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A nadie le sorprendió tanto como a Trae Andrelini que su mejor amiga dejara al rico Rhys Paxton en el altar. Trae quería averiguar qué había sucedido realmente y unió sus fuerzas a las de Rhys para encontrar a la novia. Mientras recorrían el país entero buscándola, Trae descubrió que el hombre al que creía aburrido no lo era en absoluto. Y al novio abandonado también le sorprendió descubrir que la salvaje y exasperante Trae estuviera haciéndose un hueco en su corazón…
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Seitenzahl: 253
Veröffentlichungsjahr: 2018
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2007 Barbara Benedict
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Sueño equivocado, n.º 1741- octubre 2018
Título original: The Tycoon Meets His Match
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-9188-972-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Si te ha gustado este libro…
Era una noche oscura y tormentosa…
Si Teresa Andrelini esperaba ser alguna vez una escritora a la que hubieran publicado algo, no podía decidirse por semejante tópico. Sus profesores, incluso sus compañeros de clase, insistirían en que pensara en una descripción mejor.
La ceremonia de «hagamos un juramento» era idea de Quinn. A Trae no le extrañaría que su amiga amante de los dramas hubiera hecho un pacto con los poderes divinos para conseguir la tormenta que aullaba más allá de las ventanas del salón. Ahí estaban en ese círculo solemne, sus tres compañeras de piso y ella, las caras ensombrecidas detrás de unas velas titilantes, tratando de no sobresaltarse con cada trueno.
Costaba no quedar impresionada con la sombría determinación de todas. Bueno, con la de Quinn y Alana. El modo en que Lucie no paraba de esquivar sus miradas le hacía pensar que le estaba costando aceptar el juramento de Quinn.
La heredera Lucinda Beckwith creía en los finales de cuento de hadas. Si Lucie fuera la escritora en ciernes, escribiría un romance y probablemente ganaría toneladas de dinero. Pero Trae había descubierto que los chicos que parecían encantadores en la vida real, terminaban por resultar idiotas. Y el ejemplo perfecto era el marido de Jo Kerrin.
Al pensar en su amiga ausente, sintió un aguijonazo incómodo. A Jo le habría encantado el toque melodramático de la ceremonia de Quinn, pero en ese momento se hallaba camino de St. Louis para escapar de su falso Príncipe Azul.
—La Tierra a Trae.
La voz de Quinn traicionó su impaciencia, pero todas se sentían un poco tensas después de haber acompañado esa mañana a Jo al autobús.
Trae se dio cuenta de que había vuelto a perderse en sus pensamientos, una costumbre que volvía loca a su compañera de piso.
—He dicho —repitió Quinn—, ¿lo juras?
—Sí —repuso Trae con su voz más alta y clara—. No me casaré hasta haber alcanzado el objetivo de que me publiquen con éxito una obra.
La verdad era que se había hecho a sí misma ese juramento hacía años.
De padre italiano y con cinco hermanos mayores, desde temprana edad había sentido la necesidad de establecer su independencia. No pensaba acabar como su madre cubana, una criada sin sueldo para los hombres de su vida. Si alguna vez se unía a un hombre, ella estaría a cargo de su propio futuro. Ninguna distracción masculina iba a interponerse en su camino.
Satisfecha con su respuesta, Quinn se volvió hacia Alana.
Ésta se irguió.
—Lo juro —dijo con voz clara, a pesar de su dulce acento sureño—. Ningún hombre me impedirá establecer mi propia agencia de modelos.
Trae no lo dudó. Con su cabello negro y su belleza clásica, a Alana le bastaba con entrar en una habitación para detener toda conversación masculina, pero rara vez salía con chicos. Y con su extraordinario y esbelto cuerpo podía conseguir el trabajo de modelo que le apeteciera, pero siempre estaba rechazando lucrativas ofertas para hacerse modelo a tiempo completo. Sólo modelaba para pagar las facturas y conocer la industria. Y continuar con sus estudios de empresariales. Debajo de ese exterior hermoso había un núcleo de acero.
—De acuerdo, Lucie —anunció Quinn—. Sólo quedas tú.
Al ver la expresión nerviosa de su amiga, Trae le ofreció una sonrisa de ánimo. Pequeña, rubia y con una apariencia mucho más joven que sus verdaderos veintidós años, Lucie a menudo se apoyaba en otros para que tomaran una decisión por ella. Se había convertido como en la hermana pequeña que Trae jamás había tenido y a veces ésta sentía la necesidad de protegerla.
Lo que Quinn no sabía, y Trae había jurado no revelar, era que Lucie estaba loca por el vecino rico de sus padres, Rhys Allen Paxton III, un hombre que, en opinión de Trae, se comportaba más como el hermano mayor de Lucie que como un amante. De hecho, como un hermano estricto y reprobatorio.
Una parte de Trae sentía la necesidad de proteger a Lucie de la intimidación ejercida por Quinn; pero una parte con más peso, la que sabía que si Lucie se casaba con Rhys Paxton estaría cometiendo un error desastroso, creía que si el juramento debía ser obligatorio para alguien, Lucie Beckwith era la elegida.
—Juro… —comenzó Lucie dubitativa, dejando que las palabras se perdieran al apartar la vista.
—¿Juras qué, Lucie? —impulsada por sus propias ambiciones, Quinn guardaba poca paciencia para los titubeos de los demás.
—Que… yo… no me casaré.
—¿Hasta? —Quinn movió el pie—. ¿Qué esperas conseguir?
Lucie podía tener dinero y contactos para alcanzar lo que deseara, sin embargo, ahí estaba, próxima a graduarse en la universidad, y aún no tenía idea de qué hacer con el resto de su vida.
—Bueno, siempre he querido ser actriz —ofreció insegura—. ¿Recordáis que saqué un sobresaliente en la clase de teatro? ¿Qué os parece si no me caso hasta conseguir mi primer papel como protagonista?
Trae intentó no gemir. Como si Mitsy Beckwith fuera a dejar que su única hija se acercara a Hollywood. Era un milagro que la hubiera podido convencer de que le permitiera ir a la universidad en Tulane… tan lejos del hogar en Connecticut.
Quinn no pestañeó.
—Eso me vale —afirmó—. Y yo no me casaré hasta no llegar a ser socia en un bufete.
El sonido ensordecedor de un trueno sacudió las paredes, como en respuesta a la declaración de Quinn. Trae, Lucie y Alana temblaron, pero Quinn las miró a la cara.
—Todas las que estén de acuerdo —continuó como una alta sacerdotisa ante alguna ofrenda sacrificatoria—, colocarán ahora la mano derecha en el círculo.
Con expresión solemne, Alana apoyó la mano sobre la de Quinn; Lucie tragó saliva, y luego extendió la suya, obligando a Trae, que aún se sentía ridícula entonando ese juramento en la oscuridad, a permanecer sola fuera del círculo.
A regañadientes, posó su mano encima de las de sus amigas.
Como si las recorriera uno de esos relámpagos, Trae sintió que una corriente fluía entre ellas, llenándolas con calor y la sensación de formar parte de algo.
El melodrama no importaba. Lo que sí importaba eran ellas, en ese momento y lugar, unidas por la determinación, el apretón de las manos sólido, la unidad intacta. Incluso con todo el dinero de los Beckwith, no se podía comprar un momento como ése.
—Cuando se trate de matrimonio —entonó al unísono con sus amigas—, ¡simplemente decid que no!
Seis años después
«No pueden pensar que quise capturar el ramo», pensó Trae con una mirada febril a su alrededor. La cosa estúpida había aterrizado sobre su regazo. Quiso tirarlo al suelo, pero su educación católica no le permitiría ensuciar la iglesia.
No es que alguien le prestara atención a ella. Todas las caras aturdidas estaban centradas en la puerta que Lucie había cerrado con fuerza a su espalda; el sonido aún reverberaba en la iglesia silenciosa.
«Lo hizo», comprendió Trae con súbito asombro. «La pequeña Lucie Beckwith finalmente ha dicho que no».
Toda una proeza, teniendo en cuenta el circo que había montado su madre.
En contra de su voluntad, miró hacia el altar, donde el novio aún seguía en rígida posición de firme. Rhys Allen Paxton III, dueño de la Paxton Corporation, estaba acostumbrado a que todo saliera según él lo había planeado. Epítome de hombre alto, moreno y atractivo, su aspecto meticulosamente arreglado estaba tan impecable como un desfile militar.
Aunque a Trae en ese momento no le parecía tan ecuánime. Parecía haber perdido todo el color de la cara.
Como si percibiera que lo miraba, Rhys se centró en ella, su clara mirada azul sondeándola. Bajo ese intenso escrutinio, Trae se sintió como una mariposa clavada con alfileres.
Notó la hostilidad que animaba sus facciones. Ceñudo, entró en acción, bajando los escalones desde el altar para dirigirse hacia la puerta.
Trae tardó unos segundos en percatarse de que iba en pos de Lucie.
Miró a las aún mudas Alana y Quinn con expresión de «ahora vuelvo» y se dirigió hacia el extremo del banco. Puede que Lucie al final hubiera hecho acopio de valor, pero era una novata en esos temas y necesitaría apoyo. Bajo ningún concepto le iba a brindar a Rhys la oportunidad de intimidar a su amiga para convencerla de aceptar un matrimonio que evidentemente ella no quería.
Al ir a toda velocidad por el pasillo, vio que Hal y Mitsy Beckwith le pisaban los talones. Si iban a ser tres contra una, Luce realmente necesitaría ayuda.
Al salir de la iglesia, entrecerró los ojos ante el súbito resplandor mientras buscaba a su amiga, pero la única prueba que quedaba de la salida de Lucie era la parte de atrás de una limusina negra girando a la izquierda en la esquina.
Mitsy Beckwith pronunció el pensamiento que anidaba en la mente de todos.
—Se ha ido —luego—: Apuesto que va a casa.
Trae no pudo contenerse y negó esa posibilidad.
—Todas sus cosas están allí —expuso la mujer, como si tratara con una retardada—. Jamás iría a ninguna parte sin su coche y sus tarjetas de crédito.
En eso tenía un punto a favor. Demasiado acostumbrada a los recursos de los Beckwith, Lucie no sabría cómo durar ni cinco minutos sin su dinero.
Como si reconocieran esa verdad, Hal y Rhys buscaron al mismo tiempo las llaves de los coches en sus bolsillos.
Al ver a los Beckwith montar en su Lincoln y largarse, Trae experimentó un arrebato de pánico. Había llegado en un taxi desde el hotel y no tenía modo de seguirlos.
—Voy a ir contigo —le indicó a Rhys—. Para hablar con ella —insistió, siguiéndolo al Mercedes negro—. Lucie necesitará a alguien en quien poder confiar.
—Ése soy yo —abrió la puerta y se metió en su coche.
Trae llegó al lado del pasajero en el momento en que él encendía el motor, pero al tirar, la descubrió cerrada. Rhys sonreía con gesto sombrío.
—Déjame subir —gritó a través de la ventanilla, dedicándole su «mirada» Andrelini. Rhys simplemente entrecerró los ojos y puso marcha atrás. Desesperada, sacó el móvil del bolso—. Probablemente, ella tratará de llamarme. Si me dejas aquí, jamás sabrás lo que me ha dicho.
Aunque él no dijo nada, Trae oyó el clic de la cerradura. Guardó el teléfono otra vez en el bolso, abrió la puerta y subió al coche. Rhys arrancó antes de que pudiera cerrarla del todo.
Rhys no perdió el tiempo con palabras. Condujo hasta la casa de los Beckwith como si estuviera corriendo las 500 millas de Indianapolis.
La miró una vez… de hecho, bajó la vista ceñudo al ramo que sostenía en las manos; aunque por lo demás mantuvo la vista clavada en el camino. Sabía que era ella quien despertaba su irritación. Nunca había podido ocultar la desaprobación que le inspiraba.
—¿Qué le dijiste a Lucie? —soltó él de repente al girar por una esquina.
—¿Yo?
Él frunció el ceño, sabiendo que ella sabía perfectamente a quién se refería. Trae no cedió ni un milímetro y continuó con su pose de confusión herida.
—Has debido decirle algo —expuso Rhys con sequedad—. No es típico de Lucie ser tan impulsiva.
Se sintió impulsada a protestar.
—Lucie no es un pequeño corderito; ¿sabes? Es perfectamente capaz de tomar decisiones por su propia cuenta —vio escepticismo en sus facciones graníticas—. Cuando se le permite hacerlo.
—¿Y eso qué se supone que significa?
En opinión de Trae, el hecho de que Lucie le hubiera pedido a tres familiares lejanas, y no a sus amigas íntimas, que fueran sus damas de honor, hacía que todas sus decisiones fueran sospechosas en grado sumo. Incluida su decisión de ir en contra del juramento.
—¿Esperas que crea que esta boda fue idea exclusiva de ella? —le preguntó.
—Lo único que espero de ti —dijo con la boca apretada—, es un poco de cortesía. Una verdadera amiga se apartaría y nos dejaría solucionar lo que evidentemente es una cuestión personal.
«Vaya descaro», pensó ella.
—Todo lo contrario, una verdadera amiga buscaría lo mejor para Lucie. No tengo intención de apartarme hasta estar absolutamente segura de que ella quiere que este matrimonio se celebre.
Él la miró con incredulidad.
—Nos casaremos, te lo aseguro. No hay nada que puedas hacer para detenerlo.
—Por lo que parece, Lucie sola se ha bastado para detenerlo —espetó. Estaba decidida a llegar hasta Lucie primero. No podía dejar que Rhys convirtiera a su dulce y divertida amiga en la mujer que él creía querer, una doble perfecta de su madre, una esposa trofeo que pudiera sacar a relucir en las ocasiones públicas.
Al subir por la curva entrada de vehículos de la mansión Beckwith, Mitsy se dirigió hacia el coche antes de que Rhys pudiera frenar; sus manos habían empezado a deshacer su cuidado peinado. Aunque las palabras llegaban amortiguadas, Trae pudo leerle los labios y descifrar: «No está aquí. ¿Me oyes? No está aquí. ¿Qué hacemos ahora?»
A juzgar por el silencio empecinado de Rhys, tuvo que suponer que él no tenía una respuesta preparada.
Una vez que frenó y alargó la mano hacia el asa de la puerta, Trae pudo verle un pequeño tic sobre la ceja derecha. Durante un instante, mientras bajaba lentamente del coche, casi sintió pena por él.
Hasta que ella misma bajó del Mercedes y lo encontró tan impasible como siempre, desvanecido el titubeo como si jamás hubiera existido.
—Esperaremos —le anunció con firmeza a los Beckwith—. Sin duda está dando vueltas en el coche, ordenando sus pensamientos. Cuando esté lista para volver a ser lógica, regresará con una explicación. Mantengamos la calma cuando llegue, ¿de acuerdo? —miró a los padres de Lucie, soslayando por completo a Trae—. No queremos hacer nada más que la pueda perturbar.
—¿Perturbarla a ella? —estalló Mitsy—. ¿Y qué pasa conmigo? ¿Qué se supone que debo hacer yo? La orquesta, las esculturas de hielo derritiéndose… —miró hacia la calle con expresión horrorizada—. ¡Los invitados! ¿Y si vienen aquí? ¡Dios mío, la prensa!
—Tranquila —pidió Rhys con calma—. No servirá de nada dejarse llevar por el pánico. Además, dudo de que los invitados vayan a presentarse aquí para la recepción nupcial, teniendo en cuenta que no ha habido boda.
—Esto es una pesadilla —continuó Mitsy estimulada por la histeria—. La gente hablará. Se mofará de mí a mi espalda. No pienso tolerarlo, ¿me oyes? Rhys —lo sujetó del brazo con expresión de locura en los ojos—, debes hacer algo.
—¿Qué? —no alzó la voz, pero las palabras salieron como un cañonazo—. Tu hija acaba de dejarme plantado ante el altar. ¿Qué diablos crees que puedo hacer yo al respecto?
Mitsy parpadeó, visiblemente anonadada. No era la única. Cerrando la boca, Rhys se comportó como si su boca acabara de traicionarlo. Era la primera vez que Trae lo veía a punto de reconocer que no tenía todo bajo control.
—Puedo llamar a la policía —aportó Hal sin convicción.
Rhys movió la cabeza.
—Evitemos llamar a las autoridades. No queremos que ellos o la prensa se involucren. Al menos, aún no.
«Típico», pensó Trae. La pobre Luce estaba por ahí dando vueltas desvalida y a él le preocupaba la mala publicidad. Disgustada con Rhys, con todos ellos, le plantó el ramo en las manos.
—¿No hay un teléfono en la limusina? —preguntó mientras buscaba su móvil en el bolso—. ¿Qué número tiene?
Hal Beckwith buscó en sus bolsillos hasta que sacó una tarjeta con la información de la empresa. Hicieron falta dos intentos y varios minutos en espera hasta que Trae consiguió el teléfono de la limusina. Marcando con impaciencia, lo escuchó sonar y sonar.
Pasados unos minutos de lo mismo, Rhys movió la cabeza. Le devolvió el ramo y le quitó el teléfono.
—Eh, dámelo —intento recuperarlo, pero Rhys se lo había pegado a la oreja, lo cual, dada la diferencia de altura que había entre ellos, significaba que tendría que saltar como un cachorrillo excitado para recobrarlo.
Consciente de pronto de lo alto y abrumador que era físicamente, agitó el ramo en su cara.
—¿Crees que tú puedes hacerlo mejor? —preguntó—. ¿Que Lucie percibirá que la estás llamando tú y te contestará al instante?
La miró como si fuera un bicho molesto.
—No estoy llamando a la limusina —indicó con sequedad—. Llamo a la empresa. Sólo necesito su localización.
Pero el tiempo pasó y él siguió a la espera.
De pronto Mitsy se quedó boquiabierta. Siguiendo su mirada asustada, Trae vio que un coche giraba por la esquina. Con esperanza renovada, reconoció el coche de alquiler de Alana y Quinn. Con su ayuda, quizá pudiera llegar primero hasta Lucie.
Pero al avanzar hacia ellas, Mitsy, que tenía el instinto de un sabueso al oler problemas, atajó por el jardín para llegar hasta sus amigas antes que ella. Sonriendo con afabilidad, las escoltó hasta la casa.
«Aguanta, Luce», instó mentalmente mientras iba tras ellas. «Voy de camino».
«Simplemente, mantén la calma», se dijo Rhys con firmeza mientras subía las escaleras. «Actúa como si no pasara nada. Y olvídate de que medio mundo presenció cómo te dejaban plantado».
Debería haber insistido en que Mitsy limitara las invitaciones. Había querido una boda tranquila, no un espectáculo para más de quinientos invitados. Peor aún, la necesidad de Mitsy de dominar las páginas de sociedad había atraído a demasiados medios. Y no se hacía ilusiones. El hecho de que él fuera propietario de varias publicaciones no le garantizaría inmunidad. Esa historia aparecería en las ediciones del día siguiente.
Miró con furia el teléfono que todavía sostenía en la mano. De pronto se dio cuenta de que la batería se le había agotado. Frustrado, se mordió el labio para retener el control. Típico de Trae no tener el móvil cargado.
Odiaba la falta de acción, el no saber. Tenía que llegar hasta Lucie, meterle algo de sentido común en la cabeza. ¿No habían hablado de ello, acordando ambos que el matrimonio era inevitable? Los padres de ella lo esperaban, todo el mundo lo daba por hecho. La ceremonia de ese día debería haber sido una simple formalidad, el punto final de una frase cuidadosamente construida… con la salvedad de que Lucie de golpe había cambiado las palabras. Hasta una hora atrás, ella había estado de acuerdo en que ese matrimonio los beneficiaría inmensamente a ambos. ¿Qué habría podido hacerle cambiar de idea?
Era una pregunta estúpida. Él sabía lo que había pasado. Sus amigas. Más específicamente, Trae Andrelini.
Había visto a Trae hablar con Lucie en la parte de atrás de la iglesia. ¿Cómo pasarla por alto con ese vestido? El traje sexy, de color lima, los zapatos con tacones de aguja, todo ese cabello rojo. Claro que le había dicho algo. Desde que las dos amigas se habían conocido en la universidad, Trae había sido el diablo en el hombro de Lucie, instándola siempre a meterse en problemas, pero nunca cerca para sacarla de ellos. Ésa era una tarea que recaía en él… arreglar todo el caos producido por otros.
Con un aguijonazo, imaginó a su novia, sola y asustada en alguna sórdida parada de autobús, su rebelión perdiendo ímpetu. Tenía que llegar hasta ella. Lucie lo esperaría. Su familia lo esperaría. Después de todo, ¿cuándo la había decepcionado Rhys Allen Paxton?
«Ah, Lucie», pensó con desesperación. «¿Dónde diablos estás?».
—Rhys, ¿estás bien? He venido lo más rápidamente que he podido.
Se volvió y vio a su hermano menor detrás de él. El pelo rubio y la apariencia relajada de Jack hacían que fuera casi su opuesto.
—Estoy bien —repuso con más brusquedad que la que habría querido emplear. Para contrarrestarlo, añadió una sonrisa, pero por una vez su hermano no se la devolvió.
—¿A quién quiero engañar? Es inútil —musitó, queriendo tirar el teléfono de Trae contra la pared—. Supongo que Lucie no te habrá dado alguna idea de dónde podrá estar, ¿verdad?
—¿A mí? —Jack negó con la cabeza—. No tengo ni idea. Aunque, si no lo has olvidado, intenté advertirte de que cometías un error al empujarla al matrimonio.
Rhys se encrespó.
—Yo no la empujé. Y no cometo errores. Es algo que no me puedo permitir.
—Vaya. Tranquilo, amigo —sonriendo, Jack alzó las manos—. ¿Sabes lo mucho que acabas de sonar a papá?
Irritado, Rhys pensó que se trataba de una comparación injusta. Jack siempre había considerado a su padre un arrogante, mientras que éste mantenía que Jack era un ignorante.
La familia estaba tan acostumbrada a ignorar el punto de vista de su hermano, que él había descartado las vagas advertencias de Jack acerca de Lucie.
Además, también había estado distraído con su última adquisición, una empresa que durante años su padre había tratado de comprar. Un logro importante, y aunque su padre siguiera vivo para presenciarlo, sabía que no recibiría ninguna palmadita en la espalda por sus esfuerzos. No después del fiasco de la iglesia. «Inaceptable», describiría aquél los acontecimientos del día. Según Rhys II, una vez que se establecía un objetivo en el mundo, no existía excusa para no alcanzarlo.
—Bueno, ¿cómo planeas recuperarla? —preguntó Jack—. Espero que no llames a la policía.
—No. Es algo de lo que he de ocuparme yo en persona.
—De acuerdo, entonces mantendré el fuerte en tu ausencia.
La idea de dejar a su poco fiable hermano a cargo de los negocios lo llenaba de aprensión, razón por la que le había pedido a Sam Beardsley, la mano derecha de su padre, que volviera de la jubilación y supervisara las cosas mientras él estuviera de luna de miel.
Pero lo último que quería era que su hermano viera la falta de fe que tenía en él, por lo que forzó una sonrisa y extendió la mano.
—Gracias, te lo agradecería.
Jack resplandeció mientras se estrechaban las manos, hasta que una súbita y aguda risa femenina procedente del pasillo hizo que mirara por encima del hombro.
—Se… será mejor que vaya. Alguien necesita calmar a los Beckwith… y a quienquiera que haya llegado.
Rhys sabía que a Jack no le importaban los Beckwith. La capacidad de su hermano de verse distraído por el sexo opuesto era legendaria e inevitable, y una buena razón por la que no podía dejarle demasiado tiempo la responsabilidad de la Paxton Corporation.
Moviendo la cabeza, fue al dormitorio de Lucie. Quería quitarse el esmoquin y era allí donde tenía las maletas, ya que habían planeado salir desde la mansión hacia el aeropuerto. Además, Lucie tenía su propia línea privada.
Entró y dejó la puerta abierta, sintiendo claustrofobia entre tanto rosa. Gracias a la decoración de Mitsy, la habitación era una mezcla de cojines de chintz y cortinas recargadas, rematada con un enorme oso de peluche acomodado sobre la cama con dosel.
No le extrañaba que a veces Lucie tuviera una visión sesgada de la realidad. Hasta el teléfono era una versión de plástico del zapato de cristal de la Cenicienta. ¿Quién en su sano juicio le hablaba a un zapato?
Al parecer, él. Tiró el aparato de Trae sobre la cama y levantó el auricular. Tenía que hacer varias llamadas, empezando por su ama de llaves en las Bahamas. Sabiendo lo mucho que le gustaba a Rosa consentir a Lucie, podía imaginarla recorriendo la propiedad en busca de las gardenias que tanto le gustaban a su novia.
—Pero la señorita Lucie viene hacia aquí —le informó Rosa—. Acaba de llamar desde el aeropuerto para decirnos que esperemos su pronta llegada.
Sintió una oleada de alivio al saber que se hallaba a salvo. Era lógico que Lucie fuera junto a la mujer que actuaba más como una madre para ella que su propia madre biológica.
Al menos ya sabía que la tenía cerca. Con un poco de suerte, podría alcanzarla en el aeropuerto JFK y traerla de vuelta a casa antes del anochecer. En el peor de los casos, aunque lograra despegar sin él, la recibiría en la isla, donde no le costaría arreglar una ceremonia sencilla en la capilla local junto al mar.
Poco le importaba dónde se casaran, siempre y cuando estuvieran casados al finalizar la semana. Ya que por ese entonces, desde luego, necesitaría regresar a su despacho.
Consciente del paso de los segundos, Trae corrió por el pasillo, imaginando la desesperación de Lucie. Pasara lo que pasara, no podía dejar que Rhys llegara primero junto a su amiga.
Incapaz de encontrar a Rhys para pedirle que le devolviera el móvil y comprobar los posibles mensajes que pudiera tener, decidió ir a usar la línea privada de su amiga.
Al llegar ante la puerta, se detuvo en seco. Para su consternación, la habitación ya estaba ocupada.
De espaldas a ella, enorme, masculino y abrumador para el entorno, Rhys comenzó a dar órdenes en el teléfono. El auricular parecía demasiado frágil en su mano grande y capaz.
—… debo seguirla —dijo con firmeza mientras se aflojaba la corbata—. Logré cambiar mi reserva para un vuelo a las cuatro y media a Miami. Vuelo 213 —movió la cabeza—. Sí, sé que voló directamente a las Bahamas, pero no queda ni un asiento libre en ningún vuelo de hoy. Lleva mis cosas a la terminal Worldways, en el JFK, al despacho de Bob Ledger. No, espera —comprobó su reloj de pulsera—. No tendrás tiempo. Manda todo al barco. Bayside, embarcadero 337. Tampoco había plazas desde Miami. El barco es el modo más rápido.
Se soltó los gemelos de la camisa.
—Cerciórate de enviarme mi maletín. Tengo que repasar documentos antes de mi reunión con Stanton, S.A. Y necesitaré mi BlackBerry. He de disponer de un teléfono fiable.
Miró ceñudo el móvil que había en la cama. «Mi teléfono», pensó Trae, apenas resistiendo el deseo de entrar en la habitación para recuperarlo.
—De acuerdo, sí —continuó él con impaciencia—. Técnicamente le prometí a Lucie que no trabajaría esta semana. Pero ya no es nuestra luna de miel, ¿verdad?
Trae casi dejó de oírlo, distraída por el proceso de strip-tease que seguía ese hombre. En ese momento se quitaba la camisa. Le costó no mirar boquiabierta todos esos músculos marcados y sorprendentemente bronceados. ¿Quién habría imaginado que ese ejecutivo trajeado escondiera un cuerpo tan magnífico?
Se preguntó dónde conseguiría ese bronceado un adicto al trabajo. Hasta donde ella había podido ver, siempre llevaba un traje.
Aunque parecía que iba a recibir un buen vistazo del verdadero Rhys Paxton. Cuando las manos de él fueron a la cremallera, se apartó de la puerta, tan consternada como abochornada. No era una puritana, pero se trataba del casi marido de su mejor amiga. No debería espiar cómo se desvestía, y, desde luego, no debería estar excitándola.
—Ponte manos a la obra —finalizó Rhys con brusquedad—. Tengo prisa. He de llegar a ese vuelo —y colgó.
Con determinación renovada, Trae fue en busca de Quinn y Alana. Maldito Rhys Paxton y todo su dinero y contactos. Al parecer, sabía exactamente adónde había ido Lucie, información que no iba a compartir.
Había dicho Vuelo 213, que despegaba a las cuatro y media para Miami. Y después de aquello, la Dársena de Bayside, embarcadero 337.
Daba la impresión de que iban en la misma dirección.
—¿Trae? —a última hora de aquella tarde, Lucie Beckwith hablaba con el buzón de voz, aunque esperaba que su amiga percibiera de algún modo que la llamaba y milagrosamente alzara el auricular—. Probablemente estás ordenando el caos que he dejado, pero yo estoy sentada en un taburete, observando a unos flamencos y me he puesto a pensar que tal vez cometí un gran error.
Eso no había salido bien.
—Quiero decir, mi error no estuvo en decir que no —añadió con presteza—. Jamás debería haber venido a las Bahamas. Como si Rhys no fuera a buscarme aquí. Me conoce tan bien. Al instante adivinará que vine en busca del consejo de Rosa.
Frunció el ceño. Era una cobarde, ya que aún no estaba preparada para enfrentarse a Rhys.
—Estará tan… decepcionado —pensó en voz alta ante el auricular—. Hicimos un trato.
En su momento había parecido la solución perfecta. Rhys necesitaba un Rhys IV y Lucie, bueno, tal como su madre no se cansaba de señalar, tener hijos le daría un objetivo a su vida por lo demás sin rumbo. Y a pesar de lo que pudieran pensar muchos, no le gustaba ir sin destino.
Con sus amigas centradas en las carreras profesionales o las familias que tenían, últimamente se sentía cada vez más aislada. De modo que cuando Rhys sugirió que tal vez había llegado el momento de ponerle un broche al compromiso, no pudo ver ningún motivo para discutírselo. Después de todo, el matrimonio era lo que siempre había dicho que quería.
Y tampoco podía pedir un mejor amigo o un paladín más honorable. En cada problema de infancia, en cada momento de angustia de adolescente, él había sido el hombro sobre el que llorar. Cuando su cita se había echado atrás para llevarla al baile de graduación en el último minuto, Rhys había cancelado unos planes importantes para escoltarla.
No cabía duda, era un hombre maravilloso, una roca en los mares tormentosos en que a menudo convertía su vida, y Dios sabía que cualquier chica del club de campo ocuparía su puesto en un abrir y cerrar de ojos.
Lo único que tenía que hacer ella era trasladarse de una casa a otra, y el cambio de dirección sólo implicaría un número.
Todo tan fácil. Tan perfecto. Entonces, ¿qué hacía en las Bahamas, tan lejos del novio como le era posible?
