¿Solo en casa? - Rob Dunn - E-Book

¿Solo en casa? E-Book

Rob Dunn

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Beschreibung

Por muy apacible que parezca nuestro hogar, alberga un universo natural que trasciende todo lo imaginable. La vida abunda en el sótano, en el desván, bajo el entarimado del suelo y hasta en la alcachofa de la ducha: "¿Solo en casa?" revela la naturaleza absolutamente inesperada que albergan las viviendas humanas. En este libro Dunn nos presenta a los diminutos habitantes de nuestras casas para poner de manifiesto que en casi todos los casos nos benefician, y que intentar acabar con los organismos perniciosos solo sirve para empeorar nuestra vida y poner en peligro los ecosistemas que la cobijan. Pero también nos revela algo más: lo asombroso que es nuestro mundo, incluso esa parte de él que tenemos delante de las narices. Quien lea esta obra apasionante, reveladora y llena de humor nunca más volverá a ver su casa o la vida que hay en ella de la misma manera.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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ROB DUNN

¿Solo en casa?

La naturaleza del lugar donde vivimos, desde microbios hasta milpiés, grillos de las cuevas y abejas

Traducción de Dulcinea Otero-Piñeiro

ÍNDICE

Prólogo: Homo interiorum

1. El asombro

2. La fuente termal del sótano

3. Ver en la oscuridad

4. La ausencia como enfermedad

5. Bañarse en un torrente de vida

6. El problema de la abundancia

7. El ecólogo hipermétrope

8. ¿Para qué sirven los grillos de las cuevas?

9. El problema de las cucarachas está en nosotros

10. Mira lo que ha traído el gato

11. Cultivar el cuerpo de los bebés

12. El sabor de la biodiversidad

Agradecimientos

Créditos

Para Monica, Olivia y August, y todas las especies con las que hemos compartido la vida.

PRÓLOGO

Homo interiorum

Pasé la niñez al aire libre. Mi hermana y yo construíamos fuertes. Hacíamos hoyos. Abríamos caminos y nos colgábamos de las parras. La casa era un lugar reservado para dormir, o para jugar cuando fuera hacía tanto frío que parecía que se nos iban a caer los dedos de las manos (vivíamos en una zona rural de Míchigan donde eso podía ocurrir hasta bien entrada la primavera). Pero la vida la hacíamos en el exterior.

En el tiempo transcurrido desde aquella infancia, el mundo ha sufrido una transformación extrema. Los niños de hoy crecen sobre todo dentro de las casas, y su vida está salpicada de breves episodios de movimiento para ir de un edificio a otro. No estoy exagerando. El promedio de los niños estadounidenses pasa ahora el 93 por ciento del tiempo dentro de un edificio o de un vehículo. Y esto no ocurre tan solo en Estados Unidos. Los datos son similares en el caso de los niños de Canadá y de gran parte de Europa y Asia1. No lo digo por quejarme de cómo está el mundo, sino para señalar que la evolución cultural de nuestra especie se encuentra en una situación radicalmente distinta debido a este cambio. El ser humano se ha convertido, o lo está haciendo, en Homo interiorum, humano de interior. Ahora vivimos en un mundo delimitado por las paredes de nuestros hogares, más conectados con pasillos y otros edificios que con el exterior. Teniendo en cuenta esta transformación, tal vez deberíamos considerar prioritario saber qué especies conviven con nosotros dentro de casa y cómo repercuten en nuestro bienestar. Pero en realidad hasta ahora solo hemos arañado la superficie.

Desde los primeros tiempos de la microbiología sabemos que nuestros hogares alojan otras criaturas. En aquel entonces las estudió un hombre, Antoni van Leeuwenhoek, que descubrió una cantidad pasmosa de formas de vida en su casa, en su cuerpo y dentro de la vivienda y el cuerpo de sus vecinos. Estudió esas especies con una sensación de júbilo obsesivo y hasta con asombro. En el transcurso del siglo posterior a su fallecimiento, nadie continuó la labor por donde él la había dejado. Después, cuando por fin se descubrió que algunas especies de nuestras viviendas pueden hacernos enfermar, se puso el foco en ellas: los patógenos. A continuación se produjo un cambio inmenso de percepción que nos llevó a empezar a contemplar las especies que conviven con nosotros, si es que alguna vez reparamos en ellas, como algo dañino, algo que deberíamos aniquilar. Esta nueva mentalidad salvó vidas, pero también se desmadró, ya que, como consecuencia, nadie se detuvo a estudiar o valorar de verdad el resto de la vida que mora bajo nuestro mismo techo. Unos años después todo eso cambió.

Aparecieron grupos de investigación, incluido el mío, que empezaron a replantearse con seriedad qué formas de vida albergan nuestras viviendas. El estudio de estas criaturas comenzó del mismo modo en que se realiza un inventario de la selva tropical de Costa Rica o de una pradera en Sudáfrica. Al hacerlo nos llevamos una sorpresa. Esperábamos encontrar cientos de especies, pero lo que descubrimos fue una cantidad que, según se efectúe el cálculo, supera las doscientas mil especies. Muchas son microscópicas, pero otras son más grandes y, sin embargo, ni siquiera reparamos en ellas. Tome aire. Haga una inhalación profunda. Cada vez que respiramos introducimos oxígeno en los alvéolos de los pulmones junto a centenares o miles de especies. Siéntese. Cada lugar en el que nos acomodamos está envuelto en un circo de miles de organismos que flotan, saltan y se arrastran. Nunca estamos solos en casa.

¿Y con qué clase de especies convivimos? Están, por supuesto, las grandes, la vida que se ve. En las casas de todo el mundo encontramos decenas, tal vez cientos, de tipos de vertebrados, e incluso más clases aún de plantas. Mucho más diversos que los vertebrados y las plantas, y todavía perceptibles a simple vista, son los artrópodos, los insectos y otros allegados. Más variadas que los artrópodos y, sin embargo, no siempre más pequeñas que ellos, son las especies del reino de los hongos. Más pequeñas que los hongos y absolutamente imperceptibles a simple vista son las bacterias. Se han encontrado más especies de bacterias en los hogares humanos que especies de aves y mamíferos en toda la Tierra. De un tamaño menor que las bacterias son los virus, tanto los que infectan plantas y animales como los virus especializados, los bacteriófagos, que atacan a las bacterias. Catalogamos todos estos tipos de vida diferentes de forma independiente, pero lo cierto es que suelen llegar juntos a nuestra casa. Los perros, por ejemplo, entran por la puerta con pulgas en cuyas tripas viven hongos y bacterias en las que habitan bacteriófagos. Cuando Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, señaló que «cada pulga porta pulgas más pequeñas que se aprovechan de ella», no sabía ni la mitad de lo que hay.

Puede que todas estas formas de vida animen a más de una persona a ponerse a frotar y frotar en casa. Pero falta por desvelar otra sorpresa. Mientras mis compañeros y yo observábamos la vida que reside en nuestros hogares, descubrimos que muchas de las especies de las casas más diversas, de los hogares más repletos de vida, son beneficiosas, incluso necesarias. Algunas de estas especies favorecen el funcionamiento del sistema inmunitario humano. Otras contribuyen al control de patógenos y plagas y compiten con ellos. Muchas son fuentes potenciales de enzimas y fármacos nuevos. Algunas permiten la fermentación de variedades nuevas de cervezas y panes. Y miles de ellas realizan procesos ecológicos valiosos para la humanidad, como mantener el agua del grifo libre de patógenos. La mayoría de la vida que hay en nuestros hogares es inocua o beneficiosa.

Por desgracia, al mismo tiempo que los científicos hemos empezado a descubrir las bondades, la necesidad incluso, de muchas de las especies que residen en nuestro hogar, la sociedad en su conjunto ha multiplicado los esfuerzos para esterilizar los espacios cerrados. El empeño creciente de la humanidad por aniquilar la vida de las casas tiene unas consecuencias indeseadas y, al mismo tiempo, muy predecibles. El empleo de pesticidas y agentes antimicrobianos, junto con la pretensión actual de sellar los hogares para aislarlos del resto del mundo, aniquila y elimina especies beneficiosas que también son vulnerables a esos ataques. Sin darnos cuenta, contribuimos a que ocupen su lugar las especies resistentes, como las cucarachas rubias (o alemanas), las chinches y las mortíferas bacterias SARM (la especie de Staphylococcus aureus resistente a la meticilina). No solo favorecemos la persistencia de estas especies resistentes, sino que, además, aceleramos su evolución. Cabría afirmar que la evolución de las especies que habitan en nuestras viviendas es, junto con la nuestra, la más veloz del planeta. Bien podría tratarse de la más veloz en toda la historia de la Tierra. Estamos acelerando el ritmo de la evolución dentro de nuestras casas a costa de nosotros mismos. A la vez, se están perdiendo las especies vulnerables que podrían competir con esas cepas recién surgidas por evolución y cada vez más problemáticas. Y ni que decir tiene que el área afectada por estos cambios es inmensa: la fauna de los espacios interiores constituye uno de los biomas de crecimiento más rápidos en el planeta, y en la actualidad es mayor que algunos biomas de espacios exteriores.

Tal vez sea más fácil concebir este cambio relacionándolo con un lugar particular. Consideremos la ciudad de Nueva York y, dentro de ella, el barrio de Manhattan. En la figura P.1 se ve el espacio que ocupa Manhattan. El círculo grande es el área que abarcan los espacios interiores de este barrio. El círculo pequeño se corresponde con la parcela de tierra de Manhattan. Los espacios cerrados que hay en la actualidad en Manhattan comprenden una superficie tres veces mayor que la parcela de tierra abierta que conforma la isla. Es en ese mundo de espacios interiores donde cualquier especie capaz de sobrevivir encuentra cantidades ingentes de alimento (en el cuerpo, la comida y las casas de los humanos) y un ambiente invariable y favorable. En vista de esta realidad, el mundo de los espacios interiores jamás será estéril. A veces se dice que la naturaleza aborrece el vacío. Pero no es del todo cierto. Sería más acertado afirmar que la naturaleza engulle el vacío. Cualquier especie capaz de colonizar fuentes de alimento y hábitats sin que nadie se los dispute lo hará con rapidez, como la marea que entra reptando por debajo de las puertas, doblando cada esquina hasta trepar y colarse en nuestros armarios y nuestras camas. La mejor opción consiste en poblar los ambientes interiores con especies que nos benefician, en lugar de hacerlo con las que nos perjudican. Pero para ello debemos conocer en primer lugar qué especies se han instalado ya en nuestras viviendas, esas doscientas mil especies aproximadas de las que tan poco se sabe en la actualidad.

FIGURA P.1. El área que suman los espacios interiores de Manhattan es en la actualidad tres veces más grande, en términos de superficie, que el área geográfica de la isla en sí. A medida que aumenten el tamaño y la densidad de los habitantes de las ciudades, gran parte de la población mundial no tardará en vivir en zonas con más espacios interiores que superficie de suelo. (Figura adaptada de NES-Cent Working Group on the Evolutionary Biology of the Built Environment et al., «Evolution of the Indoor Biome», Trends in Ecology and Evolution 30, núm. 4 [2015]: 223-232.)

Este libro aborda la historia de la vida que seguramente habita con nosotros en casa y los cambios que está experimentando. La vida con la que convivimos en casa habla de nuestros secretos, nuestras decisiones y nuestro futuro. Tiene consecuencias para la salud y el bienestar de las personas. Está llena de misterios y de revelaciones espléndidos y trascendentes. Desconocemos la historia de la mayoría de las especies que hay en nuestro hogar, pero algunas sí las sabemos y son sorprendentes. Nada es lo que parece en relación con las especies que se reproducen, alimentan y prosperan a nuestro lado.

1. N. E. Klepeis, W. C. Nelson, W. R. Ott, J. P. Robinson, A. M. Tsang, P. Switzer, J. V. Behar, S. C. Hern y W. H. Engelmann, «The National Human Activity Pattern Survey (NHAPS): A Resource for Assessing Exposure to Environmental Pollutants», Journal of Exposure Science and Environmental Epidemiology 11, núm. 3 (2001): 231. O véanse, por ejemplo, los datos de Canadá: C. J. Matz, D. M. Stieb, K. Davis, M. Egyed, A. Rose, B. Chou y O. Brion, «Effects of Age, Season, Gender and Urban-Rural Status on Time-Activity: Canadian Human Activity Pattern Survey 2 (CHAPS 2)», International Journal of Environmental Research and Public Health 11, núm. 2 (2014): 2108-2124.

1

EL ASOMBRO

Mi trabajo, realizado a lo largo de tanto tiempo, nunca persiguió los elogios de los que disfruto ahora, sino, por encima de todo, la búsqueda del conocimiento, la cual percibo más arraigada en mí que en la mayoría de los hombres. Y, en consecuencia, siempre que descubrí algo notable consideré mi deber dejar constancia de ese descubrimiento sobre el papel para que todas las personas de talento pudieran conocerlo.

ANTONI VAN LEEUWENHOEK, en una carta fechada el 12 de junio de 1716

El estudio de la vida natural que reside en las casas humanas no tuvo un comienzo en particular, aunque cierto día de 1676 en la ciudad holandesa de Delft se le parece bastante. Antoni van Leeuwenhoek había recorrido a pie la manzana y media de edificios que separaba su casa del mercado para comprar pimienta negra. Pasó por delante de la pescadería, de la carnicería y del ayuntamiento de la ciudad. Compró la pimienta, dio las gracias al tendero y regresó a casa. Una vez allí, Leeuwenhoek no espolvoreó la pimienta sobre la comida, sino que introdujo con esmero un tercio de una onza (unos 10 gramos) de aquella especia negra en una taza llena de agua. Esperó a que la pimienta se empapara con la intención de ablandar los granos para poder abrirlos y averiguar qué guardan en su interior y los hace tan picantes. A lo largo de las semanas subsiguientes estudió los granos de pimienta una y otra vez hasta que, al cabo de unas tres semanas, tomó una decisión que acabó siendo crucial. Vertió una muestra del agua con pimienta en un tubo fino de cristal que él mismo había soplado. El agua reveló una turbidez sorprendente. La examinó a través de una especie de microscopio de una sola lente sujeta por un marco de metal. El montaje funcionaba bien con sustancias traslúcidas, como el agua con pimienta, o para sustancias sólidas si se cortaban en las secciones finas que más tarde aprendería a obtener2.

Cuando Leeuwenhoek observó el agua con pimienta a través de la lente, vio algo insólito que requirió cierto jugueteo y agudeza por su parte para resolver qué era. Colocaba la vela de esta y aquella manera cuando trabajaba de noche o era él quien se desplazaba hacia un lado u otro si trabajaba con la luz que entraba por la ventana. Probó con múltiples muestras hasta que el 24 de abril de 1676 lo vio claro al fin. Lo que había observado era algo verdaderamente especial: «Una cantidad increíble de animales muy pequeños de diversos tipos», tal como él lo expresó. Había visto vida microscópica con anterioridad, pero jamás algo tan pequeño. Repitió el procedimiento con varias permutaciones una semana más tarde, luego otra vez y otra más con pimienta molida, con pimienta humedecida con agua de lluvia y con otras especias tras dejar en remojo cada sustancia en su taza del té. Cada vez que lo hacía encontraba nuevas formas de vida. Aquellas fueron las primeras observaciones humanas de bacterias. Y fueron observaciones realizadas en una casa durante el estudio de sustancias que se pueden encontrar en cualquier cocina, pimienta negra y agua. Leeuwenhoek se encontraba en plena naturaleza, en la naturaleza en miniatura de su propio hogar. Contempló una dimensión de ese mundo vivo que nadie había observado con anterioridad. La duda era si alguien creería lo que él había visto.

Probablemente Leeuwenhoek había empezado a emplear microscopios para estudiar la vida que lo rodeaba, en su casa y fuera de ella, una década antes, en 1667. El instante en el que detectó bacterias en el agua con pimienta llegó tan solo después de cientos, tal vez miles, de horas dedicadas a buscar en su vivienda y, más en general, en su vida cotidiana. Cierto es que la suerte favorece a la mente preparada, pero favorece aún más a la mente obsesionada. La obsesión asalta a las mentes científicas de manera natural. Aparece cuando la concentración en un asunto se junta con una curiosidad incansable. Puede sufrirla cualquiera.

Leeuwenhoek no era un científico en un sentido tradicional. Como comerciante trabajaba con telas y vendía paños, botones y otros artículos relacionados en una tienda que tenía en su casa de Delft3. Lo más probable es que empezara a usar algún tipo de lente para inspeccionar los delicados hilos de determinadas telas4. Pero algo lo motivó después para escudriñar otros elementos de su casa. Tal vez fuera un libro publicado por Robert Hooke con el título Micrographia5. Leeuwenhoek solo hablaba holandés, así que no pudo leer el texto de Hooke, pero las imágenes de lo que Hooke había contemplado a través de su propio microscopio tal vez le brindaran inspiración suficiente6. Por lo que sabemos de la personalidad de Leeuwenhoek, es fácil imaginarlo después de ver las ilustraciones usando el primer diccionario holandés-inglés (publicado en 1648) para descifrar, párrafo tras párrafo, las palabras de Hooke.

Cuando Leeuwenhoek empezó a mirar a través del microscopio que él mismo se confeccionó, otros científicos ya habían usado instrumentos parecidos para conocer detalles nuevos sobre las criaturas que residen en las viviendas humanas. Esos científicos, entre ellos Hooke, descubrieron patrones insospechados hasta entonces en los intersticios de la vida, patrones que sugerían todo un mundo más allá del que se conocía. La pata de una pulga, el ojo de una mosca y los alargados sacos con esporas (esporangios) del hongo Mucor que proliferaba en la cubierta de un libro que Hooke tenía en casa: todo ello revelaba detalles minúsculos que no se habían observado nunca, ni tan siquiera imaginado. Hoy en día podemos examinar las mismas especies usando los mismos aumentos, pero la experiencia actual es muy diferente de la que se tendría en el siglo XVII. Ahora ya sabemos que existen esos detalles microscópicos, aunque nos sorprendan al encontrarlos por primera vez. Para los científicos que realizaron su labor en los primeros días de la microscopia se trató de una experiencia más sorprendente, similar al descubrimiento de mensajes secretos garrapateados en cada superficie del reino animal, mensajes que nadie había contemplado jamás.

A medida que Leeuwenhoek escudriñó a través de microscopios la vida que residía dentro y alrededor de su casa, también él captó detalles nuevos. Observó las pulgas, por ejemplo, y dibujó muchos de los detalles que Hooke había plasmado, pero también apreció pormenores que Hooke había pasado por alto. Vio las vesículas seminales de la pulga, cada una de ellas no más grande que un grano de arena. Hasta vio el esperma de la pulga dentro de esas glándulas, el cual comparó entonces con su propio esperma7. A medida que proseguía con la búsqueda, empezó a reparar en formas de vida plenas que no había visto nunca, formas de vida completamente imperceptibles sin un microscopio. No se le escaparon estos detalles. Leeuwenhoek había encontrado algo más significativo: había descubierto eso que ahora denominamos «protistas», un cajón de sastre de formas de vida unicelulares que solo tienen en común su tamaño. Se dividían. Se movían. Y eran de muchas clases, unas más grandes, otras más pequeñas, algunas ciliadas, otras lisas, con cola, sin ella, aferradas a superficies o sin ninguna atadura.

Leeuwenhoek informó a personas que conocía en Delft sobre sus hallazgos. Tenía muchas amistades que incluían pescaderos, cirujanos, anatomistas o nobles. Uno de sus amigos era Regnier de Graaf, quien no residía lejos de él. De Graaf era un joven investigador muy consumado ya por entonces. Así, por ejemplo, a los treinta y dos años había desentrañado la función de las trompas de Falopio. Los descubrimientos de Leeuwenhoek impresionaron tanto a De Graaf que el 28 de abril de 1673 envió una carta a Henry Oldenburg, secretario de la Real Sociedad de Londres, haciéndose pasar por Leeuwenhoek, a pesar del duelo en el que se encontraba por el fallecimiento de un hijo recién nacido. En la misiva, De Graaf señalaba que Leeuwenhoek disponía de microscopios asombrosos e instaba a Oldenburg y la Real Sociedad a encargarle algunas indagaciones específicas, materias en las que centrar su microscopio y su talento. De Graaf también adjuntó algunas de las notas de Leeuwenhoek sobre sus hallazgos.

Tras la recepción de aquellas letras, Oldenburg escribió directamente a Leeuwenhoek solicitando figuras para acompañar sus descripciones8. En agosto (con posterioridad a la trágica muerte de De Graaf) Leeuwenhoek respondió añadiendo más detalles sobre lo que él había observado pero otros (incluido Hooke) habían pasado por alto: la apariencia física del moho, el aguijón de una abeja, la cabeza de la abeja, el ojo de la abeja, el cuerpo de un piojo. Entretanto, la primera carta de Leeuwenhoek, aquella que De Graaf había enviado en su nombre, se había publicado el 19 de mayo en la revista científica Philosophical Transactions of the Royal Society, la segunda más antigua del mundo en la actualidad y que, por entonces, aún cumplía su octavo año. Aquella sería la primera de numerosas epístolas más, muy semejantes, por cierto, a lo que cabría encontrar hoy en día en un blog. Aquellas composiciones apenas se corregían y no siempre estaban estructuradas. A menudo consistían en digresiones y repeticiones. Pero aquellas observaciones cotidianas de las cosas pequeñas en su hogar y en su ciudad eran novedosas; eran observaciones de acontecimientos nunca contemplados por nadie. En una de aquellas misivas, la número dieciocho, enviada el 9 de octubre de 1676, Leeuwenhoek dejó constancia de sus observaciones del agua con pimienta9.

Leeuwenhoek vio protistas en el agua con pimienta. Los protistas incluyen muchos tipos de organismos unicelulares, todos ellos más relacionados con animales, plantas u hongos que con bacterias. Leeuwenhoek describió lo que al parecer eran especies protistas de los géneros Bodo, Cyclidium y Vorticella, que se alimentan de bacterias. Bodo cuenta con una cola larga en forma de látigo (un flagelo), Cyclidium está cubierto de pelillos en movimiento (cilios) y Vorticella se fija a determinadas superficies mediante un pedúnculo (y filtra el agua en busca de alimento). Pero él observó algo más. Los organismos más pequeños que había en el agua con pimienta medían, según sus cálculos, la centésima parte del diámetro de un grano de arena y tenían la millonésima parte de su volumen. Ahora sabemos que algo tan pequeño solo podía ser una bacteria. Pero en 1676 ningún humano había visto bacterias con anterioridad. Esta fue su gran revelación. Leeuwenhoek estaba entusiasmado, tal como se apresuró a comunicar a la Real Sociedad de Londres:

De entre todas las maravillas que he descubierto en la naturaleza, esta es la más fabulosa de todas, y debo decir que, en mi caso, mi mirada nunca se había deleitado más que con la observación de estos miles de criaturas vivas en una pequeña gota de agua, todas ellas apiñadas y en movimiento, pero cada una con un desplazamiento propio10.

La Real Sociedad había recibido con agrado las diecisiete primeras cartas de Leeuwenhoek, pero con la misiva en la que hablaba del agua con pimienta había acabado yendo demasiado lejos, apartándose del camino de la verdad para adentrarse en el de la pura imaginación. Robert Hooke en particular se plantó. Gracias al éxito de la Micrographia, Hooke era reconocido como el rey de la microscopia, y nunca había visto nada vivo con unas dimensiones tan reducidas. Hooke y otro miembro muy reputado de la Real Sociedad londinense, Nehemiah Grew, intentaron repetir las observaciones de Leeuwenhoek con la idea de demostrar su falsedad. Aquello formaba parte de los cometidos de la sociedad: montar y repetir experimentos. Por lo común se ejecutaban como meras demostraciones, pero en este caso el experimento se realizó tanto a modo de demostración como para determinar si los resultados comunicados por Leeuwenhoek eran ciertos o no.

FIGURA 1.1 Varias formas de vida y partículas observadas por Leeuwenhoek al microscopio, dibujadas a escala en relación con el punto que pone fin a esta frase. (Ilustración de Neil McCoy.)

Nehemiah Grew fue el primero que intentó repetir las observaciones de Leeuwenhoek, pero fracasó. Hooke probó a hacerlo por sí mismo. Siguió cada uno de los pasos que había dado Leeuwenhoek con la pimienta, con el agua y con el microscopio y no vio nada. Rezongó. Se mofó. Pero también volvió a intentarlo. Probó con más empeño aún. Construyó microscopios mejores. Al tercer intento tanto él como otros miembros de la Real Sociedad empezaron a vislumbrar al fin algo de lo que había visto Leeuwenhoek. Entretanto, la Real Sociedad había publicado la carta sobre el agua con pimienta de Leeuwenhoek, traducida al inglés por Oldenburg. Con la publicación de aquella misiva y la confirmación de sus observaciones por parte de la Real Sociedad, dio inicio el estudio científico de las bacterias, la bacteriología. Curiosamente, comenzó con el examen de una bacteria hallada en una mezcla de pimienta común y de agua, una bacteria de interior.

Tres años después Leeuwenhoek repitió el experimento de la pimienta, pero esta vez guardó el agua con pimienta en un tubo sellado. Las bacterias consumieron el oxígeno que había dentro del tubo y, sin embargo, siguieron creciendo y bullendo. Una vez más había descubierto algo nuevo con el agua de pimienta, en esta ocasión que hay bacterias anaerobias, bacterias que no necesitan oxígeno para desarrollarse y dividirse. De nuevo logró este descubrimiento estudiando la vida que había dentro de su propia casa. El estudio de las bacterias en general y el estudio de las bacterias anaerobias en particular comenzaron con el estudio de la vida que moraba dentro de una vivienda humana.

Ahora sabemos que las bacterias están por todas partes (en lugares con y sin oxígeno, en sitios tórridos y gélidos, en el interior de cualquier cuerpo, en el aire, en las nubes y en el fondo del mar). Se han identificado decenas de miles de especies bacterianas, y se cree que existen millones (tal vez billones) de otras especies. Pero en 1677 las únicas bacterias que se conocían en el mundo eran las que habían descubierto Leeuwenhoek y unos pocos miembros de la Real Sociedad de Londres.

El trabajo de Leeuwenhoek se ha cuestionado en ocasiones, tanto a lo largo de la historia como en la actualidad, con el argumento de que él no hizo nada más que usar un instrumento nuevo para estudiar lo que había a su alrededor, lo que le sirvió para desvelar mundos desconocidos. De acuerdo con este razonamiento, todo el mérito radica en el microscopio y las lentes utilizadas. La realidad es más compleja que eso. Hoy en día se puede (y yo lo recomiendo) acoplar un microscopio de los mismos aumentos que el de Leeuwenhoek a una cámara de fotos. Quien lo haga podrá usarlo para buscar por la casa, pero no verá el mundo que vio Leeuwenhoek. Sus hallazgos no resultaron únicamente del hecho de que contara con una variedad de microscopios muy buenos con lentes bien hechas. Los descubrimientos se debieron a su paciencia, su persistencia y sus habilidades técnicas. La magia no radicaba en los microscopios, sino en la combinación de esos microscopios con sus manos diligentes y su mente fabulosa.

Leeuwenhoek fue más capaz de observar ese mundo en toda su grandeza que cualquier otra persona. Pero para ello realizó un trabajo que otros consideraban de una dificultad insuperable. Así que, aunque los miembros de la Real Sociedad llegaron a contemplar el mundo que había descubierto Leeuwenhoek, no fueron capaces de proseguir con su estudio con verdadera seriedad. Tras comprobar las observaciones de microbios, Hooke siguió escudriñando la vida microscópica a través de sus propios instrumentos a lo largo de unos seis meses. Pero después lo dejó. Hooke y otros científicos dejaron el nuevo mundo a Leeuwenhoek, quien se convertiría en un astronauta en miniatura que exploraba en absoluta soledad un universo mucho más diverso y complejo de lo que nadie, excepto él, pareció entender.

A lo largo de las cinco décadas siguientes de su vida se dedicó a la documentación sistemática de cada uno de los objetos que lo rodeaban; documentó todo Delft y más allá (a menudo mediante muestras que le suministraban sus amistades), pero especialmente las formas de vida que albergaba su casa. Todo aquello con lo que se topaba constituía un objetivo. Estudió el agua de las alcantarillas, el agua de lluvia, el agua de nieve. Detectó microbios en su propia boca y, después, en la boca del vecino. Observó esperma vivo (una y otra vez) y reveló su variación entre las especies. Evidenció que las larvas salen de los huevos de las moscas, en lugar de surgir de manera espontánea de la suciedad. Documentó por primera vez un tipo de avispa que deposita los huevos dentro del cuerpo de algunos áfidos. Fue el primero en reparar en la ralentización y la inactividad de las avispas para sobrevivir al invierno. A lo largo de tantos años dedicados al estudio, contempló muchos tipos de protistas por primera vez, las primeras vacuolas de almacenamiento11, la estructura estriada de los músculos. Descubrió organismos vivos en la corteza del queso, en la harina de trigo, en todas partes. Buscó, observó, se asombró, descubrió una vez y otra y otra a lo largo de esos cincuenta años de los noventa que vivió. Fue, como Galileo, un investigador atónito e inspirado. Pero, mientras que Galileo tenía que conformarse con observar el universo y los movimientos de las estrellas y los planetas para comprobar sus predicciones, Leeuwenhoek podía palpar el mundo que había encontrado. Pudo descubrir vida en el agua y después beberse el agua, la vida que hay en el vinagre y después usar el vinagre, las especies residentes en su propio cuerpo y después proseguir con su existencia.

Es difícil asociar las descripciones que hizo Leeuwenhoek de la vida que lo rodeaba con los nombres actuales de cada especie, por lo que no hay manera de calcular cuántos organismos llegó a observar, pero sin duda alcanzan varios miles. Resulta tentador trazar una línea recta desde Leeuwenhoek hasta el estudio moderno de la vida que hay en las casas humanas, pero sería un error. Tras el fallecimiento de Leeuwenhoek se abandonó en gran medida la investigación de estos seres domésticos como tales. Aunque Leeuwenhoek sirvió de inspiración a muchos, no contó con verdaderos colegas en Delft tras la muerte de De Graaf12. Es posible que su hija trabajara con él durante sus últimos años, pero no continuó con las observaciones tras su fallecimiento. Mientras ella vivió, conservó los especímenes y microscopios que él había reunido, aunque sin darles ningún uso. Cuando ella murió, se subastaron, tal como había especificado Leeuwenhoek en sus últimas voluntades. La mayoría de aquellos microscopios desaparecieron. Los jardines donde había realizado las observaciones quedaron engullidos por el crecimiento de Delft. La casa de su infancia, donde debieron de aflorar sus primeras inspiraciones, se deterioró hasta quedar en un estado ruinoso que llevó a su demolición en el siglo XIX; el solar lo ocupa en la actualidad el patio de un colegio. La vivienda en la que realizó tantos descubrimientos también acabó demolida13. Se erigió una placa para señalar el lugar donde estuvo su casa, pero en un sitio incorrecto. Después se colocó otra placa para enmendar el error de la primera, pero esta tampoco se encuentra en el emplazamiento que le corresponde (sino una o dos casas desplazada, dependiendo de cómo se cuente).

Con el tiempo otros científicos empezarían a estudiar de nuevo la vida que reside en el interior del cuerpo humano y de las casas humanas, pero por entonces ya habían pasado más de cien años y se había descubierto que algunas especies microbianas causan enfermedades. Estas especies recibieron el nombre de patógenos. La idea de que los patógenos provocan enfermedades se denomina «teoría del germen» y se le atribuye a Louis Pasteur (aunque cuando Pasteur demostró que hay especies microscópicas que causan enfermedades humanas ya se sabía que hay especies microscópicas que causan enfermedades en los cultivos). Con la llegada de la teoría del germen, los patógenos se convirtieron en el centro de los estudios de la vida microbiana de los espacios interiores. Hay indicios de que Leeuwenhoek tenía cierta idea de que las especies microscópicas pueden dar problemas (había demostrado que algunos microbios avinagran un buen vino). Solo que supuso que la mayoría de la vida que estaba viendo era inofensiva, y en esto tenía razón. De todas las especies de bacterias que hay en el mundo, por ejemplo, menos de cincuenta causan enfermedades con regularidad. Solo cincuenta. Todas las demás son o inocuas o beneficiosas para el ser humano, al igual que casi todos los protistas y hasta los virus (estos últimos no se descubrieron hasta 1898, pero también ocurrió en Delft). En cuanto se supo que los patógenos forman parte del mundo que no vemos, la humanidad declaró la guerra a todos los organismos vivos de interiores que no se ven. Cuanto más cerca de nosotros vivieran, más intensa era la batalla. Se abandonó el estudio de los granos de pimienta, el agua de alcantarilla y todas las fantásticas criaturas que se arremolinan por doquier en cualquier casa convencional. El tiempo tornaría ese abandono cada vez más absoluto.

Hacia 1970, casi los únicos estudios que se hacían de los hogares se centraban en patógenos y plagas con la intención de controlarlos. Los especialistas en microbiología que estudiaban los hogares se centraban en la aniquilación de patógenos. Y no eran los únicos. Los entomólogos que estudiaban los hogares se centraban en la aniquilación de insectos. Los botánicos dedicados al estudio de nuestras casas investigaban cómo deshacerse del polen. Los expertos en bromatología (el estudio de los alimentos) que analizaban la pimienta se preguntaban si esta especia podía ser un alimento transmisor de enfermedades. Se nos olvidó valorar el potencial de la vida que nos rodea para maravillarnos con ella, y no dejamos espacio para reparar en que las especies de nuestro alrededor tal vez no solo nos ataquen, sino que también pueden servirnos de ayuda. Solo nos centramos en una parte de la historia y cometimos un grave error que hemos empezado a reparar en tiempos muy recientes. Los primeros pasos cruciales para revertir esta situación y tender hacia una concepción más holística de la vida que nos rodea se dieron en fuentes termales (del Parque Nacional de Yellowstone y de Islandia), lugares que no parecen tener nada que ver con un hogar humano.

2. Lesley Robertson, microbiólogo e historiador, ha sido capaz de utilizar microscopios como el de Leeuwenhoek para ver muchos de los organismos que este último habría observado, incluidas diatomeas, Vorticella, cianobacterias y diversas especies de bacterias. La tarea requiere paciencia, cavilación y cierto empeño por probar a permutar distintas configuraciones de iluminación y de preparación de especímenes, tal como hizo el propio Leeuwenhoek. Véase L. A. Robertson, «Historical Microbiology: Is It Relevant in the 21st Century?», FEMS Microbiology Letters 362, núm. 9 (2015): fnv057.

3. Hacia la época en que Leeuwenhoek usaba sus microscopios, la mayoría de sus ingresos probablemente provenía del ejercicio de un cargo municipal menor. Aquel trabajo le brindaba el tiempo libre que puede permitir la riqueza, la clase de ociosidad de la que se alimenta la obsesión.

4. Leeuwenhoek habría usado esas lentes, llamadas cuentahílos, para examinar la calidad del lino, la lana y los textiles. Véase L. Robertson, J. Backer, C. Biemans, J. van Doorn, K. Krab, W. Reijnders, H. Smit y P. Willemsen, Antoni van Leeuwenhoek: Master of the Minuscule (Boston: Brill, 2016).

5. Esta obra está disponible ahora de forma gratuita en la red a través del Proyecto Gutenberg, y contiene maravillas tanto muy grandes como muy pequeñas (https://www.gutenberg.org/files/15491/15491-h/15491-h.htm).

6. Samuel Pepys lo describió como «el libro más extraordinario que he leído en toda mi vida». Véase R. Hooke, Micrographia: Or Some Physiological Descriptions of Minute Bodies Made by Magnifying Glasses with Questions and Inquiries Thereupon (J. Martin y J. Allestrym, 1665).

7. En aquel momento ni tan siquiera se creía que las pulgas se reprodujeran; se pensaba que surgían de manera espontánea a partir de alguna mezcla perfecta de orina, polvo y sus propias heces. Leeuwenhoek documentó el apareamiento de las pulgas (el macho, de menor tamaño, colgado del abdomen de la hembra). Documentó el esperma y el pene del macho (a lo largo de su labor investigadora documentaría el esperma de más de treinta animales diferentes, incluido el suyo). Descubrió los huevos producidos por las hembras. Dibujó bocetos con la eclosión de los huevos, observó las larvas y luego siguió su metamorfosis. Calculó que todo el proceso del acto sexual, la fertilización, la puesta de huevos y el desarrollo podía ocurrir entre siete y ocho veces al año. Él señaló la senda, con independencia de que hubiera alguien o no prestándole atención. Y todo eso lo hizo acarreando consigo los huevos de pulga allá a donde iba, en su talega, tal como llevaría un chiquillo una rana convertida en mascota. Véase Robertson et al.,Antoni van Leeuwenhoek.

8. La carta de De Graaf se puede leer íntegra aquí: M. Leeuwenhoek, «A Specimen of Some Observations Made by Microscope, Contrived by M. Leeuwenhoek in Holland, Lately Communicated by Dr. Regnerus de Graaf», Philosophical Transactions of the Royal Society 8 (1673): 6037-6038.

9. Leeuwenhoek vivió en una época idónea. La ciencia había empezado por entonces a apartarse de la revisión de los textos antiguos y el pensamiento abstracto para centrarse en la observación. Esta nueva generación de científicos, alentada por el trabajo del filósofo francés René Descartes, estaba convencida de que a través de la observación podrían descubrirse con más eficacia nuevas verdades.

10. A. R. Hall, «The Leeuwenhoek Lecture, 1988, Antoni Van Leeuwenhoek 1632-1723», Notes and Records the Royal Society Journal of the History of Science 43, núm. 2 (1989): 249-273.

11. Las vacuolas son curiosos orgánulos de almacenamiento que utilizan las células de plantas, animales, protistas, hongos y hasta bacterias. En las vacuolas se puede almacenar alimento o se puede acumular material de desecho. En su interior pueden darse unas condiciones distintas de las que hay en el resto de la célula. Vienen a ser como las vasijas de barro o los cestos de mimbre de las primeras civilizaciones humanas; las vacuolas son contenedores con múltiples funciones que utilizan las distintas especies en diferentes momentos con fines diversos.

12. La ciudad donde residía Leeuwenhoek, Delft, fue el epicentro del estudio de los hogares, aunque por parte de pintores, no de científicos. Los artistas de Delft se centraron en los paisajes de esta ciudad y también en la producción de cuadros de género que trazan el interior de las habitaciones. Plasmaron hábitats cruciales que Leeuwenhoek exploraría. Pieter de Hooch pintó numerosas escenas en patios de casas; la obra más famosa de Carel Fabritius es El jilguero, pero también pintó una Vista de Delft. Otro de aquellos artistas fue Johannes (o Jan) Vermeer. Vermeer pintó las mismas tres estancias una y otra vez con pequeños grupos de personas congeladas en escenas diferentes a modo de naturalezas muertas.

13. El solar que acogió en su día la casa de Leeuwenhoek no se ha excavado nunca. Podría albergar microscopios perdidos, muestras o casi cualquier cosa. Este lugar lo ocupa hoy una estilosa cafetería. Lesley Robertson y yo intentamos convencer a los dueños para que nos dejaran perforar el flamante suelo de su negocio en busca de objetos de Leeuwenhoek enterrados debajo de él. Como se negaron, dediqué los días siguientes a intentar ver el patio trasero a través de las ventanas, el patio en el que pasó tanto tiempo Leeuwenhoek.

2

LA FUENTE TERMAL DEL SÓTANO

Dejemos que el descubrimiento provenga tanto de la curiosidad como del horror, ya que este último nos atemoriza, pero también nos paraliza y nos impide mirar para otro lado. Aceptemos lo extraño, lo diminuto, todo aquello que preferiríamos ignorar.

BROOKE BOREL, Infested: How the Bed Bug InfiltratedOur Bedrooms and Took Over the World

En la primavera de 2017 estuve en Islandia grabando un documental sobre microbios14. Durante la filmación nos colocamos una y otra vez al lado de géiseres borboteantes, hirvientes y sulfurosos donde yo debía señalar hacia el suelo y hablar a la cámara sobre los orígenes de la vida. En cierta ocasión hasta me dejaron abandonado junto a uno de esos géiseres y tuve que esperar a que el camión volviera a buscarme15. Los equipos de filmación llegan a ser implacables. Mientras esperaba tuve un momento para mí mismo y para contemplar los géiseres. Era un día frío y, aunque olían a azufre, los observé de cerca. Me daban calor. El agua hirviente de los géiseres que manaba de las fisuras de la Tierra se había calentado por la actividad volcánica que bullía bajo la corteza del planeta. En algunos lugares es fácil olvidar la tectónica terrestre, igual que podemos permanecer indiferentes al firmamento nocturno. En Islandia no. Las mitades oriental y occidental de la isla se están escindiendo, y cuesta pasar por alto las consecuencias de este gran desgarro de roca y suelo. A veces se producen erupciones volcánicas tan violentas que oscurecen el cielo. Y cada día borbotean desde el subsuelo géiseres como aquellos junto a los que posé. Con ello sustentan formas de vida, una vida más relacionada de lo que alcanzamos a imaginar con lo que está ocurriendo en nuestra casa en este instante.

El hallazgo de que hay especies que sobreviven y proliferan al calor de los géiseres no se produjo hasta la década de 1960. Thomas Brock, por entonces en la Universidad de Indiana, trabajó en Yellowstone y más tarde también en Islandia, no lejos de donde estuve yo. A Brock lo fascinaron los coloridos patrones que se forman en torno a los géiseres. Una paleta embadurnada de amarillos, rojos y hasta rosas daba paso a tonos verdosos y morados. Brock pensó que esas estructuras debían de ser obra de organismos unicelulares16. Y así era. Esas especies incluían bacterias, pero también arqueas. Las arqueas conforman un dominio absolutamente independiente de la vida, tan antiguo y único como el de las propias bacterias17. Pero, además, Brock descubrió que muchas de las especies que se encuentran en los géiseres son quimiótrofas, o sea, capaces de convertir la energía química de los géiseres en energía biológica; crean vida a partir de no vida sin la ayuda del sol18. Aquellos microbios eran de la misma clase que probablemente existió mucho antes de que evolucionara la fotosíntesis, y sus comunidades eran similares a algunas de las primeras comunidades. Evocaban la bioquímica más antigua de la Tierra. Yo veía su desarrollo en forma de costra que alfombraba el borde de los géiseres que me daban calor.

Pero aquellos no eran los únicos organismos de los géiseres. En el agua caliente vivían cianobacterias que realizaban la fotosíntesis. Además, Brock encontró bacterias que se alimentaban de la materia orgánica que se arremolina en el agua borboteante, ya sean células de otras bacterias o una mosca muerta. En principio, estos carroñeros no eran muy interesantes. A diferencia de las bacterias quimiótrofas que estudiaba Brock, no podían transformar energía química en vida, y necesitaban encontrar y consumir trozos vivos y muertos de otras especies. Sin embargo, tras algo de estudio, Brock decidió que pertenecían a una especie nueva e incluso a todo un género desconocido. Denominó a este género Thermus por razones obvias, y a la especie, aquaticus, para indicar su hábitat. En el caso de los mamíferos o las aves, el hallazgo de una especie nueva siempre es un bombazo, y la detección de un género nuevo, un acontecimiento aún mayor19. Pero no ocurre igual con las bacterias. No es difícil encontrar nuevos tipos de bacterias, y la nueva especie Thermus aquaticus no parecía especialmente interesante en cuanto a los rasgos más valorados en microbiología: no formaba esporas. Sus células eran filamentos amarillos. Era gram negativa. Así de pedestre era. Pero había algo más.

Brock veía Thermus aquaticus en el laboratorio únicamente cuando sometía el medio en el que crecían (los cultivos) a temperaturas superiores a 70 grados centígrados. La bacteria prefería temperaturas aún más elevadas y podía vivir a temperaturas de hasta 80 ºC. Para hacernos una idea, recordemos que el agua hierve a 100 grados, o a temperaturas más bajas a medida que aumenta la altura sobre el nivel del mar. Brock había cultivado una de las bacterias de la Tierra que más calor soporta20. Tal como él mismo señalaría más tarde, no era difícil detectar esta forma de vida, solo que a nadie se le había ocurrido cultivar microbios a temperaturas tan elevadas. Los laboratorios habían cultivado muestras procedentes de surtidores termales en unas condiciones de 55 grados centígrados, una temperatura demasiado fría para el buen desarrollo de las bacterias Thermus aquaticus. La investigación posterior ha revelado todo un universo de bacterias y arqueas que solo consiguen desarrollarse a temperaturas muy elevadas. Las condiciones en las que nos desenvolvemos nosotros a diario son tan frías que a estos microbios les resultan invivibles.

¿Y por qué razón aparece la historia de los organismos Thermus aquaticus en un libro dedicado a los hogares humanos? Pues porque, por muy inusuales que parezcan las temperaturas y condiciones que imperan en los géiseres y otras fuentes termales, se parecen mucho a las que nos rodean en la vida cotidiana. Un estudiante del laboratorio de Brock consideró posible que bacterias Thermus aquaticus u otras similares incluso convivieran con nosotros sin que lo supiéramos. Para comprobarlo, este estudiante y Brock analizaron la cafetera del laboratorio de Brock, una máquina que alcanza temperaturas lo bastante altas como para favorecer los organismos Thermus. Teniendo en cuenta lo mucho que contribuía aquella máquina a propulsar su labor, habría sido un lugar idóneo para encontrar esta especie. Pero no estaba allí.

Brock se encontró preguntándose qué otros lugares de nuestro alrededor contienen líquidos calientes, como el cuerpo humano. La temperatura de este no se acerca ni de lejos a la de las fuentes termales, pero Brock pensó que tal vez la bacteria estuviera presente de todos modos en nuestro cuerpo a la espera de que se produzcan episodios de fiebre. ¿Quién sabe? Era fácil comprobarlo. Así que Brock «generó» una muestra de saliva humana (en un mensaje electrónico evitó aclarar si era suya, lo que por mi experiencia en el estudio del comportamiento de los seres científicos significa que lo era) e intentó cultivar Thermus aquaticus en esa muestra. Pero no, nada de Thermus aquaticus. Analizó la dentadura y las encías humanas (tal como habría hecho Leeuwenhoek). Tampoco ahí encontró esa bacteria ni ninguna otra amante del calor. Llegó al mismo resultado con el lago del que tomó una muestra, y con el embalse cercano. Analizó asimismo el cactus del invernadero alojado en su mismo edificio, el Jordan Hall. Nada. Tal vez se tratara realmente de una especie de bacteria que solo se encuentra en fuentes termales.

Por asegurarse, Brock comprobó un emplazamiento más: el grifo de agua caliente de su laboratorio en el Jordan Hall. El laboratorio de Brock distaba más de trescientos kilómetros del surtidor termal más próximo. Y, sin embargo, el grifo de agua caliente del laboratorio contenía lo que parecían ser organismos Thermus aquaticus. Era fantástico. Brock se preguntó si los calentadores de agua ofrecerían el hábitat perfecto para estos microbios, ya que el agua del grifo sale caliente, pero no tanto como en un surtidor hidrotermal. El calentador de agua debía de ser casi perfecto. Quizá las bacterias proliferaran en el interior del calentador y de vez en cuando salieran por el grifo con el chorro de agua sin que nadie reparara en ello.

Con el tiempo, Robert Ramaley y Jane Hixson, otro par de investigadores que también trabajaban en la Universidad de Indiana, tomaron muestras adicionales de bacterias termófilas de los alrededores del edificio Jordan Hall. Con ello también detectaron otra clase de bacteria que tolera temperaturas altas. Era similar a los organismos Thermus aquaticus de Brock, pero no idéntica, así que le asignaron el nombre provisional Thermus X-121. Se diferenciaba en que no era amarilla. Era transparente. Además, crecía más deprisa que la bacteria Thermus aquaticus. Ramaley especuló con que tal vez fuera una variedad nueva de Thermus aquaticus. Quizá el pigmento amarillo de esta última fuera una adaptación que la protegía del sol del exterior en fuentes termales expuestas al aire. Puede que al colonizar salidas de agua dentro del edificio esta variedad hubiera perdido la capacidad para generar ese pigmento costoso e innecesario. Brock, que por entonces se había trasladado a la Universidad de Wisconsin, decidió que había llegado la hora de estudiar con más detalle el género Thermus en el interior de edificios.

Brock y su técnica de laboratorio Kathryn Boylen buscaron en calentadores de agua de viviendas particulares y de lavanderías próximas a la Universidad de Wisconsin. Los calentadores de agua de las lavanderías suelen ser más grandes y usarse con más frecuencia que en las casas, así que hay más probabilidad de que alberguen microorganismos termófilos. En cada emplazamiento, Brock y Boylen abrieron el desagüe del tanque de agua caliente y analizaron lo que había en su interior. En los calentadores de agua, al igual que en las fuentes termales, se alcanzan temperaturas muy altas. Además, el agua del grifo porta materia orgánica que tal vez baste para sustentar organismos Thermus aquaticus.

Hace más de un siglo el ecólogo Joseph Grinnell empleó el término nicho para describir el conjunto de condiciones que necesita una especie para sobrevivir. La palabra nicho deriva del vocablo en francés medio nicher, que significa ‘anidar’. Se usó por primera vez para aludir a las pequeñas oquedades practicadas en muros griegos y romanos para exhibir una estatua u otro objeto22. Los nichos tenían el tamaño adecuado para cada estatua, igual que la temperatura y el alimento que hay dentro del calentador de agua parecen cubrir las necesidades de los microbios Thermus aquaticus. Pero el mero hecho de que una especie pueda sobrevivir en un lugar no significa que se encuentre en él. La ciencia distingue en la actualidad entre el nicho fundamental o potencial de una especie (las condiciones en las que podría vivir) y el nicho real o efectivo (las condiciones en las que vive). El nicho fundamental de los organismos Thermus aquaticus incluye calentadores de agua, pero una cosa muy distinta era si ese nicho también era efectivo o real.

Y lo era. Brock y Boylen descubrieron que especies del género Thermus viven no solo en géiseres en contacto con magma y en el agua del grifo del edificio Jordan Hall de la Universidad de Indiana, sino también en los calentadores de agua de las viviendas y lavanderías de Madison, Wisconsin. Es más, las bacterias halladas en esos calentadores de agua soportaban temperaturas tan elevadas como los organismos más extremófilos hallados en cualquier otro lugar del planeta. Brock llegó hasta los confines de la Tierra para encontrar especies del género Thermus. Podía haber descubierto lo mismo al torcer la esquina de su laboratorio, en el cuarto trasero de las lavanderías locales23.

Desde el trabajo de Brock aún no ha habido otros científicos que hayan publicado artículos sobre las bacterias Thermus aquaticus en calentadores de agua. Sin embargo, se descubrió una especie nueva de Thermus en agua caliente del grifo en Islandia24. Resultó ser la misma especie sin coloración que encontraron Brock y Boylen en calentadores de agua, una especie ahora denominada Thermusscotoductus en lugar de Thermus X-125. Una estudiante de posgrado de la Universidad del Estado de Pensilvania, Regina Wilpiszeski, ha dedicado los últimos años a tomar muestras de calentadores de agua para comprobar si esta es la especie dominante en ese medio. Parece serlo, ya que ha encontrado Thermus scotoductus en calentadores de agua por todo el territorio de Estados Unidos. Wilpiszeski lo detectó en treinta y cinco de los cien calentadores de agua analizados. El trabajo de esta estudiante no ha concluido aún, pero ya plantea interrogantes nuevos. ¿Por qué se encuentra esta especie en los calentadores de agua y cómo llega hasta ellos? ¿Y por qué todas las demás bacterias termófilas capaces de vivir en fuentes termales aún no han colonizado estos aparatos domésticos? ¿Por qué los calentadores de agua más viejos no albergan la colorida complejidad microbiana que exhiben las fuentes termales? Por el momento ninguna de estas preguntas ha tenido respuesta.

Yo sospecho que en calentadores de agua de otras regiones viven especies diferentes de bacterias termófilas. Es fácil imaginar que las especies alojadas en calentadores de agua de las lejanas Nueva Zelanda o Madagascar serán absolutamente únicas. No lo sabemos. Igual que pocas personas dieron continuidad a los esfuerzos de Leeuwenhoek, lo mismo sucedió con los trabajos de Brock26. Wilpiszeski está sola. No sabemos si los microbios Thermus scotoductus tienen alguna consecuencia para nosotros o para nuestros calentadores de agua (ya sea negativa o positiva). Ni tampoco sabemos si estas bacterias de los calentadores de agua cuentan con algún atributo útil especial; la misma especie tomada de otros hábitats parece capaz de volver inocuas ciertas variedades tóxicas de cromo, entre otras habilidades27. Pero la historia del género Thermus ha sido clave para el estudio de la vida que reside en nuestras viviendas. Fue un indicador (en realidad, el recordatorio más evidente desde la época de Leeuwenhoek) de que nuestras casas albergan ecosistemas mucho más diversos de lo que pensábamos, poblados por muchos más organismos que los patógenos en los que hemos centrado toda la atención. Es más, el género Thermus de los calentadores de agua evidenció la posibilidad de que las condiciones de los hogares modernos hayan invitado a entrar en ellos a organismos que nunca han vivido cerca del ser humano, especies que migraron a nuestras casas sin que nos diéramos ni cuenta. Al final, la detección de Thermus en calentadores de agua contribuyó, aunque despacio, a desencadenar una búsqueda más amplia de formas de vida en las residencias humanas. Inspiró a gente como yo para contemplar la posibilidad de que los organismos Thermus no fueran únicos, sino que formaran parte de un panorama mucho más extenso. En las casas se dan condiciones tan frías como en el lugar más gélido de la Tierra y tan tórridas como en el lugar más abrasador. Ofrecen un microcosmos de las condiciones que se dan en el mundo. Era perfectamente posible que estos microbios hubieran detectado y colonizado los lugares de nuestros hogares donde imperan estas condiciones extremas, pero que nadie los hubiera buscado ahí. La siguiente revolución en el estudio de las viviendas humanas esperó a la llegada de técnicas nuevas, técnicas que permitirían identificar microbios aunque no pudieran cultivarse en placas de Petri, técnicas que se revelarían dependientes de la inusitada biología del propio género Thermus.

Sabemos hace tiempo que la mayoría de las especies de bacterias no se pueden cultivar en laboratorio; todavía son «incultivables». No sabemos qué alimento ni qué condiciones necesitan, así que, aunque vayan incorporadas en nuestras muestras, nunca las vemos. Esto significa que, durante la mayor parte de la historia de la microbiología, estas especies también han sido imposibles de estudiar a menos que alguien inteligente y tenaz lograra cultivar una especie incultivable figurándose cuáles eran sus necesidades. Esto fue lo que ocurrió con las especies del género Thermus; pasaron inadvertidas hasta que Brock probó a criarlas a altas temperaturas. Pero la capacidad humana para ver las formas de vida no cultivables que hay a nuestro alrededor ha cambiado en los últimos tiempos. Ahora se pueden estudiar y conocer especies que no tenemos ni idea de cómo cultivar, y eso se debe en gran parte al hallazgo de los microbios Thermus aquaticus y sus parientes descubiertos por Thomas Brock28. La principal herramienta que empleamos en la actualidad para empezar a buscar e identificar especies no cultivables consiste en realidad en una serie de pasos de laboratorio que suelen denominarse pipeline (algo así como «cañería»), en alusión a que los pasos del protocolo deben ejecutarse siguiendo un orden estricto. El protocolo comienza con la introducción de una muestra. Al final se obtiene una lista con las especies que hay en la muestra, ya sean vivas, latentes o incluso muertas. Vale la pena conocer más en detalle esta sucesión de pasos porque la usamos sin cesar en nuestras investigaciones.

El protocolo empieza con la toma de las muestras. Una vez en el laboratorio, se introducen en pequeños tubos que portan una gota de líquido. Las muestras deben consistir en polvo, heces o agua, cualquier cosa que contenga o pueda contener células y ADN. El líquido incluye jabón, enzimas y esferas de vidrio minúsculas, cada una de ellas del tamaño de un grano de arena, que ayudan a romper las células, como cuando se casca un huevo, para que salga el ADN, el código genético de la bacteria. A continuación, el tubo se sella, se calienta, se sacude y se centrifuga. Las esferas, que son pesadas, y muchos fragmentos de células y de otros materiales forman un poso en la base del tubo. El ansiado tesoro, las largas hebras de ADN menos denso, flota en la parte superior y se retira igual que una mosca muerta de la superficie de una piscina29. Todo el proceso es bastante sencillo y se puede realizar en un laboratorio de introducción a la biología con estudiantes soñolientos donde probablemente algunos ignoren la mayoría de las instrucciones.

Para identificar los distintos organismos a partir del ADN resultante (el que ha sido «extraído» de sus células) hay que leer el ADN, un proceso que se denomina «secuenciación». Esta es la parte delicada. A diferencia de los microscopios, que aumentan la imagen de lo que queremos ver, las técnicas de secuenciación convierten la información invisible que hay en el ADN en algo inteligible, en primer lugar, volviéndola más abundante. La clave radicaba en hacerla más abundante para poder leer los nucleótidos del ADN, sus letras genéticas. Todo el ADN, excepto el de los virus, cuenta con una cadena doble. Dos hebras complementarias unidas por una especie de cremallera molecular. Desde bien pronto se supo que si se conseguía separar (con cuidado) ambas hebras del ADN, cada una de ellas podría copiarse y el proceso podría repetirse hasta obtener suficiente ADN para trabajar con él y decodificarlo. Las dos hebras de ADN se pueden separar usando calor. Esto era fácil. Copiar las hebras escindidas de ADN solo requería el empleo de una enzima llamada «polimerasa», la misma que usan las propias células, incluidas las humanas, para copiar ADN. Bastaba con separar las dos hebras de ADN, añadir un poco de polimerasa, un iniciador (un fragmento de ADN que comunique a la polimerasa qué sección del ADN, o qué gen, copiar) y algunos nucleótidos para estar encarrilados. El problema era que las temperaturas necesarias para separar las dos hebras de ADN son lo bastante elevadas como para destruir la polimerasa. Un método tosco, caro y laborioso para sortear ese problema consistía en añadir polimerasa e iniciadores nuevos después de cada aplicación de calor. El procedimiento funcionaba pero era terriblemente lento, tanto que dentro del campo del estudio de las bacterias la mayoría de microbiólogos seguía considerando más sencillo centrarse en el subconjunto de especies que se podían cultivar, e ignorar de momento las bacterias desconocidas y no cultivables. Faltaba poco para alcanzar una solución: Thermus aquaticus. La polimerasa de los organismos Thermus aquaticus funciona a temperaturas elevadas. Es más, funciona mejor a temperaturas altas. Esta polimerasa era justo lo que se necesitaba. Varios años después de que Brock descubriera este organismo se vio que su polimerasa (apodada «Taq») se podía añadir al ADN a altas temperaturas y que el ADN se copiaba con rapidez. El copiado de ADN usando polimerasas que soportan el calor, un proceso denominado «reacción en cadena de la polimerasa» (o PCR, por sus siglas en inglés), tal vez parezca algo abstracto o una minucia científica. Pero es crucial para casi cualquier test genético de todos los que se realizan en el mundo, ya sea para identificar al padre de una persona o para detectar las bacterias presentes en una muestra de polvo. El linaje bacteriano descubierto en los surtidores hidrotermales y los calentadores de agua, una estirpe que ha inspirado la búsqueda de formas raras de vida en nuestras viviendas, también proporciona las enzimas necesarias para realizar esa búsqueda en toda la investigación científica moderna30.