Tabaré - Juan Zorrilla de San Martín - E-Book

Beschreibung

Tabaré es un poema épico de Juan Zorrilla de San Martín, publicado en 1888. Es la epopeya nacional del Uruguay. Tiene 4.736 versos en seis cantos y su fondo es la guerra entre castellanos y charrúas, en Uruguay a finales del siglo XVI. Tabaré, el personaje principal del poema que lleva su nombre, es el hijo de Caracé. Un indio de la selva «uruguay». Su madre es una española que, tras llegar con los primeros conquistadores, es hecha cautiva por los indios. El poema relata el idilio del indio Tabaré y la española Blanca. Cabe añadir que es hermana de un capitán español, don Gonzalo de Orgaz, quien mata injustamente al desdichado indio, en plena selva. En este poema el poeta canta al honor y al orgullo de los indios charrúas y su resistencia heroica ante el avance del conquistador español. Por ello su protagonista es una simbiosis de formas de vida. Tabaré también evoca - el mestizaje racial y cultural, - la flora, - la fauna, - la vida y costumbres de los indígenas.La trágica historia, en los versos magníficos de Zorrilla, se eleva a epopeya de América. Constituye el impulso primigenio que determinó el surgimiento de la literatura notivista.

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Seitenzahl: 179

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Juan Zorrilla de San Martín

Tabaré

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Tabaré.

© 2024, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN rústica ilustrada: 978-84-9007-704-7.

ISBN tapa dura: 978-84-1126-463-1.

ISBN ebook: 978-84-9007-567-8.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 11

La vida 11

La obra 12

Dedicatoria 15

Introducción 19

I 19

II 20

III 21

Libro primero Canto primero 27

I 27

II 28

III 29

IV 31

V 32

VI 34

VII 35

VIII 36

IX 36

Canto segundo 39

I 39

II 39

III 40

IV 41

V 43

VI 44

VII 45

VIII 46

IX 46

X 48

XI 49

Libro segundo Canto primero 51

I 51

II 53

III 57

IV 58

V 61

VI 62

VII 65

Canto segundo 67

I 67

II 68

III 68

IV 71

V 74

VI 76

VII 77

VIII 77

IX 78

X 78

XI 80

Canto tercero 81

I 81

II 83

III 84

IV 85

V 91

VI 91

Canto cuarto 93

I 93

II 93

III 94

IV 95

V 96

VI 98

VII 101

VIII 103

Canto quinto 105

I 105

II 108

III 108

IV 110

V 112

Canto sexto 115

I 115

II 116

III 117

IV 120

V 124

VI 125

Libro tercero Canto primero 127

I 127

II 128

III 131

IV 134

V 136

VI 137

VII 138

Canto segundo 141

I 141

II 142

III 144

IV 145

V 146

VI 146

VII 147

VIII 149

IX 150

X 150

XI 151

XII 152

XIII 154

XIV 155

XV 155

XVI 156

XVII 159

XVIII 163

XIX 163

XX 164

XXI 165

Canto tercero 167

I 167

II 168

III 170

IV 171

V 173

VI 174

VII 175

VIII 177

IX 178

X 179

Canto cuarto 181

I 181

II 182

III 184

IV 185

V 186

VI 187

VII 189

VIII 189

IX 190

X 190

XI 192

XII 194

XIII 196

XIV 196

Canto quinto 203

I 203

II 203

III 205

IV 207

V 208

VI 209

VII 210

VIII 212

Canto sexto 215

I 215

II 216

III 217

IV 218

V 221

VI 221

VII 222

VIII 222

IX 224

X 225

XI 225

XII 227

Índice alfabético de algunas voces indígenas empleadas en el texto 229

Libros a la carta 247

Brevísima presentación

La vida

Juan Zorrilla de San Martín (Montevideo, 28 de diciembre de 1855-3 de noviembre de 1931). Uruguay.

Nació en Montevideo el 28 de diciembre de 1855. Era hijo del español Juan Manuel Zorrilla de San Martín y de la uruguaya Alejandrina del Pozo y Aragón. Su madre murió cuando el poeta tenía apenas un año y medio de vida.

En 1865 matriculó en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, Argentina. Entre 1867 y 1872 estudió en el Colegio de los Padres Bayoneses, en Montevideo. Entre 1874 y 1877 terminó su licenciatura en Letras y Ciencias Políticas en el Colegio de los Padres Jesuitas de Santiago de Chile. Por entonces colaboró en la La estrella de Chile y publicó Notas de un himno. En Chile fue influido por José Zorrilla, José de Espronceda y sobre todo, Gustavo Adolfo Bécquer.

En 1907 el gobierno uruguayo le encargó la escritura de un ensayo histórico sobre José Gervasio Artigas, para aportar datos a los artistas que se presentasen en un concurso de creación de una escultura de Artigas. Dicho ensayo fue editado en 1910 y se tituló La epopeya de Artigas.

Zorrilla de San Martín se casó con Elvira Blanco Sienra. Tras la muerte de ésta, se casó con su cuñada, Concepción Blanco Sienra.

La obra

Tabaré es un poema épico de Juan Zorrilla de San Martín, publicado en 1888. Es considerado la epopeya nacional del Uruguay, y tiene 4.736 versos divididos en seis cantos. El poema relata el idilio del indio Tabaré y la española Blanca y tiene como fondo la guerra entre castellanos y charrúas en Uruguay a finales del siglo XVI.

Dedicatoria

A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla.

Te dedico TABARÉ... ¿Y qué he de hacer?

Si fuera a esperar la época en que podré o no producir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satisfacción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al frente de una de mis obras.

Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar a la distancia, como una serenata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melancolía.

Viejo ya, aunque sin canas, quizá sin muchos años, siento llegar hasta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aquellos cantos de adolescente y las primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso en la inspiración, que ha dado vida, mas o menos efímera, a este poema: hay, por consiguiente mucho que es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identificados en él.

Sin duda por eso he mirado a Tabaré con predilección; tú lo sabes pues ha sido tu rival durante muchas de esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupaciones de mi agitada vida me han dejado libre, y que hubieran sido tuyas y de nuestros hijos si no me las hubiera reclamado con derecho el pobre indio, soñada personificación de una estirpe muerta que, cuando menos, tiene derecho a nuestra compasión.

¡Cuántas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste de mi mesa de labor, a nuestra querida y bulliciosa caterva para hacer silencio en torno de la cura de mi charrúa!

Quiero devolverte esas horas dedicándote la obra a que ellas fueron consagradas. Lee una que otra vez a nuestros hijos algunas de las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, de esta su hermosa patria uruguaya, que con tanto tesón les enseñamos a amar después de Dios.

Si ellos llegaron a advertir que esta página íntima está echada en el destierro, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse de ello a la patria, y enseñarles a preferir siempre el sufrimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono de su misión moral en la tierra.

No sin algún pesar me separo de Tabaré para darlo al público. Él ha sido mi compañero inseparable y bueno durante estos últimos años de tantas amarguras para mi espíritu y, lo que es peor, de tantas desgracias para nuestro país. Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible la despedida.

Que tú quieres también un poco a mi indio, que tú lo mirarás con menos indiferencia de lo que él acaso merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una antipatía y una repulsión invencibles, hacia don Gonzalo de Orgaz porque lo hirió de muerte en el bosque. Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi poema, yo bien sé cuál hubieras elegido.

¡No podía ser!

No: tu idea era imposible. Blanca (tu raza, nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa.

Pero, en cambio, las últimas notas que escucharás en mi poema son los lamentos de la española y la oración del monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe: la caridad cristiana y la misericordia eterna.

El poeta no puede decir mentiras por más dulces que ellas sean.

¿Te ríes?

Pues no te lo digo en broma. El arte es la verdad, la alta verdad inoculada en la ficción como un soplo vivificante y eterno: de ahí que la verdad, lo real en el arte, no esté en la forma, como lo eterno en el hombre no está en el cuerpo.

Y la prueba de ello la tienes en que la alta verdad, la excelsa realidad del pensamiento alma de la creación artística, ha inmortalizado y conducido triunfantes a través de los siglos, obras de formas diversas y hasta radicalmente opuestas, formas que recorren un diapasón tan extenso como el que media (te citaré dos obras que tú conoces) entre La Tempestad, de Shakespeare y el Quijote de Cervantes.

¿El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al mejoramiento sociales; sabes por qué?

¿Será porque copia o reproduce lo que existe materialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque consigue despertar en el hombre las mismas impresiones que las escenas reales despiertan en él?

Todo lo contrario.

El arte contribuye al mejoramiento social, porque por medio de el, el común de las gentes participa de la visión de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en la contemplación de aquello cuya existencia no conocería si el poeta no lo dijera: levanta la frente: sube conmigo a las regiones de la belleza: la atmósfera es pura porque acaba de atravesar la tempestad del genio que como las tempestades de la tierra purifica el ambiente.

En una palabra: el arte no es otra cosa que la reproducción sensible de la vida, ideal.

Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como la única vida de la voluntad es el bien.

De ahí que la única fuente de belleza artística, sea el pensamiento en que el bien se difunde y la verdad esplende: de ahí que, como antes te decía, el poeta no pudo decir mentiras.

Yo debía, pues, decir la verdad en Tabaré: inocularla en el organismo literario que amasaba con el limo de nuestra tierra virgen y hermosa.

No extrañes que haya elegido una verdad llena de inmensa tristeza: las que más aprietan el corazón son las que más eficazmente lo exprimen, las que lo hacen verter su jugó más íntimo.

El de mi alma va en Tabaré: Por eso te lo ofrezco en una fecha que nos es querida.1

Buenos Aires, 19 de agosto de 1886

1 Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, y antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que Él destrozó. Con la absoluta evidencia de la fe, solo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias.

Sea.

Introducción

I

Levantaré la losa de una tumba;

E internándome en ella,

Encenderé en el fondo el pensamiento

Que alumbrará la soledad inmensa.

Dadme la lira, y vamos: la de hierro,

La más pesada y negra;

Esa, la de apoyarse en las rodillas,

Y sostenerse con la mano trémula,

Mientras azota el viento temeroso

Que silba en las tormentas,

Y, al golpe del granizo restallando,

Sus acordes difunde en las tinieblas;

La de cantar sentado entre las ruinas

Como el ave agorera;

La que arrojada al fondo del abismo,

Del fondo del abismo nos contesta.

Al desgranarse las potentes notas

De sus heridas cuerdas,

Despertarán los ecos que han dormido

Sueño de siglos en la oscura huesa;

Y formarán la estrofa que revele

Lo que la muerte piensa;

Resurrección de voces extinguidas,

Extraño acorde que en mi mente suena.

II

Vosotros, los que amáis los imposibles,

Los que vivís la vida de la idea;

Los que sabéis de ignotas muchedumbres.

Que los espacios infinitos pueblan,

Y de esos seres que entran en las almas

Y mensajes oscuros les revelan,

Desabrochan las flores en el campo,

Y encienden en el cielo las estrellas;

Los que escucháis quejidos y palabras

En el triste rumor de la hoja seca,

Y algo más que la idea del invierno

Próximo y frío a vuestra mente llega,

Al mirar que los vientos otoñales

Los árboles desnudan, y los dejan

Ateridos, inmóviles, deformes,

Como esqueletos de hermosuras muertas;

Seguidme hasta saber de esas historias

Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan;

Que narran el ombú de nuestras lomas,

El verde canelón de las riberas,

La palma centenaria, el camalote,

El ñandubay, los talas y las ceibas:

La historia de la sangre de un desierto,

La triste historia de una raza muerta.

Y vosotros aun más, bardos amigos,

Trovadores galanos de mi tierra,

Vírgenes de mi patria y de mi raza

Que templáis el, laúd de los poetas;

Seguidme juntos a escuchar las notas

De una elegía que en la patria nuestra

El bosque entona cuando queda solo,

Y todo duerme entre sus ramas quietas;

Crecen laureles, hijos de la noche,

Que esperan liras para asirse a ellas,

Allá en la oscuridad en que aun palpita

El grito del desierto y de la selva.

III

¿Extraña y negra noche? ¿Dónde vamos?

¿Es cielo esto o tierra?

¿Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo,

Sin relación, ni espacio, ni barreras.

Sumersión del espíritu en lo oscuro,

Reino de las quimeras,

En que no sabe el pensamiento humano

Si desciende, o asciende, o se despeña,

El caos de la mente que pujante

La inspiración ordena;

Los elementos vagos y dispersos

Que amasa el genio y en la forma encierra.

Notas, palabras, llantos, alaridos.

Plegarias, anatemas.

Formas que pasan, puntos luminosos,

Gérmenes de imposibles existencias:

Vidas absurdas en eterna busca

De cuerpos que no se encuentran,

Días y noches en estrecho abrazo,

Que espacio y tiempo en que vivir esperan;

Líneas fosforescentes y fugaces,

Y que en los ojos quedan

Como estrofas de un himno bosquejado,

O gérmenes de auroras o de estrellas;

Colores que se enfunden y repelen

En inquietud eterna,

Ansias de luz, primeras vibraciones

Que no hayan ritmo, no dan lumbre, y cesan;

Tipos que hubieran sido y no fueron

Y que aún el ser esperan,

Informes creaciones, que se mueven

Con una vida extraña e incompleta.

Proyectos, modelados por el tiempo,

De razas intermedias;

Principios sutilísimos que oscilan

Entre la forma errante y la materia;

Voces que llaman, que interrogan siempre

Sin encontrar respuesta;

Palabras de un idioma indefinible

Que no han hablado las humanas lenguas;

Acordes que, al brotar, rompen el arpa,

Y en los aires revientan

Estridentes, sin ritmo, como notas

De mil puntos dispersos que se encuentran,

Y se abrazan en vano sin fundirse,

Y hasta esa misma repulsión ingénita

Forma armonía, pero rara, absurda,

Música indescriptible, pero inmensa;

Rumor de silenciosas muchedumbres,

Tumultos que se alejan...

Todo se agita en ronda atropellada,

En esta oscuridad que nos rodea;

Todo asalta en tropel al pensamiento,

Que en su seno penetra

A hacer inteligente lo confuso,

A enfrentar lo que huye y se rebela;

A consagrar el ritmo y el sonido

La dulce unión eterna,

La del color y el alma con la línea

De la palabra virgen con la idea.

Todo brota en tropel, al levantarse

La poderosa piedra,

Como bandada de aves que chirriando

Brota del fondo de profunda cueva;

Nube con vida que, cobrando forma

Variables y quiméricas,

Se contrae, se alarga y se revuelve

Por sí misma empujada en las tinieblas.

Allí cuajó en mí mente, obedeciendo

A una atracción secreta

Y entre risas y llantos, y alaridos,

Se alzó la sombra de la raza muerta;

De aquella raza que pasó desnuda

Y errante por mi tierra,

Como el eco de un ruego no escuchado

Que, camino del cielo, el viento lleva.

Tipo soñado, sobre el haz surgido

De la infinita niebla;

En sueño de una noche sin aurora,

Flor que una tumba alimentó en sus grietas;

Cuando veo tu imagen impalpable

Encarnar nuestra América,

Y fundirse en la estrofa transparente,

Darle su vida, y palpitar en ella;

Cuando creo formar el desposorio

De tu ignorada esencia

Con esa forma virgen, que los genios

Para su amor o su dolor encuentran;

Cuando creo infundirte, con mi vida,

El ser de la epopeya

Y legarte a mi patria y a mi gloria

Grande como mi amor y mi impotencia;

El más hábil contacto de las formas

Desvanece tu huella,

Como el contacto de la luz, se apaga

El brillo sin color de las luciérnagas.

Pero te vi. Flotabas en lo oscuro,

Como un jirón de niebla;

Afluían a ti, buscando vida,

Como a su centro acuden las moléculas.

Líneas, colores, notas de un acorde

Disperso, que frenéticas

Se buscaban en ti; palpitaciones

Que en ti buscaban corazón y arterias;

Miradas que luchaban en tus ojos

Por imprimir su huella,

Y lágrimas y anhelos esperanzas

Que en tu alma reclamaban existencia:

Todo lo de la raza: lo inaudito,

Lo que el tiempo dispersa,

Y no cabe en la forma limitada,

Y hace estallar la estrofa que lo encierra.

Ha quedado en mi espíritu tu sombra,

Como en los ojos quedan

Los puntos negros de contornos ígneos

Que deja en ellos una lumbre intensa...

Ah! no, no pasarán, como la nube

Que el agua inmóvil en su faz refleja;

Como esos sueños de la medianoche

Que en la mañana ya no se recuerdan:

Yo te ofrezco, oh ensueño de mis días!

La vida de mis cantos, que en la tierra

Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda,

Forma imposible de la estirpe muerta!

Libro primero Canto primero

I

El Uruguay y el Plata

Vivían su salvaje primavera;

La sonrisa de Dios de que nacieron

Aun palpita en las aguas y en las selvas;

Aun viste el espinillo

Su amarillo tipoy; aun en la hierba

Engendra los vapores temblorosos

Y a la calandria en el ombú despierta;

Aun dibuja misterios

En el mburucuyá de las riberas,

Anuncia el día, y por la tarde enciende

Su último beso en la primera estrella;

Aun alienta en el viento

Que cimbra blandamente las palmeras.

Que remece los juncos de la orilla

Y las hebras del sauce balancea;

Y hasta el río dormido

Baja en el rayo de las lunas llenas,

Para enhebrar diamantes en las olas,

Y resbalar o retorcerse en ellas.

II

Serpiente azul de escamas luminosas

Que, sin dejar sus ignoradas cuevas,

Se enrosca entre las islas, y se arrastra

Sobre el regazo virgen de la América,

El Uruguay arranca a las montañas

Los troncos de sus ceibas

Que, entre espumas e inmensos camalotes

Al río como mar y al mar entrega.

El himno de sus olas

Resbala melodioso en sus arenas,

Mezclando sus solemnes pensamientos

Con el del blanco acorde de la selva;

Y al grito temeroso

Que lanzan en los aires sus tormentas,

Contesta el grito de una raza humana

Que aparece desnuda en las riberas.

Es la raza charrúa

De la que el nombre apenas

Han guardado las hondas y los bosques

Para entregar sus notas al poema;

Nombre que aun reproduce

La tempestad lejana, que se acerca

Formando los fanales del relámpago

Con las pesadas nubes cenicientas.

Es la raza indomable

Que alentó en una tierra

Patria de los amores y las glorias,

Que al Uruguay y al Plata se recuesta;

La patria, cuyo nombre

Es canción en el arpa del poeta,

Grito en el corazón, luz en la aurora,

Fuego en la mente, y en el cielo estrella.

III

La encuentra el pensamiento,

Antes que el hombre

Antiguo la sorprenda,

En lucha con la tierra y con el cielo,

Y en su salvaje libertad envuelta.

Para ella, el horizonte cierra el mundo

Con un muro de piedra;

Tras él duermen las tardes y las lunas;

Tras él la aurora duerme y se despierta,

Cruza el salvaje errante

La soledad de la llanura inmensa

Y el amarillo tigre, como él hosco,

Como él fiero y desnudo, la atraviesa.

El tigre brama; el indio

Contesta en el silbido de su flecha.

¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso,

Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja?

¿Para él está formada

Esa encantada tierra

Que a los diáfanos cielos de Diciembre

Les devuelve una flor por cada estrella?

¿Para él sus grandes ríos

Cantando se despeñan

Los himnos inmortales de sus ondas?

¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella?

¿Fue el último vestigio

De un mundo en decadencia?

¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso

Que surgió oscura de la luz eterna?

La eterna lumbre solo engendra auroras.

La noche, las tinieblas

Son ausencia de luz; la eterna noche

Es solo del Creador la eterna ausencia.

En esa raza, en su excelso origen

Aun el vestigio queda,

Como el toque de luz amarillento

Que un Sol que muere en los espacios deja.

Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños,

Fuego que encienden solo las ideas;

Mas la lumbre se extingue, y una raza

Falta de luz, se extinguirá con ella.

Nacida para el bien, el mal la rinde;

Destinada a la paz, vive en la guerra...

¡Hojas perdidas en su tronco enfermo

El remolino las arrastra enfermas!

IV

A las tribus lejanas

Convocan las hogueras

Que encendió Caracé sobre las lomas

Como gritos de fuego y de pelea.

Caracé, en cuyo cuerpo

Las heridas se cuentan

Como las manchas en la piel del tigre,

Y por eso le prestan obediencia.

Caracé, en cuyo toldo

Las pieles y sangrientas cabelleras

De los caciques yaros y bohanes

Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza;

Que tiene diez mujeres

Que aguzan las espinas de sus flechas,

Y los fuegos encienden de su toldo,

Y el jugo de las plantas le fermentan,

Nadie sabe los fríos

Que ha vivido el cacique; pero cuentan

Que allá en el tiempo de los soles largos,

Al Uruguay llegó, desde la sierra.

Lejana, muy lejana,

Que ve salir el Sol, cuando las ceibas

En que hoy anida el águila, sentían

Correr la savia en su primer corteza.

Ya entonces había visto

Cruzar las lunas en las horas lentas;

Pero aun es joven cual si con sus manos

Contar sus fríos Caracé pudiera;

Aun en sus fuertes dedos

Es la maza de piedra

El brazo de la muerte que en las tribus

Derrama el frío que en Ion huesos queda.

V

¿Por qué el vicio cacique

A las turbas congrega,

Toma la maza y apercibe el arco