Soles de Mistefure - Erick Bello Urbina - E-Book

Soles de Mistefure E-Book

Erick Bello Urbina

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Beschreibung

En un mundo donde los árboles han dejado de cantar, donde las raíces tiemblan bajo el peso del olvido, nace una guardiana llamada Sheebaah. Desconfiada, feroz, hija de la naturaleza. Los dioses están dormidos en el silencio, pero la brisa lleva su nombre hasta Silán, un hombre sin pasado que despierta en el corazón del bosque. El destino de Sheebaah y Silán queda mágicamente unido por un huevo dorado. Los ecos marinos anuncian un cambio. Proteger la vida es un acto tan antiguo como la primera semilla. La naturaleza siempre recuerda.

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Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Soles de Mistefure

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Diciembre 2025

© Erick Bello Urbina

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Camilo Palma

Corrección de textos: Gabriela Balbontín

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6420-56-9

ISBN digital: 978-956-6420-77-4

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

*

En un bosque que ya no canta y donde las raíces tiemblan bajo el peso de lo olvidado, Silán camina sin memoria, pero con una herida que no es solo suya. A su lado, Sheebaah —guardiana, arquera, portadora de un huevo que late como un corazón ancestral— atraviesa caminos velados por el silencio y la culpa.

Pero el bosque no duerme. Respira. Y recuerda.

Cada paso de los viajeros despierta ecos antiguos: pactos rotos, espíritus olvidados y un resplandor que no guía… llama.

El lamento del bosque no es solo el inicio de un viaje. Es el susurro de un mundo que aún puede sanar si se atreve a recordar.

Un canto de raíz épica y alma poética, donde la fantasía se entreteje con lo íntimo, lo sagrado y lo inevitable.

El llamado del bosque

Aldea. Tercer sol de Nárlitu. Ciclo 880. Pasado.

En los bordes de la aldea, donde las casas se vuelven tímidas y los árboles recuperan su voz, un niño recoge ramitas. Su padre le ha enseñado a buscar solo lo caído, nunca romper lo vivo. “Si algo está en el suelo, es porque ya ha cumplido”, le dice. El niño, sin comprender del todo, obedece.

Esa tarde, los ancianos se han reunido como de costumbre, rodeando la hoguera que crepita con ramas secas y leyendas viejas. Uno de ellos, de barba como musgo y voz de piedra húmeda, habla del bosque.

—Dicen que, a veces, en lo más profundo, aparece un resplandor como un suspiro que no encuentra pecho donde descansar. Algunos aseguran que es el bosque pidiendo ayuda. Otros que es un espíritu que aún no ha olvidado cómo llorar.

El niño escucha. No juega. No habla, dejando que cada palabra caiga en su interior como una hoja que se posa sin hacer ruido, pero cambia la forma del suelo.

—¿Y alguien lo ha visto? —se atreve a preguntar, apenas en un susurro.

Los ancianos se miran entre sí. Algunos niegan con la cabeza. Otros simplemente miran el fuego, como si no quisieran recordar.

—Solo los puros —dice el más anciano—. Solo los que aún no han roto nada.

El niño baja la mirada y acaricia una de las ramitas que ha recogido. Es liviana, pero en sus manos parecía importante.

Poco después, el grupo se disuelve. Las sombras se alargan. Las voces se apagan. Y él se queda sentado junto al fuego, absorto en las historias de los sabios.

La mañana siguiente, el humo del pan se mezcla con la bruma de la mañana. En la aldea, los hornos comienzan a exhalar sus primeros suspiros, y el aire sabe a leña, harina tostada y un algo más: calma vieja, como si ese lugar hubiese aprendido a vivir en la orilla del tiempo.

Los niños corren entre las casas de madera crujiente. Uno de ellos tropieza con una gallina y cae, soltando una carcajada que se pierde entre el murmullo de las ramas. Las mujeres amasan con las mangas arremangadas hasta los codos, y sus dedos cubiertos de harina parecían conocer un ritmo heredado más que aprendido.

El niño que ha quedado absorto en las historias de los ancianos la noche anterior, parecía distante. Camina entre las casas con una cesta de ramas secas recogidas al amanecer. Se detiene a observar los brotes nuevos, los árboles jóvenes, el color de los musgos. Como si oyera algo en las cosas que aún crecen.

En la plaza central, donde el suelo ha sido allanado con más pasos que herramientas, un grupo de hombres discute. El nuevo jefe de la aldea, de mirada intensa y manos grandes como para empujar decisiones, habla con vehemencia:

—No podemos seguir viviendo con miedo a unas ramas. El bosque se extiende, y nosotros no. Eso debe cambiar.

—Los límites existen por algo —responde un anciano, uno de los pocos que recuerda los soles de antes. Su voz es como la corteza: firme, pero agrietada.

—Los límites los pusieron quienes temen crecer —insiste el jefe—. El invierno será cruel. Necesitamos madera, un lugar. ¿Vamos a dejar que unos cuentos de viejos nos impidan proteger a los nuestros?

Algunos asienten. Otros dudan. El niño de las ramas escucha desde lejos. En su mirada hay una pregunta que nadie se ha hecho: ¿Qué perderemos si cruzamos?

Esa noche, hay cena comunitaria. Las mesas se llenan de panes calientes, sopas espesas y vino agrio que calienta las mejillas. Ríen. Cantan. Fingen que no hay sombras acechando en el borde del bosque.

Pero él las ve. Cuando la risa cesa para dar paso a una historia contada por un anciano, el pequeño se gira. Allí, donde las casas se vuelven más bajas y los árboles más altos, una figura se mueve entre los troncos. No lo anuncia. Se queda mirando al bosque. Como si el follaje estuviera a punto de contar una historia de la que él quisiera ser parte.

Un bosque nace

Despertar del Primer Bosque. Aún sin sol.

Al principio, todo era silencio y vacío. La tierra yacía desnuda bajo cielos sin pájaros, y un calor antiguo pulsaba en las entrañas del mundo. No había verde, ni canto de criatura alguna. Solo rocas calcinadas y ríos de fuego lento surcaban la superficie, iluminando con fulgor anaranjado un horizonte sin vida. El tiempo aún dormía: no existían los días ni las noches, solo un eterno crepúsculo rojizo.

Pero en aquel silencio primordial se alzó un suspiro. Un aliento fresco y compasivo atravesó el aire ardiente, trayendo consigo el primer atisbo de cambio. Dicen que fue el suspiro de una deidad antigua, harta del dominio estéril de la llama. Aquel suspiro se convirtió en viento. Y donde el viento tocó la roca, la enfrió; donde acarició la ceniza, dibujó suelo fértil.

Del centro mismo de la tierra, alimentada por ese viento piadoso y por lágrimas invisibles del cielo, germinó una semilla diminuta, oculta entre grietas ennegrecidas. Allí, en la soledad de ese mundo desierto, la semilla escuchó el llamado del viento y empezó a abrirse. De ella nació un brote pálido, tierno y frágil, que con cada instante cobraba fuerza.

Mientras las brasas de antiguos volcanes se extinguían bajo un nuevo soplo, aquel brote creció. Sus raíces exploraron la tierra recién humedecida, encontrando sustento en las cenizas de eras pasadas. Su tallo se irguió con determinación bajo cielos antes hostiles. Y ante la mirada sorprendida de un mundo que no conocía el color, el brote se transformó en árbol.

Era el Primer Bosque encarnado en un solo árbol, uno descomunal cuyas ramas se extendieron como brazos abiertos sobre la roca enfriada. Su follaje brotó verde y dorado, cubriendo el horizonte con un manto vivo. En sus hojas vibró el eco de un susurro: el anuncio de la vida. Las raíces de aquel árbol primigenio se hundieron profundamente, bebiendo de corrientes subterráneas liberadas por la compasión del viento. Cada raíz despertó a la piedra inerte, y donde antes había fuego estéril, empezaron a nacer musgos y helechos a la sombra del gigante.

Cuando la primera hoja cayó de sus ramas, no tocó suelo muerto: se posó sobre hierba. Porque alrededor del gran árbol habían brotado retoños y arbustos, humildes hijos de su savia. Allí donde la luz del fuego había reinado sin oposición, ahora danzaban motas de polen en rayos de sol suave. El aire, antes tórrido, se llenó de un aroma nuevo: verde, húmedo, prometedor.

La tierra exhaló. En esa exhalación se escuchó el primer canto del bosque: un murmullo de hojas que saludaban al cielo. Los ríos de fuego se habían convertido en riachuelos de agua tibia, serpenteando dóciles entre raíces. Y en el reflejo de esas aguas, la luz ya no era solo anaranjada, sino dorada y blanca, bendecida por un nuevo amanecer.

Así nació el Primer Bosque, en un mundo que descubría la vida. Sus sombras eran refugio en vez de amenaza, y su voz, un susurro acogedor en la inmensidad. Bajo sus ramas, el tiempo despertó por fin: el primer día empezó cuando una flor silvestre abrió los ojos a la aurora, y la primera noche llegó bajo la paz de su copa. Aquel bosque antiguo había arraigado en el corazón del mundo, llenándolo de esperanza. Y desde entonces, la memoria de aquel momento vive en cada hoja que brota, en cada semilla que busca la luz. Es la visión de un comienzo: cuando del silencio nació un verde latido que nunca más dejaría de sonar.

Despertar y encuentro

Bosque. Tercer sol de Nárlitu. Ciclo 897. Presente.

Cuando los cantos ya son susurros y las lanzas duermen bajo la nieve... alguien despierta.

El viento corre libre, haciendo bailar las hojas. Su tempo es dictado por la propia vida del bosque, y su final se anuncia en una cama frondosa de verdes y grises, adornada por pilares que se alzan hacia el cielo, como fractales queriendo tocarlo. En esa danza, algunas hojas revolotean formando círculos imperfectos, como aves pequeñas aprendiendo a volar. Su baile, sin embargo, termina de súbito, y una hoja danzante roza su nariz.

El contacto es tan leve como el aleteo de una luciérnaga, pero basta para que el vacío se resquebraje. Como si alguien encendiera una lámpara en la oscuridad más profunda, la primera sensación llega: el áspero tacto de la tierra bajo su espalda, el susurro del viento entre los árboles... y una sed que lo devora. Mucho tiempo ha pasado desde que algo lo conectara con el mundo.

Un calor comienza a recorrer su cuerpo. Primero siente los dedos de sus pies, que mueve lentamente. Luego nota cómo sus piernas recobran una fuerza dormida, aunque debilitada. Siente calor en su abdomen marcado por cicatrices: unas son advertencias a enemigos pasados, otras, recordatorios de su propia fragilidad.

Los músculos de sus brazos se activan, aunque nota que ha perdido fuerza. Cuando al fin logra controlar sus manos, se las lleva al rostro. Una hoja ha caído sobre su nariz. Siente un miedo creciente, pero se disipa al comprender lo ocurrido. Esa hoja ha interrumpido un letargo casi eterno, como si la naturaleza tuviera planes para él. Está despierto.

Bajo la luz difusa que se cuela entre las copas, emerge como esculpido en piedra antigua. Su piel, de tono profundo como la tierra húmeda tras la lluvia, está adornada por pinturas de guerra en blanco y verde que parecían haber sido trazadas por ramas vivas. Aunque antaño trazadas con precisión ritual, ahora se ven gastadas, como si el tiempo hubiese intentado borrarlas. Trenzas gruesas, recogidas con firmeza, coronan su cabeza. Su barba, salpicada de canas, no habla de edad, sino de tiempo vivido, de soles presenciados. Lleva una túnica ceremonial bordada en oro y esmeralda, con los bordes raídos por el paso del tiempo. Está sujeta por una capa de plumas y fibras vegetales que se abrazan a su espalda como si fueran parte de su cuerpo. Todo en él habla de un esplendor olvidado. Hay en él algo imposible de definir: la nobleza de un rey desterrado, la calma de un guerrero que ha dejado de pelear, y la promesa de un recuerdo que aún no ha vuelto.

Refriega sus ojos, parecidos a los de un lobo solitario. Levanta la vista y se ve en un claro rodeado de árboles que mecen sus ramas. “Tengo sed”, piensa preocupado. No sabe dónde está ni ve una fuente de agua cercana. Su mente divaga ante la posibilidad de deshidratarse, cuando de pronto, su intuición habla con claridad: “Usa tus sentidos”. No comprende de dónde viene esa voz ni por qué suena tan nítida. No parece su conciencia, sino algo externo guiándolo.

La necesidad de calmar su sed lo aparta de dudas. “¿Qué querrá decir con usar mis sentidos?”. Su vista no ofrece respuestas: solo árboles inmóviles, testigos silenciosos. Intenta escuchar, pero no oye nada más que el viento agitando hojas y ramas. Tampoco su olfato parece servir, aunque percibe fragancias del bosque que llenan su pecho. Las hojas parecen danzarle al oído, las cortezas contarle historias antiguas, y las raíces hablarle con orgullo.

Una intriga crece dentro de él. “El bosque me habló”, piensa perplejo, mirando los árboles en busca de una explicación. Cierra los ojos, ocultándolos como la luna tras un eclipse, y se concentra en su respiración. El aire llena sus pulmones y luego escapa hacia el cielo. Su pulso es sereno. La sangre fluye. Está vivo, y aunque tiene muchas preguntas, lo único importante es encontrar agua.

Finalmente lo oye. Es un murmullo similar al que se escucha al cubrirse la oreja con la mano, mezclado con el ruido de piedras golpeando una superficie. Un río.

No lo había notado: la espesura del bosque mantiene el ruido cautivo, como si fuera un niño. Pero ahora, puede oírlo. El bosque ha soltado al infante. Escucha unos minutos hasta que identifica la dirección. Se adentra entre la maleza. El lugar le parece familiar. Hay paz. Camina unos veinte minutos, confiado. De pronto, un sonido rompe el silencio.

Siente la maleza crujir levemente bajo sus pies. “Estoy en un terreno desconocido y en desventaja”, piensa, mientras su cuerpo reacciona instintivamente al peligro. Recuerda tácticas antiguas, historias de arqueros en los árboles… y, sin embargo, su propia historia sigue siendo un vacío. Y cuando piensa que nada puede desconcertarlo más, el destino le demuestra lo contrario. Aunque parece un guerrero experimentado, quizá por la sed o el desconcierto, decide actuar de forma impulsiva.

—Si es dinero lo que buscas, temo decirte que en mí no hallarás. Apenas recuerdo mi nombre, y solo busco un lugar donde beber agua para calmar mi sed —exclama con voz grave y firme.

Hay silencio.

—Si es conocimiento o consejo lo que deseas, lo busco también. Camino cegado por la esperanza de encontrar agua y recordar quién soy.

Desde uno de los árboles divisa una cola, cuernos y un cuerpo morado. Su pelo es blanco. De sus hombros caen correas que sostienen una bolsa con un objeto que no logra identificar. Pero lo más llamativo es lo que en sus manos sostiene: una pieza de madera tallada de forma exquisita, casi como si el árbol del cual se talló estuviera orgulloso de haberse convertido en aquello, suficientemente flexible para doblarse, pero extremadamente resistente para no romperse. La cuerda parece haber sido sacada de las arpas celestiales. Sin dudas, es el mejor arco que ha visto.

—¿Cómo creer que has venido por agua? —exclama la figura, de baja estatura, pero erguida como un roble desafiante—. He visto a varios de los tuyos repartir dolor. Quemar y talar por placer. Podría atravesarte con esta flecha y librar al mundo de tu existencia. La naturaleza sabría qué hacer con tu cuerpo.

—Solo tengo mi palabra —responde el humano, sin moverse—. Estoy ante ti con las manos desnudas y sin nada que ocultar. Puedes perforar mi pecho, pero no creo que la tierra celebre otra herida.

La figura baja la tensión del arco, y su expresión cambia de ira a curiosidad.

—¿Por qué estás tan seguro? —pregunta, sin bajar el arma por completo.

—Estaba sumido en un sueño eterno, abrazado por el vacío. Pero por capricho de una hoja danzante, fui liberado. La naturaleza decidió que despertara.

Y por primera vez desde que se han cruzado, no hay tensión en el aire. Solo el murmullo del bosque, como si aprobara el encuentro.

Raíces

Aldea. Entre el quinto y el veinticincoavo sol de Surgeda. Ciclo 880. Pasado.

El bosque no era un lugar. Era un aliento.

El niño nacido bajo el quinto sol de Nárlitu del ciclo 875 caminaba entre ramas caídas como quien cruza un templo con los pies descalzos. Su cabello, enmarañado como las enredaderas que colgaban de los viejos robles, se movía con cada brisa. No sabía aún de las cosas que terminan, pero ya comprendía el valor de no romper lo que florece.

Ese día, había seguido a una mariposa blanca, esas que parecen volar solo para acompañar pensamientos. Entre helechos, la vio posarse junto a un conejo herido de las praderas. El animal temblaba, su pata se hallaba enredada en una trampa oxidada. El niño se acercó sin hacer ruido. No tocó. No habló. Solo se sentó a su lado.

—Si me muevo, te duele. Pero si no lo hago, también. No sé qué hacer —susurró, como si el bosque le fuera a responder.

Y quizás lo hizo. Porque el animal cerró los ojos sin miedo, como quien agradece la compañía de quien no exige nada. Allí se quedó hasta que los rayos naranjos de Surgeda cruzaron las copas, anunciando el atardecer. Entonces el niño volvió a casa, dejando una ramita frente al conejo a quien había ayudado a escapar de la trampa. Era su ofrenda. Como si un gesto sin propósito práctico pudiese tener peso en el alma de un bosque.

El padre del niño tenía manos como raíces y una voz que sabía de tormentas. Cada mañana, antes de alzar el hacha, colocaba su palma sobre la corteza y cerraba los ojos.

—No es por gusto. Es por necesidad. Si tienes otra forma de proteger a los míos, muéstramela. Y mi hacha no caerá sobre tu cuerpo.

La madera escuchaba, o eso quería creer. Nunca cortaba sin pedir permiso, y porque cada astilla que volaba le dolía un poco. Como si cortara su propia historia. Esa tarde, al volver con las manos llenas de tierra y de ramas secas, se agachó junto al niño:

—¿Recolectaste solo lo que ya había caído?

—Sí, padre. Lo que ya había cumplido.

El hombre asintió. Le acomodó el cabello con dedos pesados y tiernos.

—Entonces el bosque también te ve. Recuerda eso.

Mientras el padre le pedía permiso al bosque para usar sus recursos, la madre cantaba con la voz de quien ha perdido, pero aún espera. En las noches, cuando el fuego se apagaba y la leña solo crujía con recuerdos, la madre contaba historias. No eran cuentos para dormir. Eran cantos para no olvidar.

—Antes de los hombres, los soles danzaban entre deidades. Y cuando Priho lloró su pena blanca, nacieron las primeras flores. Por eso cada sol tiene un temperamento. Y cada uno de nosotros, una parte de ellos.

—¿Y yo, mamá? ¿Soy de Nárlitu?

—Sí. Por eso escuchas antes de preguntar. Por eso no apuras lo que debe florecer a su tiempo.

El niño sonrió. En su mente, cada sol tenía color y voz. Nárlitu era verde y hablaba con hojas. Cridaho, ocre y crujiente. Surgeda ardía, y Priho... Priho era el silencio que viene después del llanto.

En la aldea, incluso quienes ignoraban la conexión con la naturaleza sabían que existía un límite que no todos querían cruzar. El mapa que usaban para orientarse era viejo, trazado en tela curtida, con marcas hechas con savia endurecida y tinta de frutos. Al centro, un árbol torcido marcaba el umbral que nadie cruzaba. “Más allá están los árboles viejos. Solo llegan los que sueñan”.

El líder del pueblo quería extender los límites. Las casas necesitaban techo. Las chimeneas, leña. Los niños, calor.

—Si no tomamos el bosque, el invierno lo hará con nosotros.

Hubo silencio. Luego voces. Luego puños. El padre del niño habló poco, pero con tono de advertencia y preocupación.

—El bosque da. Pero también recuerda. Si cruzamos, que sea con las manos limpias y el alma en paz.

Fue voto minoritario. La aldea había tomado una decisión que terminaría condenando a criaturas inocentes. La noche anterior, a la partida de la aldea hacia el bosque, el niño no durmió. Desde su cama, escuchaba a los ancianos hablar de luces que bailaban entre ramas. De susurros que venían de raíces. De un espíritu que lloraba cuando el bosque sufría.

—Algunos lo llaman la voz sin nombre. Otros dicen que es la primera hoja que cayó. Pero si lo ves, no le temas. Solo no rompas nada.

El niño miraba el fuego. Y el fuego, por un momento, pareció detenerse para mirarlo a él. Al alba, la aldea era un murmullo de despedidas. El padre se arrodilló ante su hijo. Le entregó una ramita reseca pero intacta. Tenía la forma de una espiral.

—Esta ya cumplió. Guárdala. Si alguien la entiende algún día... quizás también me entienda a mí.

Se abrazaron. No como si fuera la última vez… pero sabiendo que cualquier vez podía serlo.

El bosque los vio partir. No con ira. Con una tristeza espesa que se adhiere a las hojas. Porque las raíces no se arrancan sin que algo, en algún lugar, deje de respirar.

Y aunque los niños no lloraban, los árboles sí. El viento lo llevó. Como advertencia. Como susurro. Como presagio.

Brota una promesa

Aldea. Sol 25 de Surgeda. Ciclo 880. Noche. Pasado.

La luna permanecía oculta tras nubes gruesas que parecían cargadas con algo más pesado que agua, algo así como remordimiento. El padre avanzaba en silencio, sosteniendo el hacha con inquietud, sintiendo cómo su peso aumentaba con cada paso hacia el bosque.

—Escúchenme —pidió con voz firme, pero teñida de súplica—. Este bosque no nos pertenece. Somos solo visitantes. Tomemos solo lo necesario. Nada más.

Pero las palabras del jefe aún resonaban con fuerza en su mente:

“El bosque sobrevivirá, siempre lo hace”.

—¿Pero no nos ha dado ya lo suficiente el bosque? Nos ha protegido y brindado alimento durante varios ciclos.

—El frío de Priho Kami está cerca, ¿cómo piensas proteger a nuestros hijos si no es con fuego?

Solo pudo bajar la cabeza y seguir su camino.

Al entrar en la espesura, el padre sintió cómo el bosque parecía contener su aliento, a pesar de que las sierras y hachas ya habían empezado a moverse, un silencio extraño empezaba a crecer, como si cada hoja esperara expectante. Las antorchas que llevaban iluminaban apenas lo justo, arrojando sombras nerviosas entre los árboles. Mientras caminaban, creyó ver algo entre las copas, una silueta pequeña, rápida, casi imperceptible.

—¿Qué fue eso? —preguntó en voz baja, pero nadie más pareció notar nada.

Al levantar el hacha sintió que sus manos temblaban. Antes de que la hoja metálica tocara el árbol, cerró los ojos y musitó una disculpa silenciosa: “Perdóname, viejo amigo. No es odio lo que guía mis manos, sino temor. Ojalá el bosque entienda y perdone lo que hacemos hoy”. Y golpeó. Cada impacto resonaba en su pecho como un latido amargo.

Con cada golpe de las hachas contra los troncos, sentía que algo en su interior se rompía también. Era como golpear el pecho de alguien querido. Uno tras otro, los árboles caían con un estruendo que parecía lamento. Algunos hombres cargaban la madera en silencio, mirando al suelo, evitando cruzar miradas. Vio a uno de sus compañeros que intentaba echar abajo un árbol viejo, pero la sierra quedó atascada en la corteza. Aunque luchó con fuerza, el árbol resistió, como si se aferrara a la vida con una voluntad sobrenatural.

—Déjala —le ordenó el jefe con voz cansada—. Hemos tomado suficiente por esta noche.