Spanish doctors welcome - Jose Mari Aldaya - E-Book

Spanish doctors welcome E-Book

Jose Mari Aldaya

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Beschreibung

Principios de los noventa: España y Portugal acaban de entrar en el Mercado Común Europeo. Gracias a ello surgen nuevas oportunidades para trabajar fuera de sus fronteras. También para los recién licenciados, aunque, nada está claro... "Spanish doctors welcome" es la primera novela de Jose Mari Aldaya, que con un estilo directo y espontáneo forjado durante años de enviar ingeniosos correos eléctricos, utiliza como hilo conductor las peripecias de un médico de Donostia que acaba de terminar la carrera y prefiere probar suerte en hospitales de U.K.antes que ponerse a estudiar el MIR. Pero no es tan sólo un libro de hospitales: Astronautas, vacas peludas, rudos barberos, clanes de galenos pakistaníes y griegos, cuervos y faisanes, jefes de distinta ralea, personajes de cuentos, bacalaos, y un sinfín de personajes más comparten escena en este divertido caleidoscopio de situaciones que no dejan indiferente al lector.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Jose Mari Aldaya

© Jose Mari Aldaya

© Spanish Doctors Welcome

ISBN papel: 978-84-685-3169-4

ISBN epub: 978-84-685-3181-6

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Penso che un sogno così non ritorni mai più, mi dipingevo le mani e la faccia di blu, poi d’improvviso venivo dal vento rapito, e incominciavo a volare nel cielo infinito…

Volare, oh oh, cantare, oh oh oh oh, nel blu dipinto di blu, felice di stare lassù.

E volavo, volavo felice più in alto del sole ed ancora più su, mentre il mondo pian piano spariva lontano laggiù, una musica dolce suonaba soltanto per me…

Volare, oh oh, cantare, oh oh oh oh, nel blu, dipinto di blu, felice di stare lassù…

(Pienso que un sueño así ya nunca volverá, yo me pintaba las manos y la cara de azul, después, de repente, el viento me raptaba y comenzaba a volar en el cielo infinito…

Volar, oh, oh, cantar, oh, oh, oh, oh, en el azul pintado de azul, feliz de estar allí arriba.

Y volaba, volaba feliz más alto que el sol y aún más alto, mientras el mundo poco a poco desaparecía allá abajo, una música dulce sonaba solo para mí…

Volar, oh, oh, cantar, oh, oh, oh, oh, en el azul pintado de azul, feliz de estar allá arriba…).

DOMENICO MODUGNO

Nel blu dipinto di blu

Nota del autor

Para la elaboración de este texto he utilizado casi exclusivamente huecos libres que me quedaban entre pacientes a lo largo de mi jornada laboral. Esto, unido a mi inexperiencia en el arte de la escritura de larga distancia y al celo en intentar un acabado digno, ha hecho que me demorase algo más de lo que hubiese querido en el acabado final. Es curioso, pero cuando he intentado escribir fuera del sanctasanctórum que es mi consulta, disponiendo de unas cuantas horas de paz seguidas y cómodamente instalado en un escenario a priori ideal, el resultado ha oscilado entre pobre y desilusionante, con lo que me he resignado a hacerlo dentro de las paredes de mi gruta y a meterme en faena cuando he podido, intentando no mortificarme por que el lapso de tiempo transcurrido desde la última vez fuese demasiado prolongado.

Después de haber releído y mareado todos los capítulos del texto hasta acabar casi con mi paciencia, hoy respiro aliviado al darlo por concluido. Como regalo de despedida mi mente me trae la imagen de un salmón remontando el río para desovar en su lugar de nacimiento y completar de esta manera su ciclo vital, después de haber cumplido una etapa de exilio voluntario como la que se evoca en el libro y que hoy reconozco en muchos jóvenes, incluidos mis propios retoños, que comienzan a abandonar su hogar para explorar el mundo por sí solos.

Para una mejor digestión de lo aquí escrito, aconsejo leerlo a una velocidad de un capítulo por día, no más, como mucho dos. No hace falta vestirse de nada especial. On egin (que aproveche).

Jose Mari Aldaya, desde la orilla del Bidasoa

Mayo del 2018

 

ÍNDICE

 

Capítulo 1 Carambolas del destino

Capítulo 2 El novato

Capítulo 3 Ebury Hotel

Capítulo 4 Welcome to Lancashire

Capítulo 5 La libretilla

Capítulo 6 La víspera de San Sebastián

Capítulo 7 Rochdale Little Spain

Capítulo 8 Los primeros nidos

Capítulo 9 Entes en el infirmary

Capítulo 10 Entre faisanes

Capítulo 11 La costa este

Capítulo 12 El virus del quirófano

Capítulo 13 Visitantes ilustres

Capítulo 14 Gravitando en Lincoln

Capítulo 15 La fiesta

Capítulo 1 Carambolas del destino

Ocurrió de manera espontánea, sin buscarlo. Hasta ese preciso momento de mi vida, nunca se me había pasado por la cabeza acercarme a las islas británicas, las cuales identificaba como un territorio soso y gris, demasiado domesticado como para interesarme, y que no ocupaban tan siquiera el último puesto de la lista de lugares que soñaba con visitar. Simplemente no les encontraba el atractivo ni a ellas ni a su sibilina lengua, que, todo hay que decirlo, no había tenido el gusto de aprender a querer, ya que, como mucha gente de mi generación, yo había estudiado francés en el colegio (por aquel entonces tampoco se estilaba el plurilingüismo histérico tan de moda en la actualidad).

Así que queda claro que no había existido señuelo lingüístico ni cultural, ni tan siquiera el de la televisión, que, con solo dos canales nacionales y el recién estrenado autonómico, era mucho más de andar por casa. Mis ralas referencias británicas las recogía directamente de lo que se oía en la calle: John Aldridge (el fichaje estrella de la Real Sociedad), la caza del zorro, su majestad la reina, Margaret Thatcher y como mucho alguna canción de The Beatles. Tópicos y poco más. Como referencia ilustrativa baste decir que mis primeras palabras en inglés las había aprendido de mis tíos Antonio y Chicote, avezados lobos de mar ambos, que habían pasado años faenando en los fríos caladeros del Gran Sol dentro de aguas jurisdiccionales de Gran Bretaña, en cuyos puertos amarraban para cargar víveres o arreglar averías del barco y donde, fruto del roce con los estibadores locales, habían adoptado una lista de palabras y expresiones que habían transformado en una especie de inglés criollo pincelado de fuerte acento gallego, que exhibían orgullosos a la menor oportunidad que se les presentase, sobre todo ante la risueña audiencia de sus sobrinos, que les tirábamos de la lengua para solazarnos con aquellos sonidos que sospechábamos guardaban poco parecido con el original: «Anchenchus morrus» (Until tomorrow), «Guan, chu, zri, for, fai», «¿Vas a pasar el brus por el suelo?», «Me voy a preparar un guarisnai con hielo» y otras perlas por el estilo.

Para ser rigurosamente exactos, había existido otro soplo más de brisa británica en mi existencia, esta vez por parte de tía Purita y su familia escocesa, los Angus (hay que aclarar que ella era natural de Corrubedo), que nos habían acompañado durante dos semanas memorables en Fuenmayor, el pueblo riojano donde veraneábamos todos los años a cargo de tía Josefa (mujer del antes mencionado tío Antonio), la cual nos gobernaba con incontestable pericia a una camarilla de entre cinco y ocho querubines (hijos y sobrinos suyos) ella solita.

La llegada de aquellos miembros del clan venidos del norte causó gran expectación entre la chavalería, pero el intercambio cultural se vio mermado principalmente porque, salvo tía Purita (hermana de la cuñada de tía Josefa), nadie hablaba la lengua del otro. Si a esto añadimos que mis primos y yo estábamos en plena edad del pavo, y por tanto, más pendientes de «asuntos propios», y que Mr. Angus y sus hijos eran extremadamente tímidos, el fenómeno comunicativo quedaba supeditado a la mímica, la simbiosis y la polinización fanerógama.

Ante un sustrato tan pobre y mal abonado no era de extrañar, pues, tan escasa anglofilia.

Ya en la universidad había pasado el último año de la carrera de Medicina estudiando las dos asignaturas que me quedaban colgando, refrescando mis conocimientos de francés (por aquel entonces sopesaba la posibilidad de emigrar a Bélgica e incluso a algún país del África ecuatorial o de la Conchinchina francesa) y recabando información sobre diferentes alternativas para evitar el panorama tan sombrío que nuestros mandatarios del Ministerio de Educación, Sanidad o el que fuese nos habían preparado. El asunto tenía su miga, ya que se había legislado que los médicos recién licenciados, tras seis largos años de peleados estudios, ya con las primeras señales de deterioro físico y psicológico evidentes en sus cuerpos, pero sobre todo con una necesidad imperiosa de empezar a demostrar lo aprendido, se sometiesen, resignados como ovejas, a un último examen ineludible para poder optar a una especialidad médica: el tenebroso MIR. Tamaña felonía no se conocía ni en las castas más bajas.

Por lo visto, no bastaba con valorar el expediente académico como se había hecho hasta hacía no mucho tiempo. Total, ¿qué significaba un examen más para aquellos jóvenes tan aplicados y obedientes?

Pues un año más de hincar los encallecidos codos para los más hábiles; dos años para la mayoría; tres, tal vez cuatro para los cerebros más recalentados, y una barrera infranqueable para algunos. La última criba. ¿Era necesario tanto ensañamiento? Y un pepino.

La verdad es que desde el principio de la carrera ya sabíamos lo que nos esperaba, pero algunos incautos confiaban en que las cosas cambiasen para cuando concluyesen los estudios, jua, jua. Era mi caso.

Como tantas veces ocurre en esta vida, ese momento estaba a punto de llegar y desde luego lo que no había previsto era que mi hastío iba a ser tan hondo. Jondo. Muy jondo. Tremendamente jondo. Mi sesera echaba humo por todos los costados como un avión de hélice que va haciendo bucles mientras cae al vacío —pum, prop, prop, prop, pum, pum, prop, prop, prop, pum—, con las sinapsis neuronales convulsionando y los huecos más recónditos del cerebro, incluso los rinconcillos que quedan por detrás de las muelas y de los ojos, llenos de datos galénicos metidos con calzador. Todavía hoy en día, veintitantos años después de todo aquello, alguna vez sueño, cada vez menos gracias a Dios, que me falta alguna materia por aprobar y que por lo tanto vivo dentro de la impostura y la ilegalidad, invadiéndome una congoja terrible al negarse mi psique a reconocerlo y entablándose una lucha entre la realidad y la ensoñación que solo se apaga al despertar, aunque el disgusto se adhiere a mis entrañas durante largos minutos. Pesadilla gorda. Es curioso, pero a lo largo del tiempo he escuchado experiencias similares a varios de mis colegas, incluso traspasando fronteras y épocas, como la de Hans, un amigo danés, psiquiatra para más guasa, que afirma sufrir pesadillas similares de vez en cuando, identificándolas con cicatrices en la corteza cerebral que han sido inducidas por un trauma continuado, y que nos pasarán factura en el futuro en forma de idiocia profunda. Yo, como buen colega, le he prescrito mi receta personal, pero él no acaba de entender que leer tebeos de Mortadelo y Filemón o del Botones Sacarino pueda revertir el malévolo proceso. De todas formas, parte de la idiocia ya está ahí, qué se le va a hacer.

La margarita se estaba quedando sin pétalos que deshojar y las noticias de otros rebeldes que recalaban en uno u otro país iban captando nuestra atención como cantos de sirena. Nuestras mejores bazas parecían los sistemas de salud de Bélgica y de Inglaterra, donde conocíamos a compañeros que contaban ya con un contrato laboral. Más incierto era el tema de los convenios para convalidar los títulos de especialista que perseguíamos como objetivo final. Rigurosamente hablando, no conocíamos a nadie que lo hubiese conseguido, pero con la reciente adhesión de España a la Comunidad Europea (hacía un par de días, como quien dice) se vislumbraban cambios prometedores. De nuevo el incauto imperecedero.

Cualquiera de los casos era mejor que seguir haciendo el canelo. Así que de momento intentaría empezar a trabajar y después improvisaría sobre la marcha, qué narices.

En este ambiente de zozobra volví a solicitar por segunda vez en medio año el cambio de idioma en la academia donde recibía clases. Quería retornar a las de inglés (ya había hecho un amago unos meses antes) al día siguiente si podía ser. Recuerdo la cara de pasmo que se le quedó a la señorita de recepción de Ilingua (tampoco se le podía culpar a la zagala).

—Pero ¿no te ibas al Benelux? —La academia era muy de andar por casa y estaban al corriente de mis oscilantes planes de futuro…

—Iba, pero parece que ahora es más fácil encontrar trabajo en Inglaterra, así que me voy para allí, creo —le expliqué a la dama con naturalidad. «Deme una dosis bien grande de inglés, que me la llevo puesta», parecía que estaba pidiendo…

Y de esta manera tan pancha abandoné a monsieur Montesquieu para arrojarme a los brazos del apasionado Shakespeare.

El empujoncito decisivo nos lo daría nuestro amigo Ramón Etxeberria, alias Txato, hijo predilecto de Zaldibar, que pasará a la posteridad como el primer expedicionario de nuestra hornada en internarse allende los mares del golfo de Vizcaya y conseguir un trabajo digno (decía) de médico, en un hospital cercano a los acantilados de Dover. En su relato hablaba de un clima hostil, una comida abominable y un bestiario escalofriante, pero si queríamos experiencia clínica de verdad aquel era el lugar indicado. Las condiciones no pintaban fáciles, pero era lo más parecido a lo que buscábamos.

Tal fue el entusiasmo y la elocuencia que desplegó el bueno de Ramón que acabó por embaucarnos a todo un grupillo de descontentos. La decisión del desembarco estaba tomada.

No seríamos los únicos en trazar ese rumbo: desde otros rincones de España también hubo movimientos de inconformistas que preferían aventurarse hacia lo desconocido antes que seguir en casa bajo la tiranía impuesta. Pronto iríamos coincidiendo, los de la oleada de los años noventa con los de la marea anterior; los canarios, con los vascos, con los andaluces, con los catalanes… Y llegó un momento en que era raro no encontrarse con un par de médicos españoles en un hospital de su ilustrísima majestad allá a donde fueses.

El sosiego y la calma legendarios en los pasillos de los hospitales británicos tenían los días contados.

Capítulo 2 El novato

La vetusta ambulancia modelo Bedford del 72 transitaba plácidamente por una carretera comarcal al norte del área metropolitana de Liverpool.

De líneas redondeadas y amplio cubículo trasero, poseía hechura de híbrido entre autobús de dos pisos y taxi inglés, de los de asientos separados por una plazoleta central. El interior del vehículo era todo corrido, sin divisiones, y desde mi puesto de lazarillo junto a la camilla del paciente y al abrigo del respaldo del conductor podía contemplar cómo avanzábamos a través de la campiña todavía lejos de la trama urbana.

El día era de color ceniciento y los campos se mostraban desamparados con la tierra desnuda todavía sin cultivar y los cuervos campando a sus anchas como señores del lugar.

De vez en cuando comprobaba el estado del señor Ashley, que dormitaba con su rostro macilento embutido en la mascarilla de oxígeno. El pobre no había dicho esta boca es mía en el rato que llevábamos juntos y como mucho abría los ojillos a cortos intervalos dirigiendo su mirada hacia arriba, no sabría decir si enfocando a las estanterías repletas de cajas de colores que contenían la artillería curativa o a algún espacio más solemne traspasando el techo de la ambulancia.

Trevor Ashley había sido ingresado de rigurosa emergencia en nuestro hospital cuando intentaba vender alguno de sus viejos cachivaches en el mercadillo dominical de Ormskirk y lo sorprendió un ataque de insuficiencia respiratoria que le estropeó la mañana y a punto estuvo de llevarlo para el otro barrio.

Después de estabilizar su precaria situación y tras tenerlo más de una semana entre almohadones y vapores varios que le suministraban con calculado celo, había llegado el momento de transferirlo a un hospital más cercano a su domicilio. Era lo más conveniente tanto para él como para nosotros, que no andábamos sobrados de camas. Así nos lo hizo saber a su equipo el Dr. Horsley al final de la ronda matinal por la planta.

Lo que me pilló totalmente de improviso fue que se descolgase de su séquito y se dirigiese precisamente a mí, que ocupaba una posición de retaguardia camuflado tras el carro de las historias clínicas, para invitarme amablemente a que fuese yo quien acompañase al paciente en su traslado a Liverpool al día siguiente.

—Le va a resultar interesante, Dr. Almandoz; de esta manera nos hace un favor porque tiene que ir un facultativo con el paciente, ¿comprende?, y de paso se va fogueando un poco…

—Será un placer —había respondido como un estúpido resorte intentando aparentar una seguridad bastante alejada de la realidad.

En ese momento quise entrever un gesto de simpatía hacia mí, que llevaba ya un par de semanas de discretísima presencia intentando aprender rápido y no perturbar la armonía reinante pero al que se le debía notar a la legua la cara de pardillo que paseaba, ya que, además de ser un recién llegado, todavía no había logrado conectarme a la misma frecuencia de onda del resto de la gente y solo entendía cortas ráfagas de lo que se me decía. El resto, poesía y mucha imaginación.

El hecho de que me encomendasen una misión oficial del NHS (National Health Service) constituía todo un progreso, y aunque en principio me entró un poco de canguelo este pronto quedó rebasado por la sensación de sentirme útil y de escaquearme unas pocas horas de la formalidad del hospital. De todas maneras, me habían dicho que el trayecto no superaba la media hora y que el estado del paciente no revestía ninguna gravedad, así que prácticamente se trataba de una excursión.

Nii naaaa, niiiii naaaa, niiii naaaa…

¿Y ahora qué demonios pasa? ¿Por qué habrá conectado la sirena?, me pregunté poniéndome en guardia.

Unos segundos antes me había sacado de mi falso sosiego el súbito eructo de la radio que nos comunicaba algo. También había escuchado la respuesta inmediata de nuestro conductor, que era la antítesis de la cordialidad (Robustiano el Hosco lo debían llamar en su pueblo) y que en esos momentos estrujaba el micrófono haciéndolo desaparecer dentro de una desproporcionada mano gorda llena de anillos y pelos.

Parece que dice algo así como que lo tenemos de camino, descifraba yo.

Y de nuevo el altavoz con su sonido entrecortado y metálico escupiendo frases rápidas y graves.

Y otra vez la respuesta neutra y firme por parte de Robustiano.

Volvía a entender lo de «en nuestro camino», pero no afinaba más.

¿Pararemos para comprar el pan o hacer algún recado? Enseguida se verá.

Desde luego no se vislumbraba nada bueno.

La respuesta no tardó en aparecer en forma de sirena.

—¿Qué pasa? —le pregunté al conductor.

—Ha habido un accidente de tráfico a un par de kilómetros de aquí y nos dicen que nos acerquemos para ver si podemos ayudar en algo.

Glup. Se acabó lo que se daba; a partir de entonces el cambio de escenario es total: yo con la vista clavada en el parabrisas y a lo lejos destellos de luces en la carretera. Por el rabillo del ojo derecho veo como el señor Ashley sigue en estado meditativo y sin cambios en su cadencia respiratoria, menos mal.

Empiezo a notar los efectos de la adrenalina en forma de tensionamiento de los músculos erectores de mi espalda y el tacataca del corazón se hace casi audible (seguramente mi frecuencia cardiaca había aumentado veinte pulsaciones en el último suspiro).

¡Qué marróóón, Diooos!

Habíamos llegado. El conductor baja y cierra con un portazo sin despedirse ni decir nada. Maleducado que era Robus.

Se lo percibe muy seguro de sí mismo, avanzando con un pisar contundente de ambos zapatos sobre el reluciente embreado de la carretera recién mojada. Se dirige hacia el policía que está hablando con ceñuda expresión por su walkie-talkie, poniendo en marcha el protocolo P307 para accidentes, seguramente.

Cuando termina la conversación, atiende prestamente al ambulanciero. Forman una pareja deliciosa. Ahora le está pasando información sobre lo ocurrido. Están serios, muy serios, pero no gesticulan ni tan siquiera a modo de leve pestañeo que indique que algo pueda írsele de las manos. Sobriedad máxima.

Y yo aquí dentro, como un conejito. ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar hasta que pase todo?

Pasa un minuto.

Dos minutos… Tres.

No lo puedo evitar; sin meditarlo, me desplazo a la puerta de atrás. Por lo menos debería saber lo que está pasando, por si puedo echar una mano. Pero ya me habrían avisado, ¿no?

Aumentan mis dudas existenciales. Me da por pensar que me mantienen al margen porque saben lo pardillo que soy y prefieren no meter al novato en el asunto, aunque, pensándolo bien, casi prefiero que no me llamen.

Se van a enterar esos tarugos. Saco pecho.

Me peleo con todas las palancas de la puerta y al final acciono la adecuada y abro. Me recibe una ráfaga de aire frío cargada de humedad.

No huele a sangre ni a gasolina, qué bien.

A unos dieciocho pies de distancia (jo, jo, jo, esto ya va oliendo a British), Robustiano me descubre asomando la cabecita entre las dos puertas de atrás y, esta vez sí, levanta la voz para informarme: —No se preocupe, «doc», todo está controlado. Usted espere dentro con el paciente, no vamos a tardar mucho.

Canalla. Solo le faltaba decir «calentito», marmullo.

Me freno en seco y, apostado en mi atalaya de vigía, realizo un barrido visual que se topa con el nada poético panorama de dos coches con los morros severamente achatados ocupando los dos carriles y, sobre la cuneta, tapada hasta la barbilla con una manta de cuadros escoceses, una señora con el pelo rubio lleno de rizos pegajosos y un vendaje teñido de rojo en un círculo como una bandera nipona que le cubre la frente y una oreja. Acompañándola, otro policía conversa desde su walkie-talkie con la expresión más angustiada que el del principio. Este no tiene la situación controlada, a pesar de que la herida, por lo que puedo ver desde mi sitio, no parece encontrarse tan mal (la sangre no fluye por la cara).

De repente, dirige hacia mí su mirada, enfoca, se da cuenta de la bata blanca que me distingue y me hace aspavientos con la mano para que acuda rápido.

—Eh, doctor, ¿puede venir, por favor? —Ni me lo pienso; un brinco y estoy abajo. A medio camino de la herida, se aproxima hacia mí aliviado y me da el parte—: Tengo a la hija de la señora accidentada al aparato, doc. Está realmente nerviosa y dice que quiere hablar ahora mismo con un médico. Hable con ella, por favor.

Vaya, justo mi fuerte, hablar.

—Pero si yo no he examinado a la paciente —imploro.

—¡Bah! Le aseguro que está bien, doc. Solo se encuentra un poco conmocionada por el golpe y tiene un arañazo en la frente. La que está histérica y le va a dar un ataque al corazón es su hija, al otro lado de la línea.

Y me deja con el aparato en la mano y se marcha, creo que a coger setas o a segar la hierba. Vaya marrón que me ha dejado el muy canalla. Mientras tanto, del aparato no para de salir un chorro de voz chillón que me recuerda a la mezzosoprano Maria Castafiore en plena ejecución de un aria de guerra germánica.

—Sí, buenas…, aquí el doctor. —Y de repente se torna el silencio en el aparato. Todo oídos, no me lo puedo creer. Y me sorprendo más todavía al escuchar el chorro de voz firme y rotunda que sale de mi garganta—: Ejem, mire, señora, soy el doctor Almandoz. Su madre está perfectamente. Repito, perfectamente. Solo ha sufrido un golpecito en la frente y no le ha pasado nada más. No se preocupe usted. Todo está bajo control.

No sé si me entiende o no, porque no le doy tiempo a replicar. Le devuelvo al bobby su radio porque creo que ya he cumplido y este, en dos frases, acaba por despachar el asunto y devuelve el aparatito a la solapa de su chaqueta.

—Gracias, doc, parece que la hija se ha calmado.

Todavía estoy tragando saliva. Lo de «todo bajo control» ¿lo he repetido dos o cinco veces?

Da lo mismo, el poli ha dicho claramente que la hija se ha tranquilizado, y si estoy seguro de algo es de que a mí no me ha replicado. Me parece que el truco ha estado en el tono de galán de Hollywood que tan convincente me ha quedado.

Rememoro la improvisación un par de veces más en mi cerebro y disfruto de ella como un lelo; entonces me doy cuenta de que ni tan siquiera me he acercado a la accidentada, que sigue postrada en el suelo, ahora sonriéndome con candidez. Parece que ha asistido a mi intervención y para mi sorpresa lo primero que hace es agradecerme la charla que acabo de tener con su retoña.

—No hay de qué, señora. —Y procedo a cogerle la mano para tomarle el pulso e iniciar mi examen con renovado brío.

—Eh, doctor, que nos marchamos.

—OK. Hasta la vista, señora.

Y vuelta a meterme por el trasero de la «hipopotamolancia», esta vez con un salto de gacela a cámara lenta, suspendido durante unos instantes en el aire y aterrizando con una sonrisilla sonsa y un brillo de satisfacción en los ojos.

Así de relajado y satisfecho me sentía tras el momento de tensión vivido, en el que por fin había podido dar el callo en la que sería mi profesión en los próximos años.

A partir de ahí, todo se desarrollaría con arreglo al guion establecido: entrega del paciente dentro del horario, traspaso de historias clínicas impolutamente ordenadas dentro de su carpeta, saludos de cortesía formalizados con la siempre presente taza de té, despedidas y vuelta a casa victoriosos. Chupado. Un crucero por el Nilo.

Aquella inocente vivencia se había ganado el derecho de permanencia en la zona VIP de mi cerebro: la de los momentos más especiales.

 

 

 

Capítulo 3 Ebury Hotel

 

 

 

 

Una vez terminadas las cavilaciones, los acontecimientos se aceleraron de manera meteórica. Para junio por fiiiiin me había licenciado y, pasadas las fiestas de San Pedro, Marina y yo compramos un billete de autobús en La Londontarra, S. A., con la intención de echar un vistazo al que iba a ser nuestro país de adopción. (Mi chica, por suerte, también pertenecía a la facción de los médicos rebeldes).

Tras un tedioso viaje de casi veinte horas y dos fronteras, canal de la Mancha incluido, plantamos nuestro campamento base en el número 49 de Ebury Street, Chelsea, a pocos metros de la mítica estación Victoria, y puerta con puerta con la no menos conocida peluquería de señoras Mildred & Irina. Sin comerlo ni beberlo, nos habíamos situado en una de las zonas residenciales más chic de la ciudad y al mismo tiempo en pleno hueso del melocotón, no lejos de la embajada española, el Colegio de Médicos y otros puntos que teníamos que visitar en nuestra estancia en la capital.

Tan flamante ubicación se la teníamos que agradecer a Catty y Rose, nuestras celestiales, angelicales y tremendamente generosas anfitrionas, a las que conocíamos desde hacía un par de años por mediación de otra ilustre, Nekan Detroit, apodada así no por provenir de la urbe americana (ella era oriunda de Tolosa), sino por la galáctica melena rubia platino que paseaba con desparpajo. La representante en Guipúzcoa de la tinción capilar Novawoman Novahear nos había presentado a las británicas en el party de inauguración del piso que compartían en la parte alta del barrio donostiarra del Antiguo, donde ejercían de profesoras de inglés. En la susodicha fiesta de amplia mayoría femenina, bailaban a ritmo de salsa la mitad de los empleados de la academia de lengua Lancelot, y el resto éramos alumnos y postizos que intentábamos de manera bastante tosca emularlos en lo del meneo caribeño, a nuestros ojos una danza cuasi tribal con una carga erótica electrizante llena de giros, vueltas, aproximaciones y lanzamientos perfectamente ensamblados.

En aquella batalla desigual, los locales, más puestos en la movida cañí, peleamos a cadera partida durante toda la velada combinando con equidad arte y reparadores paseos al baño, para aprovisionarnos de las cervezas que reposaban sumergidas en la bañera. De camino, invitadoras bandejas rebosantes de triángulos de pizzas, zanahorias y apio crudo —¡aaag!— ayudaban a ponerse más contento, y en la salita una palangana llena de mojito casero mejoraba todavía más las magníficas prestaciones de la fiesta. (Este sí que era un buen soplo de aire británico, de los que calan en el interior de uno). A partir de la velada iniciática habíamos coincidido en unas cuantas ocasiones más y se había labrado una incipiente amistad entre nosotros. Quizás el hecho de que viviésemos actividades profesionales tan diferentes nos hacía «exóticos» mutuamente, no lo sé, pero resultaba fácil llevarse bien con gente tan positiva.

 

 

49 Ebury Street, 9.00 a. m.

 

—¿Nunca la cocináis vosotras, con lo fácil que es? —acerté a escucharle decir a Marina mientras yo me orientaba hacia el baño para espabilarme con una ducha (iluso).

Ayer por la tarde se habían sumado Jonás y Marcelo desde sus destierros y habíamos tenido un poquito de juerga. Sentía el coco apretadísimo.

No puede ser, tan temprano y ya están hablando de comida.

—Ya sabes…, es un poco trwabahosa y nosotrwas venimos muy perwesosas del trwabaho —le explicaba risueña nuestra amiga. Siempre estaba risueña—. Nuestrwos platos son un poco más simples, ya sabes: sopas —de sobre—, ensaladas —de bolsa—, sándwich —mmmmm, podían ser de paquete o no—, pero también tomamos veg —diminutivo de vegetales, verdura—. Los ponemos en un bowl y con salsa pickle están muy buenos, no te crweas. Pero la torwtilla de patatas, como la cocináis vosotrwos, mmmmm, ¡eso sí que está bueno, Ja, ja, ja!

Marina escuchaba, discreta, probablemente a la vez que visualizaba el legendario capítulo de Mr. Bean dando cuenta en un banco del parque de un sándwich que contenía simple y llanamente una sardina. Nada más.

—Sí, cocináis veg al vino blanco —apuntilló cáusticamente Jonás; otro que debía estar escuchando los tambores de Calanda dentro de su cráneo.

—Ay, Jonás, cómo erwes —protestó Catty intentando pegarle en la cabeza con una espátula de madera que tenía a mano. Jonás interceptó su mullido brazo, prolongación de una fisionomía de osito de peluche que invitaba al achuche.

—Bueno, pues si os apetece haremos tortilla otra vez —intervino Marina a sabiendas de que ya habíamos cocinado una tan solo tres días atrás pero deseosa de compensar tanta hospitalidad como fuese.

—Hoy no va a poder ser, tenemos el consierwtho. ¡Bieeen!

Precisamente esa noche el divo operístico Luciano Pavarotti ofrecía un recital gratuito en Hyde Park con motivo del cumpleaños de su «colegui» Lady Di, y nosotros, para jorobar al señor Murphy, el de la ley, estábamos en el lugar adecuado, justo en el momento adecuado. Además, el día había salido asombrosamente benigno, con un cielo azulísimo, SOL, una leve brisa… Especial para los del foro de «En Inglaterra siempre llueve».

Ya en el baño yo me acuclillaba dentro de la bañera para recibir las primeras aguas del día.

La ducha, en plena era de los noventa, constituía un ente moderno que todavía no había cuajado en el país y para suplirla se echaba mano a la ingeniería punta de las gomas comunicantes, que describo brevemente (léase muy despacio porque, si no, no se pilla): como los grifos del agua fría y de la caliente estaban separados, la manera de confluir ambos chorros se solventaba mediante unos tubos de caucho que entroncaban en una goma común, por cuyo extremo distal se llegaba a la alcachofa de salida. Hasta aquí, de una practicidad aplastante. Peeero… había pegas; la principal era que el agua no se mezclaba bien porque el ardiente calor cuasinuclear era imposible neutralizarlo en medio metro de ligue con el agua fría, por muy fresca que estuviese, con lo que en el mejor de los casos el efecto que se sentía era el de alfilercillos aguijoneándole a uno la piel.