Stripteacher - Lisa Aidan - E-Book

Stripteacher E-Book

Lisa Aidan

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Beschreibung

¿Y si alguien te rompe tanto los esquemas que te hace replantearte todo lo que conoces? Cuando Vega Williams sale a celebrar una despedida de soltera, verá su mundo (y sus piernas) tambalearse. Estar en el lugar y en el momento equivocado en ocasiones puede resultar… desconcertante. Desde esa noche verá las cosas de una forma distinta. Javier es un hombre hecho a sí mismo que ha conseguido alcanzar sus metas tras años de duro trabajo y mucho esfuerzo, pero por ayudar a un amigo puede estar a punto de perderlo todo. Ambos descubrirán que salir de la rutina puede dar un vuelco a todo en lo que creen... y a sus corazones. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 409

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2019 Lisa Aidan

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Stripteacher, n.º 243 - agosto 2019

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1328-461-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Todo amante es un soldado en guerra.

Ovidio

Capítulo 1

 

 

 

 

 

La campana sonó anunciando el final de la clase justo cuando Javier, el profesor, terminaba de anotar en la pizarra los deberes a realizar y los capítulos del libro que deberían estudiar para el examen de la próxima semana. Mientras Vega continuaba anotando la información en su agenda, algunos de sus compañeros ya salían por la puerta dejándola abierta.

Los viernes a última hora de la tarde los ánimos estaban más que exacerbados, por las nubes, y dudaba que, si no fuera porque Javier Moreno, el profesor más joven del instituto, era el encargado de ese delicado tramo horario, nadie prestaría la más mínima atención. Aunque en algunos casos quedaba muy claro que, a pesar de no perder ningún detalle de sus movimientos en el transcurso de sus explicaciones, solo unos pocos atendían durante sus lecciones.

En los tres años que hacía que había llegado a su instituto, el Corazón de León, mucho se había hablado y cuchicheado sobre él en los pasillos, los baños y en cada rincón del recinto. De algún modo entendía la fascinación por el hecho de tener un profesor más joven que los demás, pero de ahí a enloquecer por él había un abismo a su parecer.

Era un tipo de lo más normal, de esos que no miraría dos veces. Cabello moreno, por lo general despeinado, o esa era la impresión que le daba, gafas finas de pasta negras, ojos claros y vestía como ella imaginaba a los profesores de escuela privada: con pantalón de pinzas, camisa y, unos días llevaba una chaqueta de lana con doble botón, mientras que otros, en cambio, un jersey de cuello terminado en pico.

Sus clases de sociales eran tan aburridas como su forma de vestir. De ahí que Vega no comprendiera tanto revuelo y embeleso. Guardó sus cosas mientras escuchaba las preguntas absurdas y carentes de interés que algunas compañeras se habían acercado a hacerle hasta su mesa solo para tener algo de qué hablar con él. Era increíble la capacidad de algunas personas para quedar como auténticos idiotas con tal de conseguir lo que querían, pensaba para sí alzando la vista al techo.

—Vamos, morena. Te llevo a casa.

Un brazo se posó sobre su hombro izquierdo cuando terminó de acomodar la mochila en la espalda, la familiaridad hizo que no repeliera el contacto. Nacho, un curso mayor que ella, buen amigo y vecino en la misma calle, solía acompañarla a casa los días en los que no tenía entrenamiento con el equipo de balonmano en el que jugaba.

—¿Me llevas? ¿En serio? —Le dirigió una sonrisa torcida—. Ni que esto fuera Los Ángeles y me fueras a llevar en tu descapotable…

Él era un chico grande, siempre había sido algo más alto que el resto, pero desde que comenzó a hacer deporte su espalda se había ensanchado y no le faltaban admiradoras tampoco. Vivía a dos números de portería por encima del suyo y no era raro que se encontraran también por las mañanas cuando sus horarios de clase coincidían.

—Ah, me hieres —comentó su amigo llevando la mano libre al centro del pecho.

—Mentira —replicó ella mirando el rostro de él de soslayo desde su posición—. Tu ego de hierro te protege.

Abandonó el aula acompañada por Nacho y la carcajada que emitió sin echar ni una mirada atrás al grupo que se reunía en torno a la mesa del maestro.

—Touché —concedió su amigo—. ¿Vienes mañana al partido?

—Aunque me apetecería mucho pasar la mañana en una incómoda grada de cemento, con un montón de desconocidos y energúmenos alrededor, no puedo.

—Eh, hay asientos.

—De plástico. Clavados en el hormigón. Lo último en ergonomía —repuso sarcástica.

—Y tampoco viene tanta gente.

—La última vez que fui a veros en la exhibición aquella, no faltaba público… Hasta tenéis animadoras…

—Son amigas de mi hermana —replicó él con fastidio.

—Oh, vamos, pensaba que te gustaba que las mujeres babearan por ti —se burló de él.

—Cualquiera de ellas podría ser Carmen —reflexionó con una mueca de desagrado.

En verdad, Nacho era un hermano protector como quedaban pocos. Adoraba a su hermana pequeña, Carmen, de quién se ocupaba a menudo mientras sus padres trabajaban.

—Sabes que ella acabará por salir con alguien, ¿no? Y por hacer todo lo que tú haces…

Sabía que la idea de que su hermanita pudiera tener una vida adolescente como la de él le provocaba escalofríos a su amigo, y pincharle con eso era una fuente inagotable de risas para ella.

—No me hagas tener esas imágenes en la cabeza —pidió Nacho con una mueca mientras ella no podía evitar reír con su reacción—. Bien, y ahora dime por qué no puedes venir mañana.

—Verás, es algo especial; tengo que acompañar a mi madre y a mi tía de compras, es el día que tienen de fiesta y quieren llevar algo nuevo a la despedida de soltera de su amiga Belén que se celebrará por la noche.

—Ah, es verdad. Era este fin de semana… Oye —dijo de repente acercando su cara—, no te vistas demasiado provocativa —comentó bajando el tono de voz.

Vega se detuvo a pensar por un instante en lo que llevaba puesto en ese momento, que era lo mismo de todos los días: pantalón tejano gastado, camiseta de algodón de cuello redondo y manga corta, combinado con zapatillas deportivas planas con puntera de goma. Desde luego la palabra provocativo y ella eran opuestas. La carcajada que emergió de su garganta por el chiste de Nacho resonó por toda la calle, él la siguió.

No era el único que le decía a menudo que tal vez si se arreglara un poco más conocería a alguien, pero Vega no iba a clase a ligar; ella quería estudiar Empresariales y tener algún día una empresa propia o ser directora de una gran compañía. Estaba enfocada en sus estudios; tanto que incluso había comenzado a hacer su trabajo de fin de bachillerato.

Le gustaba salir con amigos como a cualquiera, por supuesto; sin embargo, se daba cuenta de que quizás era la única entre ellos que pensaba con seriedad acerca del futuro. Nadie sabía de dónde le venía tanta cavilación. Era hija única y sus padres trabajaban cada uno en lo suyo, su padre era algo así como contable en una corporación inglesa con oficinas en el centro de la ciudad y su madre trabajaba a dos manzanas de distancia de la empresa de él como administrativa en una compañía que se dedicaba a los recursos, fuera eso lo que fuera.

Lo cierto era que los trabajos de ambos le parecían bastante aburridos, no se veía haciendo lo mismo que ellos el resto de su vida; Vega se moría de ganas por emprender su propio camino. Llegó a casa, que estaba vacía, como siempre. Sus padres no terminaban de trabajar hasta al cabo de unas horas y no llegarían antes de la noche.

Dejó las cosas sobre la mesa del comedor, fue a la cocina, donde se preparó un bocadillo para merendar de lo primero que encontró por la nevera y se sirvió un vaso de zumo de naranja para acompañarlo. Regresó al salón, ocupó la parte central del amplio sofá y, tras dejar el plato y el vaso en la mesa baja, encendió la televisión. Mientras daba el primer bocado buscó la aplicación de vídeos en línea y puso música.

Era incapaz de estudiar en silencio, aunque lo que daban de programación a esas horas no le gustaba nada, raras veces veía las cadenas nacionales. Normalmente ponía alguna película o serie en la tele de pago, o música para sentirse acompañada mientras estudiaba o hacía sus deberes.

El sonido de vibración del teléfono móvil encima de la mesa le recordó que no había subido el volumen después de salir de clase. Miró la pantalla y al ver el número de notificaciones se le salieron los ojos de las cuencas: el grupo de WhatsApp de las chicas de clase iba a tener una tarde animada. Leyó los mensajes por encima y tuvo una imagen de sí misma bostezando; de hecho, a punto estuvo de enviar un gif haciendo el gesto, pero se contuvo.

Por otra parte, en otro chat, el que tenía con su grupo de amigas, hablaban sobre lo que se decía en el otro más grande, allí sí que envió su opinión al respecto. Buscó una imagen con movimiento de un bostezo que le pareciera divertida y escribió a continuación:

¿No se aburren de babear por un tío que es tan interesante como mirar los desconchones de la pintura en la pared?

Noa respondió:

Eso no lo sabes.

A lo que Vega contestó:

¿El qué? ¿Qué es aburrido? Claro que lo sé, ¿has estado en sus clases?

María, siempre haciendo de abogada del diablo, intervino:

Los profesores tienen su vida privada también.

A Vega se le giraron los ojos hacia arriba ante esa respuesta y respiró hondo. Como hija de profesores de infantil y primaria, ¿ella qué iba a decir?

Sí, y Javier tiene pinta de tener una vida de desenfreno…, escribió con evidente sarcasmo. Me pongo a hacer deberes. Hablamos luego. Envió el mensaje junto con tres emoticonos tirando un beso.

Mordió el bocadillo y lo sostuvo así mientras sacaba la carpeta de la mochila junto con la agenda y el estuche antes de dejarla en el suelo como un globo deshinchado. Terminó de arrancar el bocado y dejó el emparedado sobre una servilleta; como normalmente era ella quién se encargaba de los platos, pasaba de ensuciar de más.

Abrió la agenda y buscó la semana entrante. El teléfono volvió a vibrar, prefirió dejarlo en ese modo en vistas del plan que las chicas parecían tener para la tarde. Lo miró por si se trataba de otra cosa. En efecto, era Nacho.

Mi hermana y dos de sus amigas están en el comedor. Supuestamente han venido a hacer deberes.

Sí, deberes… Y a ver al hermano mayor de Carmen, adjuntó cuatro emoticonos llorando de risa.

Vas a tener que venir a salvarme.

Sonrió de forma maliciosa a la petición escrita de su amigo.

Disfruta de tu popularidad mientras puedas, donjuán.

Eso, tú ríete… Apuesto a que ya estás haciendo los deberes.

Sabes que sí. ¿Vemos la serie juntos esta noche?

Sí, te escribo luego. Si sobrevivo, añadió.

Vega volvió a enviar cuatro caras riendo. Nacho era un chico legal, aunque como novio era un completo desastre y no, ella no había salido con él, no era necesario hacerlo para saber eso; sus relaciones, desde que comenzó a tenerlas, duraban lo mismo que un capítulo de su serie favorita. Salía con cualquier chica que quisiera enrollarse con él y, a pesar de que siempre bromeaba en que juntos serían la pareja ideal, lo decía como una broma hecha en confianza entre amigos.

 

 

No podía dejar de bostezar, eran solo las once y ya se encontraba en la tercera tienda a la que tanto tía Raquel como su madre la llevaban poco menos que a rastras.

—Te dije que no te quedaras despierta hasta tarde, Vega —regañó de forma muy suave su madre.

—¿Otra vez hablando con Nacho? —preguntó su tía inclinando la cabeza hacia ella—. ¿Estáis saliendo? —preguntó de forma intencionada moviendo las cejas como Milhouse, ese personaje de Los Simpson.

—No estoy saliendo con él —dijo ofendida por las palabras de la mujer.

—Sí, sí… Amigos. Ya lo sabemos —terció su madre en tono aburrido.

—Siempre igual, Lourdes, me quitas toda la diversión —replicó la primera.

Las dos mujeres bromearon entre ellas dándose la una a la otra un golpecito con la mano en el hombro.

—Mamá, la tía no hace más que chincharme… —añadió quejumbrosa.

—Argh… Yo que solo quería tener un hijo y ahora resulta que tengo dos.

—Por algo eres la mayor, Lourditas. —Raquel compuso una obvia falsa sonrisa que mostraba muchos dientes.

—¡Qué cruz! —replicó su madre levantando la cabeza hacia el techo y poniendo los ojos en blanco.

—Sí —estuvo de acuerdo Vega con ella.

—Tú cállate —recriminó su tía entre risas sin dejar de mirar el perchero que tenían delante las dos hermanas.

—¡Lo tengo! ¿No es perfecto?

Su madre le mostró una prenda a Raquel que ella, desde su posición, detrás de ambas mujeres, no podía ver.

—¡Sí! —respondió la otra entusiasmada—. Y esto le va que ni pintado.

Ella y tía Raquel se llevaban cinco años de diferencia, aunque eran tan parecidas que, en ocasiones, de espaldas, llegaban a confundirlas. El color del cabello era el mismo, el corte por debajo de los hombros demasiado similar, sus gestos, el tipo de ropa que usaban… Eran más que hermanas, amigas. Íntimas.

No eran pocas las veces en las que había llegado a envidiar su relación, poder tener a alguien con quien intercambiar la ropa, el maquillaje, los zapatos… Alguien con quien poder hablar de absolutamente todo y que conociera cada uno de sus secretos y defectos, pero con quien nunca faltaran las risas ni los temas de conversación.

Ah, cuánto tiempo pasó rogando de forma infructuosa a sus padres para que le dieran un hermanito o hermanita… Era hija única, por lo que era evidente que jamás hicieron caso de sus peticiones; no obstante, en la actualidad estaba agradecida por ello. La mayor parte del tiempo. Sin embargo, había días en los que la soledad pesaba demasiado.

—Ten. Venga, vamos. —Las dos mujeres depositaron sobre ella las dos perchas con las prendas y la tomaron del brazo—. El probador está por aquí.

—¿Probador? ¿Yo? ¿Para qué? —La habían tomado por sorpresa y estaba anonadada.

—Para que te pruebes eso —explicó, paciente, su madre.

Con la ropa colgando del antebrazo se detuvo en donde se encontraba con los pies firmes en el suelo dispuesta a no dar un paso más.

—Repito: ¿Para qué?

—Para esta noche —aclaró su tía empujándola dentro del probador vacío más cercano y echando la cortina para dejarla encerrada dentro.

—¿Sabéis que tengo un armario lleno de ropa en casa, no? —dijo en voz lo suficientemente alta como para que la escucharan del otro lado.

—Oh, sí. Cuando queramos ir a una despedida de soltera con camisetas y tejanos lo asaltaremos, mientras tanto… Pruébate eso —zanjó su madre.

—Estabais conchabadas desde el principio —recriminó.

—Ay, esta sobrina mía… ¿No son todas las adolescentes unas fashion victims?

—Los noventa ya pasaron, tía Raquel… —se burló de la mujer desde detrás de la cortina mientras trataba de enfundarse en las prendas que habían elegido para ella.

Cuando se miró en el espejo, antes de abrir la cortina, no podía creer lo que veía. El top color burdeos de manga larga con escote de corazón le enmarcaba los pechos; era ligero y, a pesar de que se le ajustaba al contorno, no le apretaba. El tejido era muy suave al tacto. Por otra parte, la combinación con los pantalones de tejano elástico de tiro alto en negro era un acierto.

Realizó varios movimientos para cerciorarse de que no se vería nada de lo que no quisiera mostrar. Estaba con los brazos en alto, tomándose de las manos por encima de la cabeza, flexionándolos, la cortina fue echada a un lado sin previo aviso y se congeló a mitad del movimiento.

—¿Qué… estás… haciendo? —Las caras de su madre y de su tía eran un libro abierto, estaban confundidas por esa extraña postura.

—Solo comprobaba una cosa —aclaró su garganta y bajó las extremidades al lado del cuerpo.

—Nos lo llevamos —sentenciaron las dos con una sonrisa después de radiografiarla entera con mirada incisiva.

El resto del día lo pasaron en el mismo centro comercial, donde fueron a comprar accesorios y bisutería, hasta un bolso. Comieron en uno de los restaurantes del lugar y cuando ya creía que se irían se encontró sentada delante de un espejo en una peluquería. Las dos mujeres que la acompañaban estaban disfrutando de lo lindo; en cambio, a Vega el tema ese de ir de compras no le atraía demasiado, aunque poder estar con ellas todo el día, las tres juntas, sí.

Su tía Raquel no tenía hijos; después de años de intentarlo y de sufrir un aborto tras otro las pocas veces que consiguió quedar embarazada mediante fecundación in vitro, decidió que ya había tenido suficiente desgaste físico y mental y dejó de hablar de ese deseo no cumplido. Vega suponía que era algo que debía de dolerle, había visto y escuchado muchas lágrimas en casa por esa situación.

No podía ni imaginar qué podría sentirse al querer algo con tantas ganas, con tanta fuerza, y comprobar de la forma más dolorosa que era algo que jamás se haría realidad. Aquel no era un tema tabú en su familia; de hecho,se trataba con mucha delicadeza y respeto, por eso se le cayó el alma a los pies cuando tía Raquel le regaló a los quince años una caja de preservativos, solo por si acaso, rememorando sus propias palabras.

Desde entonces, entre los tampones y compresas que siempre contenía su pequeño neceser, llevaba también dos o tres preservativos. Su tía la trataba como a una hija y en realidad ella sentía como si en lugar de una tuviera dos madres; aún más, recordaba que, desde pequeña, el día de la madre hacía dos regalos iguales en clase.

Llegaron a casa entre risas; las tres se ducharon por turnos y se cambiaron de ropa usando las prendas recién adquiridas. A Vega el escote le parecía demasiado marcado; no obstante, su madre la convenció de utilizar uno de sus sujetadores, de aquellos que hacían un canalillo de anuncio. Al ver el resultado final se quedó sin palabras. Y ella que creía que iba a parecer una niña con la ropa de mamá. Parecía una chica de veinte años o más.

La percepción que tenía de sí misma cambió ligeramente, fue como verse de pronto dentro de cuatro o cinco años en el futuro.

—Toma, ponte estos.

Su madre dejó unos zapatos negros de tacón junto a sus pies. Vega solo se había puesto tacones en contadas ocasiones, claro que, si iba a asistir a una fiesta como la de aquella noche, con deportivas no la dejarían pasar a la discoteca de después, reflexionó.

—Y luego me dirás que me maquille como una youtuber… —murmuró.

—Pues no, pero algo de pintalabios no estaría de más que te pusieras —respondió Raquel apoyada en el marco de la puerta del salón mientras se calzaba.

—Y un poco de rímel de ese que alarga las pestañas —añadió su madre.

—Tienes razón —acordó la otra terminando de ajustar la tira de su zapato—. Voy por él. O mejor tráela al baño, Lourdes.

Terminaron con ella en un momento. No le tenía demasiado aprecio a eso de maquillarse, le parecía fantástico lo que eran capaces de conseguir algunas personas, pero Vega no quería parecer una muñeca Bratz, ni una Barbie, lo único que había cambiado al entrar en la pubertad era que pasó de aplicarse crema solar después de limpiarse la cara por las mañanas a una BBCream que también protegía de los rayos ultravioleta.

Era la única de sus amigas con esos rituales de limpieza de cutis y esa preocupación, pero había sobrados motivos para que así fuera; en la familia se contaban ya dos casos de cáncer de piel y era algo en lo que tanto su madre como su tía habían insistido siempre. Cuidar la piel de todo el cuerpo era una prioridad en su hogar.

Así pues, con la crema hidratante que le daba un poco de color aplicada, las pestañas peinadas con esmero y los labios de un color burdeos que asemejaba el del top ajustado que escogieron para ella, se calzó los zapatos y creció unos buenos cinco centímetros, lo que la convertía en una chica de más de metro setenta.

El pantalón oscuro, también ajustado, hacía que sus piernas parecieran más largas de lo que en realidad eran al combinarlos con los tacones. Tal vez era un atuendo sencillo para la mayoría, pero Vega se veía de lo más sofisticada, adulta.

—Preciosa. —Raquel le lanzó un beso a través del espejo que devolvía el reflejo de las tres.

—No puedo creer lo mucho que has crecido —suspiró su madre con añoranza.

—Son los tacones, mamá… —bromeó componiendo una tierna sonrisa.

—Los tacones, los tacones…

Su madre la empujó fuera del baño con una cara que intentaba ser de fastidio, aunque no lograba su objetivo.

Vega había salido con ella y sus compañeras de trabajo antes, pero en aquellas ocasiones fueron a tomar algo o hicieron una barbacoa en casa de alguna de ellas. Eran un grupo, por lo general, bien avenido. El ambiente en la oficina de su madre era agradable y, si eso era posible, estaba convencida de que se debía, en parte, por la forma de ser de todas ellas. En el futuro también trataría de conseguir tener tan buenas relaciones en donde fuera que trabajara; tener compañeros que pudieran respaldarse, animarse o con los que poder desahogarse parecía algo importante, no solo a nivel personal, también a la hora de llevar a cabo su cometido.

Su padre llegó antes de que tía Raquel y su madre terminaran de maquillarse, esperó a las otras dos mujeres en el salón con él, que se quedó perplejo en el momento en que le puso los ojos encima y vio el atuendo que llevaría esa noche.

—Vaya, estás… Mayor —dijo observándola detenidamente.

—¿Eso es bueno o malo?

Torció la cabeza a un lado, tratando de interpretar las emociones que pasaban por el rostro de su progenitor. Él era el tópico inglés hecho persona, su estoicismo ante cualquier situación hacía difícil saber qué le pasaba por la mente, era algo que le servía a las mil maravillas en lo laboral, pero en casa… Era difícil si uno no sabía reconocer esos microgestos que delataban sus emociones.

—Bueno para ti, malo para mí —respondió él con total franqueza—. Supongo que Raquel y tu madre han tenido algo que ver —suspiró—. Pero qué se le va a hacer, no podrás ser siempre mi niña pequeña.

El rostro de su padre pasó por varios estados desde la sorpresa a la resignación, por suerte para ella conocía al hombre demasiado bien.

—Siempre seré tu niña, papá.

Lo abrazó en un burdo intento de consuelo. Era cierto, quería ser siempre su niña pequeña a pesar de desear también convertirse en una mujer adulta cuanto antes. Suponía que ese tipo de contradicciones eran normales por lo menos en la adolescencia.

—Nos vamos —anunciaron las mujeres saliendo del cuarto de baño.

—Thomas, has llegado. —Su madre se acercó a besar a su marido, que la observaba embelesado, hechizado; como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

En ese momento él la tomó de las manos y le dedicó una mirada de completa admiración. La forma en la que su padre pasaba de ser una persona hermética a ser un hombre con las emociones reflejándose en el rostro siempre la intrigó. Era un cambio que ocurría solo en presencia de su madre, y con ella.

—Esta noche vais a romper muchos corazones —dijo él con evidente orgullo.

—Qué amable de tu parte, cuñado. —Raquel besó la mejilla de su padre—. Haznos una fotografía a las tres juntas —pidió al tiempo que le daba el smartphone—, se la quiero enviar a Ramón.

—¿El tío no va a llegar a tiempo para despedirnos? —preguntó sorprendida.

—No, cariño, últimamente tiene mucho trabajo en el taller.

Mientras hablaban posando para la fotografía, su padre tomó varias instantáneas desde ángulos distintos. Al terminar le dio otro abrazo y les deseó que pasaran una gran noche. En cierto modo se sentía extraña al saber que no regresaría hasta el amanecer por salir de fiesta, pero como lo hacía con su madre y su tía solo esperaba no desentonar con el resto de mujeres y ser capaz de pasarlo bien.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Durante la cena en el restaurante hubo muchas risas, en gran parte por el ambiente que había entre ellas; no obstante, el espectáculo que habían contratado, que consistía en tener un monologuista maestro de ceremonias y un par de actores con mucho salero, hicieron las delicias de todas ellas, que ya estaban predispuestas para pasarlo en grande.

Mientras tomaban el postre las luces se apagaron y un foco se concentró en el borde de las mesas que estaban alineadas en forma de u. Vega se encontraba en el extremo de uno de los dos laterales bebiendo refrescos mientras comprobaba el ritmo vertiginoso en que las botellas de vino se vaciaban. Dejó la cuchara a medio camino de la boca a la espera de lo que sucedería a continuación y entonces un tipo vestido de policía emergió de la puerta de la cocina.

Tuvo que tragar saliva, el «poli» estaba para mojar pan. Lo vio señalar a la novia e indicarle que se acercara y luego ocupara la silla que había arrastrado allí para ella entre los gritos de ánimo de las demás. La cara de Belén era para enmarcarla. Estaba como un tomate; todo su rostro, escote y orejas brillaban como un neón.

Los gritos y piropos a los cuerpos de seguridad y al propio cuerpo del hombre allí presente se sucedieron, así como varias peticiones de detención. De hecho, más de una pidió ser castigada con la porra. Sin poder evitar el azoro que toda la situación le producía, ni el burbujeo nervioso de su interior, comenzó a reír. No podía creer lo que estaba escuchando. Entre la vergüenza y el corte que le daba, la risa se abrió paso.

Aquel fue el primer striptease que vio en su vida y le pareció más embarazoso aún que los comentarios cargados de alcohol y subidos de tono de las mujeres más maduras allí reunidas. En cierto momento, el «policía» se quedó vestido con un minúsculo tanga y, cuando se quiso dar cuenta, le cogió las manos a la novia para ponerlas en su propio trasero.

No contento con eso, le acarició ambos lados del cuerpo resiguiendo cada centímetro con sus grandes manos desde la cabeza hasta los pies de Belén, pudo ver a la perfección que ese desconocido acariciaba los pechos y el culo de la novia que estaba todavía más avergonzada.

Esa escena le revolvió algo por dentro. De repente el espectáculo ya no le agradaba, se le hizo un nudo en el cuello y notaba el sabor de la bilis en el fondo de la garganta. No sabía qué hacer, las demás estaban cada vez más excitadas y no quería interrumpir la diversión y su fiesta, pero le pareció que aquello no estaba bien.

¿Acaso un striptease no trataba solo de eso? ¿De desnudarse y ya? ¿No se suponía que meter mano era algo que no se podía hacer? Por otra parte, lo de tocar debería ir en ambas direcciones.

En el momento en que salió a escena una amiga de la novia, soltera, el juego tomó otros tintes, el stripper sacó una toalla y se colocó delante de ella, de cara a las demás, y comenzó a mover el culo de forma que podían ver los golpes que su pene daba al tejido. Le pareció tan surrealista que apenas se lo podía creer.

Al momento, el hombre se dio la vuelta e instó a la chica allí sentada a posar las manos en sus hombros y manosearle el torso hacia abajo desde ahí; la mandíbula se le desencajó ante el atrevimiento de la mujer que aprovechó para tomar el miembro del falso policía entre sus manos y acariciarlo de arriba abajo repetidas veces.

—¿Está haciendo lo que creo que está haciendo? —susurró su madre lo suficientemente fuerte para que ella y su tía, que la flanqueaban, pudieran escucharlo.

—Sip —respondió Vega, quien tenía una visión de la grotesca escena más clara que el resto de los allí presentes.

—Pues eso parece —contestó su tía.

El hombre ni se inmutó, era más, parecía estar disfrutando. Por suerte aquello terminó y no se volvió a repetir con las otras dos mujeres que salieron a «bailar» con él.

—Pues, actuando un fin de semana con más de un grupo, el chico debe de marcharse bien servido… —silbó su tía.

—¡Raquel! —exclamó su madre con ojos desorbitados debido al comentario—. Una cosa es enseñarle a que se proteja y, otra muy distinta, dejarle ver porno en vivo —espetó la mujer mortificada.

Compartieron miradas entre ellas y, de pronto, una risotada conjunta se escuchó por encima de la música, fue un ataque de risa de aquellos que por más que se deseara no se podía detener. Cómo sería, que incluso el muchacho se volvió a mirarlas.

Después del esperpéntico espectáculo aún tardaron una hora más en abandonar la sala reservada; algunas de las presentes ya daban muestras de estar tambaleándose. Sin duda, la noche prometía. Las guiaron hasta el autocar que las recogió más temprano y allí el ambiente fue en aumento, los nervios del comienzo de la noche habían desaparecido junto con el pudor.

Le costó conciliar la imagen que tenía de aquellas mujeres trabajadoras y, por lo general, tranquilas, con la que estaba viviendo esa velada. Debieron de llegar a destino porque su transporte se detuvo; las puertas se abrieron y comenzaron a bajar de la forma más ordenada que pudieron. Al pisar la calle casi chocó contra su madre que estaba tan quieta como una estatua de piedra, su tía estaba igual; las dos miraban a algún lugar delante de ellas.

—¿Tú sabías algo de esto, Lourdes? —inquirió Raquel sin mirar a la mujer que tenía al lado.

—No. ¿Y tú?

—No tenía ni idea —respondió la primera—. Y ahora… ¿qué hacemos? —Con la última pregunta de su tía, ambas se volvieron a mirarla.

Tenían una expresión entre anonadada y asustada que le provocó un escalofrío e hizo que temiera lo peor.

—¡Vamos, todas a dentro! —gritó con entusiasmo desmedido la mujer que había organizado aquello.

—¿A dónde? —quiso saber Vega buscando con la mirada el lugar que había petrificado a su madre y a su tía instantes antes y se encontró con un cartel donde se veían torsos de hombres al descubierto y la palabra striptease refulgía en neón rojo.

—Oye, Mercedes. —Su madre enganchó a una de sus amigas del brazo y la atrajo hacia sí—. ¿Tú sabías algo de esto?

—No; pero vamos, Ana Mari dijo algo de cena, espectáculo y discoteca. —La mujer con la cara colorada debido a la excesiva ingesta de alcohol se alejó bamboleándose más de la cuenta hacia el lugar donde el grupo se estaba reuniendo junto a las puertas del local.

En una esquina del cartel podía leerse en negrita que los menores de dieciocho años tenían la entrada prohibida. Tragó saliva.

—Pues eso —decía su madre—, cena y espectáculo que es lo que hemos tenido en el restaurante. Y discoteca. Ahora toca la discoteca, ¿no?

—Pues me parece, Lourditas —terció tía Raquel—, que esta noche vamos a tener doble ración de espectáculo.

Entendiendo el brete en el que ahora se encontraban, Vega comenzó a sudar. ¿Y si le pedían el carné de identidad y no la dejaban pasar y tenía que quedarse fuera mientras ellas estaban dentro? En su mente ya podía ver las luces del coche de policía que venía por ella por intentar entrar en aquel lugar.

—A ver, no creo que le pidan la documentación, no parece menor de edad —reflexionó su progenitora.

—Y tampoco es que se vaya a escandalizar —argumentó su tía.

—No —añadió su madre—. Y tampoco es que no haya visto nunca a un hombre desnudo.

No sabía si trataban de ser pragmáticas, de convencerla o de hacerlo ellas mismas, pero entendió que ese era un buen momento para mantenerse en silencio.

—Claro —apoyó tía Raquel—, y después de ver a Trini hacerle una manola al de antes en mitad del restaurante…

Las tres volvieron a reír, el hecho era que ninguna terminaba de creer aún lo que habían presenciado horas antes.

—Está bien —resolvió su madre enderezando la espalda—. Tú quédate entre nosotras para pasar, no creo que te pidan nada. Y actúa normal —advirtió.

—Claro, tú haz como que estás harta de venir a estos sitios —aconsejó Raquel detrás de ella mientras la empujaba hacia el grupo.

Vega observó al resto de mujeres, sus caras parecían las de cualquier niño en una juguetería después de decirle que podía elegir aquello que más deseara.

—Tampoco creo que… —empezó a decir.

—Tampoco es eso, a ver si ahora se van a pensar que la niña es una pervertida —respondió su madre cortando el argumento de su hermana—. Bien, espalda recta y sonrisa.

En el momento en que el grupo comenzaba a entrar Vega sentía el sudor cayendo por la columna; el calor acudió a su rostro de tal modo y comenzó a respirar tan deprisa que pensó que, de un momento a otro, se iba a desmayar. Si le pedían la documentación estaban perdidas, era en lo único en lo que podía pensar en ese instante.

Antes de que se diera cuenta, el hombre de la puerta le colocaba un sello en la mano y le guiñaba un ojo. Pasó del pánico más absoluto al alivio inmediato. Alguien las recibió y guiaba a Belén, que encabezaba la comitiva con todo su séquito detrás, hacia unas puertas dobles que se veían grandes, robustas y pesadas; como las del auditorio de su instituto.

Una vez que las abrieron para ellas, el sonido de la música lo llenó todo, la pulsación podía sentirse en el suelo, el aire, las paredes e incluso en su cuerpo. Entraron a una sala diáfana con mesas bajas y reservados a ambos lados de un escenario que disponía de una pasarela en el centro. Fue como aterrizar en otro planeta.

—Parece el escenario del programa ese —le susurró Raquel al oído colgándose de sus hombros.

—Espero que no haya cámaras —murmuró ella para nadie en particular.

Alcanzaron el reservado que les tenían preparado con una copa de champán de bienvenida servido de forma diligente por un chico cuyo atuendo consistía en pantalones y zapatos negros y un cuello de camisa de color blanco con un botón negro. Solo el cuello. Y los puños, alcanzó a ver mientras servía. El resto de la parte superior de su cuerpo estaba al aire.

Miró alrededor y se percató de que todos los camareros eran hombres musculados que vestían igual. Escuchó murmurar a una mujer que aquello era el paraíso, y por el momento le costaba no estar de acuerdo con esa afirmación.

—Menudo uniforme.

Se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta cuando los ojos del camarero se cruzaron con los suyos y le guiñó uno con picardía ante la atónita mirada de las dos mujeres que más quería en este mundo. Pudo sentir el modo salvaje en que la sangre acudió a su cabeza tras su desliz verbal.

 

 

—Esto es como estar metidas dentro de la película esa —aulló tía Raquel mientras volvía a ocupar su asiento con una cara completamente resplandeciente después de haber tenido que participar en uno de los espectáculos de la noche.

Debía añadir que la palabra vergüenza no era algo que la acompañara. Varias de las mujeres que conformaban aquella despedida, y de otros grupos que podía distinguirse claramente que también estaban de celebración, tuvieron el dudoso honor de haber sido elegidas para ocupar un lugar en el escenario mientras apuestos y musculados hombres bailaban y se desnudaban acompañados por el griterío fervoroso del local.

Tenía que admitir que en esta ocasión sí se estaba divirtiendo con las distintas actuaciones; además, los bailarines de aquel lugar eran mucho más guapos que el falso policía que había acudido al restaurante. Allí se percató de que no todos tocaban a las clientas. Eso sí, poner las manos de las mujeres sobre ellos y hacer que los acariciaran parecía ser la norma; aunque aquí la situación no se desvirtuaba, nadie atacó al paquete de los strippers.

¿De dónde sacarían a esos hombres? Eran mejores que cualquier modelo de los que podían encontrarse en revistas. ¿Habría alguna agencia de modelos macizos a los que les gustara desnudarse? Porque eran a cada cual más guapo. Altos, bajos, morenos o rubios, incluso vislumbró un pelirrojo; cada uno con la musculatura de mayor o menor envergadura, todos con su tabla en el abdomen. Parecían esculpidos en piedra o mármol.

—Estos no te los encuentras en el supermercado —vociferó María, otra compañera, sentada junto a su tía, entusiasmada cual niña en un parque de atracciones, comiéndose con los ojos a cuanto varón descamisado se movía por el local.

No podía dejar de pensar en que si el lunes explicaba algo de aquella noche en el instituto nadie la creería, ¿quién iba a hacerlo? Ver a todas aquellas mujeres gritando como energúmenas a chicos que, en algunos casos, podrían ser sus hijos y, en otros, incluso sus nietos… Era escalofriante. Demasiado.

De pronto un parpadeo de luces y el sonido de un trueno cruzó la sala haciendo que las clientas se miraran entre ellas y alrededor. La voz que escuchaban cada vez que se presentaba una nueva actuación retomó la palabra en ese momento; anunciaba el próximo número como el de la llegada de un dios después de un tiempo de retiro.

La multitud comenzó a murmurar al tiempo que se mantenía expectante mientras las luces giraban de un lado a otro entre el escenario y las mesas. El presentador anunció la necesidad de hacer una ofrenda al dios para que estuviera de buenas y no decidiera exterminarlos a todos. Para ello los camareros pasearían entre el público en busca de una de las mujeres de la sala para ofrecérsela. Las luces se detuvieron sobre ella.

Vega tragó saliva al tiempo que el local empezaba a aplaudir y a silbar mientras su cerebro se paralizó de miedo. No, ella no podía subir allí. Su mirada se desvió hacia su madre que tenía una cara de circunstancias que debía de ser idéntica a la suya; el resto de la mesa reía y la felicitaba por su suerte; sin embargo, ella solo quería que la tierra se la tragara.

La mano extendida de uno de los camareros le indicaba el camino. Su madre afirmó con la cabeza tratando de alentarla, supuso, y la tomó. El local se llenó de vítores y aclamaciones al tiempo que el presentador pedía un aplauso para la ofrenda. Y así era exactamente como se sentía en aquel momento, como una presa dirigiéndose a las fauces de una peligrosa bestia.

La guiaron hasta el escenario. Los hombres descamisados que trabajaban sirviendo las mesas le hicieron un pasillo como si le guardaran respeto mientras subía los peldaños de la escalera. Bien podía tratarse de un sacrificio ritual, solo que Vega no era virgen, ya no. Una vez allí, el presentador anunció que debía sentarse en el trono que hacía aparición en ese momento y que, como toda ofrenda que se preciara, debería tener los ojos vendados.

Eso disparó su pánico a todos los niveles. ¿Los ojos vendados mientras todos los demás veían lo que ocurría a su alrededor? La pesadilla de todo adolescente hecha realidad. Un stripper, que reconoció de un número anterior, le sonrió con lo que le pareció afecto antes de cubrir sus ojos con un antifaz que no dejaba ni un solo hueco por donde atisbar el más mínimo detalle.

Acto seguido la instaron a sentarse y a permanecer tranquila y quieta.

—Como si pudiera —murmuró.

La música comenzó a sonar de forma lenta, era algo salvaje, casi tribal, ancestral. El retumbar de los truenos regresó y fue consciente del temblor en la silla debido al estruendo. Sus sentidos comenzaban a intensificarse. El público guardaba silencio. Podía sentir el nerviosismo y la expectación en la sala más alto que el suyo propio.

Entonces la música cambió, comenzaba a tener un ritmo más lento y sensual, sinuoso. Era una melodía que incitaba, que inducía a un estado de ánimo que hablaba de predisposición. Continuaba nerviosa solo de imaginar qué podría suceder a continuación.

—¡Ánimo, niña!

Alguien gritó desde su mesa; la voz le resultó familiar, sin duda el alcohol tenía mucho que ver. El resto de la sala aplaudió y silbó. Era como si ellas también percibieran su incertidumbre. El presentador retomó la palabra en el momento en el que un olor familiar comenzaba a extenderse, era el de aquella falsa niebla que solían usar en los conciertos, estaba segura. ¡Si solo pudiera ver qué sucedía!

La llegada del dios del Trueno se anunció y Vega no pudo evitar la imagen mental que aquel título le produjo: la de un nórdico, alto, robusto y peligroso. Imponente. Extrañamente, la sala parecía haber quedado en silencio, no se escuchaba nada después de los aplausos tras la presentación y entrada en escena del supuesto Thor.

El presentador acompañaba la música y lo que debía de ser la escena que todos veían con tono bajo, reverencial; mencionando el acercamiento del dios hasta su ofrenda. Sintió una mano en el hombro y las palabras salieron solas de su boca:

—Como me toques donde no debes, ni dios del Trueno, ni martillo sagrado, te pondré los huevos de corbata —amenazó con firmeza.

Él no respondió; no obstante, escuchó una risa contenida junto a la oreja. La respiración del hombre movió su cabello ligeramente y algo le acarició la piel del cuello y clavícula hasta el brazo. Pocos segundos después sentía el leve contacto en su otro hombro, parecía estar rodeando la silla en la que permanecía, reflexionó.

Se dio cuenta de lo tranquila y calmada que estaba, era como si allí no hubiera nadie más que ella y aquel misterioso hombre llamado Thor. Y la música. Esa música que se metía en los huesos y llenaba el cuerpo de sensualidad. Una caricia, que recorrió su brazo izquierdo desde el cuello, le arrancó un suspiro inesperado.

Sintió el calor y el peso de dos manos, grandes, firmes, en sus rodillas; por la posición de las mismas dedujo que el hombre debía de encontrarse justo delante de ella. Sin poder evitarlo lamió sus labios que de un instante a otro se habían resecado tanto como el interior de su boca; al momento percibió el calor bajar por las pantorrillas hasta su tobillo.

Le tomó el pie por el talón e hizo que levantara la pierna unos centímetros, se la estiró. Cada contacto que notaba, que experimentaba, le ponía la piel de gallina, la excitaba, y eso que solo estaba rozando sus piernas. De algún modo, aquel sensual contacto hacía que su autoestima aumentara. Era como si alguien estuviera adorando cada parte de su cuerpo, cada extremidad.

La calidez se fue trasladando de una pierna a otra, de un brazo a otro; de vez en cuando sentía una caricia en el cuello, una respiración entrecortada y masculina en la coronilla o en los hombros. Reconoció el calor que crecía en su cuerpo como la excitación sexual que aquella situación le producía. De prolongarse mucho más cada célula de su ser podría entrar en combustión de forma espontánea.

No comprendía muy bien cómo, sin ver al dios, estaba comenzando a desear que continuara; que la tocara más, que la poseyera. ¿Se estaba volviendo loca? Malditas hormonas adolescentes, el mal trago que le estaban haciendo vivir con un completo desconocido. Al perder la capacidad de ver conseguía discriminar entre el olor que emanaba de aquel hombre, un aroma masculino, intenso, desodorante mezclado con algo que no lograba identificar. Tan envolvente como atrayente.

El presentador hablaba con un tono bajo, como si no se atreviera a romper aquella suerte de hechizo que se había creado en el que solo ella y el misterioso hombre desconocido se encontraban; anunciaba con sus palabras que la actuación estaba próxima a terminar, eso entendió cuando escuchó que el dios parecía satisfecho con su ofrenda.

Entonces notó que le tomaban las muñecas y le hacían extender los brazos hacia los lados, era una marioneta en esos momentos. El calor junto a su cara y la parte exterior de los muslos le permitió imaginar la postura del hombre: de pie, con las piernas abiertas sobre ella. Acto seguido, Thor le condujo las palmas al torso. Menudos pectorales, pensó para sí.

Vega no movió un solo músculo; aturdida por lo que ocurría, temerosa de lo que pudiera pasar. Quizás fue la falta de participación por su parte lo que provocó que él pusiera las manos sobre las de ella, quemándola con su ardoroso contacto, y la instó a bajar por su cuerpo.

Cada bulto que sintió le ofrecía una imagen de lo que tocaba que la hizo salivar, tuvo que tragar cuando su garganta amenazaba con cerrarse. El cuerpo que sus manos tocaban era puro pecado: fuerte, terso, grande. Él la guio hacia los lados de su abdomen hasta los trabajados muslos, menudos músculos había allí también.

Entonces le apartó las manos. El vacío se sintió demasiado profundo; de pronto el frío la invadía, él se había alejado. En ese instante sintió un beso en la mandíbula, debajo de la mejilla derecha, y de forma involuntaria ahogó un jadeo. Su corazón latía desbocado a esas alturas de la función.

Thor le tomó la mano de forma caballerosa, sintió la caricia de su pulgar en el dorso al tiempo que tiraba de ella pidiéndole sin palabras que se levantara. Hizo lo que se le solicitaba y el calor regresó a su cuerpo. Retiraba la venda, estaban tan cerca que sus respiraciones se entremezclaban, sentía el calor del torso masculino, sus manos hormigueaban por acariciarlo, pero no podía dejarse llevar por el impulso y se contuvo.

La vista le fue devuelta; liberada, parpadeó de forma automática y alzó la cabeza, pues se dio cuenta de que estaba mirando las botas de la persona que tenía enfrente. Sin duda, se trataba de un hombre imponente. Su mirada recorrió de manera inconsciente cada parte que sus manos habían tocado hasta llegar al rostro. El frío que la atravesó de golpe al encontrar sus ojos fue mortal.

Cada brizna del fuego que se había encendido en su interior se esfumó al instante. Y la sorpresa en la mirada de él indicaba que los dos habían experimentado la misma sensación. Ninguno se movía. Vega solo podía mantener su mirada en la de él mientras sentía que un terrorífico abismo congelado la engullía.

¿¡Qué estaba ocurriendo!?

¿Por qué Thor, el dios del Trueno, se parecía tanto a Javier, su profesor de sociales? No, no se parecía…

¡Era su profesor!

La estupefacción del hombre, ataviado con una peluca rubia y una barba postiza del mismo color, no podían esconder ese hecho. No se trataba de una confusión.

En su estupor perdió la noción del tiempo y no tuvo demasiado claro lo que ocurrió a continuación, pero la posición de su cuerpo petrificado resultó inclinarse; Thor la cargaba en el hombro y la llevaba fuera del escenario, hacia la parte de atrás, mientras el presentador decía al público que el dios debía de haber quedado en verdad contento con su ofrenda y que por eso ahora se la llevaba, para poder disfrutarla.

Los vítores y aplausos del local la sacaron del estado de catatonia en el que había entrado en el momento en que divisó la cara del stripper. La dejó en el suelo entre bambalinas y en un intento por entender qué era lo que estaba ocurriendo se volvieron a mirar con fijeza, estudiando cada uno las facciones del otro.

—¿¡Qué haces tú aquí!? —exclamaron los dos al mismo tiempo.

El horror debía de dibujarse en la cara de él por debajo de la barba postiza del mismo modo en que, estaba segura, se reflejaba en la suya propia.