Sobrevolando lo inmaterial - Ricardo Hirschfeldt - E-Book

Sobrevolando lo inmaterial E-Book

Ricardo Hirschfeldt

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Beschreibung

Desde el primer instante, el relato provoca un misterio, el mismo que describe un momento único e irrepetible, el camino que deja el espíritu de un cuerpo y permite que se vaya. Una voz omnisciente llena de sensaciones nos inicia en el viaje. No conocemos su identidad, pero es a través de su experiencia que se conoce lo que le acontece cuando abandona su corporeidad. De inmediato se encuentra en el cielo. Un cielo que a medida que transcurre el relato va cambiando su fisonomía, su acontecer diario. En el cielo hay algunas almas que detentan el poder y otras almas que cuestionan ese poder y sus reglas y ansían mayor libertad, porque entienden que permanecer para siempre en el cielo es abrumador. Los renegados rechazan pasarse una eternidad en el cielo y tras una temporada quieren volver cuanto antes a la vida conocida. María aparece en escena describiendo otros cielos posibles, dice conocer grandes espacios donde la gente se reúne y evita aburrirse en una vastedad tan inmensa. Mientras algunos desean buscar otros cielos, hay quienes buscan controlar las entradas al cielo y obtener rédito permitiendo el acceso a almas a las que les estaría vedado su ingreso. Esas almas conspirativas se pertrecharán, buscarán cambiar las reglas eternas. Todo puede suceder, allá arriba no hay límites y las posibilidades son eternas e infinitas, el ángel de la guarda de María se enamora de su aura, confesándole su protección eterna, él nunca la abandonará y será su acompañante y custodio en cada momento de la historia.

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Seitenzahl: 164

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Ricardo Hirschfeldt

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Dibujos de portada y contraportada: Ricardo Hirschfeldt

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-230-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

1

Lo único que hice fue haberme ido, ¿pero ido a dónde? El cuerpo persiste, no se va por cualquier cosa. Uno se escarapela por fuera, pero no por dentro. Allí todo se hallaba de una manera viscosa; cada órgano comprometía al otro en un sinfín de leyes, controlando y dando diversidad a lo que parecía autónomo y, por demás, juzgaba constantemente a contrariar al que se oponía. Había una voz que se escuchaba con lentitud en el cerebro, posicionado entre esas volutas torneadas y, según algunos, emitían ondas sin alterar su propia dinámica. Los hechos más sorprendentes se dieron al salir el sol después de haber pasado toda una noche desprotegido hasta el extremo, congelado por las nocturnas horas, los fluidos que pernoctaban en la oscuridad, estableciendo mensajes recurrentes en una criptología avanzada. Siempre me pregunté si lo dicho tendría alguna fisura, escondiendo otros mundos posibles. Sin embargo, no me pareció acertado confiar en mí mismo y creer que me había fugado por algún error previsible. Aunque la tarde había pernoctado con una sensación de noche aventajada, de noche omnipresente y eterna. Desplazado mis riñones de su ubicación habitual confirmé haberme ido, si esto hubiera sido cierto tendría que haber viajado a través de la columna vertebral, entrando despacio en cada chakra, revitalizando un verdadero organigrama hasta llegar sin darme cuenta al inequívoco centro de mi cabeza; desde ahí habría salido al exterior con asombro y premura. El afuera me esperaba. Por un buen tiempo no encontré a nadie; obviamente, cada uno había decidido su propio destino. Al transcurrir lo impensable nos vimos por casualidad. En mi caso, siendo muy ansioso pregunté sin aclarar demasiado; realcé mi presencia con el inconveniente que cuando hallé lo inesperado la visión se paralizó. Los demás me enseñaron a desacomodar ciertas vibraciones interiores para ajustar los impulsos elementales que tiene cada uno que convive con los otros de manera irregular, en un espacio indefinido, recalco, sin fronteras.

Los paisajes estaban hechos de diversas maneras. No obstante, acostumbrado a las cuatro estaciones aquello era una mezcla de calores y fríos para que no nos sintiéramos abandonados. Si me preguntan cómo nos habíamos trasladado de un sitio al otro no lo habría podido dilucidar. Aquello era el oasis asignado y a uno en estas circunstancias todo le parecía un sueño. Cuesta creer lo que se veía estando en ese lugar, pues las acciones empezaban en un cúmulo de pensamientos creativos. Un día de esos que me parecieron eternos cayó delante de mí una sombra exacta a la de un pájaro grande. Otro día Gustavo se acercó tratando de saludarme, digo tratando porque ya no éramos los de antes; las sombras y los otros nos alertaban, dándonos una idea de cómo actuar, sabiendo reconocer cada paso a seguir.

María preguntó por mí, pero eran tantas las marías que habría que hacer una búsqueda de la que me buscaba, aquella que correspondía a ésa que coincidía conmigo. Medio globo se llamaba María, tratando de seducir a Dios y a todos los que pretendían pasarse al otro lado. Herrera era el tipo que no creía en que un buen diálogo se tendría que confrontar con imágenes que resplandecieran por sí solas.

—¿Seducción o deleite insuperable? —me preguntó sin dudar después de pasarse un buen rato tratando de que lo dejaran ingresar al cielo.

Luego de aquel percance lo vi exhausto. Quise preguntarle para no dejarlo en el aire, pero de inmediato caí en la cuenta de que lo suyo no era tan fácil de resolver. Teníamos un acuerdo cada vez que a alguien se le escapaba el aliento y no hacía otra cosa que respirar un tanto pausado, y tendría que exhalar todo el resto que le quedaba en los pulmones. A partir de ahí debía reconocerse el ánima o alma en trance.

Cada tanto veo a Herrera complicado porque entrar y salir de su lugar no lo hace cualquiera, como si fuera tan fácil de lograr en un mundo dispuesto de otro modo. No sé si creerle lo que me cuenta; a veces quiere tomarse de un hombro ajeno. Antes que le advierta nuestra condición de etéreos, la que nos permite comunicarnos sin necesidad de vernos; ahí precisamente retira lo que debe ocupar sin apoyarse en ninguna parte, pero queda tambaleando sin moverse ni un centímetro de donde estaba parado. Lo suyo había sido nada más que un amague y ahí quedó con toda su intención, un tanto arriesgada.

El día que lo tuve delante mío creyó que era el que no lo dejaba transitar libremente, si bien la escaramuza se solucionó con la ayuda de dos hombres al empezar la búsqueda, dispuestos a darle una mano a los que recién llegaban, en el caso de que hubiera que hacerlo. Digo dos hombres porque es lo primero que me viene a la cabeza; también podrían haber sido dos ejemplares diversos, queriendo darle una recomendación a quien la necesitara.

No tengo idea cómo llegó María, de un envión me abrazó sin que sintiera nada, aunque percibí una sensación que recorrió mi espalda, dejando esa impresión todavía fresca en mi cerebro.

—¿Desde cuándo estás aquí? —preguntó, como si nunca me hubiera visto en mucho tiempo, yendo por un camino lleno de recovecos y bruscas apariciones inesperadas.

No hubo que esperar mucho tiempo para darme cuenta dónde estaba, siempre con esa sensación de estar flotando todo el tiempo.

Después de esa primera sorpresa inicié una caminata, dándome cuenta que cada paso aquí se transformaba en huellas sin fin, desapareciendo cada una cuando pisaba sin mucha presión. A veces, alguna sombra se interponía fugazmente, pero no es lo habitual en un espectro tan inmenso, donde hay miles de almas por abrirse paso, queriendo entrar, apuradas de conocer el cielo, tantas veces oído en la tierra.

—Yo, por motivos que desconozco, me pareció una eternidad llegar a destino. ¿Pero de qué destino hablo? —se preguntó María, interrumpiendo su discurso un tanto nihilista—. Yo misma no sabría explicar cómo con tantas dificultades dejé todo para liberarme de mi peso corporal, insignificante para mí, si bien en los días calurosos no supe qué hacer para desahogarme de aquello que parecía bañarme por dentro, me sacaba de quicio, sudándome entera pese a no tener un cuerpo. Ahora, los cambios de temperatura no me afectan. Hay alguien encargado de activar las estaciones del año, de transportarnos a sitios que deseamos con solo sentir la primera brisa caliente o fría, así nos dan a entender los orígenes de aquellos avisos incondicionales.

Yo y nosotros, digo nosotros porque éramos una unidad indisoluble, no precisamos marchar juntos, aunque a veces si nos despegamos, corremos la suerte de confundirnos con otros que se dirigen a diferentes rumbos. El cielo tiene infinidad de caminos, pero, además, crecen otros nuevos sin saber aún la razón por qué se desarrollan sin prisa. Parecería que ciertas razones fomentan el crecimiento de las sendas, sin conocer el motivo o la necesidad de hacerla. Herrera había caído en desgracia. Desde hacía mucho tiempo se abandonaba él mismo, aunque también se apocaba solo; sin que nadie lo impulsara a sentirse un mártir, tenía una obsesión, una gran ambición, de superar barreras y llegar a ese otro mundo, tantas veces contado a quien lo quisiera oír, envuelto en aires sorpresivos; entonces perdía el miedo exponiendo su inquietud innata de derribar fronteras.

Todos sabíamos que había un vacío que nos rodeaba, ahora por fuera y por dentro. Sin embargo, unos cuantos actuaban como si aún pudieran cruzar esa tenue línea imaginaria que nos llevaba a creer que podíamos salir de ese velo traslúcido. Dicha sensación nos ayudaba a que mantuviéramos la distancia necesaria para no lastimarnos, y, ante todo, para poder ingresar de plano a otra realidad. Pero para nosotros sin duda era un acontecimiento difícil de explicar y más que nada ir a los papeles, sin intelectualizar demasiado. Antes se pasaba todo el día preguntando el nombre de cada uno que llegaba cargando solamente una claridad tan pura que brillaba en los ojos.

A Fuentes lo pusieron en un sitio destacado, por ya haber pagado su karma en otras vidas anteriores. La verdad que había cuatro entradas al cielo y los que la custodiaban se habían ganado el derecho de estar en ese lugar, rechazando el ingreso de cientos de miles que pujaban por un sitio cerca de donde ocurrían los hechos más celebrados, no los más aglutinantes, donde el Santo Padre aparecía por unos segundos para luego retornar a su recinto.

Herrera se quejaba de que en vez de ubicarlo en alguna de las entradas más deseadas, lo habían dejado que se encargara de uno de los pasadizos más secretos, que si bien no era un punto estratégico era una de las zonas más entrelazadas de aquel sitio, donde todos sin excepción terminarían el viaje con un boleto de ida y jamás de vuelta.

Con lo que respecta a mí, estaba en todos lados, mis viajes duraban lo que dura un minuto. A nadie le encargaban de que se llevara un calendario bajo el brazo porque la velocidad del tiempo se deshacía preparado para esa actividad, comprometido con lo que debía hacerse, tarea que suele ser agotadora si no se le encuentra la vuelta. La falta de materialidad había sido una constante en todas las almas. Aunque ni Herrera ni María le prestaban mucha atención a este imponderable —o como uno lo pueda llamar—, ninguno de los dos se han podido acostumbrar a traspasar una de las bóvedas, llamada celeste; construida para el eficiente mundo de aquellos perdidos en cuerpos ajenos.

Fuentes trataba de buscar algo que lo distrajera, que lo sacara de ese continuo desfile de almas deseosas de verle la cara posterior a las nubes. Hay una suerte de ensimismamiento al perder la carne, sea de donde venga, de la tierra o del aire.

Se siente agobiado de responder a la multitud acerca de esas cuestiones tan difíciles de resolver; ni siquiera yo he visto un lugar tan complicado entre muchos otros.

Las nubes las representan como formas pomposas, pero bien podría ser de otro modo. Fuentes está harto que se metan justo en la hora de descanso con hipótesis fraudulentas. Se entiende que Fuentes no es ningún erudito. Pero sí, a pesar de descomprimir situaciones enfrentadas, es después de María el más extrovertido; quizá más que Gustavo.

No deja de preguntarme por los últimos cien que entraron por su propia intervención. Tiene curiosidad de saber quiénes eran y qué habían hecho en el último aliento emitido unos segundos antes de sus fallecimientos.

Yo los atendí, pero no les pregunté esos imponderables que dan una idea al conjunto de miles que aterrizan aquí sin haber pedido ni rechazado el ingreso al cielo. Cuando cruzan la línea no dejan de escudriñar a quien sea, para que los asesoren y sepan cómo actuar, por lo menos quieren saber cómo desplazarse en un ámbito tan inmenso, sin límites a primera vista. Sin embargo, no todos están capacitados para allanarse el camino hacia otras latitudes o espacios complejos, donde los mismos pueden acceder con la única oportunidad de vencer distintas pruebas de equilibrio y de una inmaterialidad rezagada.

Los fines de semana todos los sitios están completos, de modo que los que llegan sin ocupar espacios se acumulan formando pilas de almas que no han perdido su conciencia; me preguntan incesantemente por sus parientes queridos. Yo no difiero de las mismas condiciones que tienen esos cientos; así que me corro de lugar, escapo de todos porque a medida que pasa el tiempo los más aguantadores se van dando cuenta que yo no salvo ni condeno a nadie.

En principio, soy uno más que indica a los transmigrantes qué hacer y en qué condiciones pueden sentirse libres una vez que han decidido cortar el cordón de plata, hecho que todavía les queda hasta que se comprimen el vientre; en el acto lo sienten y lo sentimos. Habló del desprendimiento. Me incluyo también como una liberación de todo lo que nos ata al mundo que vivimos en la tierra, compaginando nuestras vidas o haciendo un recuento lleno de promesas incumplidas, sueños que fueron dejados de lado por impericia y cierto grado de imbecilidad.

Herrera ha querido entablar una conversación con María, pero ella estaba tan lejos que le fue imposible oír su voz.

—Herrera, no lo pude atender porque estoy lejos —dijo María—. Lo único que sé es que deberá esperar hasta que vuelva. No fue mi intención ingresar en un sitio donde, por lo que veo, no dejan de juzgar a los que han sido enviados allí, a pesar de que ellos dicen que se han equivocado de lugar. Que ese sitio no les pertenece. Manifiestan que sienten un calor en aumento y, lo peor, me han dicho que todo el tiempo los azuzan con una mano tenebrosa. Yo misma he tenido que hacer un esfuerzo para darme cuenta de que en ese ámbito lo inmaterial cobra un desgano habitual porque los días lo cuentan en años y los años en siglos.

Herrera se aguantó el percance de María y me contó algunas historias de santos y otras almas olvidadas que habían sorteado un sinfín de obstáculos; por eso eran bienvenidos y ni siquiera los guardias del cielo les pedían rendición de cuentas.

Cuando María volvió, Herrera se había quedado en el limbo, situación mucho más riesgosa de la que había experimentado ella en un submundo de los juzgados. La verdad es que, por lo que manifestó acerca de aquellas víctimas, unos pocos habían podido salir de ese túnel o espacio profundo para ingresar en una anomalía abominable. Me confesó que el aire era seco, parecido a las arenas del desierto. Después de mucho patalear pudo zafarse, prometiendo el cielo y un kilómetro de nubes multiorgásmicas.

Herrera y Fuentes se encontraban cada tanto sólo para buscar la posibilidad de trabajar menos. Parece una ironía, la de todavía trabajar en un sitio donde lo inmaterial cubría todas las necesidades de los enviados al supuesto destino o reposición de cargas espirituales.

—El mundo ha cambiado, todos los que merecen asomar la cabeza, sacarla del horizonte se inquietan, pero son unos minutos nomás; enseguida se dan cuenta de que no ha sido un malentendido haber llegado a nuestra atmósfera traslúcida, amparada por una sensación de liviandad eterna. —Fuentes no se movía de su lugar, pero las veces que lo vi salir de su guardia ni siquiera me explicó lo que haría, seguramente tendría un permiso especial para tomársela sin dar cuentas a nadie. Nuestro hábitat, por llamarlo de alguna manera, se extendía hasta donde las almas así lo quisieran. Nadie da órdenes o declara límites o fronteras, en este caso, pensando en arrebatar lo que fuese imposible de sacar. Nadie estaba dispuesto a incordiar al otro.

Un día se presentaron varias almas; podría precisar que fueron una cantidad difícil de calcular. Encolumnadas por miles realizaron un circuito por las nubes más densas, de manera que cuando pude llegar al que estaba más cerca, me preguntó por el centro de todas las miniaturas; mencionó que estaban mutando de cuerpo desde hacía mucho tiempo. Lo identifiqué por el murmullo tenue de su voz. La propia inmaterialidad lo protegía de cualquier respuesta arrebatada. Cuando se detuvo, los que venían atrás se fagocitaron unos a los otros. Me impresionó tanto aquel acontecer que quedé absorto y necesité esperar antes de actuar; luego respondí.

—No existe un centro único para todas las miniaturas: cada una tiene un centro perfecto, aunque nosotros aquí no necesitamos saber esas apreciaciones.

El que tenía delante de mí se sintió apabullado por la contestación. Se dio vuelta, y apenas lo hizo una multitud que lo seguía apareció detrás de su espalda, él giró la cabeza para cerciorarse, pero no le dio la menor importancia al hecho, de por sí curioso.

Entonces todos avanzaron, como si él fuera el organizador para guiar a todas esas almas enfervorizadas. Lo raro fue cuando se les preguntó cuáles eran sus debilidades. El cielo no podía con aquellos de lengua larga, supeditados a motines internos para ocupar el tiempo de por sí bucólico; entrelazado donde lo inabarcable crecía al mismo tiempo que una inquietud pasmosa; así se expandía adormilado cada pacto logrado. A veces la amnesia flotaba como un salvoconducto de aquellas almas inquietas, difícil de aplacar.

Robles, al darse cuenta de que no lo había reconocido, me habló intentando persuadirme, sin que me diera ninguna explicación válida.

2

—Todavía no me ha reconocido. Desde la primera vez que nos vimos quedé impresionado por aquel ejército que aspiraba solamente a los galones, a los saludos imperiales y a empezar como si la furia no les alcanzara. Para su mejor información, no han cumplido con los mandatos del cielo. Las almas que usted puede sentir a su alrededor son almas percudidas, vienen de la profundidad de los volcanes; por eso seguramente puede oír los susurros desconsolados que emiten como si estuvieran por explotar. No se crea que tengo mucha información de ellas, poco sé de sus pasados inquietantes y lo peor sus apetencias por sentir el aroma fluctuoso de un infierno candente.

—Por lo que me cuenta, nadie les va a dar protección, desde ya serán juzgadas, todas las veces que se necesiten. Me asombra su desfachatez, su atrevimiento de querer entrar sin ningún impedimento, creyendo que al cielo se lo puede comprar con una buena charla, mechando historias maniqueístas de poco rango.

Con la respuesta que le di a Robles fue suficiente para que sintiera que estaba cercado, sin posibilidad de ingresar al cielo, abrumado por el peso que lo ataba, desplazando un cúmulo de encuentros falaces, pactados en el silencio. Sin que diera el aviso, anuncié el peligro de aquel contingente mal parido, configuraba un camino gris por la presencia de todos ellos que luchaban por entrar, ya sea por las buenas o por las malas, todos nos parapetamos detrás de ellos mismos, sin que se dieran cuenta. La voz empezó a correr y de la nada cientos de ángeles llegaron sin que los hubiéramos llamado. Abrieron sus alas convirtiendo lo necesario en verdaderas murallas defensivas. Robles trató de zafar con una prédica lastimosa, cosa que resultó ineficaz y patética. Quisieron avanzar, pero se vieron impedidos por nuestros ángeles protectores, siempre atentos a nuestras necesidades.

De un plumazo Robles y los suyos de a poco se alejaron a estratos inferiores. Las almas que lo seguían intentaron frenar para no ser expulsadas del cielo, pero con escaso éxito se vieron arrolladas por un grupo muy numeroso de penitentes, blandiendo las manos a más no poder, mientras rezaban pegaban patadas y con una fuerza de convicción poderosa hipnotizaron a unos cientos, desarmando a los más feroces. Después de aquel espectáculo un fuerte viento se hizo cargo del asunto, de por sí inusual y peligroso. A Herrera lo encontré vigilando desde una altura imprevisible, contagiado de la valentía de nuestros ángeles de la guarda, aún con las alas levantadas en señal de atención y resguardo.

A María la vi un tanto preocupada, pensando al mismo tiempo en Herrera y Fuentes a la vez. Los dos se habían salvado de morir en la contienda. Ninguno había hecho un plan de ataque concienzudo; aunque ambos, con un grupo de guardianes muy aguerridos, pudieron atravesar el primer flanco enemigo, lo demás se hizo solo, con una desbandada enloquecida, salvando sus pertrechos y misales que llevaban bajo el brazo, leyéndolo en caso de peligro, como si fuera un mantra salvador.

No había duda, todos, sin excepción estábamos disfrutando en aquel sitio liberado de una posible ocupación, inalterable en el tiempo y el espacio. Era algo así como si los dos componentes no existieran.