Soy Batuke - María Elena Arrieta - E-Book

Soy Batuke E-Book

María Elena Arrieta

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Beschreibung

Soy Batuke es la historia de un perro de la calle, narrada por él mismo desde una perspectiva que va más allá de su hambre y su soledad. A través de su instinto y sentimiento perruno, forja un análisis crítico del comportamiento humano y cómo su maldad puede llegar a desestabilizar muchas vidas, tal como hicieron con él. Pero no hace gala de una crítica generalizada, sino equitativa, reconoce el valor de las personas que lo amaron, que fueron un paliativo en su largo derrotero de ansiedades y amarguras. Desde el mismo momento que las conoció percibió su empatía y su solidaridad, y de ahí su eterno agradecimiento. A través de Batuke y su análisis del entorno que lo rodea, la obra pone de manifiesto valores perdidos en la sociedad actual.

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Seitenzahl: 91

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Corrección: Eleonora Barchiesi.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Arrieta, María Elena

Soy Batuke / María Elena Arrieta. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

104 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-999-5

1. Cuentos. 2. Cuentos Infantiles. 3. Narrativa Infantil. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Arrieta, María Elena

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Soy Batuke

CapítuloI

Batuke presume de su nombre y de la bonita de rulos negros

Hola, me presento: soy Batuke, un perro callejero. Soy de aquí y soy de allá, soy de todos y soy de nadie; perdón, era. Ahora, desde aquellos tiempos de hambrunas y miserias, mi condición social y económica ha cambiado. Por eso quiero contarles de aquellos días, de mis tripas hartas de estar vacías, de sus pellizcos y de sus odiosos reclamos. Y como estoy casi seguro de que ustedes, humanos niños y adultos que me están leyendo, nunca han sentido la angustia del hambre, les contaré mis aventuras y desventuras en la calle, a la intemperie, sin dueño y sin cariño.

Empezaré por mi nombre: Batuke es uno más de los tantos con los que me bautizaron a lo largo de mi vida errante: Pichicho (sin clase ni realeza), Pulguín (todo el día me la pasaba rasca que te rasca, las pulgas me habían ganado mi envoltorio esquelético), Linyera (sin domicilio conocido) y otros más pasables, como Petiso, Bayito, Perrito Lindo, Presumido; la mayoría, asociados a mi cuerpo, a mi pelo, a mi manera de ser y de vivir. Los odié, ninguno me gustaba y no podía entender el afán de los humanos por inventarme nombres que, aunque me definieran, a mí no me decían nada. Pero Batuke me gustó, me hizo sentir importante, tan importante como la bonita de rulos negros que lo eligió.

A veces ella y sus dos hijos (solamente ellos) con mucho cariño me llamaban y me siguen llamando Batu, y yo en cortos ladridos, saltos y cabriolas quería y todavía quiero demostrarles mi agradecimiento y decirles que también los amo. Ellos sin conocerme calmaron mi hambre y mi sed, me protegieron del frío brindándome calor de hogar y, aunque siempre mis visitas fueron por algunas horas, me brindaron lo más importante para cualquier ser vivo: amor. Pero no crean que siempre que andaba con las tripas rezongonas iba a golpear la puerta del departamento donde ellos vivían. Nada de eso, no quería ser cargoso. Prefería seguir escuchando el gruñido de los mondongos repletitos de aire; total, ya me había acostumbrado.

A ella, la bonita de rulos negros, la conocí con uniforme de policía cuando era yo apenas un cachorro, en circunstancias que llegado el momento les contaré. Cuando la vi quedé derretido. Mi olfato guardó para siempre su olor de humana bondadosa, y mis oídos, su dulce voz. Doña Ramonita, una humana con una pila de arrugas (de quien más adelante también les contaré), siempre me decía que a las buenas personas se las reconoce por sus obras, no por sus palabras, y yo pensé: «También por el olor y la voz».

Estaba feliz con mi nuevo nombre. Cuando alguien me llamaba por alguno de los anteriores, me hacía el sordo. Solo me daba por enterado si ese llamado significaba un pedazo de pan, un hueso sabroso y carnudo, un paquete de galletas, en fin, cualquier cosa con sabor que yo pudiera morder.

Capítulo II

Batuke cuenta, en parte, su historia con doña Ramonita

Doña Ramonita estaba muy sola, pobre... Yo la quería tanto, era tan buena conmigo. Cuando yo pasaba por su barrio, me paraba en dos patas y ladraba al frente de la puerta de hierro de su casa; tras esas rejas, había un jardincito. Doña Ramonita abría esa puerta y me invitaba a pasar mostrándome un plato de comida. Aclaro que al principio me negué rotundamente; tenía miedo de que la cerrara y yo quedara tras las rejas. Pero después de un tiempo toda ella me dio confianza, y un día, con mucha cautela, puse una pata primero; luego, con más cautela todavía, la otra pata, y así hasta que las cuatro quedaron en el pequeño jardín.

Desde entonces, entre los dos nació una gran amistad que duró muchos soles y muchas lunas. Mientras yo, hambriento, saboreaba su guisito de arroz o de fideos con pequeños trozos de carne y una salsita tan roja como la sangre, ella sentada en un banco de madera me decía palabras cariñosas y me llamaba perrito lindo. Siempre tenía algo para contarme y, aunque no lo crean, también me dio consejos, aunque los entendí (como ustedes podrán leer más adelante) mucho después.

Doña Ramonita con su rica comida tenía a salvo mis tripas del aire. Siempre a la misma hora, me esperaba con algo muy sabroso: aparte de sus guisitos, a veces había sobras de milanesas y restos de pizzas entre muchos pedazos de pan, además de una lata con agua. Los momentos que pasé con ella fueron muy felices, inolvidables, y yo creí que serían para siempre, pero no.

Un día llegué a su puerta con las tripas chillonas y amarga la boca. Tenía la garganta como si hubiera comido arena y solo pude hacer algunos gruñidos para avisarle que yo estaba allí. Me senté a esperar agudizando mi oído y mi olfato, pero nada de nada, ni un ruido, ni un olor que me diera esperanzas de su presencia. El tiempo pasaba, y ni rastros de doña Ramonita. Yo ya no tenía aliento ni para gruñir. Mi ansiedad se tranquilizó cuando escuché ruidos, pero, cuando la puerta se abrió, apareció una mujer que no era doña Ramonita. La desconocida ni el apunte me llevó. Aunque con miedo, me paré en mis patas traseras y me apoyé en la reja gimiendo y moviendo la cola. La mujer se arrimó y me dijo: “No pierdas el tiempo. Si buscás a doña Ramonita, ella no volverá nunca más, se fue al cielo”. Luego entró a la casa y cerró la puerta. No entendí lo que me quiso decir y seguí esperando.

Capítulo III

Batuke presume de su libertad y sus galanterías

Antes de seguir contándoles de mi amistad con doña Ramonita, les vuelvo a recordar que soy (mejor dicho, era) un perro callejero, libre como el viento, como la brisa fresca que me acariciaba al despertar por las mañanas. Era libre como un pájaro que abre sus alas y se echa a volar. ¿Que si tenía un lugar propio donde vivir? Lo tenía, todo Jesús María me pertenecía: sus calles, sus parques y baldíos, su río, el predio de la doma, los barrios más lujosos donde estaban las caninas presumidas, pitucas y ricachonas que compartían su olor y su corazón con un perro de la calle, sucio y pulguiento; ese era yo (cuando era joven). El problema eran sus dueñas. Me odiaban, no querían verme cerca, me cascoteaban y me decían: “Volá lejos de aquí, sucio, callejero... No queremos que nuestras perras sean madres de cachorros ordinarios”. No me molestaban sus palabras; igualmente, sus perras estilizadas y perfumadas me amaban. Escapaban de sus lujos solo para estar conmigo sin que sus dueñas pudieran detenerlas.

Soy callejero (perdón, era callejero). El mundo me pertenecía, no tenía nada ni nadie que me atara a ningún lugar. Hacía cama donde la noche me atrapaba, bajo un cielo nublado o cuajado de estrellas. Desde allá arriba, me miraban mi madre y Popo, el que fue mi gran amigo, casi un padre para mí, un regalo de la calle, compañero en las buenas y en las malas. Doña Ramonita me dijo un día que los perros buenos tienen un cielo a donde ir, por eso creo que desde allá arriba él me cuida y me acompaña.

Soy Batuke y estoy conforme con mi forma de ser y de actuar. Y, aunque me estoy poniendo viejo, estoy conforme también con mi figura, con mis patas cortas, mi pelo corto entre negro y bayusco, y mis orejas algo caídas. Mi primera dueña, doña Berta, me dijo un día: “Cuando seas grande, serás un lindo perrito, vas a enamorar a muchas perritas, tus crías serán hermosas”.

Yo, todavía inocente en las cuestiones del amor, no entendí lo de las crías, pero me puse feliz porque me había dicho que era lindo. Y sé que, a pesar de mis años, todavía lo soy; las perras lindas que van presumiendo por la calle con moño y collar (y las otras, que no son tan lindas ni tienen collar) se mueren de amor por mí. Pero siempre recuerdo lo que doña Ramonita me decía mientras yo comía: “¿Sabés una cosa, perrito lindo? Hay gente a la que se la ve muy linda por fuera, pero tiene un corazón podrido, es mala, no se duele de nadie. Algún día, perrito lindo, te vas a dar cuenta de que no todos los humanos lindos por fuera son lindos por dentro. También algunos perros aparentan ser muy mansitos, pero al menor descuido muerden la mano de quien les da de comer”. Las palabras de doña Ramonita me dejaron preocupado. Yo estaba seguro de que era muy lindo por fuera, pero no sabía cómo hacer para mirarme por dentro.

Capítulo IV

Batuke cuenta sobre su nacimiento, su niñez y su madre adoptiva: doña Berta

Debo confesar que no siempre fui callejero. Doña Berta, mi primera dueña, me contó que mi madre había dado a luz seis hijos, incluyéndome. Pero ella (mi madre) tenía la mala costumbre de salir a la calle a ladrar y correr a la par de los autos. Hasta que un día pasó uno a gran velocidad, la tiró debajo de las ruedas y quedamos huérfanos. Nosotros éramos muy pequeños, todavía nos alimentábamos de la teta y, antes de que nos muriéramos de hambre, doña Berta tomó la decisión de darnos a todos en adopción para que nos criaran con mamadera.

Yo era solo piel y huesos. Mientras mi madre vivió, apenas supe de algunos tragos de tetas ya mamadas y casi vacías. Uno de mis hermanos, el Oso, y a veces el Mono (los más fuertes de la camada) se tragaban toda la leche antes de que yo pudiera prenderme. “Parecías una rata flaca y peluda”, me contó doña Berta. Será por eso que nadie me quiso llevar. Entonces, doña Berta se hizo cargo de mi pobre y débil figura. Me enseñó a tomar la mamadera y me bautizó con el nombre de Pituco, algo muy cariñoso de su parte, porque, si me parecía a una rata flaca y peluda, yo debía ser horrible.