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Un pueblo, un bosque, una cabaña, un río... La máxima expresión de la tranquilidad, profanada el día de San Juan de 2022. Una familia nueva se mudó a la ciudad y parecía que todos ellos tramaban algo. Empezaron a ocurrir asesinatos, desapariciones, sucesos extraños... Y todo apuntaba a que ellos eran los culpables. Su vecina no pudo resistir la curiosidad de acercarse al chico de la familia para descubrir sus oscuros secretos. Misterios macabros de los que nadie se salvaba, todo el mundo que ella conocía tenía las manos manchadas de sangre, incluso ella misma. Cada vez, más problemas se abrían paso. ¿Cómo harán para salir con vida y que todo acabe? Muerte, traición, rencor, torturas, misterio, investigación, acción, inteligencia, habilidad, amistad, confianza, lealtad, vida, ayuda, romance... ¿Estás preparado?
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Seitenzahl: 325
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© María Cervantes Rodríguez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-257-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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A mi tía Montse, a quien amaré toda mi vida. Gracias por todo tu cariño y amor y por creer siempre en mí. Siempre vas a estar conmigo, en mi corazón.
Strange Neighbor
Tempestad
Parte 1
Advertencia
Esta historia es totalmente ficticia, no está basada en ningún hecho real y promueve una conducta destructiva que no debe ser imitada por nadie y, mucho menos, crear algún tipo de paradoja sobre la realidad. Lo único que hay real son los nombres de los personajes, no hay ningún hecho verídico en esta historia, ningún suceso macabro de esta historia tiene reflejo en la vida real.
No es una lectura recomendable para personas sensibles a imágenes mentales desagradables pertenecientes al género gore, ni para personas que sean propensas a una fácil manipulación mental sobre la visión de la realidad.
Inspiración
La musa de esta historia (fantasía pura, no está basada en ningún hecho real) ha sido la imaginación más oscura, siniestra y retorcida que podemos llegar a dar vueltas en algún momento de nuestra vida. Esta historia es fruto de la dubitación de una única pregunta, ¿y si las personas que creemos conocer nos ocultan algo oscuro a sus espaldas y que si sale a la luz provocaría el cambio total de nuestra imagen de esa persona? Esta pregunta vino a mí en el momento en el que descubrí el secreto de una persona cercana a mí; esta pregunta exageró enormemente en el mundo de la fantasía creando esta historia, con un vecino como uno de los personajes principales, esto se debe a que los vecinos son las personas que más nos pueden llegar a sorprender, son las personas con las que convivimos pared con pared, en la mayoría de los casos, y cada día descubres algo nuevo sobre ellos. No tacho a los vecinos de asesinos ni de psicópatas, ni mucho menos; esta historia da a entender que hasta la persona que mejor creíamos conocer puede llegar a tener un lado oscuro, que desconocíamos.
A veces, el principio comienza por el final
Quizás no estaba bien y, quizás, solo quizás, no debería haber sucedido nada de esto, pero sucedió.
Era un día frío, que parecía de invierno, aunque no lo fuera y que en lo único que piensas es en estar en la cama con todas las mantas posibles encima, y haciendo cualquier cosa que no requiera mucho esfuerzo. Y así era como estaban en el sofá los padres de Sabrina y Javier. Sentados y pegados en el sofá de su salón mientras veían una película de comedia a la vez que se escuchaba una ligera llovizna en el exterior, lo que hacía que aún quisieran más estar haciendo ese plan. Pero no paraban de escucharse al final de la casa, en el lugar donde se encontraban las habitaciones, los gritos de sus hijos que, cómo no, discutían más que jugaban y hoy era uno de esos días en los que, posiblemente, acabasen tirándose de los pelos o mordiéndose.
—¡Que me lo devuelvas! ¡Es mío! —gritaba el pequeño Javier.
—¡Dame mi plastilina si lo quieres! —contestó Sabrina.
Después de esa frase los gritos de los niños cesaron, por lo que sus padres pensaron que ya habían llegado a un acuerdo. Sin embargo, nada más lejos de eso. Lo que había sucedido era que Javier había amordazado con un calcetín y atado con lacitos a su hermana, para poder continuar con las maldades hacia ella, que lloraba desconsoladamente. Él se fue al baño, se puso un taburete a los pies, y se subió para echar agua en el bote de plastilina, después cogió el cepillo de dientes de su hermana y empezó a moverlo todo como si fuera una pócima mágica, hasta que todo se mezcló por completo, quedando inutilizable la plastilina. «¿Esta caca era lo que querías?», le dijo mientras la liberaba. Ella no dijo nada, solo se fue corriendo y llorando a jugar fuera con la casa de madera que les había construido su padre hacía ya unos años atrás.
Sabrina se encontraba tranquilamente jugando en la casa, cuando recordó lo mucho que la gustaba jugar con otros niños, y pensó en volver a casa con su hermano, hasta que vio algo. Vio que habían llegado unos vecinos nuevos a la casa de al lado de la suya, al menos eso se suponía porque hasta el momento nunca la había visto habitada (aunque también ella misma sabía que podía perfectamente haberse mudado alguien hacía años y no haberse dado cuenta porque apenas la miraba, la daba un miedo irracional), lo único que le confirmó que eran vecinos nuevos era la presencia de dos niños, uno mayor que ella y el otro de su edad o aproximada. Quiso ir con ellos, pero se recató un poco en la hazaña en el momento en el que se dio cuenta de que se dirigían al bosque, ¿qué iban a hacer en ese lugar tan tenebroso y donde suceden todas las cosas malas a los niños en los cuentos? Aun así, después de pensárselo un par de minutos, decidió ir tras la pista de los dos niños.
Estuvo un rato andando, se rajó su precioso vestido violeta de lunares que asomaba debajo de su abriguito blanco, y se hizo un par de heridas más en las manos y la cara por las pequeñas ramas de arbustos que estaban a su altura. Aunque solo fueran cinco minutos andando sola por el bosque, se le hizo eterno, se pensaba que iba a morir, o algo mucho peor, que un lobo la intentaría engañar para comérsela, o que una bruja anciana la intentaría ofrecer chuches en su casa para hacerla sopa… Miraba mucho a su alrededor en búsqueda de algún tipo de señal que la indicara que cualquiera de esos pensamientos pudiera hacerse realidad, pero ninguno de ellos se llevó a cabo, lo que en cierta parte la preocupó y no sabía por qué, solo podía suponer que si algo malo no había sucedido era porque algo mucho peor podía pasar, y ella no quería eso, ni mucho menos, lo único que la pobre Sabrina quería era jugar con alguien que no destrozara su preciada plastilina.
Cuando al final llegó con los niños, algo en su interior le decía que no fuera directamente con ellos porque no eran buenos y que se escondiese, así que eso hizo. Ellos se encontraban a la orilla del río Rocoso hablando de Dios sabe qué mientras Sabrina obedecía su sexto sentido y les observaba desde una distancia prudencial detrás de una roca.
Unos escasos minutos pasaron hasta que por fin logró descubrir lo que estaban haciendo, y no lo entendía muy bien. El niño de pelo negro lloraba, lloraba desconsoladamente y sin decir palabra al igual que ella un rato atrás, sin embargo, la diferencia con el niño mayor era enorme. Este se mostraba muy seguro de sí mismo y podía ver que estaba dándole indicaciones al otro de algo que debía de hacer, ¿y qué era ese algo? Era cómo cazar ranas, el mayor había cazado una rana, la había destripado y estaba jugando con ella como si fuera una muñeca, ¿eso era lo que hacían antes entonces? Poco a poco pudo ver cómo el rostro del chico mayor iba variando y se estaba convirtiendo en enfado con el pequeño, quería que le imitara a toda costa y este no quería, solo lloraba y decía que no con la cabeza mientras le agitaba desde los brazos haciendo que llorara aún más. Sabrina lo único que sabía era que ella tampoco podría imitar esa conducta tan agresiva.
Antes de que ella pudiera decidirse entre ir a hablar o jugar con ellos, el mayor la vio y fue violentamente hacia ella.
Desde que ese chico se acercó totalmente a ella, se volvieron todos sus recuerdos borrosos. Lo último de lo que tiene consciencia es de que cuando llegó hacia ella, la agarró de la cabeza y se la golpeó contra la piedra mientras el otro chico intentaba impedírselo al mayor, en vano. Aunque pudo ver algo más, pudo verlos patalear, pudo verlos llorar, pudo verlos en el aire, gritando, porque unos hombres vestidos de azul marino y encapuchados se los estaban llevando. «¿Qué está pasando?», fue lo último que pudo pensar antes de desmayarse
Al día siguiente, o quizás a los dos días o a la semana, se despertó, y estaba en su cama. ¿Había sido todo un sueño? Además de que tocó su cabeza en búsqueda de algún tipo de lesión y no notó nada excepto el dolor tan fuerte que pudo sentir al palpar la zona. A pesar de que todo apuntaba a que había sido una pesadilla, no se lo creía del todo, sentía la fuerte sensación de que había sido real, pero cuando miró desde su casa a la casa de al lado (como muy pocas veces por el gran pavor que le tenía) pudo ver que, efectivamente, no había ningún tipo de señal de haber sido habitada nunca, pero, ¿por qué ella lo sintió tan real?
Si me conocieras tan bien como dices, ¿me creerías?
—¿¡Estás mal o qué te pasa!? —le gritó Javier.
Hacía mucho tiempo que no discutían, o que tan si quiera se levantaban la voz. Todo lo que discutían de niños había desaparecido y ese era el primer día de instituto, y lo último que Sabrina se esperaba era discutir con su hermano, pero así parecía que iba a ser.
Ya habían pasado años desde lo que le causaba tantas pesadillas a Sabrina. No lograba entender nada de esas pesadillas, había pensado hasta que eran algún tipo de premoniciones porque en la mayoría se veía a ella de mayor y con chicos, siempre muchos chicos y con alguna que otra chica que siempre acababan por ser malas o acababan muertas de las peores formas y más sangrientas posibles. Se había visto hasta a ella misma matando a gente, y cómo su hermano resultaba también ser malvado. Incluso había pasado más de una semana durmiendo en el sofá por miedo porque, en sus pesadillas, la casa de al lado, y que se veía desde su cuarto, estaba habitada, y no solo eso, sino que una de las personas que vivirían ahí sería un chico de la edad de ella y que podría verle desde su cuarto.
—No, no estoy mal, sabes que me pasa todos los años en la primera semana de septiembre.
—Ya lo sé —dijo nervioso, intentando controlarse—, pero que ahora me digas que eres vidente es pasarse.
—No te estoy diciendo eso, es que no entiendo nada de lo que sueño…
—No le des importancia, de verdad —dijo ya tranquilo e intentando consolarla—. Son pesadillas y ya está.
—Es que no sé de dónde salió mi cicatriz entonces…
Siempre le habían dicho que esa cicatriz se la había hecho, cuando apenas sabía andar, con la esquina de un mueble del salón, pero eso nunca se lo creía totalmente. Ella era consciente de que había algo ahí detrás, no sabía por qué, pero estaba realmente segura. Además de que cada vez que terminaba una pesadilla ocasionada con el día de la rana muerta y los dos chicos, le dolía al despertarse, al principio se pensaba que era algo físico por la rotura de la piel, pero se dio cuenta de que solo le pasaba con las pesadillas y premoniciones relacionadas con algo de eso, además de que esos sueños solo sucedían en unas fechas muy concretas del año, la última semana de agosto, la primera de septiembre, y la mitad de la segunda, por lo que se imaginaba que el suceso que había tenido lugar cuando era pequeña, si era real, había sucedido en esas fechas y que, por ello, las soñaba en esas únicas semanas. No sería la primera vez que ella intentaba inducirse al sueño para ver qué sucedía, y nunca le funcionaba, por lo que con más razón suponía que algo detrás de todo eso, y de lo que aún no se había enterado, había ocurrido, y más cuando era un tema prácticamente tabú en su vida.
***
Era su primer día de instituto, y después de esa intensa y acalorada conversación, fueron rumbo a las clases. Javier, cómo no, parecía que siempre hubiera sido estudiante de aquel lugar, podía con la situación, él pisaba la situación, a diferencia de Sabrina, que era la situación la que la pisaba a ella. «No debería haber venido», ese era su pensamiento más recurrente. Intentaba pensar en las palabras que le había estado repitiendo su hermano durante todo el verano, y que se basaban en que, si tú te mostrabas seguro ante una situación o ante las personas, aunque no fuera verdad, se pensarían que no pueden hacer nada para hundirte porque siendo tú mismo y aun estando solo puedes ser fuerte, ¿o quizás no era así? Ya no sabía bien, y Javier lo notaba, pero intentaba mostrar seguridad por los dos, aunque fuera algo complicado.
Él tuvo que marcharse a su clase, y entró en ella con saludos con sus amigos como si fuera el más chulo de todos ellos. «Ojalá mostrarme así de confiada», pensaba ella. Así que cogió aire y continuó hasta el final del pasillo, donde estaba su clase. Entró y en el sitio que vio más alejado y solitario de toda la clase, ahí se sentó. Quería que, si alguien estaba interesado en conocerla, fuera a ella, no quería estar detrás de las personas para conseguir amigos y que, mucho menos, la vieran como la típica persona que va con quien sea por no estar sola. Los minutos pasaron, ya había sonado la campana de inicio de las clases y ella aún seguía en el mismo ambiente solitario hasta que vio cómo un grupito de tres personas entraba entre risas en la clase y, para la sorpresa de ella, se sentaron en su burbuja de soledad temporal.
Los tres se presentaron simpáticos, uno de ellos era una chica llamada Paz, la que se sentó al lado de Sabrina, y los otros dos eran dos chicos, Aitor y Miguel. Se sintió muy cómoda con ellos, como casi nunca antes con ninguno, además de que sentía una conexión especial de amistad con Paz, pero claro, no iba a decirlo, apenas habían hablado durante las tres primeras clases. Sin embargo, lo que ella no se esperaba era que en las tres últimas clases iban a llegar más personas, y que se sentarían cerca, dos de ellas eran Ángela y Tess, dos chicas que parecían casi nacidas en los ochenta, habían nacido para el rock, eso le encantó, no solo su estilo, sino lo valientes y decididas que parecían, le dio la sensación de que ellas eran además, las personas más leales que había conocido en su vida
Ese primer día de clase, que empezó como algo horrible, terminó por ser uno de los mejores días que había tenido en su vida. Los dos chicos en sus mente los había descrito como que eran un amor, jamás había visto a dos chicos ser tan sanos y tan poco estúpidos como los que había conocido hasta el momento, además de ser muy divertidos, sabía que en ellos la palabra «payasada» podría ser la clave de su ser, y eso le encantaba, a pesar de esto vio algo oscuro en Miguel, lo que no sabía era si podía ser cierta timidez o algo más allá, porque en Aitor solo vio la claridad, y no solo por su cabello rubio, sino en el brillo que se le formaba en los ojos tanto al hablar como al escuchar a los demás. En cuanto a ellas, Paz parecía entre un ángel y una barbie, no por sus características físicas porque correspondían a una castellana normal, sino por su ropa combinada de colores blanco y rosa, además de que le había parecido una persona buena y sin maldad (aparentemente), Ángela correspondía a la encarnación de un demonio rockero, vestida de rojo y negro sin llegar a ser emo, claro, y Tess combinaba el azul celeste en escasas zonas de su ropa pero estratégicas para llamar la atención, junto al negro, entre las dos parecían el cielo y el infierno en una perfecta armonía y, sobre todo, unión sana, no era tóxica, parecía.
A pesar de que cada uno era totalmente diferente al que tenía al lado, habían encajado todos a la perfección y Sabrina se sentía complacida por ello, hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien rodeada de gente, sobre todo en las semanas que la correspondían a esos sueños. Se pensaba que en cualquier momento aleatorio de su día podía volver a hacerle daño alguien, o simplemente, que uno de esos dos chicos con los que soñaba fueran reales y volvieran a hacerle una cicatriz en la frente que trataba de tapar con su pelo porque pretendía olvidar todo aquello…
Esto era lo que yo buscaba, creo
El primer año de instituto pasó con éxito. Javier fue expulsado tres veces y Sabrina consiguió sacar en todas las asignaturas más de un ocho. La diferencia en cuanto a las vivencias del primer año de instituto eran bastante contrarias, todo lo que a él le regañaban por su mal comportamiento, a ella la felicitaban por su excelencia, aun así discutieron con varias personas por los típicos tópicos tanto recibidos por parte de gente hacia ella como hacia él. «Deberías estudiar más como Sabrina, ¿has visto lo que ella puede hacer y tú no?», en cuanto a él. «Eres una sosa, ¿por qué no intentas divertirte como Javier?», hacia ella. Entre ellos no discutieron ni una sola vez por esta razón, pero con esas personas sí, no les gustaba ser comparados con su respectivo hermano, ellos eran conscientes de que, claramente, por mellizos que fueran, cada uno era especial por una cosa, y no pretendían imitar la conducta del otro, pero la gente parecía que sí que quería que fueran iguales, y aunque lo más maduro por parte de ellos hubiera sido ignorar esos comentarios, apenas eran unos niños en su primer año de instituto y no iban a quedarse callados. Hasta tal punto que el único problema en el que se metió Sabrina fue por romperle la nariz a una chica de un puñetazo por insultarla y calentarla con ese tema.
***
El verano fue tranquilo, con las respectivas vacaciones al mismo lugar que todos los años. Sin embargo, a la vuelta de esas vacaciones, y justo el día de antes de la última semana de vacaciones, no pudo evitar pensar en sus pesadillas. A medida que los años pasaban, ella crecía en sus sueños y cosas más sangrientas pasaban, lo que más pasó por su cabeza era que estaba totalmente loca por darle tanta importancia a aquellos sueños, pero se había informado y conocía información de personas a las que realmente le sucedían cosas parecidas a ella y eran totalmente reales… Lo que la hacía tener mucho miedo, hasta temblar, y por eso, por primera vez, buscó el sitio en el que sucedió el día de la rana muerta.
Salió de su casa, y al principio la costó un poco recordar dónde estaba el bosque, y ni siquiera sin saber si era ahí donde sucedía, o sin siquiera saber si era real. Pero apostó porque sí lo era y se dejó guiar por su instinto. El camino entre las casas y la carretera hasta el bosque le dio miedo, sentía que la iban a secuestrar, a pesar de que nunca sucedía nada de eso desde hacía treinta años, aunque para ella no era suficiente para estar tranquila, sentía la presencia del mal. Miraba a un lado, miraba al otro mientras el pelo era movido por la ventisca y ella decidía cerrarse su chaqueta de cuerito azul celeste, porque el frío ya pasó a ser real y el pensamiento de «el frío es psicológico» dejó de servirla porque el frío por miedo que tenía se transformó en la brisa gélida que recorría el interior de su cuerpo. Consiguió adentrarse en el bosque, tanto que el camino se fundió en naturaleza, seca, pero en naturaleza, aunque decidió seguir caminando. Hasta que divisó a unos escasos 30-50 metros de ella, una cabaña de madera, con luz en su interior, quiso rodearla, pero no podía, escuchaba el río detrás de ella. Decidió hacer lo único que podía hacer, porque rendirse e irse a su casa no era una opción. Pasó cuidadosamente por los laterales de la casa. Mientras escuchaba ruidos dentro de ella y voces jóvenes, en un momento de desesperación y curiosidad, se detuvo debajo de una de las ventanas a escuchar y, efectivamente, eran unos niños como ella los que estaban hablando en el interior de la cabaña. Quiso asomarse, quiso decirles algo, pero empezó a escuchar gritos en su interior, quienes fueran que estuvieran dentro se estaban peleando. Se fue corriendo en dirección al río, se fue corriendo como alma que lleva el diablo, pero se detuvo en seco, cerró los ojos y empezó a escuchar, desde los metros de distancia a los que se encontraba, a esos niños gritar, pelear, y cómo chocaban y se rompían objetos en el interior de ese lugar, así que rehízo el camino que había corrido, de nuevo corriendo, y cuando volvió a estar bajo unas ventanas, no era la misma, se aupó hasta poder ver a través de la ventana. Y no había nadie… Estaba solo el lugar, ni los niños estaban, ni siquiera había ni un mueble roto, las luces se encontraban encendidas, ese era el único ápice de vida que tenía el lugar. Se bajó de la ventana y dio unos pasos hacia detrás, fruto del miedo y la parálisis corporal que este la había provocado hasta que movió la cabeza y volvió a su ser. Algo realmente extraño acababa de suceder y se escapaba de cualquier tipo de lógica, no tenía ningún tipo de sentido nada de eso. Se planteó numerosas cosas, como si estaba dormida, loca, si el sonido lo había traído el aire de algún lugar… O si ese suceso extraño confirmaba aún más que sus pesadillas podían ser reales.
Fue hasta el río, era igual que con el que soñaba, e intentó divisar el lugar exacto mientras caminaba por los alrededores. Y no encontraba nada, absolutamente nada, al menos en esa parte de la orilla del río. Como no encontró nada, pensó en cruzar al otro lado, tarea arriesgada y más porque debía realizarla por encima de las rocas que estaban en medio del caudal del río. Era un río rodeado de vegetación, que podía ser un paraíso a la vez que un infierno por la rapidez de su caudal, y más aún cuando Sabrina miraba aquellas piedras como si fueran puñales que pudieran atravesarle el cuerpo entero con ejercer apenas una escasa fuerza de unos pocos newtons y, al fin y al cabo, matarla podían, esas piedras estaban pulidas por el rozamiento del agua, por lo que eran igual de peligrosas tanto por poder hacerla resbalar y caerse al río y ahogarse por algún remolino, como por hacerla caer y matarla de un golpe en su cuerpo. Las estuvo mirando durante un rato, buscando una alternativa para evitar matarse, buscó también alguna rama que pudiera servirle como puente, pero no había nada, su única opción era cruzar saltando las rocas, y así fue. Saltó decidida y pudo, se resbaló en un par de ocasiones, pero no se cayó, lo logró con dificultades, pero lo hizo, aunque en el transcurso de esos saltos pensó que se iba a matar y que no lo iba a atravesar, pero lo pasó.
Cuando llegó al otro lado se puso a llorar desconsoladamente, y no entendía por qué, hasta que vio el lugar exacto donde sucedía su pesadilla recurrente del día de la rana, ahí mismo estaba, era un lugar real y un lugar en el que nunca había estado a excepción del día con el que sueña. Era real, lo que le había sucedido era real, pero no sabía nada más, ni siquiera sabía el nombre de los dos niños, ni del que lloraba ni del que la pegó, absolutamente nada, y, desesperada, se sentó en el borde del río a tranquilizarse para poder volver a saltar porque no se encontraba en estado para poder hacerlo.
Apreció toda la belleza del lugar intentando separar los sueños y pensamientos macabros que le había provocado el estar ahí cuando era pequeña, más bien, seguir a sus dos vecinos.
De un momento a otro, vio al otro lado de la orilla del río, y con la cabaña a lo lejos y de fondo de ellos, a cuatro chicos y una chica. Para la sorpresa de Sabrina, se presentaron de la forma más amigable posible. Ellos eran Álvaro (casualmente el hermano de Aitor), Martina, Diego, Rodrigo y Marcos y, efectivamente, estaban en la cabaña, su lugar secreto. Ahora bien, ¿con quién se peleaban? Porque no tenían ni una herida ni ninguna prenda rasgada... ¿Qué era lo que sucedía dentro de la cabaña?
Sabrina había ido a aquel lugar para conseguir respuestas, pero, cada vez que se acercaba más a una, se alejaba más de la verdad porque descubría más incógnitas.
Aunque de momento lo único que le importaba era quiénes eran esos dos chicos de cuando era pequeña y por qué soñaba con ciertas personas que no conocía en forma de pesadilla en las mismas fechas del año. Además de por qué algunos de ellos eran personas que se parecían a los niños que acababa de conocer, pero de más mayores. ¿Acaso son esas mismas personas?
Recuerdos olvidados
—¡Ah! Tía, me mojaste —dijo Sabrina mientras se levantaba del borde de la piscina e iba corriendo hacia su amiga para vengarse—. ¡Te vas a enterar! —dijo mientras ambas se reían.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que, finalmente, Paz cayó dentro de la piscina y Sabrina se puso a canturrear y a hacer sus bailecitos de la victoria.
Era un soleado día de verano en el que hacía tanto calor que casi estar con los bañadores y bikinis era duro, acababan de terminar las clases y con ellas los estudios secundarios, ya tenía los diecisiete años y pronto la mayoría de edad, y ese día estaba todo su grupo en la piscina de ella reunidos.
Sabrina había cambiado mucho a lo largo de los años desde que había comenzado el instituto, no solo había cambiado su forma de relacionarse con la gente, sino que también su forma de vestir, y aquel bikini lo demostraba, así también sus tres amigas que mantenían su personalidad, pero evolucionada a mejor. En cuanto a ellos, seguían igual desde que los había conocido, aún no habían madurado, aunque se supone que los chicos lo hacen más tarde en caso de hacerlo, ¿no?
—¡Sabrina, esto no vale, que te he dicho que estreno este bikini hoy! —dijo Paz, quizás, aunque hubiera madurado, aún la quedaba bastante para terminar de hacerlo.
—Pero qué sentido tiene comprarte un bikini y no mojarlo… —dijo Aitor ayudándola a salir del agua.
Aunque Sabrina no quisiera admitirlo, llevaba enamorada de Aitor casi un año. Y cuando vio cómo ayudaba a Paz a salir del agua lo único que pudo hacer fue quedarse boba mirando lo hermoso que le resultaba, para ella Aitor era la encarnación de un dios griego, todo lo que veía en él le parecía hermoso, y cómo no, al ver cómo tocaba el cuerpo de su amiga, aunque solo fuera para ayudarla, deseó ser ella, deseó ser ella por un único segundo para que esas hermosas manos le tocaran el cuerpo.
—Tiene razón —pausa—, qué tonta eres —dijo Sabrina tras volver a la realidad y hacerse a la idea de que con Aitor lo único que había era amistad, él no quería pareja, y aunque fueran mejores amigos, no iba a ir a más.
—Venga chicas, no peleéis —dijo Aitor mientras rodeaba los hombros de Sabrina con su brazo.
—Joder, ya estamos con la parejita —intervino Miguel, aquello le hizo sentir mariposas pero intentó disimularlas. Miguel llevaba casi dos años por Sabrina y esta solo le daba calabazas, lo llevaba muy mal.
—Lo nuestro es especial, así que cállate. Si no tienes novia será por algo. —Le hizo una peineta.
—Chúpamela —dijo él mientras se agarraba su zona masculina.
—Bueno, ya está bien —habló Tess—. ¿Estáis preparados para la fiesta de esta noche?
—¿Qué? —dijo Sabrina soltándose del agarre de su amigo para poder mirar a Tess—. ¿De qué fiesta estás hablando?
—Sí, de esa —dijo mientras la cogía las manos.
—Ah, no, ni hablar, ya os dije lo que pensaba de eso —dijo soltando sus manos del agarre.
—Venga —dijo Ángela en una súplica—. Cuando nuestros padres nos dejan la casa sola durante un fin de semana también lo usamos.
—Pero ¿y Javier? No le va a hacer gracia y…
—Ya he hablado con él —Álvaro habló—, y le parece la mejor idea que ha oído en su vida.
—¿¡Que qué!? —dijo Sabrina.
—Que sí, ya verás que todo va a ser genial —dijo Paz mientras la agarraba, y después Sabrina se tiraba con ella a la piscina zanjando el tema.
***
La tarde noche llegó, ya eran las ocho y media y ya tenían todo preparado para la fiesta y, efectivamente, Javier estaba ilusionado con la idea de la fiesta, eso no era propio de él.
Sobre las nueve, la gente comenzó a llegar, y con ellos las copas de alcohol y el mal olor a tabaco en toda la casa. Lo único que Sabrina podía pensar era en su deseo de que les diera tiempo a que todo eso pudiera estar recogido y no quedara ningún rasgo de aquella fiesta que tan poco convencía a Sabrina.
—Ey, ¿estás bien? —la preguntó Martina—. Te noto demasiado seria.
—Sí, es solo que toda esta gente que no conozco… Que me agobia que estén en mi casa, vaya. —Ya eran la una de la madrugada y Sabrina estaba harta de estar en el interior de la casa y estaba en el patio observando el horizonte.
—Bueno, escucha, me quedo contigo un rato, y si te encuentras muy incómoda llamo a las demás y hacemos en tu cuarto nuestra propia fiesta de pijamas, ¿te apetece?
—Sí, eso me apetece mucho más, la verdad. —Se dieron un abrazo.
Mientras iban hacia la mesa y las sillas del patio, escuchó gritos de dentro de la casa como si alguien se estuviera peleando, pero prefirió no hacerles caso y seguir con su amiga. Hasta que un ruido muy fuerte la sobresaltó, la puerta de la casa hacia el patio se había abierto de golpe y pudo ver cómo su hermano y otro chico corrían en una pelea por el patio.
—¡Que te vayas de aquí, que no eres bien recibido! —gritaba Javier.
—Venga, tío, que no te he hecho nada —dijo el chico del pelo negro intentando calmarle.
—¡Vete o llamo a la Policía! —En ese momento Javier cogió una silla donde se iban a sentar ellas y se la tiró al chico.
Empezaron a pelearse sin ton ni son, Martina gritaba cada vez que uno de ellos recibía un golpe a diferencia de Sabrina que observó solo diez segundos la pelea para saber cómo sacar a Javier de ahí sin que se llevara un golpe. Supo cuándo meterse y así lo hizo y paró un golpe que se iba a llevar su hermano sujetándole el puño al chico del pelo negro, lo que le costó bastante.
—¿Qué haces? —le preguntó ella a él.
Pero ninguno de los dos fue capaz de articular palabra, los ojos rabiosos de ese chico que miraban a su hermano se transformaron en paz cuando conectaron con los de ella. Sabrina sintió algo especial en esa mirada, y notó incluso una conexión especial con ese chico del pelo negro, sentía que le conocía… Sentía que él era el chico del día de la rana muerta, él era la respuesta a todas sus preguntas, él era el que ocasionaba todas sus pesadillas, y lo supo cuando tocó la cicatriz de su frente y pudo ver cómo se le salían lágrimas de los ojos. Él era el niño que lloraba, porque si fuera quien la había pegado no haría eso. Le había encontrado después de todos esos años, y estaba empezando a recordar, había soñado ese momento, había soñado con todo eso, incluso la pelea con Javier la había recordado, aunque no sabía a qué se debía. Ese chico era la respuesta, se había dado cuenta al mirarle.
Deseaba poder contarle todo lo que a sus pensamientos sobre él se refería y también sobre sus sueños en los que siempre salía él, o casi siempre, pero de más mayor y con unas hazañas extremadamente sangrientas, aunque, en el fondo, tenía miedo de contárselo y que la tomara como loca, aunque quizás lo estuviera. A pesar de eso, algo en la conexión que sentía con ese chico del pelo negro la hacía sentir segura, por alguna extraña razón sintió que su conexión iba más allá de lo lógico o racional y que la protegería de todo, pero ¿de qué?
En ese momento, solo le quedaba esperar porque lo peor estaba por llegar, ya que, en sus sueños, con ese chico solo se aproximaba la destrucción y el caos de absolutamente todo. Pero, ¿cómo se llamaba?
Aquel año...
—¡No me lo puedo creer! ¡Aléjate de mí! —gritaba Javier.
—¿Pero qué es lo que te pasa? —le preguntó Sabrina.
Hacía ya un mes de aquel momento soleado de junio que acabó en una fiesta, y en la que conoció al chico del pelo negro que tanto la había intrigado, aunque todavía no había tenido valor como para contarle nada de lo que quería en el momento en el que le conoció, pero ahí estaba, comenzando un romance con él.
—Me viste pelear con él, me viste echarle de casa, y te he dicho miles de veces que él no es bueno y no me haces ni puto caso —dijo él a punto de un paro cardíaco.
—Te haré caso cuando me digas por qué, no me vale esta respuesta tuya de «prometimos que no diríamos nada», porque no te voy a hacer caso con eso.
—Madre mía… —dijo en un suspiro y moviendo su cabello en un gesto nervioso— ¿Tanta curiosidad tienes de saberlo?
—No es curiosidad, es necesidad, quiero saber la verdad de las cosas, no puedes prohibirme algo así porque sí, que no eres ni papá ni mamá.
—Vale, ¿conque quieres ver de lo que es capaz el gilipollas ese? Vale, yo te dejo, no te voy a decir nada más, porque hoy o mañana verás quién es en realidad y yo estaré aquí para recordártelo, solo espero que cuando lo descubras no te mate. —Se fue.
Ante ese último comentario que había hecho, lo único que podía pensar Sabrina era en que lo decía en broma, porque, ¿cómo iba a matarla? ¿O tan si quiera hacerla daño? El chico del pelo negro era quien, a su desgracia, se había apoderado de su corazón. A su desgracia porque ahora que no quería nada con él, Aitor pareció interesarse por ella, menuda casualidad, ¿no? Lo que más le sorprendió fue el autocontrol que tenía Aitor sobre sí mismo porque en ningún momento se mostró dolido, y ella se alegraba y mucho de que hubiera podido integrarse en su grupo tan bien, de hecho les presentó incluso a su hermano… Nico, su hermano, era quien la había pegado, y se veía repugnantemente orgulloso de haberlo hecho, porque aunque no lo hubieran hablado directamente sabía con tan solo mirarle lo que se le pasaba por la cabeza y más cuando era algo relacionado con ella. La primera vez que le vio fue como vivir su propia pesadilla, lo que era verdad en cierta forma, pero para su sorpresa cuando eso sucedió él se mostró lo más amable posible, sin embargo, pudo ver en sus ojos el brillo de un depredador que está a punto de cazar su próxima presa y aquello le causaba un gran temor, pero en ningún momento se dejó llevar por él.
***
Esa misma tarde habían ido al cine a ver una película que no sabía muy bien cómo describir porque, cómo no, la sangre y el terror era lo principal en aquel largometraje.
—Creo que ha sido lo más increíble que he hecho en toda mi vida —dijo él.
—Me alegro, a mí también me ha gustado mucho, aunque ahora ya no quiero cenar… —Ambos se rieron.
Como ya era de noche, y tarde porque ambos tenían sueño, decidieron irse a casa. Él vivía en la casa tenebrosa y que nunca quería mirar que estaba al lado de la de ella, así que, en cierta forma, aunque solo anduviese unos metros más hasta la de ella, la acompañó bajo la luz de la luna creciente y la tenue luz de las estrellas tapadas por la contaminación.
—Eres mi luna —le dijo él—, y sé que nos conocemos de hace poco, pero te veo y me encantas, todo lo que veo en ti me fascina y solo quiero estar junto a ti para poder disfrutarlo todos los días.
Sabrina no pudo articular palabra, simplemente se quedó mirándole como si fuera una de las siete maravillas del mundo, porque en ese instante lo único que a ella le importaba era ese chico. Hasta que él empezó a acercarse muy lentamente hacia ella, quedando a unos escasos centímetros sus bocas, intercambiando miradas y respiraciones, pudiendo sentir el calor de la respiración de la otra persona en sí mismos, creando una conexión total en la que lo único que hacía falta para culminarla era un beso. Se estaban acercando más y más, y cuando solo les faltaban unos escasos milímetros para besarse alguien apareció corriendo y la embistió tirándola al suelo.
Debido a la contusión del golpe, no pudo ver bien quién era, todo a su alrededor estaba borroso y no conseguía enfocar la vista para poder saber quién era, solo podía percibir que ambos se estaban peleando y estaban gritándose cosas que tampoco lograba entender por los pitidos de sus oídos. Cuando logró recuperar un poco la orientación, puso su mano en la parte trasera de la cabeza y ahí lo notó, la humedad, la calidez y el olor a hierro tan característico de la sangre: le había abierto la cabeza. Aún mareada, empezó a incorporarse, con sus rodillas flexionadas, apoyando los brazos en las piernas y, desde ahí, hizo fuerza para lograr ponerse en pie, aunque tambaleando, lo logró. Empezó a enfocar la vista, así pudo lograr ver quién era quien había iniciado la pelea, era Nico, el hermano de él. Sin embargo, aunque estuvieran hablándose ambos a gritos, no lograba entender más de tres palabras seguidas, estaba tan aturdida que no era ni capaz de preocuparse por su posible conmoción cerebral. Hasta que, por obra de un milagro, en el momento en el que Nico tiró a su hermano al suelo y fue corriendo para atacar a Sabrina, su sentido de supervivencia se activó y logró esquivar el golpe a la vez que le pegaba un puñetazo en a saber qué parte. Su mente se despertó con el golpe, no sabía ni cómo había podido propiciarlo, ni la fuerza, porque ahora era Nico el que estaba en el suelo y ella seguía moviéndose como si fuera las olas del mar.
—¡Sabrina! —le gritó su queridísimo amigo—. Estás sangrando… —La apartó de Nico porque se estaba incorporando—. Vete, ya.
No le dio tiempo a decir nada más, y tampoco a hacerle caso porque Nico se levantó de un salto en un segundo y en el segundo siguiente consiguió esquivar el bloqueo de su hermano llegando así a Sabrina, a quien tiró de espaldas al suelo. Ella se notaba a sí misma en las últimas de su vida, había vuelto a encontrarse igual de mal que cuando se había dado el golpe, además de que golpearse la espalda con el suelo duro no la ayudó precisamente. Y ahí fue, ahí sucedió, el momento en el que pudo ver el final de su vida. Vio cómo Nico se acercaba a ella y su hermano intentaba apartarle sin conseguir ningún tipo de resultado positivo, solo conseguía un montón de golpes que acabaron por dejarle con la nariz y el labio sangrando. Hasta que comenzó a llorar y vio c
