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Un día cualquiera, Maju, la niñera, cruza una plaza de un barrio acomodado de São Paulo de la mano de Cora, la niña que cuida. Esquiva al «ejército blanco» de otras cuidadoras uniformadas, toma un autobús y desaparece. Cora tiene cuatro años. Su madre, Fernanda, es una productora de cine en crisis: su matrimonio se desmorona, su relación con su hija es distante y se refugia en una aventura con una documentalista excéntrica. Mientras todo se descompone, apenas nota la ausencia de su hija. Maju avanza por la ciudad con Cora, entre moteles desvencijados, paradas improbables y decisiones impulsivas, mientras una creciente sensación de urgencia y desamparo la acompaña. El secuestro pone al descubierto afectos y heridas y revela las tensiones entre cuidado, desigualdad y deseo.
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Seitenzahl: 308
Veröffentlichungsjahr: 2025
«Con una prosa descarnada y magnética, Suite Tokio hilvana apegos y desapegos, necesidades y deseos, decisiones y errores, y lo hace sin concesiones ni complacencia. El eco de las voces de Maju y Fernanda resuenan tiempo después de terminar la lectura». –Sara Morante
«Tensa, contenida… Leer Suite Tokio calmó mi necesidad de historias sobre la lucha de clases. Afilada y ahumada, para ser inhalada más que devorada, es una novela para la mujer trabajadora, en todos los sentidos de esa frase redundante». –Alexandra Jacobs, The New York Times Book Review
«Una novela psicológica amarga y amorosa, demoledora, llena de suspense y ternura sobre la clase social, el género, la maternidad y la naturaleza, tanto interna como externa». –Booklist
«Moderna, fragmentada, vívida… Una mirada atmosférica e idiosincrática a las vidas femeninas contemporáneas». –Kirkus Reviews
«Suite Tokio explora lo que significa buscarse a una misma, a veces mediante caminos poco agradables, y examina también qué estamos dispuestas a arriesgar para descubrir quiénes somos realmente».
–Under the Radar
«Giovana Madalosso sigue el camino de Rachel Cusk y Olga Tokarczuk, llevando a sus personajes al límite con una honestidad brutal».
–Suplemento Pernambuco
«Llena de suspense, absorbente y con un humor oscuro… Una exploración impactante de la maternidad, la desigualdad social y la identidad personal». –Bookster
«La escritura de Giovana Madalosso es fluida, creativa, elegante y poderosa. Esta es una historia fascinante sobre la maternidad, protagonizada por dos mujeres inolvidables que enfrentan desafíos personales y sociales muy complejos». –Mãe Literatura
«Una historia atrapante sobre personas que aparentan tener sus vidas en orden, pero que esconden insatisfacciones, deseos reprimidos y miedos. Un acto impulsivo lo desestabiliza todo y saca a la luz verdades ocultas». –Conteúdo Raízes
Suite Tokio
Giovana Madalosso nació en Brasil, en 1975. Es autora del libro de cuentos A teta racional, de Tudo pode ser roubado, elegida mejor novela por el Premio Manuel de Boaventura (Portugal), de Suíte Tokyo, finalista del Premio São Paulo de Literatura y del 63º Premio Jabuti, novela publicada en varios países y recomendada por The New York Times, y de la recién publicada Batida só. También es una de las impulsoras del movimiento «Um grande dia para as escritoras», que registró en fotografías a 2.302 escritoras en más de 50 ciudades de Brasil y del mundo.
Giovana Madalosso
Traducción de Diego Cepeda
Autoría Giovana Madalosso
Traducción del portugués de Brasil Diego Cepeda
Prólogo Elena Medel
Corrección Gemma Deza Guil y Sonia Berger
Imagen de cubierta Sara Morante
Responsable de conversión Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en consonni:
septiembre de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-62-9
Depósito legal: BI 00875-2025
Edición original en portugués: Suíte Tóquio, Todavia
livros, 2020
© Giovana Madalosso, 2020 c/o Agência Literária
Riff Ltda
© de la traducción, Diego Cepeda, 2021
© del prólogo, Elena Medel, 2025
© de la imagen de cubierta, Sara Morante, 2025
© de esta edición, consonni ediciones, 2025
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Prólogo Quince heridas llenas de veneno en el abdomen Elena Medel
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Agradecimientos
Traducción
Imagen de cubierta
Prólogo
Colección
«Estoy raptando a una niña». Maju trabaja en casa de Cacá y Fernanda. Con él le basta el diminutivo, pero para ella recurre siempre a la marca de respeto: «doña». Vive interna salvo la noche del domingo, cuando le permiten que duerma con su novio. Está raptando a una niña. No confiesa, sino que describe: un golpe de voz, y a otro pensamiento. La niña se llama Cora. Maju cuida de ella desde su nacimiento, pero el ascenso laboral de Fernanda aumentó la exigencia para ambas, cada cual con su ferocidad. Intentaré no revelar más sobre la trama, porque en esta historia importa lo que sucede
conforme sucede, qué acciones y qué gestos se desencadenan durante la huida de Maju con Cora, ante la reacción de Fernanda. Pero sobre todo importa —pesa, define— lo que sucedió antes: el origen. La decisión de la una que repercutió en la de la otra, el camino de renuncias y sacrificios que recorrieron —por muy injusto que resulte equipararlas—, cuanto les dictaron y cuando desobedecieron, el lugar en el que todo empezó: geográfico y simbólico, la casa pobre de la ciudad pequeña y el apartamento lujoso de la megalópolis.
Todo lo conoceremos en esta espléndida novela de Giovana Madalosso, sustentada en un juego de contrarios: reacción, espejo. Maju y Fernanda comparten edad y espacios, amor por la misma niña, dependencia del trabajo: igual, aunque distinto. Una no ha padecido el sufrimiento de la otra. Una parió a Cora y luego la esquivó, como un obstáculo; la otra la acompaña en su día a día, se asombra con su asombro. La mujer que se traslada de la provincia a la gran ciudad para prosperar, ingenua, frente a la mujer a quien en el mato se le revela aquello que de verdad desea. La mujer que pausa sin dudarlo la vida hacia la que se encaminó —matrimonio, hija, burguesía— frente a la mujer que la sostiene, a cambio de dinero, negándose a su propia vida. Escuchamos primero una voz, luego otra, con sus oralidades guiando tan diferentes. Cuando Maju se instala con la familia, Doña Fernanda le asigna el cuarto de servicio: la Suite Tokio. El eufemismo borra la idea —la realidad— de una mujer que desiste de su habitación propia, y se resigna a que el trabajo invada también su intimidad; una escena hacia el final de la novela —la Suite y su significado dominan la narración, aunque solo aparezca entonces— lo resume con violencia.
Leí y he releído Suite Tokio como una novela de la identidad. De las personas que somos, de las personas que querríamos ser: Maju pide a Cora que escoja cómo presentarse al mundo en su huida, Fernanda no menciona su deseo como tal, sino desde una broma privada. Esta novela habla de las personas que somos, en fin, o más bien de las personas que nuestras circunstancias nos permiten ser: clase, género, una raza que no se especifica pero se sobreentiende. De aquello que sucede cuando no conseguimos lo que deseamos, y de lo que apartamos —al margen, en descuido u olvido— a cada intento. Madalosso se refiere a esto, a mucho más: los personajes —Maju y Fernanda, no tanto Cora, sí los hombres y las mujeres que comparten sus vidas, Cacá y Yara, Lauro, Ednardo, las doñas— los carga de matices, de claroscuros, de actitudes que comprendemos y de actitudes que nos negamos a entender porque se alejan de nuestra situación, de aquello con lo que nos esforzamos por empatizar pero que percibimos fuera de nuestro alcance, de contradicciones fieramente humanas. Esta actitud la representa el momento en el que Fernanda acompaña a Yara, la directora de cine, en su encuentro con los yawanawa. Un barquero las cruza de orilla; el chico no tiene más de dieciséis años. Fernanda se fija en su abdomen, en las marcas de su abdomen: en las heridas que cicatrizaron, hasta quince, abiertas para llenarlas de veneno de sapo durante los rituales. ¿Para qué ofrecerse y sostener ese dolor? Por orgullo, acaso por el placer que tanto la obsesiona, por valentía. Y una clave: a Fernanda le cuesta descifrarlo, pero incluso en su confusión no juzga.
El cuerpo de Suite Tokio muestra sus cortes, las huellas del dolor; en cada señal sobre la piel, un daño nuevo. A mí me ha interesado la cuestión del dinero y del trabajo, de la clase; del poder que las unas ejercen sobre las otras, según lo que necesiten y lo que ofrezcan. Estas páginas se impregnan de esfuerzo y sacrificio: el del «ejército» de uniformes blancos al que pertenece la niñera Maju, el de la otra empleada del hogar —sin nombre— de doña Fernanda y Cacá, el de los taxistas y los camioneros que no duermen, los conductores de autobús y las recepcionistas de motel que cumplen las reglas que les dictan; el de quienes se ocupan de que el mundo gire sin que notemos que se mueve. Y en contraposición —otra vez: reacción, espejo— otro ámbito laboral, los cactus de Cacá y los documentales de Fernanda. Sus clubes de natación, su estatus y sus calles seguras, y luego las bañeras sucias y las tiendas varadas en otro siglo, y luego los entornos originarios, guiados por la intuición y la sabiduría: allá donde se dirigen Maju y Cora, allá donde se transformó Fernanda. Esta historia late animal —hacia ellos mira Fernanda, así estalla todo—, matérica, corpórea: sensorial y poderosa en una escritura que rebosa imagen y música, en un plano más etéreo, y que suda y se mancha de tierra en la traducción exuberante de Diego Cepeda.
Y la maternidad, por supuesto. Cómo la encarna Fernanda, o se niega más bien, y cómo la anhela Maju, pese a todo. El papel que en este sentido cumple Cacá, que ha memorizado datos que a Fernanda no le importan, o el silencio de Lauro, o el verbo inagotable de Yara: la manera en la que el cuidado —remunerado o no, interesado o no— marca a cada personaje. Habla también Suite Tokio sobre la conciencia de ser con los demás: cómo desarrollar la individualidad —la identidad propia— en una sociedad en la que te relacionas con personas que pueden compartir tus anhelos y tus opiniones, pero pueden situarse en tus antípodas. ¿Cómo rechazar lo que se te impone? ¿Cómo imponer tú lo que rechazan? ¿Qué significa cuidar a otra persona? ¿Qué ocurre cuando esa intención te anula o eres tú quien asfixia? La maternidad, la atención a un ser indefenso como Cora, la vulnerabilidad de quienes nos rodean, se instala en otro de los centros de esta historia.
(Esta novela interpela más allá de una posible identificación con las protagonistas: a quienes aún no se hayan planteado los dilemas de Maju o Fernanda, a quienes los resolvieran sin demoras, a quienes se sientan incluso en la posición de Cora, Yara o los compañeros. Esa multiplicidad de visiones la debe Madalosso al feminismo: a la conciencia de que la realidad se complica según añadas circunstancias. En ese sentido, traigo aquí su activismo más allá de los libros: pienso sobre todo en el proyecto «Um grande dia para as escritoras»1, que visibiliza la obra de las autoras brasileñas. Madalosso lanzó la convocatoria abierta para una fotografía de grupo en la Feria del Libro de São Paulo. Acudieron más de cuatrocientas escritoras, de entre doce y noventa y nueve años, publicadas e inéditas, sin importar su condición. La iniciativa se replicó durante meses, abarcando a más de dos mil mujeres brasileñas que escribían: en cincuenta ciudades del país, emigradas a Lisboa, Londres, Tallin o Zúrich. Algunas imágenes apabullan, con cientos de mujeres en grandes ciudades, y otras emocionan: las de unas pocas o una sola en la plaza de un pueblo, mostrando con orgullo su cuaderno,su libro. Tampoco esquivaron algunas conversaciones vigentes —pendientes— del feminismo, como su transversalidad y su inclusividad. Por ejemplo, en Rio de Janeiro y São Paulo existió una segunda fotografía: la de las escritoras racializadas, que prefirieron un espacio aparte. Se han recogido todos los retratos en un catálogo, incorporando los nombres de las participantes a las que se logró identificar, en un mapeo literario inédito de la literatura brasileña.)
Pocos libros me han obsesionado tanto como Suite Tokio. Hace años coincidí con Giovana Madalosso y sentí que compartimos muchas intenciones en nuestros libros, con nuestros libros; lo confirmé al devorar esta novela, página tras página huyendo con Maju y Cora y Fernanda y Yara y Cacá y Violeta y Ednardo y el conserje y la niñera que sale en el telediario. Enviaba mensajes a otras amigas con fragmentos que me impresionaban. Hablé y hablé sobre ella, la cité como referencia en charlas y clubes de lectura, localicé ejemplares de la edición colombiana que regalé como un tesoro. Por fortuna, mi entusiasmo se cruzó con la escucha generosa de las editoras de consonni. Ojalá te impresione y te acompañe tanto como a mí esta historia en la que una mujer está raptando a una niña, y lo que sucede antes, y lo que sucede después, y lo que permanece contigo.
1https://www.instagram.com/grandediaescritoras/
Para Carlos y Neuza
Todo amor es un sacrificio.
—Arnon Grunberg
Estoy raptando a una niña. Intento apartar ese pensamiento, pero persiste mientras bajamos por el ascensor, saludamos a Chico, salimos por la verja. Son cosas que hacemos todos los días, bajar, saludar a Chico, salir por la verja, caminar pisando solo los baldosines negros o blancos de la acera, pero hoy es distinto aunque realmente no haga nada distinto, porque tengo la sensación de que el ejército blanco me mira. Fue cosa de doña Fernanda, inventar ese nombre, ejército blanco. Y hasta tiene razón, sí, somos un ejército, aún más a esa hora de la mañana, cuando todas llegan a la plaza con sus uniformes blancos cargando bebés o niños y entonces conversan empujando cochecitos y columpios con bebés o niños. Un mundo que hasta ayer era mi mundo pero que ahora parece mirarme con desconfianza. ¿Me habré vuelto loca? Dime, Virgencita, ¿me he vuelto loca? No lo sé, pero por si acaso aprieto el paso, vamos, Corinha, luego juegas a pisar solo los baldosines blancos. Y no cruzo la plaza como haría normalmente, me alejo por la acera lateral. Pero justo ahí el ejército me ve, me encuentro con la nana de la casa vecina, tengo la impresión de que mira mi bolso, en realidad una mochila mucho más grande que el bolsito que llevo todos los días, una mochila enorme, bien agarrada bajo mi brazo, que aprieto a ver si se achica. No le hablo y seguimos caminando hasta que Cora dice: Maju, tu mano está rara, y me suelta los dedos, tal vez para librarse del sudor. Cuando la veo, está agachada, recogiendo del suelo una camelia marchita. Nunca he visto una niña a la que le gusten tanto las flores. Me parece bien una niña a la que le gusten tanto las flores. Por eso no suelo apresurarla como hacen tantas nanas por ahí con sus niños, dejo que Cora huela un jardín entero si lo desea, y además le cargo ese petalerío en mis bolsillos. Una vez olvidé sacarlos del pantalón y lo metí a lavadora y fue lindo verlos, todas las flores girando y centrifugando ahí dentro, pero hoy no se puede, Picochuca, hoy no se puede, y ni siquiera le paso un pañuelo humedecido por la mano como haría normalmente para quitarle los microbios, solo atraigo sus deditos hacia mí, sintiendo nostalgia del vacío de Mandaguaçu, de ese gran descampado de Mandaguaçu, porque aquí en São Paulo no hay un minuto en que alguien no te mire. Como esos taxistas, metiéndose en la vida ajena. Los conozco a todos, solo tomamos el taxi con ellos, gente de confianza del señor Cacá y doña Fernanda. Y justo porque son gente de confianza de ellos, me alejo. Me alejo y subimos por la avenida Angélica. Subimos a un autobús. A Cora le extraña, ¿no vamos en taxi, Maju?, pero también le encanta la novedad, es la primera vez que sube a un bus de línea, me pide sentarse en el asiento del frente, aplasta la nariz contra el vidrio.
La estación no está tan lejos, llegamos en media hora. Miro alrededor para ver si no hay algún conocido cerca, claro que no hay ningún conocido cerca, aun así me apresuro. Meto a Cora en el ascensor, la pobre aplastada entre todo el maleterío, nunca he visto gente que lleve tantas bolsas, los plásticos estallan y le indican hasta a un ciego que el lugar está lleno de pobres. Al menos las puertas se abren pronto, salgo con mi Picochuca, caminamos por un andén desde el que vemos otros andenes, ese montón de gente moviéndose, escaleras mecánicas que suben y bajan, carteles con información, taquillas con colas, tiendas con ofertas. Cora para y se queda así un tiempo, yo tiro de ella, pero no viene. Me agacho para ver qué pasa. Maju, ¿por qué mis ojos son tan pequeños y veo un mundo tan grande?
Oigo el móvil sonar, pero decido no contestar. Yara y yo ahora estamos boca arriba después de un largo hoka-hoka. No fui yo la que se inventó el término, fue ella la que me lo contó y luego me mostró el vídeo de las simias bonobos frotando sus órganos genitales unas con otras, actividad que alguien del norte de África decidió bautizar con ese nombre algo cómico, algo sonoro. El presentador del vídeo decía que las bonobos prefieren tener sexo entre ellas que con los machos; los biólogos lo saben porque durante el hoka-hoka las bonobos miran más a los ojos de sus compañeras, se mueven con más emoción. Yara dijo que el presentador tenía razón, ella había visto dos bonobos follando, trajinando con pasión mientras estaba en la Cuenca del Congo. Y realmente trajinaban, no se apareaban como otros animales, porque lo que ellas hacían era una transacción, un intercambio de afectos. Recuerdo pensar que lo que define el verbo no es el sujeto, sino el objeto. Ya me he apareado con algunas personas, pero solo me la he trajinado a ella.
La transacción no siempre es justa. Siempre recibo menos de lo que entrego. Dividendos de la pasión. Nada que atenúe mi forma de verla a ella. Me encantan las cosas banales, como la manera en que sostiene el porro. Incluso su charla diluida por la hierba, que irritaría a cualquiera en estado normal de cordura, me alucina. Me gusta verla nadar a contracorriente de la productividad, haciendo lo opuesto de lo que hago en mi trabajo. Si yo comprimo historias en bloques de diez minutos, en series de ocho episodios, ella transforma las suyas en odiseas, como si realmente viviera en el mundo que tanto ama, regido por los ciclos de la naturaleza y no por las demandas urgentes del dios Smartphone. Esto, y sus senos levemente caídos, como sus párpados ahora levemente caídos, me hacen arrancarle el porro de la mano y besarla.
Suena el móvil. Lo miro de reojo, es mi marido. Silencio el aparato. Comienzo a frotar mis órganos genitales con los de ella, mientras centenas de otros primates conducen allí fuera, con sus rabos peludos en el asiento y el pulgar oponible en el claxon, haciendo susurrar esa selva que nos rodea. Cuando nos volvemos a acostar boca arriba, tengo siete llamadas perdidas en el teléfono.
Faltan diez para las doce en el reloj de la puerta de embarque. Saco la autorización que guardé en el libro con cuidado para no arrugarla y pienso que aún puedo regresar, mientras el bus no arranque todavía soy dueña de mis piernas, pero al ver el papel recuerdo que no tendré otra oportunidad como esta y sigo adelante.
¿Adónde vamos?, dice Cora. Creo que es la primera vez que ignoro una pregunta de ella, ocupada como estoy separando los documentos y el pasaje, releyendo la autorización. El señor Cacá fue quien la hizo, firma autenticada en notaría, para que yo acompañara a la menor Cora de Azevedo Cunha a la casa de sus abuelos en Río de Janeiro, un viaje que al fin no se hizo pero que me dio la idea de usar la autorización, válida por treinta días. Y como es hoy o nunca, vamos, mujer, coraje, fíjate que el conductor ni mira a la cara a las personas, le interesa que todo el mundo suba rápido, aquí fuera no cabe ni un alfiler, y hay gente maleducada que solo… ¿No ve a la niña?, le digo a una chica que casi pasa encima de Cora. Para evitar otro tropiezo alzo a Picochuca en brazos, ven con Maju. Ella mira encantada hacia lo alto, hacia el bus de dos pisos. ¿Vamos a ir en ese de ahí? Le digo que sí y le doy un beso, un miedo se apodera de mí, me suda la mano de nuevo, ¿verá el conductor la mano sudorosa que le entrega los documentos? Me imagino a Nuestra Señora Aparecida y, cuando me fijo, él ya está leyendo la autorización. Confirma mi identidad y se ajusta la corbata amarilla, no sé por qué lo hace, ajustarse la corbata, y dice: buen viaje.
Siento mis hombros caer como la maleta que cae sobre el asiento. Comienzo a arreglar nuestras cosas, a tomar lo que necesito, a poner el resto en el maletero. Cora me pincha el brazo, señala la escalera y dice que quiere viajar en el piso de arriba. Me agacho y le explico que no podemos. Maju compró los mejores asientos. ¿Ves ese asiento? Se vuelve una cama. Allá arriba no, allá arriba los asientos son estrechos, no se inclinan, no son para una niña como tú. Quiero ir arriba, repite ella, y al ver que no me muevo, que seguiremos donde estamos, hace pucheros y comienza a llorar. Conozco a Cora, no es de las que hace pataletas, si llora de esa manera es porque de verdad quiere ir arriba, y pienso en llevarla, pero tal vez sea aún peor, porque luego se encaprichará con que nos sentemos en los asientos convencionales. Me quedo de pie, el llanto crece al igual que mis nervios, porque claro que todo el mundo comienza a mirarnos, es justo lo que yo no quería, llamar la atención. Ya veo en el telediario a un pasajero decir: las recuerdo a ambas porque la niña lloró, la niña no quería irse con ella, y para acabar de una vez con cualquier posibilidad de ese tipo y para calmar a Cora la consuelo, le acaricio el cabello, pero, en vez de parar, el llanto aumenta, casi se rasga la boca por la mitad. La pareja sentada frente a nosotras nos mira molesta, anticipando el viaje infernal que tendrán, y yo solo repito: calma, Corinha, dejaré que te sientes en la ventanilla, pero a ella no le importa e insiste: quiero ir arriba, y parece que escuchar la propia voz aumenta su dolor, porque ahora el llanto es aún más amenazante. Qué nostalgia de la época en que usaba chupete, todos deberíamos cargar la vida entera un chupete en el bolso, nadie necesitaría cigarrillos ni calmantes ni uñas, ella ahora chuparía el suyo y yo el mío, los otros pasajeros chuparían los suyos, todos de vuelta al reino del tete. La palabra tete me recuerda otra cosa. El peluche, claro. La oveja que ahora saco de la bolsa y le entrego a Cora, que pongo en sus brazos y, para mi sorpresa, empeora aún más la situación. Cora mira a su compañera y patalea: Bibi y yo queremos ir arriba. Normalmente la dejaría llorar hasta el cansancio, es lo que se debe hacer para educar a la niña, pero hoy no puedo. Comienzo a revolver el bolso, pesco un sobrecito de sal, uno de pimienta negra, cuatro palillos y, al fin, un paquetito de azúcar. Quisiera que Neide estuviera aquí para ver lo que voy a hacer, ella, que dice que juntar esas cosas por ahí es una manía de gente humilde, de quien no tiene dónde caerse muerta. Mira, Neide, mira si es inútil, digo mientras tomo un vaso de agua y le echo el azúcar. Luego se lo entrego a Cora y como la conozco bien, le digo: bebe, Picochuca, pero déjale un poquito a Bibi. Cuidadosa, ella va dejando de llorar, atenta a la cantidad de agua que debe reservar para su oveja. Siento mi respiración calmarse junto a la de ella, felicito a Cora y a Bibi por haberse tomado toda el agua y guardo el vaso, el resto de agua que acusa a la oveja y su panza de no existir en realidad. Enseguida ajusto a Cora en el asiento, le pongo una almohada detrás de la cabeza, la mantita bien estirada sobre las piernas. Ella mira afuera. ¿Adónde vamos, Maju? No puedo decir el nombre de la ciudad, no cerca de los otros pasajeros, y a ella en realidad tampoco le importa, y digo lo que sé que quiere oír: a un lugar bonito. Un lugar lleno de bichitos que trabajan de noche.
Entro en el ascensor y veo la hora, nueve y cuarto de la noche. Luego observo mi apariencia en el espejo y hago lo que haría mi hija: presiono el 3 y los botones de abajo. No puedo llegar a casa con esta cara de satisfacción. El rostro colorado, las cejas despeinadas, el pelo revuelto. Mi pelo es fino, el hoka-hoka lo enreda de manera tal que queda hecho un caos. Mientras el ascensor para en el 1, estiro el nudo de pelo hacia atrás y me hago un moño, me aliso las cejas y ensayo la expresión de quien vivió solo un día más de tantos en su vida.
Cuando cruzo la puerta, me doy cuenta de que habría dado lo mismo aparecer con un chupón en la frente. Cacá está en la butaca, inclinado hacia delante, las manos sujetándole cabeza, que parece pesar tanto como una bola de hierro. Dice que ha intentado hablar con Maju desde la primera vez que me llamó, a las siete de la noche, pero ella no contesta. Ya ha llamado a la vecina y a la casa de la mejor amiga de Cora, nada de ella ni de la nana. Le pregunto si ha intentado hablar con mi madre, a veces aparece para llevarse a la nieta a algún paseo; Cacá dice que sí, pero que su móvil no tiene señal. Mi madre tiene una finca cerca de Avaré en un lugar tan escondido que la señal solo llega cerca de una yaca y de una piedra específica, que apodamos Hard Rock Café. Es posible que mi madre haya llevado a Cora a la finca. Después de todo, ya lo ha hecho en varios festivos y fines de semana, llevándose a las dos, a la niña y a la nana, cuando salen del colegio. Llamo a Cida, nuestra empleada, y nos cuenta que Maju y Cora salieron por la mañana con un bolso que parecía más bien una maleta, llevaban un tupperware. Nos imaginamos que fueron al club, almorzaron allá, como de costumbre, y tomaron la carretera desde el colegio con mi madre. Impulsado por un destello, Cacá corre al cuarto de Cora y vuelve, diciendo que Bibi se ha ido con ellas. Tardo unos segundos en identificar quién es Bibi, suena al apodo de alguna amiga de mi madre, una de esas señoras pasadas de licor y nostalgia por los viejos tiempos que no salen de su casa. Pero luego recuerdo a la oveja y sonrío con Cacá. Haberse llevado el peluche es otra señal de que se prepararon para dormir lejos de casa. Claro, mi madre debería habernos consultado, o por lo menos avisado. Pero la verdad es que de ella no espero mucho; nunca tuvo la menor consideración por los otros, incluso llegó a entrar en casa y llevarse el televisor sin pedirlo, alegando que el de ella se había roto y que no podía quedarse sin ver su telenovela. Maju, al contrario, es de una consideración exhaustiva, todo el día manda fotos y vídeos de Cora, incluso en momentos banales como cuando se come una manzana o huele una flor. Es medio extraño, entonces, que no haya enviado ningún mensaje, ninguna foto de Cora en la carretera. Eso, concluimos, puede ser atribuido a la falta de batería. Pero no estamos seguros. Decidimos seguir llamando a mi madre y, por si acaso, también a algunas amigas de Cora.
Primero, sin embargo, tengo que relajarme un poco. De los problemas de casa, de los problemas de mi trabajo, de la pasión que me corroe la piel. Me preparo un trago. Con la copa en la mano izquierda y el móvil en la derecha, busco el teléfono de las madres del colegio, pero recuerdo que me salí del grupo. Quien tiene los números actualizados es Cacá. Dejo que él haga las llamadas.
Ya algo borracha, acostada en la alfombra de la sala, oigo a mi marido conversar con mujeres de las que nunca he oído hablar, sobre niños de los que nunca he oído hablar, sobre episodios que no tengo idea de que hayan ocurrido, como un brote de piojos. Mientras él habla con la madre de una tal Bebel, me quedo pensando en qué ocurrió para que me volviera una turista en mi propia casa, flotando en la alfombra con un cóctel en mano y respondiendo a emojis de dedo con emojis de lengua.
Al fin, la carretera. No ese montón de favelas que rodean la ciudad como buitres en torno a carroña. Sí, la carretera, esa llanurota que adoro, solo una vaca flaca aquí y otra allá, los cultivos y las casitas, la tranquilidad de las casitas, la tierra que comienza a cambiar de color, de marrón a púrpura, de púrpura a rojo. Le muestro el paisaje a Corinha, pero ella está distraída, mirando el refrigerio que ofrecen en el bus. Cacahuete japonés y galletas de soda, claro que no vamos a comerlo, aprendí con la nutricionista de doña Fernanda que agua y sal tapa los intestinos. Le explico a ella que eso no es bueno, vamos a comer algo mucho mejor. Saco nuestro almuerzo, la ensalada de macarrones con tomate y calabacín que a Cora le encanta. La vieja de delante siente el olor y habla con el hombre a su lado. Amor, si sigue esa cochinada nos subimos. Me parece bien, no quiero saber de nadie que nos haga mala cara, ni se obsesione con nuestra comida, y mucho menos que oiga nuestra conversación, por lo que anuncio bien fuerte: ¡Maju ya va a sacar el pollo!, aún sin tener una presa. La mujer resopla y dice: vamos, que hay sitio arriba. Los dos suben con su equipaje. Qué bien, así puedo hablar tranquila con mi Picochuca.
Mientras rasgo el paquete del tenedorcito desechable, le cuento a Cora que vamos a una ciudad llamada Presidente Prudente, lejos, en la porra, más allá del interior. Luego me quedo quieta, masticando, pensando que llegaremos a las seis y media de la tarde y que más o menos a esa hora comenzarán a echarnos de menos, pero todo bien, ya estaremos en un taxi, yendo a Ponta Porã, donde cruzaremos la frontera a pie para llegar a Pedro Juan Caballero, en Paraguay, y ahí creo que le pueden hacer un nuevo documento a Cora. Cuando yo era adolescente, allá en el norte de Paraná, el nieto de una amiga de mi abu contrabandeaba coches en la frontera y, cuando las cosas se complicaban, iba a Pedro Juan a por una nueva identificación. Recuerdo que siempre volvía con zapatillas deportivas importadas, con un cabello y un nombre distintos. Nunca me imaginé que Dios me pondría en el mismo camino de Antônio, que se volvió Serginho que se volvió Pablo que se volvió Diego. Y como fue Dios quien me puso en este camino, no me sentiré mal, cumpliré sus designios. Le digo a Cora que vamos a hacer una bobada, una travesura divertida, cambiarle el nombre. Le pregunto cómo quiere llamarse de ahora en adelante. Moana, dice. Digo que ese no vale, que es demasiado de princesa, demasiado de cine, ¿qué tal uno más normal, tipo Manuela, Carolina o Brígida, como la abu de Maju? Ella no dice nada, está concentrada intentando pinchar el macarrón, pero pienso que luego debo retomar esa pregunta, escoger un nombre y sacar Cora de nuestra cabeza. Creo que va a funcionar, porque tenía su edad cuando mi madre murió, y de esa época no me acuerdo de nada, solo de un colgante que ella tenía en el cuello, una cruz dorada que yo giraba cuando me tenía en brazos. Le limpio la boca a Cora con una servilleta de la Casa do Pão de Queijo y luego pelo una mandarina. Le quito las semillas, le doy los gajos a ella y le cuento que de Presidente Prudente vamos a ir parando de ciudad en ciudad hasta llegar a Mandaguaçu, nuestro destino final, donde Maju creció, y que ahí verá la vida tan hermosa que tendremos. Despertar en medio de la naturaleza y pasear en el tractor, cosechar hojas de moreras, kilos y kilos, porque las orugas son caprichosas y no aceptan otra cosa. Alimentar a los bichitos a lo largo del día. Tienes que ver cómo comen. Se quedan dentro de un cobertizo y solo mastican, día y noche. Al comienzo no dan mucho trabajo porque son pequeñas, pero cuando llegan a la quinta edad comen seis días sin parar, las bocas ya grandes, los bultitos de la lengua triturando la hoja con fuerza y haciendo el ruido de la lluvia. Comen tanto que tenemos que despertar de madrugada para reponer las hojas, pero vale la pena, porque ahí comienza la parte más bonita, la parte de Dios, cuando las orugas comienzan a soltar el hilo blanco por la boca. Tienes que verlo, Picochuca, los hilitos de seda que les salen de la boca. Y ahí subimos las orugas hasta el bosque, a unos cuadraditos donde cada una comienza a tejer su capullo, su casita. Es lo más lindo. ¿Esas orugas son de verdad, Maju? Digo que sí, claro, pero no debe tener miedo, son buenas. Cuando Maju era niña le gustaba agarrar un puñado con la mano, así, y le muestro las orugas imaginarias entre mis dedos. ¿Y sabes en qué se convierten? En mariposas. ¡Mariposas!, digo, para ver si está encantada, pero ella dice que aún tiene miedo. Le paso la mano por el cabello, que también está hecho de hilos que tejió la naturaleza, y cambio de asunto para calmarla. Le cuento que también vamos a cuidar las otras cosas de la finca, les daremos comida a las gallinas, a los conejos, a los cerditos. ¿Conejos de verdad? Digo que sí y ella aplaude. Me siento bien, me siento tan bien, hablo de la natación que ella practicará en el lago, del jardín que plantaremos dentro de una carretilla, del columpio de neumático que colgaremos en algún naranjo, del perrito que ella al fin tendrá. Luego recuerdo que tenemos que resolver el asunto. Tu nombre, Picochuca, ¿cómo quieres llamarte? Ella lo piensa un poco y dice: Nina, tal vez porque tiene una amiguita llamada Nina. Digo: Nina no, pensando en la manía que tienen los ricos de ponerles nombres tan cortos a sus hijos: Teo, Lia, Noa, Lara, Olga, Max, Oto, hasta Oto le ponen a un hijo, y yo no entiendo por qué tanta miseria. Si las letras son gratis, ¿por qué no aprovechar, poner un nombre que llene la boca? Sugiero uno que saco del libro que estoy leyendo: Rosalind. ¿No es bonito, Picochuca? Ella dice que no, que es feo, prefiere llamarse Elsa como la princesa de Frozen. Le digo que Elsa no sirve, es nombre de adulto, la gente va a imaginarse a una mujer y de pronto llega una niña con un peluche bajo el brazo, sería bien extraño. Maju lo dice porque quiere lo mejor para ti. Cora piensa un poco y dice: Ana, como la otra princesa de Frozen. Ana es corto, pero no es del todo malo, y debo respetar el gusto de la niña. Está bien, Pichochuca, tu nombre ahora es Ana.
