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Artefacto constituido de puro lenguaje que, paradójicamente, armoniza la brutalidad del realismo con la sutileza del romanticismo. Entre lo paródico y lo grotesco, es un libro que ha arriesgado una voz singular y que desde su inconfundible apuesta estética en gesto autocrítico nunca deja de apuntar a los mismos escritores. Es visible la destreza de Aguirre para los juegos de palabras, a tal punto que, como se ha dicho del gran cubano Guillermo Cabrera Infante, no escribe en "spanish" sino en "spunish", es decir, un español calamburesco. Y partiendo de aquella ocurrencia, el título de este volumen de cuentos ensaya un nuevo calambur: al "spunish" añade lo "kitsch" y la jerga "spunk" que equivale a "eyaculación".
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Seitenzahl: 103
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Leonardo Aguirre
@edicionesisladelibros
Spunkitsch
Primera edición electrónica en Isla de Libros
© Leonardo Aguirre, 2018
© Ediciones Isla de Libros, 2020
Carrera 5, 34-13, AP 101, Bogotá, Colombia
www.isladelibros.com
Dirección editorial: Álvaro Castillo Granada
Edición y producción: Ginett Alarcón
Retrato del autor: Miguel Mejía Castro
Logo Isla de Libros: Zilah Rojas
Diseño de cubierta: Nicolás Consuegra
Diagramación: David Arneaud
Conversión a libro electrónico|eBook conversion: Apex
ISBN 978-958-52645-6-4
Los 9 principios
What’s in a name?
El gato de Sumatra
See you later, alligator
«Tócalo. Pasa los dedos. Despacio. Solo las yemas. Con calma. Pulgar y medio. Suave, suave, no lo vayas a torcer. Y es que la vaina, te digo, ya tiene sus años. Muchísimos. Y se ha puesto muy frágil. Frágil por los años y frágil por el clima. La humedad, por ejemplo. La humedad lo maltrata. Lo debilita. Lo pone quebradizo. Y por eso la tarea se me hace complicada. Difícil. Engorrosa. Pero igual me las arreglo. Cómo no: todo es cosa de práctica. Destreza. O maña, si quieres. Así que yo puedo hacerlo, y hacerlo muy bien, porque siempre me doy ese gusto. Ese lujo. Ese placer. Un placer desde que lo tocas. Con tocarlo nomás ya te relajas. Palpa su relieve. Tócalo, pálpalo, acarícialo. Se siente, ¿no? Se siente la diferencia. Ni hablar: es otra cosa. Otro material. Sin duda: no es como los otros. Ya no se hace, ya no se vende. Y la tinta… claro, eso también es importante. Le añade un toque. Una nota. Como un amargor. O picor. O acidez. O todo junto si acaso es posible. Y, luego, el sonido. Allí también hay una diferencia. Por supuesto, muchacho: tiene sonido. Eso que cruje. Crepita. Craquela. El papel retorciéndose bajo las llamas. Ahorita lo vas a escuchar: termino de armarlo y te lo pones en la oreja. Y, bueno, el caso es que sí: suena distinto. Suena, sabe y huele distinto. Y eso que solo hablamos del empaque. La cubierta. Continente, ¿comprendes? Y este continente resulta decisivo. Notorio. Fundamental. Este continente modifica el contenido. Porque, valgan verdades, el contenido, en realidad, no es ningún misterio. Tabaco nomás. Tabaco y listo. Pero, diablos, con este papel... ¿cómo dices? Ah, ni modo: prime-ro la leo. Siempre la leo. Antes de arrancarla, le doy una leída. Y la leo en inglés. Por supuesto, ¿no has visto la tapa? King James, ¿te das cuenta? Y además, ojo, la leo en voz alta. La recito. La declamo. La declamo y clamo... clamo al espíritu, ente, sustancia... fuerza, energía, como quieras... al mismo espíritu que poseyó el cuerpo y la mente del escriba. Clamo, ruego, suplico. Imploro por un poquito de... un poquito, una pizca, una gota... ¿perdón? Todavía. Recién Deuteronomio. Sí, pues, ya casi acabé con el Pentateuco... Y el punto es que, así como te digo, se inicia la sesión. La jornada. O quizá la liturgia. Porque has de saber... ¿qué cosa? No, no son muchos. Unos cuantos. No puedo exagerar. Lo que pasa es que la vaina, si te fijas, es una reliquia: una King James del siglo diecisiete. No, Chipana, no es una Biblia cualquiera. Y por eso me mido, ¿comprendes? Debo ahorrar. Pan para mayo, pues, muchachito. Además, ya te dije, la cosa no es fácil. Toma su tiempo. Liarlos es mucho trabajo. Liarlos es un lío».
El alumno probó el cigarrillo que le ofreció su maestro y a duras penas toleró una pitada. Buscó atenuar el escozor en la boca —no sabía fumar: el humo no pasó de la úvula— con cierto brebaje de tono champán que, según comprobó al instante, no era champán. Todavía quedaba un tercio de la botella. Cuando se sirvió de nuevo —en un vaso descartable y translúcido— el profesor detalló, a medias, la composición de la bebida:
«Poesía china. Poemarios chinos impresos en papel de arroz. Hiervo el papel por unas horas y dejo añejar ese líquido por varios meses. Después, claro, lo mezclo con hierbas aromáticas. A veces me lo tomo puro, y a veces, como ahora, rebajo el alcohol con Canada Dry».
Chipana se fijó en las estanterías de melamine y, en una rápida mirada, contó apenas unos diez o doce volúmenes. Le sorprendió la escasez. Había escuchado en la cafetería de la universidad que aquellos anaqueles lucían repletos y exhibían tanto incunables como primeras ediciones. Recordó también cierto rumor que precisaba el origen de las valiosas antiguallas: el prontuario sentimental del maestro —proverbial como su colección de libros— incluía dependientas muy jovencitas de la Biblioteca Nacional.
«Los he vendido casi todos. Casi: me quedé con unos cuantos. No, los tengo guardados. Nunca se sabe: se los pueden robar. Mucha gente viene por aquí. Mucha, mucha gente. Como tú, pues, mi estimado. Y por esa razón es que nunca los exhibo. Son imprescindibles, ¿entiendes? Imprescindibles y necesarios. Más que nada: vitales. Vitales: esa es la palabra. Pero también guardo adefesios, qué quieres que te diga. Tengo adefesios, bodrios, mamotretos. Y es que a veces, en las noches más crueles del invierno, debo construir una estufa medio artesanal con toda esa bazofia. Por ejemplo, los libracos de varios exalumnos que se zurraron olímpicamente sobre mis consejos. Quiera dios que no sea tu caso... Y todas, encima, son vulgares noveluchas. Eso: siempre novelas. Ni siquiera son capaces de hacer un cuentito miserable y se mandan de frente con una novela. Con eso debutan. Diablos, qué tal cuajo. Y en cambio yo, que fui su maestro, todavía no termino. No acabo de corregir, pulir, cribar... perfeccionar mi novela, ¿comprendes? Yo, que gané tantos concursos, todavía no me siento preparado para dar ese salto. Son palabras mayores, pues, Chipana. No es tan sencillo. Lo que pasa, mi estimado, es que se ha perdido por completo el sentido común. La lógica. Sí, no es más que pura lógica. Creo que ya lo dije... tal vez en una clase, no lo sé. ¿Te acuerdas o no? Más páginas, más trabajo. Más personajes, más trabajo. Más historias, más trabajo. Entiendes, ¿no? Y así que me lo tomo muy en serio. Por eso no termino todavía. Por eso continúo trabajando, duro y parejo, en una novela realmente fundamental. Y por eso me sacan de quicio todos esos petimetres. Palurdos. Imberbes. En fin, qué nos importa: ya la crítica los hará leña. Y recién entonces, me imagino, quizá los ilusos... ¿perdón? Ah, pero, claro: lo has dicho muy bien. Ciertamente, mi estufa es un presagio de su porvenir».
El viejo profesor y su pupilo se hallaban sentados —en rigor, se balanceaban— sobre columnas de gordos y macizos tomos correspondientes a distintas enciclopedias. Además, a fin de compensar su asimetría, las cuatro patas de la mesa —la única mesa del departamento— se apoyaban en sendas novelitas de bolsillo. Por otra parte, pequeños diccionarios mantenían entreabiertas las puertas de la entrada, la cocina y el patio, para facilitar el tránsito de la mascota: un animal escuálido de pelaje multicolor jaspeado de llagas frescas.
«Heridas de guerra. Cruentas y largas batallas. Atroces batallas para defender su territorio. Sí, todas las noches. Y ya ni hablemos, por supuesto, de una frecuente actividad reproductiva. Frecuente, intensa, borrascosa. Como has de saber, las hembras venden muy cara su fecundidad. Y es que, ahí donde lo ves, mi Dandy es el semental del edificio. Peor: el semental de la cuadra. Y fíjate que justo anoche... ¿ah? Cierto, Chipana, no te falta razón: las mascotas se parecen a sus dueños».
Aquella tarde, luego de tocar el timbre y remontar nueve pisos en el ascensor —lento y enorme: parecía un montacargas—, Chipana tuvo que aguardar en el pasillo por largos minutos. Tras la puerta se oían insultos, golpes y lamentos. Cuando planeaba intervenir con heroísmo para evitar una posible desgracia, una mujer de treinta y tantos emergió con los pelos húmedos —teñidos de rubio— y pasó a su lado sin saludar. En vez de tomar el ascensor, deslizó sus ballerinas escaleras abajo.
Era la primera vez que Chipana visitaba ese departamento. El maestro no se había quitado el terno azul de rayas verdes —el clásico atuendo del salón de clase— pero ahora, en lugar de sus habituales mocasines, calzaba unas slaps. La camisa rebasaba el pantalón. La corbata floja pendulaba más allá de la bragueta. Un frondoso bisoñé castaño colgaba de una lámpara. Pese al bisoñé, todos en la universidad le calculaban un promedio de setenta.
«Al grano: me dijiste que traías un cuento. ¿Un relato? Dios mío, muchachito, ¿a mí con esas vainas? Cuento, relato, viñeta, nouvelle.... o crónica, si quieres. No, pues, Chipana, no me vengas con esas... no sé... fruslerías. Pequeñeces. Nimiedades. Más claro: cojudeces, disculpando la vulgaridad».
Palpando, nervioso, en el interior de su mochila, el joven alumno buscaba las hojas engrampadas que su anciano profesor revisaría muy pronto. Y el profesor, entretanto, preparaba diestramente un cigarrillo King James: no bien lo prendió, llevó el humeante cartucho hasta la oreja y compuso una mueca que Chipana interpretó como sonrisa.
«Antes de comenzar, podríamos tomarnos un cafecito. Sí, por supuesto, ¿cómo se te ocurre que...? Obvio, mi estimado: eso es lo que nunca faltará en esta casa. Me puede faltar de todo, pero nunca faltará café. Y café pasado, no de lata. Nunca faltará en esta humilde morada una buena taza de café pasado. No, jamás. Quiero decir: mientras la charapa no me abandone. La charapa, sí: ¿no acabas de...? Cómo, ¿no te la presenté? Disculpa: qué distraído, ¿no? Pero, bueno, el caso es que su padre, por esas cosas de la vida, se ocupa, justamente, del cultivo de café. No, no solo café. No solo café pero sobre todo café. Y tiene unas chacras, fundos, terruños, terruños de muchas hectáreas, en ciertas montañas de la selva de Junín. Para ser precisos: Chanchamayo. Y por esa razón siempre tengo en la cocina café de Chanchamayo. Y por ende, muy pronto tendré que visitar esos parajes agrestes. Y encima, supongo, tendré que traba... no, pues, muchacho: la novela. Trabajar en eso, en la novela. Necesito librarme del tráfago citadino para poder escribir con tranquilidad absoluta».
Chipana pidió permiso para ir al baño con una solemnidad acaso digna del salón de clase. Presionó la puerta picada de polillas, miró su rostro en el espejo —picado de acné— y procedió a descorrer el cierre de la cremallera. Encima del espejo colgaba una repisa de latón: en ella, junto al chisguete de Kolynos, descansaba un volumen del que ya no quedaban sino las tapas. Quizá sus páginas, especuló Chipana, eran las mismas que desbordaban el tacho y obstruían el inodoro.
Entró a la cocina, sorteando el diccionario, y vio cómo el maestro, levantando los talones, hurgaba en el repostero de fórmica. Descubrió también, debajo del caño, una tabla de picar cubierta de tiras blancuzcas chispeadas de perejil. Estaba seguro del perejil pero no de las tiras: ¿tallarines? ¿Frejoles chinos? ¿Ralladuras de nabo?
«Platelmintos. Más claro: céstodos. En cristiano: tenias. Mentira, Chipana, cómo crees. Ni hablar: son pedazos de col».
El anciano encontró por fin una diminuta cacerola de aluminio y un deforme colador de plástico. Seguidamente, ayudándose con un trinche, jaló un pesado libro que coronaba la enorme refrigeradora. Utilizó un cuchillo dentado para cercenar dos hojas —letras microscópicas, grabados minuciosos— y las aplastó contra el colador.
«El Paraíso Perdido. Milton, Chipana, Milton. Es un filtro excelente. Suave. Noble. Poroso. Y también en este caso las hojas inciden mucho en el sabor. Porque no se trata solamente del café. Primero, sin duda, tienes que ponerle un buen café: si no, de nada sirve. Pero el filtro, mi estimado, no es menos importante. Yo diría que crucial. Y eso es muy lógico pues el café debe cruzar, penetrar, atravesar... atravesar el tramado de las páginas. Y ese pasaje, tránsito, discurrir, transfigura el propio café de Chanchamayo».
Las gotas dejaron de repiquetear sobre la cacerola. Con sumo cuidado, alumno y profesor cogieron los transparentes vasos descartables y volvieron zigzagueando a los asientos enciclopédicos.
«No, no tengo azúcar. Tengo diabetes. Pero ese no es el punto. El punto es la pureza, ¿comprendes? El azúcar distrae. Peor: el azúcar corrompe. Corrompe, pervierte, degrada el sabor del café. Lo violenta. Por supuesto, muchacho: cualquier café. Y sobre todo con este: tomar el Milton con azúcar es casi una blasfemia».
El viejo profesor se acercó a la cama —un catre de fierro sin cabecera— y encontró bajo el almohadón unos anteojos bifocales parchados con esparadrapo. Agarró el sobre de manila, desenfundó el texto de Chipana, y hojeó la primera cara con una mueca indiscernible. Le costaba trabajo sostener esas páginas con sus largos dedos palpitantes.
«¿Párkinson? Que te diga la charapa si tengo Párkinson. Es el exceso de café, no es otra cosa. El café te acelera todo. Te acelera los músculos y, en especial, el cerebro».
