Sucedió en Ibiza - Laura Márquez García - E-Book

Sucedió en Ibiza E-Book

Laura Márquez García

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Beschreibung

 ¿Puede ser que una vida ideal, con trabajo perfecto, novio perfecto y un precioso ático en Madrid se esfume de un día para otro?   Elena descubre que, de repente, su maravillosa vida se ha ido al garete. No quiere creerlo, y por eso toma la decisión de alejarse de todo para tomar perspectiva. La oportunidad surge cuando ella debe viajar a Ibiza para un asunto de trabajo.  Allí, en Ibiza, encuentra dos hombres que van a confundirla: Philipe es su interesante y elegante cliente, pero Biel es el atractivo camarero que se pone en medio de la solución al problema legal y que insiste en que ella conozca la encantadora isla.   La vida de Elena se pone patas arriba, como por el efecto mariposa. ¿Perderá mucho con este cambio o ganará una nueva vida llena de amor y emoción, que nunca imaginó poder tener? Lee ahora esta romántica novela de Laura Márquez García,  ganadora del premio Kamadeva 2020. 

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Seitenzahl: 110

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Laura Mázquez García

Sucedió en IBIZA

© Laura Márquez García

© Kamadeva Editorial, noviembre 2020

ISBN papel: 978-84-122790-3-0

ISBN ePub: 978-84-122790-2-3

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

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Índice

Créditos

Sucedió en Ibiza

Sobre la autora

Sucedió en Ibiza

Tomar decisiones descabelladas es lo que a veces nos hace sentir que estamos vivos, y el resultado de esas decisiones, lo que marca nuestra existencia.

Hace tan solo unos meses, mi vida era una más entre un montón; una vida rutinaria, acomodada, sin ningún tipo de alteración, y yo creía que, por ser así, me podía considerar una persona feliz. Vivía tranquila porque todo lo que me sucedía era absolutamente normal. Me dedicaba a dar consejos a los amigos a los que sí que les surgía algún contratiempo en su día a día, como si fuera una experta en vidas perfectas, una gurú de la felicidad y la tranquilidad. De hecho, todo hubiera seguido así, sin ninguna duda, de no ser por el giro inesperado que dio mi vida, y ahí me di cuenta de que estaba equivocada.

Llevaba más de una década trabajando en un bufete de abogados en pleno Paseo de la Castellana. Disfrutaba de mis tardes de afterwork con mis compañeros de trabajo, vivía en un ático de alquiler en el Paseo de la Habana. No un gran ático, pero sí lo suficientemente bonito y decorado con buen gusto como para ser la envidia de mis amigas. Pasaba los fines de semana con mis amigos de la hípica o del club de golf, practicando ambos deportes y descubriendo los lugares de moda para tomar el brunch o para cenar por Madrid, y todo ello acompañada de mi espectacular pareja, Germán de la Fuente.

Germán era el yerno perfecto para mis padres, el cuñado perfecto para mi hermana, el novio perfecto para todas mis amigas. Guapo, atlético, elegante, servicial, generoso, educado y, además, tenía un puesto de directivo en un fondo de inversión y un sueldo anual de muchos ceros. Compartíamos vida desde hacía año y medio, cuando nos conocimos en una discoteca exclusiva de Madrid, y coincidimos por casualidad una semana más tarde en el hipódromo.

Nuestra primera noche juntos fue de ensueño, nunca podría haber imaginado una cita mejor. Una cena en un rooftop de Madrid contemplando la rosada puesta de sol de la ciudad mientras nos bebíamos unas copas de cava y comíamos un rodaballo salvaje. Nos tomamos después unas copas en un club privado cerca de la plaza Santa Ana y acabamos la noche en la suite principal del precioso hotel que se encuentra en la misma plaza. La noche no pudo ser más maravillosa, sentí haber conocido al hombre de mis sueños, sentí no necesitar nada más, nunca más.

Cuando al despertar me preguntó qué talla de ropa y de calzado llevaba, pensé que me estaba tomando el pelo, que un caballero como él no podía estar preguntándome semejante cosa. Nunca me podría haber imaginado que fuera para mandar a una trabajadora del hotel a comprarme un vestido casual y unos zapatos para llevarme a tomar un brunch.

—Si no es de tu estilo y no te gusta, puedes regalarlo o tirarlo después, no me importa. Simplemente quería que el tema de la ropa no fuera una excusa para que no me acompañaras también esta espléndida mañana de domingo a tomar un brunch por Madrid.

Era imposible no caer rendida a los pies de un chico como ese. Germán era el Dios de todas las parejas, al que, además, nunca le gustaba discutir y con el que siempre todo parecía fácil.

Nos fuimos a vivir juntos enseguida. Dejé mi apartamento de Arturo Soria y alquilamos nuestro ático. Viajamos a las Maldivas, Tailandia, República Dominicana, Nueva York y París en el año y medio que estuvimos juntos. Hablábamos de boda, de perros e incluso de hijos. Mis jefes del bufete sabían quién era mi pareja, lo respetaban y por ello, poco a poco, fui consiguiendo mejores casos. Normal que pensara que mi vida era ideal, yo no hubiera cambiado absolutamente nada de ella en esos momentos. Creía tener la vida perfecta y la pareja perfecta, me sentía amada y creía que no podía haber nada en el mundo que pudiera acabar con aquel amor y destruir mi vida como se destruye un castillo de naipes.

Aunque si tengo algo que agradecerle a Germán, además de todos los momentos felices que viví a su lado y toda la estabilidad que le dio a mi vida durante ese año y medio que duró nuestra relación, fue la sinceridad con la que me dijo que lo nuestro había acabado. Podría haber estado engañándome, podría haber jugado a dos bandas, pero él prefirió contarme la verdad antes de que fuera más lejos.

En su trabajo le habían encargado la adquisición de unos edificios de oficinas pertenecientes a una de las familias más ricas de España. Él se iba a encargar, en persona, de las negociaciones directas con la familia, y más concretamente, con la responsable de negociar la fortuna familiar, la hija del empresario madrileño Federico Fernández Clavel, Susana Fernández de la Iglesia. A pesar de que ella tenía una relación estable con un famoso jinete, enseguida cayó rendida ante los encantos y atenciones de Germán, y antes de que lo suyo fuera a más, y en tan solo un par de semanas, ambos decidieron dejar a sus parejas e iniciar una nueva vida juntos.

—Me gustaría hablar contigo, Elena —me dijo un día nada más entrar por la puerta.

No me había dado tiempo siquiera a apreciar un cambio en su actitud. Todo había pasado tan deprisa que confundí su alejamiento con un pico de trabajo y responsabilidad, confundí la falta de besos y de sexo con el estrés que conlleva una operación de esa envergadura. De hecho, la noche anterior había estado cenando con unas amigas y, entre risas, habíamos comentado que quizás fuera yo la siguiente del grupo en pasar por la vicaría.

—Creo que es justo que te diga cuanto antes que me he enamorado de otra persona, y ella de mí, y que nuestra relación ha acabado.

Me quedé tan bloqueada que ni siquiera entendí el mensaje que me estaba enviando.

—¿Me estás diciendo que has tenido un rollo con una tía? —le pregunté pensando que la relación de la que me estaba hablando era la que precisamente se había acabado.

—No, Elena; la relación que ha acabado es la que tenemos tú y yo. Me he enamorado de Susana Fernández, la hija del empresario con el que estamos tratando ahora mismo la compra de los edificios. Recogeré mis cosas en un par de días, no necesito más. Tú te puedes quedar aquí un mes más, está pagada la mensualidad del alquiler; no tengas prisa, y si te quieres quedar en este piso, hablo con el casero y listo.

Se sinceró, liberó toda la culpa que le llevaba comiendo por dentro los últimos días y me abandonó en el que había sido nuestro hogar. Se incorporó, se dirigió hacia la habitación, le oí trastear en el armario, abrió la puerta y la cerró tras él, sin mirarme, sin decirme nada más, y yo fui incapaz de replicarle nada. Ni siquiera fui capaz de ponerme a llorar. Era como si mi cabeza no quisiera aceptar lo que había acabado de suceder. No era capaz tampoco de llamar a nadie para explicárselo; me sentía avergonzada. No había sabido cuidar a Germán para que permaneciera a mi lado, al novio ideal. No sabía cómo asumir mi parte de culpa ante los demás; me preguntarían qué había sucedido y yo no sabría qué responder. ¿Por qué no había sido capaz de mantenerlo a mi lado? ¿Qué podía haber visto en aquella chica que yo no tuviera? ¿Por qué no había sido capaz de hablar con él para convencerle de que se quedara conmigo?

Por eso me convencí de que aquello no era el fin. Estaba segura de que él volvería a mí porque se daría cuenta de que estar conmigo era lo que realmente le hacía feliz, nuestra casa y nuestra vida ideal. Cada mañana, cuando entraba al baño, pensaba que él se volvería a duchar conmigo tarde o temprano, que no tenía por qué llorar, que todo lo que estaba sucediendo era momentáneo y que sería capaz de reconquistarlo. Sin agobios, pero con acciones que él apreciara y necesitara: cosas que solo yo pudiera hacer por él

Mantuve esa esperanza durante la primera semana. Ni siquiera lloré su pérdida, estaba demasiado ocupada pensando cómo reconquistarlo. No comenté nada en el trabajo, ni tampoco a mi familia o amigos. Debido a su trabajo, era fácil que no siempre me acompañara a los eventos familiares o a las quedadas con mis amistades. Pero como ni siquiera había prestado atención al nombre de la susodicha, nunca imaginé que sería la prensa la que acabara con mis sueños e hiciera que todo mi círculo se enterara de la noticia antes de que yo dijera nada.



Nunca me ha interesado demasiado la prensa del corazón. Conozco a los personajes básicos tanto de nuestro país como a nivel internacional, pero no porque vea esos programas o lea esas revistas, sino porque sus vidas son vox populi. Por eso no vi llegar el huracán que se aproximaba.

El día que entré en la oficina y empecé a notar que las miradas de mis compañeros se clavaban en mi cogote, podría haber imaginado cualquier cosa, menos aquella. Empecé a sentir vértigo y a barajar la posibilidad de que, él mismo, hubiera sido el que anunciara nuestra ruptura a sus conocidos, y estos a su vez, hubieran hecho llegar la noticia a oídos de mis jefes, que habrían contado la noticia a todo el bufete y ahora mi ruptura sería la comidilla de abogados y secretarias, pasantes y socios. ¿Por qué lo tenía que haber contado ya? ¿Tan seguro estaba de la ruptura? Cuando tuviéramos la oportunidad de volver a hablar las cosas volverían a la normalidad. Eso me repetía sin cesar una y otra vez. Pero era demasiado tarde ya para mí, mi tiempo se había acabado y yo no me había querido enterar.

Una semana entera estuve soportando tan tensa situación. No fue hasta que Mabel, mi mejor amiga en la oficina, me comentó lo que sucedía, una mañana a la hora del café, que al fin abrí los ojos; dos semanas más tarde de que él recogiera sus pertenencias en dos maletas y saliera de nuestro envidiado ático.

—Lo llevas muy bien, Elena.

—¿El qué?

—Lo de Germán. Erais una pareja modelo y se os veía muy enamorados. Nadie entiende por qué lo habéis dejado, y no entiendo tampoco por qué no me has contado nada.

Ahí me hubiera gustado responder con total normalidad, hacerme la fuerte y quitarle importancia. Decirle: «Él era un hombre diez y yo una afortunada por tenerle, pero yo también valgo mucho. Él también fue un afortunado por tenerme, ambos hemos perdido con la ruptura, pero la vida es así».

Ojalá hubiera podido decirle algo así, pero no fui capaz.

—¿De qué me hablas, Mabel?

—De lo que ha salido en los programas del corazón y en las revistas más famosas del país.

—De verdad que no sé de qué me hablas.

No entendía qué relación podía tener la ruptura con Germán con las revistas del corazón y la prensa del país. ¿Acaso ella me estaba hablando de algo que tenía que ver con ello?

—¿Me estás diciendo que Germán ha aparecido en prensa con esa ricachona sin haberlo dejado contigo?

Hubiera deseado que en ese momento me tragara la tierra, pero en lugar de eso empecé a llorar como una Magdalena, sin poderme controlar, y quise que Mabel me contara todo lo que sabía, que podía ser lo mismo que supiera toda la oficina, y quizás ya también todo mi círculo cercano, y también el lejano.

Sacó el móvil de su bolsillo y tecleó en Google el nombre de Germán de la Fuente. Inmediatamente, aparecieron en la pantalla múltiples imágenes de él en una actitud muy cariñosa con la hija del empresario, que también había roto con el jinete con que había estado comprometida.

Una tras otra, fui pinchando en cada una de las imágenes para ver como esos abrazos que tanto había anhelado esas semanas, esos besos que creí que volvería a darme, ya tenían dueña, y una dueña que no tenía nada que envidiarme.

—No pensé que fuera en serio cuando me dijo que me dejaba —le confesé a Mabel después de que me contara con pelos y señales cuándo se había enterado ella y quién más lo sabía en la oficina—. Creí que se había fijado en alguna chica y que se le pasaría, que lo nuestro sería más fuerte que un calentón con una jovencita.

—Pues de jovencita nada, cariño —me confirmó ella—. Esa tal Susana te saca por lo menos seis años, pero, claro, su cuenta del banco puede también tener seis ceros más que la tuya.

—Me niego a pensar que Germán se haya fijado en eso. Pero, pensándolo bien, lo prefiero.