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«Solo quería bailar» narra en primera persona la historia de Pili, una bailarina sevillana que está en la cárcel porque acabó jarta (como ella dice) de la institución y su burocracia, y se volvió terrorista, aunque no una tan buena como a ella le hubiese gustado. Pili habla en andalú, es divertida, escatológica y tonta, o eso le han dicho una y otra vez, pero su discurso aparentemente naíf y deslavazado esconde un alegato más que certero contra el sistema y sus baluartes que destila bastante mala leche e invita a la carcajada. En su deslumbrante debut novelístico, la bailarina, coreógrafa, payasa y directora teatral y circense Greta García nos brinda un libro hilarante que engancha desde la primera página, una novela bruta e irreverente llena de personajes inolvidables, llamados a marcar a toda una generación. «Este libro irrumpe en la literatura española por su frescura y autenticidad, pero especialmente porque la voz hilarante de Greta García no es autocomplaciente y rompe con todo mientras te hace reír». —Brenda Navarro «Un grito dolorido y asqueroso al palazo en la cabeza de la burocracia». —Sabina Urraca «Se trata de una novela bastante extrema en sus insolencias, y sin embargo está llena de gracia, tocada desde el principio por ese don extraño de lo oportuno, de lo acertado, de lo bien dicho». —Juan Marqués «Se sostiene por el talento de García para las escenas breves y algo orgiásticas o los maravillosos diálogos entre presas, virtudes que de nuevo remiten a una dimensión dramatúrgica. Y por un inteligente ritmo, tan eufórico como paciente». —Carlos Pardo, Babelia «Greta García traslada toda la música. coreografía de su trabajo escénico a la literatura». — Paloma Cruz Sotomayor, La Vanguardia «La novela 'Solo quería bailar' se mete de lleno en la precariedad artística que se ve reafirmada por las ideas sociales sobre quienes curran en lo cultural que, se sabe, por lo visto deben vivir del aire». — Mar Gallego, Píkara Magazine
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Seitenzahl: 227
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Greta García, 2023
c/o Indent Literary Agency
www.indentagency.com
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2023
DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama
DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama
FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © José Toro
IMPRESIÓN: KADMOS
Impreso en España – Printed in Spain
IBIC: FA
ISBN: 978-84-126039-2-7
eISBN: 978-84-126528-4-0
DEPÓSITO LEGAL: M-30758-2022
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greta garcía
A Dettan y Pichu
1. Suplé
2. Relevé
3. Frapé
4. Granplié
5. Posé
6. Devulé devulé devulé
7. Fondí
8. Efasé
9. Padechá
10. Piqué piqué
11. Rondeyán
12. Tandí derrié
13. Devulé devulé devulé
14. Developé
15. Baloté baloté
16. Tombé padeburé glisá granyeté
17. Soté arabé
18. Etashelé meteshé
19. Cupé retiré
20. Passsé
21. Anfá
22. Pordebrá
23. Chasé
24. Fueté
25. Cambré
Agradecimientos
Tener el poder de leer el pensamiento es agotador. Yo no lo tengo, pero con solo imaginar que alguien oye lo que a mí me retumba me canso. Me consume mi propio sistema. La mentalista que se tope conmigo muere. Escucha un microsegundo de to esta paranoia cansina y cortocircuita, catapum, al hoyo, por listilla, por ir leyendo la mente de las demás. Manolete pa qué te mete. Está claro que sufro de palabrerío grave y severo y sin remedio alguno. Tengo reúma mental. Mi dolencia es como la de la peña que tiene un pitío en el oído que no se va, que tienen a un bichito cabrón metío en la oreja que hace piiiiiiiiiiiiiiiii. Quizá lo del pitío es peor. Mierda, ¿y si ahora por pensarlo lo tengo yo también pa siempre? Mierda mierda mierda, desde luego, qué fatiguita esta de tener la palabra mierda en mayúsculas como un turbante en los sesos. Si me rajaran el cráneo con un serrucho e hicieran el corte perfecto sobre mis ojos y orejas pa destaparme la chota, se comerían de lleno un letrero de puticlú mal iluminao en el que pone: mierda ano tonta hostia su puta madre y mongola. Que eso no está bien decir mongola porque hay gente de Mongolia y que no está bien decir que los mongolos son mongolos, pero es que lo que tú eres es una peazo mongola y una peazo mierda gorda. Ojalá fueran otras las palabras que completaran mi semántica, pero eso no se puede controlar, igual que el hecho de haber nacío. Me parieron y aquí estoy, con un cepillo dientes metío en el sieso, intentando no pensar. El que dijo pienso luego existo es un cabeza brótola, como dice la Amparo. Como Bartolo, que siempre me daba la chapa con que la idea de pensar es mentira, que no pensamos, que las voces que oímos no existen, que esa voz del yo, el yo, ese susurro pesao, no es más que una bola de recuerdos que el cerebro almacena como un disco duro y que por su cuenta remezcla como un diyei encocao en una rave infinita. El Bartolo es otro cabeza brótola, o peor todavía, un cabeza níspora, un cebolla, un tonto polla. Yo tengo el cerebelo que me va a estallar de palabras de mierda y no me queda otra opción que seguirles el rollito si no quiero que me dé el tic del ojo. Si la doctora fuese un poquito bruja y tuviese el poder de leer lo que esconde mi chope sin morirse de la sobredosis palabrística, ahora mismito, en este instante, se toparía con un palo por el culo guarra asquerosa cochina marrana mojino mojino clávame un pino. Desde luego, haría un pacto con el diablo por tener más repertorio, pero es que palo por el culo joé mierda salen sin querer. Y eso que me da tela de miedo, una estaca madera bien gorda que te va dejando astillas por el camino. No sé si es peor eso o una vara metal ardiendo o una cucaracha o un montón de cucarachas, esas se meten en cualquier sitio y les encanta la mierda, entran felices como quien se baña en la playa en agosto, las ratas también. Una rata en un ojete. Realmente hay muchas opciones de cosas que meter en un culo. Un pie, una barbi, un fajo billetes, to vale. Lo típico de una amiga que conoce a una enfermera que le ha contado de un tío que ha llegao con el mando la tele en el ano y no se lo puede sacar y se justifica diciendo que se ha sentao encima y se le ha metío sin querer. Oí en una entrevista a una madre hablando de su hijo, ella le vio los pantalones manchaos de sangre, le preguntó qué había pasao y el niño le dijo: Es que me sentao encima de una bici sin sillín, y ella le dijo: ¿Pero tú eres tonto o qué te pasa? Y le dio un guantazo, pero al niño de seis años lo había violao un cura. Yo solo me metío un cepillo dientes, na que ver con un cura, y el cepillo es de plástico y fino, mu fino, más fino que un deo. Pero me lo he metío demasiao y mi recto ha hecho el vacío como si fuera un paquete salchichas y no he podío sacarlo, no ha podío ni la Manuela, y he tenío que gritar socorro socorro y la Topo bizca pestosa me ha traío hasta la consulta y me duele un poco y la doctora Pina me está mirando y me encanta que me mire pero a la vez estoy un poco incómoda porque me duele y me estoy empezando a agobiar. Bastante.
La doctora levanta las cejas, espera mi sentencia:
—Me metío un sepillo diente por el culo y ara no me lo puedo sacá.
—¿Que te has metido un cepillo de dientes por el culo?
—Hí.
—Joder.
No me juzgues, doctora, dime tú qué hay mejor que hacer que meterse cosas por el culo en una habitación de la que no puedes salir. Yo creo que tú también lo harías, lo podríamos hacer juntas, yo a ti y tú a mí, varias veces, las que quieras. Está la opción de pegarse cabezazos contra la pared o arrancarse pelo o levantarse la piel mu despacito, pero eso no siempre apetece. Lo del cepillo era pa darme gustirrinín, un poco de gustirrinín.
—Ya, soy tonta.
—No digas eso.
—¿Entonse, qué soy?
—Una imprudente.
—Vale, pueh eso, soy una imprudente.
—A ver, bájate los pantalones y reclínate.
Pordió, ¿hace cuánto que nadie me pide eso? Bueno, cómo exagero, a veces nos lo piden, no, exigen, obligan, pa examinar si tenemos droga o quién sabe, un mensaje encriptao o una bomba mu pequeñita. Pero así, en este tono… Cómo dependen las palabras de un buen tono. El de la doctora Pina es un zumo melocotón frío en verano. Avemaríapurísima, mi clítoris ha pegao un calambrazo. ¿Y si recorre con su deo mi columna vertebral? Otro calambre. Mierda. Seguro que se está dando cuenta. A lo mejor ella quiere, a lo mejor esto le pone. Yo, así, con las bragas bajás, con pose de galgo, con un cepillo asomando por el culo como una coquina: esto es la fantasía de más de una persona. Y tengo un buen pandero, está lleno granos pero es un buen mojino, una nalga mía no cabe bien en una mano. Y no está blando. Por fuera sí, una capa que cubre el músculo sí. Pero lo de dentro, lo que es el músculo músculo, eso está duro. Eso es gustoso, me lo han dicho siempre. Siempre me han dicho: ¡Qué buen culo tieneh, Pili! Es lo único que me han podío piropear, no hay más cacho bueno en mí. Culo. Fin. Punto pelota. Está mu blanco, eso sí, da lástima de paliducho que está. Pero tengo una mancha nacimiento en forma murciélago que le da vidilla. ¿Y ella? ¿Tendrá granos como yo? Quizá tiene el culo lleno pelos. Con la bata es que no se ve na, por eso llevarán bata los médicos, pa esconder las curvas, como las monjas, como los magos, como Kin África. Pero tengo buen ojo pa los culos, intuyo que lo tiene tipo pera. Esos culos son mu agradables, relajaos, como una sonrisa después de follar. Como ella. Doctora, si me tocas donde me tienes que tocar, me corro entera. Venga, Pina, ¡vacíame como lah hibiah! No. No me puedo correr aquí. Ahora no. No no no joé coño sus muertos ya.
—Tienes que relajar el recto, Pili, estás muy tensa, respira, esto va a salir sin problema.
Me ha llamao Pili. Esto se está poniendo personal. Y se ha puesto guantes de látex y un kilo lubricante. Mae mía, esas manos entran donde quieren. Si me leyera el pensamiento. Si supiera. No. No quiero. Ahora mismo no quiero que me lea, se va a creer que además de cepillarme los dientes de un modo raro soy una depravá. Aunque no sé qué tiene de malo reconocerlo, soy guarra, estoy cachonda, ¿y qué pasa? ¿Se dará cuenta de que me chorrea el perineo? Perineo, me encanta la palabra y me encanta el sitio. Se me quedó grabá cuando me diagnosticaron el papiloma viru y la cándida y algo más que ya no me acuerdo, que me dio to junto. Es vergonzoso que hasta que no me lo dijo el ginecólogo yo no me había mirao el perineo con un espejo, ni me sabía la palabra. ¡Y el perineo lo es todo! Sin perineo se cae to pa abajo. Una encoge el perineo y ya se mete el bajo vientre y tiene bien colocaíta la pelvis, y con la pelvis en su sitio y el coxis pa dentro se abre el diafragma y ya está una perfectamente colocá pa bailar fregar pasear comer o simplemente esperar a que pase algo. Pero qué vergüenza más horrorosa, que con lo flexible que soy podría haberlo analizao en cualquier momento. Yo, tan cristiana apostólica románica mongólica, ¿cómo me iba a mirar mi propio coño? Otros sí, pero ¿yo? ¿Cómo iba a hacer yo eso? Fatá. Es mu triste que hasta los dieciséis el perineo no tenía cara pa mí. La mierda de estas cosas es que te las puede pegar una persona y que no te salga el regalito hasta que te dé la bajona y ya no sabes quién te lo ha pegao y no le puedes dar las gracias, es un amigo invisible. Así, cuando tus defensas se van de vacaciones, el perineo dice: ¿Qué pasa, tía? Yo tenía verrugas y hongos con aspecto coral, presioso, remataban hasta mis labios interiores y exteriores con nuevos volúmenes y texturas que me tenían horas fasciná con el espejo en mano, mi coño era una puerta a otra dimensión. Aunque me alegré de no tener tantos picores me dio pena aniquilar mi nuevo adorno. Es injusto acabar con la vida de unos pocos hongos y virus cuando dejamos que sus hermanas bacterias correteen por nuestro cuerpo en libertá. A veces me visualizo así, como una bacteria enorme que simplemente ocupa espacio, como una ameba pesá que no aporta absolutamente nada. Cuando una asume lo que es, que no es más que una masa de microorganismos, pierde la noción de responsabilidá, de culpa, y le entra la risa floja. Antes puede ser que se deprima, como cuando el ginecólogo asomó entre mis piernas y apoyando su mano fría en mi rodilla afilá me dijo: Tieneh papiloma viruh. El hijo puta me pilló totalmente desprevenía. El ginecólogo y mi coño tienen el mismo pelo marrón rizaíto, y cuando asomaba entre mis piernas me imaginaba que a mi coño le salía una cara como la suya en chiquitito y que conversaban como dos perros de agua:
—Wuf wuf.
—Wuuff.
—Wuf wuf wuf wuf.
—¡Wuf!
—Grrr.
—Auauauauuuu.
Iba al Perro ginecólogo porque era al que iba mi madre, porque el anterior cogió sus bragas, las ondeó como una bandera y cantó: ¡Que viva Ehpaña! Y mi madre es patriótica pero no tanto, y por eso se decantó por un ginecólogo que ladra bajito. Yo fui a enseñarle mi coral y él me dijo que aquello podría haberse extendío y que si tenía verrugas en el cuello del útero podría ser jodío. Me preguntó cosas como a una niña pequeña y yo le contesté como una niña pequeña. Al salir me ofreció un caramelo y yo le cogí dos.
—Ya está. A la basura.
La papelera metálica chilla cuando presiona el pedal.
—¿Cómo? ¿Ya ehtá? ¿Así de fasi? ¿Ehtáh segura que no sabrá quedao dentro un troso? ¿Er cabesá o argo?
Está bonito conversar así, con el culo abierto.
—No, está enterito. Ala, toma, límpiate con esto y prométeme que no te meterás más cosas por el recto.
—Lo prometo.
Se lo digo con una sonrisa. Acaba de hacerme un favor y me ha encantao, se ha ganao la mentirijilla. Ella me devuelve el gesto. Doctora, ¿estamos hablando el mismo lenguaje? Me has visto el alma y pareces contenta. Y me has echao un abuso lubricante. ¿Ta gustao? ¿Te va el rollito gel? Mae mía, es alienígena la baba en el papel. La papelera chilla de nuevo.
—Pobresita, ehtá jarta.
—¿Cómo? ¿De quién hablas?
—La papelera, que ehtá fatá. Cucha.
Vuelvo a pisar.
—Se quiere i de aquí, suplica vacasioneh.
Se ríe. Me gusta que se ría, me encanta, tiene una risa que es gloria bendita. No como la mía, aunque yo hace ya mucho que no me río por na, por gracioso que sea. Pero yo antes, cuando me reía, me reía pa dentro y me ahogaba, era una risa de burra suicida. Nunca he disfrutao eso de los ataques de risa porque me daba miedo morirme así. Por eso detesto que me hagan cosquillas. Una cosquilla, una coz. Pero esta risa, la de la doctora, con esas aes, echando la cabeza patrás, esta no mata. Me encantaría hacerla reír un poco más, cuando empiezo me cuesta parar, pero la aburría de Topo ya me ha agarrao del brazo pa llevarme hasta mi celda mi casa mi habita mi keli mi cueva mi campo batalla.
La llamo Topo porque no me queda otra. La hija puta cada día está más bizca. Pero no nos mira a los ojos porque no le da la gana, no porque sea bizca. Yo conozco gente así, que te mira de reojo con uno de los ojos y se nota. Cuando te miran con un ojo se nota. La Topo tampoco nos cuenta na personal. Algunas carceleras se relajan y te dan palique, te cuentan alguna movida política o se quejan de que el uniforme les da caló, porque es que vaya trajecito que me llevan, no tienen versión verano y es horrible, yo las entiendo. Pero la Topo ni mijita, ella es más de pegar que de hablar. Ella puede darte órdenes, llamarte por tu nombre, meterte un piñote y mirar pa Cuenca y pa Pekín al mismo tiempo.
—¿Qué pasa, Topo?
Un silencio total es la respuesta, como los de la Administración pública.
—Oye, me vase farta un sepillo dienteh nuevo.
Nada. Hoy está aburridísima. Qué tía.
—Entiendo que no hableh, pero… ¿Ni una miraíta?
Aquí viene. Topo se tensa, aguanta la respiración, sabe que se acerca la pregunta del millón:
—¿Eh porque ere bihca o eh que no tatreve?
Cierra mi celda con un conjuro y se aleja diciendo buenas noches. ¿Cómo? ¿Buenas noches? ¿No hay hostia? Vaya pordió, eso es que se está haciendo caca o algo y tiene prisa. Bueno, no está mal, el día ha sío canelita en rama. He estao unos quince minutos con la doctora, me ha llamao Pili, como a mí me gusta, y me ha sonreío. ¿Verdá? Me desea, sí, un poco, algo, seguro, y me ha visto el culo y las hemorroides, eso la ha puesto perra seguro. A ver qué me invento mañana. Lo de quedarse ciega repentinamente no cuela, comprobao, lo de quedarse sorda tampoco, es mi excusa favorita, pero no cuela, nunca. Quizás puedo decir que me duele el apéndice un montón. Un ataque de apendicitis. Eso te lo tienen que quitar del tirón. Si te vas a dar la vuelta al mundo en barco, te lo quitas antes de partir. Yo no lo necesito pa na, creo. Sí, está mu bien, al carajo el apéndice. Pina tendría que estar mu pendiente de mí y yo tendría tiempo de hacerle más chistes, entonces ella haría montones de jajajás y cogeríamos confianza, nos contaríamos secretos, me tendría que palpar a menudo pa saber si estoy bien, y en una de esas nos tocaríamos una mano sin querer, nos rozaríamos un poquito más queriendo, acercaríamos las narices sin saber bien dónde poner los ojos, se nos cortaría la respiración y nos besaríamos. Sí. Primero suave pero después to fuerte, y nos agarraríamos los cuellos y las caras como si tuviéramos miedo a que se perdieran pa siempre. Quién sabe. Sería bonito y yo necesito algo bonito. Pina Pina Pina. ¿Sabrá que se llama como la coreógrafa? ¿Sabrá quién es? A las coreógrafas y bailarinas no las conoce nadie, pero a esta por lo menos le hicieron una película que se puso en el cine al laíto de las comedias y los triler. La Pina la verdá que hacía de to, pero lo que más me impactaban a mí eran sus repeticiones. No es lo mismo caerte una vez que caerte cien veces seguías. Porque la repetición da como sorpresa al principio, pereza al rato, luego risa, después agobio, y al final liberación, y la gente por lo general se queda en chop. La pobre está ya bastante muerta, pero sigue teniendo un teatro con su nombre, se siguen bailando sus bailes por toas partes e incluso se dan becas con su nombre también. Lo que da dinero da dinero, eso es así. Pina Baus es ya una marca consagrá, como El Cortinglé, que no sé por qué se llama así si pa lo que vale es pa estar fresquita en verano, o Chupachú, que sí que tiene un nombre que se entiende. Esto se lo tengo que contar a la doctora, si no lo sabe va a flipar. Bueno, quizá mi Pina en verdá no se llama Pina y se llama Dolores y Pina es el apellido. Dolores Pina. Está guapo. Podría preguntarle, pero me da cosa a estas alturas, después de intimar tanto. Mejor no le pregunto na. Le cuento lo de la coreógrafa y ya está. Seguro que le gusta. Le puedo enseñar alguno de sus bailes. El que imito a la perfección es Café Muler. Una bailarina to canija se desplaza por una sala llena sillas con los ojos cerraos. Ella no se choca porque hay un hombre mu bien peinao que se las va apartando. Yo me chocaría, claro, pero eso a mi Pina seguro que le encanta, que es mu pava la Pina. Ay, Pina. ¿Qué hago pa estar contigo otro ratito? Solo necesito una excusa de nivel pa volver a su consulta. Ojalá fuera tan fácil como en el conservatorio, allí colaban toas. Nos inventábamos cualquier chorrá pa no ponernos las puntas. Cuando la profesora asomaba por la ventana con el cafelito en una mano y el cigarrito en la otra y nos hacía señas pa empezar la clase, nosotras obligábamos a la Susana a que se quitara las lentillas y las tirara al suelo. ¡Profe, no podemoh bailá, la Susana sa queao siega! Otras veces le deshacíamos el moño a la Tina, que tenía melena hasta el culo, y la profesora tardaba por lo menos diez minutos en volver a recogerle el pelo. También había veces que me pellizcaban las orejas hasta hacerme llorar y la profesora reñía al grupo y ganábamos unos quince minutos que nos obligaba a estar en silencio. A veces era mejor el dolor de las orejas que el de los pies. La putá de mis pies es que tengo los deos mu largos, parecen los deos de una mano pequeña. Recuerdo mis primeras puntas, las más anhelás de la historia, con las que por fin me convertiría en bailarina de verdá y giraría y volaría como las bailarinas de verdá. Fui a comprarlas con mi madre, y mi madre, como buena madre, se aseguró de comprarlas grandes pa cuando creciese, pa que me durasen mucho. Cuando entré en el aula a la profesora le dio un ataque de risa:
—¿Ónde vah, Pili? ¿Qué tah puehto, unah canoah en loh pie?
To las niñas se descojonaron y yo hice como que me reía, pero en verdá no me hacía ni puta gracia. Y cuando sentía cómo mi pie se escurría dentro la zapatilla cada vez que subíamos al relevé y bajábamos al posé y que con cada roce la piel se me iba erosionando me cagué en to los muertos de mi madre la pobre que no tenía culpa de na. Relevé posé relevé posé. To en francés, cuando ninguna niña tiene ni pajolera idea de francés. No sé ni cómo se escriben to esas palabras que he repetío una y otra vez desde los siete años. El lenguaje del balé es una tradición oral. To siempre con tilde al final, como bagué y torre Eifé. Plié tandí fondí y piqui piqui y tiki tiki cuando se les olvidan las palabras. Ese día yo me tuve que sentar porque se me salían las zapatillas y me sentí fatal porque ya las había llenao de sangre y las puntas cuestan mu caras. Mi madre, como buena madre, las cosió. Y no fue la mejor solución, pero al menos tiré por un tiempo con dignidad. Las puntas tienen que ir apretás. No como pies de loto pa que quepan en la boca del marío pero casi casi, que sientas que en vez de deos tienes un muñón. Y hay que cortarse bien las uñas, una uñita mal cortá puede matarte. Había quien usaba protectores de silicona, pero eso es escaquearse, hay que hacerse el callo como las de antes, unos buenos juanetes. Por eso yo usaba una media enrollá y me ponía un trozo ternera cruda contra la carne que se quedaba al descubierto. Eso me daba gustito, la vaca fría contra la herida abierta. A veces no era suficiente y la sangre asomaba a través de la tela rosada y brillante como una menstruación repentina que te hace suplicar droga dura. Lo sé porque Manuela vive sus reglas como si un mago de pacotilla la estuviese partiendo en dos con un serrucho y ella se toma una pastillita que la deja como nueva. A mí no me viene la regla, parece que lo de bailar balé y no comer me reventó el organigrama menstrual. Es increíble lo poco que he comío durante mucho tiempo y lo viva que estoy. Aquí dentro he tenío que volver a apreciar la comida porque no hay na mejor que hacer en la hora de la comida cuando toas hacen eso de masticá y saboreá y tragá. Aunque sea puré de patatas con puré de patatas y un poco más de puré de patatas que siempre viene bien un poquito más de puré de patatas. Qué ascazo me daba comer. Cada mordisco me hacía sentir terriblemente mal, cada bocao me perseguía como la luna a la tierra y la tierra al sol. Me pesaba después de mear, después de cagar, cada mañana, tarde y noche, incluso en sueños me he pesao. A veces la báscula no bajaba, pero porque era regulera, le daba un golpecito con el pie y pom, la flecha bajaba, los gramitos descendían, verificaba mi sacrificio y yo contenta. To por la danza. To por algo intangible. To por tener un buen papel en una mierda fin de curso. Porque cuando el profe te explica que la celulitis es grasa enquistá y que el queso es graso, tú dejas de comer queso. Cuando elige de protagonista a la más canija, tú quieres ser la más canija. Y cuando señala que una etapa de anorexia no le viene mal a nadie, tú decides ser la anoréxica namber uan. El rugío en la barriga era buena señal. Vamoh vamoh, sélulah míah, comé de mih grasah. Yo siempre culo toma culo. Ahí es donde se me acumula to lo que el cuerpo ni suda ni caga. En los brazos también. Mis alitas de pollo alimentan a más de uno. Agarrar la molla de mi brazo es lo más cercano a coger una teta, porque donde van las tetas no hay na. Esto por suerte pa bailar va bien, no hay que ir aplastando cosas. Y la verdá que tengo buenos trapecios, sí, tengo unas buenas clavículas también, salidas, como si me hubiese atragantao con una percha, eso gusta. Y el esternocleidomastoideo se me marca mucho, eso queda de maravilla. La mierda es que la mayoría de estas pamplinas son genéticas, por eso algunas se operan, se meten prótesis en los empeines o se recortan los labios del chumino pa que no se les vea tan gordo cuando les toca bailar en bragas. La culpa de to la tiene Descarte o como se llame el mascamierda ese con lo del cuerpo máquina y la mente por otro lao y la gente que le echó cuenta, se inventaron los pudores y empezaron a mear con la puerta cerrá y el pestillo echao y dejamos de vernos los cuerpos y llegaron los complejos. Qué lástima. Pudiendo quedar to la peña pa mear y cagar en la plaza el Ayuntamiento. Quiero pensar en esas mujeres de la Edá Media con sus dientes negros y apiñaos, sus muslos untaos en manteca, un gato acostao en el bigote, un buen matojo en el coño y con remedios de romero pa que se vaya lo malo y entre lo bueno, que vivían entre hileras de pescao, borregos y niños recién paríos bajo la mesa, que ellas mismas se sacaban los bebés con una mano mientras vendían tomates con la otra, que miraban las alubias de cambio con los ojos arrugaos porque no tenían gafas y se limpiaban las manos con limón y se enjuagaban el jigo con cerveza y por la noche se iban a las pozas a reposar el culo en el barro y se quedaban dormías en el agua caliente lleno azufre, que huele a mierda pero es mu sano. Bien sabias, bien gorrinas. Yo debería ser así, una cerda, y gruñir to el rato. No tanta palabra que me aniquila, gruñir na más. O un robot, mejor un robot. Que los cerdos tienen mu mala vida. Los robots viven como reyes. Yo sería
