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Pilar Tejera nos sorprende una vez más con historias de mujeres sorprendentes. En esta ocasión, recoge por primera vez en español las biografías de las principales activistas que lucharon para la obtención del voto de la mujer. Centrado en los Estados Unidos y en Inglaterra, los dos países donde el sufragio femenino tuvo mayor fuerza, la obra nos descubre la vida de mujeres luchadoras e inspiradoras.
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Seitenzahl: 433
Veröffentlichungsjahr: 2025
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SUFRAGISTAS
Pilar Tejera
Sufragistas
© Pilar Tejera, 2025
© Ediciones Casiopea
ISBN: 978-84-129062-8-8
Diseño de cubierta: CaryCar Servicios Editoriales
Maquetación: CaryCar Servicios Editoriales
Impreso en España
Reservados todos los derechos.
Este libro ha sido posible gracias a las instituciones, fundaciones y bibliotecas que me han ayudado a documentarme sobre un tema tan apasionante como el del sufragio femenino en Reino Unido y los Estados Unidos de América.
Mi agradecimiento a la Librería del Congreso de los Estados Unidos, una de las mayores bibliotecas del mundo, con millones de libros, películas, vídeos, grabaciones de audio, fotografías, periódicos, mapas y manuscritos en sus colecciones. Como miembro suscrito a sus archivos online, he descubierto historias increíbles.
Agradezco también al equipo de documentación de la Universidad de East Anglia y del Consejo del Condado de Norfolk, cuyos archivos sobre sufragistas británicas fueron cruciales, al igual que los artículos publicados por el equipo responsable de Historic UK's. com, obra de un grupo de entusiastas de la historia del Reino Unido. Con más de 800 000 páginas vistas cada mes, es la revista histórica online más importante del Reino Unido.
Gracias también al equipo editor de la sección de biografías en la versión online de la Enciclopedia Británica, quienes, gracias a la labor de Susan Whiting, mantienen vivos los archivos del National Women's History Museum de los Estados Unidos, con sede en Virginia. La documentación y el apoyo de quienes están detrás del Smithsonian American Women's History Museum en Washington D.C. tuvieron un valor incalculable.
Agradezco a Stefen Carvani, creador de los archivos históricos de las mujeres de Leeds, y al equipo responsable de los archivos del Museo de Londres, así como el trabajo de Diane Atkinson, autora de The Suffragettes in Pictures, que también han resultado un apoyo definitivo. Poder acceder al ensayo de Patricia A. Carter titulado: De solteras a casadas: la respuesta de las maestras feministas al conflicto entre la familia y el empleo en la ciudad de Nueva York de principios del siglo XX supuso una gran ayuda para elaborar el artículo sobre Henrietta Rodman.
Jessica Brain y sus escritos para la Asociación Nacional Estadounidense por el Sufragio Femenino, los estudios sobre el sufragio en Historic-UK, con el título Votes for Women, la institución educativa de Aurora Metro, y su web Thesuffragettes.org, han sido cruciales por la cantidad de valiosa información.
El trabajo de June Purvis, profesor emérito de la Universidad de Portsmouth, y de Sharon Crozier-De Rosa, ambos editores de la revista Women's History Review, de Women’s History, así como el estudio de Helena Wojtczak sobre la lucha de las británicas por la emancipación, difundido en Hastings Press, y los archivos sobre el papel jugado por las mujeres de Leeds en el siglo XIX para la obtención del voto, tan cruciales posteriormente en el activismo en toda Inglaterra, resultaron una ayuda inestimable.
Las tesis doctorales y estudios de universidades como la de Yale, en los Estados Unidos, a través de su diario Yale Journal of Law & Feminism, o la de la Universidad de Washington, así como el equipo de la Sociedad Histórica de Rhode Island y sus artículos sobre la historia del sufragio, al igual que otras Sociedades Históricas de Nueva York, Washington y universidades e instituciones de Inglaterra, me han ayudado enormemente. Gracias a quienes están detrás de muchas de estas instituciones, que con tanto entusiasmo han atendido mis preguntas y respondido mis correos apoyando la idea de escribir este libro.
Gracias, especialmente, a Patricia González por el prólogo del libro.
La prolongada esclavitud de las mujeres es la página más negra de la historia de la humanidad.
Elisabeth Cady Stanton
El sufragismo ha sido uno de los procesos políticos más importantes de los últimos siglos, uno con sus luces y sus sombras, que incorporó a la política activa a una mitad de la población tradicionalmente marginada. Posteriormente, algunas de sus protagonistas se lamentarían de pedir la ley y solo obtener la ley, pero fue el primer paso en un camino largo que pondría de manifiesto lo cultural de esa discriminación y la existencia de todo un entramado ideológico destinado a mantener sometida a la mayor «minoría» de la historia. Hoy miramos atrás y nos parece increíble tanto lo que se ha avanzado como las reacciones y pervivencia de violencias.
Sin embargo, también es uno de los procesos menos conocidos de esos últimos siglos. Pensadlo bien, ¿cuántas sufragistas se podían nombrar así a vuelapluma? ¿Cuántas son conocidas dentro de ese perverso concepto de la «cultura general»? ¿Quién sabría decir algo de la familia Pankhurst más allá de su nombre? No es extraño que los nombres femeninos queden mucho más invisibilizados y ocultos que los masculinos, y un proceso eminentemente femenino sufre, inevitablemente, procesos de olvido. Por eso, precisamente, resulta tan importante la labor de recuperación de nombres, historias, dinámicas, victorias y fracasos. Esta obra se centra en el mundo anglosajón, entre el siglo XIX y el XX, en un momento crucial, además, de cambios sociales en que las mujeres alzaron su voz con fuerza.
Hay que decir que el del sufragismo también ha sido un movimiento cuyo elemento de lucha y radicalidad se ha desactivado y suavizado, en un proceso de reabsorción por parte de un sistema que reformula lo que no puede ignorar. Los elementos violentos, como las técnicas de lucha y los grupos de autodefensa de Edith Garrud, las campañas de voladura de buzones, de rotura de escaparates o las campañas de escraches a políticos parece que se hayan volatilizado del imaginario colectivo. La tendencia de ver a las mujeres como «seres de luz» y «ángeles de la paz» que, en el fondo, son elementos de control, necesita pasar de puntillas por las iniciativas de aquellas mujeres que tuvieron que pelear con uñas y dientes contra la policía y el poder por sus derechos. Esto ha conllevado también el olvido de las mártires, de las huelgas de hambre, de la alimentación forzosa.
El primer capítulo se encarga, de hecho, de desmentir esta visión (algo que se desarrolla también en el decimocuarto). Eran tiempos duros, con reacciones duras. Fue también un proceso en plural, con muchos enfoques diferentes que dependían, muchas veces, de la idiosincrasia de los distintos países que vieron a sus mujeres luchar. Las americanas tenían una base religiosa mucho más fuerte, la disidencia sexual fue más potente en el Reino Unido… En ocasiones gestos que hoy nos parecen pequeños supusieron grandes cambios, como los bombachos de Amelia Bloomer o el uso de la bicicleta.
Hemos dicho que es importante recuperar nombres, pero este libro va mucho más allá de eso, pues recupera una historia de resistencia, de estrategias, de reconocimientos y tristezas. Cada historia nos trae el recuerdo de un aspecto diferente de la realidad poliédrica de la lucha y el contexto de la época, de luchas cruzadas, como el abolicionismo o la lucha por los derechos laborales de mujeres como Matilda Joslyn Gage o Victoria Woodhull. Porque la lucha por el sufragio femenino nunca fue una lucha solitaria. El derecho a la educación, a la igualdad en el trabajo, al control del propio cuerpo o la libertad. Capítulos como el séptimo y el octavo nos abren nuevas visiones sobre la importancia de estas luchas, que nunca fueron secundarias.
Este es un libro que no solo trata de la solidaridad y la organización, sino también de aquellas mujeres que supieron ver sus propios talentos y lucharon desde allí, como la fotógrafa Christina Broom, que supo ver la importancia de la imagen, la importancia de una historia que estaba mirando de reojo y a la que había que obligar a ver y comprender, cara a cara y de frente. De esas mujeres que no dejaron que nada las detuviera, ni siquiera el estar unidas a una silla de ruedas, como Rosa May Billinghurst, y que convirtieron sus debilidades en fortalezas.
No conviene olvidar tampoco las sombras de estas luchas. Las sufragistas no siempre estuvieron «del lado bueno» de la historia, al menos no todas. Cuestiones como el racismo siempre planearon sobre parte del movimiento e hizo falta que las mujeres negras nos recordaran que opresiones y privilegios se entrecruzan en un tapiz complejo, y que sufrir una violencia no libra de ejercer otras. «Interseccionalidad» sería una palabra que tardaría en aparecer en el panorama feminista, como también la de «sororidad» que también viene de los feminismos negros, pero Soujourner Truth ya alzó su voz preguntándose si ella no era una mujer, ya que, cada vez que se hablaba de esa mujer en singular, parecía que se la excluía. El capítulo noveno trata de esas otras voces, muchas veces aún más olvidadas que las blancas y burguesas.
Pese a que el ámbito del libro es aquel en el que el sufragismo alcanzó un mayor desarrollo como movimiento, el anglosajón, el epílogo nos recuerda nuestra propia historia de luchas y esperanzas. Es un recuerdo a algunas de esas mujeres, en un contexto como el español, que se dejaron la piel y el alma para conseguir una igualdad que aún no hemos acabado de conseguir.
La historia siempre ha sido un derecho por el que, como por el derecho al voto o la educación, también hemos tenido que luchar. Aunque normalmente no es buena idea usar esa primera persona del plural cuando hablamos de la historia, hay excepciones, porque las genealogías son importantes, sobre todo cuando se ha pretendido ignorarlas. Porque la historia también es una lucha, una que nunca acaba; precisamente por eso tenemos que seguir hablando, escribiendo, recordando y homenajeando a quienes nos precedieron. Necesitamos ponerlas en sus contextos, investigando sus vidas y mirándonos a los ojos con un pasado que nos confronta con nuestras propias vivencias, creencias y valores. Porque fueron, seremos.
Patricia González1
Tiempos duros para la mujer
¡VOTES FOR WOMEN!
Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie.
Emily Dickinson
En 1909, Mary Leigh declaraba, tras abandonar la prisión de Winson Green, Birmingham: «La sensación es terrible. Sientes que los tambores del oído van a estallar, así como un dolor enloquecedor en la garganta y el pecho. Empujan el tubo cincuenta centímetros pese a la resistencia natural del cuerpo... Resistí cuanto pude, pero finalmente me superó el peso de los que tenía encima».
Cierto es que Mary Leigh no era, lo que podríamos decir, una mosquita muerta. Comulgaba con las tácticas de la WSPU2, más agresivas a la hora de luchar por el sufragio femenino y uno de los cotos de caza predilectos para captar afiliadas.
Un año antes de ser recluida en Winson Green, Mary Leigh ya había sido arrestada por atentar en Londres contra el político Lloyd George. Pero al año siguiente, junto a Charlotte Marsh y Patricia Woodlock, había cruzado la línea. Subida al tejado de un edificio colindante al Centro de Convenciones Bingley Hall (Birmingham) y en protesta por haberles prohibido asistir al discurso del primer ministro Asquith, habían lanzado unas tejas contra el vehículo del político y el de la policía.
Tras ser conducida a Winson Green para cumplir cuatro meses de reclusión, reaccionó con violencia por no ser tratada como presa política. Al declararse en huelga de hambre, fue alimentada a través de una cánula insertada en la nariz. Era el comienzo de uno de los capítulos más negros del gobierno británico.
* * * *
La reacción de las fuerzas del orden, de los políticos y de parte de la sociedad a las acciones de las sufragistas provocó situaciones de gran dureza. Algunas luchadoras, encaramadas en la base de las grandes estatuas, o usando como podio cualquier cosa que se elevara a más de un metro de altura, lanzaban sus discursos en favor del voto. Se las veía por todas partes, desoyendo los insultos, las advertencias, enfrentando las cargas policiales... Muchas de estas mujeres no solo se enfrentaron a la cárcel, sino también al desprecio de sus familiares y amigos.
Era precisamente su obstinación lo que les confería un aspecto tan temible. Banderines, desfiles en las plazas, en las grandes avenidas… Debían hacerse oír, pese a las detenciones y los abucheos, pese a los encolerizados esposos… Expresiones como «igualdad», «salarios justos», «acceso a la educación», se oían por todas partes. Los argumentos eran claros: si las mujeres estaban sujetas a las mismas leyes que los hombres, debían tener derecho a elegir a quienes las redactaban. Pero las cosas no fueron fáciles.
Estaba también el espinoso asunto de la educación superior. Aunque algunas universidades permitían la asistencia de alumnas a ciertas clases (en Oxford desde 1877), se tendría que esperar a las primeras décadas del siglo XX para que pudieran matricularse. Hasta entonces, ni los estudiantes ni el profesorado las quería allí. En 1879, cuando la Universidad de Cambridge les permitió asistir como oyentes, el alumnado masculino mostró su desacuerdo alzando una marioneta de una mujer subida a una bicicleta.
Pero la contienda fue ganando terreno, y no solo en el mundo anglosajón. En 1878, París acogió el primer Congreso Internacional Feminista, y en 1883 se creaba la Société de Suffrage des Femmes. Alemania y otros países europeos se irían sumando a la causa. A principios del siglo XX, se abría la puerta a lugares donde hasta entonces había colgado el cartel de prohibido el acceso a la mujer. Derecho a estudiar, a emprender, derecho al divorcio, derecho a conservar el patrimonio al casarse...
Ahí estaba Victoria Woodhull, abriendo en 1870 una agencia bursátil en Wall Street, sacando a la luz un periódico (el primero en los EE. UU. en publicar el Manifiesto comunista) y presentándose como candidata a la presidencia del país.
Ahí estaba Marie Marvingt, conduciendo una locomotora en 1905, así como barcos de vapor, tras lo cual realizó el trayecto París-Coblenza (más de 400 km) en canoa. Quienes pensaban que aquel manantial de actividad no podía ser una simple mujer, se dieron de bruces con la realidad: ahí estaba ella también en la cocina, haciendo honor a su título de Cordon Bleu y luchando por el reconocimiento del «sexo débil».
Ahí estaba la inglesa Rosa May Billinghurst, paralizada de cintura para abajo por una enfermedad contraída de niña, desplazándose en su triciclo de tres ruedas y alzando su pancarta de «Voto a la mujer».
Y ahí estaban las pilotos, conquistando el cielo, haciendo las delicias de muchos con sus piruetas. Si esto ocurría en el cielo, ¿qué no iba a ocurrir en la tierra?
En los EE. UU., algunas protagonizaban viajes transcontinentales al volante. En 1910, y con el título Tormenta sufragista, el New York Times reservó la primera página al monumental desfile femenino por las calles de Washington. Las participantes, subidas a cuarenta y cinco vehículos, exhibieron las peticiones firmadas por medio millón de personas en apoyo del derecho al voto femenino.
Asimismo, en 1914 tuvo lugar una marcha de 60 automóviles pintados de azul y amarillo con las palabras «Voto para la mujer» que recorrió el estado de Nueva York para participar en una convención celebrada en Rochester3.
Dos años más tarde, la Asociación Nacional para el Sufragio Femenino4patrocinaba un viaje transcontinental integrado por conductoras y bautizado por el New York Times como El circuito de sufragio automovilístico.
* * * *
Llegaron también las activistas más violentas, cansadas de esperar resultados que nunca llegaban. El infierno no conocía una furia como la de una sufragista enfadada. En Inglaterra, cuando el clero dio a conocer su oposición sobre el voto femenino, se quemaron algunas iglesias, y cuando la familia real británica se pronunció también en contra, algunas sufragistas se encadenaron a las rejas del Palacio de Buckingham. Hubo políticos que sufrieron ataques físicos yendo a su lugar de trabajo y sus casas fueron objeto de destrozos.
Hubo quienes, tras resultar condenadas y encarceladas, se declararon en huelga de hambre, poniendo en un aprieto al gobierno ante el riesgo de morir bajo su custodia.
Lilian Lenton, una pirómana conocida como la Pimpinela de Leicester por su habilidad para escapar de la policía, era una devota creyente en el lema de las sufragistas de «Hechos, no palabras» acuñado por Emmeline Pankhurst. Tenía solo 21 años cuando fue arrestada en febrero de 1913 por prender fuego a la casa de té de Kew Gardens. Tras declararse en huelga de hambre, se sumó al club de las reclusas obligadas a ingerir alimentos a través de una goma.
La publicidad que originó su terrible experiencia avergonzó al gobierno y lo llevó a aprobar apresuradamente su «Ley del Gato y el Ratón»5 en abril de 1913, según la cual las sufragistas en huelga de hambre podían ser puestas en libertad temporalmente para que recuperaran su salud, momento en el cual eran arrestada de nuevo para cumplir su sentencia. Su nombre estaba inspirado en el hábito del gato de jugar con su presa, dejándola escapar varias veces antes de matarla. Esta ley fue aprobada en respuesta al uso de las huelgas de hambre como forma de protesta.
Lilian Lenton era una pirómana vocacional. Ese mismo año de 1913 compareció nuevamente ante el tribunal de justicia, por haber entrado en una vivienda próxima a Doncaster6 y prenderle fuego. Durante el juicio, se dirigió al jurado, interrumpiendo al secretario del tribunal mientras leía los cargos contra ella. El juez la amonestó rápidamente con las siguientes palabras: «Señorita Lenton, ¿no cree que ya ha protestado lo suficiente por el momento?». A lo que ella respondió tranquilamente: «No. No he protestado lo suficiente». El periodista del Manchester Guardian que asistió a su juicio quedó impresionado por el talante de esta artista del escapismo.
* * * *
El suceso más desafortunado en Reino Unido se produjo durante la carrera hípica disputada en el hipódromo de Epsom Downs (Surrey) el 4 de junio de 1913, cuando Emily Wilding Davison7 corrió hacia la pista y se arrojó a las patas del caballo del rey Jorge V. A consecuencia de las heridas, perdió la vida. De esta forma, pasó a ser la primera mártir de la causa. Los contrarios al voto femenino pusieron aquel suceso a su favor: «Si una dama educada se ponía en aquella situación solo para demostrar su punto de vista, ¿se podía confiar en las mujeres la responsabilidad del voto?».
«Las damas no están hechas para las urnas», objetaban muchos, haciendo lo posible para que las cosas volvieran a su cauce. Afortunadamente, estaba escrito que la sociedad apuraba los últimos sorbos de una época que quedaba atrás.
Fue a partir de 1914, tras el estallido de la guerra, cuando se detuvieron de forma temporal las protestas para ayudar en el esfuerzo bélico. A partir de ahí, el papel de las mujeres durante la contienda supuso un antes y un después en su reconocimiento social.
Finalmente, el 4 de junio de 1919, el Congreso de los Estados Unidos aprobaba el derecho de sus ciudadanas a votar, derecho ratificado en agosto de 1920 con la 19.ª Enmienda a la Constitución. Por su parte, en 1928, el Parlamento británico aprobaba el sufragio femenino en las elecciones generales.
En España, el triunfo del voto femenino se alcanzó en 1931; en Francia, unos años más tarde (1944); en Italia, al año siguiente (1945)... Las suizas fueron a la zaga... hasta 1971 no pudieron votar. Pero al final ganaron ellas... y ellos, podríamos decir, pues fueron muchos los hombres que secundaron aquella contienda: Elsie Duval, que se unió a la Unión Social y Política de Mujeres con solo 15 años, huyó en 1913 con su novio, Hugh Franklin, quien había intentado atacar a Churchill. Fue uno de los pocos hombres en ser encarcelado por su participación en el pulso de las sufragistas.
Elsie Duval murió a los 27 años, todavía demasiado joven para poder votar. El año anterior, el Gobierno británico había aprobado la Ley de Representación del Pueblo, pero esta otorgaba el derecho a votar únicamente a las mujeres mayores de 30 años que cumplieran con los requisitos de propiedad. Una pena.
Muchas de las activistas británicas que acabaron entre rejas por sus creencias libraron una decidida campaña para ocupar su lugar en la Cámara Alta. Sin embargo, sus retratos ahora cuelgan en el comedor de los lores, mirando desde arriba a docenas de miembros femeninos del Parlamento británico. De modo que finalmente llegaron a estar allí. Respecto a su participación en la Cámara Baja, la Cámara de los Comunes comenzó la legislatura de 2024 con un récord de mujeres: 263 diputadas (el 40,5 % de un total de 650 escaños). Más de cinco puntos porcentuales por encima de los que tuvo durante el mandato anterior, cuando los nombres femeninos ascendieron a 220. No está mal...
Made in USA
Lo que une a hombres y mujeres es más fuerte que la brutalidad y la tiranía que los separa.
Millicent Fawcett
Bombachos por la igualdad
1818-1884
Séneca Falls, Nueva York. 20 de julio de 1848. Primera convención por los derechos de la mujer que se celebra en los EE. UU. Amelia Bloomer sale de la atestada sala sabiendo que algo se ha roto en ella. El corazón le late con una vehemencia sofocante. Siente ganas de pellizcarse para comprobar si lo vivido en los dos últimos días forma parte de un sueño… Tendrá que pasar un tiempo para que pueda digerir el impacto del masivo encuentro.
A sus 30 años, Amelia creía tener asentados los pilares de su vida. Un marido, una ocupación, cierto bienestar económico…, pero en la convención se ha hablado de cuestiones que echan por tierra parte de sus principios. Ha escuchado palabras que han encendido una inesperada luz en algún rincón de su mente. Ha visto con sus propios ojos que las mujeres se organizan abiertamente, hablan de cambiar su lugar en una sociedad dominada por los hombres, de luchar por el sufragio femenino… Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton, grandes oradoras y feministas convencidas, están cambiando la mente de muchas de las asistentes. Ella no ha escapado a su embrujo.
Se ha elaborado una lista con los derechos que han de exigirse. Derecho a pensar, a opinar, a votar, a «ser felices»… Han bautizado el documento como «la Declaración de Sentimientos». En él figuran las firmas de grandes pensadoras y luchadoras de las que ni siquiera ha oído hablar: Lucy Stone, Susan B. Anthony, Harriet Beecher Store, Julia Ward Howe, Clara Barton, Janne Adams, Carrie Chapman…
Al año siguiente, la vida de Amelia Bloomer se va a encontrar en una encrucijada. Va a tener que recomponerse como persona y como mujer. Ella, que procede de una familia modesta, conoce el sentido de palabras como dedicación o abnegación, y no le asusta el reto de luchar por sus nuevas ideas. Si la mujer lo tiene difícil para poder hablar ante audiencias mixtas, tiene a su disposición una poderosa arma: la escritura. ¿Y qué mejor medio que su propio periódico para hacerlo?
Su marido, un abogado de ideas liberales, no se interpone en su camino. Al contrario, apoya a la esposa que descubre cada día.
Al año siguiente de aquella convención, Amelia saca adelante TheLily, que arranca con una modesta tirada mensual y que llegará a tener dos tiradas semanales. Lo que comienza siendo un panfleto con escasos contenidos enfocados en los derechos de la mujer, evolucionará hasta abordar una amplia variedad de temas.
La educación es otro de sus caballos de batalla. De eso sabe algo. Sin apenas haber recibido una formación primaria en la escuela de su barrio, había salido adelante siendo apenas una adolescente trabajando como maestra, enseñando a leer, a escribir y algunas nociones matemáticas. Pero ahora que ha empezado a descubrir que no está sola, se ha apropiado de ella el deseo de luchar para que las niñas disfruten de las mismas ventajas en la escuela.
Amelia empieza a ser una figura conocida, pero es a raíz de una visita de Elizabeth Cady Staton, cuando su vida va a dar un giro de 180 grados. Observa los diseños que la líder feminista le muestra, diseños que modernizan la vestimenta femenina y se topa de pronto con una bandera que decide enarbolar.
Al poco, se confecciona esos pantalones sueltos fruncidos en los tobillos, siguiendo el modelo de los trajes tradicionales turcos, coronados por una falda y un chaleco, y decide publicitarlos en su periódico, promoviendo un cambio en la ropa de la mujer que resulte menos restrictiva y se adapte a sus actividades de ocio. Incluso incluye un patrón para que las lectoras puedan confeccionarse sus propias prendas. Acaba de sacar a la luz a los tatarabuelos de los futuros leggins de las deportistas.
Amelia no puede sospechar cómo los bloomers, nombre que designará a los bombachos, jugarán un papel vital en la lucha por la emancipación de la mujer.
Los provocadores diseños causan una conmoción social y son blanco de enconadas críticas. Al poco tiempo, la prensa recoge la historia y pronto todo el país habla de sus bombachos, que acabarán acuñando la expresión: making a bloomer para referirse a situaciones en las que se hace el ridículo.
Como era de esperar, las reformistas, las ciclistas y deportistas no tardaron en adoptar el denominado The Bloomer Costume (el atuendo Bloomer).
Parecía que Amelia ya había recorrido su propio sendero en favor de la mujer, pero gracias a su trabajo en The Lily, tomó el camino principal de la causa feminista.
Cuando ella y su marido se instalaron en Council Bluffs, Iowa, Amelia habló ante grandes audiencias, escribió, atendió entrevistas. Fueron muy aclamados sus discursos en Rochester, en 1851, y en el Salón Metropolitano de Nueva York dos años más tarde. También hizo campaña para animar a la gente a vivir en los espacios abiertos del oeste y lograr así una mejora en su calidad de vida.
Amelia vendió el periódico, pero siguió escribiendo artículos para él, aunque por desgracia, el nuevo editor solo fue capaz de tenerlo en funcionamiento unos pocos años más.
En 1867, la Asociación Americana para el Sufragio Femenino la nombró vicepresidenta, cargo que ocupó de por vida. También fue elegida presidenta de la sucursal de Iowa, donde vivió hasta su muerte en 1894.
Esta mujer, de aspecto frágil, que empezó su carrera como simple maestra de una escuela de niñas, y luego como columnista de un panfleto local, logró poner en marcha uno de los diarios feministas más importantes del país y convertirse en embajadora de la mujer.
Las defensoras de los bloomers hicieron oídos sordos a las burlas y las críticas. Guardaron en los baúles sus pesadas faldas para vestir sus cómodos «pantalones estilo turco» mientras pedaleaban.
Pero la batalla de la mujer por hacer uso de ese derecho prosiguió aún 80 años. El 25 de marzo de 1895, el Brooklyn Eagle publicaba el siguiente artículo:
MANTENIENDO A RAYA LOS BLOOMERS
LA POLICÍA DE LA COLUMBIA BRITÁNICA LLAMA LA ATENCIÓN A UNA CICLISTA POR SU ROPA.
«La policía considera que los bloomers no son prendas apropiadas para la calle, incluso cuando son llevados como prendas de bicicleta, y ha decidido tomar cartas en el asunto. Miss Ethel Delmont es una entusiasta ciclista, bella y agradable. La pasada semana hizo su aparición con sus bloomers y si la propia lady Godiva hubiera intentado emular su estampa pedaleando, no lo habría hecho mejor. La ciudad se daba la vuelta para contemplarla y en un momento dado, la policía, petrificada de asombro, decidió actuar. La informaron de que, de repetir su aparición con aquellas prendas, sería detenida con el cargo de alterar el orden público».
Ni siquiera la prensa femenina se aclara a la hora de emitir su opinión. La revista Cosmopolitan incluye en uno de sus números un artículo titulado: Bicycling for Women con el siguiente contenido:
«La cuestión sobre las prendas apropiadas para montar en bicicleta aún suscita ciertas dudas. En América, la tendencia actual es adoptar faldas más cortas. En algunas ciudades pequeñas como Cleveland, Búfalo y otras más notables como Chicago y Boston, los bombachos ya se han implantado plenamente. Esta tendencia debería quedar obsoleta. Resulta una ligera ventaja en cuanto a comodidad, pero implica una enorme pérdida de la gracia que toda mujer debería cumplir religiosamente».
Sin embargo, pese a los ataques y a la censura, el legado de Amelia Bloomer perduró. En 1897, una revista ilustró la portada de uno de sus números con algunas ciclistas usando pantalones bombachos. Amelia, seguro, se sintió encantada desde su tumba.
Tres estatuas, tres mujeres
1818-1893
En el corazón de la ciudad de Boston, se encuentra una avenida histórica consistente en un sendero arbolado, con áreas con césped, bancos y estatuas. Conocido como el Commonwealth Avenue Mall, este espacioso bulevar es frecuentado por los vecinos que pasean al perro, hacen footing, se sientan a leer o, sencillamente, van de un lado a otro recorriendo este histórico paseo. En el pasado, esta zona conocida como Back Bay era, literalmente, eso: una bahía interior junto a la península en la que se estableció Boston. Dos veces al día, las mareas del Atlántico enviaban grandes olas al río Charles para inundarlo, hasta que, en la década de 1820, una empresa emprendedora construyó una presa a lo largo de lo que hoy es Beacon Street.
Cuando se terminó el trabajo, unos cincuenta años más tarde, el Commonwealth Avenue Mall pasó a ser la columna vertebral del nuevo y elegante vecindario de Back Bay y el vínculo ajardinado que conecta el Parque Público (Public Garden) y el sistema de parques de Frederick Law Olmsted.
En este emblemático lugar se encuentra el monumento conmemorativo a las ciudadanas de Boston (Boston Women's Memorial), un trío de esculturas que rinde un tributo a Phillis Wheatley8, Abigail Adams9 y Lucy Stone10. La idea de erigirlo surgió en 1992, debido a la baja representación femenina entre las estatuas de la ciudad. El proyecto se llevó a cabo gracias a la colaboración de la Comisión de Mujeres de Boston, el comité representativo de la Commonwealth Avenue y la Sociedad Histórica de Massachusetts, con el apoyo de Ángela Menino, esposa del entonces alcalde de la ciudad. Se destinaron en él doce años.
Curiosamente, el concurso de diseño lo ganó una mujer, la escultora neoyorquina Meredith Bergmann, y el 25 de octubre de 2003 el alcalde de Boston presidió su inauguración.
Las estatuas adoptan diferentes actitudes. Todas ellas están apoyadas en el suelo, en lugar de hacerlo sobre un pedestal, y diferentes bloques de granito completan el conjunto. Lucy Stone, por ejemplo, se sirve de una peana a modo de escritorio y anota algo en el Woman's Journal11 que ella fundó. Las citas están inscritas en los correspondientes podios. Los vecinos suelen dejar artículos en las estatuas: bufandas alrededor del cuello de alguna de las esculturas en invierno, pañuelos, o una gorra del equipo de béisbol profesional de Boston: los Red Sox (medias rojas), en una de las cabezas cuando se logra una victoria deportiva.
Pero, ¿quiénes son ellas?, ¿dónde vivían y trabajaban en Boston?, ¿por qué son merecedoras de ese tributo? Las tres tenían ideas progresistas y se adelantaron a su tiempo, estaban comprometidas con el cambio social y dejaron un legado en sus escritos que tuvo un impacto significativo en la historia del país.
Aunque no hay constancia de que se conocieran, Abigail Adams y Phillis Wheatley vivieron en Boston al mismo tiempo, a solo unas pocas manzanas de distancia, coincidiendo con el período de la Guerra de Independencia. Lucy Stone, en cambio, no nació hasta 1818, el mismo año en que murió Abigail Adams y 34 años más tarde de la muerte de Phillis Wheatley. Vivió hasta finales del siglo XIX. Para entonces, Boston era un lugar muy diferente, se habían producido importantes cambios sociales, pero algunas cosas no habían cambiado: cuando Lucy Stone murió, en 1893, las estadounidenses todavía no podían votar.
La figura de Lucy Stone en Boston es recordada en otros espacios de la ciudad. En la Sala de Lectura Bates de la Biblioteca Pública, los bustos de ella y de su hija Alice Stone descansan sobre la repisa de la chimenea. El busto de Lucy fue esculpido para exhibirse en la Exposición de Columbia celebrada en 1893 en Chicago. En 1904, una activista lo llevó a la Biblioteca Pública y ahí se quedó.
Lucy Stone es, además, una de las seis figuras representadas en el bajorrelieve bautizado como Hear Us (Escúchennos), integrante del Proyecto de Liderazgo de Mujeres de la Cámara de Representantes de Massachusetts. Cada una de las representadas fue elegida por su contribución al gobierno de la Commonwealth de Massachusetts.
Otro punto de la ciudad que la recuerda es el lugar donde se hallaba el edificio que en su día albergó las oficinas del Woman's Journal. Claro que alguien que se había criado en una granja familiar y había logrado graduarse en letras (Bachelor of Arts) y luego licenciarse en la universidad de Ohio (la que antes aceptó estudiantes femeninas y alumnos afroamericanos), era capaz de sacar adelante cualquier cosa.
En 1850, Lucy Stone pronunció su primer discurso público, rompiendo así la costumbre de que ninguna mujer hablara ante una audiencia mixta. Ese mismo año organizó una Convención Nacional por los derechos de la mujer en Worcester, Massachusetts. Allí conoció al que sería su marido.
Lucy Stone tenía fama de ser una persona inconformista y combativa. Al poco de casarse, y en protesta contra las leyes discriminatorias, decidió recuperar su apellido de soltera: «Mi nombre es mi identidad y no debo perderla». Consideraba que la tradición de que las esposas renunciaran al apellido familiar era muestra de la pérdida legal de la identidad de las casadas. Antes de ella, ninguna otra estadounidense casada había conservado su apellido de soltera.
Buena parte del éxito de un discurso radicaba en la personalidad de quien hablaba, más que en lo que sus palabras pudieran encerrar. A Lucy Stone le bastaron diez minutos para hacerse con el público cuando en 1853 se dirigió al atestado auditorio de la sede de la Legislatura de Massachusetts. Al concluir, la gente permaneció tan quieta que parecía formar parte del decorado de la sala. Pidió que se revisara la constitución estatal, que se eliminara la palabra «varón» de la Constitución dondequiera que apareciera, e instó a los ciudadanos de aquel estado a adherirse a la propuesta con su firma. Más de 5000 personas lo hicieron. «Nunca antes —según un medio de Boston—, desde que se creó el mundo, en ningún país, la mujer ha hecho pública en una sala legislativa su demanda para participar en la elaboración de las leyes de su gobierno».
Lucy Stone ya estaba recorriendo el país abogando por la abolición de la esclavitud y por el sufragio femenino. Cuando le daba por mostrarse afable, hablaba como una mezzosoprano maternal. Su mirada permanecía alerta, pero al mismo tiempo cómoda. Actuaba inconscientemente como una vendedora de ideas. Cada una de sus charlas era un golpe de genio y planificación magistrales. Y no había nada que hasta los más detractores pudieran hacer, salvo escuchar. Era la clase de oradora para la que había muy pocos recambios.
Entre 1854 y 1858, expandió su mensaje en estados y rincones distantes. Fue una pionera en hacer carrera como conferenciante. Elizabeth Cady Stanton escribió sobre ella: «Lucy Stone realmente conmovió el corazón de la nación sobre el tema de los males de la mujer».
Era bien sabido que la cuestión de la esclavitud era su punto débil. En enero de 1856, fue testigo de la defensa en el caso contra Margaret Garner, una esclava en Kentucky que había huido con su marido y sus hijos hacia el estado libre de Ohio. Cuando los cazadores de esclavos y los alguaciles rodearon la casa de su prima, donde se habían ocultado, Garner aseguró que mataría a cada uno de sus hijos antes de permitir que los llevaran de vuelta a Kentucky. Su abogado defensor abogó por sus derechos alegando que su dueño había seguido su pista basándose en la injusta Ley de Esclavos Fugitivos de 185012.
Lucy Stone testificó sobre la explotación sexual de aquella esclava por parte de su amo. Stone fue acusada de facilitarle un cuchillo con el que matar niños y suicidarse a continuación. «... Con mis propios dientes me abriría las venas y dejaría que la tierra bebiera mi sangre, antes de llevar las cadenas de la esclavitud. ¿Cómo se podría culpar a esta mujer por desear que su hijo encuentre la libertad?». Aun así, el tribunal de Ohio devolvió a Garner y a su familia a Kentucky, con la indignación de los abolicionistas de Ohio. Una de las hijas de Garner murió en el viaje de vuelta, y ella fue vendida en Nueva Orleans. Murió, estando en cautiverio, de fiebres tifoideas en Mississippi.
Lucy Stone fundó la Liga Nacional de Mujeres que promovió la Decimotercera Enmienda a la Constitución13, que abolió oficialmente la esclavitud en los Estados Unidos en 1865, pero nunca olvidaría aquel caso.
Las cenas en su casa, cuando venía su cuñada, eran de lo más animadas. Su esposo, Henry Blackwell, era hermano de Elizabeth Blackwell, también activista de los derechos de la mujer y primera médica de Estados Unidos. En la biblioteca familiar, con el fuego crepitando en la chimenea, muchas noches compartían charlas interminables con políticos, periodistas, activistas, abolicionistas… Rodeados de los viejos libros de leyes amontonados en los anaqueles, se hacía historia en cada velada.
Nadie tomaba a broma a esta figura de otro mundo. Lucy Stone hacía tantas cosas y de tal calado que dejaba huella allí por donde pasaba. En un discurso ante la Convención de los Derechos de la Mujer de Nueva Inglaterra, celebrada en 1855, insistió en que una de las razones por las que las estadounidenses necesitaban ganar el acceso a las urnas era la de proteger cualquier logro alcanzado: «La próxima legislatura puede deshacer todo lo que la anterior ha hecho por las mujeres», afirmó. Describió el voto como «el arma y el escudo de la mujer; el medio para lograr y proteger los demás derechos civiles».
En 1857, el matrimonio tuvo una hija: Alice, que sería periodista y activista como su madre. Lucy Stone decidió aparcar por un tiempo su actividad para centrarse en su cuidado. Renunció al Comité Central y entró en un periodo de cierto abatimiento. Comenzó a dudar sobre sí misma y notó una falta de impulso, a lo que se sumaron frecuentes jaquecas. Solo hizo dos apariciones públicas durante la guerra civil14.
Felizmente, tras el fin de la contienda, reanudó parte de su actividad, trabajando sobre todo para la abolición de la esclavitud. En enero de 1858, organizó una protesta sobre la cuestión de los impuestos. En el verano anterior, ella y su esposo se habían establecido en el condado de Orange, Nueva Jersey, donde compraron una casa. Cuando llegó la factura de los impuestos correspondientes a la vivienda, Lucy Stone la devolvió sin pagar, alegando que gravar a las ciudadanas a las que se negaba el derecho al voto era una violación de los principios fundadores. En respuesta, ese mismo mes el ayuntamiento subastó algunos de sus bienes para cobrar el dinero adeudado más las costas judiciales correspondientes. El matrimonio hizo tal ruido sobre aquello que otras contribuyentes decidieron seguir el ejemplo de Lucy Stone.
El caso llegaría a la Corte Suprema de Massachusetts cinco años más tarde, al tiempo que muchas ciudadanas seguían exigiendo su derecho como contribuyentes a votar. «No Vote, No Tax» (Sin voto no hay impuesto) fue el lema de la Liga de Resistencia Fiscal. Quienes se declaraban en rebeldía se arriesgaban a que les confiscaran posesiones valiosas que luego se vendían en subasta pública. Pero en muchas ocasiones las compradoras eran amigas sufragistas que luego los devolvían a su propietaria. Se conserva una fotografía en sepia en la que algunas miembros de la Liga de Propaganda por el Sufragio Femenino en la ciudad costera de St. Leonards-on-sea están atrincheradas a la puerta de la casa de la sufragista Darent Harrison para evitar que los alguaciles confiscaran sus bienes por no pagar los impuestos. A pesar de ello, estos lograron entrar a través de una ventana y se hicieron con bienes por el valor de los impuestos adeudados. Pegados en la pared detrás de ellas, hay tres carteles con mensajes del estilo de: «No Surrender» (No nos rendiremos), «No Vote no Tax» y «Fight the Good Battle» (Luchar la batalla correcta).
Los periodistas del momento, hartos de que se atentara contra la libertad de los ciudadanos, aplaudieron la causa de la Resistencia Fiscal. En 1861, Lucy Stone resultó elegida presidenta de la Asociación de Mujeres de Nueva Jersey. El nombramiento fue como un acelerador de partículas en su carrera. Atacar la causa de la mujer en su presencia equivalía a agitar un avispero. Ese mismo año, en la Convención Nacional celebrada en Cincinnati, hizo historia con su discurso de la «Decepción». Cuando un alborotador la interrumpió llamando a las asistentes «un puñado de personas decepcionadas», ella replicó ser, de hecho, una «mujer decepcionada». «Decepcionada en la educación, en el matrimonio, en la religión, en todo… La decepción es el sino de la mujer. Será la causa de mi vida profundizar en el corazón de cada una de ellas, hasta que la decepción ya no las doblegue».
En mayo de 1869, puso en marcha algo que llevaba barruntando desde hacía tiempo: la creación de un grupo de presión a nivel nacional: La Asociación Americana para el Sufragio de la Mujer15, que sería una de las más combativas para la obtención del voto en los Estados Unidos.
Pasado un año, el matrimonio dejó Nueva Jersey para establecerse en Dorchester, Massachusetts (hoy un barrio de Boston). Allí compraron Pope's Hill, una propiedad de diecisiete habitaciones con amplios terrenos.
Muchas vecinas de la ciudad estaban vinculadas a la Sociedad Antiesclavista Femenina de Dorchester y en su mayoría eran también partidarias de poder votar en las elecciones generales. Allí Lucy Stone se sintió como en casa. Desde su nuevo hogar, colaboró con la Asociación Sufragista de Nueva Inglaterra16, en aquel momento, buque insignia por el sufragio en los EE. UU. Habían transcurrido siete años desde su llegada a Dorchester, cuando Stone fue elegida su presidenta. Ocupó el puesto hasta su muerte.
Ese mismo año, el matrimonio puso en marcha un semanal de ocho páginas: el Woman’s Journal. Lucy Stone, que a veces dormía en las oficinas, se encargó de su edición el resto de su vida con ayuda de su marido y su hija. Uno de sus mayores desafíos fue recaudar el dinero que requería. Paradójicamente, el Woman’s Journal se editaba cerca de la sede del poder en Boston: la Cámara de Representantes.
Su circulación alcanzó los 6000 ejemplares. Transcurridos unos años de la muerte de Lucy Stone, en un momento en que la victoria del voto se hallaba próxima, los medios reconocieron el papel jugado por el periódico: «No se puede subestimar el valor del Woman's Journal en la causa del sufragio... El éxito es inconcebible sin él».
Conforme pasaban los años, las diferencias con algunos grupos activistas se fueron acentuando y acabaron saliendo a la luz. En la celebración de una Convención sobre los Derechos de la Mujer en Worcester, Massachusetts, Elizabeth Cady Stanton habló durante tres horas animando a las asistentes a defender su derecho al divorcio. Lucy Stone, en total desacuerdo, escribió: «Creemos en el matrimonio para toda la vida y rechazamos toda esta charla fútil y pestilente en favor del divorcio».
A sus 69 años, Lucy Stone se sentía débil. Arrastraba problemas cardíacos y enfermedades respiratorias, pero aceptó la presidencia del comité ejecutivo de la asociación creada por Candy Staton y Susan B. Anthony. Fue uno de sus últimos gestos de rebeldía.
Boston era una ciudad que se reinventaba y transformaba día a día. A finales de siglo, se construyó el Winthrop Building, que, con nueve plantas, inauguró en la ciudad la era de los rascacielos con estructura de acero. La decadencia de las fábricas, que se habían quedado anticuadas y obsoletas, llevó a las empresas a trasladarse fuera de la ciudad en busca de mano de obra más barata. Gracias a ello, los barrios de siempre preservaron su sabor añejo. Pero los cambios sociales también formaban parte de la aventura. Las activistas hablaban a cuantos querían oírlas. Se creaban asociaciones y clubes femeninos, se organizaban tertulias… Y ella estaba en el epicentro de aquel ciclón.
En 1892, Lucy Stone accedió finalmente a posar para un retrato escultórico realizado por Anne Whitney17. Durante un año se había hecho de rogar alegando que los fondos para contratar a un artista de su nivel se emplearían mejor en proyectos a favor de la mujer. Debido a la presión de la escritora y activista Frances Willard, del Club de Mujeres de Nueva Inglaterra y de algunos amigos, permaneció sentada pacientemente mientras Whitney esculpía su busto, que fue enviado a Chicago para exhibirlo en la Exposición Mundial de 1893, el año de su muerte.
Ese mismo año, algunos estados incorporaron el sufragio femenino a sus constituciones: el primero de ellos fue Colorado, donde los hombres se mostraron a favor de conceder el voto a las mujeres. Fue un guiño del destino. Lucy Stone murió a los 73 años de edad debido a un cáncer de estómago.
A su funeral, acudieron 1100 personas que, al no poder entrar en la iglesia, permanecieron afuera. Seis mujeres y seis hombres portaron el féretro, entre ellos la escultora Anne Whitney y dos viejos amigos abolicionistas de Stone. La gente se alineó en las calles de Boston para ver la procesión fúnebre y la noticia de su muerte fue portada de los diarios del país.
«Dejemos que la esfera de la mujer esté limitada únicamente por sus capacidades», había proclamado en una convención celebrada en Worcester en 1851. Hoy, su escultura en el monumento conmemorativo a las vecinas de Boston parece que va a cobrar vida para regalar a quienes pasean por los alrededores palabras tan solemnes y motivadoras como las que pronunció en vida.
¿Son personas las mujeres?
1820-1906
En 1896, Susan Brownell Anthony, la activista estadounidense que tanto había influido en la vida de Amelia Bloomer, declaraba: «Déjeme decirle lo que pienso del ciclismo: creo que ha hecho más por emancipar a la mujer que cualquier otra cosa en el mundo. Disfruto cada vez que veo a una de ellas sobre ruedas. Les confiere una deliciosa sensación de libertad y autonomía». Era otra de las muchas convencidas del bien ejercido por la bicicleta en la vida de las mujeres.
Susan B. Anthony fue un icono internacional de mediados y finales de siglo. El mascarón de proa del movimiento estadounidense de los derechos civiles y un baluarte del sufragio femenino. Fue, estando empleada como profesora en una escuela de Nueva York, donde, al negarse a recibir un sueldo inferior al percibido por sus compañeros masculinos, nació su inconformismo.
En 1820, fecha en que Anthony vino al mundo, la igualdad vivía aún un período de oscurantismo. Cualquier ciudadana que soñara con traspasar el cerco social para hallar algún espacio de emancipación o reconocimiento lo tenía difícil. Desde pequeña, Susan B. Anthony tuvo que aprender que para conseguir algo había que batallar. Siendo la segunda de siete hermanos, fue educada por un padre inflexible y riguroso que profesaba la religión cuáquera18. Daniel Lee Anthony era un fabricante de algodón que no permitía los juguetes ni las distracciones triviales en el hogar, alegando que podían desviar la atención hacia lo superfluo. En cuanto a la madre de Susan, ya estaba imbuida de los ideales feministas al casarse. Había participado en algunas convenciones como la de Rochester, celebrada en 1848, y la de Seneca Falls.
Debido a ello, Susan B. Anthony se crio entre la educación espartana inculcada por su padre, de un lado, y los sueños igualitarios de su madre, del otro. Algo que también heredaron dos de sus hermanos. Uno de ellos fue miembro activo del movimiento abolicionista en Kansas, y una de sus hermanas combatió en las filas de la igualdad.
Susan B. Anthony debió de ser una niña precoz. Con tres años ya leía y escribía con soltura, y a los seis, cuando la familia se trasladó a Battensville (Nueva York), fue matriculada en la escuela local antes de estudiar en el colegio abierto y dirigido por su padre.
Cuando la familia sufrió serios reveses financieros en el pánico bursátil de 1837, Susan tuvo que dejar sus estudios. Se mudaron a una vivienda mucho más sencilla y ella contribuyó a pagar el alquiler con su sueldo de profesora.
A comienzos de siglo, se habían formado en Connecticut, Virginia y el estado de Nueva York grupos que alertaban sobre los efectos físicos y psicológicos del consumo excesivo de alcohol. Una década más tarde, ya se habían expandido en ocho estados más. Para mediados de siglo, ya había en Estados Unidos dieciocho publicaciones periódicas que abogaban por la abstinencia. La obsesión fue tal que se instalaron en diferentes ciudades fuentes de agua potable para dar ejemplo. Las llamaron «Fuentes de la templanza».
En el extremo más fanático de esta corriente antialcohólica, está el ejemplo de Carrie Nation, quien, hacha en mano, llegó a invadir tabernas y destruir las botellas que allí encontraba.
Susan B. Anthony dejó su trabajo y estableció contacto con algunos de estos grupos, como el de Hijas de la Templanza19. No mucho después, era invitada a hablar en foros donde llamó la atención sobre el efecto del alcohol en la salud y en la violencia doméstica. Había dado con uno de los tres pilares de su carrera como activista. Los otros dos fueron el abolicionismo y la igualdad.
En 1851 se produjo un acontecimiento que cambió su vida. Amelia Bloomer le presentó a Elizabeth Cady Stanton, a quien había conocido en la convención de Seneca Falls. Para ambas mujeres, aquel encuentro fue una especie de flechazo.
Elizabeth fue como un gotero que la fue inoculando el virus de la igualdad. Hablaban largas horas sobre otras organizaciones, sobre lo que ocurría en otras ciudades del país. Elizabeth le habló de la declaración de derechos y de muchos otros temas por los que deberían trabajar juntas. Muy pronto se hicieron compañeras inseparables. Acabarían acaudillando el feminismo estadounidense durante cinco décadas.
Cada una de ellas tenía habilidades complementarias. Anthony sobresalía organizando temas, mientras que Stanton se sentía más cómoda con los asuntos intelectuales y la escritura. Al año de conocerse, Anthony acudió a su primera Convención Nacional por los Derechos de las Mujeres, celebrada en Siracusa, Nueva York. Salió convencida de que el derecho que la mujer necesitaba por encima de cualquier otro era el de acceder a las urnas. El voto garantizaría todos los demás derechos.
Como Elizabeth tenía que ocuparse de sus siete hijos, Susan B. Anthony, que era soltera y libre para viajar, la ayudaba supervisando a sus hijos mientras Elizabeth escribía. Anthony fue una de esas «tías» de manual para la prole de Susan. Y por alguna razón, fue adquiriendo esa apariencia física, hasta adoptar el aire de una abuelita algo cascarrabias. El rostro afilado, el cabello dividido al centro por una raya casi marcial, los dos moñetes sobre sus orejas, la nariz afilada, las gafas de miope, los labios finos y contraídos, y los oscuros vestidos abotonados hasta el cuello, hacían un flaco favor a su feminidad.
Según una de sus biógrafas, Elizabeth aportaba las ideas, la retórica y la estrategia, mientras que Susan B. Anthony pronunciaba los discursos, se encargaba de la logística, hacía circular las invitaciones y alquilaba los salones. El marido de Stanton dijo en una ocasión: «Susan removía los pudines, Elizabeth removía a Susan y luego Susan revolvía el mundo». Al parecer, la propia Elizabeth afirmó en otra ocasión: «Yo forjé los rayos, ella los disparó».
Sea como fuere, al poco de conocerse, «ambas habían perfeccionado tal colaboración que hicieron del movimiento por la igualdad en el estado de Nueva York el más sofisticado del país», según cuenta Ann D. Gordon, profesora de historia de la mujer.
