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Andréi y Matvéi tratan de huir de Togliatti, su ciudad natal, industrial y deprimida, con la esperanza de escapar de sus miserables familias y encontrar algo mejor en el oeste de Rusia. Jóvenes, homosexuales y sin dinero, sobreviven entre situaciones tan cómicas como trágicas, alimentados por sueños que siempre parecen aplazarse. Springfield no es solo una historia de amor y desarraigo: es un retrato generacional, contado con humor y crudeza, de quienes crecieron bajo el peso de la represión, fuera del radar de las cosmopolitas Moscú y San Petersburgo. Prólogo de Marta Rebón
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2025
Springfield
Serguéi Davydov nació en 1992 en Togliatti, Rusia. Es escritor y dramaturgo. Sus obras han sido representadas en teatros de Moscú, Berlín, Londres, San Francisco y Belgrado. Ganador del Premio Culmen (2020) y nominado al Premio Máscara de Oro (2021), Davydov reside actualmente en Alemania.
Serguéi Davydov
Traducción de Alexandra Rybalko Tokarenko
Autoría Serguéi Davydov
Traducción del ruso Alexandra Rybalko Tokarenko
Prólogo Marta Rebón
Corrección Gemma Deza Guil y Sonia Berger
Imagen de cubierta Miguel Ángel Gaüeca
Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
junio de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-63-6
Depósito legal: BI 00556-2025
Edición original en ruso: Спрингфил, Freedom Letters, 2023
© Serguéi Davydov, 2023
© de la traducción, Alexandra Rybalko Tokarenko, 2025
© del prólogo, Marta Rebón, 2025
© de la imagen de cubierta, Miguel Ángel Gaüeca, 2025
© de esta edición, consonni ediciones, 2025
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7. El relato de Matvéi
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Traducción
Imagen de cubierta
Prólogo
Colección
El deseo es un no-lugar
Marta Rebón
No naces en tierra firme cuando tu ciudad fue construida sobre las ruinas de otra, sumergida bajo los 58.000 millones de metros cúbicos del embalse de Kúibishev. Así desapareció Stávropol del Volga para dar paso a Togliatti, modelo de ciudad industrial que aspiraba a ser el Detroit soviético: Ladas en lugar de Fords y un nombre italiano para soñar la modernidad. Hasta los Zhigulí, orgullo del parque automovilístico soviético, eran en realidad versiones modificadas de los Fiat. Todo en Togliatti, a unos mil kilómetros al sureste de Moscú, lleva la impronta de una utopía fallida, «como un chaval queha tenido mala suerte en la vida». Su racionalismo urbano, sus avenidas rectas y complejos industriales, como estepas de hormigón, recuerdan que ahí el individuo debía ser funcional, previsible, moldeable. «Todos nosotros olíamos a violencia, odio y falta de libertad», dice Andréi, «porque así era como olía todo a nuestro alrededor». Togliatti, corazón industrial del Volga, se baña en las mismas aguas que la vecina Samara, capital del óblast, aguas que fluyen «hacia las turbinas junto con la basura, los peces y los condones».
Tampoco se nace en tierra firme si tu hogar quedó atrapado entre dos patrias. Si tu familia, de etnia rusa, huyó de Tayikistán tras el derrumbe de la Unión Soviética, cuando la república centroasiática se hundió en una guerra civil (1992–1997), la más sangrienta del espacio postsoviético, con enfrentamientos entre la élite excomunista, grupos islamistas, clanes regionales y fuerzas prodemocráticas. El conflicto abrió un nuevo ciclo migratorio. La posguerra convirtió a los tayikos en mano de obra barata para Rusia. Y, con el tiempo, en carne de cañón para los alistamientos forzosos. Los rusos étnicos que abandonaron Tayikistán —más del 80% de los 400.000 que residían allí— tampoco encontraron refugio. Vistos como herederos del colonialismo soviético, de ser una minoría dominante pasaron a convertirse en desclasados de la mat Rossiya, la madre Rusia, que décadas antes, durante la Gran Guerra Patria, había evacuado a Asia central a científicos, intelectuales y artistas, transformando temporalmente la región en un epicentro de cultura rusófona. «La educación debía ser lo suficientemente severa porque la vida era una guerra». En la Federación Rusa, las viejas jerarquías no desaparecieron: simplemente se reconfiguraron. El acento, los aromas del lenguaje —una lengua rusa con olor a cilantro y comino («en cuanto al resto, nos parecía insípido»)— y un vocabulario propio, como marcadores culturales del pasado tayiko que se colaban en la vida doméstica, los delataban y los excluían. El resultado: un doble desarraigo. «Pero si nosotros somos rusos», le dice Andréi —el primero en cinco generaciones en ser ruso de nacimiento— a su madre, que los odia. «Nosotros somos diferentes», le replica ella, mientras se retoca «los labios con el carmín coral de Yves Saint Laurent traído de España».
Tampoco hay tierra firme en Rusia para un homosexual. Allí «los gays comprenden muy rápido cuál es su sitio». No hay refugio ni siquiera en la periferia, cargada de memoria histórica. Kúibishev —la actual Samara— fue la «capital de reserva» de la Unión Soviética: lugar de embajadas y ministerios, hogar provisional de artistas e intelectuales, sede de un búnker colosal, como también lo es su plaza central de dieciséis hectáreas, y que, de haber caído Moscú, habría pasado a funcionar como centro de mando de Stalin. Hoy, todo eso es reclamo turístico. «Un embalse, inviernos crudos, veranos californianos y unas montañas del tamaño de colinas». Sin embargo, Samara, la ciudad universitaria de Andréi y Matvéi, los amantes de Springfield, es un hueso sin carne, un cementerio de mitologías de la masculinidad heroica. En primavera, Samara les parecía como «gelatina de carne precocinada descongelándose». Frente a la cultura oficial, impuesta y excluyente, las tribus de «parias y supuestamente desarraigados» —entiéndase, además de lo queer, cualquier tipo de subcultura y disidencia, como metaleros, sadboys, emos o góticos— trazan una cartografía alternativa que se superpone a la de la ciudad convencional. En sus márgenes, los cuerpos desplazados reclaman el derecho a ocupar la ciudad de otro modo. Edificios abandonados, patios traseros, plazas, monumentos, urinarios, hipermercados… El amor es lo que pasa cuando discutes por unas chanclas en un Alcampo, dice Annie Ernaux en Mira las luces, amor mío, donde los clientes forman «una comunidad de deseos, no de acción». «Vamos a trabajar y por las noches nos morimos de asco, como en las películas de Gus Van Sant, bajo el zumbido de las torres eléctricas, con birra y tabaco».
Esos espacios, dispares y precarios, reactivan viejos legados de resistencia: lugares de socialización como las pleshkas —literalmente, «claros sin vegetación», zonas de cruising para encuentros afectivos y sexuales clandestinos— donde durante décadas se citó la comunidad gay de espaldas al artículo 121 del Código Penal soviético, en vigor entre 1934 y 1993, que criminalizaba la homosexualidad masculina. La lesbofobia se expresaba, en cambio, con ostracismo o psiquiatrización. El espacio virtual tampoco es seguro. Cuando la felicidad les inunda y bajan la guardia, se atreven a publicar un estado o una foto, pero enseguida cunde el temor. «¿Estás al tanto de que revisan nuestras redes? Y después nos endiñan un cargo de extremismo». La suya es una vida de subsistencia y de hipervigilancia. Por eso, a Andréi y a Matvéi no les queda otra que «inventar la libertad». E imaginar, con ella, una ciudad alternativa (¿invisible, a la manera de Calvino?). Una ciudad que los acepte, que los sueñe, que no los considere cuerpos extraños. «Sentíamos nostalgia ya fuera de los dos mil o de los noventa, porque el presente era una enorme construcción del FSB». En Samara, Pushkin no es el símbolo del «hombre universal», sino el nombre de la plaza de los marginados. Salir del armario para entrar en la intemperie. Entonces lo sabes: si eres ruso con raíces tayikas y homosexual, tu tierra firme no es París. «Nos imaginamos que todo esto, lejos de ser la pobreza rusa de las crónicas de Iliá Varlámov, es un adormilado suburbio americano». La ciudad que buscas es Springfield. Es la periferia yanki que se imaginan entre bolsas de IKEA y rótulos de neón. Porque la fractura no es solo con tu país: también se abre en la pequeña república familiar. «Tú no eres nadie, eres un degenerado, no eres hijo mío». La madre de Andréi sueña con el sol de España; él, con una película de Van Sant, una novela de Palahniuk y un capítulo de Beavis and Butt-Head. No es sorprendente que los referentes de Andréi y Matvéi no sean los de la literatura rusa clásica: no pueden serlo. Necesitan buscarlos lejos, en otra lengua, en otro mundo.
El contexto político actual en Rusia está marcado por una ofensiva cada vez más feroz contra el colectivo LGTBI+. Ahí está la promulgación de la llamada ley de 2013 contra la «propaganda de relaciones sexuales no tradicionales entre menores», cuya ambigüedad permitió censurar cualquier representación positiva de la diversidad sexual. Menos de un año después, Vladímir Putin oficializó la anexión de Crimea. Hay un hilo invisible que une ambos gestos políticos: los dos forman parte de una misma guerra contra ciertos valores en nombre de la rússkaia ideia (la «idea rusa»), que engloba misión histórica, valores tradicionales frente al Occidente decadente, baluarte espiritual y civilización con un sentido propio. «Mi madre solía decirme que me volví gay porque de pequeño vi cómo se besaban unos hombres en España». La ley de 2013 se amplió en noviembre de 2022 para abarcar a todas las edades y extenderse a medios audiovisuales, impresos, plataformas digitales y contenidos culturales de cualquier tipo. También hay aquí, de nuevo, un vínculo con la «movilización parcial» de septiembre para alimentar la picadora de carne en la invasión ilegal de Ucrania. Un año después, el Tribunal Supremo prohibió el movimiento internacional LGBT bajo la etiqueta de organización extremista. Hablamos de penas de entre seis y diez años de cárcel para quienes sean hallados «culpables» de pertenecer a ella. Este año, en 2025, el gobierno hace redadas en clubes y fiestas gays y marca como objetivo de sus investigaciones a cualquier persona sospechosa de pertenecer a este colectivo. En la necropolítica de Putin, el cuerpo ya no pertenece al individuo, sino a la ensoñación de un imperio. Pero hay quienes aún imaginan otra ciudad, otra vida, otra lengua. La llaman Springfield.
Springfield —el Springfield de Serguéi Davydov— no existe, pero es más real que Moscú. Porque en Springfield el dolor no se silencia, los cuerpos se besan sin esconderse, la madre puede aprender a mirar y el amor no es un acto extremista. Hay una delicadeza en la voz de Davydov que la vuelve universal. Es una voz que viene del teatro y la poesía y que no se oculta en esta novela de inspiración autobiográfica. Lo que mejor hace es ser fiel a la verdad desnuda del escenario y del verso, sin abalorios formales. Davydov ha escrito el libro que le habría gustado que cayera en sus manos cuando era más joven. Porque en Springfield no se cierran todas las puertas. Hay un gesto final que rompe el inmovilismo, que recuerda quizás al de las tres hermanas chejovianas que soñaban desde las provincias con Moscú, aunque aquí, en nuestro libro, la capital no sea un destino, sino apenas una parada transitoria. Con el tiempo, un texto cobra nuevas interpretaciones. No es lo mismo mientras se escribe que cuando alcanza a sus lectores. Reducir Springfield a una novela de exploración personal con trasfondo LGTBI+ es perder buena parte de su potencia. Su publicación en ruso en abierto, sabiendo que las nuevas leyes hacían imposible darle salida por cualquier cauce editorial convencional, lo confirma: Springfield es un grito de libertad. Literatura que busca aliviar el tormento autoritario. Un canto del cisne de una generación que de corazón creía que lo mejor aún estaba por llegar. Las conquistas eran mínimas, pero no renunciaban a un futuro distinto. En febrero de 2022 esa generación vio cómo todo se iba al traste. Quienes creyeron en eso —y todavía lo creen— forman esa otra Rusia. La que elige la verdad.
Cuando en los años noventa mamá
llegó de Tayikistán a Togliatti
observó el inmenso barrio Avtozavod y dijo:
esto es Estados Unidos
esto es Nueva York.
Mira lo anchas que son las calles
mira qué perspectivas
cuánta juventud hay aquí
cuánto de todo.
Con el tiempo la retícula de manzanas
se convertiría para ella en una jaula.
Después por culpa de las nuevas leyes
su negocio se iría a pique
subirían los precios
entraría en escena Crimea1
la ahogarían las deudas
y se marcharía a la casa de su madre en un pueblo de la región
de Bélgorod
y me dejaría vendiendo todos nuestros bienes.
Hui de ella con tal de no vivir ahí
salir de ahí y no volver jamás.
Pero pasaría mucho tiempo pateándome la ciudad empobrecida
en busca de cualquier trabajo sin experiencia
alojando a canis en su dormitorio por tres mil míseros rublos
tratando con acreedores
y compradores de mobiliario y material de oficina
vendiendo por piezas su negocio nuestro día a día nuestra vida
pasada.
Cuando ya no pudiera ir a peor me dedicaría a ir al embalse
y a pensar en las casas y árboles hundidos de la vieja Stávropol2
en la profundidad del agua
y recordaría cómo solíamos cruzar la presa al ir de vacaciones
y me hablaban de los cuerpos de los constructores-reclusos emparedados en sus muros
y qué miedo, pensaba, si me emparedasen
en esos muros
qué miedo
asfixiarse en el hormigón
y que los cuerpos tras descomponerse dejan huecos
y entonces la central se derrumbaría y nos arrastraría a todos
al agua profunda
arrasaría la ciudad con su enorme muro
junto con los pisos y garajes vacíos porque todos se marchan.
Y todo eso me lo imaginaba
un verano igual de feroz
con un aire cargado como el vodka.
Matvéi y yo nacimos en la ciudad industrial de Togliatti, en el barrio obrero Avtozavod, nos mudamos el mismo año a Samara, capital de la región, y nos matriculamos en la misma universidad, pero nunca nos habíamos cruzado antes.
Ahora alquilamos un pisito de una habitación en el extrarradio, vamos al Alcampo y al IKEA, nos desplazamos a la ciudad en el mismo minibús, mentimos a los vecinos al decirles que somos hermanos, nos tronchamos de risa, follamos mucho, discutimos, nos hacemos pajas en el baño, cocinamos, hacemos dominadas, montamos fiestas apoteósicas y nos imaginamos que todo esto, lejos de ser la pobreza rusa de las crónicas de Varlámov3, es un adormilado suburbio americanoy nosotros, qué sé yo, punkis o personajes de una serie. Y cada día soñamos con marcharnos de aquí. Pero, mientras, vamos a trabajar y por las noches nos morimos del asco, como en las películas de Van Sant, bajo el zumbido de las torres eléctricas, con birra y tabaco.
El veraniego Kosheliev, también conocido como la urbanización samarense Krutye Kliuchí (Menudas llaves), es un Springfield ruso con edificaciones de tres pisos a las afueras de la ciudad y una vía de ferrocarril, con modernas canchas de baloncesto y vivienda asequible, con su tanque, su fuente y su día de las Fuerzas Aerotransportadas.
Antes de los poetas, los ingenieros y los canis, estas tierras fueron el hogar del pueblo húngaro. Eran nómadas y dejaron yacimientos. Uno de ellos fue encontrado en Kosheliev. Las excavadoras desenterraron a los húngaros y construyeron viviendas asequibles para los nuevos nómadas: jóvenes pobres, como nosotros. Viviremos un tiempecito por aquí, acumularemos cositas de IKEA y luego nos iremos a otro lado a interrumpir el pretiempo.
Los húngaros metieron todo lo que no necesitaban bajo tierra y se largaron a Hungría. Seguramente se pusieran en plan: «Epa, epa, ¿qué es lo que nos hace falta para ser felices? Los montes Cárpatos, sí, eso es. El Danubio, Budapest, juergas. El mar Mediterráneo, dpm. Y supuestamente en Europa, y no en este agujero. Venecia y Viena a un par de horas en autobús. Porque lo que es aquí, a un par de horas tan solo tienes Chapáevsk», pensaron, y siguieron su camino. Nos dejaron un embalse —coloquialmente llamado el mar de Zhigulí—, a un gobernador ugrofinés, inviernos crudos, veranos californianos y unas montañas del tamaño de colinas.
Hoy me he despertado con Matvéi a las diez de la mañana para que me arrastre, con todo el calor y la resaca, al Alcampo, que odio.
—Tienes una forma muy culta de potar —me ha vuelto a decir.
—Esa ya me la sé —le he contestado.
Matvéi, resacoso, se parece a un gato Tom que no ha conocido a Jerry: bonachón y despistado. Poco a poco se va volviendo cascarrabias, como siempre.
—Coge estas —dice señalando unas chanclas de goma del estante.
—Son blancas —le respondo.
—Están rebajadas.
—Las voy a enguarrar.
—Pues mira por dónde andas —Matvéi se ajusta la mascarilla en el mentón.
—Son para cadáveres. Los cadáveres no andan.
—Andréi, tienes que aprender a cuidarte.
—Número 43. Yo necesito el 42.
—Están rebajadas.
—Pues como no me las cuelgue en la polla…
—¿Y si echamos otro vistazo?
—Me apetece un cigarro.
Soy consciente de que se empeña en ser útil, pero me pone de los nervios. Siempre está restregándome lo mucho que se cuida y su superioridad física, aunque tiene el pene diminuto. Me gusta ese pene, porque con él me siento completamente en casa. Es ergonómico, como cualquier cosa de IKEA que tanto le gusta. En especial, le gustan las albóndigas y me pide que se las prepare igual. Cuando las hago, él dice tener un orgasmo en la boca. A veces me parece que solo está conmigo porque le gusta comer. Puedo hacer salsa de arándanos sin arándanos.
—Vámonos, no las necesito, voy en calcetines —le digo—. ¡Basta de rebuscar! Mírame a mí.
—Te tengo más visto que a mi polla.
—Mentira, tú meas mucho.
—Para lo que no necesito mirármela. Mi polla cuenta con sistema de dirección óptica y gps. Como un iPhone, pero que no vibra.
Hago como que no me río.
Matvéi coge las chanclas de todas formas. Empiezo a hacer el tonto: me pongo de pie en el carrito y ruedo por la sala del Alcampo, imaginándome que soy Ferris Bueller, de la peli de John Hughes. En mi cabeza suena «Don’t stop believin’», de The Journey. La canción no salía en la cinta, es cosa mía. Tampoco es que me acuerde mucho de la película, además. Matt se cabrea y gruñe:
—Pareces subnormal.
Me entran muchas ganas de volver a cortar con él y esta vez para siempre.
Matvéi mira cosas, se ajusta las gafas, después acaba por quitárselas para limpiarlas. Sin gafas se parece a Peter Parker, su héroe favorito. A mí no me gusta Spiderman, pero me gusta Peter Parker, porque es auténtico. Matvéi solo se quita las gafas en dos ocasiones: cuando duerme y cuando echa un polvo. Y en ambas lo quiero. En cuanto a las gafas, le hunden los ojos en el cráneo, le estrechan las sienes y, de pronto, pasa a tener cara de profe mala y crispada.
Recorro algunos metros, pero él no tiene intención de divertirse conmigo. Sigue mirando cosas como un poseso, a la caza de ofertas. Yo me enfado, freno y me entran ganas de ponerme agresivo, pero recuerdo que el Alcampo es el templo de la paciencia.
—¿Qué más teníamos que mirar? —le pregunto con suavidad y en un tono cariñoso, o eso creo.
—Calzoncillos. Necesitas calzoncillos.
—Los míos están nuevos.
—Los tienes hechos mierda.
—No me seas maricón.
—Es que es lo que soy, un triste maricón —responde.
—Los calzoncillos no te harán mejor persona.
—Pero mejorarán tu calidad de vida.
Me encantaría inculcarle a hostias que esa obsesión suya por las cosas y el orden es miedo al desarrollo. Que es inseguro, de carácter débil y dependiente, como sus padres, a los que él mismo llama «individuos frustrados». No le dieron nada más que un nombre bonito. Pero después pienso que no me perdonaría esas palabras. Pienso que soy un listillo y un muchacho poco agraciado. Busco la manera de perdonarme y, para que se me pase el enfado, intento recordar alguno de nuestros momentos románticos. Recuerdo cuando fuimos al centro de salud para la prueba del VIH en la calle Novo Sadóvaia.
Estábamos en la cola, esperando los resultados. A nuestro lado, unas mujeres que parecían cajeras de supermercado y un camionero que tenía un brazo marrón y el otro blanco. En el rincón más apartado había una pareja gay proletaria de mediana edad, aunque intentaban fingir que no se conocían. Y nosotros, sentados en la misma postura mirando memes en el teléfono de Matt, porque Matt tiene un excelente sentido del humor. Yo estaba sudando, mientras que él me acariciaba disimuladamente el meñique con el suyo para que no tuviera miedo.
—Échale huevos, Andréi —se cachondeaba poniendo voz de superhéroe y se ajustaba las gafas—. Hacerse la prueba del VIH debería ser un estilo de vida.
—Okay, dad.
No tenía nada en contra, puesto que los dos habíamos tenido otras parejas sexuales.
—¿Sabes por qué a las parejitas les gusta ir a ver pelis de terror? —le pregunté en un susurro.
—¿Por qué?
—Leí un estudio en CyberLeninka. El miedo compartido hace que aumente la libido. O sea, no es que vayan pensando en ello, pero es un tema instintivo.
Matvéi miró a la señora «cajera». Ella también le devolvió la mirada y, aunque en nuestro caso estaba todo claro, hizo como si nada, porque, bueno, donde esté el sida que se quite todo lo demás.
La prueba dio negativo. Queríamos besarnos de alegría. Cosa que, por supuesto, no podíamos hacer. Una de las señoras me sonrió, mientras que los gays que nos doblaban la edad apartaron la mirada. Salimos del centro de salud y nos fuimos a la panadería-confitería de la carretera de Moscú. Yo pisoteaba, haciendo el mayor ruido posible, la nieve sin derretir de abril. Había vencido a la muerte, me encantaba vencer. Eso y que me moría de hambre. Nos zampamos unos bollos en la panadería y, por la tarde, nos quedamos en la resi viendo Drive, con Ryan Gosling.
En el fondo, Matt y yo nos parecemos mucho. Los dos rondamos los veintipocos y estamos pelados. Nuestras madres viven en otra ciudad y, si nos llaman, tan solo es para contarnos lo mal que les va y que la culpa es nuestra y de nadie más. Trabajamos por cuatro duros y no tenemos muy claro quiénes somos, por lo que simplemente queremos ser los putos amos. Yo quiero ser documentalista y escritor; y Matvéi, Peter Parker, porque no se le ha ocurrido nada mejor.
Mientras recuerdo todo esto, observo atentamente su cara y veo a Peter Parker.
Él coge el paquete de calzoncillos, le arranca la tira protectora blanca junto con el plástico y se lo mete en la mochila. Sin pensarlo, me pongo a su lado, para que nadie lo vea robar calzoncillos para mí.
1Hace referencia a la anexión unilateral por parte de Rusia de la península de Crimea, hasta entonces territorio ucraniano, en 2014. (N. de la T.)
2Se refiere a Stávropol del Volga, nombre con el que se conocía la actual ciudad de Togliatti desde su fundación a principios del siglo XVIII hasta los años sesenta del siglo XX, cuando fue renombrada en honor a Palmiro Togliatti, secretario general del Partido Comunista Italiano. En los años cincuenta, la construcción de la presa y la central hidroeléctrica de Zhigulí obligó a inundar el viejo municipio de Stávropol, que fue trasladado junto con sus habitantes. (N. de la T.)
3Iliá Varlámov (1984), personaje público y periodista ruso, opositor al régimen autoritario de Vladímir Putin. Ganó popularidad gracias a su canal de YouTube «varlamov», en el que trata temas políticos y de actualidad de Rusia y el mundo. Es especialmente conocido por sus reportajes sobre la vida y el entorno urbano en los municipios rusos. (N. de la T.)
Nunca hemos tenido casa. Lo nuestro fueron las residencias de estudiantes primero y, después de la uni, Krutye Kliuchí. En mi resi siempre había alguien emborrachándose, fumando Spice e intentando zurrarse. Un vigilante manco se personaba en nuestra planta y lo mandaban a paseo. La conserje estaba convencida de que yo era un drogadicto, porque me juntaba con los marginados en los edificios abandonados y la falta de dinero me daba un aspecto gris. Andaba todo el tiempo intentando averiguar quién era, repasando personajes de libros y películas, pero nadie se parecía lo suficiente a mí.
Era mal estudiante de una especialidad que no me pegaba en absoluto: matemáticas aplicadas a la economía. En vez de ir a clase, me dedicaba a trabajar o simplemente a emborracharme, el dinero me lo gastaba en comida, birras y en untar a los profes, cosa que hacía de forma casi profesional. En cuanto a mi madre, lo suyo era llamarme y decirme que no tenía ni idea de cómo vivir.
Recuerdo el hambre y el estómago en llamas por culpa de la cerveza barata y fría. Mamá me pasaba unos tristes cinco o diez mil rublos al mes. Yo trabajaba de camarero en un club nocturno, de mensajero, de repartidor de folletos. Trabajaba y nunca era suficiente porque el dinero se me iba en sobornos.
