Soledad - Mª Carmen Ortuño Costela - E-Book

Beschreibung

Alicia es una mujer insatisfecha, con una historia marcada por el desengaño. Soledad es una anciana, con un pasado enigmático, del que no le gusta hablar. Un concierto de piano, cambiará para siempre sus vidas. Una sonata, interpretada por un pianista desconocido, despertará en Soledad viejas traiciones y amores perdidos que intentaba olvidar. ¿Conseguirá Alicia ayudarla a cerrar las heridas que el tiempo no había conseguido cicatrizar? Atrévete a sumergirte en una búsqueda, plagada de secretos, que nos traslada a la posguerra de Andalucía, trenzando dos historias paralelas.

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© Título: Soledad

© Mª Carmen Ortuño Costela

ISBN: 978-84-121228-8-6

Depósito Legal: GC-314-2020

Primera edición: noviembre 2020

Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com

Correcciones y estilo: Laura Ruiz Medina

Ilustración portada e interior: Andrea García Grande

Maquetación: David Márquez

Visita nuestro blog: https://www.editorialsieteislas.com/blog y nuestro canal de Youtube

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#soledad #editorialsieteislas

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.

“A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero”.

Miguel Hernández

A mi familia, por tanto…

CAPÍTULO 1

Diciembre estaba siendo mucho más implacable de lo habitual. El invierno había comenzado como de puntillas, con miedo a hacer algún movimiento brusco que lo delatara y provocara que los árboles se desnudaran de un plumazo. Sin embargo, ahora esos susurros se habían convertido en voces en grito que desolaban las calles y rasgaban el aire como navajas afiladas. Aterida, se arrebujó bajo su abrigo en un intento por mantener algo de calor corporal, mientras aceleraba sus pasos y escondía sus pupilas en la acera. Un mal día, desde luego... uno de tantos, más bien. Lo de siempre: un correo perdido, unos papeles sin firmar, una llamada del despacho de dirección («ya van dos veces en poco tiempo, ten cuidado o tendremos problemas»). Suspiró.

En aquel momento hubiera dado lo que fuera por una taza de algo hirviendo con la que abrasar el hielo que tenía instalado en la garganta y despejar la densa bruma que nublaba su conciencia. Alzó la vista y no pudo más que sentirse reflejada en aquel cielo hecho jirones de plata vieja, desvaída, resquebrajado por ramas angostas que rasgaban su silueta a contraluz. Un estremecimiento le recorrió desde la nuca hasta lo más hondo; aquel maldito frío...

En ese instante, vio una pequeña cafetería a tan solo unos metros de distancia. Entró sin pensar y se dirigió rauda a refugiarse en una de las mesas más alejadas de la puerta y de la fisgona mirada de cualquiera de las personas que ahogaban sus pensamientos en aquellas tazas humeantes. Se situó de espaldas a todo y a todos, por lo que no vio venir al desganado camarero que la interrogaba con una única ceja alzada a la espera de poder apuntar alguna comanda en la libreta desmañada que portaba en la mano. Tras un breve momento de indecisión por parte de ella, él escribió con letra apresurada «un café con leche», que dos minutos después se materializó en una taza blanca desportillada, que emitía una nube amarga de desgana.

Nunca le había convencido demasiado el café, pero suponía que si todo el mundo se abandonaba a los encantos de su amargor líquido, sería por algo. El primer sorbo le dibujó con presteza un rictus de acritud en los labios, pero se conformó con que, al menos, el café le calentara el alma desde dentro. Suspiró y rodeó la taza con las manos en un vano intento por que también le sirviera para calentarse la piel entumecida.

Odiaba el invierno. Le recordaba de nuevo que las cuatro paredes de su vida encerraban únicamente silencio, un silencio que reverberaba con ecos de un pasado en el que no todo fue igual. Antes disfrutaba del frío y del hecho de volver a abrigarse con jerséis tejidos de recuerdos almibarados, pero ahora, ese almíbar le parecía adulterado por un exceso de azúcar enlatado que no endulzaba, sino que amargaba como aquella taza de café que estaba empezando a odiar también más de la cuenta. Si echaba la vista atrás, lo único que alcanzaba a ver eran sombras de lo que una vez pudo ser y se quedó a medio camino. Sus ahora más de treinta primaveras dibujaban en el aire un lienzo de sueños astillados, de un querer y nunca poder, de sonrisas que ella quiso que se quedaran para siempre y que, en cambio, se derritieron lánguidamente en un torbellino de mentiras y vendas en los ojos. Porque ese fue su error, cerrar los ojos y dejarse llevar, no tener los pies en el suelo cuando más lo necesitaba. Sabía que ya venía de antes con una mochila cargada de piedras a sus espaldas, piedras que había ido recogiendo poco a poco a lo largo de los años y que se acumulaban como un recordatorio de lo mucho que le pesaban los últimos inviernos. Pero aquello no había sido un escollo en el camino, había sido directamente un precipicio en el que todavía se sentía caer y caer irremediablemente... Sacudió la cabeza tratando de desordenar sus pensamientos y tomó otro sorbo para acallar las voces que la arrastraban a donde ella no quería llegar. Tenía que despejarse, no quería seguir teniendo la mente empañada de aquella forma.

De pronto alzó la mirada hacia la pared que tenía delante y se topó con un cartel que llamó su atención al momento, alejándola de la sombra que ahora comenzaba a hacerse cada vez más pequeña en algún rincón de su memoria. El cartel era sobrio, de tonos oscuros, y simplemente mostraba la instantánea de un piano difuminado en la esquina de lo que se entreveía como un escenario sin público, con unas manos sin dueño alzadas frente a las teclas en actitud de comenzar a interpretar alguna pieza. Aquella imagen le recordó de inmediato a Soledad y cuánto le gustaba disfrutar siempre de alguna pieza de piano como telón de fondo: los ojos cerrados, en silencio, la piel acechando un escalofrío, la respiración acompasada, dejando que el oído ganara terreno como único sentido al timón... Intrigada, se fijó en los detalles del cartel y se percató de que anunciaba un ciclo de cuatro únicos conciertos durante el mes de diciembre por parte de un pianista cuyo nombre no recordaba entre los de la estantería de adagios y sonatas de Soledad. Y así, de la nada, una idea comenzó a tomar forma en su mente. Soledad no era muy dada a salir de su rutina, y mucho menos en los meses de escarcha, pero supo que merecería la pena intentarlo. Decidida, apuró los últimos sorbos del líquido de su taza, dejó unas monedas sobre la mesa y salió de nuevo para adentrarse en el viento gélido de las calles a la búsqueda de algo que hiciera que aquellos días parecieran algo menos fríos.

CAPÍTULO 2

Sí, efectivamente aquel invierno había comenzado siendo mucho más duro de lo normal. Dolores separó con delicadeza el visillo de la ventana, y una ventisca de copos blancos le nubló la vista al instante. Suspiró, contrariada, y siguió picando cebolla para la sopa. No pudo evitar esbozar una sonrisa nostálgica al recordar cómo su Paco siempre derramaba un mar de lágrimas con simplemente acercarse a ella mientras cortaba cebolla. Lo recordaba perfectamente… se alejaba al momento agachando la cabeza, los ojos encharcados y la mirada avergonzada, mascullando insensateces: «Vaya molestia en el ojo, se me ha debido de meter algo, a ver si deja de lagrimear...». Ay, Paco, si estuvieras aquí, cómo te echo de menos... Ella, sin embargo, jamás había derramado una lágrima, ni con la cebolla ni con ningún otro asunto terrenal. «El llorar solo sirve para mojarse los ojos, y para eso yo ya me lavo la cara todas las mañanas». Leonor se reía cada vez que la oía decir aquello, y se enjugaba las lágrimas para que su abuela no la reprendiera de nuevo. La pequeña Sole, en cambio, era más testaruda, en eso había salido a su abuelo. Jamás admitía haber llorado, aunque luego se sentara a la mesa con los ojos hinchados y enrojecidos, escondiendo los sollozos por debajo de los dobladillos del mantel. A pesar de ser gemelas, las dos niñas eran como las dos caras de una misma moneda, y a su abuela la traían de cabeza. Sin embargo, Dolores sentía una especial debilidad por las pequeñas; habían venido al mundo tan indefensas y habían sufrido tanto cuando aún no eran siquiera conscientes de lo que les había tocado vivir...

La puerta se abrió de repente y la ventisca inundó la habitación por un instante. Paquita se apresuró a cerrarla de nuevo susurrando algo sobre el frío, a la vez que se retiraba la toquilla de los hombros y la dejaba sobre la silla de la cocina. Se acercó a darle un beso a su abuela antes de dirigirse presta a la chimenea para tratar de calentarse las manos con la lumbre.

—¿Qué tal ha ido la mañana? —preguntó Dolores sin apartar la vista ni un instante de la cebolla.

—Bien, como siempre, planchando y doblando ropa sin parar —dijo Paquita, mientras intentaba que no se notara el temblor que tenía colgando en su voz. Sin embargo, Dolores era demasiado avispada y la conocía como si la hubiera llevado en el vientre.

—¿Ha pasado algo?

Dolores se giró para poder verle la cara a su nieta, pero estaba de espaldas a ella frente al fuego y no pudo percibir la sombra que cruzó su mirada ni el escalofrío en sus labios.

—Nada, ¿qué va a pasar? Simplemente estoy cansada, y estos sabañones me van a matar del picor.

—Bueno... en la despensa hay nabos, corta uno por la mitad y frótalo en los sabañones. Ya verás como te alivia —dijo Dolores con el ceño fruncido.

Paquita se dirigió a la despensa huyendo de las miradas y las preguntas inquisitorias de su abuela. Dolores no era tonta, y sabía que algo le pasaba a su nieta en la casa del señorito. No tenía ni idea de qué podía ser, pero era evidente que cada vez le estaba afectando más. Apenas comía y tenía unas ojeras que le enmarcaban la mirada sin descanso. Paquita trataba de ocultarlo todo, pero Dolores estaba segura de que había algo que no les quería contar. Se prometió en silencio —porque jurar era pecado— que le sonsacaría a su nieta o averiguaría por su cuenta el porqué de sus desvelos, le costara lo que le costara.

La puerta se abrió otra vez de par en par, y antes de que Dolores pudiera gritar que la cerraran para que no se escapara el poco calor acumulado gracias a la chimenea, entraron como una exhalación Pedro, Manuel y Juan resoplando y frotándose las manos en los pantalones, seguidos unos pasos más atrás por su padre, Miguel, que ya no podía mantener como antaño el ritmo de sus hijos.

—No habéis podido salir hoy, ¿no? Ha empezado a nevar a las dos horas de haberos ido esta mañana, ¡vaya faena! —apuntó Dolores removiendo la sopa, que ya comenzaba a tomar algo de cuerpo.

—Sí, hemos tenido que parar, porque no veíamos ni el olivo al varearlo. Como siga así el tiempo, vamos a tener aceituna hasta junio —resopló Manuel, que se había desplomado en una de las sillas mientras mordisqueaba un mendrugo de pan que había birlado de la talega de la abuela.

—El invierno es lo que tiene. Al menos hoy comeremos todos juntos. Juanico, prenda, llama a tus hermanas y diles que vengan a poner la mesa, esto ya casi está. A ver si al menos con la sopa nos calentamos.

Las pequeñas Sole y Leonor entraron entre risas y juegos en la cocina tras la llamada de su hermano, y comenzaron a perseguirse la una a la otra mientras su abuela les repetía una y otra vez que tenían que poner la mesa. Cuando al fin se pudieron sentar todos juntos, empezaron a dar buena cuenta de la sopa con algo de pan y queso. Allí estaban las gemelas, como siempre, haciendo cabriolas sobre la mesa y alargando sus bracitos para que sus cucharas alcanzaran la olla de donde comían, soplando para enfriar el escaso líquido humeante que quedaba después de haber derramado la mitad de la sopa en el camino desde la olla hasta la boca. Paquita, en cambio, se limitaba a aparentar que comía en silencio, mientras su mirada se perdía en un punto indeterminado entre sus recuerdos y el presente. Juan y Manuel eran los más glotones; ni siquiera esperaban a que la sopa se enfriara un poco. Siempre se abrasaban la lengua en una competición silenciosa y sin reglas por ver quien se llenaba más el estómago. Pedro era como su padre, más quisquilloso para la comida, y los viajes de su cuchara eran mucho menos numerosos que los de sus hermanos, siempre apartando todo aquello de la olla que no le convencía a la vista. Así era como a Dolores le gustaba verlos, juntos, peleándose por un pedazo de pan o riéndose porque la pequeña Sole había soplado demasiado fuerte su cucharada de sopa, y ahora la cara de Leonor lloraba lágrimas de caldo entre las risas de sus hermanos. Dolores luchaba contra viento y marea por mantenerlos a todos unidos, asumiendo el peso de sacar adelante a su hijo y a sus seis nietos. Era fuerte, y por eso le nacía del pecho una llamarada de fuego que le quitaba las penas y los quebrantos para poder levantarse cada mañana. A pesar de esa entereza que la mantenía con la cabeza alta y los ojos en ascuas desde la salida del sol hasta que oscurecía, con la caída de la noche todo era bien distinto. El azabache en el cielo siempre traía consigo un rosario de recuerdos, arropándola como un velo opaco que le empañaba la mirada y le dejaba un nudo en la garganta por el que no podía articular palabra hasta que se ponía en pie con el canto del gallo. Pero eso nadie lo sabría jamás; antes muerta que desenterrar lo que tanto tiempo le había costado dejar cubierto de polvo en un rincón muy preciado de su memoria.

CAPÍTULO 3

Tocó el timbre y esperó, como siempre, a que le abrieran aquellos pasos acolchados que ahora intuía tras la puerta. Escuchó cómo el cerrojo se retiraba y, acto seguido, la sonrisa sincera de Soledad le dejó paso hacia el interior de la vivienda, como un ritual ya establecido que se repetía sin apenas variación cada tarde que iba a visitarla.

—¿Qué tal estás, cielo?

Alicia la abrazó con ternura. Soledad era una de esas personas que olía siempre a perfume de azahar, laca en el pelo y dulces en el horno, y Alicia no podía evitar, cada vez que cruzaba el umbral de su puerta, sentirse como en su propia casa. No sabía con certeza qué edad podía tener, pero intuía que Soledad rondaría las ocho decenas, año arriba, año abajo, aunque se conservaba de maravilla, desde luego.

Soledad se levantaba bien temprano en la mañana, cuando la madrugada aún rayaba el amanecer, salía a pasear, compraba el pan recién hecho, charlaba un rato con alguna conocida en el parque de la esquina y volvía a casa siempre antes del mediodía sin falta. Le gustaba dejar pasar las horas preparando un buen guiso como los de antes, a fuego lento, bordando en punto de cruz o, simplemente, mirando por la ventana cómo las aves hacían sus nidos, desaparecían con la escarcha y volvían con el inexorable paso de las estaciones. Disfrutaba, en definitiva, con todo aquello que moldeaba la silueta de su día a día, aunque siempre que echaba la vista atrás estaba aquella presencia que no podía evitar sentir, sabiendo que todo hubiera podido ser tan diferente si…

De camino al salón, Alicia notó un dulce aroma que flotaba como una nube de algodón por toda la casa y supo que, de nuevo, Soledad había preparado algo para merendar. Por supuesto, esto constituía otro de los detalles del ritual que las dos, sin cruzar palabra, habían establecido tarde tras tarde, y sentían como si llevaran años disfrutando de su mutua compañía sin que nada ni nadie perturbara el orden de las cosas.

—¿Qué tal ha ido el día, Soledad? Por cierto, aquí huele de maravilla...

La anciana sonrió complacida y se dirigió a la cocina para volver con un delicioso bizcocho casero de calabaza que había preparado aquella misma mañana. Alicia, como siempre, comenzó a mascullar que no hacía falta, que no tenía que haberse molestado, pero Soledad, también como de costumbre, acalló las quejas con una buena porción que le sirvió a su querida Alicia en un plato de postre, el del ramillete de flores en el borde, como cada tarde. Para no faltar a su tradición, acompañaron las delicias de aquel bizcocho con las armonías de un pianista que susurraba acordes desde el gramófono situado en la esquina más alejada del salón, una reliquia del pasado que Soledad aún conservaba con la férrea convicción de que la música que brota de los altavoces de hoy en día suena enlatada y sin alma. El silencio en casa de Soledad siempre tocaba piezas en la bemol mayor o en do menor, y solo cuando ella se retiraba a dormir, el gramófono descansaba taciturno hasta la mañana siguiente, momento en que el aroma a café recién hecho y tostadas volvía a armonizarse con alguna sonata. Sin embargo, nadie más que Soledad sabía que aquel gramófono callaba con sigilo algunos recuerdos nacarados de esos que no quería olvidar, mientras gritaba postales de un pasado que ojalá jamás hubiera tomado forma.

Alicia observó a Soledad mientras esta le explicaba la receta de su afamado bizcocho de calabaza. Hacía dos años que la visitaba un par de tardes a la semana gracias a uno de esos programas sociales de ayuda a los mayores del barrio. Todo comenzó como una forma de llenar los vacíos de sus tardes a solas en casa y de sentirse útil para alguien, pero ahora sabía que Soledad le había aportado más a ella que a la inversa. Soledad era una persona reservada, sí, retraída a veces. Incluso después de dos años, Alicia sabía muy poco de su vida, y las arrugas que ajaban su rostro como un pergamino no permitían lectura de si se habían formado a base de sonrisas o de lágrimas. Sin embargo, Soledad era de ese tipo de personas que aprieta al abrazar, de las que tranquiliza con una mirada aunque no verbalice una sola palabra. Alicia le tenía un cariño especial y un aprecio enorme, y por ello le hacía tanta ilusión compartir con ella la sorpresa que llevaba varios días guardando en su bolso.

—Soledad, yo también tengo algo para ti...

Cuando se lo contó, Soledad abrió mucho los ojos sin entender lo que su amada Alicia le estaba explicando, y receló de la idea con excusas vanas, horrorizada en su interior de que una persona de su edad fuera a ese tipo de eventos en los que solo se imaginaba jóvenes saltando y multitudes arrolladoras en las que cualquier catástrofe podría ser posible. No, ella estaba mejor en casa, llevando bajo el brazo el aroma a pan recién hecho cada mañana y descansando en el sillón frente al ventanal, con el gramófono susurrándole al oído alguna pieza de...

—Hija, yo estoy muy mayor para conciertos de esos... ¿Qué voy a hacer yo allí? Eso es para la gente joven como tú…

Pero cuando supo que se trataba de un concierto de piano y que sería capaz de escucharlo en vivo y en directo, algo se removió en su interior y la idea comenzó a tomar forma en su cabeza. Imaginó las melodías surgiendo límpidas y puras de las teclas del instrumento, percutidas por unas manos ligeras de dedos ágiles y diestros, y ella volvería a cerrar los ojos como antaño, como cuando él le tarareaba las piezas que aprendía con su maestro, como cuando escuchó por primera y última vez aquella sonata. Soledad sacudió su cabeza alejando la nostalgia y se obligó a pensar en cómo sonaría la música sin ningún gramófono de por medio que la aprisionara. Respiró hondo y, en ese instante, supo que sí, que acompañaría a Alicia a aquel concierto como un homenaje a los buenos tiempos, a los viejos tiempos, a aquellos tiempos en los que parecía que todo podía salir bien, antes de que la vida pusiera cada cosa en su sitio y lo enredara todo sin remedio.

CAPÍTULO 4

Diciembre se iniciaba siempre con un acontecimiento clave que anunciaba, sin lugar a dudas, que las festividades navideñas estaban a la vuelta de la esquina. Nada más empezar el mes, los niños comenzaban entre risas y alborotos un ritual de guardias y turnos de vigilancia en la ventana, desde la que observaban la puerta del caserón del señorito sin perder detalle. Dolores no dejaba de reñirles una y otra vez, puesto que se sentía en la obligación moral de hacerlo al ver a sus nietos tan ociosos, pero por dentro, y siendo como era fiel conocedora del evento, le divertía sobremanera intentar averiguar cuándo tendría lugar.

Una tarde, de repente, siempre en la primera semana del mes y siempre entre las cinco y las seis en punto, don Cristóbal salía de casa bastón en mano, nariz altiva y mirada resbaladiza y se dirigía al corral con paso sereno y decidido. Una vez allí, llamaba a Dolores y, en silencio, sin malgastar ni una sola palabra, señalaba con su largo dedo huesudo el mejor choto de los que tenían en aquel momento. Una vez escogida, aquella pobre cría quedaba sentenciada para terminar sus días al ajillo en una fuente enorme que hacía las delicias de la familia del señorito en la cena de Nochebuena y la comida de Navidad. Estaba terminantemente prohibido sacrificar ningún otro choto con tal fin; no estaban las cosas «como para malgastar otro cabritillo», en palabras del señorito. Año tras año, Navidad tras Navidad, Dolores y su familia se conformaban con burlarse de las pintas de don Cristóbal y su bastón y con sacrificar y desollar al pobre choto escogido, que luego se cocinaba para el señorito con mimo, tiempo y mucho vino blanco.

Si tuviera que elegir una sola, Dolores sin duda afirmaría que la época más dura era la Navidad. Pasaban penurias todo el año, pero no le dolían igual que cuando tenía que sacrificar a la mejor cría de las cabras que ellos mismos cuidaban y mantenían para dar de comer al señorito y tenía que dejar a sus niños sin festín para la cena de Nochebuena. Sin embargo, nadie sabía que aquel año ella tenía un as en la manga que no pensaba desperdiciar.Todo empezó una tarde de primavera en la que Juan entró en la cocina temblando y lívido como el papel. Juan era el cuarto de los hermanos, solo mayor que las gemelas, y hasta que no contara con algo más de edad, músculos y fuerza no sería de mucha ayuda en el campo, por lo que solo echaba una mano en la temporada de la aceituna. Durante el resto del año, Juan era el encargado de sacar a las cabras a pastar, cuidarlas y ordeñarlas para tener leche. Esa tarde, cuando ya volvía a casa con las cabras después de haberlas dejado pastando toda la mañana, observó que una de ellas tenía las patas temblonas y apenas se mantenía en pie. Poco después, otras dos empezaron también con los síntomas y terminaron, para su horror, vomitando poco antes de llegar al corral. Juan comenzó a llorar desesperadamente. Las cabras se iban a morir por su culpa y el señorito le regañaría a él, no quedaría ni una viva, se iban a quedar sin leche, y eso que él las cuidaba bien, mejor que bien, no les quitaba ojo ni un momento… Sí, era cierto, solo se había entretenido un rato contando las hormigas que salían de un agujero para buscar comida, pero no había sido nada... Entre pucheros y lágrimas, sollozos y quebrantos, Juan ya imaginaba terribles escenarios con trágico final y en los que todos, sin excepción, aparecía don Cristóbal con su bastón en alto frente a él. Dolores detuvo sus lágrimas de inmediato («¿qué te tengo dicho de llorar?, ya está bien, que esta mañana ya te has lavado los ojos, así que ya puedes parar»), aunque no logró lo mismo con sus sollozos desconsolados. Una vez llegaron los dos al corral, ella misma pudo comprobar que, efectivamente, las cabras no tenían buen aspecto. Dejó a su nieto un momento al cuidado de las cabras y le dijo que no se moviera, que volvería en seguida. La abuela tenía que comprobar una cosa. Cuando llegó a la orilla del río vio que había unos arbustos mordisqueados que ella ya conocía de cuando su padre era cabrero. Una vez de vuelta, Dolores tranquilizó a su nieto y le dijo que no se preocupara, que las cabras se habían emborrachado con una planta, la de los frutos negros como moras, pero que los síntomas desaparecerían sin problemas al día siguiente. Y así fue para alivio del pobre Juan, que ya veía a sus cabras muriendo entre horribles dolores y su propia cabeza rodando a causa de la furia de don Cristóbal. Lo que Juan no sabía era que su abuela había arrancado una rama de aquel arbusto y la escondía en el bolsillo de su delantal mientras acariciaba la cabeza de su nieto y una idea tomaba cuerpo y aroma.

Aquel año, don Cristóbal había escogido, cómo no, a la mejor cría de la mejor cabra que tenían. Sole la había bautizado como Blanquita por la mancha que tenía en el lomo, aunque Dolores estaba harta de decirles que no les pusieran nombres, que luego se encariñaban y el desprenderse de los animales les costaba solo lágrimas y disgustos. Blanquita vivía ajena a su horrible final entre cabezas de ajo y vino blanco, y los niños ya empezaban a asumir que ese año sería el plato fuerte de la cena de Nochebuena del señorito. Sin embargo, nadie sabía que Dolores guardaba en un tarro de la despensa unas hojas secas machacadas de una rama que cogió una tarde de primavera.

La víspera del 24 de diciembre, una sombra le tendió a la inocente Blanquita un cuenco de leche adulterado con una cucharadita de las hojas de aquel tarro escondido, y esa misma mañana la pobre cabritilla no podía ni tenerse en pie. Cuando llegó el momento del sacrificio, Dolores certificó que aquella cabra no podía comérsela el señorito, no podían envenenarlo, dónde iba a parar, y se deshizo en penas y desgracias delante de don Cristóbal, qué lástima de choto, mírelo, era el mejor de todos, ¿cómo había podido suceder?, pero había riesgo de que se envenenara la familia, no había nada más que verla, pero si aun así lo querían... O, quizás, podían contentarse con algún otro, aunque claro, podían estar enfermas todas las cabras y aún no habían empezado los síntomas, nadie podía saberlo… Don Cristóbal la echó sin miramientos soltando injurias por la boca. ¡En el día de Nochebuena, vaya faena!, ¡si es que no servían ni para cuidar de las cabras!, ¡más les valía que no le sucediera a ninguna otra o habría consecuencias!, ¡ahora tendrían que conformarse con un pollo en Navidad!, ¡en Navidad, qué desgracia!

Horas más tarde, Dolores volvió al corral con su hijo Miguel y vieron a la dulce Blanquita saltando y corriendo junto con sus hermanos, fresca y lozana. Dolores sonrió, feliz Navidad y, evitando las preguntas y las miradas inquisitivas de Miguel, le ordenó que la sacrificara. Esa Nochebuena, ante su enorme sonrisa de felicidad y al amparo de villancicos y alguna que otra botella de anís, los que cenaron choto al ajillo y vino blanco fueron su hijo y sus nietos.

CAPÍTULO 5

Alicia notaba la emoción contenida de Soledad en sus pasos intermitentes, apresurados, vestidos de tacón bajo azabache, de ritmo constante impreso en una sonrisa que no dejaba de esbozar a carboncillo en su rostro. Lo notaba en cómo agarraba el bastón con manos temblorosas, ese bastón de mango elegante, dorado y con ramas de olivo que crecían hasta la empuñadura, el mismo que siempre descansaba a diario en la entrada de su pequeño apartamento a la espera de algún acontecimiento especial que nunca parecía llegar. Sin embargo, aquel día Soledad decidió que ya era hora de que las ramas de olivo se desperezaran con la luz del sol y brillaran como si de oro hubieran nacido. También era palpable en el collar de perlas que adornaba su garganta, a juego con unos zarcillos y con el fuerte latir que sentía en el pecho. Traje de falda y chaqueta de un tono parecido al de la arena de un desierto al ocaso completaban el marco de una tarde de rayos de sol de acuarela sobre un cielo que comenzaba a oscurecerse a pesar de que las manecillas aún no habían descansado siquiera en los bordes del reloj.

Cogida del brazo de Soledad, Alicia maridaba la sonrisa de su acompañante con la suya propia al ver la felicidad que derrochaba por los cuatro costados y pensaba en las entradas que guardaba a buen recaudo en el bolso. Llegaron a la puerta principal del teatro con un par de decenas de pálpitos de tiempo por delante, pues Soledad era de esas personas que prefieren esperar pacientemente la llegada de algo en el sitio acordado y no soportaba la sensación de estar llegando tarde a conciencia. Un acomodador las guio hasta sus asientos de palco y les aseguró que no habían podido escoger otros mejores, «estas cosas hay que disfrutarlas como se merecen, ¿verdad, señoras? Desde aquí van a tener una perspectiva espectacular, y ya verán qué acústica, les va a parecer que el pianista está justo sentado aquí, a su lado, porque…». Soledad reía ante las zalamerías del muchacho, pero para Alicia todo a su alrededor había enmudecido de inmediato. No podía ser... No podía ser, pero... justo en el palco de al lado había un hombre maduro, bien vestido, traje oscuro cuya chaqueta descansaba ahora en el asiento, gemelos de plata que se ajustaba con aquel gesto, aquellas manos, mientras una muchacha mucho más joven reía alguna insensatez con un vestido demasiado ajustado, demasiado escote, demasiado... El corazón de Alicia se olvidó de funcionar, la sangre huyó de su rostro, y todo lo que ella tanto había luchado por olvidar volvió como un huracán para inundar el momento de un sabor amargo en el paladar. Y recordó, recordó las mentiras, las falsas ilusiones que se desintegraron como gaviotas en el viento, los papeles mojados que lloraron lágrimas de tinta con cumplidos vanos, los regalos que, lejos de agasajar, eran un recordatorio de lo poco que nunca le importó. Desvió la mirada, no quería comprobarlo, no quería saber si era él o no, se había jurado que no volvería a verlo, no quería saber nada, ya lo había superado, pero aun así... Sus ojos le jugaron una mala pasada y se desviaron, esquivos, hacia donde ella no quería mirar. Y entonces, solo entonces, se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento hasta ese preciso instante, cuando confirmó que no, no era él. Volvió a respirar, volvió a ser consciente del latido incesante de algo que trataba de escapar de su pecho y no le gustó percatarse de que no sabía si lo que sentía era alivio o decepción, si hubiera preferido que las cartas del destino le hubieran jugado una mala pasada y hubiera sido él de verdad.

—¿Estás bien, querida?

Soledad había visto perfectamente cómo su querida Alicia demudaba el rostro al ver la silueta del señor del palco contiguo, cómo sus manos habían comenzado a temblar al mismo ritmo que sus labios y cómo, finalmente, todo había vuelto a la normalidad cuando descubrió su rostro, no sin antes dejar entrever una sombra de lo que parecía desilusión en la mirada. Se había percatado de todo, desde los ojos abiertos como platos hasta la falta de aliento en los pulmones, pero no lograba comprender cuál había sido el detonante.

—Sí, Soledad, no te preocupes, solo ha sido un leve mareo. Qué buenos asientos, ¿verdad? Desde aquí vamos a poder ver perfectamente el piano, y la acústica me han dicho que es espectacular, he hablado con...

Soledad contuvo un suspiro de contrariedad. No era tonta, y sabía que Alicia estaba tratando de desviar su atención y liberar sus nervios sin dejar de hablar de cosas insulsas para no quedarse a solas con sus pensamientos. No sabía qué era aquello que la había perturbado tanto, pero sí era consciente de que había algo, una lágrima velada perpetua en la esquina de su mirada que no la abandonaba en ningún momento desde hacía unas semanas. A pesar de que la conocía desde hacía tiempo, había ciertos aspectos de su vida que aún ignoraba por completo, pero era demasiado discreta para preguntar y no quería meterse en asuntos ajenos que no le incumbían. Sin embargo, no le gustaba ver a Alicia así, con la mirada perdida cuando pensaba que nadie la observaba, con las comisuras de los labios cayendo en picado hacia un recuerdo que se anudaba a su sombra sin despegarse ni un ápice.

Las luces del teatro fundieron su luz poco a poco bajo los aplausos del público, dejando a un lado aquel incómodo momento para alivio de Alicia y para desazón de Soledad, que se prometió que trataría de cincelar de nuevo la sonrisa en el rostro de su querida muchacha. Por ahora, suspiró, volvió a sonreír y se concentró en el elegante piano de cola que el telón, al abrirse, dejaba entrever.

CAPÍTULO 6

Sangre. Todo lo que Dolores recordaba de su juventud era sangre, un manto rojo y espeso que la cubrió durante demasiado tiempo sin dejar que viera un resquicio de luz. La memoria de todo aquel periodo se desvanecía como humo entre los labios del fumador y se enredaba en las ramas de sus recuerdos despeinando las hojas de un libro que ella hubiera preferido quemar en la hoguera como una cruel inquisidora. Sin embargo, aunque el tiempo había emborronado la mayoría de aquellos recuerdos, alguno aún se quedaba enganchado como si de una cometa se tratase, ondeando al viento las lágrimas que una vez fueron presente y ahora resurgían de un pasado demasiado doloroso que, sin lugar a dudas, podría resucitarlas sin problemas en las cuencas de sus ojos.

Sangre. Todo comenzó una mañana en la que un fuerte dolor en el vientre la rescató de un sueño que no recordaba, y cuando sus pupilas se quisieron adaptar a la luz cegadora que penetraba sin piedad por la ventana, solo pudieron observar un enorme charco rojo carmín que empapaba su camisón y se extendía por las sábanas. No gritó, ella jamás gritaba ni perdía los nervios. Con el cuerpo temblando como una hoja a punto de caer a principios de otoño, se levantó y fue a lavarse en la tina. Se quitó el camisón, se lavó bien y se puso ropa limpia y unos paños para contener la hemorragia que aún no había parado. Quitó las sábanas y comenzó a lavarlas junto con el camisón en agua fría como un témpano de hielo, ahogando sus lágrimas a la vez que intentaba eliminar las manchas frotando como loca con una pastilla de jabón de sosa que encontró en su cómoda. No podía irse de allí sin dejar sus sábanas limpias oreándose en la mañana, ¿qué diría la gente si entraba y veía aquel despropósito? La vista se le nublaba de vez en cuando y los oídos le pitaban, pero no dejó de frotar hasta que vio aquel desastre desvanecerse con el agua. A duras penas salió al corral y tendió las sábanas, tensas, en las cuerdas, dejando que el viento las ondeara como banderas. Solo entonces salió a la calle, y lo único que recordaba a partir de aquel momento era a doña Encarnita, la vecina, acercándose con cara de horror hacia ella, gritando y haciendo aspavientos con las manos mientras ella se desvanecía en sus brazos rodeada cada vez por más gente. Pobre Lola, pobre Lolita...

Cuando despertó, lo primero que vio fue la cara de su Paco conteniendo las lágrimas con la figura de don Carlos Martínez, el médico del pueblo, a sus espaldas. Mucho antes de que él terminara sus explicaciones, llenas de términos vagos y eufemismos para no tener que verbalizar lo que nadie quería pronunciar en voz alta, ella ya tenía claro que había perdido a su primer hijo.

Llegó entonces una sucesión interminable de días llenos de condolencias, palabras vacías encadenadas a ojos empapados de compasión, miradas perdidas y explicaciones que tenía que relatar una y otra vez delante de alguna taza de café a las mismas vecinas de siempre. «Pobre Lola, pobre Lolita, estas cosas pasan, pronto tendrá otro hijo en sus brazos y se le olvidará todo...». Lo que nadie sabía era que nunca podría olvidar, nada podría llenar el enorme vacío que había dejado aquel día lleno de sangre, nunca podría sentir lo que hubiera tenido que sentir en su regazo si todo hubiera salido bien. Pero esos pensamientos solo pertenecían al silencio y a ella misma, solo a ella...

Pasó el tiempo, llegó otra primavera, otro invierno, y sintió de nuevo algo creciendo en su interior. Paco se ilusionó cuando ella le contó que tenía de nuevo un retraso, se abrazaron con los ojos empañados y se tomaron de las manos, sin palabras de por medio, sabiendo que debían ser cautos y no tentar a la suerte con demasiada felicidad. Sin embargo, ella sabía que algo no iba bien cuando la sangre brotó de nuevo, esta vez poco a poco y en días esporádicos. Volvieron así las lágrimas, la compasión y las miradas hundidas en el vacío. Ella perdió toda esperanza y se conformó con ser feliz con su Paco, los dos solos, no necesitaban a nadie más. Sin embargo, los susurros en el pueblo no dejaban de aumentar: para cuándo un bebé que bendijera a la pareja, para cuándo una risa de niño que alegrara las tardes, que inmortalizara su unión por los siglos de los siglos. Los consejos comenzaron a fluir a borbotones: rezos los domingos, rosarios, estampas de santos y velas encendidas que no impidieron una tercera mañana de sangre y sábanas tendidas antes de que nadie se percatara de que algo había pasado. Pobre Lola, pobre Lolita...

Paco callaba, pero ella sabía lo que pasaba por su mente. Sabía que quería un hijo más que nada en este mundo. Desde que eran novios y se comenzaban a coger de la mano a espaldas de todo, él ya soñaba con un vástago al que criar, un niño que tendría los ojos de ella pero la sonrisa de él, su timidez al hablar pero la tozudez de su novia. Por ello, aquellos días de sangre le hundieron en una tristeza de la que no sabía cómo salir, mientras un pensamiento la asaltaba de cuando en cuando a pesar de que él trataba de alejarlo sin remedio. Quizás jamás podría intentar buscar sus rasgos en un niño, quizás nunca tendría la oportunidad de reconocer la personalidad de su Lolita en un pequeño, su pequeño...

Para cuando habían perdido toda esperanza, Dolores comenzó a sentir de nuevo las náuseas matutinas y los mareos. No le dijo nada a nadie y esperó con paciencia a que la sangre volviera en cualquier momento y lo destrozara todo. Sin embargo, esta vez no ocurrió y su vientre creció durante nueve meses hasta que, al fin, un pequeño bebé rompió con su llanto endiablado el silencio de aquella casa en la que tanto tiempo había reinado. Miguel creció sano, fuerte, y Paco volvió a recuperar la alegría al comprobar que su pequeño no había heredado los ojos de su Dolores, pero sí su nariz o sus hoyuelos, o al reconocer que no tenía su timidez, pero sí su forma de reír, tan particular, como a pequeñas carcajadas. Y así enterró en el olvido los aciagos días de sangre.

Sin embargo, Dolores nunca pudo olvidar. El médico le dijo que, por las complicaciones en el parto y en los embarazos anteriores, no sería capaz de tener otro hijo. Miguel lo era todo para ella, pero el ser su único niño le recordaba una y otra vez todo lo que había pasado: la sangre, las lágrimas, los días de silencio y de certezas calladas. Pobre Lola, pobre Lolita... Dolores sentía que había hecho algo mal en la vida, quizá Dios la estaba castigando por algo, pero no tenía ni idea de qué cosa tan horrible podía haber hecho para merecer tanta sangre. Y así nunca dejó que nadie la volviera a llamar por ningún diminutivo. Renunció a ser Lola, a ser Lolita, y aceptó con resignación ser Dolores por el resto de sus días como recordatorio de todo lo que había tenido que sufrir y de los obstáculos que la vida le había puesto en su camino para llegar a ser la mujer fuerte que su pequeña familia necesitaba que fuera.

CAPÍTULO 7

Todo terminó un maldito día de noviembre. Noviembre, no podía haber sido otro mes. Uno con más vida, con más luz, con más verde en las calles en las que perderse, en las que olvidarlo todo, en las que calmar la impotencia que había sentido. No, había tenido que ser en un día gris mientras el cielo lloraba sus penas y derramaba sus desdichas sobre la cara de imbécil que se le quedó en aquel momento. Sí, porque no supo reaccionar. No supo sacar coraje y tirar para adelante, enfrentarse a él y preguntarle qué había sido todo, qué había sido aquello para él. Simplemente se quedó allí, muda, rígida, sin que su cuerpo pudiera responder. Y para cuando lo asimiló ya era tarde, ya había pasado el momento y todo había acabado. Cómo no, en noviembre...

Porque fue precisamente en noviembre cuando también se conocieron. Ella con luz en la mirada y ni un pliegue aún en la piel, él con más arrugas de expresión de las que le gustaría admitir y, desde luego, demasiadas estrías en el alma que ocultaba con buenas dotes de prestidigitador. Llovía, por supuesto, como presagio de lo que luego sería el resultado de todo, y ella luchaba contra las inclemencias del tiempo con un paraguas que, claramente, tenía la batalla perdida desde el mismo instante en que le colgaron una etiqueta de precio con una rebaja demasiado generosa. Sin poder evitarlo, el paraguas se volvió por completo a merced del viento y ella bregó en vano con todas sus fuerzas para tratar de recuperarlo. Las varillas se partieron, la tela cedió y calarse hasta los huesos le pareció una expresión que se quedaba corta para lo que ella estaba experimentando en aquel momento. Y de repente apareció. Nunca llegó a saber cómo y, cuando meses más tarde le preguntara entre confidencias, él sonreiría misterioso y evadiría la respuesta intentando mantener el rol de salvador de la chica desvalida que tanto le gustaba adoptar. Porque sí, él siempre sonreía. Aquella era su mejor baza y, por supuesto, era perfectamente consciente de ello.