, mientras gruñía y observaba el salto que daba su nieta—, ¿cómo va el trabajo?
—Bien bu, todo bien —sonrió una joven rubia, mientras le daba un beso y pensaba en su desayuno. Desde pequeña, había apodado a su abuelo como “bu”. Con tres años lo tenía justificado, pero ahora lo decía con cariño. Su “bu” lo era todo para ella.
Juniper Ezcan era una chica sencilla, extrovertida, inteligente e indomable. Con veinticuatro años y al frente de una agencia de publicidad, su mayor virtud era la creatividad, y poder plasmarla en su trabajo le permitía ser feliz. Con apenas cuatro años de edad sus padres habían acabado con sus propias vidas y, desde entonces, había vivido con su único abuelo al que quería y adoraba. Él tenía sesenta y cinco años y gozaba de una salud de hierro y un cuerpo sorprendentemente atlético para su edad. Se llamaba Marco. Un nombre peculiar, al igual que su personalidad. Siempre evitaba hablar de lo que había sucedido con su hija y su yerno. Este último había llevado a Anna, la madre de Juniper, a una vida de miseria que acabó por destruirla. Era traumático, y Marco quería evitar cualquier sufrimiento a su ángel llamado Juniper. Ahora ella afrontaba el día a día con naturalidad y esfuerzo, e intentaba no pensar en problemas banales.
Los ojos de Juniper eran un espejo que inspiraban fuerza y transmitían lo que contaba su alma. Se asemejaban a un gran agujero negro que, del mismo color, aseguraban que era probable perderse en ellos. Por encima de sus rasgos se deslizaba una gran cascada marcada por los primeros rayos de sol. Una melena rubia agitaba el viento a su paso, y no al contrario. Y así, Juniper contaba con una belleza independiente del mundo. Como un océano sin calma.
Mientras conducía su enaltecido y destartalado coche, y antes de llegar a su despacho minimalista, pasó por The salty coffee. Era su cafetería preferida porque, a parte de los increíbles cafés que preparaban, la decoración le recordaba a los días de playa y surf que tanto echaba de menos en pleno febrero. Ella misma había diseñado el logo del local, y se sentía orgullosa a pesar de que llenó la casa de su abuelo de garabatos. Tras días de tinta y papel, al final se decantó por el dibujo de una concha entrelazada con una estrella de mar, por el hecho de que cualquier ser mitológico se parecía demasiado a la imagen de la famosa multinacional que ofrecía el mismo producto. “Con la de animales que hay en el mar, ¿podría haber sido un pez espada, no?”, bromeó con desesperación mientras trabajaba en ello. A pesar del esfuerzo, el resultado había sido satisfactorio y se ganó por ello la amistad del dueño del negocio, con quién había compartido largas charlas entre latte machiatto y expresso.
—Eres una gran profesional, June —agradeció Matt, el treintañero apasionado de los deportes de agua que desprendía un aura de serenidad—, ¿cuando te vienes a bucear conmigo?
—Lo haré, pero soy más de aguas bravas, ya lo sabes —le recordó Juniper.
—Oh venga, ¡también hay olas en una cala! —insistió.
—Entonces iré y te esperaré en la superficie —sentenció la joven mientras le guiñaba un ojo.
Ella era consciente de la atracción que provocaba en su cliente y casi amigo. A pesar de ello no quería distracciones y, aunque a Matt le gustaba físicamente, no creía que formaran buena pareja ni preveía un futuro con él.
Cuando el coche ya sujetaba en su posavasos el café con doble de leche de avena y una concha amigada a una estrella, Juniper se dirigió hacia el céntrico edificio donde empezaba su rutina. Allí le esperaba su secretaria y amiga Patricia, con una hoja de papel tatuada con algo más que letras.
—¿Se ha vuelto a estropear la impresora?
—Sí, llamaré al técnico esta tarde. Te lo he impreso de todas formas porque me ha parecido un mensaje muy raro.
—¿Más raro que el hombre que quería hacerle publicidad a su perro?
—Digamos que entra en el mismo ranking…
Juniper cogió el papel manchado de gotas negras y leyó el email. A continuación, pidió quedarse sola en su despacho y volvió a leerlo, ahora deteniéndose en cada frase e intentando entender qué pretendía su emisor.
· · · · · · · · · · · ·
Había pasado otra hora más y Odette creyó que la estarían reclamando en casa. Con indecisión, abandonó el banco de madera al mismo tiempo que prometió volver la mañana siguiente. Se despidió de la simpática camarera y abrió la puerta, conociendo la consecuencia del agradable sonido de la campana.
Seguidamente, retomó el camino de vuelta a casa y comprobó que no había cruzado a otra dimensión ni nada por el estilo. Seguía en las mismas calles que la habían visto crecer, con rosas blancas adornando las paredes de las casas colindantes.
Una brisa fresca enroscó los mechones sueltos de su pelo justo antes de que un niño cruzara la calle tras su balón. Y mientras, los mismos ladridos que la había acompañado en su ida, la despedían de forma afable. Odette sonrió y reconoció que vivía en el paraíso. Tal vez no era aquel un lugar conocido ni prestigioso, pero era su trozo de cielo delineado por montañas que morían en el azul del mar. Y ahora que conocía ese nuevo y pequeño lugar tan acogedor, se atrevió a sentenciar que era perfecto.
Cuando llegó a casa abrió la valla que conducía al jardín y se detuvo para observar las nuevas flores que empezaban a emerger. Esquivó con soltura una rama que debería haber sido cortada hace tiempo y avanzó con paso ligero para olisquear las rosas. De pronto una voz la sobresaltó y, maldiciendo la interrupción, volvió al mundo real.
—Cariño, ¿dónde estabas? —preguntó su madre sin más interés que el propio rutinario.
—Perdona mamá, me he entretenido leyendo —respondió Odette con ganas de hablarle de su nuevo lugar.
—Oye… Hoy he estado pensando que sería buena idea hacer un viaje juntas, ¿no te parece? Podría venir tu hermano si le dan unos días libres, ¿qué te parece París?, ¿Roma?, oh dios… ¡San Petersburgo! —exclamó de improvisto mientras ambas entraban en la casa.
—Mamá, mamá… —cortó Odette con una leve sonrisa, claro que sería genial, sobre todo si viene Hugo, pero no se si es buena idea...
—Cariño, lo es. Si es por ti, te aseguro que vas a seguir siendo la misma. Por favor, no pierdas la esperanza afirmó su madre mientras servía dos platos de sopa, ya en la cocina.
—Vale, vale. Lo podemos mirar. —dijo Odette con resignación, comprobando la felicidad que le proporcionaba planearlo— ¿Dónde está Kobu?
—Estaba fuera hace un rato, ve a buscarlo y dale su medicina.
Odette se dirigió a buscar a su peludo. Ella era una amante de los animales. Y el que un día fue un cachorro diminuto, se quedó para siempre con el diploma de mejor amigo. Kobu era un pequeño Yorkshire Terrier que había acompañado a la joven toda su vida. El animal tenía doce años y, a pesar de ciertos malestares, gozaba con una salud de hierro para su avanzada edad canina. Odette estaba segura de que el amor que les unía era el causante de su fortaleza. Y ahora hacía compañía a madre e hija, mientras el hermano mayor de Odette trabajaba en la ciudad. Su padre también vivía allí, pero tras el desafortunado divorcio y posterior mudanza, la relación con la joven se había resentido.
· · · · · · · · · · · ·
Buenas tardes, señorita Ezcan.
Espero no molestarla en su, imagino, afanado trabajo al pausarle de tales labores. Me dirijo a usted con el único objetivo de lanzarle una propuesta. No se altere, nada es personal. No pretendo asustarla ni mucho menos. He escuchado que su trabajo es impecable y lo que viene a continuación es merecedor de tales virtudes. Por lo tanto, escuche con atención.
En la dirección de correo electrónico proporcionado en la página web de su empresa encontrará un billete de tren y una dirección. El destino es Caladora, el lugar desde donde le escribo. Como imagino la cara de incertidumbre que habrá puesto al leer el nombre, me anticipo y le informo de que no lo conoce. Poca gente lo hace, y por ello me pongo en contacto con usted. Señorita Ezcan, quiero que venga y usted misma conozca cada rincón y se enamore de él. Solo así podrá hacer un trabajo impecable.
Espero su llegada con el tren del día 12, a la una del mediodía.
Un saludo, señorita Ezcan.
Sebastián, alcalde de Caladora
Los ojos de Juniper se abrieron más de lo normal, mezclando un reflejo de sorpresa e incertidumbre. La única dirección de contacto proporcionada era la del remitente, y no contaba con el nombre del emisor. Una marca de agua, aparentemente oficial, dibujaba el papel y resaltaba su extensión. Parecía una media luna cortada por el horizonte del mar, y en su reflejo, se convertía en un ala de algún pájaro exótico. “Extraño —pensó Juniper—, pero sin duda curioso”. Seguidamente, volvió a leer la última frase del e-mail. En otras circunstancias habría rechazado el mensaje, sentenciándolo como una broma. Pero algo en esas palabras la cautivó, y el sello reforzó el interés. Aún así, Juniper desconfiaba de una carta tan extraña y, sin duda, no iba a acudir a la cita. Aunque tampoco pensaba ignorar el mensaje.
A las seis de la tarde, la joven había quedado con su amiga Lola en The salty coffee. Mientras caminaba por la calle principal, y maldiciendo haber alquilado el loft de la agencia en un sitio lleno de tiendas y tentaciones, recordó por qué era su mejor amiga. Lola era una persona de confianza con la que había compartido momentos buenos y malos. La había conocido gracias a una colaboración con su agencia. Ella era fotógrafa y tenía un pequeño estudio en el barrio bohemio de la ciudad. Además, cada una conocía los secretos de la otra a la perfección. Y en ese preciso momento necesitaba desconectar del trabajo y reír hasta conseguir agujetas en la mandíbula. Pero al girar la calle recibió el mensaje esperado: Lola llegaba tarde. Sin sorprenderse, Juniper continuó la marcha para pedir dos batidos de coco. Cuando llegó vio a Matt limpiando una de las mesas de la terraza.
—Ahí has dejado una mancha —bromeó Juniper, detrás de él.
—Hace tiempo que no caigo en tus bromas, ¿qué tal estás, bonita? —sonrió Matt.
—Muy bien, Lola y yo venimos a darte trabajo. Bueno… yo, Lola se ha perdido —sugirió Juniper.
—Para variar —y seguidamente Matt le guiñó un ojo— ¿qué os pongo?
—Dos batidos de coco con extra de canela para mí. A Lola no le pongas, que se lo tome como castigo por el retraso.
—¡Marchando!
Juniper eligió su mesa habitual. Estaba en una esquina, justo al lado de una ventana por donde podía observar la jungla de asfalto, y a su lado, un mural de un paisaje hawaiano. “Un contraste adecuado”, pensó mientras esperaba los dos batidos. Entonces observó cómo a lo lejos una melena rojiza esperaba la luz verde para abrirse paso entre estresados peatones. Cinco minutos más tarde apareció en la puerta.
—¡Ya estoy!, ya estoy… —balbuceó Lola al entrar en la cafetería, mientras se dirigía a la mesa de Juniper— he venido corriendo, lo siento June.
—Oh tranquila, contigo es fácil predecir el futuro —bromeó Juniper—, he pedido lo de siempre, ¿qué tal el día?
—Bastante estresante. He tenido una sesión con dos niños que han hecho que me salgan canas. Mira mira, por ahí me brilla una —dijo Lola, señalando un mechón de pelo con una mano—, espero que tu día haya ido mejor…
—Igual que siempre, aunque necesito tu opinión.
Acto seguido Juniper no pudo resistirse. Sacó su iPad del bolso, algo dubitativa por si no era el momento de entablar tal conversación, aunque con ganas de que su amiga le resolviera el acertijo.
—Léelo y explícamelo, por favor.
Lola leyó cada frase una, y hasta dos veces.
—¿No sabes quién es?
—Ni idea.
—¿Y no tienes nada para contactar con él?
—Lo único que tengo es la dirección de correo electrónico desde donde envió este e-mail. Nada más. Obviamente no voy a ir, pero me ha parecido tan raro que no podía dejarlo estar sin más.
—¿Por qué no vas a ir? Bueno, no me malinterpretes. El mensaje es raro, no sé yo si de confianza. Pero…, ¿por qué no investigas un poco sobre el sitio? Tal vez sea un cliente normal con poca capacidad para expresarse.
—Eso haré, supongo…
—¿Has recibido el billete?
—Sí, lo tiene Patricia.
—Pues yo quiero ir. Dios, June. Necesito unas vacaciones. Ves y en unos días me reúno contigo. Si te secuestran, te rescato. Y si no, pues nos tomamos dos daikiris. ¡Todo ventajas! No me abandones con niños pegajosos…
—Estás loca, Lola —rio Juniper—. Pero te quiero igual… No lo sé. Lo pensaré, ¿vale?
Juniper no pudo contener una gran sonrisa. Era exactamente lo que necesitaba y, en ese momento, le alegró haber sacado el tema. Matt se acercó a la mesa para servir los dos batidos y de paso cotillear la conversación.
—Aquí tienen mis clientas preferidas, ¿os vais de vacaciones muchachas?
—Anda que no eres cotilla tú —dijo Lola.
—Lo admito… pero si os vais, contad conmigo —pronunció Matt mientras volvía a la barra.
Juniper y Lola se quedaron media hora saboreando la bebida con notas de jengibre y, en vez de mirar por la ventana, contemplaron el mural de la playa porque, según ambas, era más bonito que la ciudad. Tras la profunda conversación se despidieron mutuamente al mismo tiempo que dedicaban un adiós con la mano al barman y caminaron en dirección contraria. El día era corto en febrero y la noche amenazaba con ser fría. Pero realmente, el fin de la jornada daba la bienvenida a mantas acurrucadas en un sofá, que contemplaban una película de estreno en el canal de pago.
· · · · · · · · · · · ·
El despertador de Juniper sonó un 7 de febrero para dar la bienvenida a un nuevo día. Olía a café recién hecho. Tras una ducha fue directa a por su taza preferida, redonda, con un estampado parecido al de una vaca —curioso si se tiene en cuenta que solo bebía leche de avena y arroz—, y buscó sus llaves por todo el apartamento.
—June, están en la mesa del comedor —le ayudó su abuelo.
—Vale sí, cierto. Gracias bu, me voy ya que tengo prisa. Te quiero mucho —dijo mientras le daba un abrazo y se dirigía a por sus llaves.
De camino, y soportando el tráfico en días nublados, Juniper recibió la llamada de Patricia. Activó el manos libres y se frotó la sien derecha en señal de un futuro día agotador.
—Dime, Pat.
—Buenos días cielo, ha llamado el hombre del mail de ayer. Quería confirmar tu asistencia a la cita prevista para este domingo. Me he adelantado y le he dicho que asistirás.
—¿Qué? Patricia, no iba a asistir. ¿Por qué le has dicho que sí? Un momento… ¿ha llamado?, ¿quién es?, ¿cómo se llama?, ¿ha dicho algo más?
—Disculpa June… siempre asistes a las citas, pensé que…En fin, lo lamento. Me ha parecido un hombre muy elegante. No ha dicho su nombre, solo que llamaba desde el Ayuntamiento de Caladora.
—Esto es de locos. No pasa nada Pat, en cuanto llegue llamaré yo. Gracias, ahora nos vemos.
Juniper llegó corriendo a su despacho y, tras pedirle el número de teléfono del extraño señor a su secretaria, marcó con decisión cada tecla, a la espera de una voz grave al otro lado de la línea. Pero no sucedió así. Saltó el buzón de voz hasta tres veces y Juniper, algo molesta, decidió no insistir más.
Llegó el sábado y aún no había podido contactar con esa persona misteriosa que le traía de cabeza. No tenía intención de ir al lugar, pero en su personalidad responsable no cabía la idea de dejar plantado a ningún ser vivo; ni siquiera lo hizo cuando a los 5 años alimentaba a un pequeño conejo en la casa de campo de sus abuelos. De pronto, una idea brilló en su cabeza. Cogió su portátil y escribió el nombre del pueblo. De repente, miles de resultados. Juniper se echó a reír. En su pantalla solo habían aparecido millones de sierras eléctricas para uso casero. “Genial —pensó—, tal vez por esto me necesita”.
Tras la irónica situación, sintió algo de ternura y curiosidad. Solo entonces se planteó la posibilidad de acudir, pero aún reinaban las dudas. Otra idea sucumbió de repente. Se dirigió a la sala de estar, donde encontró a la única persona que podría conocer Caladora. Le contó todo a su abuelo, a la espera de buenas noticias.
—No me suena de nada cielo, pero si es un pueblo dirección al sur, el tiempo será mejor que aquí —bromeó.
—¿Crees que debería ir? —insistió Juniper.
—Siempre te he dicho que sigas a tu instinto. Si hay un tren que lleva hasta allí, es que no se lo han inventado. Pero por favor, anda con cuidado —dijo su abuelo.
No necesitaba más. La aprobación de su abuelo no es que fuera determinante, pero sí le aportaba seguridad. Ahora sí, la curiosidad hizo que el gato sobreviviera.
Era un domingo de invierno y en lo primero que pensó Odette fue en pasar el tiempo con un libro. Acababa de terminar su último año en la universidad y estaba a la espera de las primeras prácticas. La virtud de la joven era la poderosa imaginación que poseía, y de ello vivía para evadirse levemente de la realidad. Nunca había tenido amigos humanos, tal vez conocidos, pero no amigos. En su cabeza siempre existía la duda de si lo anterior era por decisión propia, porque no era una necesidad latente. A pesar de ello, nunca se había sentido sola. Le encantaba pasear con su pequeño y nervioso perro y cantar con los pájaros salvajes característicos de la zona. “Ellos nunca fallan”, se repetía. Y a pesar de su ingenuidad, los últimos años vividos le habían marcado y provocado cierta madurez abierta a los cambios. Pero la pequeña chispa que iluminaba sus ojos nunca se había apagado, ni lo haría mientras ella viviera.
Ante la atenta mirada de su madre Odette repitió su incesante rutina al colocarse, con sus gafas redondas de lectura, delante de una pequeña estantería que sostenía libros a la espera de ser los elegidos. Esta vez escogió un ejemplar de Jane Eyre, con tapas color violeta y remates dorados. La joven sabía las páginas de memoria y tenía claro el capítulo que quería revivir hoy.
—Mamá, voy a leer arriba.
—Vale cariño, cierra la ventana de tu habitación para que no entre agua. Dentro de poco lloverá.
Pero Odette no tenía pensado leer en su dormitorio ni temía a la lluvia; subió las escaleras hasta el primer piso y no se detuvo en la puerta que conducía a las habitaciones. Se dirigió a una escalera de caracol que desembocaba justo en la parte más alta de la casa, donde la esperaba una pequeña terraza vacía. Ese tampoco era su destino. Una vez en la torre —así lo llamaba ella—, se sentó en la barandilla de piedra para deslizarse lentamente a un costado de la casa, donde el tejado era de ladrillo y se inclinaba a favor de la gravedad. Allí, en su lugar secreto, se acurrucó a la espera de las primeras gotas de dos nubes grisáceas que se aproximaban en el horizonte. Pero antes de que esto sucediera, Odette ya había releído sus párrafos preferidos y había imaginado una vida fusionada con la de la protagonista. Cuando el cielo lanzó su primera alerta decidió bajar rápidamente de su escondite, temiendo más por el estado del tesoro que protegía entre sus brazos que por su propia seguridad.
Antes de llegar a los peldaños superiores se apeó en el marco de la puerta unos segundos. Algo se había escuchado en la lejanía. Volvió a la terraza para comprobar qué había sucedido. Con los ojos entrecerrados pudo ver el tren que se acercaba a la estación, al mismo tiempo que emitía su singular cacareo de alerta. Odette rio para sus adentros al recordar que hacía dos semanas que llegaba también los domingos. De pronto, y gracias a un reloj de exteriores que su vecino había colocado en medio de su jardín, vio que ya era la una del mediodía y debía bajar a ayudar a su madre a preparar la comida.
Una vez en el salón principal, Odette visualizó un cubierto de más. Sin darle más importancia al pensar que se trataría de algún amigo de su popular madre, tomó rumbo a la cocina.
—Mamá, ¿te ayudo en algo?
—Tranquila Odie, está todo listo. Hoy tenemos un invitado muy especial. Es una sorpresa, te va a gustar.
Antes de que pudiera adivinar la identidad de la persona para la que iba a ser anfitriona, y con la comida a punto de servir, sonó en el exterior una pequeña campana de jardín sostenida por un enanito de piedra. Entonces, la cara de Odette se iluminó de alegría al reconocer a su invitado. Solo él podía tocar ese avisador para anunciar su llegada. Dejó el libro en una mesa y corrió a la parte delantera de la casa para fundirse en un abrazo con su hermano.
Media hora más tarde, la madre de Odette servía dos platos de arroz con champiñones a sus hijos y ellos se afanaban por contar los momentos importantes de los últimos meses.
—¡Odie!
—¡Hugo!
—¡Chicos! No gritéis. Que estamos aquí todos.
Empezaron a reír y el hermano mayor retomó la conversación que había iniciado.
—Odie, no has dejado de escribir, ¿verdad?
—No. Bueno… voy a días, ya sabes. Solo lo hago cuando la inspiración toca la campanilla del enanito —bromeó.
—Venga, peque. Enséñame algo. Me apetece leer y tu eres mi escritora preferida.
—Me gustaría, pero no tengo nada. Te lo juro, H. Estos meses he estado falta de musas.
—Pues yo he encontrado una. En el tren, justo enfrente de mí. Estaba afanada leyendo algo importante en su portátil. Cabello rubio, ojos oscuros y lo mejor de todo… ¡Ha bajado en la estación! —exclamó con júbilo—, espero encontrarla estos días.
—¿Estos días? —repitió su madre—, ¿ha pasado algo en el trabajo?
Hubo un repentino silencio.
—Pues no lo sé realmente. Están haciendo modificaciones en la empresa porque no está en su mejor momento. Tengo unos días libres hasta que se tome una decisión. No te importa que me quede, ¿verdad mamá?
—¡Claro que no! —se apresuró a exclamar—, esta es tu casa.
· · · · · · · · · · · ·
Cuando Juniper subió al tren no sabía qué le depararía a su llegada. El billete la condujo a un cómodo sillón en la ventana, con una mesa que unificaba otros dos enfrente. A ella no le importaba pagar un poco más si podía tener la posibilidad de sostener su portátil en una mesa decente y adelantar todo el trabajo atrasado. “No hay tiempo perdido”, era su lema.
El tren se puso en marcha y justo antes de fijar la vista en la pantalla observó a través del cristal una frondosa vegetación verdosa que llamaba la atención de cualquier amante de la naturaleza. De pronto, sus ojos chocaron con su vecino de mesa y rápidamente ella los apartó por discreción. No obstante, y antes de embarcarse en el ruido del teclado, decidió volver a mirar a ese chico cuyos iris se fundían con el color de los árboles a la búsqueda de refugio entre unos mechones de pelo castaño y enmarañado. Él le había dedicado una sonrisa en el momento del cruce.
Juniper era una persona social, pero cuando se trataba de un asunto de trabajo no podía perder los estribos ni descarriar el río. Además, se hallaba nerviosa por el futuro encuentro a la vez que moría por dentro de curiosidad.
Pasaron cuarenta y cinco minutos de trayecto en los que cada diez notaba cómo una mirada fija se deslizaba por su pelo para bañarse en sus ojos, tocar su nariz y acabar en sus labios que mordía de inquietud. Algo incómoda, se alivió cuando el tren rugió para anunciar su llegada a Caladora.
Cuando se dispuso a recoger el ordenador, dos palabras la sobresaltaron.
—¿Bajas aquí? —dijo una voz cálida y masculina.
Tímidamente levantó la cabeza para comprobar que era el chico en el que había estado pensando todo el viaje.
—Sí —logró pronunciar.
—Oh, genial. Yo también. No te había visto nunca, ¿vienes de visita?
—Más o menos… Encantada —dijo al mismo tiempo que se dirigía a la puerta, y evitaba su posible contacto.
Si bien es cierto que Juniper nunca se había comportado de tal manera, también lo es que el chico parecía encantador y se sentía culpable por haberlo tratado tan bruscamente. Pero el arrepentimiento duró lo que tardó en pisar por primera vez la estación de su destino. Nada más bajar con su maleta, alzó la vista y descubrió un edificio gótico, algo descuidado, que daba la bienvenida a los visitantes. Asimismo, se sorprendió con las pequeñas gotas que empezaban a caer del cielo. “Precioso”, pensó, a la vez que se dio cuenta de que ella y el chico de ojos verdes eran los únicos en apearse del vagón, excepto una familia que se afanaba por correr detrás del exaltado hijo menor.
—Bueno, ¡bienvenida a Caladora! Soy Hugo, encantado de conocerte —dijo, al mismo tiempo que sonreía.
—Y yo tengo un poco de prisa, lo siento —alegó, al tiempo que disculpaba sus palabras con otra sonrisa.
—Está bien… En fin, nos veremos pronto. Si me necesitas, pregunta por mí. Soy popular en la zona —el joven rio con una encantadora media sonrisa, y guiñó un ojo al mismo tiempo que se alejaba en dirección a la puerta.
De pronto, Juniper estaba sola y debía seguir las instrucciones del señor anónimo.
—Vale June, céntrate —dijo para sí misma mientras sacaba el papel que Patricia le había entregado con las instrucciones enviadas junto al billete, no sin antes sacar un paraguas del bolso.
Diríjase al exterior y gire a la derecha. Allí verá un coche negro con cristales tintados y a un señor muy caballeroso apodado, como su difunto padre, Elías. El chófer le conducirá directamente al Ayuntamiento de Caladora, donde le estaré esperando con verdadero entusiasmo.
Espero que el trayecto haya sido de su agrado.
Gracias por participar en esta aventura. Bienvenida al paraíso.
“Cristales tintados…, estupendo” —pensó con cierto desagrado. Guardó la hoja en el bolso y se propuso cumplir su obligación. Nada más salir del edificio, pudo ver el coche mencionado por su, ya considerado, amigo misterioso. Conforme Juniper se acercaba, una puerta delantera se abrió para dejar salir a un señor mayor de estatura media, con pelo canoso y una ligera barba.
—Buenas tardes, señorita. Soy Elías, el alcalde me ha enviado para recogerla —alardeaba mientras abría una de las puertas traseras—. Tranquila, yo me encargo de la maleta.
—Hola, buenas tardes. Un placer conocerle, Elías. Y gracias… —titubeó.
Una vez dentro del coche Juniper comprobó que se trataba de un lujo estar allí; a su derecha tenía dos botellas de agua mineral y a su izquierda lo que parecía ser una botella de champán con dos copas.
—No siempre llevamos alcohol, solo queríamos sorprenderla gratamente —bromeó el chofer para aliviar la tensión al seguir la vista de su pasajera.
—Oh, no se preocupe, yo no bebo…¿le puedo hacer una pregunta? —asomaba ya la curiosidad felina.
—Por supuesto, señorita.
—Llámeme June, por favor.
—Está bien, June, interesante nombre. Proceda.
—Ha dicho usted que es el alcalde quién me espera, ¿es él quien me ha hecho llamar?
—Le voy a responder con otra pregunta, ¿le gustan las sorpresas?
—Si son buenas, sí.
—Entonces abróchese el cinturón, disfrute del paisaje, y déjese llevar.
Juniper no tuvo más remedio que hacer caso a su guía. Se recostó en el asiento y observó el panorama que le ofrecía el pequeño pueblo.
· · · · · · · · · · · ·
Tras la comida, Hugo se acercó a su hermana y la rodeó con un brazo. Entretanto, su madre se afanaba por guardar cada plato en su sitio. En un susurro buscó el resultado que deseaba.
—Peque, ¿cómo estás?
—¿A qué te refieres?
—A tus preciosos y brillantes ojos.
—Oh, pues bien, pero pronto ni serán preciosos ni me servirán para mucho.
—Odie, no digas eso. Vas a poder hacer lo mismo que haces ahora. Leerás, escribirás…
—No digas eso —repitió ella—. Intento ser positiva, pero realista. No voy a poder leer y la novela que tengo a medias se quedará sin final.
—¿Novela? Eso no me lo habías dicho. ¿Cómo osa la princesa ocultarle un manuscrito a su fiel caballero? —interpretó mientras posaba de cuclillas y la observaba desde abajo.
—Una historia sin final no es una historia.
Tras la negativa de Odette, Hugo decidió actuar para resucitar la llama que ardía en la sangre de su hermana.
—Vamos a hacer una cosa. Ven conmigo, vamos a continuar ese relato.
Los dos hermanos cogieron sus respectivas chaquetas para salir a dar un paseo cuando la lluvia amainó. Su madre también salió con ellos, aunque se desvió para tomar el camino a su lugar de trabajo. Antes de pisar la puerta, Hugo agarró el extremo de un foulard que colgaba de una percha cercana a la puerta para llevarlo en su aventura. Ya en la valla que unía la casa con el resto del mundo, y cuando su madre se había marchado, lo colocó sobre los ojos bicolor de Odette.
—¿Es broma?
—No, es verdad. Y ahora vas a callar y a hacerme caso.
Eran las cuatro de la tarde cuando dos sombras se deslizaban entre risas por las calles de Caladora. La primera eclipsaba las incertidumbres de la segunda al tiempo que le alentaba a seguir sus pasos. De pronto, las dos siluetas se internaron en una penumbra de hojas y matorrales, mientras el contorno mayor se encaminaba a un pequeño bosque en el pie de la montaña, que al unirse con su gemela, formaba un denso valle.
Todo era oscuro para Odette, pero al perder uno de sus sentidos agudizaba los demás. Solo fue necesario el contacto de una hoja en la mejilla derecha para que, en su piel, pudieran deducirse escamas aterciopeladas acompañadas de un pequeño escalofrío. A esta sensación se unió el olor de la tierra mojada que anunciaba la supervivencia de nuevas vidas. Respiró profundamente. Dejó que la mano de la que disponía tocara todo a su alrededor, y de pronto su mente empezó a crear el mundo que no veía. En el rostro de Hugo se dibujó una sonrisa.
—Cuidado que vienen curvas. Vamos cuesta arriba.
Un pequeño sendero de tierra abrió paso a los dos jóvenes. Con cada pisada se podía escuchar el llanto de la arena batida, con un típico estribillo sonorizado por el aleteo de los pájaros exóticos que anidaban en cada una de las ramas.
—Puedo ver sus colores: los mofletes rojos, y la cresta que se alza sobre sus ojos para expresar emociones. Siento cómo me miran. Nos dan la bienvenida.
—Eso es, Odie.
Al final del camino, Hugo se detuvo ante un saliente que afrontaba el horizonte. Desde allí se podía ver el mar, las casas blancas y el bosque a sus pies. No tenía mucha altura, pero sí la suficiente para provocar vértigo a quién lo tuviera. Colocó a Odette delante suya y, sujetándole los brazos, la inclinó levemente hacia delante.
—Dime qué sientes.
—La humedad del mar.
—¿Qué más?
—Escucho a los pájaros.
—Sigue —le apresuró, mientras dejaba que su cuerpo descendiera más.
—Noto que estoy en el aire. Hugo no me sueltes.
—Tranquila, estoy aquí. Céntrate en ti. Haz funcionar tu cabeza.
—Estoy volando sobre el mar. Soy una de esas aves que antes me han saludado. No tengo preocupaciones. Si desciendo puedo tocar el agua. Y… soy libre.
—Quién antepone el alma a los ojos, lo es.
Sin más, Hugo deshizo el nudo que contenía la magia. Los ojos de Odette, ahora liberados, enfocaron el mismo paisaje que había evocado en su imaginación.
—Puedes vivir intensamente, tienes esa capacidad. Incluso tu corazón latirá más fuerte si le das las herramientas necesarias. Y esas están dentro de ti —le susurró al oído.
Esa misma tarde Odette buscó en internet cómo se llevaría a cabo el proceso. Lo había escuchado incansables veces de la boca de su médico, pero esperaba encontrar algún método para ralentizarlo. Como no encontraba el cargador de su ordenador, cogió el de su hermano con su previo permiso. Le llamó la atención una nota que había en el escritorio y pensó al instante que sería un poema para alguna novia suya. Sin ninguna mala intención, abrió la nota. Pero lo que encontró no era lo que esperaba. Y sintió un profundo estremecimiento cuando la leyó.
2
El diario de Hugo.
Odie no es normal. Es de ese tipo de personas que necesita un empujón para emerger al mundo exterior. Y ese empujón es algo necesario para ese mundo, porque de otra manera se perdería la magia que contiene en su interior. Tal vez es fácil decirlo siendo su hermano. La he visto nacer, crecer. Saborear la vida. Ayudar a engrandecer las almas. Y ahora ella siente que se le escapa la suya por sus ojos. Desde hace unos meses le diagnosticaron una degeneración macular de la retina. Algo inusual en su edad, pero desgraciadamente real. Eso quiere decir que va a perder la vista poco a poco… Desafortunadamente, no tiene facilidad de cura. Y en breve su vida se fundirá en negro.
A partir de ahora necesito mostrarle la vida como seguirá siendo: la misma. Tiene un talento especial. Escribe como los ángeles, y seguramente sea porque desnuda su esencia con la tinta. En realidad no sé como hacerlo…
Yo sí soy un chico normal. Pensé que todo sería sencillo al terminar la carrera de Bellas Artes. Creía que iba a poder estar todo el día creando. Vendería mis obras e intentaría embellecer el mundo. Y de repente, me vi en busca de algún trabajo fortuito en una cadena de comida rápida procesada. Entonces, hice un curso de diseño gráfico. Varios, en realidad. Conseguí entrar en una empresa importante, en la que llevo tres años trabajando, o llevaba… Parece ser que un negocio puede quebrar de la noche a la mañana.
Por el momento estaré unos días en casa. Ayudaré a mamá e intentaré animar a Odette. Incluso podría buscar trabajo por aquí. Sí, eso es. Al menos pagaré algunas facturas. Crecí aquí, tengo amigos de sobra. Y creo que ya sé por dónde empezar.
· · · · · · · · · · · ·
Juniper empezó a seguir una gota que descendía por el cristal de la ventanilla. Primero chocó bruscamente con la superficie transparente, y con una calma inusitada dejó que la gravedad la condujera al final del trayecto. A través de su rastro, la joven visitante observó casas blancas rodeadas por grandes abanicos de vegetación. Al pasar cerca de un árbol se fijó en una de las ramas. Allí encontró a un pequeño colibrí, por lo que dedujo, que se refugiaba del agua.
—¿Hay muchos pájaros en la zona?
—Desde luego, ¿no conoces a las ninfas?
—¿Perdón?
—Si se fija en los árboles verá a un montón de ellas.
—Oh… ¿llaman así a los colibrís aquí?
—¿Coli...? Oh no, no —rio divertido Elías—, son ninfas. Cuando las vea de cerca lo verá. Son muy coloridas y poseen unos elegantes mofletes rojizos. Creo que comparten familia con los loros, pero provienen de Australia.
—¿Y cómo han llegado hasta aquí?
—Volando, por supuesto.
—Un poco surrealista, si me lo permite.
—Está bien… le contaré la versión real, pero le advierto que es más aburrida.
—Sobreviviré —dijo Juniper mientras sonreía.
—Aquí había hace tiempo un santuario de este tipo de aves. Pero la dueña y madre de todos ellos falleció y tuvieron que cerrarlo. Sin embargo, no quisieron abandonar su hogar y ahora son autóctonos de Caladora. Es algo normal, ¿no cree?
—Bueno, sí, normal…
—Pero si alguien le pregunta dígales que son los portadores del buen tiempo. Desde que están aquí el sol nace sin remordimientos. Excepto algunos días como hoy. Discúlpeles por la bienvenida, señorita. No tendrán un buen día.
