Subidón - Joaquín Reyes - E-Book

Subidón E-Book

Joaquín Reyes

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Beschreibung

     El debut literario de Joaquín Reyes  Una novela frenética, desternillante, con un final deslumbrante, sobre la vanidad y la hipocresía en el mundo de la farándula y sobre nuestras dudas más íntimas. Tras un gran escritor, siempre hay un gran lector. Y Joaquín Reyes lo ha leído todo. Su pasión por la literatura rusa más sesuda es la prueba de que el humor es en realidad una cosa muy seria. Una novela que replica la idea de su título: ambientada en una única semana de la vida de su protagonista, un humorista en su peor y mejor momento, describe los siete días que podrían acabar con su vida, empieza con la risa y la miseria, para subir y subir y subir hasta estallar en una apoteosis de carcajadas y lloros.

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Le dijeron una vez a la perrita Blackie que todo lo que sube, baja.

Pero ella nunca hizo caso de esa frase tan tonta,

porque hay muchas cosas que nunca paran de subir:

el peso, el precio de la vida y la necesidad de reírse de todo.

Índice

Cubierta

Subidón

Créditos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

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20

JOAQUÍN REYES es humorista, dibujante, actor, presentador, guionista, y, en realidad, cualquier cosa que se proponga, y siempre con el humor por bandera. Nació en Albacete en 1974 y se licenció en Bellas Artes en la Facultad de Cuenca, pero pronto dirigió sus pasos hacia el humor, destacando con sus monólogos en el programa Nuevos cómicos. Y desde entonces no ha dejado de provocar estallidos de risa.

Hoy es, sin lugar a duda, el rey de la parodia de este país, cosa que ya demostró con sus extraordinarias imitaciones en Muchachada Nui y La hora chanante. También ha participado en películas, series como Museo Coconut, Cuerpo de Élite o Capítulo Cero y presentado programas de televisión. Junto a su compañero y amigo del alma Ernesto Sevilla continúa explorando el camino de la comedia.

En resumen: es un culo inquieto. Pero un día se sentó a escribir su primera novela, esta Subidón, un viaje vertiginoso y tronchante por la vida de un cómico de Tarancón, Cuenca, a quien la fama se le va un poco de las manos... Una novela honesta, con un personaje inolvidable, que nos descubre a un escritor brillante y audaz, sin complejos, y capaz de hacer reír muy por encima de lo recomendado.

Diseño de colección y cubierta: Setanta

www.setanta.es

© de la fotografía del autor: Guille Sola

© del texto: Joaquín Reyes, 2021

© de la edición: Blackie Books S.L.U.

Calle Església, 4-10

08024Barcelona

www.blackiebooks.org

[email protected]

Maquetación: Newcomlab

Primera edición: octubre de 2021

ISBN: 978-84-18733-57-4

Todos los derechos están reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

Dedicado a mis amores Marta, Jesús y Ester; a mis padres y a Cristóbal, que me quiso como a un hijo.

1

A las 10.30 de la mañana suena la alarma. Me doy la vuelta perezosamente, estiro el brazo y la apago. Sin despertarme del todo miro el Instagram y ¡cosa rara! hay chorradas a punta pala. Por ejemplo, un vídeo en el que un pelirrojo quiere chutar un balón pero termina pateando el aire y explotándolo con el culo. Lo veo varias veces y le doy un like. Abro el whatsapp y ahí, esperándome, tengo un audio de mi primo Fede: «Nene, acuérdate de que hoy tienes las fotos y la entrevista de GQ. A las once y cuarto irá un taxi a recogerte. En el reportaje estarás con Ramón Gómez. ¡Que te den por culo!».

«¡Así es mi vida hoy en día! —reflexiono mientras me pongo boca arriba— y en esto consiste mi agenda de hoy: conocer a uno de mis cómicos favoritos y posar junto a él para un reportaje sobre ¡la nueva y la vieja comedia! Además, una de esas fotos en las que seguramente tendré un aspecto interesante y sofisticado servirá para la portada de la revista, lo que significa que la verá mucha gente: compañeros de profesión, familiares, antiguos amigos y “enemigos” del pueblo...». Me invade una ola de felicidad al imaginar su sorpresa y, en muchos casos, su ENVIDIA. Giro la cabeza enfocándome con el móvil, entorno los ojos y, con una sonrisa de medio lado, me hago un selfique inmediatamente subo a Instagram con un simpático mensaje: «A empezar el lunes, ¿hay ganas?». Después cierro alternativamente los ojos: el derecho, el izquierdo, el derecho, el izquierdo... y una vez más la almohada sube y baja. ¡El increíble caso de la almohada de dos alturas! Me flipa desde que era pequeño. Ahora sí, es el momento de salir de la cama.

Si digo que entro en la cocina rascándome el culo, no miento. En la encimera hay una nota de Yoli, mi novia:

SI LA LAVADORA HA TERMINADO, POR FAVOR, TIÉNDELA

«¿Qué clase de nota es esta? —pienso—. ¿Insinúa que sería capaz de tender la ropa sin que hubiera finalizado el programa de la lavadora? ¿Por qué Yoli siempre me da órdenes? ¿Por qué no me deja hacer las cosas de motu “proprio”? A lo mejor esta mañana se me hubiera ocurrido tender la puñetera lavadora sin que nadie me lo dijera, sin embargo, esta nota lo ha impedido».

Últimamente Yoli está irascible y de mal humor. Atraviesa una mala época: su madre está enferma y en el trabajo la están puteando, se le ha juntado todo.

Aunque no deja de ser paradójico que en MI mejor momento vital, ella, MI NOVIA, este así. El hecho de que sea tan patente e indisimulado convierte mi felicidad en algo casi obsceno, y de alguna forma me hace sentir culpable.

En el Insta, la foto que he colgado lleva ya 12543 likes, y apenas ha pasado media hora. Unos dedos imaginarios rascan a mi ego detrás de la oreja.

Me ducho, bailo delante del espejo con la chorra y los huevos entre los muslos y luego me visto.

En la calle el taxi me espera con el motor a ralentí. Siempre me ha gustado esa palabra y el cosquilleo que siento al pronunciarla: Ralentí.

MIS PALABRAS FAVORITAS:

Retranca

Ralentí

Chasco

Ojete

Al abrir la puerta del taxi, un tufo impresionante me golpea en toda la cara. Es una mezcla de sudor, pedos y tapicería rancia. Echo la cabeza hacia atrás y suelto en voz alta: —¡Muy rico!

Mientras me arrellano en el asiento, este hedor, que me abraza con cariño, me trasporta a las excursiones en autocar del colegio. Una vez, en la explanada del Alcázar de Toledo, a mi amigo Isra se le ocurrió tirar una piedra hacia arriba al grito de «A quien le dé le ha “dao”», y le cayó a él. El recuerdo me divierte y sopeso utilizarlo en un show. Esta es una constante en mi vida, mi mente nunca descansa. De hecho, una de las frases más repetidas de Yoli es «A mí no me hagas monólogos».

Veo mi sonrisa reflejada en el cristal de la ventanilla y aprovecho el momento para regalarme un mensaje a sotto voce: ERES EL PUTO AMO.

—¿Pongo el aire acondicionado? —pregunta el taxista, un hombre calvo y enjuto—. Lo digo porque hay gente que prefiere el aire de la calle.

«Rata, lo que pasa es que no quieres gastar».

—No, no, ponga el aire.

El taxista aprieta con su dedito un botón en el que pone AC.

—Más fuerte, más fuerte, que aquí atrás no se nota.

El dedito insiste y un aire frígido le pega una paliza a la pestilencia reinante. Vuelvo a sonreír: CÓMICO FAMOSO 1, TAXISTA RATA 0.

Me fijo con detenimiento en el interior del taxi. Pocas banderas de España hay para mi gusto: veo una en el espejo retrovisor y otra pequeña pegada en la guantera. Hay una tercera en el ribete de la funda del volante y me parece ver otra más adornando la muñeca izquierda del taxista.

—Perdone... Usted es famoso, usted sale en la tele, ¿no? —dice mientras me lanza miradas fugaces.

—Sí, soy cómico.

—¿Usted sale en el club de la comedia? ¡Claro! —El taxista asiente con la cabeza, felicitándose por haberme reconocido—. Nada más entrar usted al taxi, me he dicho «a este muchacho lo conozco yo».

Resoplo.

—¿Cómo se llama? Perdone, es que ahora no caigo...

—Emilio Escribano.

—Eso, eso, Emilio Escribano... Pues que sepa que me parto el ojete con usted.

¡Ojete! Me sorprende que esa palabra salga de la boca del taxista.

—Lo de «¿Por qué cuando dices “¿Quieres un chicle?” la gente te responde “¿Qué si quiero o que si tengo?”?». ¡Es «pa» morirse! ¡Tiene usted muchísima retranca!

Ríe a mandíbula batiente y algo brilla en su dentadura.

—Bueno, eso es muy viejo —digo afeándole el cumplido.

—Ya, es que reponen los monólogos sin parar y cada vez que los echan los veo. Me alegro de conocerle y de que sea usted igual que en la tele, porque a veces con los famosos se lleva uno cada chasco... ¿Y a dónde va ahora? ¿A grabar un programa?

—No, voy a una entrevista.

—A ver si le llaman como actor para algo, que es usted muy gracioso.

Me callo a la espera de que la conversación termine. Se hace un silencio que sirve justo para que el estribillo de «La Gozadera» se escuche bien en la radio, pero el taxista vuelve a la carga.

—A mí me encanta el cine.

«Vaya, se abre un melón interesante: el taxista cinéfilo».

—Ah, ¿sí? ¿Y qué películas le gustan? ¿Las de risa?

—Sí, claro, me gustan mucho las comedias. Mire, le voy a recomendar una que he visto hace poco, si no le parece mal.

«A ver con qué mierda me sorprende».

—Una película japonesa del 2001 que se llama La felicidad de los Katakuri. Es de un director muy interesante, Takashi Miike. Es una locura, una mezcla de géneros: comedia, musical, terror... No le dejará indiferente. ¡Ya hemos llegado!

CÓMICO CABRONCETE 1, TAXISTA CINÉFILO 8

2

En la entrada de la oficina, me recibe una chica morena con unos enormes ojos negros y un vestido de color mostaza por el que vuelan las siluetas de unas golondrinas.

—Hola, Emilio, soy Carol, redactora de la revista GQ —me dice sonriendo.

—Encantado, Carol —contesto en voz muy baja, fingiendo timidez y, solo por hacerme el interesante, como un alarde de antimancheguismo.

Nos damos dos besos. «¡Qué bien huele!».

—¿Te parece que hagamos hoy las fotos y que para la entrevista quedemos otro día más tranquilamente?

—Me parece genial.

—Ven, que te voy a presentar al equipo.

Saludo a un chico barbado con jersey ancho; a una chica delgada con el pelo rojo; a un cuarentón amanerado vestido como un jugador de tenis de principios del siglo XX. A todos les doy dos besos, pero la verdad es que no me quedo con ningún nombre, solo con el de Carol, la periodista.

Después me entretengo mirando a mi alrededor y me fijo en un culo, en un sobaco con pelos, en una cara que al volverse y descubrirse observada sonríe bobaliconamente. Me alejo un poco para ver mejor la escena y se me antoja un cuadro donde todo el grupo humano (el fotógrafo, la chica de producción, el maquillador, la estilista...) trabaja en armonía, uniendo sus esfuerzos en un flujo continuo, eterno, invisible y mágico. Me estremezco al pensar que formo parte de eso.

—¿Quieres tomar algo? —dice Carol interrumpiendo mis pensamientos.

—Pues no sé...

A mi lado hay una mesa repleta de cestas de comida: cruasanes, caracolas y panecillos, botellitas de aceite virgen, cuencos con muesli, jarras con leche de vaca, de soja y de arroz, platos con queso fresco y pechuga de pavo, fuentes con brochetas de fruta. Me quedo mirando los manjares: un cruasán me guiña un ojo.

«La verdad es estoy “alampao”, aunque ponerme a comer aquí...».

—No tengo mucha hambre... tomaré un agua con gas.

—¡E-mi-lio-Es-cri-ba-no! —grita alguien separando mucho las sílabas.

Entreveo una silueta a contraluz que se me acerca abriendo los brazos (parece un muchacho vestido con bermudas y camiseta de tirantes).

—¡Emilio Escribano! —repite, ahora en tono cantarín.

Entonces lo reconozco: ¡es Ramón Gómez! Conforme se acerca, voy descubriendo con cierta sorpresa que mi cómico favorito es un hombre menudo, con el pelo color caoba, por el que asoman, a rodales, mechones canosos. Tiene unos ojillos pequeños «como dos pulgas pedorras» y unos dientes diminutos, amarillentos, que se muestran en una mueca que bien podría pasar por un amago de sonrisa. «Es un viejoven* de libro».

viejoven

Del lat. Vetuiuvenis

Adj. Persona que en su infancia aparenta una edad provecta o al revés.

—¡Qué ganas tenía de conocerte! —dice Ramón dándome un abrazo.

—Joder, Ramón, es un honor para mí, te admiro mucho desde que era pequeño.

—¡Escúchame! ¡Que lo que tú haces es genial! Representas el nuevo humor manchego.

—Muchas gracias, Ramón.

—Además, lo que haces es muy difícil, porque no es lo que dices sino cómo lo dices. Tienes algo especial que se tiene o no se tiene.

Ramón me dice todo esto sonriendo, mientras me mira fijamente con los ojos entornados, como si quisiera evaluar la impresión que me causan sus palabras.

—Pfff... No sé ni qué decir. Ramón, tú para mí eres un referente, si me dedico al humor es por ti.

Carol se acerca y acaricia el brazo de Ramón.

—Hola, Ramón, soy Carol, la redactora de GQ.

—Encantado, Carol.

—Si quieres puedes tomarte un café mientras terminamos de montar el set.

«Ese gesto, esa mano posada en el brazo de Ramón, con delicadeza y sensualidad... Carol es de ese tipo de chicas pizpiretas, que un poco sin querer y un poco queriendo lo hacen todo para llamar la atención, para gustar. ¿Por qué Yoli no es así? Pues porque a Yoli, como ella misma dice, no le gustan las tonterías. Es la heredera de una larga tradición de austeridad manchega que, con matices, continúa intacta y sin visos de desaparecer: Yoli ha salido del pueblo, pero el pueblo no ha salido de Yoli».

—¿Ya has empezado a grabar la nueva temporada de tu programa? —le pregunto.

—Sí, sí... He terminado con lo del teatro y hemos empezado hace unas semanas.

—Ah, es verdad, que estabas con una obra, «La risa está en el aire».

—Sí, con Fernando Quijada.

—¿Y qué tal?

—Muy bien, pero hasta las narices. El teatro es muy sacrificado: nueve meses actuando de miércoles a domingo y, además, el sábado doblete.

—Me quedé con ganas de verla.

—Ahora, como te decía, estamos grabando los nuevos programas, aunque estoy muy cansado. Cada vez me cuesta más. Son doce años de Mari «la del tupper ware», Blas «el concejal», Onofre... Me gustaría hacer cosas nuevas, personajes nuevos.

—Es que la gente los adora.

—Sí —contesta mirando a un punto fijo—. ¿A ti te paran mucho por la calle? ¿Te piden muchas fotos?

—A mí no me agobian demasiado.

—¿No te pasa que por ser cómico esperan que estés siempre de buen humor, a todas horas?

Sonrío y asiento, dispuesto a participar de la queja.

—El otro día estaba en el supermercado —continúa Ramón— comprando Actimeles, y pensaba «Joder, qué frío hace donde los yogures»...

Ahogo una risa.

—Entonces se me acerca una mujer gritando, pidiéndome una foto y que le dijese la frase de la Mari: «Esto no os lo compro, que os lo coméis». Y aun diciéndole a todo que sí, me suelta: «¡Macho! Estás muy serio. En la tele eres más gracioso». ¡No te jode la tía! Me dieron ganas de decirle «Es que en la tele me pagan».

En ese momento llega Carol y nos dice que podemos ir a vestirnos, que la chica de estilismo ya tiene los cambios preparados. Dejo que sea Ramón el primero en cambiarse. Cuando sale del vestuario lleva un esmoquin negro, brillante, con la pajarita desanudada cayéndole sobre la pechera.

—Pues yo ya estoy —dice abriendo los brazos.

Está ridículo, el esmoquin le va grande de hombros y de mangas; su cuerpo grita en rebeldía ahí dentro. «Parece un paleto después de una Nochevieja —pienso—. A ver qué me ponen a mí».

La estilista de pelo rojo me enseña la ropa.

—No sé si te han contado el rollo de las fotos, pero tenéis que ir superguapos y superelegantes —dice la chica, y sonrío al acordarme de Ramón—. Así que aquí tienes el mundo esmoquin. Para ti he pensado en uno más moderno, que podría ser el de la chaqueta azul con las solapas negras combinado con alguna camisa estampada y sin pajarita.

—Me parece bien —digo—. ¿Y los zapatos?

—He pensado que mejor que unos zapatos, para seguir con el rollo más informal, mundo zapatillas. Están ahí.

Me pongo todo lo que la muchacha me propone y me miro en el espejo: «Joder, ¡qué bien me queda! Además, al lado de Ramón Gómez voy a quedar de puta madre».

—Perdona, ¿las zapatillas dónde me has dicho que estaban?

—Ahí —dice mientras sale cargada con un montón de ropa en perchas.