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UNA NOVELA SOBRE SECRETOS FAMILIARES, LEALTAD Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES. Sunday Brennan despierta magullada en un hospital de Los Ángeles tras haber sufrido un accidente. Esa es la señal de que ha llegado el momento de regresar a Nueva York, después de haber abandonado a sus hermanos, que no la perdonan, y al hombre con el que imaginó que compartiría su vida. El hogar que la espera está lleno de grietas y preguntas. Sunday quiere recomponer su vida, aunque tenga que caminar sobre viejos rencores. Sin embargo, cuanto más tiempo permanece, más descubre que los suyos la necesitan tanto como ella a ellos. Y, cuando un hombre de su pasado amenaza con arruinar a los Brennan, Sunday comprende que la única manera de salvarlos es desenterrar secretos familiares que desgarran y sostienen, y que son capaces de dinamitar todo lo que creían cierto, para encontrar juntos la forma de seguir adelante.
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Seitenzahl: 482
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
1. Sunday
2. Denny
3. Sunday
4. Mickey
5. Kale
6. Denny
7. Sunday
8. Kale
9. Jackie
10. Sunday
11. Denny
12. Kale
13. Vivienne
14. Sunday
15. Denny
16. Kale
17. Jackie
18. Mickey
19. Sunday
20. Kale
21. Denny
Agradecimientos
Notas
Titulo original inglés: We Are The Brennans.
© 2021 by Tracey Lange
International Rights Management: Susanna Lea Associates
© de la traducción: Ángela Esteller García, 2025.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: febrero de 2026
REF.: OBEO034
ISBN: 9791370311247
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
A FREDDY, POR HACERLO TODO POSIBLE
Monday’s child is fair of face
Tuesday’s child is full of grace
Wednesday’s child is full of woe
Thursday’s child has far to go
Friday’s child is loving and giving
Saturday’s child works hard for his living...
And the child that is born on the Sabbath day
Is bonny and blithe, and good and gay.*
ANTIGUA CANCIÓN DE CUNA INGLESA
La vibración y el ruido áspero que causaban las bandas sonoras bajo los neumáticos en el lado del asiento del copiloto alertaron a Sunday. Coger el coche había sido una pésima idea. Se aferró al volante, colocando las manos a las diez y a las dos. A continuación, aguzó la vista, parpadeando y abriendo bien los ojos; acababa de pasar una señal de «Tramo de obras» que había visto algo borrosa y doble durante un breve lapso de tiempo. La salida estaba cerca; solo faltaban unos pocos minutos. Comprobó la velocidad a la que iba y apretó el acelerador. Denny solía decirle que la policía se fijaba en los coches que iban demasiado despacio porque eso era una señal clara de un conductor bajo los efectos del alcohol.
Había pedido un Uber, pero el tiempo estimado de llegada no dejaba de posponerse. Probablemente habría algún evento en Hollywood, de esos que siempre causan estragos en el tráfico. En algún momento, había despegado la mirada del móvil y había advertido que se había quedado sola con el camarero. Fue entonces cuando decidió salir corriendo de allí y probar suerte.
La habían invitado a última hora esa misma tarde. Mia (¿o era Maia?), otra camarera que solo llevaba un par de meses trabajando en la cafetería, le había preguntado si le apetecía ir a su cumpleaños. Había estado a punto de rechazar la propuesta y marcharse a casa, como hacía la mayoría de las noches. Pero pensó que, en cuanto llegara, volvería a abrir el e-mail de Jackie y miraría la foto otra vez, y la idea le resultaba demasiado dolorosa. Esa noche deseaba estar en cualquier sitio menos en su solitario apartamento. Así que había acudido a ese insoportable bar de hípsters con cubitos de hielo iluminados por leds para asistir a la fiesta de cumpleaños de una chica que apenas conocía.
Sunday se inclinó hacia adelante en el asiento y disminuyó la velocidad. Aquel tramo de obras era traicionero. A ambos lados de la carretera había una hilera de barriles naranjas, pegados los unos a los otros, que modificaban los carriles de manera algo aleatoria. Los focos sobre los barriles se difuminaban y se confundían con las señales luminosas de velocidad.
Ese camarero le había dado conversación y le había lanzado un piropo cursi sobre sus hoyuelos, seguramente pensando que estaba coqueteando. Sin embargo, lo único que hacía ella era observar cómo hacía su trabajo, tratando, en vano, de llevar la cuenta de las copas que le servía. Seguro que había mezclado demasiado. Denny la habría mirado con resignación y la habría llamado estúpida. Su hermano siempre decía que eso no traía más que problemas.
Al principio de la velada había tratado de charlar con Mia/ Maia y conocerla mejor, pero, poco después, Sunday solo quiso no pensar en nada durante un rato. Mia/Maia cumplía veinticuatro años ese mismo día, pronto se licenciaría y se había prometido hacía poco. El trabajo en la cafetería era solo temporal; su vida de verdad estaba a punto de empezar. Todo lo que Sunday iba descubriendo sobre aquella chica más joven que ella ponía de relieve las diferencias con su propia vida. Si el correo que Jackie le había enviado aquella misma mañana la había sumergido en un pozo de arrepentimiento, la charla con Mia/Maia no había hecho sino acelerar su caída en picado.
Cuando el mundo, al igual que su estómago, empezó a dar vueltas de manera espeluznante, se maldijo de nuevo por haber bebido tanto. ¿En qué demonios había estado pensando? Sabía que era mejor no hacerlo. Buscó un lugar para detenerse, pero no encontró ninguno. No sabía a qué se debían esas malditas obras, pero estaba atrapada, conduciendo a través de un laberinto de barriles. El remolino de luces y las líneas pintadas en lugares equivocados de la calzada no hacían más que empeorar la situación, y sortearlos le resultaba cada vez más difícil. Chocó con uno de los barriles del lado derecho y el vehículo se sacudió un poco hacia adelante y hacia atrás antes de que ella pudiera controlarlo de nuevo.
Solo tenía que llegar a casa. Su salida estaba justo ahí delante, aunque no lograba distinguirla entre aquel mar de señales naranjas. Una vez allí, se bebería un litro de agua, se tomaría un par de ibuprofenos y se metería en la cama. Nada de rodeos hacia el portátil. Nada de abrir otra vez el correo de Jackie.
Pisó el freno con ambos pies cuando una barrera de cemento apareció de la nada ante ella. Oyó el chillido ensordecedor de los neumáticos, sintió cómo su viejo Toyota se resistía con todas sus fuerzas y que el cinturón de seguridad se le clavaba en el pecho y el hombro, y comprendió que ya era demasiado tarde.
Entonces le vino a la mente otra típica frase de Denny: «Esta vez la has jodido. Y bien».
Acto seguido, chocó con el cemento y todo se volvió negro.
—Esta vez la has jodido. Y bien —se dijo en voz baja.
Estaba ante los balances fiscales del pub, aunque no servía de nada. Por mucho que los fulminara con la mirada mientras se peinaba el pelo con los dedos, aquellas cifras no iban a pasar de rojo a negro.
Aún no había amanecido. La única claridad provenía de la lámpara de estilo Tiffany que colgaba sobre la mesa de la cocina, cuyo resplandor había atenuado a la mitad. Había desistido de conciliar el sueño hacía una hora; ya no soportaba seguir mirando el techo. Después de conseguir un líquido lodoso de la cafetera —por lo general, era Theresa quien hacía el café, y, desde que lo había abandonado cuatro días antes, no había logrado prepararse uno decente—, decidió echar un vistazo de nuevo al libro de cuentas, comprobar si había pasado por alto algún colchón financiero que le permitiera cubrir el pago del préstamo vencido meses atrás. Pero como su madre solía decir, «no se le pueden pedir peras al olmo, hijo».
El sonido del móvil lo sobresaltó en medio del silencio de las 4:26 de la madrugada. Supuso que sería Jackie. Como último recurso, su hermano menor solía llamarlo en mitad de la noche cuando no tenía otra alternativa para volver a casa y estaba demasiado lejos o demasiado borracho para mantenerse en pie. Denny nunca se negaba, pero entonces Jackie se veía obligado a aguantar la charla de que a ver cuándo maduraba de una puta vez durante todo el trayecto de regreso a casa.
Se apresuró a contestar antes de que el ruido despertara a alguien.
—¿Sí?
Cuando la nítida voz masculina al otro lado de la línea le preguntó si era el señor Dennis Brennan, el estómago le dio un vuelco. No era Jackie. Aunque bien podría ser una de esas llamadas a cobro revertido desde el correccional del condado de Westchester informándolo de que lo habían arrestado otra vez. Mientras confirmaba su identidad a la persona al otro lado de la línea, se enderezó.
—Señor Brennan, soy el agente Becker, del Departamento de Policía de Los Ángeles. Lo llamamos en relación a la señorita Sunday Brennan. En su monedero hay una tarjeta que lo identifica como contacto en caso de emergencia.
Denny sintió que le pitaban los oídos. No tuvo tiempo de alegrarse de que no fuera Jackie.
—Es mi hermana —dijo tragando saliva.
—Señor Brennan, su hermana ha tenido un accidente de tráfico. Al parecer se recuperará, pero ahora mismo la están trasladando al centro médico Cedars-Sinai.
Denny tomó aliento.
—¿Qué ha ocurrido?
—Iba por la autopista, ha chocado contra una barrera divisoria y el coche ha volcado. Por suerte, llevaba el cinturón de seguridad y ningún otro vehículo se ha visto implicado.
—Pero... ¿está bien?
—Eso parece. Cuando hemos llegado, estaba consciente y podía hablar. Ha tenido mucha suerte.
¿Cómo que el coche había volcado? Dios mío. ¿Cuándo había sido la última vez que habló con Sunday? Las navidades pasadas, probablemente, cuando llamó y todos se pusieron al teléfono por turnos. Solo se tomaba la molestia de telefonear unas pocas veces al año.
—No reconozco el prefijo —dijo Becker—. ¿Está usted en California?
—No, vivo en Nueva York.
Echó un vistazo a la enorme y desordenada cocina, y posó la palma de la mano sobre el tablero apoyado sobre unos caballetes que hacía de mesa, como tratando de confirmar dónde estaba.
—¿Hay alguien en Los Ángeles que pueda acercarse al hospital?
No tenían a ningún familiar allí. No conocía a ninguna de sus amistades; ni siquiera sabía si salía con alguien. No acostumbraba a mantenerlos demasiado informados.
—No sé mucho de su vida. No sé si podrá pasar alguien.
—Pues quizás usted u otro familiar deberían venir.
Denny apreció cierto tono de crítica en la voz de Becker. Le entraron ganas de explicarle lo ocupado que estaba, lo que implicaría hacer un viaje no planificado a la Costa Oeste en este momento. «Por una hermana que había desaparecido de sus vidas sin más hacía cinco años», podría agregar. Y no había nadie más que pudiera ir. La única opción realista era Jackie, pero no podía salir del estado sin autorización sin violar la libertad condicional.
—Señor Brennan, debe saber que su hermana había bebido mucho. Ni siquiera necesitamos los resultados del test de alcohol en sangre para saber que estaba borracha. Se olía a la legua.
Sunday no era de las que se emborrachaban.
—Está bastante maltrecha —añadió Becker—. Le quitarán el permiso de conducir y se la acusará formalmente.
Genial. Otro hermano con cargos. ¿Y cómo iba a vivir y trabajar en Los Ángeles sin coche? Denny ni siquiera sabía cómo se ganaba la vida, solo que era empleada de una empresa de comunicación. O tal vez de una agencia de publicidad.
Sus ojos se posaron en la doble puerta de la nevera de acero inoxidable, cubierta de calendarios, dibujos de Molly y fotos familiares. Buscó una foto en particular, de hacía nueve años, en la que aparecían él y sus tres hermanos menores en la fiesta sorpresa que les dieron a sus padres por su aniversario, un evento en el que Sunday se dejó la piel. El parecido entre ellos era evidente: abundante cabello castaño, ojos color avellana y mandíbulas cuadradas. En la foto apenas se notaba que Sunday no había dormido nada la noche anterior; cosas de veinteañeros. Joven y radiante, con un vestido veraniego y ligero, la única chica arropada por los hermanos, todos ataviados con pantalones de sarga caquis y camisas blancas de botones. Una melena ondulada que le caía sobre los hombros y una sonrisa contagiosa en la que se marcaban unos prominentes hoyuelos. Sin embargo, lo que él recordaba era que ella no había dejado de correr de un lado a otro, tachando y repartiendo las tareas de una lista, hasta que sus sorprendidos padres entraron en la estancia. Deseaba que todo fuera perfecto. Era el tipo de cosas que hacía Sunday por aquella época.
Denny la imaginó despertando. Sola.
—¿Sabe cuánto tiempo estará en el hospital? —preguntó.
—Al menos un par de días. Y supongo que después necesitará ayuda para volver a casa y demás...
¿A quién quería engañar? Iba a ir a Los Ángeles. Iría, se aseguraría de que estuviera bien, puede que hasta averiguara algo sobre su vida. Sentía curiosidad, y más después de esa llamada. Quizás las cosas no le habían ido tan bien como él suponía. O quizás era que iba de fiesta en fiesta. En cualquier caso, parecía que Sunday estaba recibiendo ese merecido del que su madre solía advertirles.
—Está bien. Puedo llegar esta noche —anunció.
—Avisaré al hospital.
Por irónico que pareciera, Denny le dio las gracias por la llamada y colgó.
No era en absoluto el mejor momento para marcharse y aquella mañana pensó en más de una ocasión en las molestias que le estaba causando Sunday, que había dejado de formar parte de la familia por voluntad propia desde hacía tiempo. Podría haberla llamado al hospital, enviarle unas flores y ya está. Sin embargo, aquello no le convencía del todo. Quizás porque sabía que él era su contacto de emergencia. A pesar del tiempo y la distancia, todavía quería que él la cuidara.
Como Kale no estaba, tenía que dejar las cosas listas en el pub. Todo habría sido mucho más fácil si su socio no hubiese tenido que asistir a un funeral en Irlanda. Denny informó del accidente de Sunday a su padre y a Jackie, que lo bombardearon a preguntas para las que no tenía respuesta. La mayoría de ellas se resumían en «Pero ¿en qué demonios estaba pensando?». Todos acordaron no decirle nada a Shane hasta contar con más información sobre su estado, aunque cabía la posibilidad de que su padre se fuera de la lengua. Últimamente, su memoria a corto plazo era inconsistente. Denny llamó por teléfono a su tía Clare y le pidió que pasara a ver a su padre cada mañana para asegurarse de que se tomaba la medicación. No podía permitirse ir jugando con su tensión arterial. Clare dijo que por supuesto, que cuidaría de su hermano, ¿o acaso no lo hacía siempre? Y añadió que ya imaginaba que esa ciudad depravada acabaría con Sunday. Denny casi oyó cómo se santiguaba al otro lado de la línea.
En medio de todo eso, hizo una pausa y llevó a Molly al jardín de infancia. Era lo mejor parte de sus mañanas, algo a lo que no pensaba renunciar solo porque Theresa se la hubiera llevado a casa de su hermana Angie con la excusa de que, en la pareja, él ya no se «comunicaba». Lo que significaba que primero tenía que conducir hasta la casa de Angie para recogerla.
Encendió un ansiado Malboro —si Theresa pensaba tomarse un descanso de su matrimonio, él se tomaría un descanso de su promesa de no volver a fumar—, y disfrutó del cigarrillo mientras conducía por el vecindario en el que había transcurrido toda su vida. West Manor era más bien de clase media-alta, una ciudad dormitorio a unos cincuenta kilómetros al norte de Manhattan porque los puestos bien pagados del sector financiero estaban en la ciudad. Predominaba la arquitectura de estilo colonial y con tejas, casas de aspecto tradicional, espaciosas, aunque bastante pegadas. Sus padres habían descubierto West Manor treinta años atrás, mientras buscaban alejarse del creciente número de jóvenes que empezaban a poblar la McLean Avenue de Yonkers, que se autoproclamaba como el trigésimo tercer condado de Irlanda. Situado a veinte kilómetros al norte, junto a la autovía de Taconic State (la TSP), West Manor era un suburbio familiar con buenas escuelas y pistas de atletismo, un próspero sector de la construcción y la comunidad católica irlandesa, pequeña pero arraigada, que la madre de Denny siempre había anhelado.
Angie vivía en la zona de bloques de apartamentos situada en el extremo occidental, junto a otros muchos divorciados, lo que, según Denny, no auguraba nada bueno. Antes de detenerse frente al edificio, tiró el cigarrillo por la ventana y se metió un chicle en la boca.
Su humor cambió por completo en cuanto vio a Molly salir a recibirlo dando saltitos, se precipitó sobre él y le rodeó el cuello con sus bracitos mientras la aupaba. Llevaba los suaves rizos negros recogidos en una larga coleta y vestía un peto vaquero y su chaqueta favorita, una parka negra con el nombre de su club de fútbol, los West Manor Strikers, bordado en letras rojas en la espalda. Aunque estaban en abril y ya hacía calor, no había manera de que se la quitara. Theresa apareció tras ella por el camino de acceso con un cárdigan largo sobre una camiseta de tirantes y esas mallas para hacer yoga con las que tanto le gustaba mirarla, con el pelo rebelde recogido en un moño alto.
Denny se apresuró a sentar a Molly en la sillita y colocarle el cinturón de seguridad, lo que le permitió darse un respiro para digerir la oleada de emociones que lo había invadido. Al alivio inicial de verlas, le había seguido una especie de mezcla de pánico y rabia que surgía cada vez que se veía obligado a conducir hasta ese jodido complejo de pisos al otro lado de la ciudad para visitar a su familia.
—Papi... —Molly puso los ojos en blanco—. Lo haces mal.
Le indicó el lugar en que debía abrochar el cinturón. Él se equivocó de nuevo a propósito y ella soltó una carcajada, que hizo que aparecieran en sus mejillas suaves y rollizas esos hoyuelos que, por alguna razón, había heredado de su tía.
Después de abrocharla bien, cerró la portezuela y se dio la vuelta hacia Theresa, que estaba en pie, rodeándose la cintura con un brazo y con una taza de café en la otra mano. Medía un metro setenta y cinco, apenas unos centímetros menos que él. Tenía el cuerpo musculoso, como si lo hubiera trabajado en un campo de entrenamiento, y una actitud desafiante que hacía que te lo pensaras dos veces antes de meterte con ella. Sin embargo, se le veían ojeras; posiblemente tampoco dormía bien. Denny deseaba formularle algunas preguntas: ¿Por qué les estaba haciendo pasar por eso? ¿Cuándo volvería a casa? ¿Cuánto tiempo pensaba que pasaría antes de que Molly comprendiera que aquello no eran solo unos días en casa de la tía Angie? Sin embargo, sus cejas arqueadas y el rictus firme de sus labios le dijeron que recibiría la misma respuesta de siempre: «Volveré cuando las cosas cambien». Así que, en lugar de eso, le contó lo del accidente de Sunday, confiando en despertar en ella algo de compasión, quizás incluso que se ofreciera a volver y ayudar. Pero lo único que ella dijo fue: «Será mejor que vayas a verla. No parece propio de Sunday».
Cuando arrancó, Denny explicó que estaría fuera un par de días, y Molly empezó con las preguntas.
—Papi, ¿por qué no conozco a la tía Sunday?
—Porque se mudó a California antes de que nacieras.
Echó una ojeada por el retrovisor y comprobó que Molly fruncía el ceño.
—¿Y por qué no viene a vernos?
Él también se lo había preguntado muchas veces.
—Porque tiene mucho trabajo.
Molly reflexionó durante unos instantes, con los brazos cruzados y mirando por la ventanilla.
—Pues si yo tuviera hermanos, iría a visitarlos.
Se quedó callado.
—¿Papi?
—¿Sí?
—¿Le has dado las pastillas al abuelo esta mañana? Si mamá no está, igual no se acuerda.
—Sí, cariño, le he dado las pastillas.
—¿Y has mirado el calendario de Shane?
Se le había olvidado.
—Sí. No te preocupes.
Se pasó el resto del trayecto contándole que un chico de su clase era «superpesado» porque alborotaba durante el tiempo de lectura. Al parecer, Molly le daba algún consejo, es decir, le decía lo que tenía que hacer, pero él no le hacía caso.
La mayoría de los padres se paraba frente a la escuela y se quedaba allí viendo cómo sus hijos entraban corriendo, pero, como hacía cada mañana, Denny aparcó y acompañó a Molly. Tan pronto se apearon del coche, la niña introdujo su pequeña mano en la suya. De haber sido posible, hubiese detenido el tiempo y se hubiese quedado escuchándola parlotear todo el día sobre sus proyectos artísticos y lo que planeaba hacer en el recreo. En los escalones de entrada, se acuclilló ante ella y le dio un abrazo.
Al apartarse, su simpática naricita se arrugó.
—Hueles raro, papi. Como esos hombres que fuman fuera del pub.
¡Cielos, no se le escapaba ni una!
Molly no apartó las manos de sus hombros.
—Quizás cuando vuelvas ya podremos ir a casa.
A Denny se le formó un nudo en la garganta.
—Eso sería genial, Molls. Pero es bueno que mamá y tú estéis ayudando a tía Angie durante una temporada.
Molly asintió y puso los ojos en blanco.
—Sí, la verdad es que lo necesita.
Volvieron a abrazarse y, antes de enfilar hacia el coche, Denny la vio subir corriendo las escaleras y entrar en el edificio.
Era un mal momento para hacer ese viaje. Debería quedarse y reunirse con Billy Walsh, comentarle que iba a saltarse otro pago del préstamo. Debería quedarse y garantizar que no se producían más retrasos en la apertura del segundo local. Si algo más se torcía, si tenían un nuevo gasto inesperado, estaba acabado. No solo perdería el negocio, sino, probablemente, también a su familia.
Aterrizó en Los Ángeles sobre las siete de la tarde y tomó un Uber directo al hospital; un trayecto que duró media hora debido al tráfico que congestionaba las autovías y calles de la ciudad de adopción de su hermana. Le resultaba difícil imaginársela allí, en medio de esa metrópolis brumosa que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista. Si había buscado algo completamente opuesto a su ciudad natal (que contaba con una población de diez mil habitantes y cierto aire de pueblo), no cabía duda de que lo había encontrado.
Fue en el avión, con una cerveza ante él y todo el tiempo del mundo para pensar, cuando asimiló lo que había pasado: Sunday podría haber muerto... o podría haber matado a alguien. Ella, que siempre había sido tan responsable, a veces hasta el punto de resultar molesta. Aquello no era propio de la hermana que él conocía. Aunque, a decir verdad, ya no la conocía. Ahora, cuando hablaban, era sobre cosas superficiales, información fugaz y fácil de olvidar. Sus palabras daban a entender que estaba disfrutando de la vida que siempre había soñado.
Fue ese mismo sueño el que la había llevado a la Costa Oeste. Siempre había querido ser escritora y, cinco años atrás, hizo las maletas y se trasladó a Los Ángeles después de recibir una oferta de empleo como redactora de contenido para páginas web. Los que la conocían se quedaron boquiabiertos con su decisión. Nunca había mencionado que tenía intención de dejar Nueva York. Toda su familia vivía allí y estaban muy unidos.
Sin embargo, lo que realmente desconcertó a todos fue que abandonara a Kale. Nadie, ni familia ni amigos, se lo esperaba. Y menos Kale.
El Uber lo dejó ante el enorme complejo médico de Cedars-Sinai y tardó unos minutos en localizar la planta de hospitalización. Una enfermera buscó el nombre de Sunday en el ordenador y le facilitó un número de habitación, advirtiéndole que las visitas terminaban pronto. Denny recorrió el ancho y silencioso pasillo arrastrando la maleta con ruedas. Confiaba en que Sunday le diera la llave de su piso y así ahorrarse una noche de hotel. Aunque ella aún no sabía que venía; había pensado darle una sorpresa. Y quizás había temido que ella le dijera que no se tomara la molestia.
La puerta de la habitación estaba abierta y las luces se habían atenuado de cara a la noche. Dejó la maleta debajo de la ventana, se volvió hacia ella y ahogó un grito.
Los rayos de sol del atardecer entraban a raudales y se posaban sobre una Sunday que dormía, que parecía pequeña y encogida en aquella cama articulada con barandillas laterales. Lo primero que le llamó la atención fue la gran férula que llevaba en el brazo izquierdo hasta más arriba del codo. Lo tenía apoyado sobre una almohada. Al alzar la mirada, no pudo evitar que se le escapara un «¡Dios mío!». Tenía todo el rostro cubierto de diferentes tonos de rojo intenso, los cuales, lo sabía por experiencia propia, se transformarían en bonitos morados. Una venda blanca le cubría la nariz; quizás se la había roto. Iba reparando en más detalles a medida que la miraba: unos pequeños cortes en las mejillas, sin duda causados por cristales; unas laceraciones en los brazos, algunas de las cuales asomaban de la férula; una herida profunda y fea en la parte izquierda de la frente que había sido suturada. En el brazo, llevaba una vía conectada a una bolsa de suero y, sujeto a un dedo, un aparato para monitorizar el ritmo cardíaco.
Sin apartar la mirada de su rostro magullado, se dejó caer en la silla junto a la cama. Los recuerdos le sobrevinieron como si fueran pelotas de tenis que una máquina disparaba contra su estómago: Sunday en la escuela primaria, corriendo hacia él y llorando porque Bobby Brody le había levantado la falda. Denny y Kale se lo hicieron pagar caro y, pese a las convocatorias de reuniones que recibieron sus padres y las sanciones, valió la pena. Aquella vez que en el instituto la castigaron durante tres días por pegarle a un chico que había llamado «retrasado» a Shane. Durante el tiempo que duró el encierro, Denny, Kale y Jackie le daban ánimos y se turnaban haciendo muecas o mostrando el pulgar hacia arriba por la ventanita en la puerta del aula.
Pensó en lo buena deportista que había sido, en que nunca le decía que no a una sesión de Hot Wheels cuando no tenía a nadie con quien jugar y en cómo se dejaba convencer para unirse a los juegos de los chicos o para hacer piruetas con el monopatín. En cómo se quedaba en pie, se cruzaba de brazos y ladeaba la cadera cuando hablaba en serio. En cómo los animaba como nadie en los partidos de fútbol en los que participaban Kale y él, y en las interminables horas que pasaba ayudando a Shane.
Justo por debajo de la rabia, como si flotara, sintió una punzada de añoranza. O quizás formara parte de la rabia. No lo sabía.
El doctor Kelley, un tipo alto y desgarbado coronado por una mata de canas, apareció unos minutos después y le puso al corriente. Se había fracturado el brazo e iban a enyesárselo al día siguiente. Había sufrido una conmoción cerebral que podía causarle migrañas o náuseas a corto plazo. Los cortes en las mejillas y la nariz mejorarían, pero la herida en la frente le dejaría cicatriz. Y aunque los moratones desaparecerían con el tiempo, primero empeorarían. Papá se alegraría de saber que sus cuidados médicos estaban en manos de un irlandés, que quería seguir la evolución de la herida de la cabeza, pero veía probable darle el alta en un par de días, tres a lo máximo.
Cuando el doctor mencionó que su tasa de alcohol en sangre era de 0,19, Denny dejó caer los hombros, abatido. Suponía que se habría pasado, pero no tanto. Regentaba un pub, así que lo sabía todo sobre los controles de alcoholemia. Sunday, que pesaba alrededor de cincuenta y cinco kilos, debía haber consumido con toda seguridad entre cinco y seis copas, quizás más, dependiendo del tiempo que hubiese pasado bebiendo. Tal vez ese consumo fuera ahora habitual en ella.
Acabó pasando la noche en el hospital pese a que no estaba permitido, dando cabezadas en la silla junto a la cama donde descansaba su hermana después de convencer a una enfermera de que le permitiera quedarse.
—Lo siento mucho, señor Brennan...
—Por favor, llámame Denny.
La joven de cabello castaño y uniforme azul esbozó una sonrisa.
—Denny, lo siento, pero va en contra de las normas del hospital.
—Lo entiendo perfectamente. Lo último que quiero es causarte problemas. —Se pasó los dedos por el pelo, lo alborotó ligeramente, se acercó a ella y comprobó la placa identificativa—. Es solo que... acabo de cruzar todo el país, Amy, para estar con mi hermana pequeña cuando se despierte. Ya sabes, para que no se sienta sola y tenga miedo.
La enfermera echó un vistazo por encima del hombro y se inclinó hacia él.
—Voy a decirte lo que haremos. Procuraré ser yo la que pase a verla esta noche, así nadie más entrará aquí dentro.
Denny esbozó una amplia sonrisa.
—Gracias.
—Pero si alguien te pilla...
Denny posó suavemente una mano en su brazo.
—Yo nunca he hablado contigo.
Ella lo señaló con el dedo índice y sonrió.
—Voy a ver si ha sobrado alguna bandeja. Así cenas algo.
Antes de que se diera la vuelta y abandonara la habitación, él le guiñó el ojo.
—Hay cosas que no cambian.
Tardó unos instantes en comprender que la voz rasposa que acababa de oír pertenecía a Sunday. Lo estaba mirando desde la cama, con los ojos tan hinchados que costaba distinguir si estaban abiertos o no.
Denny señaló hacia la puerta por la que se acababa de marchar Amy.
—Va a traerme algo de cenar.
Una de las comisuras de los labios de su hermana se levantó.
—Pues claro.
Se acercó a la cama y se sentó en la silla. Era como si estuviera ante alguien que apenas conocía pero que, a la vez, le resultaba muy familiar. Como si fueran dos extraños que compartían recuerdos.
—No puedo creer que hayas venido —dijo.
—Quería comprobar por mí mismo qué demonios había pasado. ¿Cómo te encuentras?
Sunday tomó aliento y parpadeó.
—Como si todo estuviera a punto de dolerme —respondió con un hilillo de voz y lentamente, sin duda debido a la inflamación—. ¿Qué aspecto tengo?
—Estás hecha mierda.
Ella trató de esbozar una sonrisa.
Él se cruzó de brazos.
Después de un momento, ella alzó un poco la barbilla y tragó saliva, parpadeando varias veces. Unas lágrimas resbalaron desde las comisuras de los ojos hasta la almohada y la determinación de Denny decayó un poco. Su plan era mantener la distancia, cumplir con su deber de hermano mayor de forma fría y profesional, asegurarse de que estaba bien sin dejar de expresar su desaprobación por lo que había hecho.
En lugar de eso, extendió la mano y la posó en la que ella tenía libre, apretándola. Ella le devolvió el gesto.
—Gracias por venir.
Cuando, a la mañana siguiente, el Uber tomó aquella salida de la autopista y se adentró en una zona industrial, Denny se preguntó si habría anotado correctamente la dirección. No conocía Los Ángeles, pero sabía identificar un lugar con mala pinta nada más verlo.
Pese a no haber podido pegar ojo en aquella rígida silla de plástico, se alegró de haberse quedado con ella toda la noche. No habían charlado mucho. Estaba agotada y el más mínimo movimiento le causaba dolor. Además, no recordaba nada del accidente y le costaba incluso hablar. Sin embargo, se había despertado varias veces durante la noche y en cada una de ellas había girado la cabeza hacia él, como para asegurarse de que seguía allí, antes de volver a dormirse. Cuando, a primera hora, vinieron a prepararle el brazo para enyesarlo, Denny pensó que era un buen momento para ir a ducharse a su piso.
El Uber lo dejó delante de un anodino edificio de estuco de dos plantas por el que discurría una oxidada escalera de incendios en zigzag. Todas las ventanas del primer piso tenían rejas. Durante aquellos años, Sunday había insinuado que vivía en un bonito edificio situado en un barrio moderno. Ignoraba cuándo se había mudado a aquella cloaca. Puede que siempre hubiese vivido allí.
Sus sospechas se confirmaron cuando la llave que ella le había dado encajó perfectamente en la cerradura de la puerta de entrada. Subió un tramo de escaleras, recorrió un estrecho y oscuro pasillo y entró en un piso tipo estudio, más pequeño incluso, si es que eso era posible, conformado por una habitación con un baño del tamaño de una cabina telefónica y una «cocina» que se reducía a una pequeña nevera, un microondas y un hornillo eléctrico.
Sin embargo, al observar con más atención, no pudo evitar esbozar una sonrisa: por muy diminuto que fuera, Sunday lo había hecho suyo. Las paredes estaban pintadas de gris claro y una gran alfombra de colores pastel cubría el suelo. Arrimada a una de las paredes había una cama doble cubierta por una colcha con un estampado de enormes mariposas azules. En la pared opuesta había un sofá retro de color ocre de dos plazas y un sencillo escritorio, sobre el que descansaban un ordenador portátil y una pila de folios amarillos.
Advirtió más indicios de su hermana en los estrechos estantes atiborrados de libros a más no poder, que también se amontonaban en el suelo, y en un tablero de corcho que colgaba sobre el escritorio. Estaba lleno de imágenes, la mayoría, familiares. Él y sus hermanos en distintas épocas. Sus padres en Boston, frente a la catedral de la Santa Cruz, unos años antes de que su madre muriera. Una foto enorme del exterior del pub, con su apellido en gaélico en el centro, sobre la puerta: «Ó’Braonáin». También había instantáneas de Kale y Sunday, una de novios en el instituto, otras de años después. Ninguna de ellas era reciente y en ninguna aparecían rostros que no reconociera.
Sobre el escritorio había varios dibujos enmarcados: un boceto de su casa en West Manor. Retratos sencillos de cada miembro de la familia. Hechos por Jackie. Seguramente se los había ido enviando a lo largo de los años. Con una pequeña punzada de resentimiento, Denny se preguntó si Sunday hablaba con Jackie más que con el resto.
Se sentó en la silla de su escritorio y giró sobre sí mismo para mirar más de cerca. Colgadas de las paredes, algunas láminas de paisajes, probablemente impresionistas, porque eran sus favoritos. Un perchero medio vacío, aunque a Sunday tampoco le pirraba la ropa. Un estante esquinero con unos pocos platos, lo básico. Recogió un polo negro que había sobre el reposabrazos del sofá. Una placa identificativa prendida a la altura del corazón decía: «¡Bienvenidos a Dick’s!».
Nada encajaba con la vida que pensaba que llevaba su hermana, con sus insinuaciones de una prometedora carrera y un sinfín de amigos. ¿En cuántas ocasiones la había maldecido mentalmente mientras él se encargaba de llevar a mamá y a Shane a todas sus citas médicas, mientras trataba de evitar que Jackie metiera la pata por enésima vez, y se mudaba de nuevo a la casa familiar porque su padre necesitaba ayuda? En aquel entonces se la imaginaba tomando el sol en la playa o de fiesta en alguna terraza, disfrutando de la vida. Solo preocupándose por ella misma. Si al menos hubiera sido así, habría podido entender por qué se había marchado y no había regresado. Pero era aún peor. Su vida parecía muy solitaria y, pese a ello, la prefería a regresar a casa.
Después de que le dieran el alta al día siguiente, ambos tomaron un Uber que los llevó al apartamento. Sunday guardó silencio durante todo el trayecto; había pasado así casi toda la mañana, como sumida en unos pensamientos inquietantes. Todo había comenzado cuando, con pasos lentos y cautelosos, se había acercado al espejo del baño del hospital para comprobar los daños.
—Madre mía, parezco salida de una película de terror. Mira qué ojos.
Sus iris nadaban en unas piscinas carmesí y los moretones de la cara estaban a punto de adoptar un tono azul-morado, más oscuro en el puente de la nariz. La elección del atuendo, negro, acentuaba una imagen ya de por sí triste y desolada.
—Se te han reventado un montón de capilares, pero volverán a la normalidad —le había dicho.
—¿Seguro?
—Sí. Me pasó lo mismo en el instituto, tras una pelea.
Poco después, los había visitado un agente del Departamento de Policía de Los Ángeles bastante grosero que, saltándose las formalidades, la acusó de conducir bajo los efectos del alcohol y le confiscó el permiso de conducir, reemplazándolo por uno temporal, válido por treinta días o hasta la fecha del juicio. Por su expresión incómoda, se diría que Sunday comenzaba a asumir las consecuencias de lo que había hecho.
Subió las escaleras con movimientos lentos e inseguros y, en cuanto entraron en el piso, se desplomó sobre la silla y apoyó el voluminoso yeso sobre el escritorio.
—¿Tienes hambre? —preguntó Denny—. Puedo ir a por algo de comer.
Ella negó con la cabeza. Al mirar a su alrededor, su cuerpo y expresión se derrumbaron. Denny veía casi en tiempo real cómo la realidad empezaba a calar en ella. Parecía pensar en todo lo que implicaban los próximos pasos: llamar al trabajo, no tener permiso de conducir, los honorarios del abogado, las facturas del hospital.
Denny se acomodó en el sofá y tomó una decisión que llevaba casi un día entero considerando.
—Quiero proponerte algo y me gustaría que te lo plantearas.
Sunday alzó su rostro maltrecho y él hizo un esfuerzo por no estremecerse. Verla así aún lo pillaba con el pie cambiado.
—Creo que deberías volver a casa conmigo.
Sus cejas se juntaron y, acto seguido, se arquearon de golpe.
—¿A Nueva York?
—Al menos hasta que te recuperes. Hazme caso, Sun. El médico ha dicho que va para largo. Yo ya doy tu trabajo por perdido. El de la cafetería. Pero, aunque no sea el caso, te quitarán el permiso de conducir durante mucho tiempo y no tendrás manera de desplazarte.
—Ya lo solucionaré. —Con un gesto, señaló hacia el piso—. Vivo aquí. No puedo irme sin más.
Denny se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas.
—Todos estamos preocupados por ti. Llevas casi cuatro años sin ir a casa, y la última vez te quedaste solo dos días para el funeral. Y, ahora, este accidente...
—No tenéis por qué preocuparos. Estoy bien.
Denny ladeó la cabeza y le dirigió una mirada elocuente.
—Puede que la otra noche tomara la decisión equivocada, Denny, pero me gusta mi vida aquí.
Le dio la impresión de que, hasta cierto punto, decía la verdad. Había hecho suyo aquel piso y, basándose en los folios manuscritos que había sobre el escritorio, parecía que, fuera lo que fuese, estaba escribiendo algo. Sin embargo, en los tres días que había pasado allí, solo había visto indicios de amistades superficiales: un anciano del piso contiguo que había pasado a verla, un par de llamadas breves que había recibido en el hospital, pero ninguna prueba de alguien que formara parte de su vida de forma significativa. Por el contrario, en Nueva York tenía una casa llena de familia que la recibirían con los brazos abiertos.
Jugó su mejor baza.
—La verdad es que en casa no me iría mal algo de ayuda.
Sunday dio un respingo, casi como si le hubiera gritado.
—Papá va a peor —continuó diciendo—. Aunque no quiere hacerse las pruebas, todo apunta a los primeros signos de demencia. Se le olvidan las cosas y ya no puede conducir de noche. Se desorienta y ve fatal. Hace un mes chocó con la columna que hay en medio del garaje. Destrozó toda la instalación eléctrica. Casi se le cae el techo encima.
Ella desvió la mirada hacia la pequeña ventana junto al escritorio, como si no quisiera oír nada más.
—Jackie está en las nubes —dijo—. A Shane no le va mal, pero la ansiedad le juega malas pasadas. Kale y yo tratamos de abrir el local de Mamaroneck, pero hemos tenido algunos contratiempos importantes y...
—Ya basta.
—Siento mucho que no quieras oírlo, Sunday, pero algunos de nosotros estamos ahí un día tras otro, responsabilizándonos de todo.
Sunday lo encaró bruscamente y apuntó un índice contra su pecho.
—Ya sé lo que es. Ya lo he vivido. Se lo he dado todo a esta familia. Y mira cómo he terminado...
—Pero ¿de qué demonios hablas? Fuiste tú la que decidió irse —objetó Denny y, mirando a su alrededor, añadió—: Fuiste tú la que eligió esta vida.
Sunday negó con la cabeza.
—No voy a permitir que me manipules emocionalmente para que regrese.
Quizás era eso precisamente lo que intentaba. Pero hacía cinco años que se había marchado y, si no lograba que volviera ahora, puede que nunca lo hiciera.
—Theresa se ha llevado a Molly y me ha dejado. Están con su hermana —continuó—. Dice que ahora mismo están ocurriendo muchas cosas en casa, y también con el pub. Que estoy estresado todo el tiempo y que, o cambia algo, o no volverá.
Ella contuvo el aliento y, por primera vez desde que habían empezado a hablar, su mirada se suavizó.
—Lo siento mucho, Denny.
Sunday era el último miembro de la familia que se había enterado de su separación. En el pasado, hubiese sido la primera persona a la que habría recurrido. Estando allí sentado, con ella, contándoselo, ya se sentía reconfortado, como si no estuviera solo frente a todo. Por un segundo, incluso estuvo tentado de contarle lo de Billy Walsh y el préstamo, aunque ¿cómo iba a ayudarlo ella con eso?
Cuando volvió a hablar, fue en un susurro, con una voz tan baja que Denny no acabó de creer lo que oyó.
—Quizás podría ir. Por una temporada.
—¿De verdad?
Ella no respondió. En lugar de eso, paseó la mirada por la estancia mientras se mordía el labio inferior.
—Mira, ya sé que volver no será fácil. Te fuiste, y tus razones tendrías. Pero ni te imaginas lo contentos que se pondrán todos.
—Todos no.
Denny se encogió de hombros.
—No te preocupes por Kale. Yo hablaré con él.
—¿Y qué pasa con la acusación por conducir bajo los efectos del alcohol? Aún no sé la fecha del juicio.
—He hablado con un abogado amigo mío y me ha dicho que puedes salir del estado mientras se resuelve el asunto. Nos ha pasado el contacto de alguien especializado en este tipo de cargos.
—No sé... Acabo de salir del hospital. Necesito un poco de tiempo.
—Lo que necesitas es a tu familia. Y, ahora mismo, ellos también te necesitan a ti.
Ella se le quedó mirando durante unos instantes y, con un suspiro, se dio por vencida.
—Está bien. Volveré a casa.
Denny se reclinó en el sofá. Gracias a Dios.
—Está bien. Volveré a casa.
Sintió cierto alivio tras comprometerse. Ahora ya no podía desdecirse.
En el instante en que Denny había mencionado la idea, había sentido como si se quitara un peso de encima. Y mientras lo discutían, en cierto modo se preguntaba si cabía la posibilidad. La verdad, que no había visto venir, era que no quería decir que no.
Cuando se había despertado en aquella habitación de hospital y había visto a Denny allí, en pie, llenando la estancia de calidez con su imponente presencia, la había embargado una intensa añoranza. Oírlo hablar de su padre y de sus hermanos durante el último par de días no había hecho más que agudizarla.
Aunque, en realidad, todo había empezado la mañana del accidente, cuando abrió aquel correo electrónico de Jackie y encontró un enlace a una foto de un periódico local. Era una imagen de Denny y Kale ante su nuevo local, sonriendo de oreja a oreja. Denny lucía su aspecto habitual de chico de fraternidad: camisa desabotonada por fuera y pantalones cargo. Kale llevaba una camiseta y unos vaqueros que seguramente había encontrado tirados por el suelo del dormitorio esa misma mañana. Ambos medían cerca de un metro ochenta, pero Kale no era tan corpulento como Denny. Tenía un atractivo sereno y rasgos más suaves en comparación con el encanto crudo y los ángulos ásperos de Denny, tanto en su aspecto como en sus modales. Sobre ellos, se veía una gran pancarta en la que se leía «próxima apertura», y el pie de foto rezaba: «Denny Brennan y Kale Collins, los propietarios, ofrecerán a los locales de Mamaroneck el mismo ambiente y estilo que se disfruta en el primer local de West Manor, ¡ganador durante dos años consecutivos del Premio al mejor pub de Westchester!».
Hasta que lo hubo leído, no permitió que sus ojos se fijaran en los otros dos rostros que aparecían en la fotografía, como si su cerebro adivinara que necesitaba prepararse. A hombros de Denny y Kale estaban sus hijos, Molly y Luke. Molly, la sobrina a la que no conocía, y Luke, el hijo de Kale. Era igualito que su padre, con el mismo pelo rizado y la misma sonrisa dulce. Se quedó mirando al niño hasta que pudo aguantar la opresión en el pecho. Y entonces, cerró de golpe el ordenador.
Esa misma noche, fue al bar con una misión en mente: aliviar la aguda punzada de dolor que había sentido al darse cuenta de que todo el mundo seguía con su vida sin ella.
Resultó ser deprimentemente fácil cerrar el capítulo de Los Ángeles y recoger lo poco que quería llevarse de su vida allí: algo de ropa, fotos, su ordenador y los diarios. Cinco años reducidos a una maleta. Llamó al pequeño círculo de amigos y colegas que repararían en que se había marchado y, dos días después, estaban volando hacia Nueva York.
Las mariposas que sentía en el estómago se acentuaron en cuanto aterrizaron en el JFK, en especial cuando se dirigió a la cinta a por su maleta mientras Denny se escabullía al exterior para echar un par de caladas. No hacía más que repetirle lo malo que era que hubiese vuelto a caer en aquella costumbre tan asquerosa. Lo había dejado diez años atrás, después de conocer a Theresa, que era enfermera en prácticas y lo señaló como motivo de ruptura. Pero él le había prometido que volvería a dejarlo en cuanto Theresa regresara.
Al salir del aeropuerto, el frío les golpeó, pero el cielo estaba azul y la temperatura era agradable. A diferencia de la monotonía del tiempo en Los Ángeles, la primavera en Nueva York presentaba cambios drásticos. Denny llamó a un taxi y, al cruzar el puente Triborough, ella se empapó del paisaje urbano, del enorme conjunto de torres y agujas, de los elegantes rascacielos que se combinaban con edificios históricos. Por el contrario, Los Ángeles nunca le había parecido una ciudad de verdad, con aquellas aglomeraciones de edificios altos rodeados por una vasta red de construcciones achaparradas. Por no mencionar la sempiterna capa de smog. El horizonte de Manhattan estaba claro y nítido, como si su mundo se hubiese enfocado de nuevo, y estar en casa le produjo una oleada de emoción.
Sin embargo, cuando cuarenta minutos después llegaron a West Manor y el vehículo recorrió las serpenteantes calles del pueblo, todas las dudas regresaron y se le hizo un nudo en el estómago. No se había permitido pensar sobre cómo iba a reincorporarse a la familia. Al menos, dispondría de algunos días antes del encuentro con Kale, quien se suponía que no regresaría hasta dentro de una semana.
Su ciudad natal no había cambiado mucho, lo que sin duda era intencionado. Aquella parte de Nueva York contaba con un gran legado histórico y había innumerables asociaciones dedicadas a preservarlo. En primaria había aprendido todos los detalles de la rica y poderosa familia Philipsburg, que, en el siglo xvii, había adquirido más de veinte mil hectáreas de terreno al norte de Manhattan. Trajeron esclavos para trabajar la tierra y convirtieron Philipsburg Manor en un próspero centro agrícola antes de que el señorío fuera confiscado durante la guerra de Independencia y lo usaran como garantía con el fin de recaudar fondos para la causa de los colonos. Como otras ciudades de la zona (o hamlets, denominación de preferencia), West Manor contaba con un buen número de monumentos y edificios en el Registro Nacional de Lugares Históricos, entre los que se incluían la iglesia episcopal, un viejo cementerio y una estación ferroviaria fuera de servicio. Era un pueblo pintoresco y acogedor con un nivel de vida elevado. La mayor parte de sus habitantes trabajaba en Wall Street o competía por empleos en el sector de la construcción, la asistencia médica o el comercio minorista.
Su corazón latió desbocado al dejar atrás los edificios que habían conformado el telón de fondo de su niñez. Sunday solo había regresado en una ocasión, para el funeral de su madre. No se había quedado mucho tiempo y su estancia se había limitado a la casa y a la familia más cercana. Ahora tendría que acostumbrarse de nuevo, reencontrarse con viejos conocidos. No le resultaría fácil evitar las caras y lugares que no deseaba ver. Al menos, una de esas caras seguía ausente; Jackie se lo había confirmado. De hecho, la casa que esa familia tenía en West Manor se había vendido. Y el pub Penny Whistle había cerrado y se había convertido en un pequeño supermercado. Eso ayudaba.
Logró calmar un poco la emoción que la embargaba cuando se detuvieron ante el edificio blanco de tres plantas y estilo colonial que había sido su casa. Contraventanas negras, puerta principal roja, cuatro ventanas abuhardilladas en el tejado. Parecía más grande de lo que recordaba, probablemente porque en esa casa cabían diez pisos como el suyo. «Una familia grande necesita una casa grande», solía decir su madre un poco a la defensiva. Pero todos sabían que, en secreto, estaba encantada de tener una de las casas más grandes del vecindario.
Su padre la esperaba en una mecedora del porche. Podía ver la gorra de tweed asomando por encima del periódico que estaba leyendo. Cuando él dobló el diario y se puso de pie, con su cárdigan y sus pantalones caqui, ella contuvo el aliento.
—Lo sé —dijo Denny—. Ha envejecido mucho desde la última vez que viniste.
Cuando su padre dejó el periódico en la mesa, bajó los escalones del porche y recorrió el sendero, reparó en cierta fragilidad. Se movía con gestos inseguros. Tenía las arrugas más definidas y las canas poblaban su gruesa mata de pelo. Pero enseguida adoptó su pose de padre, la misma que sus hermanos solían usar: piernas separadas, brazos cruzados y las manos metidas bajo las axilas. Mientras Denny pagaba al taxista y sacaba las maletas, ella fue a su encuentro en la acera.
—Vaya, vaya... Mira lo que ha traído la marea.
Una amplia sonrisa apareció en su rostro ancho y rubicundo, pero desapareció en cuanto la tuvo delante y vio su estado.
—Hola, papá.
Lo abrazó con la mitad de su cuerpo.
Él le devolvió el abrazo.
—Santo Dios, Sunday.
—Estoy bien. Todo se curará.
Buscando confirmación, su padre miró a Denny, quien asintió y carraspeó.
—Entra. Todos te esperan. Excepto Shane, que está trabajando.
Mientras lo seguía por el sendero, advirtió que los rosales que se alineaban delante de la casa estaban podados y bien cuidados, y los primeros brotes verdes despertaban tras el letargo del invierno. A su madre le encantaban esas rosas, todas de un intenso color escarlata. Después de su muerte, Shane se había convertido en el cuidador oficial, y no cabía duda de que se tomaba el trabajo muy en serio. La casa tenía buen aspecto, pero había zonas donde la pintura estaba desconchada y se veían manchas en algunas esquinas, detalles que bajo la supervisión de Maura Brennan nunca se habrían permitido.
Sunday entró en el porche, cruzó el umbral y se topó de lleno con una familiar combinación de aromas: madera vieja, té negro y colada recién hecha. Quizás incluso una pizca del perfume de rosas que utilizaba su madre. Lo primero que vio fue una enorme pancarta en la que se leía la frase «bienvenida a casa, sunday» escrita con unas pinceladas de vivos colores. Tenía que ser obra de Jackie y Molly. Estaba colgada entre el salón y el comedor. El viejo sofá de estampado cachemira y los sillones estaban en un sorprendente buen estado, seguramente porque los habían protegido con esas horribles fundas de plástico, al menos hasta que su madre había fallecido. La vieja mesa del comedor y las sillas de madera de cerezo estaban algo más maltrechas. El pequeño rincón de estanterías empotradas que durante años había sido el santuario que su madre le había consagrado a Denny no había cambiado mucho. Seguía repleto de trofeos futbolísticos, fotos de equipo y recortes de periódico plastificados. Sin embargo, se habían añadido algunas cosas de Molly.
Bajo el cartel de bienvenida estaban su tía, su sobrina y su hermano Jackie. Al verlos, sintió que la piel de su rostro magullado se estiraba esbozando una sonrisa. Sin embargo, las suyas, expectantes, se desvanecieron justo en ese preciso momento.
—Vamos —dijo su padre, animándolos a acercarse con un ademán—. No seáis tímidos.
Clare, con blusa blanca, falda larga y oscura y unos sencillos zapatos, tan parecida a una monja como fuera posible sin llevar hábito y cofia, fue la primera en recuperar la compostura y dar un paso al frente.
—Hola, cariño —dijo, posando las manos sobre los hombros de Sunday, con la mirada fija en las heridas—. Dios mío, hija.
—No es tan grave como parece.
Denny apareció en la puerta principal con las maletas y Molly corrió hacia él y le abrazó las piernas.
—¡¡Papi!!
—Hola, Molls. —Denny la aupó como si no pesara ni un gramo y la apretó contra su pecho. El alivio que se reflejó en su rostro hizo que a Sunday se le llenaran los ojos de lágrimas. Después de acomodarla entre sus brazos, le preguntó—: ¿Has saludado a Sunday?
Sunday se acercó y pellizcó suavemente el estómago de Molly.
—Ya sé que doy miedo, pero te acostumbrarás.
Frunció sus pequeños rasgos al observar el rostro y el brazo de Sunday. Tenía la mirada penetrante de Denny, pero había heredado de Theresa el pelo rebelde y el tono de piel aceitunado.
—¿Eso es por tu accidente de coche? —preguntó.
—Así es.
—La tía Clare dijo que estabas achispada.
Todo el mundo se volvió hacia Clare, que hizo un ademán para quitarle hierro al asunto.
—Yo no he dicho nada de eso.
Sin embargo, se había sonrojado. Solo ella utilizaría una expresión como aquella para referirse a que estaba «borracha».
—Sí que lo hiciste —objetó Molly—. Fue en la tienda...
—¿A quién le apetece un té? —interrumpió Clare.
Dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina.
Sunday se volvió hacia Jackie, su hermano menor por tan solo catorce meses. Era unos pocos centímetros más bajo que Denny y tenía una constitución ligeramente más delgada, todo músculo y rasgos definidos. Aunque le había crecido el pelo lo suficiente como para recogérselo en un moño del que seguramente Denny y su padre se habrían burlado, iba bien afeitado. Se encontraba de pie bajo el cartel, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en ella.
—Vamos, Jackie, no es para tanto —dijo Denny—. Parece que hayas visto un fantasma.
Y, en cierto sentido, probablemente fuera cierto. Puede que aquello le estuviera haciendo rememorar algún oscuro recuerdo que ambos habían intentado enterrar tiempo atrás. Sunday dio un paso hacia él.
Se sorprendió al ver que los ojos de Jackie se llenaban de lágrimas.
—Estoy bien, de verdad —aseguró ella, y lo abrazó con el brazo bueno.
Él alzó los suyos y le devolvió el abrazo.
—Hola, Sunday —murmuró sobre su hombro.
Y permaneció así, abrazándola, durante más de un minuto.
—No puedo creer que no me contaras lo del accidente. Ni que tenías intención de volver. Me enteré por mamá —le reprochó Grail.
Sunday alzó una ceja. Eran primas hermanas y, pese a los ocho años que las separaban, de pequeñas se llevaban muy bien.
—Lo siento. Todo ha pasado muy rápido. Ya conoces a Denny... Es una fuerza de la naturaleza cuando se le mete algo en la cabeza.
Grail se limitó a asentir. Siempre decía que eso precisamente era lo que hacía que las mujeres le encontraran tan atractivo.
Esa misma noche, más tarde, deshicieron la maleta de Sunday en su antigua habitación de la planta superior. Clare la había aireado un poco, pero la estancia seguía tal como la había dejado. Su cama individual seguía cubierta con la colcha blanca de felpa adornada con delicadas flores violetas. El premio de escritura que había ganado durante el último año de secundaria continuaba colgado sobre su viejo escritorio con persiana, y las altas estanterías empotradas seguían repletas de sus libros. La elaborada casita de muñecas victoriana de tres pisos que su padre le había construido para su quinto cumpleaños seguía sobre la cómoda, y una caja llena de camisetas de su viejo equipo de campo a través del instituto aún estaba en un rincón del armario.
Nada había cambiado, como si el dormitorio intuyera que un día regresaría y hubiera esperado pacientemente a que lo hiciera.
—Siento no haber estado para darte la bienvenida —dijo Grail, colgando un par de camisas en el armario—. Mi turno terminaba a las seis.
Aún iba ataviada con su ropa de trabajo: uniforme y zapatos planos de goma y suela gruesa. Llevaba el cabello oscuro recogido en un moño bajo.
—Sé que fue hace un par de años, pero enhorabuena por tu ascenso a inspectora —la felicitó Sunday—. ¿Te gusta el trabajo?
—Sí. La mayoría de los chicos me trata con respeto, salvo uno o dos idiotas que se sienten amenazados por tener a una mujer cerca.
Sunday se dejó caer sobre la cama, sosteniendo el brazo izquierdo con la mano derecha. El yeso le causaba picor, era incómodo y le tiraba del hombro izquierdo.
