Sobremesas con tía Loli - Diego Ríquel - E-Book

Sobremesas con tía Loli E-Book

Diego Ríquel

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Beschreibung

Diego Ríquel nació y vive en Reconquista, una ciudad del norte profundo de la provincia de Santa Fe. Hace un año publicó su primera obra: Dársena X y otros relatos. Esta segunda producción, Relatos de sobremesas con tía Loli, nos cuenta historias de una ciudad que crece al ritmo de las fábricas, pero sus bares antiguos, sus calles y sus personajes, persisten con rituales de pueblo grande. Este libro nos presenta narraciones que merecen ser leídas con algunas nostalgias…

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Seitenzahl: 127

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Riquel, Diego Leonardo

Relatos de sobremesas con tía Loli / Diego Leonardo Riquel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

158 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-924-0

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Riquel, Diego Leonardo

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Gracias infinitas a Mónica por el amor de siempre.

A los integrantes de la peña “La Pirona Revolú”

y a los que prefieren colaborar desde el anonimato.

Relatos de sobremesas con tía Loli

El tiempo tiene sus tiempos. Hay tiempos rápidos y hay tiempos lentos. No está relacionado con la marcha del reloj. El tiempo de la infancia es lentísimo, pero luego se hace cada vez más rápido.

El presente y el pasado juegan a las escondidas.

Hay casi presentes, o sea, ayeres inmediatos que se van al olvido total como si realmente no hubieran existido (eso se agudiza en la vejez) y hay pasados que uno siente, cuando vienen a la memoria, que están tan presentes que uno recuerda hasta los más mínimos detalles como si los volviese a vivir. A veces, esos detalles no son tan importantes, pero por algo gravitan en uno.

Luis Felipe Noé.

Sobremesas

Sobremesas con tía Loli

Esperaba ansioso toda la semana a que llegara el día viernes a la noche para visitar a tía Loli y ningún acontecimiento podía postergar ese encuentro. Desde mi adolescencia hasta pasados los treinta años, las cenas con ella se transformaron en citas deseadas y necesarias… El menú no variaba demasiado, el arte culinario cumplía el acotado rol de lo necesario. Era una mujer práctica y simple como sus comidas o como su filosofía de vida. Cocinaba unas costeletas de ternero con huevos y papas exquisitas, o como olvidar esos estofados con batatas, zanahorias y faldas que eran elaborados en quince minutos. En realidad, lo que cenábamos no importaba; lo que sí nos interesaba eran las largas y entretenidas charlas. Tía no acostumbraba a insistir con los monólogos, todo lo contrario, se caracterizaba por su hospitalidad y por su apertura para dialogar y debatir. Leal y solidaria a tiempo completo. Cualquier persona podía confiarle lo que sea, menos una infidelidad conyugal, hurtos o estafas, y no permitía que hablen mal de la familia. Los parientes constituían algo sagrado como su credo religioso.

Me sabía de memoria cómo prepararme para aquellas ceremonias cómplices: no debía llegar más tarde de las veintiuna, debía llevar tomates y cebollas para preparar una ensalada, comprar un postre o, en su defecto, galletitas Merengadas. Además, debía comprar una botella de vino tinto para mí y una de agua mineral para ella: “Pan no traigas, porque evito ingerir carbohidratos” y me repetía como un salmo: “No es bueno el alcohol, te aja la piel, te pone violenta y se te traba la lengua. Por eso me encanta el agua, te purifica y elimina porquerías”. Solo la vi en algunas navidades, en un par de cumpleaños de quince y en dos o tres casamientos con una copa de sidra o un vaso de cerveza negra.

Me alegraba su devoción tierna a su compañero. Cada vez que lo invocaba, hacía el nombre del padre, la señal de la cruz y, seguidamente, levantaba los brazos hacia el cielo para saludar a Oreste Avelino, y me decía: “Bah, Cacho, quien fue mi primer novio y el último. Y no te creas que desde que me casé y aun después de que se murió, que en paz descanse, no tuve oportunidades y me faltaron festejantes. Aparecieron varios, pero, ¿viste?, yo me acostumbré a él, y no hubiera soportado otros hombres en mi casa, en mi cama o que me acompañaran a misa, no formaba parte de mis planes. Mis hijos ya estaban grandes, y vos sabés, primero ellos. No sé si hice bien o mal, pero fui y soy feliz con esas decisiones que tomé y no me arrepiento de ellas. Quiero que sigan teniendo un buen trabajo, que encuentren una buena mujer y que me den nietos, los que Dios y la Virgen Desatanudos quieran. Si no vienen, paciencia. El Creador sabrá los motivos”.

Luego levantaba, con una tranquilidad que jamás vi, la mesa, y no dejaba que la ayude: “Mejor colocá el agua para tomar un tecito”. No tomaba mates, solo té común, con azúcar y tibio, en unos pocillos grandes y ornamentados con flores rojas. Se los había obsequiado su suegra, doña Dolores, para uno de sus cumpleaños. A la vajilla la apilaba y la tapaba con un mantel hasta el otro día: “Si San Expedito lo quiere”.Practicaba un cristianismo adaptado con su sello: “Hacer el bien, compartir lo que tenés y no lo que te sobre. Donde comen dos, pueden comer varios, y los trapitos se los saca hogar adentro. No cuesta tanto perdonar y ganarse las cosas trabajando, aunque paguen poco”. La escuchaba en silencio y nunca la contradije, su doctrina se afirmó sin grietas con el correr de los años. Admiraba como aplicaba esos ítems diariamente. En su mesa se sentaron todos aquellos que necesitaban un almuerzo, una cena, un desayuno o una merienda. En su casa jamás faltó un bizcochuelo y unas velas para improvisar un nuevo nacimiento. Jamás la escuché quejarse o hacer un reproche a nadie de la familia en tiempos de vacas flacas o de terremotos emocionales. Fue espalda y hombros para quien quisiera llorar o apoyarse. Ella y sus palabras de aliento, de esperanza, aun en las peores crisis, sanaban y animaban.

Después de cambiar el mantel por unos individuales tejidos y pintados en los cursos de la vecinal, comenzaba la sobremesa. Ella con su té, que tomaba con sorbitos de gorrión, chasqueando la lengua y agregando una cucharada más de azúcar; yo con mi vaso de tinto y sin hielo. Comenzaba el acuerdo tácito y los bueyes perdidos afloraban, también los recuerdos de su querida ciudad natal de Margarita. Entonces, me contaba que, cuando era “señorita”,un sábado a la tardecita un carro con un parlante gigante anunciaba que, a las veinte, en el patio de la escuela primaria, se proyectaría el film aclamado por el público de las grandes ciudades, Lo que el viento se llevó. Sin embargo, como un fantasma, apareció su abuelo Martincho en un caballo zaino y, a rebencazos, quiso parar esa película infame e indecorosa. Vio, triste, cómo la policía se llevaba a su querido abuelo. La vergüenza que pasó la hizo desistir de los paseos de sábados y domingos por mucho tiempo.

O cuando llegaron de su pueblo natal, junto a sus diez hermanos y hermanas. Enseguida consiguió trabajo como niñera para una familia conocida de sus padres y le enseñaron a colocar la mesa y a cortar flores de un inmenso jardín para adornar la mesa de los señores que invitaban seguido a sus distinguidos amigos: médicos, profesores, abogados y algunos músicos. En silencio, detrás de unas cortinas, escuchó dulces melodías y aprendió pasos dobles, valses y milongas que, más tarde, bailaría en las diferentes pistas de los clubes de la ciudad.

Y al final de la velada, contaba cuando trabajaba con la señora Beba, quien tenía un bar en una prestigiosa estación de servicios y le enseño a elaborar los mejores sándwiches de milanesas y las exquisitas empanadas dulces.

Y así, sin avisar, se quedaba dormida. Por lo tanto, le colocaba una manta de vicuña que mezquinaba como si fuera una Biblia bendecida por el Papa. Después, me marchaba a mi guarida solitaria hasta el próximo viernes.

Doña Alejandrina

Doña Alejandrina era andariega, se levantaba todos los días antes que saliera el sol y no dejaba de hacer cosas hasta que este se ocultaba. Sus siestas transcurrían en un viejo sillón de mimbre, que lucía unos almohadones rellenos con lana. Dormitaba de a ratos con un movimiento de cabeza hacia los costados, suave y acompasado. Lo hacía durante una hora, aproximadamente. Era un ritual que nadie se atrevía a interrumpir y, una vez pasado ese lapso de tiempo, se sacudía la ropa y de nuevo a injertar las rosas, trasplantar lechugas, podar las limas y naranjas de ombligo, y picar leña para que no le falte fuego al horno de barro.

Era pequeña y delgada. Tenía el cabello negro, lacio y largo hasta casi pisarlo. Usaba, como un distintivo, un trapo blanco sobre la cabeza para que no le suban las pestes y para prevenirse de los impiadosos rayos de sol del norte.

No necesitó ir a la escuela para analizar y comprender los desafíos importantes que le brindó esta caótica vida.

Aprendió que cuando las gallinas no ponían huevos y estaban inquietas, era porque el poniente traería fuertes ráfagas de vientos y lluvia constante, con gotas gruesas que lastimaban. Que cuando el norte se pintaba de un color verdoso, ¡chaque!, seguro venía con granizo.

Doña Alejandrina les tenía terror a las tormentas, un miedo que surgió desde niña cuando un tornado arrasó el rancho donde vivía con sus diez hermanos y hermanas en una estancia para el lado de “La Gallareta”. Ese tornado les mató la flaca hacienda que tenían como mísero capital. Por eso, cuando escuchaba la bandada de sirirís que huían a puro silbido, comenzaba un largo y silencioso rezo. Aseguraba todas las ventanas y reforzaba las puertas con un palo de quebracho negro, por si las moscas. Y una vez que se sentía segura dentro de la casa, tomaba el machete y hacía una cruz en el piso para que la tormenta se desvíe.

También, era ducha en remedios caseros y ungüentos. Si alguien de la nutrida parentela se quemaba, aplicaba grasa de iguana durante tres días en ayunas y santo remedio. Para el dolor de estómago, hacía un té de paico y yerba buena sin azúcar. Para los resfriados y gripes fuertes, preparaba un quemadillo de miel con limón y una hoja de laurel. El ritual contra el dolor de muelas consistía en repetir unas palabras en voz muy baja, hacer la señal de la cruz y atar un hilo de coser en la muñeca izquierda, cuando este se rompía, se caía la muela o el diente enfermo. Con los orzuelos y los empachos no se atrevía, porque afirmaba que no eran buenas señales, y un buen cristiano no debe aventurarse en esos caminos.

Una mañana se despertó después de las diez, había roto una rutina de toda la vida. Se preparó y bebió una ginebra doble de un solo trago, encendió un cigarro de hoja, sintonizó la radio en la cual pasaban chamamé, gritó un sapucay y se quedó dormida en el sillón de mimbre.

Tía Beta

Durante muchos años, en los recesos escolares de invierno y las esperadas vacaciones de verano, visitábamos a tía Beta. Su nombre verdadero era Isabel. Pregunté a sus hermanos, primos, hijos y a diferentes vecinos el origen de su nombre, pero nunca hallé alguna respuesta. Así la conocieron y la nombraron en las Cuatro Bocas el día de su viaje infinito. Siete casas, una carnicería, un almacén y una escuela primaria sobrevivían al éxodo constante y tenaz de la gente del campo a la ciudad. Primero migraban los jóvenes; los seguían, inexorablemente, los adultos.

Beta se levantaba muy temprano a la mañana. Era de baja estatura, fornida y una mujer trabajadora e inquieta. Su cabello era enrulado y, para combatir esa rebeldía, se hacía un rodete que la acompañaba hasta la hora de dormir. Buena gente por el lado que se la mire.

Le gustaba hablar sola mientras llevaba adelante la organización de la casa. Cuando se cansaba de hablarse, lo hacía con su loro Lorenzo o con los diez perros fieles que la seguían como en una procesión. Nunca la vi sin su mate a cuesta, los tomaba dulces y siempre espumosos. Los acompañaba con buñuelos, tortas fritas o pastafrolas.

Con mi vieja pasaban horas preparando platos dulces, salados y mermeladas. Además, preparaban esos buñuelos con dulce de batata, con pasas de uva y rebosados con azúcar impalpable. Luego, concentradas, se reunían frente a una vieja radio a transistores para escuchar la radionovela de ocasión. Sufrían y lloraban a moco tendido porque la odiosa María Elena hacía brujerías para que la pareja del protagonista no se case y coman perdices. Muchas veces pensé que esas cosas sencillas encarnaban la felicidad.

En ese tiempo, vivir con tanta intensidad significaba enterrarme en el barro sin culpas, cuidar el maíz del ataque coordinado de las cotorras y mantener las plantas de algodón que, impiadosamente, me lastimaban las manos y las piernas. También significaba el andar cansino de cosecheros con bolsas de arpillera y sombreros de corcho, quienes subían a las jardineras para dirigirse a la Cooperativa y vender los productos a los acopiadores que ofrecían mejores precios. Para mí y para mis hermanos y mis primos, trabajar en la cosecha nos proporcionaba un dinero necesario para adquirir helados, un pantalón, una pelota número cinco, muchas figuritas para llenar el álbum o unas alpargatas de yute.

El campo significaba vacas negras, blancas, overas ariscas y mansas, caballos fuertes y laboriosos; tardes montado en tractores para preparar la tierra, excursiones a los montes tupidos, recolectar tunas, ñangapiríes y huevitos de víboras y escapar a la laguna honda y peligrosa, pero la imprudencia de niños podía más que las advertencias y amenazas de terribles castigos si nos arriesgábamos a nadar en ella.

Significaba reconocer las huellas que dejaban los diferentes animales, descubrir nidos de yararás de lomo negro o panales de camachui; observar, con la boca abierta, el vuelo de las garzas y el ruidoso pasar de las cotorras, combatidas y odiadas a rajatablas.

Significaba cabalgar a la siesta, sin permiso y sin montura, pasparnos los glúteos y, a la noche, gritar de dolor, aunque nos untaran la zona afectada con grasa de iguana o aceite vegetal y alcanfor para aliviarnos. Pasábamos la noche quejándonos y sin dejar dormir a nadie. A la mañana caminábamos como si fuéramos los patos marruecos que poblaban la casa y los corrales.

Después de unos días de estadía, nuestros cuerpos presentaban cortes en las manos y en los pies por correr sobre los pajonales y atropellar aromitos. Nos extraían espinas de palos borrachos de la cabeza o de la espalda. Nuestras rodillas cargaban con moretones, producto de intentar trepar los altísimos ombúes o por las duras caídas de los galpones.

Ir al campo era percibir, cuando me despertaba a media mañana, los aromas únicos que se esparcían por la cocina y las habitaciones. Olor a chicharrón y a sopa con caracú.

En todas las vacaciones fui un obligado paciente del dispensario. Recibí importantes suturas a consecuencia de perseguir chanchos, molestar a los perros, luchar con las gallinas ponedoras o enfrentar a los chivos. Fui asiduo paciente de doña Florencia, quien me curaba el empacho. Lo hacía en secreto y con una cinta, murmuraba rezos y palabras raras, te sugería un té de paico con yerba buena y santo remedio. Recuerdo que tenía un lunar marrón con pelos, cerca de las cejas, y cada vez que se reía mostraba un diente de oro.

Era una curandera todo terreno. Curaba torceduras, esguinces y traumatismos con un vaso con agua y maíces. Solo sugería cubrir la zona afectada con la baba del aloe y chau hinchazón.

A pesar de las heridas y trastornos gástricos, éramos libres dos veces en el año. En cambio, nuestros primos y primas mayores no lo eran tanto, debían trabajaban en la chacra y con los animales de corral.

No sé cómo se las ingeniaban, pero se hacían un tiempo para jugar con nosotros. Nos querían y se compadecían por sentirnos tan tiernos, tan de pueblo, en síntesis, tan ingenuos.