Suya era la noche - María Ovelar - E-Book

Suya era la noche E-Book

María Ovelar

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Beschreibung

Victoria, poeta e influencer, vive al límite: fines de semana de música, sexo, alcohol y drogas; relaciones tóxicas con narcisistas; jornadas interminables en una revista de moda… Cuando Victoria desaparece, Mireia, su mejor amiga, decide entender por qué conocidos y amigos (incluida la propia Mireia) la han acabado por odiar. Y para comprenderla, escribe. Estamos en el año 2018, y a la ola de sororidad desatada por el #MeToo le seguirá el despertar propiciado por el caso de la manada, un escenario que reactivará la memoria dormida de Mireia y le hará reflexionar sobre el deseo y la culpa. En su primera novela, la poeta y periodista María Ovelar explora el placer sexual de las mujeres, la noche y sus fantasmas, el abuso y el exceso. Una historia trepidante, audaz y turbadora sobre el despertar de la conciencia personal y colectiva de las mujeres en los últimos años. Un palpitante debut narrativo sobre el deseo sexual de las mujeres, la noche madrileña y sus fantasmas.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2025

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«María Ovelar es esa loca soñando hipersexualizada, atenazada por el mundo, por la culpa, que construye su identidad a tientas».

–Olga Novo

«Una escritura vigorosa y poética, que da cuenta de una manera novedosa de mirar». –Clara Obligado

«Mireia picotea el pasado como un pájaro hambriento en busca de aquello que la separó de Victoria. La piensa y la reconstruye con pasajes llenos de anhelo y también de odio y frustración. María Ovelar narra la búsqueda de la propia identidad, de las muchas que conforman a una, con una prosa orgánica y carnal que se lee y se siente».

–Silvia Hidalgo

Suya era la noche

María Ovelar (Alicante, 1982) es escritora, periodista y traductora de inglés, francés e italiano. Es profesora de escritura creativa en la Escuela Fuentetaja, autora de los poemarios Las oceánicas (Valparaíso Ediciones, 2021) y Diccionario de términos eufemísticos (Valparaíso Ediciones, 2022) y de relatos publicados en antologías y revistas. Después de trabajar durante trece años para El País, ha seguido colaborando con este y otros medios como elDiario.eso 20minutos. Trabajó como profesora de Literatura en la India y como copy creativa. Es la fundadora del sello LaSafo, con el que organiza retiros y tertulias, y ha participado en residencias artísticas como Axóuxere o Can Serrat. Su obra explora el lenguaje como herramienta de liberación, combinando poesía, narrativa y performance. Suya era la noche (consonni, 2025) es su primera novela.

Suya era la noche

María Ovelar

Autoría María Ovelar

Corrección Sonia Berger y Amelia Pérez

Imagen de cubierta Laura Pérez

Bookwire

Edición consonni

Bookwire

C/ Conde Mirasol 13-LJ1D

48003 Bilbao

www.consonni.org

Primera edición:

marzo de 2025, Bilbao

ISBN: 978-84-19490-59-9

Depósito legal: BI 01779-2024

Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0. Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.

Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo.

Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.

Suya era la noche

Índice

1987-2001. Ella

2005. Adán

2009. Vínculos

2012. Los Nuevos Vorticistas

2014. Alicante

2017. Madrid

2020. Nosotras

Agradecimientos

Con los ojos entornados, Mireia juega a dibujar en el techo escenas de su último fin de semana. Prácticamente no recuerda nada. Salir de la cama y recoger el piso le da tanta pereza que prefiere seguir fustigando su memoria con ese juego cruel. Se concentra en las olas de luz alrededor de la lámpara. Nada. En el traqueteo del furgón de la basura. Nada. En el calor que desprende la estufa. Nada. A cada fracaso por recordar lo que ocurrió, hunde más el colmillo en el labio, no le importa la herida, la prefiere a las horas sin dormir, sin poder rememorar lo que pasó el último fin de semana que salió de fiesta.

El brinco de su gato sobre el colchón la hace reaccionar. Se toca el pijama y en un acto reflejo se lleva la mano a la nariz: todavía huelen las pequeñas salpicaduras de vómito. No queda papel higiénico, ni tierra ni comida de gato, ni aguacates para el desayuno. Va siendo hora de bajar a la calle. Necesita que le dé el aire, aunque sean más de las dos de la madrugada. Al menos está abierto el Carrefour de la plaza. El armario sigue tan confundido como su mente: prendas de distinto tipo en una percha, cordones de zapatillas y botas enredados, pelo de gato y mucho polvo en las esquinas. Coge el mismo pantalón negro, las mismas Vans, el mismo

bolso (dentro permanecen el monedero, las gafas de sol y el paraguas) que llevaba la última vez que salió.

La noche se le cae encima al pisar la calle. La espesa negrura de las horas en las que casi todos duermen. La soledad que siente es tan espesa que le cuesta ver sus propias manos. No se fija en el entorno, pero lo intuye: las persianas llenas de grafitis de los restaurantes; los contenedores de reciclaje cercados de cajas, botellas, bolsas, más bolsas; los bancos como crisálidas de cartón en los que duermen los vagabundos. Un veinteañero, absorto en la música que escucha, la golpea. Mireia siente el hombro palpitar. Le gustaría darse la vuelta, exigirle una disculpa, zarandearlo. Pero, en vez de eso, sigue caminando encorvada, las manos en los bolsillos.

La artificiosa claridad del súper le hiere las pupilas, así que saca las Ray-Ban del bolso y se las pone. Le cuesta elegir el tipo de papel de váter, no se aclara con el etiquetado, ¿duran más los de capa doble? Uy, pero si también los hay de triple, ¿o salen más baratos los de toda la vida?, ¿y qué hay del reciclado?, ¿comprar un paquete de más rollos compensa? Joder, qué caros los aguacates, ¿y si los sustituye por otra cosa? No, los aguacates se quedan, por algo sigue matándose en el curro. Para Totoro, compra la tierra que no está perfumada, la otra al gato no le gusta. En la cola del súper, se arrepiente de haberse quitado el impermeable, una cara conocida, alguien de la noche, no recuerda cómo se llama, si se hubiera dejado puesto el abrigo, podría taparse con la capucha. Se cambia de fila, disimula.

Como al final ha comprado un par de cosas más, se ve obligada a aceptar una bolsa de plástico y a maldecirse por no haber cogido una de tela. Se traga la frustración medioambiental y deja que se le solidifique junto al cansancio. Cuando deja atrás a un grupo de magrebíes que escucha reggaetón desde un móvil, se fija en las farolas y se acuerda de cuánto les gustaba a Victoria y a ella sortear sus sombras cuando paseaban borrachas de madrugada.

Es en parte por Victoria por lo que no consigue dormir. Estaba tan colocada la noche en la que la echó, que solo recuerda fantasmas. Todas las veces que ha bajado a la calle desde la juerga de ese fin de semana ha sido para buscarla. La llama y no la encuentra. La busca y no aparece. Ha visitado los bares por donde salían; las terrazas donde charlaban sobre hombres; el olor a madera húmeda de las librerías de viejo de la Cuesta de Moyano; ha perseguido el cloqueo de los barriles que los repartidores giran por el adoquinado de Lavapiés y ha rastreado entre las servilletas estrujadas en el suelo de los bares; hasta debajo de las bolsas vacías de los gramos ha mirado. Pero no la encuentra. Y solo quiere llorar, porque sabe que es lo que siempre ha querido. Que Victoria desapareciera.

La quiere tanto como la odia. Gracias a Victoria, la reina del pop, la instapoet, la influencer de la que hablan cientos de personas, Mireia ha conseguido en parte lo que vino a buscar a Madrid: ser aceptada y celebrada en los círculos indies, ser deseada. Pero no es suficiente: quiere ser novelista.

Se ha jurado no drogarse. Para escribir, para editar..., necesita estar sobria: ya no se aguanta más ciega.

El olor a pis la abofetea cuando abre la puerta de casa, así que lo primero que hace es cambiar la tierra del gato, que en seguida la estrena. Recoge la caca con una pala y la tira por el váter. El sonido del agua centrifugándose por el agujero la imanta. Se queda ahí parada incluso cuando el váter se ha tragado la deposición. Permanece quieta ante el vacío como tantas otras veces; inmóvil, como cuando se ha pasado con la coca o el spid y las palabras no le salen. Pero debe seguir. Se ha prometido cambiar.

Tras prepararse un té de jengibre y unas tostadas de aguacate, se enfrenta al escritorio armada con la bandeja de comida. Mientras el ordenador arranca, ojea el manuscrito donde ha compilado textos sobre Victoria, que escribe cuando llega borracha a casa y que no sabe cómo estructurar. No solo quiere lanzárselo al mundo, quiere contárselo a sí misma. Escribir sobre su amiga es su terapia. Y su venganza: la quiere tanto como la detesta.

Ella tuvo toda la culpa.

Aquel after no tuvo nada de especial: desconocidos entrando y saliendo, corrillos en la cocina; vecinos timbrando cabreados, Suertes filosofando, y el resto, un carrusel de graznidos y bailes. Mireia vuelve a tocar los rayos de sol que perforan la amplia ventana, el humo del tabaco en su lento avanzar por las paredes entre carteles de películas de Hitchcock. Las risas bailan apareadas con los latidos de la música electrónica y alguien grita «lárgate», «lárgate».

Quien grita es Mireia.

Pero eso fue al final, eso fue al final de la fiesta. Mireia necesita saber qué pasó antes. Borra el último párrafo y vuelve a empezar.

Cuando regresa a la fiesta, ha amanecido de nuevo, y parece que el piso ha virado al este. Tambaleante, con los ojos achinados, evalúa su posición desde la ventana, ¿pero el piso no se encontraba en la plaza Dos de Mayo, entre una pizzería y un chino? Cuando abre una de las hojas y asoma la cabeza, no capta más que ralladuras, como si los árboles de la acera acabaran de ser repintados. Por fin, entiende: se encuentran en una zona fronteriza, en un espacio sin tiempo.

A sus espaldas, la gente le ríe las gracias a un solista que ha tocado en el festival, pero este solo se fija en Victoria. La ha perseguido por cada rincón de ese ático en el que las plantas secas se retuercen hartas de que los invitados las rieguen con alcohol. Victoria, cansada del asedio, hace un parón para ladrar obviedades al oído de Mireia: deja de pensar en el libro, Mire, que estamos de fiesta. Va, tómate una, y le pone una pastilla en la boca. A Mireia le cuesta decidirse: mira la pastilla con aprensión. A su alrededor, todos parecen divertirse; necesita ser una más; desconectar de su timidez, diluirla en lo físico.

Después de gatear por suelos movedizos, la lengua pastosa, Mireia observa nuevamente por la ventana: tal vez la casa ha estado siempre tan al este, pero sus límites se han ensanchado; sin duda, se perfila más grande. ¿Y Victoria? No para, Victoria no para, derrama whisky, grita con la voz astillada, se disfraza con el vestido de las apariencias, ese contestar al interlocutor exactamente lo que quiere oír, para dejarlo con la palabra en la boca cuando se encapricha de otra atracción más estimulante. Victoria ya la está empujando para que se siente en el corrillo que se ha montado alrededor de Suertes. Mireia obedece; admira al cincuentón, siempre tan perspicaz como si no estuviera drogado. Victoria le trae un chupito y Suertes se lo bebe. Victoria le alarga un cedé y Suertes esnifa.

A la pregunta de a qué se dedica que le hace un chico, Suertes contesta que ejerce de cliente de su camello. «Nadie nos obliga a drogarnos», sigue perorando, «nadie nos obliga a consumir este producto libre, puro, sin marketing. Pero aquí estamos, con dos gramos como dos soles y un regalito. ¿Que a qué nos puede llevar? A comer techo el martes, pero estamos a domingo. ¿Que por qué soy un buen cliente? Porque cumplo. Yo pago y el dealer me da. Llama, bajo y subo con dos papelas de alegría. Porque la coca es un tablao flamenco; el duende que da. La coca es un festival; el ambientazo que da. La vida no es un horario; la vida son los camellos, que te engañen, el murmullo».

Suertes es calvo, sus fosas nasales casi tan grandes como sus gafas de pasta. «¿Por qué no irás al festival de Alburquerque?», le pregunta el mismo chico. «Porque me lo han prohibido mi psicóloga y mi dealer. Además, ¿para qué ir pudiendo leer a Elvira Sastre o a Victoria Sanz en casa? ¿A quién se le ocurre escribir bajo un pseudónimo tan normalito como ese, Victoria Sanz? El fenómeno poetuitero, eso sí es un producto de marketing, no la coca. ¿Pero es capaz el poetuiterismo de darte el subidón de la coca? Por supuesto que no. Leopoldo María Panero, eso sí que es droga, pero eso no vende, porque en España solo vende el Valium, la sensiblería fácil». A pesar de que a Mireia le ponen hasta sus comas, no puede evitar sentirse molesta; se han reído de Victoria. Pero en vez de defenderla, sonríe ridícula y coge el cedé que le alargan.

Tal vez no deba aceptar, ¿qué es? ¿una raya de metox?, ¿spid?, ¿ketamina?, y Victoria le arrebata el cedé y se la mete primero.

Mireia no logra hablar, tal es el ciclón de palabras que le bombardean los oídos. Vuelve a gatear por paredes acuosas, y el aire se le hace sal; y la luz, arena, y se siente mal, como un personaje de la novela que está escribiendo.

Es entonces cuando Victoria erupciona. Le da un beso de tornillo a Suertes, vuelca una copa y tira el cenicero de cristal que se quiebra con el chisporroteo de un horno de residuos industriales. Su ex la abronca, y el cantante se bambolea con la risa contenida. Mireia siente esa explosión en el pecho y entonces se lo dice: «Lárgate, Victoria, lárgate». Cuando Mireia despega los labios para explicarse, para decir por qué la odia, es como si intentara hablar en un sueño: solo surge una voz estrangulada. Al sentir los gestos de desaprobación y las miradas de burla, Mireia se hace bola como aquellos bichitos a los que fastidiaba de pequeña.

Con el pijama puesto, Mireia cierra el ordenador. Camina zigzagueante por la casa. Confía en que andar ordenará sus ideas.

Piensas en ella.

La reina del pop, la instapoet, la influencer.

Quieres descubrir por qué la has acabado por odiar.

Mireia también detestó a Victoria, pero jamás quiso que su anhelo de hacerla desaparecer se hiciera realidad. Sabe que la echará de menos: Victoria se lo ha enseñado todo, a disimular lo puesta que va, a aparentar interés cuando habla con pesados, a fingir un orgasmo, a sobrevivir en Madrid. Pero Mireia quiere cambiar de vida, y para ello es fundamental que no vuelva a quedar con su amiga.

Victoria, la impenetrable, para alcanzarla sería necesario destruir edificios de cristal, prejuicios, habladurías; Victoria, la puta, tantas veces lo han repetido. La impredecible, que debió acompañarse con instrucciones de uso. La borde que engarzaba comentarios traviesos para desequilibrar a las niñas bien que se le acercaban y que ella detestaba: «A ver si te enteras, tu novio quiere follarme».

Victoria, la bocazas.

Mireia conoce bien los secretos de Victoria. Lo que no le contó ella, lo leyó en sus diarios. Todo ese material le sirve para escribir. Pero hay tanto que no entiende, tantas lagunas en su historia… No es solo que se pasaran con las drogas. Hay tanto que el inconsciente decidió olvidar. Mireia se siente como en un pantano después de una tormenta, con el barro hasta las rodillas. Le da miedo su imagen con los brazos removiendo el fango.

Aun así, decide empezar por el principio.

1987-2001Ella

Victoria fue una niña imaginativa, con la cabeza siempre en otro lugar. Una actitud que se recrudeció cuando su familia se mudó a Alicante. Como no la aceptaron ni en la escuela ni en la urba, se inventó presencias –tantos amigos invisibles– a las que contó secretos y que, a cambio, la acompañaron en mil aventuras: lucharon contra la Nada para evitar el colapso de la imaginación, viajaron a Nunca Jamás, treparon a los pupitres al grito de Oh capitán, mi capitán, se empoderaron contribuyendo a la manutención de la familia publicando relatos durante la Guerra de Secesión americana y escribieron una novela a máquina en un rollo de papel kilométrico después de recorrer en coche la Ruta 66.

Sus profesores perdían la paciencia porque le era difícil rentabilizar los libros que devoraba: «¡Niña, vuelve!». Al ser incapaz de aplicar su obsesión por la lectura en nada que los adultos consideraran provechoso, fuera de la ficción se cohibía. Andaba encorvada y respiraba muy bajito, no fuera a ser que alguien advirtiera su presencia.

No solo la embrujaron los libros: Victoria saltó dentro de los cuadros y se coloreó de pintura, memorizó canciones para recitarlas como sortilegios. Abría gruesos tomos de arte para perderse en las reproducciones de Derain, Millais o Kokoschka, saltando del puente Waterloo sobre el río Támesis, navegando de espaldas cubierta de flores y evaporándose como si fuera agua, convertida en la novia del viento. Halló consuelo en la música, en discos que gustaban a personas que le doblaban la edad.

Sus padres pensaron que era tonta. «Niña, ni las letras del abecedario retienes, de un día para otro se te olvidan».

¿Por eso aprendiste un océano de palabras?, ¿para destacar? ¿Por eso proyectaste con ellas una fortaleza?

Victoria aprendió a leer y escribir a la misma edad que los otros niños; pero pasó mucho más tiempo que ellos sola, arrebujada entre las páginas. Tanto creer en la magia, la hizo digna de un secreto: los objetos fantásticos existían. Gracias a un amuleto, despuntó en algo. Ganó algún concurso literario en la escuela y un par de galardones locales.

El amuleto se lo regalaron sus padres la primera vez que inspeccionaron el Mediterráneo en busca de una residencia, antes de que cambiaran el frío y la morriña de Galicia, por el calor y la mascletà de Alicante. Su madre, originaria de Madrid, se había mudado a O’ Barqueiro por amor. Su padre, de ese pueblo de pescadores, de cruceiros musgosos y gatos somnolientos, tiene el olfato de un marino y lo encontró en una cala del Cabo de las Huertas; tal vez en Los Judíos, en La Palmera o en Cantalar. Victoria todavía lo recuerda, susurrándole: «Es una caracola especial, pero para que funcione, debes creer en su magia».

Las estanterías llenas de pulseras, caballitos de mar y la caracola mutante. Mutante porque encogía y crecía: Victoria se refugió dentro de su agujero muchísimas veces. Con su tamaño natural, se la ponía en el oído: su rumor la animaba frente a la cacofonía del mundo. El continente anunciaba un poder insólito; cuando la concha se trasparentaba, empezaba lo bueno: sus fantasías se teñían de realidad, y Victoria saltaba al otro lado. Antes incluso de descubrir sus poderes, le reservó el mejor sitio: al lado de una cajita de música en la que el Principito giraba y giraba corriendo detrás de una rosa. Luego la acompañarían los discos de los Smiths y las obras completas de Oscar Wilde.

La vida es una sucesión de episodios que el mar borra. Sin embargo, algunas experiencias suenan en bucle como la canción del verano.

Los golpes duelen y las lágrimas de Victoria se pierden bajo el mar. En la superficie, las figuras de sus vecinas se funden en manchas de luz. Agitan las piernas en el agua, seguras de su lugar en el mundo. Mientras intuye sus burlas, Victoria aguanta la respiración. Solo la caracola podría ayudarla, pero la han arrojado al fondo del mar. La llama en su cabeza: «¡Caracola! ¡Caracola! ¿Dónde estás?». Por respuesta, las amenazas de sus vecinas, que escucha amortiguadas por el peso del mar. Para no rozar sus pies, Victoria se enrosca más en el agua. Le empieza a faltar el aire.

Tampoco después de esa crueldad dirá nada. Ella nunca se lo cuenta a nadie. Ni a sus padres, ni a su hermano Abraham, ni a la tía Sara. Cuando sus vecinas la tiran de la bicicleta, y las piedras se le incrustan en las rodillas. Cuando la llaman gorda. Cuando en son de paz la invitan a jugar y la animan a andar descalza –mira, nosotras también vamos descalzas, es un juego– por un sendero de césped que han minado de clavos; cuando Óscar, piernas morenas, el pelo verde de tanto cloro, la convence para seguirlo al cuarto de baño. Aquel trozo de carne roja entre sus piernas. Nunca dice nada. ¿Qué te ha pasado? Me he caído; es por un libro muy triste; no tengo hambre, me voy a mi cuarto. Sus padres están siempre muy ocupados; su hermano Abraham, en los recreativos. Antes de decírselo a la tía Sara, preferiría morir. Victoria se come la vergüenza.

La caracola flota encima de unas algas con la consistencia de un holograma: Victoria intenta nadar hacia ella, pero los trescientos soldados que galopan en sus pulmones se lo impiden. Siente cómo las células se desprenden de las yemas. El techo de agua la oprime y es el instinto de supervivencia el que actúa. Victoria patalea hacia arriba.

Los rayos le succionan las perlas de agua en el rostro. Las niñas piraña la rodean entre risas. Les brillan los dientes y del pelo les irradian esquirlas verdes. Victoria cierra los ojos y reza; ¡ojalá me dejen!, pero, en vez de eso, insisten con más aguadillas. Traga agua. Traga agua. Traga agua.

Así que se sumerge y lo intenta de nuevo. Pero cuando se aproxima, la caracola desaparece, como si no existieran caminos hacia ella. Solo la ve cuando se aleja. De repente, una corriente se la lleva y la pierde de vista. Recuerda los momentos que han compartido, los premios de escritura que le ha ayudado a ganar –el orgullo en los ojos de sus padres–, las fuerzas que le ha dado cuando nada salía a derechas. Tal es la mirada de odio con la que Victoria fulmina a sus vecinas al salir a flote, que ninguna se atreve a acercarse a ella. Y entonces, la dejan tranquila.

Tanto tiempo soñando con entrar en el Club y por fin, con quince años, Victoria peregrinó al local de moda de Madrid con su hermano Abraham, su amigo Jordi y sus dos mejores amigas. Cuando la inundó la música, los poros se le abrieron todos a la vez. No era una discoteca muy grande, las canciones sonaban saturadas, estaba bastante sucia y el mobiliario, cascado. Pero era el Club.

Los chicos bailaban ceñidos en chaquetas estampadas con el tapizado de la abuela que poco o nada combinaba con el de las camisas. Del cuello, olor a naftalina; lirios, del bolsillo trasero. Lo que más le fascinaba a Victoria era la cualidad translúcida, la superioridad wertheriana de esos chicos. Sus siluetas escalando paredes en un sueño de Orfeo. Flácidos, los bautizó su hermano Abraham nada más verlos. «¡No entiendo qué les veis!, recuerdan a las anguilas, parecen un hilillo de leche cayendo en un vaso, sin músculos, sin melanina… ¡Son unos flácidos!». Y con la voz cargada de intenciones, había rematado: «¿En serio os gusta eso?». Pati y Claudia asintieron divertidas. Victoria calló.

«¿Eso es para vosotras el amor?, ¿una pose?, ¿solo os gusta alguien por su estética?». Pati y Claudia ignoraron la bofetada de preguntas; Victoria ladeó la cabeza y sintió su pelo corto. Pasó los dedos entre los rizos, como si así pudiera arreglar el desaguisado que no habían podido solucionar en la peluquería después de que se cortara el pelo largo con unas tijeras de cocina.

No solo estaba nerviosa por estrenarse en el Club. En aquella época, se sentía ridícula al lado de alguien que le caía bien. Y Jordi, el bajista del grupo de música de su hermano, le caía mejor que bien. Jordi compartía rasgos con los habituales del Club. Siempre ligando a través del flequillo mientras rasgaba el bajo con un cigarro entre las cuerdas. Hacía un año, al saludarse, acercaron tanto las comisuras que prácticamente se besaron. A partir de entonces, Jordi le hizo más caso, le pasaba casetes, le hablaba de cine, pero luego se olvidó de ella, como la gente se olvidaba entonces de ella: sin malicia. Aun así, Victoria prefería a los chicos mayores. Los de su edad eran unos pardals que fingían todo el rato y a los que no les interesaban los grupos ni los libros que le encantaban a Victoria.

Te imagino evaluándote en los espejos que había en una de las paredes del Club.

No te gustabas; estabas rellenita.

Una chica con un top muy escotado pasó a su lado. A Victoria le habría gustado llevar uno igual, pero si lo hubiera hecho, se le habrían salido dos rolletes de grasa. Analizó a los flácidos: gesticulaban como si posaran para la sesión de promoción de un disco. Su hermano estaba en lo cierto: eso era el amor para ella. Años más tarde, le daría la razón en otra cosa. Todo había sido tan caricaturesco que si hubiera tocado a los flácidos, se habrían vertido en el suelo metamorfoseados en leche. Abraham los despreciaba: «¡Cuánta pose! ¡Cuánto niño pijo!». Y Jordi le seguía la corriente: «Seguro que la mitad jura que estuvo en el festival de Benicàssim en el momento en el que se cayó el escenario encima de Urusei Yatsura». «Y la otra mitad», secundó Abraham, «doce años antes en el Paseo de Camoens viendo a los Smiths». «Y vosotras», completó Jordi, «os lo creerías, claro».

Una parte de Victoria quería complacer a su hermano y, de paso, gustar a Jordi; la otra quería un flácido. Entonces lo vio. Con el look bohemio estudiado al milímetro y esa maraña de pelo arreglada, fumaba sin parar. Era alto, muy alto. Victoria deseó que la mirara. Cerró los ojos para desearlo fuerte, muy fuerte. Pero cuando los abrió, su nuevo amor estaba concentrado en el fondo de su copa.

¿Y por qué no caminaste hacia él?

Era demasiado consciente de su imagen, la rellenita de pelo indomable. Le daba corte pasear con la cabeza de la Medusa. En aquella época triunfaba el pelo liso, y a ella nadie le había avisado de que al cortárselo, los rizos se le bufarían y no habría manera de disimular la cara de bollo.

Se suponía que estaba preparada para el Club, aquella discoteca de paredes rosas y negras atravesadas por tuberías y cables. Su hermano le había enseñado todo lo que debía saber: reconocer a los dos segundos una canción –un examen al que la sometía cuando la recogía de clase en coche–; identificar en función mute la banda por un videoclip; facilitar que le desabrocharan con una mano el sujetador; no negarse si era un hombre quien se lo pedía.

Todas aquellas lecciones sobre música, cuando ella lo único que quería era oírle decir te quiero; todas aquellas carreras a la tienda de discos a ver quién conseguía la novedad que valía la pena, cuando ella lo único que quería era saber cómo amaba su hermano, qué le había hecho sufrir antes de que ella llegara. Todas aquellas preguntas sobre la Nouvelle Vague, todo ese mi hermana es igual que yo, pero con tetas –con lo plana que se sentía–; ese he creado un monstruo, cuando ella lo único que quería era conocerlo.

Y cuando no quisiste que fuera su mano la que meciera la cuna, Abraham te abandonó.

«¿Nos piramos? Vamos a cualquier bar punk», propuso Abraham. Pati, un piercing en la barbilla, otro en la ceja, lo miró resentida. Soñaba con ser actriz y, aparte de flácidos, fichaba actores que estaba segura no saldrían por los bares que le gustaban a Abraham. «¿Dónde está la alemana?», preguntó este. Al percatarse de la sonrisa de Pati, Victoria empequeñeció:

¿Qué sabía ella que tú no sabías?

Pati sorbió el Martini con limón: «En el baño. Es que ha ligado». Abraham, abriendo mucho los ojos: «Flipo, jamás pensé que los flácidos se las gastaran así». Pati, una risa caótica: «¡No!, ¡qué va! No se han encerrado juntos, fotre».

«¿Pero entonces? ¿Se está retocando?».

«Tampoco», contestó Pati al tiempo que jugaba con el piercing de la ceja. Nerviosa, Victoria le robó el Martini. En su cabeza visualizó a Claudia –el cabello rubio y liso, los ojos azules, las tetas grandes–, que era española pero a la que en un empacho de estereotipismo, llamaban «la alemana».

Jordi, intrigado: «¿La alemana se droga?». Y Pati, que no, que no os voy a decir lo que…; y Victoria, que al instante supuso: «¡Se está quitando la faja!, ¡se está quitando la faja!». Por fin, los tres la miraron: Pati con el gesto torcido; Abraham, bufón; y Jordi, pensativo.

Imaginó a Claudia en el baño haciendo malabares con el suelo lleno de alcohol y vómito para quitarse la faja. Se esforzaban en gustar a los hombres, como si su valía dependiera del deseo que pudieran inspirarles, como si su existencia solo se debiera a eso. Fuimos unas tontas.

Entonces, Victoria se sintió observada y cazó al fumador. La estaba evaluando.

Se estremeció.

Tuvo la impresión de ser; como si esa mirada la completara, como si esa mirada le devolviera su identidad.

«¿Lista para ser palpada?», se mofó Abraham cuando tuvo a Claudia enfrente. Nadie sabía imprimir tanta burla en una sonrisa como él. Pati negó con la cabeza. Yo no he tenido nada que ver, parecía excusarse. La alemana pulverizó a Victoria con los ojos. Esta se sintió tan culpable que el corazón le pesó tanto como para hundirla en el suelo.

Pati dio un paso en dirección a la barra y al ver que Claudia no la seguía, la tironeó del brazo. El ceño fruncido, la alemana dudó un momento, antes de dar la espalda a Victoria. Subieron los peldaños hasta la barra y aceptaron la copa que el chico espigado, el chico alto del fondo, les ofrecía.

No puede ser.

Pero sí que podía ser. Victoria empezó a avanzar, pero la conciencia de que sus andares serían más torpes que nunca se lo impidió. Reclamó la solidaridad de su hermano, pero él ni la veía, tan ocupado estaba fichando flácidas.

Había escuchado tanto hablar sobre ellos que durante todo el día la emoción le reptó por el esófago: tocaban en bandas pop y escribían en revistas alternativas. Hablaban hasta desfallecer de las películas que Victoria había descubierto en el único cine en versión original de Alicante. Charlaban de música citando a productores, y sabían quiénes eran los fotógrafos Martin Parr y Ouka Lele.

Victoria ansiaba tanto pertenecer a su tribu que tropezó varias veces antes de alcanzar la segunda planta de El Camino. Ese era uno de los bares de la época de la Movida donde se reunían antes de ir al Club aquellos seres con pinta de artistas que Victoria admiraba. Los había espiado muchas veces desde la barra, de puntillas y sacando pecho. Por fin, la habían invitado a tomar algo.

Sonaban The Dandy Warhols, olía a One de Calvin Klein y a cerveza. ¿Cuántas veces había estudiado los pósteres de los conciertos que forraban las paredes? ¿Cuántas había soñado con ir a esos conciertos cuando vivía en Alicante? Algo había cambiado desde que se había mudado a la capital. Ahora los hombres la miraban con ganas y las mujeres con envidia. Todavía no se lo creía demasiado, como si su recién estrenada belleza, como si la admiración que provocaba, fuera a desvanecerse de repente.

Ya no era el bicho raro. No tenía cara de bollo, su silueta se había afinado. Por favor, por favor, quiero ser guapa e inteligente, por favor, por favor, había rezado cada noche en Alicante, pero hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las no atendidas.

Amaba los apartados con sofás de la entrada; pero era en los de la segunda planta donde se sentaban ellos. Respiró desde la boca del estómago antes de subir las escaleras. No se atrevió a soltar el pasamanos, así que, en vez de despegarse sin más, lo utilizó como impulso. Apretó los dientes y se dijo, hacia delante, que eres Victoria.

Los localizó en un en un rincón con sillones resquebrajados. Todos se parecían un poco: pitillos y camisas de franela, ellos; vestidos con zapatillas, ellas. Al día siguiente, Victoria se cortaría el flequillo en cortina como ellas, se compraría unas Adidas Gazelle y empezaría a fumar.

Más tarde, no solo los recordaría a ellos, su actitud, sus aires de grandeza. Los espejos le devolvieron la réplica exacta que hasta entonces había guardado de sí misma: una chica tímida de provincias, de melena alisada, que se esforzaba por gustar, por caer bien. Ni guapa ni fea. No demasiado interesante.