Soledades / Primero sueño - Luis Góngora - E-Book

Soledades / Primero sueño E-Book

Luis Góngora

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Beschreibung

Soledades de Góngora y Primero sueño de sor Juana son los dos grandes epítomes líricos del barroco hispano. Si bien similares en forma, sus temas no podrían ser más dispares: mientras que Góngora evoca una edad dorada "un universo bucólico idealizado", el poema de sor Juana está más emparentado con la Ilustración, es un canto al conocimiento y la ciencia. Lo más destacado de esta edición es el estudio que acompaña a cada poema: una guía de lectura para las Soledades escrita por Antonio Carreira y una invitación a la lectura del Sueño escrita por Antonio Alatorre.

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Seitenzahl: 168

Veröffentlichungsjahr: 2013

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LUIS DE GÓNGORASoledades

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZPrimero sueño

BIBLIOTECA UNIVERSITARIA DE BOLSILLO

Luis de Góngora

Soledades

Edición deANTONIO CARREIRA

Sor Juana Inés de la Cruz

Primero sueño

Edición deANTONIO ALATORRE

Primera edición (Tezontle), 2009Segunda edición (Biblioteca Universitaria de Bolsillo), 2010Primera edición electrónica, 2013

D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-1733-0

Hecho en México - Made in Mexico

SUMARIO

Prefacio

Las Soledades: guía de lectura, por Antonio Carreira

SOLEDADES

Invitación a la lectura del Sueño de sor Juana, por Antonio Alatorre

PRIMERO SUEÑO

PREFACIO

Al parecer, es esta la primera edición conjunta de las obras maestras de Góngora y sor Juana, a pesar de que el título de la segunda invitaba a tener cerca la primera, a fin de precisar hasta dónde llega la imitación y en qué consiste la novedad. Alguna vez se ha acusado al parecidismo de vicio crítico o muestra de pereza mental. No se ha dicho tanto que suele serlo también la postura contraria, aquella que, ante dos cosas similares o emparentadas, afirma que no pueden ser más dispares. Sor Juana confiesa la imitación, Méndez Plancarte la confirma en el nivel métrico, versal, incluso imaginativo, así que no hay por qué dudar: sor Juana admiraba las Soledades de Góngora y las tomó por modelo. Un antiguo catador, el P. Calleja, ya advierte que el asunto del poema gongorino estaba medio poetizado, lo que no es el caso del Primero sueño, donde sor Juana se propuso expresar, entre otras cosas, lo mucho que sabía, lo enterada que estaba de la ciencia de su tiempo. Cabría decir, con algo de hipérbole, que el Primero sueño, en cuanto al contenido, pertenece a la Ilustración, es uno de esos poemas cuasi-didácticos que podría haber firmado, por ejemplo, el P. Feijoo, si hubiera tenido más trato con las musas. Al menos es cierto que en él se respira un aire nuevo, ya que no de otros planetas, pero no se debe olvidar que su forma es cosa del pasado, como lo serán un siglo después las formas musicales usadas por Bach, y a su dominio deben uno y otro lo mejor de su obra. Ambos casos constituyen, pues, una despedida, una gran traca final de mundos estéticos en declive o ya periclitados.

Al admirar e imitar las Soledades gongorinas, sor Juana demuestra que su ingenio y su sensibilidad van a la par, son dos caras de la misma moneda. Sin embargo, no es ese poema el más afín del suyo, sino tal vez el Panegírico al duque de Lerma, un poco posterior y compuesto no en silvas sino en octavas reales. En él Góngora, como sor Juana, hubo de dominar una materia rebelde, mucho menos preciosa y maleable que la vida natural: la vida histórica. Pero también hay algo de eso en las Soledades, y acaso sea lo que más incitó el numen de sor Juana: el epilio de la primera, vv. 366-502, es un canto a los descubrimientos, empezando por la brújula, una condena a la Codicia, impulsora de las navegaciones y conquistas, presentadas, a pesar de su móvil, como hazaña prodigiosa, digna de todo el ornato cósmico y mitológico, ni más ni menos que lo son los búhos, las lechuzas y los murciélagos evocados por sor Juana al pintar la noche.

Los dos poetas, hijos de épocas tan distintas y que el término barroco uniformiza mucho más de lo deseable, se dan la mano por encima de casi un siglo y manifiestan el mismo semblante jánico: entusiasmo por la ciencia, honor del ser humano, y a la vez nostalgia por las formas y los maestros del pasado: la devoción de sor Juana por los poemas homéricos y gongorinos equivale a la de Góngora por Horacio, Virgilio, Ovidio o Garcilaso. Los textos se forman entrecruzando hilos diversos procedentes de ovillos muy lejanos. Si son varios y fuertes los que llegan de las Soledades al Primero sueño, de este puede salir uno tenue que recoge, por ejemplo, Juan José Domenchina, español refugiado en México, en unas cuantas décimas de su libro Destierro (1942), en las que parece haber meditado largamente sobre el fenómeno descrito por sor Juana. Sirvan dos de ellas como cierre de este prefacio y muestra de intertextualidad, si no de poligénesis:

Es vivir de otra manera—no es morir— estar dormido.Nacen un nuevo sentidoy la verdad verdaderaen la pausa duraderadel sueño, que corroboraeste existir sin demoray racional —artesanodel instante—, ¡tan humanoque todo lo humano ignora!

…Pero siempre el despertares un asombro. La vida,aun de noche, está encendidapara el lúcido mirar.Le gusta desparramarla opulencia de las cosas,sus presencias jubilosas,que de día son derrochey que ocultan por la nochesus vigilias laboriosas.

A. A. y A. C.

LAS SOLEDADES: GUÍA DE LECTURA

Las Soledades son la sinfonía inacabada de Góngora (1561-1627), porque su autor sólo llegó a componer dos de las cuatro partes proyectadas, y porque la segunda está asimismo incompleta; una sinfonía, como tantas otras, precedida de una introducción breve y solemne, que es la dedicatoria, cuyos cuatro versos iniciales exponen el tema principal. Pero aun inacabada, para muchos es la obra maestra, y la más dificultosa, del mayor poeta de nuestra lengua. Lo fue ya para sus contemporáneos, que le dedicaron desde muy pronto comentarios cuajados de erudición, y la envolvieron en controversia. El poema cruzó los mares y suscitó réplicas e imitaciones: la más célebre y valiosa, como es sabido, el Primero sueño de sor Juana, a casi ochenta años de distancia.

Escritas en su mayor parte entre 1613 y 1614, cuando el poeta vivía en Córdoba, de cuya catedral era racionero, las Soledades circularon con profusión en distintas versiones manuscritas mucho antes de estamparse por vez primera en 1627 en la llamada edición de Vicuña. El poema se dirige a un lector culto y nada convencional, capaz de aceptar por igual audacias de forma y contenido inusitadas en su tiempo: un lenguaje exquisito, plagado de alusiones mitológicas como destellos, a la manera de Píndaro o Licofrón, sintaxis latinizante, cultismos de varia índole, la misma extensión de la silva que rebasa los dos mil versos y llega a presentar rimas muy distantes; todo ello, por si fuera poco, destinado a pintar un mundo rústico y pedestre, de campesinos y pastores en la primera parte, de pescadores y cazadores en la segunda, no podía menos de escandalizar a los espíritus más conservadores, quienes veían conculcadas las normas vigentes: para temas rastreros estaba el sermo humilis, no las galas y los artificios de la épica.

Góngora, pues, fue un infractor, un rebelde que acabó por renovar el lenguaje poético de su tiempo, heredado de Garcilaso y Herrera, pero llevó a cabo su tarea con elementos suministrados por la más rancia tradición: la poesía grecolatina y sus derivados italianos. Lo suyo fue abrir caminos, incluso en el teatro, no recorrerlos hasta el final. De ahí su enorme influencia en la literatura de todo el siglo XVII, desde Villamediana a sor Juana, pasando por todos los demás, sin excluir a sus enemigos, ni a poetas de otras lenguas como italianos, portugueses y brasileños. Una influencia que, si fue benéfica en el verso, acaso fue perjudicial en la prosa, porque impidió que la llaneza cervantina, tan preñada de futuro, tuviese descendencia. Pero Góngora, obviamente, solo es responsable de la altísima calidad de su obra, no de sus usos, abusos y secuelas, que algunos extienden hasta la sequía literaria del XVIII.

Así como en el ápice del siglo de oro fue común saber de memoria a Garcilaso, pionero de la poesía moderna en castellano, también se llegó a memorizar mucho de Góngora (ejemplo, el joven Salazar y Torres) y sus versos esmaltan relatos, poemas y comedias, y dan pie a glosas y comentarios, hasta muy tarde. Pasado el eclipse neoclásico y recuperadas la figura y obra de don Luis, sobre todo a partir de la edición de Foulché-Delbosc (1921) y de los trabajos de Alfonso Reyes, Dámaso Alonso y otros, Góngora fue saliendo del purgatorio, y no faltó quien, fascinado por la musicalidad de su verso, memorizara las Soledades: así un camarero amigo de García Lorca, que las habría recitado ante el propio don Dámaso.

Semejante acto de fe recuerda a T. S. Eliot, para quien la fruición de la poesía no requiere una comprensión total, ya que el verso es lo más próximo al misterio de la música, cuya esencia nadie ha podido aún definir satisfactoriamente. Cuando uno se asoma a los testimonios que nos han transmitido la obra de Góngora, tan llenos de gazapos de muy diversa naturaleza que los mencionados en el poema (I, 306 y II, 279), se asombra de que haya podido suscitar tal entusiasmo, a menos que derivase de un fenómeno similar al del amigo de Lorca, o del propio Lorca, cuya lectura de Góngora tampoco es muy ortodoxa. De ahí que un poeta duro de oído, como Unamuno, confesara sentir mareo ante las Soledades que podía leer a comienzos del siglo XX, aunque él atribuyera al poeta culpas ajenas.

Por fortuna, después de las ediciones de Dámaso Alonso y Robert Jammes, hoy disponemos de un texto de las Soledades mejor incluso que el que pudo revisar el propio Góngora en Madrid tras adquirir un cartapacio con sus obras: prueba de ello son los deslices que el poema presenta en el manuscrito Chacón (el todos de I, 4, sin ir más lejos, o el Sol de II, 67). Estamos, pues, en condiciones óptimas para realizar el experimento de leer las Soledades tal como las leyeron nuestros antepasados, aunque sin los lugares oscuros o invadeables que ellos hubieron de afrontar, y sin que el recurso a notas aclaratorias interrumpa el fluir sonoro.

Claro es que Góngora escribía «no para los muchos», y que la cultura humanística de sus escasos destinatarios era más próxima a la del poeta que a la nuestra. Pero esa desventaja se compensa porque nuestro texto está más depurado y mejor puntuado. Podemos, pues, escuchar la música gongorina sin interferencias de ningún tipo, aunque con ocasionales pasajes de sombra en la comprensión, exactamente igual que cuando escuchamos un Lied, una obra coral o una ópera. Frente a la afirmación de que estos versos no significan nada, que son nihilismo poético, según dictaminó Menéndez Pelayo, quien en su tiempo era el mejor preparado para comprenderlos, hoy sabemos que las Soledades tienen un argumento que se puede seguir sin mayor dificultad, y que en ellas no hay una sola palabra ociosa: como en todo buen poema, antes falta que sobra, y si algo falta lo pone el lector, igual que cuando lee a Píndaro o a Horacio, lo cual no es la menor parte de su disfrute. Lo único que necesita recordar es que la lengua de Góngora, aun siendo similar a la nuestra, incluso precursora y causante en buena medida de que la nuestra sea como es, se rige por sus propias normas, requiere que nos abandonemos a ella, que nos dejemos llevar, como por la música, y lo que parece críptico en principio, según el poema avanza, se va haciendo inteligible, gracias precisamente a procedimientos que tienen mucho en común con los de la composición musical.

Veamos ya algunas de esas características de la lengua gongorina, varias de las cuales comparten autores coetáneos. En el plano fonético, Góngora conserva todavía la aspiración de h- procedente de f- inicial latina, que impide la sinalefa: en tiempo hará breve (Ded., 14), restituir le hace a las arenas (I, 36), que hace hoy a Narciso (I, 115), y lo mismo en otras flexiones del verbo: hacer (I, 221; I, 783), hizo (I, 264; II, 771), hecho (I, 400; II, 147), haga (II, 154), haciendo (II, 502). Pero, consciente de que en otras regiones la aspiración se había perdido o era fluctuante, admite excepciones: que hacían desigual, confusamente (I, 43), de los caballos ruda hace armonía (II, 736), número y confusión gimiendo hacía (II, 806). Lo mismo sucede con el verbo hallar: cuando halló de fugitiva plata (I, 472), en su madre se esconde, donde halla (II, 964); en cambio, sin aspiración: la sangre halló por do la muerte entrada (II, 487); en tanta playa halló tanta rüina (II, 511). Otros verbos aspirados son huir (II, 394 y 913) e hilar (II, 343 y 437); no aspira herrar (I, 912) y vacila en herir: una herida cierva (I, 1043), montes de espuma concitó herida (II, 489), pero: el cabo rompió, y bien, que al ciervo herido (II, 497). Entre los sustantivos, presentan aspiración hijo (I, 506 y 517; II, 642) e hija (I, 1090; II, 88 y 978), así como hoja (I, 174; II, 593), hacienda (I, 500), hado (II, 122), humo (I, 1083; II, 729) y el adjetivo humosos (I, 167). Se aspira hermoso en I, 517 y 877, y se vacila en el sustantivo: para su hermosura (II, 668), frente a: la vista de hermosura, y el oído (I, 269), merced de la hermosura que ha hospedado (I, 344). No obstante, a efectos prosódicos, la sílaba tónica inicial en varios de los términos citados habría impedido también la sinalefa, aunque la h- no se aspirara (cf. infra).

En el plano léxico hay alomorfos hoy insólitos, unas veces por cultos y otras por vulgares, algunos de los cuales podrían no ser imputables al poeta: robre (Ded., 17; I, 101 y 142; roble en I, 1005), engazar (I, 206 y 789), monstro (I, 375; II, 509), bueitre (I, 440 y 502), húmido (I, 478), guloso (I, 495 y 873), pénsiles (I, 720), vírgines (I, 753), añudando (I, 763), Etïopia (I, 785; suele rimar con copia), fragrantes (I, 923), invidia (I, 928), prora (II, 64), proprio (II, 131; pero propias, II, 954), anea (II, 255), escurecer (II, 261), safiro (II, 613; frente a zafiro, I, 6), esgremir (II, 840), cosario (II, 960); en Ded., 24 no parece justificada la forma zanefa que presenta algún testimonio. Como antes se dijo, Góngora usa mucho el llamado cultismo de acepción, es decir, un término que recupera su significado etimológico, latino o italiano, sin perjuicio de mantener el normal cuando convenga: impedir ‘ocultar’ (Ded., 5, cf. infra; I, 284; II, 672 y 681, frente a ‘detener’, I, 238 y II, 382); copia ‘abundancia’ (I, 203; pero copia ‘pareja’, por italianismo, I, 298); infamar ‘dar mala fama’ (I, 438), incluso ‘manchar’ (II, 885); traducir ‘trasladar, conducir a través’ (I, 493; II, 32); palio ‘premio’ (I, 568, 1037, 1065); adusto ‘moreno, tostado’ (I, 668; ‘enjuto’, I, 1012, 1022); revocar ‘volver’ (I, 846); numerosamente ‘cadenciosa, rítmicamente’ (I, 890), como números ‘versos’ (II, 181, 536 y 634) y numeroso (II, 629); neutro ‘indeciso’ (I, 1065); ya ‘en otro tiempo’ (II, 403, 459, 944); reducir ‘reconducir, llevar’ (II, 675); genitivo ‘engendrador’ (II, 726); insultar ‘acometer, asaltar’ (II, 778 y 876). Luego están palabras que hoy no se usan o tienen otro sentido: ministrar ‘servir’ (I, 7); ferro ‘ancla’ (I, 60); fortuna ‘naufragio, infortunio’ (I, 63; II, 122); gitano (< egiptano) ‘egipcio’ (I, 111); recordar ‘despertar’ (I, 176 y 705; II, 393); capilla ‘coro’ (I, 557); pobos ‘chopos’ (I, 575); bengala ‘bengalí’ (I, 667); hibleo ‘del monte Hybla, en Sicilia’ (I, 804); Lïeo, ‘Baco’ (I, 830); apetito ‘condimento rebuscado’ (I, 866); regalar ‘derretir’ (I, 872); trepar ‘arrojarse, voltear’ (I, 1017); ancón ‘cala, ensenada’ (II, 45); coya ‘princesa’ en el imperio inca (II, 66); plancha ‘tabla que sirve para abordar un barco o desembarcar’ (II, 208); livor ‘color cárdeno’ (II, 688); doral ‘garceta blanca’ (II, 834); cuchillo ‘pluma larga’ (II, 840).

Pocas anomalías se dan en el plano morfológico: entrar como transitivo (los novios entra en dura no estacada, I, 1088); también huir: que huyendo la Aurora / las canas de Titón (II, 394-395); conduzgan (I, 808), conduzgo (II, 544); oya ‘oiga’ (II, 174); caya ‘caiga’ (II, 802). El retrocedente de II, 16 parece hápax del ms. Chacón, pero no se debe excluir que así lo dijera Góngora, como precedente y otras formas donde se esperaría que la e tónica diptongue y no lo hace, o al revés (concurrientes, II, 254). En el plano sintáctico, la construcción ser + a recuerda el esse latino con dos dativos, ‘servir de’: fue a las ondas, fue al viento (I, 12): ‘sirvió a las ondas y al viento’; delfín no fue pequeño / al inconsiderado peregrino (I, 18-19), ‘sirvió de delfín capaz al imprudente peregrino’; al curso de Atalanta / fueran dorado freno (I, 863-864), ‘que podrían servir de manzanas de oro a la carrera de Atalanta’. Los sustantivos femeninos que comienzan por a tónica son susceptibles de llevar artículo de uno y otro género, según convenga: el ave (I, 28 y 652), pero la ave (II, 271); el alba (I, 179 y 482), pero laalba (I, 147; II, 29); el agua (II, 58, 196, 349, 490, 530 y 594), pero la agua (I, 676); el asta (II, 492), pero la asta (Ded., 21). El uso sintáctico más frecuente, entre los que se apartan del actual, es la pasiva + de, en lugar de por, fórmula que a causa de la polisemia de aquella preposición ocasiona algunas perplejidades: oh tú que de venablos impedido (Ded., 5, si se acepta que impedido de significa ‘oculto por’, no en cambio si se entiende ‘cargado de’); del eco repetido (Ded., 9); libertad de Fortuna perseguida (Ded., 34); …impedido / de canoro instrumento que pulsado / era de una serrana… (I, 238-240); …conducida / de su madre (I, 287-288); de la cansada juventud vencido (I, 339); admirado no menos / de los serranos (I, 357-358); áspides volantes… / de caribes flechados (I, 419-421); la cabeza, del norte coronada (I, 427); ofendido… / del hierro agudo (I, 689-690); del clavel procura, acompañada (I, 744); la arena, de las ondas repetida (II, 195); seis chopos, de seis hiedras abrazados (II, 328). También triunfar se construye con de (I, 687-688).

En el plano retórico Góngora destaca por su prodigiosa imaginación, que lo lleva no solo a usar símiles y metáforas que sorprendieron por su elegancia y novedad, sino algo más complejo y peculiar: el concepto, esa criatura retórica cuya naturaleza había de explorar Gracián en su Agudeza y arte de ingenio (1642 y 1648). No vamos a entrar en ello, porque en tal dominio lo único privativo de Góngora es la maestría. Solo destacaremos el acusativo griego: mudo sus ondas cuando no enfrenado (I, 242); cien aves… / tafiletes calzadas carmesíes (I, 316-317); la Primavera, / calzada abriles y vestida mayos(I, 576-577); láminas uno de viscoso acero / … el duro lomo / … / vestido (II, 473-476); marino dios que, el vulto feroz hombre, / corvo es delfín la cola (II, 464); tras la garza, argentada el pie de espuma (II, 749); el sacre, las del noto alas vestido (II, 750); mientras, desenlazado la cimera / … / a un girifalte (II, 904-906). También la fórmula A si no B y sus distintas modalidades: trofeo ya su número es a un hombro / si carga no y asombro (I, 307-308, aquí superpuesto a ser + dativo); …si de leño no, de lino / fábrica (II, 78-79); oh del ave de Júpiter vendado / pollo, si alado no lince sin vista (II, 652-653). Asimismo frecuente es la hipálage, o trueque de atributos: montes de agua y piélagos de montes (I, 44); las aves / (esquilas dulces de sonora pluma) (I, 177); bajaba (entre sí) el joven admirando / armado a Pan o semicapro a Marte (I, 234); si Aurora no con rayos, Sol con flores (I, 250, con la fórmula Si no A, B); mientras coronan pámpanos a Alcides, / clava empuñe Lïeo (I, 829-830); sino en vidrio topacios carmesíes / y pálidos rubíes (I, 870-871); surcar pudiera mieses, pisar ondas (I, 1032); …coronado / de blancas ovas y de espuma verde (II, 24-25); seis hijas… / del cielo espumas y del mar estrellas (II, 214-215); cazar a Tetis veo / y pescar a Dïana en dos barquillas (II, 419-420). Entre los manierismos de Góngora se encuentra la sinécdoque, figura que, como ha señalado Jammes, le permite ir a los orígenes de las cosas para resaltar su historia y sus peculiaridades: leño ‘barco o navío’ (I, 21, 127, 430; II, 374, 549, 675) es la más socorrida, aunque en una ocasión su sentido sea ‘caballo de Troya’ (I, 378), y en otra ‘asta de flecha’ (II, 848); pero puede mantener el significado y variar el tenor: haya (I, 375), pino (I, 467; II, 32), robre (II, 106, 384); fresno, si torneado, ‘cuenco’ (II, 347), si no, ‘venablo’ (Ded., 13; II, 483), como abetos (II, 503); también el boj designa un ‘cuenco’ (I, 45), pero dentado,