Sólo queda un soltero - Nicole Burnham - E-Book
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Sólo queda un soltero E-Book

Nicole Burnham

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Beschreibung

La empresa estaba llena de casamenteros, pero todavía quedaba un soltero... Emily Winters había conseguido casar a todos los ejecutivos solteros de la empresa de su padre. Bueno, a todos excepto al guapísimo y misterioso Jack Devon. ¿Qué mujer no querría casarse con un hombre atractivo y poderoso como él? Emily. Pero su padre había organizado un viaje de negocios que los obligó a pasar una semana solos junto al lago Tahoe. Quizá fuera el momento apropiado para que Emily descubriera el misterio que ocultaba Jack, y así poder encontrar a la mujer perfecta para él... una que lo hiciera caer rendido de amor y pasión.

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Seitenzahl: 157

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Harlequin Books S.A.

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sólo queda un soltero, n.º1929 - abril 2017

Título original: One Bachelor to Go

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9676-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Emily! ¿Puedes reunirte conmigo un momento en el lavabo de señoras?

Emily Winters frunció el ceño al ver a Carmella López, la secretaria de su padre.

–Ya sabes que tengo una reunión ahora mismo.

–Es importante.

Emily miró a su padre y luego a Carmella de nuevo.

–Pensé que habíamos decidido dejar todo este asunto –volvió a mirar a su padre, que en aquellos momentos hablaba por teléfono–. Los planes de mi padre para casarme con alguien de la compañía se han ido al traste. Ya no quedan solteros.

–Queda Jack Devon.

–Sí, lo sé –respondió Emily.

Jack era un hombre difícil, y la relación que Emily mantenía con él no era precisamente fluida. Siempre la obligaba a estar a la defensiva, tanto en el terreno profesional como en el personal.

Era uno de los solteros más codiciados de Boston y siempre estaba rodeado de mujeres hermosas. Guardaba bajo llave el secreto de quién era realmente y era imposible saber nada sobre su pasado.

Lo que Emily tenía claro era que Jack jamás iba a pedirle una cita. Resultaba tranquilizador saberlo. Así no tendría que preocuparse de él por mucho que su padre tratara de forzar una relación entre ellos.

Unas semanas atrás, Emily había escuchado una conversación entre Jack y su padre en la que aquél se había atrevido a llamarla «niña malcriada».

Su padre se había reído en lugar de defenderla, haciendo patente lo desesperado que estaba por encontrarle marido.

Y ella se había reafirmado una vez más en su propósito de no arriesgar su reputación profesional sólo para dar gusto a su progenitor.

Aunque Jack fuera el hombre más guapo de la compañía y su padre un gran negociador, no estaba dispuesta a dejarse embaucar por ninguno de los dos.

–Precisamente es de él de quien tenemos que hablar, y antes de tu reunión –susurró Carmella, que a continuación se encaminó con paso firme hacia los lavabos.

Emily la siguió con el ceño fruncido.

Una vez en el lavabo, y tras asegurarse de que estaba completamente vacío, Carmella se volvió hacia ella.

–Sé que nunca te has sentido cómoda con nuestro plan de encontrar esposas para los empleados solteros de Wintersoft, y menos aún para Jack Devon…

–No me gusta entrometerme en la vida personal de nadie –la interrumpió Emily.

–Claro que no. Pero ambas sabemos que tenía que hacerse –Carmella hizo un gesto hacia el despacho de Lloyd, el padre de Emily–. Si no lo hubiéramos hecho nosotras lo habría hecho algún otro. Y no te habrían gustado los resultados. Vi lo que pasó la última vez que tu padre te presionó para que salieras con alguien de la compañía. Todd Baxter te la jugó… y no sólo en tu carrera.

–De acuerdo, no teníamos opción –admitió Emily. Por mucho que despreciara utilizar información personal sobre sus colegas para conseguirles posibles novias antes de que su padre los presionara para que la invitaran a salir, le preocupaba aún más proteger su corazón y su reputación… por no mencionar la de su padre.

Lloyd Winters era un hombre respetado y dedicado a su empresa, pero tanto Emily como Carmella sabían que tenía un punto débil en todo lo referente a su hija. Estaba empeñado en casarla con algún empleado de la empresa, y Emily no había logrado disuadirlo de sus intentos, ni siquiera después del desastre con Todd Baxter.

–Admito que nuestros planes casamenteros han funcionado de maravilla para todo el mundo. Gracias a nosotras hay cinco nuevos matrimonios en la empresa –Emily se inclinó hacia la puerta para asegurarse de que nadie se acercaba–. Pero nuestro papel en todo este asunto ya ha terminado, así que creo que no deberíamos seguir hablando de ello. Si alguien averiguara…

–Por eso tenía que hablar contigo. Me temo que Jack Devon lo ha averiguado.

Emily se llevó una mano a la boca, consternada.

–¡Oh, no! ¿Pero cómo? Es cierto que últimamente me lanza unas miradas un tanto extrañas, y sabemos que sospecha que alguien ha estado revisando los archivos del personal, pero no puede saberlo con certeza…

–Tu padre quiere que te reúnas con él y con Devon en su despacho a las nueve. Quiere que acabes tu reunión de marketing a tiempo. Ha dicho que es importante.

Emily suspiró y comprobó en su reloj con alivio que no iba a llegar tarde a su reunión. No quería que nadie pudiera dudar de su habilidad para desempeñar el cargo de vicepresidenta de ventas de la empresa.

–Creo que estás viendo fantasmas, Carmella. Ya sabes que a mi padre le encanta organizar reuniones y que siempre le parecen importantes.

Carmella movió la cabeza.

–Este caso es diferente. Jack ha llegado muy temprano esta mañana y ha ido directamente al despacho de tu padre a esperar a que llegara. La conversación que han mantenido ha sido bastante intensa y luego tu padre me ha dicho que quería reunirse contigo y con Jack. Algo se está cociendo. Algo que Jack ha puesto en marcha, no tu padre.

Emily trató de ocultar su preocupación.

–Hace un momento mi padre estaba tratando de cerrar por teléfono ese trato con el nuevo distribuidor. Seguro que tiene algo que ver con eso.

–Ya veremos. Pero me temo lo peor –dijo Carmella–. Si Jack le dice a Lloyd que alguien ha estado husmeando en los archivos, no sé qué pasará. Tu padre está empeñado en encontrarte un marido, alguien que se preocupe por la empresa tanto como tú y, dado lo mucho que confía en mí, me moriría si averiguara que me he entrometido en sus planes…

–Si eso llegara a suceder, yo asumiría las culpas –dijo Emily a la vez que apoyaba una mano en el hombro de la atribulada Carmella. Después de veinticinco años como secretaria de Lloyd, Carmella conocía a los Winters mejor que nadie y, tras la muerte de la madre de Emily, acaecida diez años antes, se había volcado especialmente en ellos. Emily sabía muy bien que se quedaría desolada si Lloyd averiguara que había estado maquinando algo a sus espaldas, aunque hubiera sido por una buena causa.

–Ten cuidado –la advirtió Carmella.

–Lo tendré.

Con Jack Devon en la misma habitación, ¿cómo no iba a tenerlo?

 

 

–Siéntate, Emily. Jack acaba de ofrecerme una información realmente interesante.

Emily se volvió para cerrar la puerta del despacho y luego se encaminó con una sonrisa hacia el escritorio de su padre.

Jack Devon ocupaba uno de los dos sillones de cuero que había ante el escritorio, de manera que ella se sentó en el otro.

Como casi siempre que estaba cerca de aquel hombre, los nervios se apoderaron de ella. Desde que había visto El último mohicano, su corazón latía más rápido cada vez que veía al actor Daniel Day Lewis. El actor que interpretaba al misterioso Hawkeye en la película la había dejado sin aliento en cuanto había aparecido en pantalla.

El problema residía en que Jack Devon era una especie de Daniel Day Lewis ampliado. Tenía el mismo pelo negro y los mismos pómulos altos que tanto afectaban a las hormonas de Emily, pero era más alto, más musculoso, y el tono moreno de su piel realzaba el color gris de sus inteligentes ojos. A pesar de su naturaleza afable, Jack también parecía un hombre envuelto en el misterio, como el personaje que representaba Lewis en la película.

Lo único que habían logrado averiguar Carmella y ella sobre él en los archivos había sido que había asistido a la universidad de Amherst y que se había licenciado con las mejores notas.

Además de eso, Emily sabía que la consideraba una niña malcriada, algo que más le valía no olvidar.

–¿De qué información se trata, papá?

Lloyd hizo un gesto a Jack, que se inclinó hacia Emily en su asiento. En lugar de la mirada acusadora que Emily temía recibir, vio que sus ojos brillaban de excitación, como los de un niño a punto de revelar una sorpresa.

–La próxima semana va a tener lugar un importante congreso en Reno. ¿Has oído hablar de él?

–¿El de la Organización de Servicios Financieros Mundiales? Claro que he oído hablar de él.

–Jack y yo pensamos que ambos deberíais asistir –dijo Lloyd.

¿Ambos? Lo último que esperaba Emily era salir de aquella reunión con un billete de avión para Reno y con Jack Devon como acompañante. Miró a su padre con expresión interrogante.

–Hace meses que recibimos la información sobre ese congreso. Cuando llamé me dijeron que los puestos de los expositores estaban reservados desde hacía dos años. No sé qué podríamos lograr asistiendo sin contar con uno de ellos.

–Anoche, mientras recogía mi escritorio, encontré el folleto de propaganda y decidí hacer una llamada antes de tirarlo –dijo Jack–. Averigüé que tres expositores habían cancelado su asistencia. Sé que ya es tarde para preparar las cosas, pero la empresa Acton Software se ha hecho con uno de los puestos, y ya sabes lo que eso significa.

Emily se volvió hacia su padre.

–Si nos hacemos con uno de los puestos que quedan, podemos hacer una demostración de la versión beta del software financiero de Wintersoft para hacer saber a la industria que estará lista en un par de meses. Así al menos podremos evitar que nuestros actuales clientes se cambien a Acton cuando su nuevo software salga al mercado.

Acton Software, el mayor competidor de Wintersoft, ya había empezado a tomar pedidos de su nuevo software y ofrecía grandes incentivos para que los usuarios de Wintersoft cambiaran de programa. A menos que Wintersoft demostrara a sus clientes que su programa superaba al de Acton, le esperaba una dura competencia en el futuro.

–Creo que podemos lograrlo –dijo Jack, confiado–. ¿Cómo tienes tu agenda, Emily?

–Me ocuparé de reajustar todas mis citas. No podemos pasar por alto esta oportunidad.

Asistir al congreso supondría muchas noches de trabajo a lo largo de la siguiente semana para preparar la presentación, seguidas de cinco días a solas con Jack.

Al menos no iban a ser cinco noches. Afortunadamente, podría relajarse a solas en su habitación del hotel por las noches.

–Estupendo –Lloyd se levantó, fue hasta la puerta y asomó la cabeza al exterior–. ¿Puedes venir un momento, Carmella?

Cuando Carmella entró, Emily notó la curiosidad de Jack ante el nerviosismo de la secretaria, algo totalmente atípico en ella.

Lloyd volvió a sentarse y tomó los papeles sobre el congreso que tenía en el escritorio.

–Necesito que reserves dos billetes para Reno para Em y Jack. La próxima semana van a asistir a un congreso.

Carmella tomó los papeles y los estudió mientras Lloyd se dirigía a Emily y a Jack.

–Si mañana podéis entregar a Carmella una lista de los medios audiovisuales que necesitaréis, ella se ocupará de hacer los arreglos necesarios.

–Ya sé que los hoteles cercanos a la sala donde va a tener lugar el congreso están ocupados –dijo Jack–, pero, ¿no crees que sería mejor que nos quedáramos en la ciudad? Aunque sea en Harrah’s, o en otro hotel.

Emily se puso inmediatamente alerta. ¿Mejor que qué?

Lloyd negó con firmeza.

–Sé que hay casi cuarenta y cinco minutos de Reno a mi casa, pero está totalmente equipada y ya tengo cargada en el ordenador la nueva versión del software, de manera que podréis trabajar allí perfectamente. Además, si estáis juntos no tendré que molestarme en localizaros por separado y podréis mantenerme al tanto de todo con más eficacia.

Emily parpadeó.

–¿Quieres que nos quedemos en la casa de Tahoe? –preguntó, tratando de ocultar su inquietud. Durante el día estarían muy ocupados, pero no habría mucho que hacer por las tardes. Al menos, no lo suficiente como para centrar todas sus conversaciones en los negocios.

Si Jack sospechaba que Carmella y ella habían husmeado en su archivo personal, podría interrogarla sin ningún testigo. Pero aunque no fuera a hacerlo, la perspectiva de pasar cinco días con sus noches con aquel metro ochenta y cinco de músculo y ochenta kilos de peso y pura testosterona resultaba realmente inquietante.

Gracias a los esfuerzos de su padre por conseguirle un marido perfecto, Emily había aprendido hacía tiempo que necesitaba separar por completo su vida personal de su vida profesional.

Desafortunadamente, su padre no había aprendido la lección a pesar de que Todd Baxter, el ex marido de Emily y antiguo chico de oro de la empresa, había tratado de robar los secretos de la compañía. Emily no pudo evitar preguntarse si su padre tendría la esperanza de que se enamorara del último vicepresidente soltero de la empresa.

–Estaréis mucho más cómodos en la casa –replicó Lloyd, confirmando las sospechas de su hija–. ¿Y no me dijiste la semana pasada que debíamos refrenarnos en los gastos? Esto ahorrará a la empresa el pago de dos habitaciones en un hotel durante una semana.

–De acuerdo –concedió Emily, que no quería discutir con su padre ante Jack y Carmella–. Supongo que enviarás la furgoneta a recogernos al aeropuerto para que no tengamos que alquilar un coche, ¿no?

–Por supuesto. Estoy seguro de que los Wilbur no tendrán ningún inconveniente en dejárosla –Lloyd se refería a la pareja que se ocupaba del mantenimiento de la casa mientras él trabajaba en Boston–. Haré que se ocupen de todo.

–Les llamaré para ponerles al tanto de los planes de Emily y Jack –dijo Carmella antes de salir.

–Acton no va a saber lo que se les ha venido encima después de que hagáis la demostración de nuestro nuevo software –dijo Lloyd con una sonrisa–. Tengo absoluta fe en vosotros dos.

Emily salió del despacho decidida a preparar a conciencia la presentación.

Sólo esperaba sentirse igualmente preparada cuando llegara el momento de compartir las tardes, además de las mañanas, con Jack.

 

 

Una semana con Emily Winters. A solas.

Jack cerró la puerta de su despacho y masculló una maldición. Había olvidado que Lloyd poseía una magnífica casa a menos de una hora de Reno. Si hubiera sabido que insistiría en que se alojaran juntos en ella, se habría planteado la posibilidad de rechazar todo el plan.

Pero Wintersoft debía estar presente en el congreso. Había pasado gran parte del año anterior tratando de convencer a los accionistas de que la nueva versión de software iba a suponer una gran ventaja para el negocio y no podía decepcionarlos. Y nadie mejor que él podía ocuparse de conseguir potenciales clientes, con la posible excepción de Emily Winters.

Nunca había trabajado en un congreso con ella, pero sin duda debía de ser buena. De lo contrario, no habría conseguido llegar a ser vicepresidenta con tan sólo treinta y un años. Y Lloyd no era el tipo de empresario capaz de ascender a un empleado suyo sin un buen motivo, aunque ese empleado fuera su hija.

A pesar de todo, tendría que mantenerla vigilada hasta asegurarse de que podía hacer el trabajo tan bien como su predecesor, Quentin.

Pero ocuparse de los aspectos profesionales de aquel viaje iba a ser el menor de sus problemas. No quería pasar toda una semana con Emily Winters. Sabía que tanto ella como Carmella lo habían estado observando, y sospechaba que habían echado un vistazo a su archivo personal. No sabía por qué, pero le daba lo mismo, porque hacía tiempo que se había asegurado de que su expediente no contuviera nada importante.

Pero se temía que, durante su estancia en Reno, Emily fuera a dedicarse a obtener toda la información personal posible sobre él. Con aquellas magníficas y largas piernas a su lado todo el día y aquellos tentadores labios haciéndole preguntas cada noche durante la cena, temía llegar a olvidar su voto de mantener totalmente separados los negocios y el placer.

Por mucho que odiara admitirlo, Emily Winters tenía todo lo que él podía desear en una mujer: inteligencia, un cuerpo magnífico, ambición… y todo lo que él no podía tener. Gracias al matrimonio disfuncional de sus padres, sabía que las relaciones serias no eran para él. Y Emily llevaba impreso en su exquisito rostro que sólo le interesaban las relaciones serias.

Se pasó la mano por el pelo en un vano intento por despejar su mente. Deseo. Eso era todo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había besado a una mujer con un auténtico cerebro en la cabeza? O, más bien, ¿cuánto tiempo hacía que no besaba a una mujer?

Apoyó la frente contra el ventanal de su despacho y contempló la calle Milk, que se hallaba cincuenta plantas más abajo. Luego miró hacia el sur, hacia Quincy Shipyards y todo lo que había dejado atrás.

Tenía todo lo que quería en la vida, excepto a alguien con quien compartirlo. Pero era mejor así. Había trabajado demasiado para llegar donde estaba como para permitir que la soledad o el mero deseo fastidiaran las cosas. No podía permitirse el lujo de sentirse atraído por una mujer que buscaba una relación seria, lo único que él no podía ofrecer a una mujer. Y tampoco podía permitir que nadie averiguara demasiado sobre su vida personal.

Porque si Emily obtenía demasiada información sobre él, podía suponer el final de su vida profesional.

Capítulo 2

 

Los pasos de Emily resonaron en el suelo mientras avanzaba hacia el puesto en que Jack se ocupaba de los últimos preparativos. Jack se volvió a mirarla y contempló con esperanza la bolsa de plástico que llevaba en la mano.

Habían llegado hacía horas a Reno y habían ido directamente al salón a preparar el puesto.