Taj Mahal - Deborah Eisenberg - E-Book

Taj Mahal E-Book

Deborah Eisenberg

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Beschreibung

Autora mítica en el panorama del cuento norteamericano, admirada por escritores como Lorrie Moore, John Updike y George Saunders, cada uno de los cuentos de Deborah Eisenberg es un organismo extraño y deslumbrante, capaz, al mismo tiempo, de condensar en sus páginas la complejidad de una novela, cuestionar los límites propios del género y dar cuenta, con ternura y humor, de los imprevistos e imprevisibles desafíos de habitar este mundo.Terriblemente original, con una escritura producto de una destilación minuciosa y apenas cinco libros publicados en más de cuatro décadas, desde hace años el nombre de Deborah Eisenberg circula de boca en boca y hace que los lectores esperen con deleite la aparición de cada nuevo volumen de su obra. Los seis relatos de Taj Mahal, su libro más reciente, están llenos de encanto, ironía, observaciones filosas, y una lucidez que por momentos puede resultar perturbadora. En estas historias para leer y releer, Deborah Eisenberg escribe sobre familias, amistades, parejas, enamoramientos y duelos, y nos conmueve con personajes tan frágiles como valientes. De su mano nos acercamos a las verdades más íntimas, y a veces oscuras, de nuestra existencia.

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Seitenzahl: 342

Veröffentlichungsjahr: 2022

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TAJ MAHAL

CHAI EDITORA

Deborah Eisenberg

TAJ MAHAL

Colección dirigida por FEDERICO FALCO

CHAI EDITORA

Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Tu pato es mi pato
Taj Mahal
Tachar y seguir
La capacidad de combinar
La tercera torre
Recalculando

Eisenberg, Deborah

Taj Mahal / Deborah Eisenberg. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Chai Editora, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Federico Falco

ISBN 978-987-48012-9-6

1. Narrativa Estadounidense. 2. Cuentos. 3. Vanguardias . I. Falco, Federico, trad. II. Título.

CDD 813

Austria 1840 depto V.

(C1425EGD)

Ciudad de Buenos Aires,

Argentina

www.chaieditora.com

Título original

YOUR DUCK IS MY DUCK

Copyright © DEBORAH EISENBERG, 2018

Copyright © CHAI EDITORA, 2020

Copyright de la traducción © FEDERICO FALCO, 2020

Diseño de tapa/ Diseño gráfico

LAMAS BURGARIOTTI

www.lamasburgariotti.com

Foto de tapa

IARA KREMER

Diseño del interior

GONZALO SEGURA

Primera edición

AGOSTO DE 2020

Primera edición en formato digital: abril de 2022

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

ISBN: 978-987-48012-9-6

Hecho el depósito que marca la ley 11.273

Para David, Lucy, Jenny, Nell, Lev y,

por supuesto y como siempre, para Wall.

Tu pato es mi pato

Hace mucho tiempo —bueno, no tanto tiempo en verdad, solo un par de años atrás, pero bastante antes de que consiguiera apenas entrever algunos de los engranajes y poleas y palancas que dragan el futuro desde lo más profundo del núcleo terrestre y lo traen hasta la superficie— yo solía ir a un montón de fiestas.

Y en una de esas fiestas había una pareja, Ray y Christa, que solían ser más o menos amigos de varias personas a las que yo más o menos conocía, o a las que yo, por lo menos, conocía de nombre. Nunca habíamos hablado demasiado, solo algún hola qué tal de vez en cuando, ese tipo de cosas, pero durante años los había visto en fiestas y, en esta fiesta en particular, ellos parecían haberse olvidado por completo de que nosotros no éramos, en realidad, lo que se dice amigos.

Ray y Christa tenían un montón de dinero, realmente mucho, y los dos eran extremadamente lindos, así que podían vivir como les diera la gana. A veces se separaban y uno de ellos, por lo general Ray, salía con otra persona por un tiempo, y siempre eran affaires de lo más comentados y públicos, que obligaban a todo su séquito a desparramarse por ahí como gallinas aturdidas, pero inevitablemente ellos siempre volvían a arreglarse y a estar juntos y, después, enseguida, uno los veía y no podía detectar en su pareja ni la más mínima cicatriz.

Ray me rodeó amistosamente con un brazo y Christa sonrió distraída en dirección a mí sin dejar de bambolearse al ritmo de la música, una música casi ahogada por el estruendo de las voces que rebotaban en el gran espacio metalizado. Me sorprendió un poco estar siendo algo así como ungida, supongo, por su atención, pero al fin y al cabo eran ellos los que podían decidir cuán bien conocían a alguien y a mí solo me quedaba asumir que su cordialidad significaba: a) que acababa de pasarme algo muy bueno que todavía no era perceptible para mí pero que sí era perceptible para Ray y Christa, o b) que algo muy bueno estaba a punto de pasarme. Cualquiera de las dos.

Así que ahí estábamos, hablando, gritando más bien, por encima del ruido, y solo después de un rato me di cuenta de que lo que decían significaba que ahora ellos eran los dueños de mi pintura Blue Hill.

¿Ellos, los dueños de Blue Hill? En un momento de felicidad yo le había regalado Blue Hill a Graham, y él se lo debía haber vendido a ellos antes de levantar sus cosas y mudarse a Barcelona. Blue Hill no es una mala pintura —de hecho, en mi opinión, es una de mis mejores pinturas— y así y todo, la expresión que pude sentir que se me dibujaba en la cara vino y se fue sin generar mayores inconvenientes, gracias al hecho, claro, de que en la habitación había un montón de gente que Ray y Christa podían ponerse a mirar sin tener que fijar su atención en mí.

¿Qué tal? ¿Cómo andas últimamente?, me preguntaron, y esa mínima sugerencia de que habían estado más o menos siguiendo lo que yo hacía permitió que me arrasara una gran ola de alivio y gratitud infantil que disolvió por completo mi dignidad y me dejó varada en la autocompasión.

¿Por qué seguía yendo a esas estúpidas fiestas? Noche tras noche, fiesta tras fiesta, ¿esperaba conocer a alguien? Ya nadie conoce gente en persona, es imposible escuchar lo que dicen. Excepto a esas chicas jóvenes llenas de piercings y con voces tan agudas como las del Pato Donald: evidentemente fue copiándolo a él que aprendieron a hablar. ¿Cuándo fue que pasó? ¿Una especie de adaptación? Solo a ellas se las puede oír.

Me estaban poniendo nerviosa y haciéndome sentir demasiado vieja. Estoy exhausta, les dije a Ray y a Christa. No puedo dormir. No soporto el invierno. Estoy harta de trabajar para Howard en el estudio de fotografía y, por otro lado, es evidente que Howard está teniendo problemas: la semana pasada éramos tres empleados y esta semana somos solo dos, y yo tengo mucho miedo de ser la próxima. Y mientras les contaba que estaba aterrada y harta del invierno y harta de mi trabajo, entendí cuán profundamente harta, harta de mi trabajo, harta del invierno, cuán aterrorizada estaba, harta de verdad.

Claro, es terrible, dijeron ellos. ¿Por qué no te vienes a pasar unos días con nosotros? El miércoles nos vamos a nuestra casa en la playa. Tenemos un montón de cuartos. Y vas a poder pintar. Nos encanta lo que haces. Todos dicen que es un gran lugar para trabajar, muy tranquilo. La luz es genial, la vista es genial.

Últimamente no estoy pudiendo pintar, dije. Yo no soy realmente... no sé, no sé.

A todo el mundo le viene bien un poco de descanso, dijeron Ray y Christa. El lugar te va a inspirar, todos los que nos visitan se inspiran. No vas a tener que ocuparte de nada. Hay un cocinero. Vas a poder tirarte al sol y reponerte. Tenemos burros, puedes ir al pueblo en burro y, si no, hay bicicletas, o el chofer. ¿Qué idiomas hablas? Aunque en realidad no importa. No vas a necesitar hablar con nadie.

Por supuesto, asumí que se habían olvidado por completo de la invitación, así que me sorprendió recibir un email de Christa al día siguiente preguntándome cuándo estaba disponible para hacerme una escapada. Alguien de su staff iba a ocuparse de los vuelos. Podía quedarme todo lo que quisiera, decía, y si necesitaba mandar por adelantado materiales demasiado pesados o grandes como para llevarlos conmigo, no habría ningún problema en arreglarlo. Muchos de sus huéspedes lo hacían. Era usual que refrescara bastante a la noche, así que sería mejor que llevara un poco de abrigo, y si quería hacer hikking, que llevara mis botas, porque las serpientes, como seguro yo sabía, podían ser un problema, aunque los insectos no, en general los insectos no eran un problema. Ahora ya no se necesitaba visa, así que no tenía que preocuparme por eso, tampoco por el wifi, lo del wifi ya estaba completamente arreglado.

Dudo mucho que cualquier otra persona que alguna vez los hubiera visitado no supiera exactamente cómo prepararse para el viaje pero, así y todo, ahí estaba Christa, haciendo de cuenta que yo ya había pensado en todo, tanto en serpientes como en visas, y por lo tanto informándome con tacto sobre lo que necesitaba llevar. Una semana más tarde o algo así, un cadete subió los cinco pisos para llegar a mi pequeño departamento y fue exactamente en ese momento, cuando me entregaba en mano mi pasaje de avión, cuando entendí del todo que la cosa buena que Ray y Christa habían percibido que me estaba sucediendo era que ahora ellos eran los dueños de una de mis pinturas, lo que significaba, obviamente, que yo había pasado a ser, o pronto sería, alguien por quien valía la pena gastar dinero.

A finales del mes siguiente mi trabajo en el estudio de Howard se terminó, junto con el estudio mismo, justo a tiempo como para evitarnos, tanto a Howard como a mí, tener que renunciar antes de subir al avión. Por lo menos pude subalquilar mi departamento a un tipo al que le gustaban los gatos, y subalquilarlo incluso con una pequeña ganancia porque, como todo el mundo comentaba sorprendidísimo, el colapso del mercado inmobiliario no había abaratado en lo más mínimo el precio de los alquileres.

Howard se quedó un rato mirando todas las cosas que representaban sus últimos treinta años de trabajo. Bon voyage, dijo. Me dio un pequeño abrazo.

El avión despegó entre escarcha sucia y descendió sobre unas aguas de las que el sol brotaba con oscilaciones de puro rosa y amarillo.

Era un tiempo diferente allí. ¿Acaso eso no significaba que eran diferentes también las cosas que pasaban? Había llevado mi computadora, pero quizás fuera mejor idea no prenderla y de ese modo hacer desaparecer por completo la creciente monotonía de las pequeñas y tristes obligaciones que infestaban mi pantalla; y tal vez, incluso, junto a mis tareas, desaparecerían también las noticias, que —como una sustancia mágica en un cuento maravilloso— rascaban cada vez con más espanto del fondo de una olla ya suficientemente rasqueteada y mala y seguían reproduciéndose a perpetuidad.

Durante la noche en el avión, mi cuerpo había exudado una pegajosa capa de mugre, pero en el aeropuerto giraban grácilmente los ventiladores de techo y el calor era seco y benigno, como en un spa. Mientras todos se alejaban acarreando su equipaje, yo miraba una y otra vez con creciente ansiedad el email de Christa que había llevado impreso, y que una y otra vez seguía diciendo: va a haber alguien esperándote. Tenía su número en mi teléfono, recordé, y me puse a escarbar dentro de mi bolso para buscarlo, pero mientras presionaba las teclas y golpeaba y toqueteaba sus diferentes partes, me sorprendió darme cuenta de cuán completa es la diferencia entre un teléfono que funciona y uno que no.

Durante mucho tiempo, cada vez que viajaba a cualquier lugar iba con Graham, que era quien, naturalmente, incluso si Christa no lo hubiera mencionado en lo más mínimo, se habría encargado de pensar en cómo lidiar con los servicios internacionales de telefonía. Y mientras estaba allí parada, una desgarbada aparición tomó cuerpo y se infló hasta llenar el vacío a mi lado. ¡Graham con el ceño fruncido meditando cómo resolver la situación! Pero la aparición echó hacia atrás su dorado y sedoso pelo, me rozó apenas con un beso y se disipó enseguida, dejándome mucho más sola de lo que había estado apenas un instante antes.

Mientras mi mente rebalsaba de pilas cada vez más grandes de potenciales desastres, maniobré de acá para allá con mi valija demasiado llena y chirriante, hasta que por fin localicé una casa de cambio y reemplacé mis pocos sobrios billetes monocromáticos por un fajo fuerte y grueso de festivos billetes que parecían ansiosos por soltarse y salir de parranda. ¡Vamos, arriba!, pensé y, de la fatiga, me tambaleé sobre mis pies.

Trataba de decidir hacia qué salida encaminarme y qué hacer después conmigo misma cuando, de una zancada, Christa se apersonó a mi lado. “El chofer y Ray estuvieron gruñéndose”, dijo mientras me arrastraba junto a ella, “y Ray armó un escándalo que puso patas para arriba toda la casa”.

“¿Está, tipo, rompiendo cosas?”, pregunté.

No estaba manejando mi valija lo suficientemente rápido como para seguirle el paso y ella me la quitó de las manos, enojada. “Está comprando algo”, dijo.

“¿Un auto?”.

“¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Te acordaste de hidratarte en el vuelo? Una empresa subsidiaria. Siempre se vuelve loco con estas cosas, pero bueno, los nervios son para los débiles, y después soy yo la que se pone nerviosa. Así que esta mañana Mr. Sang Froid acusó al chofer, quien, por cierto, es además uno de los jardineros y el encargado del mantenimiento en general, pero bueno, qué importa si total todo se está cayendo a pedazos, de rayarle el Mercedes, que, por otro lado, es algo que yo estoy cien por ciento segura de que hizo él mismo la otra noche, cuando volvió a casa totalmente borracho y casi derrumba el portón de entrada. Así que el chofer se fue hecho un demonio, justo cuando se suponía que tenía que venir a recogerte, y después Ray salió con un humor de perros, y también hecho un demonio, vaya Dios a saber hacia dónde. Además, la casa ha estado repleta justo de esas personas con las que a cualquiera le fascina pasar el tiempo: contadores. Bueno, en realidad uno de ellos es abogado y me parece que también hay un ingeniero. Parecen trillizos, o mejor, cuatrillizos, es difícil saber exactamente cuántos hay, ya vas a ver. Son sus chicos, los chicos de Ray, sus mascotas. Hace una semana los quería como si fueran de oro, de pura raza, guardianes dispuestos a atacar directo a la garganta, y ahora, de pronto, gran sorpresa, no son más que unos perezosos tirados por ahí, tomándose su vino y zampándose de arriba su comida, y más le vale la puta pena que esté de vuelta para la hora de la cena porquelo que es yo no pienso pasármela entreteniendo a esa manada de cabezas de chorlito. Pero no te preocupes, vas a estar bien, creo… Amos Voinovich también está acá, aunque él es bastante antisocial, algo que no terminé de entender hasta que llegó, y además resulta que odia la playa. Igual, dice que está trabajando, lo que es buenísimo, por supuesto… a lo mejor hace algo para nosotros mientras está acá. Y, de todos modos, tenerlo a él es mejor que no tener nada”.

“¿Amos Voinovich el titiritero?”.

“Bueno, sí, claro. ¿Lo conoces?”.

No lo conocía pero había visto una de sus obras, era acerca de dos exploradores y sus equipos. Había títeres pingüinos y títeres delfines y títeres de esos perros que tiran trineos y, por supuesto, títeres exploradores luchando por avanzar entre tormentas de nieve y bajo brillantes cielos estrellados para ser los primeros en llegar al Polo Sur. Voinovich mismo había escrito la letra y la música de las canciones, ligeramente operística, y cada explorador cantaba sus propias ambiciones megalómanas y varios perros de cada equipo cantaban acerca de sus dudas, nostalgias, lealtades, resentimientos y cosas por el estilo, y los pingüinos, que demasiado bien sabían que el equipo de uno de los dos exploradores lograría imponerse y triunfar y que moriría hasta el último hombre del otro equipo, cantaban un comentario a capella, filosófico en naturaleza, que sonaba como un coro de ángeles narcotizados. Las escalofriantes melodías estaban como sumergidas, entretejidas en el aullido del viento.

Christa tiró mi valija en el baúl de su auto y, bajo los brillantes rayos del sol, avanzamos a toda velocidad por caminos sinuosos. A mí me envolvía la lujosa noche de la obra de títeres de Amos Voinovich, y mientras Christa se quejaba de Ray, me fui durmiendo poco a poco, algo que, durante un tiempo demasiado largo, casi no había estado haciendo, y su voz se volvió para mí una molesta cinta plateada que destellaba en la oscuridad algodonosa.

Nos detuvimos abruptamente frente a una pequeña casa cubierta por una enredadera florecida. “Acá es donde se quedan tú y Amos. Los puse en el mismo lugar porque ustedes son los únicos dos visitantes en este momento y es más fácil para el personal. Van a compartir la cocina, pero nada más, por supuesto”.

“¿Y los contadores?”, pregunté bajando a tropiezos del auto.

“Lamentablemente se quedan con nosotros en la casa principal. Ray insistió, aunque podríamos haberles dado un bungalow sin ningún problema. Por lo menos tienen su propia ala, del otro lado del patio. Ya los vas a ver en la cena, pero más allá de eso, no tendrás que lidiar con ellos. Según tengo entendido, parten todos mañana”.

Me acompañó al interior de la pequeña casa, que estaba dividida en dos, excepto, como ella había dicho, por la cocina en la planta baja, a la que ambos, tanto Amos como yo, podíamos acceder por puertas separadas, y que, aunque según me dijo siempre habría comidas y tentempiés y café disponibles en la casa principal, parecía estar muy bien equipada. Me mostró los interruptores de la luz y el control de temperatura de mi parte de la casa, dónde había mantas extras y dónde se guardaban las toallas. La cena se servía temprano, me dijo, a las ocho, y nadie se vestía para la ocasión, excepto de vez en cuando, si se recibía alguna visita. Se almorzaba a la una. Y, para el desayuno, se improvisaba. El cocinero estaba disponible desde las seis, porque a veces a Ray le gustaba nadar temprano. ¿Tenía yo alguna pregunta?

La miré boquiabierta. “Creo que no”, dije. “¿Debería…?”.

“Por supuesto, ven cuando quieras”, dijo ella, y me dio un abrazo rápido, delicado. “Así que, bienvenida”, dijo.

¿Qué era no vestirse? A pesar de la siesta en el auto, estaba terriblemente cansada, pero no tenía nada de sueño. Elegí unos jeans, que era casi todo lo que había traído, y cuando el reloj en la mesita de luz me informó que ya eran las siete cuarenta y cinco, fui hacia lo que asumí era la casa principal y deambulé a través de cuartos vacíos hasta que me topé con Christa, que vestía un pequeño solero vintage del color de la manteca de primera calidad.

Cenar significaba servirse uno mismo de una selección de posibilidades, incluyendo ciertas cosas en bandejas sobre pequeños floreritos flameantes, y después sentarse alrededor de una mesa larga y pulida con capacidad, probablemente, para treinta personas. Amos el titiritero no apareció, pero los contadores, o contadores más abogados más ingenieros, allí estaban. No se habían puesto sus sacos, pero todos habían elegido para la ocasión corbatas estúpidamente chistosas, lo que sugería, supongo, que la compra que estaban tramitando para Ray era tan grande que ameritaba cierta frivolidad pomposa sobre sus pechos inflados de orgullo. Ray había vuelto a aparecer y me saludó, aunque dedicándome apenas una sonrisita resentida, como si él y yo fuéramos un par de insignificantes matones a quien acababa de detener la policía caminera, y esa fue la última vez que advirtió mi presencia.

Miré a través de la pared de vidrio cómo la noche lentamente empezaba a elevarse en el cuenco del valle a nuestros pies y cómo se encendía el brillo de unas suaves luces tenues. Arriba de las montañas, sin embargo, todavía era de día. Un terreno realmente espectacular. Las pálidas corrientes de un atardecer violáceo se levantaban alrededor de la mesa, así que una no tenía que conversar con nadie, o casi podía pretender que estaba conversando con alguien sin hacerlo de verdad. En algún rincón de ese suave remolino del atardecer, los contadores hablaban entre ellos y, al parecer, se contaban chistes. Sus explosiones de risas estridentes sonaban como resmas de papel siendo trituradas, pero después de cada explosión recuperaban instantáneamente la sobriedad y giraban con deferencia en dirección a Ray.

Terreno… ¿era eso lo que yo había querido decir? “Qué lenguaje están hablando”, le susurré a Christa, sentada en el oscurecerse de su propia nube.

“De verdad, mejor toma un poco de agua”, me dijo. “No te preocupes, es toda agua embotellada. A propósito, hay packs enteros en tu bungalow, me olvidé de mostrarte, están en una de las alacenas; de todos modos, para lavarte los dientes el agua de la canilla está okey”.

Hablaban inglés, me acabé dando cuenta, pero especializado. Uno de ellos terminaba de redondear un chiste que parecía involucrar a uno de los Padres Peregrinos, un pavo, una esposa y tasas crediticias de algo llamado Swaps.

Todos se largaron a reír otra vez con estridencia. Ray tamborileó sus dedos sobre la mesa, haciendo un ruido como de trueno distante. Con caras dulces, infantiles, los contadores y etcétera giraron de nuevo hacia él y, de repente, él se incorporó.

“Caballeros”, dijo con una pequeña reverencia. “Si todo sale como lo anticipamos, tengo mucho que ganar con esta transacción. Pero si a la hora de concretar, por cualquier percance, todo esto se cae, déjenme recordarles que, gracias a la cláusula de horas facturables que fueron tan amables de anexar a nuestro contrato, los perdedores van a ser solo ustedes. Yo los felicito por su esfuerzo y albergo las más altas expectativas en que su irreprimible confianza esté justificada, tanto para su beneficio como para el mío. Pero en este punto tal vez corresponda un momento de sobriedad, un momento de reflexión sobre la endeble naturaleza de cualquier carrera profesional. O, para decirlo de otra manera, no piensen ni siquiera por un momento que si el bote empieza a hacer agua, voy a tirarles una soga. Estoy seguro de que todos recordarán ese acertijo zen acerca del gran maestro, su discípulo y el pato atrapado en una botella”.

Vació su gran copa de vino, glug glug glug. “¿Todos recuerdan la lección del maestro?”, dijo. “No es mi pato, no es mi botella, no es mi problema”. Con un golpe, dejó su copa sobre la mesa y giró para salir de la habitación.

“¿Qué te dije?”, Christa me miró.

¿Qué me había dicho? No tenía la menor idea. Supuestamente en ese momento yo había estado dormitando, planeando sobre los vientos polares mientras los dos aguerridos exploradores perseguían sus metas inútiles bajo el remoto e irónico titilar de las estrellas.

“Además”, dijo Christa, “creo que se está viendo con alguien de por acá”.

“¡Oh!”, dije, y pensé en lo doloroso que debía ser para una mujer de su belleza y su glamour tener cada mañana esa información mordisqueándole el cerebro, y pensé en cuán rápido la belleza y el glamour de alguien pueden volverse irrelevantes para estándares que apenas empezaban a desarrollarse un mes antes, o cuán rápido pueden ser suplantados por cualquier chica que pase por ahí. “Oh”, dije de nuevo.

“Sí. Oh. Oh, puedes repetirlo todas las veces que quieras”, dijo ella, y yo me di cuenta de que los contadores y etcétera habían desaparecido de la mesa. Sobre el mantel solo quedaban las migas.

“Buenas noches, entonces, supongo”, dije mientras Christa se alejaba. “Supongo que voy a volver a mi…”.

Subí las escaleras hacia mi dormitorio y me puse a desempacar, pero me enfrenté al problema de dónde poner las cosas, así que decidí dejar el tema para la mañana siguiente. Rechazar por completo mi vida me pareció entonces un tanto menos verosímil y menos deseable de lo que me había parecido un par de horas antes, así que después de todo prendí mi computadora.

Revolví la valija hasta encontrar mis pijamas y abrí las ventanas para que corriera la brisa. Me sentía un poco mareada, como si estuviera borracha, y supongo que un poco lo estaba, de tanto vino que me había parecido apropiado deglutir durante la cena, pero sobre todo estaba exhausta, aunque todavía completamente despierta, como siempre solía pasarme: completamente despierta y pensando cosas sobre las que no puedo hacer nada al respecto. No poder hacer nada al respecto. No poder hacer nada al respecto. También un golpetear muy poco familiar y de alguna manera rítmico me sugería que algún tipo de monstruo, una intrépida serpiente, por ejemplo, me llamaba desde las enredaderas justo afuera de mi ventana, y trataba de hacerme abrir los mosquiteros para dejarla pasar.

A modo de justificativo de mi siesta en el auto, le había mencionado a Christa mi completamente exasperante resistencia al sueño, y ni bien nos sentamos a la mesa, ella me pasó tres o cuatro píldoras envueltas en un pañuelito de papel. “¿Qué son?”, le pregunté. “Son de Ray”, me respondió. “No se va a dar cuenta”.

Un par de meses antes yo había consultado con un médico acerca de mis problemas para dormir y él me había preguntado si quería que me recetara pastillas.

“Tengo miedo de que anestesien mis emociones”, dije. Él me miró apenas disgustado, como para recordarme que tenía un consultorio céntrico y que yo no era la primera histérica obsesionada consigo misma con la que lidiaba ese día. “Entonces lo ideal sería que descubrieras por qué no estás durmiendo”, dijo.

“¿Qué es lo que hay que descubrir?”, dije. “Atravieso el tiempo a toda velocidad, atada a esta bomba a punto de explotar que es mi vida. Y, además, pareciera que la meta está cada vez más cerca y que la gran intriga es quién llegará primero: el mundo o yo. Lo que no puedo descubrir es por qué todos los demás pueden dormir tranquilos”.

“Todos los demás pueden dormir tranquilos porque todos los demás toman pastillas”, dijo el médico. Así que me dio una receta y yo tomé sus pastillas durante cinco noches seguidas y tiré el resto al inodoro. El problema era que me mandaban derecho a dormir, antes incluso de que tuviera alguna chance de encender las preocupaciones en mi cabeza, y dormía durante horas y horas, pero después de atravesar la noche abriéndome paso a través de oscuros túneles que apestaban a osario y deslizándome entre bultos palpitantes y viscosos —mis propios órganos, tal vez—, me despertaba completamente agotada, y a la mañana, cuando me ponía a pintar, me parecía estar mucho más chapucera o menos exigente conmigo misma de lo que usualmente solía ser. A lo mejor mi pintura no era mucho peor de lo que había sido antes, pero sin dudas con las pastillas que no fuera mejor ya no me importaba lo suficiente.

Así que después, cuando dejé de tomar las pastillas y volvió a importarme que mi pintura no fuese lo suficientemente buena, tuve que empezar a preguntarme por qué me importaba que no fuese mejor.

Tenía que afrontarlo, con o sin pastillas, mis emociones estaban anestesiadas, a menos que la fatiga contara como emoción. Así que decidí obligarme a mí misma a dejar de pintar por un tiempo, o tal vez para siempre, obligarme a parar por completo, a menos que algo se impusiera sobre mí, algo a lo que deshonraría por completo si no pintaba mejor de lo que ya era capaz de hacer. Y por eso no envíe materiales a lo de Ray y Christa, porque el viaje me pareció una oportunidad ideal para despejar mi mente de cualquier impedimento para pintar mejor e, incluso, si en lugar del impedimento me quedaba con nada, por lo menos sobre mi cabeza brillaría el sol.

Tiré mi valija a un estante para valijas —alguien se había tomado el trabajo de pensar hasta el más mínimo detalle— solo para evitar que algún bicho se le subiera encima, aunque lo más probable fuera que, si había algún bicho por ahí, lo hubiera traído yo en mi valija, y de nuevo me sentí mareada. Quizás necesito hidratarme, pensé, y bajé las escaleras y abrí la puerta de la cocina en busca de agua.

Una pequeña persona, piel y hueso, vestida con una camisa a rayas rojas y negras y unos pantalones ajustados con un estampado escocés, también rojo y negro, estaba sentada a la mesa y me miraba con unos ojos negros inmensos que parecían delineados con kohl. Tenía una encantadora y desproporcionada nariz curvada hacia abajo, y una cara tan cerosa e intensa entre la penumbra de rulos negros que la imagen se me quedó grabada en las retinas.

“¿Te molesto?”, dijo.

“No todavía”, le contesté. “Quiero decir, nos acabamos de conocer”.

“¿El ruido?”, me preguntó.

Esparcidos frente a él sobre la mesa había retazos de tela y papeles de colores y pequeñas figuras hechas de arcilla y madera y varios otros materiales, un pote de pegamento y algunas herramientas, incluido un pequeño martillo… oh.

“¡Me encantó Terra Nova Dreaming!”, le dije. “De verdad, me encantó”.

“Bien”, dijo él. “Así puedo usar tu opinión en esta nueva obra. Me gustaría hacer una función acá, pero se me ha ido bastante de las manos: hay un montón de personajes, incluidos unos murciélagos que se tienen que convertir en drones autopropulsados y después volver a ser murciélagos, una maniobra bastante complicada. Un par de chicos del pueblo pueden ayudarme tras bambalinas y Fred podría hacerse cargo de las luces, pero un buen ojo extra en la platea me vendría muy bien”.

“¿Fred?”, dije.

“Un muchacho que les maneja el auto y ayuda con el parque y otras cosas. No sé cuál es su verdadero nombre. Ray y Christa lo llaman Fred. Es bueno con las manos, aunque un poco errático, me parece. De todos modos, no me gustaría quitarte demasiado tiempo. Christa me avisó que venías y supongo que querrás ocuparte de tus propias cosas, ¿por qué otra razón vendrías si no a un lugar como este?”.

“¿A relajarme, por ejemplo?”.

“¿Sí? Debes estar usando una técnica de relajación bastante fuera de lo común”.

Fruncí el ceño. “¿Por qué…?”.

“Ey, ni siquiera los expertos mundiales en relajación aparecieron esta temporada, ¿no lo notaste? La pandilla entera ha cancelado, todos los burócratas de siempre y los demás acostumbrados a vivir de arriba. Yo vine porque la universidad le cortó los fondos al programa de artes donde daba clases y lo primero que hicieron fue desalojarme de mi departamento, y con esto de estar armando la nueva obra y no tener exactamente lo que se llama un ingreso, a partir de ese momento cualquier limosna de lujo se volvió algo definitivamente atractivo para mí, sean cuales fueren sus costos ocultos. Supongo que habrás venido por alguna razón similar. De todos modos, la responsabilidad corre por nuestra cuenta, es obvio”.

“¿La responsabilidad…?”.

“¿La responsabilidad? ¿De entretener, distraer, difuminar, amortiguar? ¿Corre por nuestra cuenta, como en tu cuenta y mi cuenta, como en que tu y yo nos tenemos que hacer cargo? Es por eso que casi ni he aparecido por la casa principal y, como establecí esa política inmediatamente al llegar, el gesto ha sido interpretado como un claro signo de genialidad. Se lo escuché decir el otro día a Fred, si es que lo entendí bien. De cualquier modo, sugiero que adoptes mi ejemplo. Lo más pronto posible, de hecho, porque las cosas claramente están por empeorar”.

“Um… Me parece que ya es un poco tarde para mí”, dije.

“Mmmm”. Me miró con una mezcla de interés y piedad distante, como un entomólogo contemplando algo encerrado en un frasco.

“Dos cosas”, dijo, y comenzó discreta pero implacablemente, como un adivino, a bajar las despiadadas cartas una a una sobre la mesa.

“No puede ser cierto”, dije una vez que terminó y se quedó mirando con tristeza más allá de la ventana a mis espaldas. “¿Es todo verdad?”.

“Puedes comprobarlo tú misma”, me dijo.

Fui hacia la ventana y, sin lugar a dudas, lejos, en la distancia, oscilaban unas linternas. Y, a medida que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, empecé a distinguir una pequeña línea de gente que, por un camino polvoriento, se aproximaba al agua arrastrando tras de sí pequeños carros cargados de bultos y cosas.

“Esperan los botes toda la noche, a veces incluso un poco más. Es por orden de llegada, según entiendo. Hace un par de semanas no era tan frecuente, pero ahora pueden verse casi a diario”.

Al parecer, la mayoría de la gente de esta zona había vivido durante siglos de sus granjas. Pero hace un par de años hubo una serie de lluvias implacables y las inundaciones se llevaron todas las cosechas y después hubo un segundo año de lo mismo. El tercer año fue de sequía, y también el siguiente, así que ninguna de las nuevas plantaciones pudo echar raíces y todo se echó a perder. A la gente ya se le estaban acabando sus reservas de comida, pero entonces Ray compró un montón de granjas que, bajo esas circunstancias, consiguió a muy buen precio. Y en lugar de sembrar cereales o vegetales, decidió, para evitar que los acantilados se desmoronaran y, también para hacer plata fácil, plantar eucaliptos. Los eucaliptos prendieron enseguida, así que todos estuvieron contentos por un tiempo. Pero en el verano hubo un par de tormentas eléctricas, y el alto contenido de aceite de los eucaliptos quedó gráficamente demostrado cuando una de las plantaciones explotó en llamas y quemó por completo tanto casas como cualquier otra cosecha que todavía estuviera siendo cultivada por cualquiera que no le hubiera vendido su tierra a Ray, y eso ocasionó que el precio de la comida se fuera a las nubes. Así que, naturalmente, aquellos locales que podían irse se estaban yendo, y un montón de extranjeros, como Ray y Christa, que tenían terrenos en la zona estaban también empezando a levantar sus bártulos. “Bien, esa es una de las cosas”, dijo Amos.

“¿Una de las cosas…?”, dije.

“La otra cosa es que Zaffran alquiló una casa sobre la costa, como a cinco millas de acá”.

“¿Zaffran? ¿Estás hablando de Zaffran, la modelo? ¿Zaffran?”.

“Sep”.

“Pero eso qué… por qué habría… ¡Oh!”.

“Sí. Al parecer, es algo que empezó en la ciudad. O eso es lo que Christa parece creer. El gurú de Zaffran vive por aquí cerca y ella viaja cada dos o tres meses a estudiar con él. Lo conoció el año pasado cuando vino a esta zona a hacer esa ridícula sesión de fotos para Vogue, todas esas imágenes idílicas de ella con los burros y los campesinos sonriendo de oreja a oreja con los dientes photoshopeados. De hecho, así fue como empezó el negocio de montar en burros; lo de los adorables cascabeles y los flequillos fue una idea de su estilista. Como sea, fue entonces que Zaffran se interesó en el Zen. Antes de lo de Vogue no había turistas por acá, pero ahora está lleno, así que en el pueblo la adoran porque ahora todos viven de los turistas. Hace un par de meses Ray se encontró con ella en una fiesta, y Zaffran le dijo que estaba pensando en comprarse una casa por aquí y que necesitaba su consejo y, bueno, esa es la historia”.

“Por Dios”.

“Sep”, dijo él. “De todos modos, Marya, la cocinera, no puede ser mejor y es realmente encantadora. Si no deseas comer en la casa principal, te da comida para que la traigas y te la calientes acá”.

“Por Dios. Pobre Christa. No le puedo hacer eso”.

“Como quieras”, dijo Amos. “Pero acuérdate de lo que te digo: ella te lo va a hacer a ti”.

Su afirmación reverberó en mi cabeza como un portazo. Debería irme arriba, pensé, y dejarlo trabajar en paz, pero se me hacía difícil moverme, así que le pregunté de qué se trataba su nueva obra solo para poder quedarme un rato más.

“Lo mismo de siempre, lo mismo de siempre”, dijo. “Lamentablemente, nunca pierde su encanto”.

Y mientras Amos empezaba a presentarme los elementos ya familiares y a entrelazarlos en una simple fábula moral, yo empecé una vez más a sentir que caía dentro de un sueño. Había un castillo, un rey avaro, una reina de adorno. Había cocodrilos famélicos girando atentos en el foso. Había soldados con armadura parapetados detrás de los muros, listos para lanzarle al enemigo cubas de aceite hirviendo, y detrás de los soldados, dentro de las torres, generales que programaban un ejército de drones cuyas sombras ya plagaban la campiña.

¿Quién era el enemigo? Por supuesto, los siervos, pero solo un enemigo en potencia. Usualmente trabajaban a destajo excavando pasadizos bajo tierra para, con la ayuda de los burros de carga, traer a la superficie grandes sacos de joyas y oro con los que acrecentar las arcas reales. ¿Pero qué pasaba si la ira inflamaba los corazones de los siervos y de los burros? Eran demasiados.

“Pero lo que el rey y la reina no entienden”, dijo Amos, “es que los corazones de los siervos y los burros ya están inflamados de ira, y los murciélagos, que se ocupan de volar entre las minas y las torretas del castillo, son los mensajeros. Están del lado de la servidumbre porque aman la libertad y volar de noche y la justicia, que es tan ciega como ellos. Y la novedad es que los burros, una vez sublevados, resultan ser unos estrategas infatigables”.

“Umm”, dije. “Interesante”.

“¿Sí?, estoy contento. No requiere pensar demasiado, es cierto, pero me parece que tiene posibilidades”.

“¿Cómo la vas a llamar?”.

“Cómo la voy a llamar, cómo la voy a llamar…”. Su atención parecía reconcentrarse solo en una de las pequeñas figuras, a la que le estaba pegando algo que, me pareció, era un mameluco naranja de prisionero. “Umm, creo que lo voy a llamar La mano que te da de comer”,dijo.

“No estoy segura de que sea un gran…”.

“Sí, lo es”, dijo. “Es un gran título. Tranquila: ya voy a encontrar alguna forma más apropiada para llamarla frente a esta audiencia”.

“¿Y cómo termina?”, pregunté.

“Todavía no lo tengo muy claro, pero esto es lo que estoy tratando de hacer: hay una gran revuelta popular y por algo así como tres minutos va a sonar una gran oda rapsódica, para regocijo de los siervos, los burros, los murciélagos y la audiencia. ¡El gran final!, piensan todos. Pero no, porque hay un segundo acto, y resulta que el avaro rey y su reina no eran más que títeres de un poder mayor, innominado, invisible, para quien trabajaban manteniendo el orden en este Estado satélite”.

“¿Alguien como… Dios?”.

“Alguien como ejecutivos de grandes corporaciones”, dijo Amos. “Y ahora que el rey y la reina han sido derrocados, se declara el toque de queda y las leyes del reino, tal como se conocían, se suspenden indefinidamente, y los ejecutivos de las grandes corporaciones autorizan al ejército a arrasar la campiña circundante y a encarcelar a los murciélagos, al rey, a la reina, a todos, de hecho, excepto a los siervos y los burros más fuertes, a quienes van a obligar a seguir trabajando a destajo en las minas, pero en peores condiciones que antes”.

“Uau”, dije. “Eso es bastante… bastante depresivo”.

“Sí, es cierto, pero bueno, así es la cosa”.

“No puedo creer lo cansada que estoy”, dije. “Quién sabe qué hora es ahora en casa. Creo que voy a subir. ¿Te dijeron dónde guardan el agua?”.

“Toda tuya”, dijo, y abrió una alacena que contenía packs y packs de una marca de agua embotellada carísima. “¡Y buena suerte con tu asunto de la relajación!”.

De regreso en mi cuarto, me pareció que podía escuchar un continuo y sordo murmullo levantándose desde el pueblo… los usuales ruidos nocturnos, por supuesto. Solo eso… los sonidos de la noche en cualquier lugar del mundo.

Miré con atención las pastillas que Christa me había dado. Eran blancas, pequeñas. Envueltas ahí en su pañuelito de papel no parecían para nada peligrosas.

No es que importaran demasiado. No es que nada en realidad importara demasiado.

Desperté no exactamente descansada, más bien en blanco, como si la noche no hubiera sido una noche sin sueños, sino la supresión de una noche. De hecho, ¿dónde estaba? Caminé lentamente a través del suelo extraño hacia la extraña ventana y la improbable realidad se reafirmó a sí misma. Desde allí podía ver el mar y los acantilados bañados por delicados rosas y amarillos y verdes y azules, como si el sol les estuviera confesando sueños de juventud a las dormidas rocas y las dormidas aguas, sueños donde las rocas nacían desde el centro ardiente de la tierra, donde las aguas justo antes de ser mancilladas por la vida todavía gozaban de estática pureza, era como si el juego de colores pálidos fuera la canción de cuna que el sol les cantaba al mar y a los acantilados, una canción que versaba sobre transformación y resiliencia.

Ya no quedaban rastros de la gente que la noche anterior había visto desde la ventana de la cocina. ¿Podía toda la conversación con Amos no haber sido más que una ilusión? No había ni siquiera una ola en el mar, liso como un vidrio.

Llegaba hasta mí un leve tintineo. Asomé la cabeza y pude ver uno de los, presumo, habitantes del pueblo, o un campesino vestido con ropas blancas y sueltas y un colorido sombrero de ala ancha liderando una procesión de burritos grises adornados con cascabeles y arneses llenos de flecos y cucardas, subían por un camino de escalones y cada uno cargaba sobre su lomo un turista grande como un saco de papas.

Me puse a revisar un par de cosas en mi computadora, que aparentemente había dejado prendida, y abrí mi correo —el wifi funcionaba a la perfección, tal como Christa había prometido— esperando que algo me indicara que, de hecho, el mundo todavía existía, como para algún día poder volver a él. Y entonces ¡sorpresa!, encontré un email de Graham.

Como si la saciedad de una lluvia acabara de caer fuera de mi ventana, dentro de mi cuarto florecieron todas las fragancias de las enredaderas. La felicidad se esparció por mi cuerpo con una estampida. En mi desolación, y más allá del extrañamiento, más allá de las distancias, había logrado evidentemente invocar al verdadero Graham y no solo a la aparición que había venido a mí en el aeropuerto. Me envolvió el aire pródigo, y lo inhalé y me expandí como si mi cuerpo, durante un largo, larguísimo tiempo, hubiera estado oprimido por fríos grilletes. Me contuve a mí misma solo para ser capaz de obtener un segundo más de voluptuosidad, y después abrí su correo.

¿Prisionera? El mundo es inmenso. Solo eres una prisionera de tus propios miedos. Si no la estás pasando bien en la prisión de tus miedos, ve a algún lugar mejor. O quédate ahí, si lo necesitas. Pero no me eches la culpa a mí. Es obvio que esperas que yo sea tu solución, como si existiera algún tipo de número secreto por el cual serías perfectamente divisible. ¿Por qué se te ocurre pensar que alguien podría cumplir esa función para ti? ¿Por qué se te ocurre que alguien podría cumplir esa función para cualquiera? No soy alguien que no llega a ser yo. Yo soy yo. No soy ningún número mágico, soy tan solo un bípedo. Está bien, a lo mejor mi alma no es más que polvo, pero ¿una prisionera?, ¿unas pantuflas?, ¿un granero?, ¿te parece? Aunque claro, no tengo ni idea…

¿Qué? ¿“Prisionera”? ¿“Pantuflas”? ¿“Granero”? ¿Qué estaba fumando Graham allá en Barcelona? Pero de todos modos… ¿alguna de mis ideas fugaces había realmente llegado hasta él, aunque sea ligeramente torcida, pero había llegado a él, como una torcida flecha de Cupido? ¿O qué era lo que pasaba? Sentí que un escalofrío me corría por la espalda, como si, extrañamente, mi cuerpo se estuviera encogiendo. Algo extraño sucedía… ¡Oh! No, no, no, no, no, no, no: el correo de Graham era una respuesta… una respuesta a… a un email mío, aparentemente enviado a las tres de la mañana: