Soñadora - Susie Tate - E-Book

Soñadora E-Book

Susie Tate

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Beschreibung

Multimillonario… y el mejor amigo de su hermano Lucy se siente como pez fuera del agua en la oficina de Felix, el mejor amigo de su hermano. Cuando aceptó el trabajo, no imaginaba lo duro que sería el mundo de los negocios, y tampoco el propio Felix. El chico amable del que se enamoró en su infancia se ha convertido en un hombre despiadado, poderoso y peligrosamente atractivo, y las extravagancias de Lucy ya no le hacen ninguna gracia. Para Felix, contratar a Lucy fue un error: es caótica, distraída y, sin duda, la peor asistente personal de Londres. Pero siempre sintió debilidad por aquella niña estrafalaria que vivía en su propio mundo. Lo malo es que ahora esa niña soñadora ha crecido… y no puede dejar de pensar en ella.   Una comedia romántica con un jefe gruñón y una empleada soñadora…

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Seitenzahl: 432

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Table of Contents

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Epílogo

Sobre la autora

Hitos

Portada

Primera edición: septiembre de 2025

Título original: Daydreamer

© Susie Tate, 2024

© de la traducción, Eva García Salcedo, 2025

© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2025

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.

Ninguna parte de este libro se podrá utilizar ni reproducir bajo ninguna circunstancia con el propósito de entrenar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. Esta obra queda excluida de la minería de texto y datos (Artículo 4(3) de la Directiva (UE) 2019/790).

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Unsplash - Vitalii Arkhypenko

Corrección: Elisenda Nierga, Pablo López

Publicado por Chic Editorial

C/ Roger de Flor, n.º 49, escalera B, entresuelo, oficina 10

08013, Barcelona

[email protected]

www.chiceditorial.com

ISBN: 978-84-19702-72-2

THEMA: FRD

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Impreso en España – Printed in Spain

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Susie Tate

Soñadora

Traducción de Eva García Salcedo

A todos los que soñáis despiertos: estoy con vosotros

Capítulo 1

No dejo de cagarla

Lucy

—Lucy, ¿me estás escuchando? —me espetó Felix, cuyo tono hizo que me encogiera en la silla.

La respuesta sincera era no. Por el contrario, me había dedicado a fijarme en cómo su bella mata de pelo oscuro le rozaba el cuello de la camisa.

Empecé a asentir, pero, al poner la atención en su gesto severo, negué con la cabeza. Felix suspiró y levantó las manos con ese expresivo toque italiano que la familia Moretti había conservado pese a llevar dos generaciones en el Reino Unido.

—¿Ves? Me refiero precisamente a esto. Es inaceptable que estés constantemente en las nubes. Will ha vuelto a quejarse de ti.

Maldito Will. El muy chivato ya podría quedarse callado. Me mordí el labio inferior y bajé la vista a mi regazo. Observar a Felix tanto tiempo era como mirar al sol: tenía una belleza cegadora: piel bronceada, ojos marrones tan oscuros que casi parecían negros, mandíbula pronunciada, una barbita recortada a la perfección y hombros anchos. Era tan alto que superaba con creces mi estatura de hobbit, y las líneas de su traje de marca le realzaban a las mil maravillas la musculosa figura. Era el ser humano de carne y hueso más atractivo que había conocido. Incluso de niño, tenía esa gracia y esa agilidad italianas que los ingleses paliduchos de constitución más torpe, como yo, no podíamos más que admirar. Carraspeé para que me salieran las palabras pese al nudo que tenía en la garganta.

—No es mi intención —dije en voz baja—. Es que tiendo a divagar y… acabo perdiendo el tiempo.

Como la cobarde abyecta que era, me resistía a decirle la verdad: que ese trabajo era un rollazo. Sabía muy bien que era la peor asistente ejecutiva con la que la empresa se había topado, pero lo cierto era que no me iban ni las juntas, ni los plazos, ni los correos electrónicos, ni las tareas preestablecidas. Y, encima, mi superior directo, Will —o el señor Brent, como prefería que lo llamara—, era un imbécil redomado.

Esa oficina parecía una jaula. Hasta la decoración se asemejaba a la de una celda. Sí, vale, Felix y los peces gordos tenían vistas panorámicas de Londres, pero los demás empleados, tras sus puertas de roble macizo, apenas gozaban de luz natural. La planta que traje para mi mesa se marchitó en cuestión de días. Todo era gris y blanco, incluso mis bolis y mi libreta de colores estaban tan mal vistos que tenía que esconderlos en el bolso casi todos los días. Pero peor que la estética del sitio era el ambiente: se temía a los socios y se los veneraba como dioses. Se enfatizaba un dinamismo despiadado que me era completamente ajeno.

Solo ahora caía en la cuenta de que venir a Londres había sido un error garrafal. Debería haberme quedado en casa. Al menos en Little Buckingham no me regañarían a diario por no dejar de cagarla.

Levanté la vista cuando Felix rodeó el escritorio para plantarse frente a mí, con los brazos cruzados sobre el fornido pecho y se reclinó en su sólido escritorio de madera. Con esa chaqueta tan ajustada se le marcaban los músculos esculpidos. Se me secó la boca de tenerlo tan cerca. Que estuviera colada por Felix era totalmente inapropiado; se horrorizaría si supiera las fantasías calenturientas que había tenido con él y su escritorio. Me puse colorada de la vergüenza solo de pensarlo.

—Se lo prometí a tu madre, Lucy —dijo en tono serio—. No quiero decepcionarla, pero estás haciendo que la situación sea imposible. La gente hace cola para conseguir este empleo. Te lo hemos puesto en bandeja de plata y estás desaprovechando la oportunidad.

Tuve que recostarme en la silla e inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me sentí incluso más pequeña de lo que solía sentirme a su lado, y más culpable al pensar en que había decepcionado a mi madre y en que otros habrían aceptado este empleo sin dudarlo y seguro que lo habrían aprovechado al máximo. Me los imaginaba haciendo cola fuera, como salidos de la revista GQ: caras largas, gafas modernas, mujeres glamurosas con faldas de tubo y hombres con pinta de Clark Kent dispuestos a apartarme a golpes con sus maletines.

—Me esforzaré más —dije casi susurrando mientras me retorcía las manos en el regazo.

Me bajé las mangas del jersey para cubrirme los dedos y metí los pulgares en los agujeros que se le habían hecho del uso. Felix me miró las manos con los ojos entornados.

—Y este es otro problema —me espetó—. Los suéteres de lana viejos que llevas, ¡tienen agujeros! ¿No te has fijado en cómo se visten los demás empleados, Lucy? No puedes tirar de prendas desaliñadas. Dirijo un negocio serio. No digo que tengas que vestirte como una ejecutiva, pero al menos podrías deshacerte de la ropa zarrapastrosa y las botas UGG que han visto días mejores; con esos días me refiero a los noventa, que era cuando se llevaban las UGG.

Me mordí el labio inferior de nuevo y me miré los pies. Estaban prácticamente al mismo nivel que los de Felix, y el contraste era innegable: su brillante cuero italiano junto a mis botas desgastadas, descoloridas y mullidas. Al pensar en cómo iban los demás, me estremecí. Ninguna de las mujeres calzaba tacones de menos de diez centímetros.

—Y tampoco puedes seguir llevando material de papelería en el pelo —dijo, y entonces, para mi sorpresa, se inclinó hacia mí y me tocó el pelo por detrás (¡me lo tocó!) para sacarme el bolígrafo de cuatro colores que me había metido en el moño informal.

Tragué saliva mientras me reponía del subidón de adrenalina que me había dado notar su contacto.

Felix frunció el ceño y ladeó la cabeza antes de sacarme cuatro bolígrafos más de la melena: dos permanentes dorados, un boli normal y una pluma estilográfica. Dejó mis bolígrafos en el escritorio y se volvió hacia mí. El corazón me iba a mil.

—¿Ves que alguna otra se meta objetos varios en el moño?

Pensé en las rubias y las morenas que pululaban con su pulcra indumentaria por la oficina, e intenté imaginármelas metiéndose bolis entre sus mechones peinados a la perfección. Me encogí de hombros y me obligué a volver a mirar a Felix a los ojos. Pero tener toda la intensidad de su mirada oscura dirigida hacia mí era superintimidante, así que me acobardé y me concentré en uno de sus hombros.

—Es que…, eh, bueno, a veces necesito un boli —farfullé con la vista fija en su chaqueta—. Y la verdad es que no se me da muy bien sujetarlos, así que el pelo es el lugar lógico.

—¿Necesitas llevar cinco bolis siempre en el pelo? —preguntó en tono seco.

Volví a encogerme de hombros, pero no supe muy bien qué responder. Siendo sincera, sí, necesitaba llevar cinco bolígrafos en el pelo.

Si se me ocurría una idea para la trama o una estrategia para desarrollar un personaje, tenía que apuntarla de inmediato. Pasar años en los que había intentado acordarme de algo para luego olvidarlo me había enseñado que era mejor tener siempre bolis y una libreta a mano. Pero de ninguna manera iba a revelarle a Felix ese dato.

Justo entonces, llamaron a la puerta. Tanto Felix como yo miramos atrás cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe y Tabitha, su asistente ejecutiva, entró en la sala.

—Siento mucho la interrupción, señor Moretti —dijo, sin parecer que lo sintiera en absoluto. La ráfaga de aire que entró por la puerta me hizo temblar en el asiento. Eso era lo otro malo de esa dichosa oficina: hacía un frío glacial. Tabitha me lanzó una breve mirada de desdén antes de volver a centrarse en su jefe—. Pero tengo un mensaje del señor York. Desea reprogramar la reunión de mañana. Por lo visto, su esposa tiene cita para una ecografía prenatal.

Aparté la mirada de ella, que me observaba con aire acusador, para volver a centrarme en Felix, quien no disimuló a tiempo el fastidio ante esas noticias. Era tan adicto al trabajo que probablemente no concebía que alguien tuviera que asistir a algo fuera de la oficina que no se pudiera «externalizar». Seguramente pensaba que, a menos que uno mismo estuviera gestando al bebé, su presencia en la ecografía era completamente innecesaria. Había observado a HarryYork y a su esposa Verity cuando vinieron a la oficina la semana anterior, así que no me sorprendió que antepusiera a su mujer y a su futuro retoño a los negocios. Hacían muy buena pareja: la guio por la oficina con la mano en la espalda, como si sortearan un campo minado en vez de unos cuantos escritorios, y luego la cogió de la mano mientras esperaban a Felix fuera de su despacho.

—Pues vale —dijo Felix con un deje de irritación—. Gracias, Tabitha. ¿Podrías programarla para la semana que viene o ya estoy a tope?

—Siempre está a tope, pero me las arreglaré —respondió ella, tan eficiente como siempre—. Me encargo ahora mismo.

Giró sobre sus perfectos tacones de diez centímetros y suela roja y salió por la puerta, dejando tras de sí un olor a perfume caro.

La diferencia entre las mujeres como Tabitha y yo nunca había sido tan abismal. Su impecable camisa de seda blanca hacía juego con una falda de tubo ajustada que le llegaba justo por encima de la rodilla. Su modelito no tenía ni una arruga. Aunque yo me pasara horas planchando una camisa, sabía que seguiría sin estar en condiciones. Si bien, por otro lado, planchar nunca había sido mi fuerte. Para ser sincera, pocas cosas prácticas lo eran.

Hice un gesto de derrota y suspiré. Aquello era inútil: era, y siempre lo sería, un caso perdido. Lo del curro había sido una buena idea sobre el papel, pero cada vez era más evidente que ir a trabajar para Felix no era el trampolín que buscaba para ampliar mis horizontes. A lo mejor hasta estaba empeorándolo todo. Mi idea de mudarme a Londres y tener amigas con las que jugar a los bolos era muy ingenua. No había conocido a nadie que no fuera superintimidante. En lugar de salir a tomar algo y quedar en cafeterías como me había imaginado, volvía a mi piso vacío cada noche, pedía comida para llevar y me sumergía de nuevo en mi mundo de fantasía; el mismo mundo de fantasía que había pasado los diez últimos años construyendo en Little Buckingham. Nada había cambiado. Venir aquí no había tenido sentido. Debería haberme quedado en casa. Al menos, allí tenía a mamá, a Emily y a Mike.

Una profunda timidez y un carácter peculiar eran mis flaquezas. Tenía confianza en el mundo ficticio que había creado, pero en el mundo real… no tanto. Por eso nunca había salido de Little Buckingham, nunca me había ido de casa, nunca había tenido novio… Y la lista seguía. Sin embargo, la esperanza de que conseguir un trabajo en la gran ciudad me diera confianza se iba desvaneciendo poco a poco. Al igual que la esperanza de hacer nuevos amigos fuera de la burbuja del pueblo. La mera idea de intimar con una mujer como Tabitha me daba risa. Cuando no me despreciaba abiertamente, me ignoraba por completo. Y luego estaba la otra esperanza secreta que no le había confesado a nadie: la de que Felix finalmente me viera como algo más que la hermanita rara de su mejor amigo. Esa era la idea más descabellada de todas.

Capítulo 2

Qué… divertido

Lucy

—Quizá debería dimitir —dije, cruzando los brazos para meter las manos en los sobacos y así mantenerlas calientes, mientras reprimía un nuevo escalofrío.

Era inútil seguir en ese ambiente, y era cada vez más obvio. Estaba mejor estancada en Little Buckingham; al menos, allí tenía amigos. Me puse a mirar la corbata de Felix: ¿cómo conseguía mantenerla tan perfecta? Todo en ese hombre era inmaculado. Me sentía cada vez más como una donnadie desaliñada.

—¡No puedes limitarte a dimitir! —El tono ofendido de Felix me sobresaltó y me hizo volver a mirarlo a los ojos. Se había apartado del escritorio para cernirse sobre mí. Se le daba muy bien intimidar. Su cara era la viva expresión de la furia—. ¿Qué clase de actitud es esa?

Lo miré ceñuda.

—Creía que era lo que pretendías. Eh, pensamos igual de mis errores. Tengo experiencia en cagarla. En serio, me sorprende que no me hayas despedido antes.

—No te voy a despedir, Luce —replicó con cara de espanto—. No le digas a tu madre que te voy a despedir, porque no es eso.

Mi madre fue la niñera de Felix durante toda su infancia. Crecimos en el mismo pueblo. Bueno, más o menos: mi familia vivía en una casita de campo justo al lado de la taberna, en el corazón de Little Buckingham; la de Felix, en una enorme casa solariega con hectáreas de terreno a las afueras. Y, mientras que mi hermano Mike y yo íbamos a la escuela pública de la localidad, a Felix lo enviaron a un internado de lujo a kilómetros de distancia. Pero era mi madre quien lo cuidaba cuando estaba en casa. Pasaba mucho tiempo en nuestro pequeño hogar y quería muchísimo a mi madre y a mi hermano. Mike y Felix me sacaban seis años y, aunque sus vidas habían tomado rumbos distintos (mi hermano era carpintero y Felix, magnate), seguían considerándose los mejores amigos junto con el otro miembro del trío, Ollie, cuya familia vivía en la finca contigua a la de Felix.

Siempre me había sentido fascinada por el chico guapo, escandaloso, expresivo y glamuroso que llenaba nuestra casita de campo con su energía magnética. Por aquel entonces, los seguía a él, a Mike y a Ollie por todo el pueblo como un perrito faldero, hasta que mi hermano me mandaba a freír espárragos. Pero Felix solía defenderme, y siempre me dejaba acompañarlos. Mira que yo debía de ser plasta, pero él nunca perdió la paciencia conmigo. Es innegable que era rara, con mis interminables historias y mis peculiaridades, pero Felix siempre me seguía la corriente: siempre era amable.

Cuando murió mi conejillo de Indias, insistí en celebrar un funeral como Dios manda: una instrucción que mi hermano ignoró por completo. En cambio, Felix, que por aquel entonces tenía unos quince años, apareció vestido de negro, con un traje de marca entallado y la cara seria y triste, como exigía la ocasión. Incluso pronunció un breve panegírico para Coco, algo así como que siempre recordaría que Coco se cagaba en los zapatos de Mike, que daba gusto acariciarle la cabeza de lo suave que era y que solo le había mordido el dedo una vez (lo cual seguramente se merecía, pues se dedicaba a meterlo en el zapato de Mike para que se cagase ahí).

—Pero no la alientes, colega, que está zumbada —se quejó Mike.

—No le hagas caso, Shakespeare —repuso Felix mientras me despeinaba con cariño—. Lo último que hay que ser es normal.

Suspiré. Estaba claro que el Felix adulto no apreciaba tanto mis rarezas como el de la infancia. Aunque, siendo sincera, no se parecía demasiado al chico que había conocido. No me imaginaba al Felix de hoy escuchando mis disparates durante horas y horas feliz de la vida y llamándome «Shakespeare». Este Felix era cortante; se había endurecido. Solo hacía cosas muy importantes con gente muy importante. Solo salía con supermodelos o actrices famosas. Era implacable en los negocios, incluso despiadado. Todos en la oficina lo temían y no sonreía jamás; no le había visto ni una sola vez los hoyuelos a lo largo del mes que llevaba trabajando allí. Este Felix no quería que un recuerdo de su pasado con pinta extravagante desentonara en su oficina.

A pesar de que ya era multimillonario, de que dirigía su imperio inmobiliario multinacional y de que era una de las doscientas personas más ricas del país, no quería decepcionar a su niñera. Por eso me aguantaba.

—Eh… Entonces, ¿qué? —pregunté confundida. Me había dado la impresión de que estaba preparando el terreno para despedirme, y con razón—. No le diré a mi madre que me has despedido, si eso es lo que te preocupa.

—Que no voy a despedirte —repitió apretando los dientes.

Me encogí de hombros.

—Si tú lo dices…

—Lucy, para ser alguien que necesita este trabajo, parece que te dé absolutamente igual perderlo.

Suspiré de nuevo.

—Felix, no valgo para esto. No hay tutía. Y no encajo nada aquí. —Me mordí el labio antes de proseguir, deseando que dejaran de escocerme los ojos. No lloraría delante de ese hombre—. Esto no va a salir bien. Quizá venir a Londres haya sido un error.

Felix se cruzó de brazos y me contempló fijamente. Intenté mantener la calma pese a la intensidad de su mirada. Madre mía, qué guapo era.

—Solo necesitas más confianza. Te sentirás mejor si llevas la ropa adecuada. Ya verás.

Se giró y pulsó el intercomunicador como si estuviéramos en una peli mala sobre un director ejecutivo arrogante. Debería haber sido un gesto cursi, pero el tío hizo que quedase genial.

—Tabitha, ¿puedes venir un momento? —preguntó.

—Claro, señor —contestó Tabitha con ese tono e intimidante y supereficiente al que ya estaba acostumbrada.

Unos taconeos más tarde volvía a estar en el despacho. Nos miró otra vez a Felix y a mí, probablemente preguntándose por qué no estaba ya recogiendo mis cosas y desalojando el edificio.

—Lucy necesita ayuda —declaró Felix, a lo que parpadeé, confundida—. Necesita ropa de oficina. Un cambio radical. Y no sé yo si dejando que se las arregle sola conseguirá una transformación tan grande.

Tabitha me clavó una mirada penetrante que fue desde mi desenfadado moño hasta mis UGG y viceversa. Se le daba de maravilla disimular sus emociones. Lo único que me indicó que estaba enfadada fue el tic que le dio en la comisura del ojo izquierdo. Me ardían las mejillas. Siempre tenía la mala costumbre de sonrojarme. No podía sentir la más mínima vergüenza sin ponerme roja como un tomate, y no estaba segura de que me hubiera sentido más avergonzada en la vida. Era una mujer de veintisiete años a la que a todas luces no podían dejar vestirse sola. Al ver que Tabitha no respondía, Felix carraspeó.

—Puedes usar la tarjeta de la empresa. Sin límite de gasto.

—Está bien —dijo Tabitha, desviando la atención de mí hacia Felix y sonriendo como si no le supusiera ningún problema llevar de compras a una inadaptada social sin gusto para la moda—. ¿Cuándo desea que vayamos?

—Podéis ir ahora —contestó Felix, agitando la mano.

—Pero si tiene reunión con Anderson Corp. ¿No me necesita con usted?

—No te preocupes, ya me encargo yo de NickAnderson. Le diré a John que te sustituya.

—Vale.

A Tabitha se le había congelado la sonrisa de tal forma que parecía que le doliese. El ojo le temblaba como loco. Estaba que trinaba.

—Eh, esto es… un montón —dije con la voz entrecortada por la pila de ropa que Tabitha acababa de dejarme en los brazos y que me llegaba por encima de la boca—. Creo que no me he probado tanta ropa en la vida.

—Se nota —me espetó, señalándonos a mí y a mi atuendo con una sonrisilla—. ¿Podrías darte prisa? Puede que a ti te dé igual tu empleo, pero yo fui clave en el trato con Anderson, y no me gusta que me echen de la oficina para llevarte de compras como si fueras una mocosa para que el gilipollas de John se lleve el mérito.

—Ay, no —murmuré con el alma en los pies—. Lo siento mucho. Qué mal por parte de Felix. Ya…, ya me las apaño yo. Si corres a lo mejor llegas a la reunión.

Miró a lo que había detrás del montón de ropa con los ojos entornados.

—¿En serio eres así de tonta?

Tragué saliva. Tenía un nudo en la garganta y presentía que iba a llorar. Tabitha me odiaba, y no la culpaba. Era la única persona con la que había tenido contacto regular desde que había llegado a la oficina —aparte de Will, pero él no contaba—, y era evidente que no estaba dispuesta a ser mi amiga. Parpadeé rápidamente, con la esperanza de contener las lágrimas.

Tabitha volvió a suspirar. Se le había suavizado la expresión un poquito.

—A ver, si vuelvo ahora, llegaré tarde a la reunión. Eso es peor que no haberme presentado. —Me puso una mano en cada hombro, me giró hacia el vestuario y me dio un empujoncito—. Pero preferiría no faltar a lo que queda de jornada, así que, si te das prisa, mejor que mejor.

—Sí, claro, descuida —dije, corriendo dentro.

Me alegré de darle la espalda, así no veía que se me había caído una lágrima.

La siguiente hora fue agotadora y de una eficiencia despiadada. Me obligó a probarme toda clase de ropa a base de codazos y empujones. Cuando casi me caigo de culo por los tacones que me había escogido Tabitha, reconoció que quizá habían de tener un par de centímetros menos.

—Pero no nos pasemos tampoco —me advirtió—, que eres baja.

La miré con recelo. Vale, 1,57 metros no es precisamente la altura de una supermodelo, pero tampoco era una enana.

—Y menos de siete centímetros estaría fuera de lugar.

Tenía razón, pero ¿no se suponía que las mujeres ya estábamos liberadas? ¿Por qué seguíamos obligadas a usar esos artilugios que hacían que caminar fuera un ejercicio de equilibrio y resistencia?

Cuando llegó el momento de pagar, Tabitha sacó la tarjeta de la empresa, pero, en una inusual muestra de asertividad, la obligué a guardarla e insistí en pagarlo todo yo. Me estremecí al ver el precio, aunque de ninguna manera iba a permitir que Felix asumiese la carga financiera de renovar mi espantoso armario, pese a que yo fuera la primera que no quería renovarlo.

Mientras regresábamos en la limusina de la empresa, me tragué los nervios e intenté romper el silencio sepulcral.

—Y, eh…, ¿te gusta trabajar en MorettiHarding? —me obligué a preguntar con un hilo de voz.

Tabitha dejó de mirar por la ventanilla y me observó con desdén.

—¿Que si me gusta? —preguntó con incredulidad.

Carraspeé y me mordí el labio. Había sido la pregunta más inocente que se me había ocurrido, y aun así recibí un desprecio palpable.

—Uno no llega a donde estoy yo por placer —replicó Tabitha despacio, como si le explicara cómo funcionaba el mundo a una niña atrasada—. Uno se desloma, sale de marrones y aguanta toda clase de palos para ascender.

—Ah, pues… vale. Qué… divertido.

Me miró estupefacta.

—¿Divertido? ¿Estás loca? ¿Cómo va a ser divertido? Trabajo sin luz natural. El personal está constantemente al borde de un ataque de nervios. Tengo que luchar a diario contra el horror del patriarcado. La diversión no tiene cabida aquí.

—Pues sugiere que hagan cambios. Podrían iluminar un poco el espacio. ¿No dispone la empresa de todo un equipo de diseño de interiores? Quizá se podría traer luz de…

—Lucy —me interrumpió Tabitha en tono seco—, limítate a quedarte empanada y a chillar como un ratoncito cuando te formulen una pregunta básica, ¿vale? No tienes ni idea de negocios.

—Vale —susurré, sintiéndome insignificante y tonta de nuevo.

Olvidé que mi viejo suéter estaba en una de las innumerables bolsas de compra y traté de bajarme las mangas para taparme las manos y pasar los pulgares por los agujeritos, con lo que me topé con la blusa de seda que llevaba puesta y tuve que sentarme sobre las manos el resto del trayecto para mantenerlas calientes.

Temblaba. El experimento con la ropa estaba muy bien, pero, como muriera de hipotermia, habría sido una pérdida de tiempo tremenda. Me imaginé a Felix cerniéndose sobre mi cadáver, reprendiéndome por mi incompetencia y mi falta de ambición mientras iba poniéndome azul poco a poco. Tabitha me echó una mirada glacial al oírme reprimir una carcajada, así que me encogí aún más en el asiento para no aumentar su enfado.

Deseé no haber aceptado nunca aquel plan, y no era la primera vez que me sentía así. Pero mamá me había insistido muchísimo para que trabajara con Felix.

—Es un chico muy majo —me había dicho.

HettyMayweather debía de ser la única persona de Inglaterra a la que Felix le parecía «un chico muy majo». Era uno de los hombres más despiadados e intimidantes de Londres; ni chico ni majo.

—Él te cuidará en Londres —me había asegurado mamá.

Sí, ya. Si cuidar de alguien significaba criticarlo a diario por sus muchos defectos y obligarlo a ponerse un montón de ropa fría e incómoda, mamá tenía toda la razón.

Capítulo 3

Considéralo una armadura

Felix

—Esto ya es otra cosa. Qué cambio —dije con energía—. Ya pareces mucho más profesional.

Lucy me sonrió débilmente y se encogió de hombros.

—Supongo.

Carraspeé y me froté la nuca. Llamar a Lucy había sido un error. Aceptar que Lucy viniera a trabajar a la oficina había sido un error aún mayor. Pero, cuando Hetty me lo pidió, no pude negarme.

A ver, que Lucy me caía bien. Sí, llevaba años sin verla hasta que llegó el mes pasado, pero siempre había sentido debilidad por la niña rarita que contaba las historias más extrañas y adictivas. Era una chiquilla mona y tímida con pecas en la nariz y las rodillas peladas. Mike, Ollie y yo dejábamos que nos siguiera durante las vacaciones y observara con esos ojazos azules cómo jugábamos al fútbol, nos enfrentábamos en partidas de videojuegos y pasábamos el rato en la casa del árbol (puede que la vivienda de los Mayweather fuera pequeña, pero tenían la mejor casa del árbol del mundo).

Era evidente que Hetty se preocupaba por ella incluso entonces.

—Es una soñadora, ese es el problema —decía la siempre pragmática y sensata Hetty—. Está en las nubes cuando lo que tiene que hacer es bajar de ellas. El mundo se la va a comer viva.

Sin embargo, el padre de Lucy, Henry, no compartía la opinión de Hetty. La adoraba, la llamaba su pequeña soñadora y, si acaso, quería proteger su inclinación natural en vez de corregirla. Pero, cuando Lucy tenía ocho años, Henry falleció, y a partir de ese momento Hetty dejó de intentar arrastrarla al mundo real, y Lucy lo evitó con más ahínco todavía.

Ese año, Mike y yo tuvimos que llevarla a pedir caramelos por el pueblo. Media hora después de que hubiera subido a su cuarto a por su sombrero de bruja, Hetty me había mandado a que fuera a ver qué pasaba. Lucy estaba sentada junto a la ventana, con la mirada clavada en el paisaje oscuro, las rodillas pegadas al pecho, las piernas abrazadas y la cabeza apoyada en las rodillas.

—¿Luce?

No hubo respuesta.

Fui a sentarme enfrente de ella. Estaba completamente quieta, con sus grandes ojos clavados en la ventana. Parecía que ni siquiera estuviera en el cuarto.

—Eh, Shakespeare, es la hora de los caramelos.

Solo cuando le toqué el hombro y la zarandeé un poco volvió en sí con un sobresalto, la mirada fija en mí y la boca abierta.

—Hola —dijo, esbozando una sonrisa mellada—. ¿Qué haces?

—Lucy, íbamos a pedir caramelos, ¿no te acuerdas? Has subido a por tu sombrero.

Abrió los ojos como platos y se mordió el labio.

—¡Ay! ¡Ay, madre! Me habré vuelto a quedar en Babia.

—¿En Babia?

—Es lo que mi mamá y mi pa…, digo, mi mamá dice que hago cuando desconecto y me voy a mi rincón de pensar.

Se me hizo un nudo en la garganta al oír a Lucy corregirse. Seguía costándole aceptar que Henry se había ido; y, si tenía que ser sincero, a mí también.

—¿Este es tu rincón de pensar?

Negó con la cabeza, lo que hizo que las coletas se le movieran de un lado a otro y se le torcieran aún más.

—No, tonto. El rincón de pensar que tengo en el cerebro.

Sonreí.

—¿En qué pensabas?

Y era entonces cuando la pequeña Lucy se animaba. Cada vez que le preguntabas en qué pensaba cuando soñaba despierta, se lanzaba de lleno a contarte una de sus historias.

—Pues hay un rey, medio humano, medio hada, que…

—¿Medio hada? —pregunté—. ¿No es un poco femenino para un rey?

Lucy volvió a negar con la cabeza; una de sus coletitas se rindió y se le soltó del todo.

—Las hadas no son femeninas. Son más fuertes que los humanos, tienen magia, son mucho más rápidas y más feroces. Pueden arrancarte la garganta incluso antes de que te des cuenta de que se han movido.

Las historias de Lucy tenían eso. No eran lo que uno creía que se inventaría una niña de ocho años cualquiera. Había demasiada sangre y vísceras y muy pocas princesas y ponis. Aunque siempre eran absolutamente fascinantes. A los veinte minutos de oír hablar del rey sanguinario ese, Mike se asomó al cuarto.

—¿Qué pasa aquí? —dijo. Los dos seguíamos sentados en el asiento de la ventana, uno frente al otro, y Lucy acababa de llegar a la parte de la historia en la que el hermano del rey había intentado matar a la madre de su hijo nonato—. Va, que nos quedaremos sin caramelos.

Lucy me había contado montones de historias a lo largo de los años. De hecho, había veces en que, como era un adolescente que se enfadaba con su padre por lo cabrón que era, las historias de Lucy habían sido la única distracción que de verdad me calmaba. Así que claro que sentía debilidad por ella. Pero tener a una Lucy ya mayorcita en la oficina había sido sin duda un error.

En cuanto había entrado en mi empresa, hacía ya un mes, con las mismas pecas en la nariz y los mismos ojazos azules que me miraban atónitos, me había quedado sin aliento. No importaba lo enorme y andrajoso que fuera su jersey de lana, ni lo enmarañado y lleno de bolis que llevara el pelo, ni que no fuera ni un poco maquillada: era bella a rabiar. Obviamente, no bella como las mujeres en las que solía fijarme, ni bella como mi ex de piernas kilométricas, elegante, sofisticada y chic. No; la belleza de Lucy era natural, adorable pero cautivadora. No era mi tipo o, al menos, no tendría que haberlo sido, pero, en cuanto volví a verla, fue como volver al hogar. Estar cerca de ella me hacía sentir más de lo que había sentido en mucho tiempo, y mis ansias locas de tocarla empeoraban con cada día que pasaba.

Lo que lo hacía aún más doloroso era lo pillada que estaba por mí. Probablemente no era consciente de lo obvio que resultaba, pero Lucy se me quedaba mirando fijamente un montón de veces, lo que ponía a prueba mi autocontrol. Lo único que me apetecía era meterla en el despacho, besarle las pecas de la nariz, quitarle ese monstruoso jersey, tumbarla en la mesa y darle lo que sabía que quería de mí. Durante horas.

Y más raras incluso que mis fantasías obscenas con Lucy eran mis fantasías poscoitales. Porque, tras acostarme con ella de todas las formas posibles, aprovechando que habría bajado la guardia, me imaginaba a mí preguntándole en qué pensaba y a ella volviéndome a contar una de sus historias. Ninguna fantasía sexual con otra mujer había sido tan extraña.

Pero tenía que sacarme esa obsesión de encima. Era la hija de Hetty y Henry, la hermana de Mike. Sin Hetty ni Henry no habría sido ni la mitad de emocionalmente equilibrado de lo que era. Habían sido ellos quienes me habían criado. Sin la casita de campo de los Mayweather a modo de santuario, mi infancia habría sido desoladora. No podía decepcionar a Hetty, le había prometido que ayudaría a Lucy. La pobre estaba tan desesperada que incluso me había dicho que no hacía falta que le pagara. Cómo demonios esperaba que Lucy viviera en Londres sin cobrar era algo que escapaba a mi comprensión, pero desde luego no iba a permitir que trabajara gratis para mí. Era obvio que Hetty seguía manteniendo a su hija, lo que debía de suponerle una enorme carga financiera.

Llevaba más de cinco años sin volver a mi hogar; en concreto, desde que mi padre se había pasado tanto de la raya que ya no había habido vuelta atrás. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Hice bien en alejarme de él. Aun así, me sentía culpable por no haber hablado con los Mayweather. Había estado tan concentrado en intentar superar a mi padre en los negocios que relegué al olvido todo lo demás. Hasta mi propia madre solamente me había visto un par de veces, y siempre en Londres, en «terreno neutral». La quería, pero no volvería a Little Buckingham por nada del mundo.

Así que no, no iba a ceder al deseo de llevarme al huerto a Lucy y tenerla solo para mí en mi casa para que pudiera soñar despierta a sus anchas junto a mi ventana. Iba a ayudarla a convertirse en alguien de quien su madre no tuviera que preocuparse. Iba a fortalecerla. Porque el mundo no tiene piedad con los soñadores como Lucy. En esta vida no se puede soñar despierto: es dura y cruel, y cuanto antes se enterara, mejor.

—Te sentirás más segura ahora que vas vestida como una profesional —le dije—. Considéralo una armadura.

—Mmm —repuso por lo bajini, volviéndose hacia la ventana y frotándose los brazos—. Qué triste, ¿no? Necesitar armadura para trabajar. ¿De verdad es una batalla tan dura?

Fruncí el ceño.

—Claro que necesitas una armadura en el mundo corporativo, Luce. Ya no estamos en Little Buckingham. Esto es una guerra sin cuartel.

Se le borró la sonrisa y se le hundieron los hombros.

—Ah, ya. Una guerra sin cuartel. Bien.

No sonaba a que le pareciese bien, sino todo lo contrario, pero ¿qué esperaba? Aquello era Londres. Si no cambiaba, la harían picadillo en un instante. Yo lo había aprendido por las malas: la gente se aprovechaba de cualquier señal de debilidad, y eso incluía no vestirse como tocaba.

En fin, era innegable que estaba guapísima. La ropa nueva era una mejora tremenda. Debería haberse alegrado; yo mismo debería haberme alegrado. Al fin y al cabo, estaba ocupándome de la tarea que me había encomendado Hetty, estaba transformando a su hija. Ahora sí que daba la talla. Sin embargo, al observar a la nueva Lucy —traje entallado y tacones altos—, sentí un dolor terrible en el pecho y un profundo sentimiento de pérdida. Sacudí la cabeza para sacármelo de encima. Se me estaba yendo la olla.

—Ya solo te falta ponerte un poco las pilas —exclamé—. Y deja de soñar despierta, ¿vale?

Se mordió el labio, pero asintió lentamente. Suspiré.

—En serio, Lucy, no puedes quedarte empanada siendo asistente personal. Hay un montón de cosas que hacer cada día. —Se acabó lo de ser majo. Lucy tendría que dar el callo si quería triunfar—. No puedes seguir cagándola una y otra vez. No es justo para nadie. Ya tienes tu armadura. Ya puedes salir, integrarte y ponerte a currar.

Volvió a asentir despacio; no parecía convencida. En ese momento llamaron a la puerta, lo que me hizo fruncir el ceño, puesto que no había acabado de arengar a Lucy.

—Adelante —espeté.

Era Will. Tuvo que mirar dos veces a Lucy. Entonces, para mi horror, le hizo un repaso de arriba abajo y una amplia sonrisa le contrajo los labios.

—¡La madre que te parió! ¿Qué le has hecho, Moretti? ¿Quién iba a saber lo que la pequeña Lucy escondía bajo esos horribles suéteres?

Se acercó a ella y le tocó la solapa de la chaqueta, jugueteando con la tela entre sus dedos. Lucy se sobresaltó y se apartó de él. Will sonrió con más ganas y yo entorné los ojos.

—Vale ya, Brent —le espeté.

Inmediatamente, se le borró la sonrisa mientras se metía las manos en los bolsillos.

—¿Así que la nueva Lucy modo oficina se dignará a coger el teléfono de una puta vez? —preguntó Will, enarcando las cejas.

Mi reacción primaria consistió en un intenso deseo de arrearle un puñetazo en toda la jeta al muy chulito, pero me contuve. Estaba dejando que mis sentimientos por Lucy me nublaran el juicio. ¿En serio iba a enfadarme con Will por querer a una asistente de verdad, esto es, eficiente y funcional? Él estaba gestionando en ese momento uno de los tratos inmobiliarios más importantes de la firma, y yo le había endosado a una auténtica inepta.

—Lucy va a por todas —dije—. ¿A que sí, Luce? —Silencio. Cuando la miré, tenía los ojos puestos en el ventanal del despacho y jugueteaba con el botón de su manga. Suspiré y me pasé las manos por la cara—. ¡Lucy! —Me desgañité tanto que dio un respingo y me miró enseguida. Hablé despacio para que no se me notase lo enfadado que estaba. Esa chica era imposible—. Vas a trabajar más duro, ¿a que sí?

Lucy miró nerviosa a Will y asintió rápidamente. Volvió a frotarse los brazos con las manos mientras se alejaba un poco más de él con paso vacilante.

—Claro —dijo con un tono que era de todo menos alentador—. Eh…, seré la mejor asistente. A partir de ahora. Palabra de scout.

Levantó la mano haciendo el saludo de los scouts, y suspiré mientras Will reprimía una carcajada.

Capítulo 4

La peor asistente del mundo

Lucy

Apreté la mandíbula para que no me castañetearan los dientes. La temperatura de la oficina había sido más o menos soportable con mis jerséis gruesos, pero, con mi actual combinación de blusa de seda, traje a medida y tacones de diez centímetros, hacía un frío glacial. Además, me dolía horrores el tobillo tras habérmelo torcido al entrar en el ascensor. Por desgracia, había llegado a la vez que entraba Will el Baboso; me había visto cruzar las grandes puertas dobles esa mañana y había insistido en aguantarme el ascensor, aunque podría haber cogido perfectamente cualquiera de los otros dos. Le había sonreído como diciéndole que ya tomaría otro, a ver si así lo disuadía, pero me había ignorado y metido el pie entre las puertas automáticas para que no se cerraran.

Will era sencillamente mala persona y me ponía los pelos de punta. Tenía menos paciencia aún que Felix con mis ensoñaciones. Me había visto relegada a ser la chica de los tés de la oficina, lo cual, siendo sincera, probablemente era lo mejor. La semana pasada, mientras les preparaba el té a él y a sus clientes después de que me hubiera ordenado, delante de ellos, que no la cagara como siempre, lo había oído decirles a los demás que era «una mierda de asistente, pero, para vestir como una pordiosera, está bastante buena». A ese comentario le siguieron unas despreciables risotadas, típicas de machitos, que me erizaron la piel. Tuve que volver a entrar con disimulo, totalmente avergonzada y roja como un tomate, y servirles el té a esa panda de imbéciles. De nuevo maldije mi costumbre de sonrojarme mientras me movía por la estancia. He de decir que algunos sí que parecían incómodos al mirarme; debían de sospechar que los había oído. Will, sin embargo, no parecía en absoluto incómodo con la situación. El muy cabrón, de hecho, se recreaba con mi incomodidad en general. Incluso me había acorralado junto a la tetera dos días antes con el pretexto de coger su taza favorita, que estaba en el armario que había encima de mí, y al tratar de alcanzarla me había rozado los pechos. Cuando me aparté con brusquedad, se había echado a reír.

—Qué asustadiza eres —había dicho con ese tono petulante y engreído tan propio de él—. No te preocupes, no me van las paletas de pueblo andrajosas.

Bueno, puede que fuera así, pero eso no le había impedido que esa mañana me agarrara cuando me había caído en el ascensor al torcerme el tobillo y me pegara a él. No quería notar el miembro de mi jefe contra el abdomen a las ocho de la mañana; me había puesto los pelos de punta. Cuando me zafé, se echó a reír.

—Solo me aseguraba de que te mantuvieras erguida —me había dicho con su sonrisa chulesca—. ¿Es la primera vez que llevas tacones? La verdad es que me gusta tu nueva imagen. Siempre sospeché que esos suéteres escondían un cuerpo aceptable.

Me sentía avergonzada de mí misma. Debería haber sido capaz de mandarlo a la mierda. Pero, como en realidad sí que era una paleta de pueblo, lidiar con un depredador urbano como Will, que pronto sería socio júnior de la empresa, excedía mis capacidades. Así que había huido despavorida en cuanto se abrieron las puertas del ascensor y me torcí el tobillo… otra vez.

El día fue a peor a partir de ese momento. Había estado dándole vueltas a un agujero argumental realmente irritante de mi último libro (¿cómo iba Astrida, la reina de la Luz, a pasar del Reino Negro a lo más bajo del mundo feérico y conservar sus poderes?), cuando un chasquido de dedos frente a mi cara me devolvió al presente.

—¿Crees que le ha dado un ictus?

Parpadeé. Y me quedé helada al ver ante mí a la directora financiera de MorettiHarding. Cómo había alcanzado la cima jerárquica con el nivel de misoginia que reinaba por allí era un misterio, pero Victoria Harding era francamente aterradora, completamente impasible. Creo que no la había visto sonreír jamás. Rara vez se dignaba a hablar con nadie. Por lo general, se comunicaba mediante Lottie, su asistente. Ella sí que sonreía. Siendo sincera, parecía la más amable de la oficina y la única que no encajaba del todo con el ambiente corporativo. Guapa, con el pelo rizado color caramelo y muy risueña, aunque también iba trajeada y llevaba tacones, sus múltiples piercings, el pequeño tatuaje que tenía detrás de la oreja y las deportivas fluorescentes que le había visto quitarse al llegar a la oficina el día anterior indicaban una personalidad diferente a la del resto. En cualquier caso, Lottie podía salirse con la suya gracias al poder de Victoria. Yo carecía de esa suerte.

Por extraño que pareciera, yo conocía a Victoria desde la infancia. Ollie, el amigo de mi hermano, era su medio hermano. Aunque de niña solo la había visto un par de veces, dado que era fruto de una aventura del padre de Ollie y, por lo tanto, vivía con su madre biológica. Aquello había sido un gran escándalo, ya que el padre de Ollie era el duque de Buckingham por aquel entonces (posteriormente, falleció y Ollie había heredado el título). Mamá decía que los aristócratas tenían aventuras a diario, de modo que no resultaba en realidad tan sorprendente. Una de las pocas veces que había coincidido con Victoria había sido en nuestra casita de campo. Yo tenía siete años y ella, nueve, pero no me había dirigido la palabra. Mamá me había contado que Victoria, de hecho, no hablaba con nadie en esa época; mutismo selectivo o algo por el estilo. Pero ahora sí que hablaba.

Volví a sentir un dolor punzante en el tobillo al moverme en el asiento para mirar a Victoria y a Lottie. La primera me observaba con curiosidad, con la cabeza ladeada como si fuera un bicho en un microscopio. Su forma de preguntar si me estaba dando un ictus, carente de emoción, la retrataba a las mil maravillas. Al igual que su atuendo: un traje pantalón de un blanco impoluto con tacones altos, el pelo rubio recogido en un moño perfecto y un maquillaje impecable. Mientras que Lottie era guapa y simpática, Victoria era preciosa e intimidante; inalcanzable.

—Mierda —mascullé—. Digo… perdón, estoy bien. Me habré quedado ensimismada un momento.

—Eres LucyMayweather —me dijo Victoria, y asentí despacio. Llevaba un mes en la oficina, pero era como si fuera la primera vez que me veía—. Tu madre era la niñera de Felix.

Asentí de nuevo. Total, esa conversación no parecía requerir que interviniera mucho.

—Es una señora encantadora.

Me quedé perpleja y se me relajaron las facciones.

—Sí que lo es, sí.

—¿Padeces algún trastorno? —me soltó Victoria a continuación.

—Eh… —Parpadeé—. Pues…

—¡Vicky! —exclamó Lottie, que me sonrió antes de volverse hacia su jefa—. ¿Recuerdas lo que hablamos de ser directa y grosera? —Victoria, aún pendiente de mí, asintió—. Pues esta es una de esas veces en las que has sido grosera. No se le pregunta a alguien a bocajarro si padece algún trastorno.

Victoria frunció el ceño.

—Pero, si padece epilepsia, su falta de atención en su puesto de trabajo podría explicarse con una crisis de ausencia.

—No tengo epilepsia —me apresuré a aclarar.

—Entonces, ¿por qué estabas empanada y no te dabas cuenta de lo que pasaba a tu alrededor?

—Vicky, ya vale —masculló Lottie.

—No pasa nada —dije, con la cara colorada—. Perdone, estaba soñando despierta.

—¿Soñando despierta? —dijo Victoria, confusa, como si fuera la primera vez que oía hablar de ese fenómeno y le pareciera un concepto demasiado extraño para ser real—. Qué pena. Las crisis de ausencia por epilepsia pueden tratarse. No creo que se pueda decir lo mismo de soñar despierta.

Apreté los labios para no reírme. Mientras tanto, Lottie puso los ojos en blanco.

—No se preocupe —le dije a Victoria para su tranquilidad—. No necesito tratamiento.

De hecho, soñar despierta era fundamental para mi verdadera vocación, pero no iba a decírselo a ellas. Volví a tiritar de frío, algo que no pasó desapercibido a la sagaz mirada de Victoria.

—Tienes frío —comentó.

Me mordí el labio y asentí despacio.

—Estamos a dieciocho grados y medio —continuó diciéndome. Su precisión me dejó a cuadros. «Y medio». ¿Hablaba en serio?—. No es una temperatura ambiente baja.

Miré a izquierda y derecha en busca de una vía de escape a esa extraña conversación, pero no había nadie a mi alrededor. ¿Dónde estaba Will el Baboso cuando se lo necesitaba?

—¿Por qué tienes frío? —insistió Victoria.

Me encogí de hombros.

—Tengo intolerancia al frío. Me pasa desde pequeña. Cuando todos van en camiseta, yo tengo que ponerme dos jerséis. Creo que mi termostato particular está un poco escacharrado.

—Enséñame las manos —me ordenó.

—Va, Vicky —dijo Lottie en voz baja—. Deja a la pobre en paz. Vamos a llegar tarde a la reunión.

—Empezarán sin nosotras. William ya se ha adelantado. Debería ser capaz de presentar el plan. —Lottie suspiró y me dijo «lo siento» sin hablar mientras Victoria se volvía hacia mí—. Venga, enséñame las manos.

Las puse encima de la mesa. Las puntas de tres de mis dedos se habían puesto blancas.

—Tienes el fenómeno de Raynaud —afirmó. De nuevo, no era una pregunta, pero asentí de todos modos. El fenómeno de Raynaud se me había manifestado cuando tenía veintipocos y se había sumado a mi intolerancia al frío—. Fascinante.

Caray, había que ser flemático para considerar «fascinante» una enfermedad dolorosa.

—Vamos, Vicky, en serio —insistió Lottie con voz suave, y me pregunté por qué era tan amable con una mujer tan quisquillosa y descortés—. Tenemos que asistir a la reunión. Will puede ser muy competente a veces, pero también es perfectamente capaz de cabrear a todo el mundo.

Dicho esto, Lottie le tocó la muñeca; y ese simple gesto fue lo que motivó que Victoria dejara de fijarse en mí.

—Cierto —reconoció esta—. Adiós.

Giró bruscamente sobre sí misma y enfiló el pasillo que llevaba a la sala de juntas a paso ligero.

—Perdona —murmuró Lottie con una amplia sonrisa—. A veces se pasa. Mejor la alcanzo antes de que entre. ¿Quién sabe qué dirá, si no? Hasta luego.

Y salió corriendo tras su jefa.

La observé irse mientras pensaba que, a pesar de que Lottie era más de las mías, sencillamente me daba vergüenza acercarme a ella. Además, siempre estaba con Victoria. Intenté imaginarme yendo a buscarla más tarde y preguntándole si le apetecía ir a tomar una copa o algo así, pero me resultó imposible. Di un respingo cuando sonó el teléfono que tenía al lado, y como una idiota sin remedio, solo se me ocurrió contestar a los cinco timbrazos. De verdad era la peor asistente del mundo.

Capítulo 5

La cojita

Lucy

—¿Por qué no estabas en tu mesa? —me espetó Will por teléfono.

—Sí que lo estaba.

—Entonces, ¿por qué has tardado tanto en contestar? En serio, no sé cuántas neuronas del cerebro de mosquito que tienes te funcionan. Necesitamos té. Sabrás traerlo, ¿no?

—Sí —balbuceé con pesar.

Un cuarto de hora después, había preparado el carrito del té con la ayuda de la encantadora camarera, que era quien se encargaba en realidad de servir el té; Will solo quería que lo hiciera yo para demostrarme su autoridad. Menudo imbécil. Me quedé paralizada nada más entrar cojeando en la sala de reuniones. Presidiendo un extremo de la larga mesa de juntas estaba Felix