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¡Embarazada... del hombre que más odia! Durante el día, Sylvie Jones libra una batalla implacable por preservar el legado de su familia frente a Christos Onassis, el hombre decidido a arrebatárselo todo. Por la noche, en cambio, encuentra refugio en los mensajes anónimos y cada vez más íntimos que comparte con un desconocido que poco a poco se convierte en su salvación. Tras un enfrentamiento especialmente amargo con Christos, Sylvie se deja llevar por la osadía y acepta un encuentro apasionado en Nueva York, sin revelar su identidad. Pero las consecuencias de esa noche la sorprenden por completo: está embarazada, y su amante secreto no es otro que Christos Onassis. Y lo peor es que, a pesar de todo, su corazón late con fuerza cada vez que él afirma que ningún hijo suyo nacerá fuera del matrimonio.
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Seitenzahl: 182
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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28036 Madrid
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© 2025 Millie Adams
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Su amante misterioso, n.º 3213 - febrero 2026
Título original: After-Hours Heir
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9791370172398
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Cuando Sylvie Jones entró en su apartamento, se quitó los tacones de una patada y dejó el maletín a un lado mientras sacaba el móvil del bolsillo y entraba en la cocina.
Ya casi era la hora.
Estaba furiosa y nerviosa. El trabajo no había ido bien. Sentía cómo la junta se volvía contra ella, cada vez más hostil.
Ella no era su padre.
Él había intentado fusionarse con Culver Books, pero RedMedia lo arruinó todo al acusarlos de violar las leyes antimonopolio. Antes de eso, ya habían estado reestructurando la editorial, y lo que quedaba no era más que un puñado de restos.
Poco después, Culver Books adquirió Martin & Burke y dio origen a una enorme editorial que devoró a su competencia, incluida Jones & Abbott.
Su padre apenas había comenzado a reconstruir la empresa cuando murió, y ella había trabajado duro para sacarla a flote. Sin embargo, comenzaba a percibir una amenaza latente, algo vinculado a RedMedia y a su enigmático y atractivo dueño.
Pero eso ahora no importaba. A salvo en su diminuto apartamento, con un montón de sobras de comida en la nevera, prefería pensar en otras cosas.
¡Din!
Baby: A veces los horarios me resultan un fastidio.
Vio el mensaje en la pantalla de su móvil y su corazón casi se salió del pecho. Era él.
El hombre al que solo conocía como Baby. El hombre con el que llevaba cinco meses enviándose mensajes. El hombre del que se estaba enamorando sin haberlo visto jamás.
Kid: ¡¡¡Los horarios pueden irse al infierno!!!
Se rio mientras enviaba el mensaje y abría la nevera. Su móvil sonó de nuevo.
Baby: Pero tú mantendrás el tuyo. Mañana, pasado mañana y el siguiente…
Le envió un emoji de dedo corazón levantado y empezó a calentar las sobras. Él tenía razón, claro. Porque era ella quien cargaba con la responsabilidad de mantener la empresa funcionando, aunque en realidad apenas era una directora ejecutiva por herencia… incluso cuando la editorial llevaba su propio nombre.
Baby: ¿Te he ofendido?
Resopló mirando el móvil.
Kid: No te importa si me ofendes.
Baby: Me importa muchísimo, Kid.
El apodo surgió por una referencia a una canción, cuando ella bromeó diciendo que lo suyo era una aventura prohibida. En ese momento le había parecido muy divertido… Pero ahora, cada vez que lo recordaba, sentía cómo el estómago se le tensaba.
Kid: Te importa porque temes que no te envíe mensajes sexys luego. Aunque, siendo justos, podrías conseguir un chatbot de IA para que te excite.
Baby: No serás uno, ¿no?
Se mordió el labio y apretó los muslos mientras se giraba hacia el microondas y sacaba las sobras. Luego las llevó al sofá, junto con el móvil, su portátil y una copa de vino.
Cambió al portátil para poder escribir más rápido.
Se lo imaginó haciendo lo mismo.
¿Llegarían a hablar por teléfono alguna vez? ¿Videollamada? Tenía tantas reservas sobre alterar lo que tenían.
Lo que tenían parecía tan frágil, fuera lo que fuese.
Había encontrado un móvil en la calle después del peor evento editorial al que recordaba haber asistido. Estaba saliendo furiosa del edificio cuando vio un teléfono tirado en la acera mojada, iluminado. La lluvia había impedido que la pantalla se bloqueara.
Lo recogió y se dio la vuelta hacia el hotel para entregarlo, pero algo la detuvo.
No había fisgoneado, pero abrió los mensajes e inició uno nuevo:
Soy la chica que encontró tu móvil, espero que lo recuperes.
Se lo envió a sí misma desde ese teléfono, solo para ver qué pasaba.
Al día siguiente, recibió un mensaje.
Número desconocido: Definitivamente, esta es la forma más original en la que he conseguido el número de una mujer.
Y así comenzó todo.
Era como enviar palabras a un vacío seguro. No le contaba nada sobre sí misma y, sin embargo, le contaba todo.
Sin identificarse, solo mantenían conversaciones filosóficas profundas. Y… sexo virtual. Algo que nadie creería dado que Sylvie era una chica virgen de veintipocos años.
Pero ¿a través de los mensajes? Había hecho muchas cosas. Escandalosas.
El «sexo» entre ellos era genial. Pero también lo era todo lo demás.
Kid: A veces me pregunto si odio mi trabajo. ¿Alguna vez te lo preguntas?
Su respuesta no se hizo esperar.
Baby: No. Lo vivo. Lo cual no es lo mismo que amarlo, supongo, pero es lo que le da sentido a mi vida.
Kid: Te entiendo. También le da sentido a la mía, o supongo que nací con ese propósito y ahora no sé cómo vivir sin él, pero algunos días quiero quemarlo todo y empezar de nuevo. ¿Te parece razonable?
Baby: El incendio provocado siempre es razonable.
No dijo nada más durante un rato.
Baby: Si lo odias, ¿por qué seguir?
Kid: No sé quién sería sin él.
Baby: Nunca me has dicho a qué te dedicas, y sin embargo siento que te conozco. Lo que significa que no necesitas tu trabajo para ser quien eres.
Eso la ablandó más de lo que debería.
–Ojalá estuvieras aquí –dijo en el silencio de su apartamento en lugar de escribirlo. Cuando hablaban escuchaba su voz en su cabeza. Suave y agradable. Así lo imaginaba. Por alguna razón, con cabello castaño claro y gafas, alto y delgado. El tipo de hombre intelectual apuesto como un personaje de dibujos animados.
En lugar de ponerse lacrimógena, terminó su cena y apartó el bol. Se puso una manta sobre el regazo mientras se acurrucaba y acercaba el portátil.
Kid: Si estuvieras aquí, te besaría por lo que acabas de decir.
Eso era mejor que un triste y melancólico: «Ojalá estuvieras aquí».
Baby: Yo haría algo más que besarte.
Arqueó ligeramente las caderas, una respuesta a la inquietud que sentía entre los muslos.
Baby: O tal vez se trate más bien de dónde te besaría.
Soltó una bocanada de aire y recostó la cabeza en el brazo del sofá. Iba a acabar con ella. No sabía por qué las palabras escritas de un hombre al que nunca había visto la excitaban más que ningún chico que hubiera conocido.
Sus veintitantos se habían esfumado entre los problemas económicos de su familia y la pérdida de su padre. Aun así, sabía que, si de verdad hubiera querido salir con alguien, habría hallado la forma. Después de todo, había encontrado tiempo para sentarse a tejer…
Baby: Primero en tus labios, por supuesto. Pero luego te besaría el cuello.
Deslizó la mano entre los muslos.
Baby: Te desnudaría y te besaría los pechos, bajando por tu estómago, hasta el centro de tus muslos. Pero eso no sería suficiente.
¿Cómo podía estar seguro? Ni siquiera sabía si era guapa. La idea de conocerlo la aterrorizaba. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si las pelirrojas de talla mediana con el cabello encrespado no eran su tipo?
Baby: Te metería dos dedos mientras te como.
Kid: Sí. Sí. Sí.
Al principio la avergonzaba. Pero ahora se dejaba llevar. Por él. Por todas las cosas sucias que le decía.
Kid: Cuánto lo deseo. Sigue, por favor.
Y él le contó exactamente cómo la tomaría, en detalle.
Su liberación llegó rápida y ardiente, y si alguien hubiera estado allí para ver lo fácil que le resultaba llevarla hasta ese punto con solo pulsar unas pocas teclas, habría muerto. Pero ese era su secreto.
Baby: No hago cosas como esta.
Kid: ¿Y crees que yo sí?
Baby: No lo sé, quizá tienes diez hombres a tu disposición.
Kid: Solo a ti.
Se quedó mirando el cuadro de texto. Aparecieron puntos suspensivos: él estaba escribiendo de nuevo.
Baby: Soy un hombre muy poderoso, ¿sabes? Que esté aquí sentado escribiendo estas cosas cuando podría simplemente llevarme a una mujer a la cama… No lo entiendo.
Algo en sus palabras la golpeó, fuerte y directo. Hizo que su corazón latiera más rápido.
Kid: ¿Un hombre muy poderoso? ¿Eso provoca algún tipo de respuesta especial en las mujeres?
Baby: Normalmente consigo lo que deseo con facilidad. No me embarco en meses de conversaciones solo para escribir fantasías que podría estar viviendo fácilmente.
Era incapaz de escuchar esas palabras con la voz que había creado para él, y no lo entendía.
En su mente, ahora sonaba duro. Su voz tenía filo.
Kid: Por respeto a tu poder, ¿qué tal si me arrodillo y me pongo a tu servicio?
Christos Onassis no se había tocado tantas veces desde que era un adolescente con las hormonas revolucionadas. Y sin embargo se encontraba persiguiendo su liberación mientras leía las palabras que llegaban rápidas en la pantalla del ordenador.
Aquello era una anomalía. Una atrocidad.
Se imaginó a una mujer que no deseaba imaginar. Con su salvaje cabello rojo cayendo desordenado sobre los hombros mientras se arrodillaba ante él. No pretendía imaginarlo, y quizá por eso le resultaba tan excitante.
A Christos pocas cosas se le resistían en la vida. Contaba con dinero y poder, era alto y atractivo, y eso le abría con facilidad la puerta –o la cama– de cualquier mujer que deseara. Tras una infancia marcada por la lucha por sobrevivir, aquella abundancia de facilidades empezaba a resultarle casi tediosa.
Había perdido su teléfono después de un evento editorial que le pareció insoportablemente aburrido, y estaba furioso cuando por fin lo recuperó. Entonces vio aquel mensaje enviado desde su número. Movido por una curiosidad que no solía permitirse, decidió mandar otro directamente a ese mismo contacto.
Al principio le había parecido un juego inofensivo. No imaginó que aquel intercambio anónimo de pensamientos e ideas se volvería tan adictivo. Mucho menos que desembocara en una relación sexual, sin siquiera haberse visto o enviado una sola fotografía.
Algo peligroso, sobre todo en momentos como ese.
Cuando era tan fácil imaginarla.
Altiva y desafiante… hasta que se rendía ante él, entregándole todo lo que quería.
Su liberación fue intensa, repentina. Abrasadora.
Si se detuviera a pensar en lo absurdo de la situación, tal vez sentiría vergüenza. Pero no lo hacía. No veía absurdo alguno, y la vergüenza era una emoción que no conocía.
Mientras hablaban, todo tenía sentido. Después, solo quedaba un silencio pesado y la certeza de que ella no estaba allí.
Kid: ¿Qué te ha parecido?
El mensaje iba acompañado de un emoji guiñando el ojo. Era tan… No sabría ni cómo describirlo. No sabía qué pensar de aquello. De ellos.
Ella no tenía la menor idea de quién era él, y justamente por eso lo trataba de una forma que nadie más se habría atrevido.
No sabía si era rico, ni cómo era de alto.
Él le había dicho que era poderoso. Y ella simplemente se había reído.
Baby: Casi me mata.
No había motivo para no ser sincero. Era extraño, casi desconcertante, poder hablar con alguien así, sin preocuparse por ocultar partes de sí mismo.
Podría conocerla.
Pero eso lo arruinaría todo.
En cuanto supiera quién era, nada volvería a ser igual. Como propietario de RedMedia y uno de los hombres más ricos del mundo, su imagen era bastante reconocible.
Y no era una imagen muy buena. Aunque aquello nunca había sido un obstáculo: ese aire peligroso, casi prohibido, parecía atraer aún más en una época en la que muchos fingían despreciar a los ricos, cuando en realidad solo ansiaban pertenecer a su mundo.
No creía en las relaciones. Nunca repetía con nadie.
Después de tantos meses, sabía que, si daba un paso más, ella quedaría atrapada en su vida. Y a él no le interesaba eso lo más mínimo.
Kid: Realmente eres tan poderoso, Baby.
Baby: Y tú eres una mocosa.
Kid: Podrías azotarme.
Sintió que su cuerpo se excitaba de nuevo. Y ella ni siquiera estaba allí.
Baby: Si te azotara, no podrías sentarte durante una semana. Tendrías que pensar largo y tendido sobre cuánto te importa tu trabajo, ya que estar en tu escritorio sería una tortura. O quizá simplemente te visitaría en tu trabajo y te tomaría sobre tu escritorio.
Se preguntó si estaba yendo demasiado lejos, por alguna razón, aquella noche se sentía nervioso con ella.
Kid: Eso estaría bien.
Pero, a medida que la fantasía cobraba forma, no quedaba duda: estaba imaginando a una mujer. Solo a una.
¿Era posible que, cada vez que hablaba con Kid, fuera su rostro el que imaginaba detrás de las palabras?
Porque mientras escribía, dejando que la mente creara su propio escenario, la figura que veía doblada sobre el escritorio –su espalda arqueada, su piel brillante bajo la luz– era inconfundible.
Era la misma mujer que intentaba arruinarle los planes.
La misma cuya empresa estaba a punto de absorber.
La misma que no tardaría en caer.
Sylvie Jones.
Sylvie estaba agotada a la mañana siguiente, como si realmente hubiese pasado la noche teniendo sexo, en lugar de intercambiando mensajes eróticos con un desconocido.
Tomó un sorbo de café mientras entraba al vestíbulo de la editorial y pasó la tarjeta frente al ascensor.
Tenía una reunión ese día e intentaba relajarse pensando en Baby. Era un nombre estúpido. Ojalá conociera su nombre real.
Ojalá pudiera tener sus manos sobre ella.
Había tantas razones para no hacerlo. Primero, se estaba ahogando en su trabajo. Segundo, no era una mujer elegante y refinada.
Solo sabían cosas vagas el uno del otro. Las conclusiones que había sacado sobre él se basaban en cómo se mostraba al escribir. Sabía que trabajaba mucho, como ella, así que había deducido que estaba inmerso en el mundo empresarial.
Él no sabía quién era su madre. Ella sí. Y aunque no debería tener nada que ver con lo que estaba ocurriendo, se sentía como si su presencia todavía pesara en el aire.
«¿Vas a terminarte todo ese plato?».
«Puedo conseguirte una cita con mi estilista, Sylvie. Te vendría bien un tratamiento de queratina para controlar ese encrespamiento».
«Deberías hacer algo con esa hiperpigmentación».
Después de ese comentario, se había quedado mirándola. Le tomó un momento descubrir que con «hiperpigmentación» se refería a sus pecas.
Sylvie se parecía a su padre. Pelirroja, baja, de talla mediana, con mejillas que se ponían muy rojas cuando estaba enfadada, emocionada o acalorada.
Sylvie no quería saber qué había atraído alguna vez a su madre hacia su padre. Pero lo que fuera que hubo se había agriado, y Sylvie nunca estuvo segura de si su madre criticaba su aspecto porque le recordaba a su exmarido o si simplemente pensaba que era poco atractiva.
De cualquier modo, había destrozado su autoestima.
Y eso influía en cómo se sentía respecto a la posibilidad de conocer a su hombre misterioso. No podía soportar la idea de conocerlo un día y que la primera vez que viera su rostro se sintiera decepcionado.
Su corazón latía demasiado rápido. Su mente no paraba. La reunión. La noche anterior. La euforia de su secreto. La realidad del trabajo.
El pensamiento de lo decepcionado que estaría su padre si no lograba salvar la empresa. Y luego, inevitablemente, la forma en que su madre siempre parecía insatisfecha, sin importar qué hiciera.
Tenía demasiados pensamientos dando vueltas en su cabeza mientras el ascensor subía.
Entró satisfecha al ver que era de las primeras en llegar. Avanzó por los pasillos estrechos hasta su oficina, esa que muchos en la empresa aún pensaban que no merecía ocupar.
Una oficina que, en parte, tenía gracias a su padre.
Era verdad. Pero también lo era que había comido, dormido y respirado aquella editorial desde que era adolescente. Había crecido entre esas paredes. De niña, solía sentarse debajo del escritorio de su padre, escuchándolo hablar sobre libros, márgenes de beneficio y distribuidores.
¿Le habían dado algo que quizá no habría conseguido por sí misma? Sí.
Algunos días le costaba sentir que lo merecía. Pero sabía que nadie conocía la empresa mejor que ella. Porque no la criaron en una burbuja para heredar la empresa: la criaron dentro de la editorial y para ella.
Cuando su padre murió, fue ella quien la sacó a flote.
Ahora, cinco años después, la junta parecía haberlo olvidado. Ya no la veían como una niña prodigio, sino como otra heredera cualquiera. Podía sentirlo.
Y esa era la historia de su vida. Siempre decepcionante.
Empujó la puerta de su oficina y se detuvo en seco.
Allí estaba él. Vestido con un traje oscuro, de pie, dándole la espalda. Su pelo negro peinado de manera elegante e implacable, como todo en él. Con la luz del sol iluminándolo, podía ver que tenía algunas canas.
Pero no eran defectos. No. Christos Onassis no tenía defectos.
Por supuesto, había llegado a su oficina antes que ella. Así era él.
Hizo todo lo posible por no repasar, una vez más, cada encuentro que había tenido con él en los últimos doce años. No había motivo para hacerlo.
Y, aun así, su mente volvía a recordar. Una y otra vez.
Temía verle la cara. Y, como si él percibiera esa inquietud, se giró despacio.
Entonces, sus miradas se cruzaron.
Estaba frente a su enemigo, el único capaz de congelarla por completo con su sola presencia.
Recordó la vez que su padre la había llevado a la iglesia. El sacerdote hablaba de cómo Satanás había sido el ángel más hermoso de Dios; de cómo su deseo de adoración lo había condenado a caer.
Christos Onassis –irónicamente llamado así– le parecía más cercano a Lucifer que a Cristo.
Hermoso, con una perfección casi sobrenatural.
Arrogante, como si él también creyera merecer la devoción de todos los que lo miraban.
Sus ojos, tan oscuros que casi parecían negros; las cejas definidas sobre una piel morena impecable; los rasgos esculpidos con precisión. Pómulos altos, mandíbula firme. Solo su boca parecía tener el potencial de suavizar un rostro así.
Y, aun así, nunca lo había visto sonreír sin que se le erizara la piel.
Cuando lo hacía, pensaba en un tiburón: no había nada tranquilizador en esa sonrisa.
Pero no era solo su belleza lo que la perturbaba. Era la reacción visceral, incontrolable, que sentía cada vez que lo veía desde que tenía diecisiete años.
Lo más cercano a eso era la conexión que tenía por mensajes con un hombre al que nunca había visto.
Esa idea solía reconfortarla: la posibilidad de conectar con alguien amable, ajeno a esa respuesta física tan intensa.
Pero ahora, con el recuerdo todavía vivo de la conversación subida de tono, la sensación ardiendo aún en su piel, sabía que era solo un problema más.
Muy muy malo.
–Buenos días, señorita Jones –dijo él con voz suave.
Era un hombre conocido por su implacabilidad. Por su frialdad. Nunca había intentado volverse más aceptable en un mundo que tendía a odiar a los ricos, sin importar cuán amables fueran.
Llevaba la etiqueta de villano con una comodidad casi envidiable.
No buscaba agradar en una época regida por las redes sociales, donde muchos esperaban que las grandes empresas reflejaran su propia conciencia moral.
Su conglomerado de empresas absorbía y destruía pequeños medios independientes, revistas, editoriales, canales de televisión.
Y parecía hacerlo con orgullo.
Había en él algo de guerrero antiguo, como si en otro tiempo hubiera llevado el cuerpo cubierto con la sangre de sus enemigos.
Nada en él era moderno, y mucho menos accesible.
Por un momento –extraño e intenso–, lo envidió.
Ella, una joven directora ejecutiva, no podía permitirse eso. Tenía que ser agradable, inspirar cercanía.
El público necesitaba conectar con ella, confiar en su rostro, en su historia. Quién era y cómo actuaba importaba a los que compraban los libros de la editorial.
Él no tenía que preocuparse por nada de eso. Triunfaba igual, gustara o no. Era un hombre. Y con eso bastaba para ser interesante.
Ella, en cambio, tenía que ser buena.
