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En relación con el concepto de "poder", sigue reinando el caos teórico. Frente a todo lo que el fenómeno tiene de obvio tenemos todo lo que el concepto tiene de oscuro. Para unos, poder significa opresión; para otros, es un elemento constructivo de la comunicación. El poder se asocia tanto con la libertad como con la coerción. También se asocia con el derecho y con la arbitrariedad. En vista de esta confusión teórica, Han afirma que es necesario hallar un concepto dinámico de poder capaz de unificar en sí mismo las nociones divergentes respecto a él; una forma fundamental de poder que, mediante la reubicación de elementos estructurales internos, genere diversas formas de manifestarse. De esta forma, quitaremos al poder esa fuerza que se basa en el hecho de que no se sabe exactamente en qué consiste.
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Byung-Chul Han
Sobre el poder
Traducción deAlberto Ciria
Título original: Was ist Macht?
Diseño de la cubierta: PURPLEPRINT Creative
Traducción: Alberto Ciria
Edición digital: José Toribio Barba
© 2005, Philipp Reclam jun. GmbH & Co. KG, Stuttgart
© 2016, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3856-1
1.ª edición digital, 2016
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Herder
www.herdereditorial.com
Índice
PRÓLOGO
LÓGICA DEL PODER
SEMÁNTICA DEL PODER
METAFÍSICA DEL PODER
POLÍTICA DEL PODER
ÉTICA DEL PODER
BIBLIOGRAFÍA
Prólogo
En relación con el concepto de «poder», sigue reinando el caos teórico. Frente a todo lo que el fenómeno tiene de obvio tenemos todo lo que el concepto tiene de oscuro. Para unos, poder significa opresión; para otros, es un elemento constructivo de la comunicación. Las respectivas nociones jurídica, política y sociológica de poder se contraponen irreconciliables. El poder se asocia tanto con la libertad como con la coerción. Para unos, se basa en la acción común; para otros, guarda relación con la lucha. Unos lo separan radicalmente de la violencia mientras que, según otros, esta no es sino una forma intensificada de poder. Ora se asocia con el derecho, ora con la arbitrariedad.
En vista de esta confusión teórica, hay que hallar un concepto dinámico de poder capaz de unificar en sí mismo las nociones divergentes respecto a él. Lo que hay que formular es, por lo tanto, una forma fundamental de poder que, mediante la reubicación de elementos estructurales internos, genere diversas formas de manifestarse. Este libro se orienta siguiendo esta norma teórica. Con ello, hay que quitarle al poder al menos esa fuerza que se basa en el hecho de que en realidad no se sabe exactamente en qué consiste.1
Lógica del poder
Por «poder» suele entenderse la siguiente relación causal: el poder del yo es la causa que ocasiona en el otro una determinada conducta contra su voluntad. El poder capacita al yo para imponer sus decisiones sin necesidad de tener en consideración al otro. El poder del yo restringe la libertad del otro. El otro sufre la voluntad del yo como algo que le resulta ajeno. Esta noción habitual de poder no hace justicia a su complejidad.
El acontecimiento del poder no se agota en el intento de vencer la resistencia o de forzar a una obediencia. El poder no tiene por qué asumir la forma de una coerción. Lo que atestigua el hecho de que se forje una voluntad adversa que se enfrente al soberano es justo la debilidad de su poder. Cuanto más poderoso sea el poder, con más sigilo opera. Cuando tiene que hacer expresamente hincapié en sí mismo, ya está debilitado.2 El poder tampoco consiste en la «neutralización de la voluntad».3 La neutralización de la voluntad consiste en que, en vista de que en el lado del súbdito existe un declive de poder, ni siquiera se llega al forjamiento de una voluntad propia, pues el súbdito tiene que amoldarse de todas formas a la voluntad del soberano. El soberano lo dirige cuando debe elegir las posibilidades de su acción. Pero también hay formas de poder que van más allá de esta «neutralización de la voluntad».
Es un signo de poder superior cuando el súbdito quiere expresamente, por sí mismo, lo que quiere el soberano, cuando el súbdito obedece a la voluntad del soberano como si fuera la suya propia, o incluso la anticipa. Al fin y al cabo, eso que el súbdito haría de todos modos, puede sublimarlo convirtiéndolo en contenido de la voluntad del soberano, realizándolo con un «sí» enfático a este. Así es como, en el medio del poder, el mismo contenido de la acción obtiene una forma distinta gracias a que el súbdito afirma el hacer del soberano o lo asimila como si fuera su hacer propio. Es decir, el poder es un fenómeno de la forma. Lo decisivo es cómo se motiva una acción. La frase que expresa la presencia en el espacio de un poder superior no es «de todos modos tengo que hacerlo», sino «quiero». La respuesta a un poder superior no es la negativa interior, sino la afirmación enfática.4 La causalidad no es capaz de describir adecuadamente esa respuesta, pues el poder no funciona aquí como un empujón mecánico que se limita a desviar un cuerpo de la dirección original de su recorrido, sino más bien como un campo dentro del cual tal cuerpo se mueve con libertad.
El modelo de la coerción no hace justicia a la complejidad del poder. El poder como coerción consiste en imponer decisiones propias contra la voluntad del otro. Muestra un grado muy reducido de intermediación. El yo y el otro se comportan de forma antagónica. El yo no es recibido en el alma del otro. Por el contrario, más intermediación contiene aquel otro poder que no opera contra el proyecto de acción del otro, sino desde él.
Un poder superior es aquel que configura el futuro del otro, y no aquel que lo bloquea. En lugar de proceder contra una determinada acción de otro, el poder influye o trabaja sobre el entorno de la acción o sobre los preliminares de la acción del otro, de modo que el otro se decide voluntariamente, también sin sanciones negativas, a favor de lo que se corresponde con la voluntad del yo. Sin hacer ningún ejercicio de poder, el soberano toma sitio en el alma del otro.
El modelo de la causalidad no es capaz de describir relaciones complejas. La vida orgánica se sustrae a la relación de causalidad. En oposición a la cosa inanimada y pasiva, el organismo no permite sin más que la causa exterior llegue a repercutir en él sin su intervención. Más bien reacciona con autonomía a la causa. Es justamente esta capacidad de respuesta autónoma a la motivación externa lo que caracteriza a lo orgánico. Por el contrario, una cosa inanimada no responde.
La peculiaridad de lo viviente consiste en interrumpir la causa exterior, transformándola y haciendo comenzar en sí algo nuevo. Por ejemplo, aunque lo viviente necesita alimento, el alimento no es la causa de su vida. Suponiendo que aquí todavía se pueda hablar en general de causa, entonces es lo viviente mismo lo que tiene el poder de convertir lo que para él es externo en causa de determinados procesos orgánicos. Es decir, estos procesos orgánicos no son una mera repetición de la causa externa en lo interior. Más bien son aportaciones propias, decisiones propias de lo viviente. Lo viviente reacciona con autonomía a lo externo. La causa externa no es más que una de las muchas motivaciones posibles que lo viviente mismo determina para que sea causa.
Lo viviente nunca padece la causa externa de forma pasiva. Sin aportación ni decisión por parte de lo interior, la causa externa nunca llega a repercutir. No hay ninguna prolongación inmediata de lo exterior en el interior, como sucede en el caso de la transmisión de energía cinética de un cuerpo a otro. La categoría de causalidad resulta menos apropiada para describir la vida espiritual. La complejidad de la vida espiritual provoca la complejidad del acontecimiento del poder, que no se puede traducir a una relación lineal de causa y efecto. Es esa complejidad lo que distingue el poder de la violencia física, con la que se podría conseguir la causalidad simple de fuerza o fortaleza y efecto. Es en esta reducción de la complejidad en lo que vendría a consistir la ventaja de la violencia física.
El complejo acontecimiento del poder tampoco se puede describir adecuadamente con una simple aritmética. Un poder opuesto que sea apenas exiguo puede ocasionar daños sensibles a una supremacía. Con ello, también un enemigo débil obtiene gran importancia y, por lo tanto, mucho poder. Asimismo, ciertas constelaciones políticas pueden otorgar mucho poder a un partido o a una nación débil. E interdependencias complejas se encargan de que el poder sea recíproco. Por ejemplo, si el yo requiere la colaboración de otro, entonces surge una dependencia del yo respecto del otro. El yo ya no puede formular ni imponer sus exigencias sin tener en consideración al otro, pues el otro dispone de la posibilidad de reaccionar a la coerción del yo, por ejemplo, renunciando a su colaboración, lo cual pondría al yo en una situación difícil. Así es como la dependencia del yo respecto del otro puede percibirla y aplicarla, este último, como una fuente de poder. Incluso los muy débiles pueden conmutar su impotencia en poder si hacen un uso diestro de las normas culturales.
Además, hay que tener en cuenta la múltiple dialéctica del poder. El modelo de poder jerárquico, según el cual el poder se irradia simplemente desde arriba hacia abajo, no es dialéctico. Cuanto más poder tenga un soberano, tanto más requerirá, por ejemplo, del consejo y de la colaboración de los subordinados. Podrá mandar mucho, pero, a causa de la creciente complejidad, el poder fáctico se transmitirá a sus consejeros, que le dirán qué es lo que debe mandar. Las múltiples dependencias del soberano pasan a ser fuentes de poder para los subordinados, que conducen a una dispersión estructural del poder.
Persiste con fuerza la opinión de que el poder excluye la libertad. Pero no es esto lo que sucede. El poder del yo logra su nivel máximo precisamente en la constelación en la que el otro se amolda voluntariamente a su voluntad. El yo no agobia al otro. Un poder libre no es ningún oxímoron. El poder libre significa que el otro obedece libremente al yo. Quien quiera obtener un poder absoluto no tendrá que hacer uso de la violencia, sino de la libertad del otro. Ese poder absoluto se habrá alcanzado en el momento en que la libertad y el sometimiento coincidan del todo.
Pero el poder que opera a través de órdenes y el poder que se basa en la libertad y la obviedad no son dos modelos opuestos. Solo son distintos en su manifestación. Si se los eleva a un nivel abstracto, revelan la estructura que les resulta común. El poder capacita al yo para recobrarse a sí mismo en el otro. Genera una continuidad del sí mismo. El yo realiza en el otro sus propias decisiones. Con ello el yo se continúa en el otro. El poder proporciona al otro espacios que son los suyos, y en los que, pese a la presencia del otro, es capaz de recobrarse a sí mismo. Capacita al soberano a regresar a sí mismo en el otro. Esta continuidad se puede alcanzar tanto con la coerción como con el uso de la libertad. En el caso de la obediencia que se cumple en libertad, la continuidad del yo es muy estable: está intermediado con el otro. Por el contrario, una continuidad del sí mismo mantenida mediante la coerción es frágil a causa de la deficiente intermediación. Pero en ambos casos el poder le ayuda al yo a continuarse en el otro, a recobrarse a sí mismo en el otro. Si la intermediación se reduce a cero, entonces el poder se trueca en violencia. La pura violencia desplaza al otro a una pasividad y a una falta de libertad extremas. No se produce ninguna continuidad interior entre el yo y el otro. El poder en sentido propio no es posible frente a una cosa pasiva. La violencia y la libertad son los dos extremos de una escala del poder. Una creciente intensidad de la intermediación genera más libertad, o más sentimiento de libertad. Así pues, es la estructura interna de la intermediación lo que determina la forma de manifestación del poder.
El poder es un fenómeno de la continuidad. Le proporciona al soberano un amplio espaciopara sí mismo. Esta lógica del poder explica por qué la pérdida total de poder se experimenta como una pérdida absoluta de espacio. El cuerpo del soberano, que en cierta manera llenaba el mundo entero, queda reducido a un miserable trozo de carne. El rey no tiene únicamente un cuerpo natural que es mortal, sino también un cuerpo político y teológico que, en cierta manera, es coextenso con su reino. En el caso de la pérdida del poder, se ve rechazado y devuelto a este pequeño cuerpo mortal.5 La pérdida de poder se vivencia como una especie de muerte.
Es una creencia errónea suponer que el poder opera únicamente inhibiendo o destruyendo. Como medio de comunicación, el poder se encarga de que la comunicación fluya sin interrupción en una dirección determinada. Al súbdito se lo lleva (aunque no necesariamente de forma forzosa) a aceptar la decisión del soberano, es decir, esa elección de una acción que hace el soberano. El poder es la oportunidad «de incrementar la probabilidad de que se produzcan unos contextos de selección que por sí mismos serían improbables».6 El poder maneja o guía la comunicación en una dirección determinada, suprimiendo la posible discrepancia que hay entre el soberano y el súbdito a la hora de seleccionar la acción. El poder lleva a cabo la
transferencia de selecciones de acciones desde un punto de decisión hasta otros [para] restringir la indefinida complejidad de las posibilidades de acción humanas.7
La conducción comunicativa del poder no tiene por qué producirse con represión. El poder no se basa en la opresión. Siendo un medio de comunicación, opera más bien de forma constructiva. Luhmann define el poder como un «catalizador». Los catalizadores aceleran el arranque de acontecimientos o influyen sobre el curso de determinados procesos sin que por eso ellos mismos resulten alterados. Con ello engendran una «ganancia de tiempo». También en este sentido el poder opera productivamente.
Luhmann restringe el poder a aquella constelación comunicativa en la que, por así decirlo, flota en el aire una posible negativa por parte del súbdito. El poder como medio de comunicación se vuelve necesario cuando se ve que es improbable que la acción que se ha seleccionado será aceptada por el súbdito, es decir, cuando la comunicación se atasca.8 El poder debe transformar el «no», que siempre es posible, en un «sí». A diferencia de aquella concepción negativa del poder en la que este siempre dice «no», la función del poder como medio de comunicación consiste en incrementar la probabilidad del «sí». El «sí» del súbdito no tiene por qué ser jovial, pero tampoco tiene por qué ser necesariamente un efecto de la coerción. La positividad o productividad del poder como «oportunidad» se extiende a la amplia zona intermedia entre el júbilo y la coerción. La impresión de que el poder es destructivo o inhibidor surge de que solo en esa constelación de la coerción, donde la intermediación es escasa, la atención se dirige expresamente a un poder que resulta agobiante. Por el contrario, ahí donde el poder no se presenta como coerción, apenas o muy poco se percibe como tal. El poder se disuelve en el consentimiento. Es decir, el juicio negativo sobre el poder surge de una percepción selectiva.
Max Weber define así el poder:
Poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad».9
Luego comenta que el concepto de «poder» es sociológicamente «amorfo». Por el contrario, el concepto sociológico de «dominio» —el cual garantiza «que un mandato encuentre docilidad»— es «más preciso». Esta apreciación no deja de ser problemática. Por supuesto, desde el punto de vista sociológico, el poder no es «amorfo». Esta impresión surge solo de una forma de percepción restringida. Un mundo diversificado produce unas bases de poder indirectas, que operan tácitamente y que resultan poco patentes. En función de esta complejidad y de este carácter indirecto se explica la impresión de que el poder resulta «amorfo». A diferencia del dominio que ejerce el mandato, el poder no se manifiesta abiertamente. Al fin y al cabo, el poder del poder consiste, justamente, en que también puede mover decisiones y acciones sin un «mandato» expreso.
El poder no se opone a la libertad. Es la libertad la que distingue el poder de la violencia o de la coerción. También Luhmann acopla el poder con esa «relación social» «en la que ambas partes podrían actuar de forma distinta».10Por consiguiente, en el caso de acciones realizadas bajo coerción no se configura ningún poder. Incluso la obediencia presupone una libertad, pues sigue siendo una elección. Por el contrario, la violencia física destruye incluso la posibilidad de obedecer: se la sufre pasivamente. Hay más actividad y libertad en la obediencia que en el sufrimiento pasivo de la violencia. La obediencia siempre surge en el trasfondo activo de una alternativa. Incluso el soberano tiene que ser libre: si a causa de una situación se viera forzado a tomar una determinada decisión, entonces el poder no lo tendría él, sino —suponiendo que alguien lo tenga— la situación coercitiva. Él quedaría expuesto pasivamente ante ella. El soberano tiene que ser libre para poder escoger e imponer un determinado comportamiento. Al menos tiene que actuar dentro de la ficción de que su decisión es de hecho su elección, es decir, dentro de la ficción de que es libre.
En toda comunicación queda abierto si el otro acepta o rechaza la decisión del yo. Pero el poder del yo incrementa la probabilidad de que el otro obedezca las decisiones del yo. Luhmann concibe el poder como un medio de comunicación que incrementa la probabilidad de que el otro acepte la decisión del yo. Aunque este modelo de poder lo asocia con la idea de libertad, aquí la relación de poder siempre queda sujeta a que se evite una situación valorada negativamente. Un ejemplo de Luhmann aclara esta situación:
A amenaza a B con una lucha física que ambos valoran negativamente. El poder de A se basa en que él valora la lucha menos negativamente que B, y en que para ambos existe una segunda combinación de alternativas que se valora menos negativamente y que ambos pueden escoger. En circunstancias así, la mayor oportunidad a la hora de decidir lo que va a suceder recae en aquel cuya constelación de alternativas tiene la mayor elasticidad, de modo que él todavía puede aceptar situaciones que al otro le resultan ya demasiado desagradables.11
Así pues, Luhmann vincula el poder con una sanción negativa (por ejemplo con el despido o con la amenaza de otras desventajas). Para ejercer el poder, el yo tiene que disponer de la posibilidad de presionar al otro amenazándolo con una sanción negativa. La sanción negativa es una posibilidad de acción que ambos quieren evitar, tanto el yo como el otro, solo que el otro de un modo más imperioso que el yo. En el caso de que, por ejemplo, el despido del otro afecte de manera más sensible al yo que al otro, el yo no podría aplicarlo como método para imponer su poder. En este caso inverso, la posibilidad de despedirse pasa a ser una fuente de poder para el otro. En palabras de Luhmann, esto significa:
La sanción negativa no es más que una posibilidad reservada, una alternativa que —en ese caso normal sobre el que se basa el poder— ambas partes prefieren evitar antes que activar. El poder resulta entonces de que el soberano estaría más dispuesto que el súbdito a acarrear con las consecuencias de la sanción negativa. La posibilidad de promulgar sanciones negativas brinda poder precisamente porque no se hace uso de ella y mientras no se haga uso de ella. Por eso, el poder acaba cuando se lo puede provocar. El ejercicio de violencia física no es una aplicación de poder, sino una expresión de su fracaso.12
La teoría del poder de Luhmann resulta problemática en muchos puntos. En primer lugar, para que haya poder no es forzosamente necesario que ambas partes quieran evitar que se lleve a cabo la sanción negativa. Por ejemplo, si el soberano dispone de la posibilidad de reemplazar sin más al súbdito por otro, entonces, a diferencia del súbdito, no tiene por qué temer que la sanción se lleve a cabo, es decir, no tiene por qué temer el despido efectivo. Esto es, para que se cree una relación de poder no tiene por qué darse aquella alternativa cuya realización desean evitar ambas partes. Basta con que quiera evitarla una de ellas. Esta asimetría no reduce necesariamente el poder del soberano. Es posible que incluso lo provea de más poder. Para el soberano, más poder significa aquí mayor libertad: es libre porque el otro no representa ningún límite para su acción.
Viéndolo bien, la relación de poder ni siquiera presupone la alternativa que se quiere evitar unilateralmente, es decir, esa alternativa que solo el súbdito pretende evitar. Si el otro acepta la decisión del yo, entonces este consentimiento no tiene por qué producirse por miedo a una sanción negativa. El «sí» por parte del otro puede afirmar la decisión del yo en cuanto tal, y puede hacerlo sin mirar de reojo la alternativa que se desea evitar. Es precisamente en este «sí» enfático del otro al yo donde culmina el poder del yo: este «sí» enfático que no contiene ningún asomo del «¡qué remedio!». Para Luhmann, por el contrario, el ejercicio del poder siempre se basa en un «¡qué remedio!». Lo que el soberano poderoso suscita no es mero consentimiento, sino entusiasmo y enardecimiento.
Según Luhmann, el poder se incrementa proporcionalmente en función de la creciente densidad de las alternativas para actuar:
El poder del soberano es mayor si, para imponer su dominio, puede escoger entre decisiones más numerosas y más heterogéneas, y a su vez es mayor si puede hacerlo frente a una parte que, a su vez, posee alternativas más numerosas y más heterogéneas. El poder se incrementa con las libertades de ambas partes: por ejemplo, crece en una sociedad en la medida en que ella genera alternativas.13
Es ciertamente un signo de libertad y de poder que, para comunicar su dominio, el yo posea una pluralidad de posibilidades de acción. Y también da fe del poder del yo que el otro, a pesar de otras posibilidades atractivas para actuar de las que todavía dispone, siga la selección que ha hecho el yo. Pero la libertad que tiene el otro con base en sus amplios márgenes de acción no incrementa necesariamente el poder del yo. Incluso puede desestabilizarlo. La sensación de libertad por parte del súbdito no depende del número de alternativas de las que dispone. Lo decisivo es, más bien, la estructura o la intensidad del «sí» con el que el otro responde al yo. El énfasis del «sí», que genera una sensación de libertad, es independiente de la cantidad de posibilidades para actuar.
Luhmann parte del supuesto de que
el poder del superior sobre sus subordinados y el poder de los subordinados sobre sus superiores se pueden incrementar simultáneamente intensificando la relación.14
Con ello se está refiriendo a un planteamiento de la gestión empresarial que rompe con el modelo jerárquico de la influencia:
Los directores de los departamentos muy productivos tienen un sistema de gestión distinto y mejor que los directores de departamentos menos productivos. Este sistema mejor le asegura al jefe más influencia, ofreciéndoles a los subordinados más posibilidades para influir.15
Si los subordinados no aceptan por completo la decisión del superior, este sufre mucha merma en su influencia, pues la influencia sobre decisiones no coincide con la influencia sobre las ejecuciones reales por parte de los subordinados.
Es posible que el superior que decide autoritariamente solo tenga una influencia pequeña sobre los procesos ejecutivos. Pero esto no significa que la posibilidad de la influencia por parte de los subordinados le asegure al superior más influencia o incluso más poder. El intento por parte del superior de imponer su decisión, amenazando con el despido o con otra sanción negativa, sin duda no incrementa su poder. Al fin y al cabo, un intento tal genera una relación de poder frágil a causa de una intermediación exigua. Obtendría más poder si los subordinados compartieran sus decisiones. Pero su poder no crece gracias a que los subordinados ejerzan mayor influencia sobre él. La intensificación de la influencia recíproca puede incrementar la eficiencia de la empresa, pero no el poder de los actores. Así es como la descentralización del poder puede conducir a una productividad mayor.
La relación no se intensifica simplemente mediante un robustecimiento de la influencia recíproca. Más bien, la intensificación de la relación se consigue mediante una confianza mutua o mediante un reconocimiento recíproco. Además, la confianza reduce la complejidad, lo cual influye positivamente sobre el proceso de decisión. Lo que incrementa la productividad es justamente la atmósfera comunicativa de confianza y reconocimiento que, sin embargo, no es idéntica a la atmósfera de poder. La intensificación de la relación no engrandece sin más la suma del poder. Así pues, no resulta convincente la tesis de Luhmann de que el poder del superior y el poder de los subordinados se pueden incrementar de forma simultánea mediante una relación intensa.
No se puede equiparar el poder con la influencia. La influencia puede ser neutra en términos de poder. Esa intencionalidad típica del poder que configura una continuidad del yo no es inherente a la influencia. Un subordinado que, por ejemplo, a causa de sus conocimientos especiales es capaz de ejercer mucha influencia sobre el proceso de decisión, no tiene por qué tener mucho poder. La posibilidad de influencia no desemboca por sí misma en una relación de poder: primero se la tiene que reconfigurar como tal.
Acerca de la violencia física, Luhmann escribe:
La configuración de poder guarda una relación de ambivalencia con la violencia física. Por así decirlo, emplea la violencia en tiempo condicional, es decir, bajo el supuesto de que la violencia llegará a aplicarse. La violencia es virtualizada, estabilizada como posibilidad negativa.16
