También fuimos felices - Nicolás Módena - E-Book

También fuimos felices E-Book

Nicolás Módena

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Beschreibung

Desde que desapareciste el infierno me queda chico. Fuimos una familia extraña, dolorida y triste, aunque también fuimos felices. Nicolás Módena Nació en Jujuy en el año 1976, donde cursó sus estudios primarios y secundarios. Continuó su formación en la provincia de Córdoba. Hoy es abogado, empresario y padre de tres hijos. Lector desde temprana edad, admira a Borges, a Kafka, a Levrero, a Foenkinos (entre tantos otros). En el 2017 publicó Nada que contar, su primer libro de cuentos.

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Seitenzahl: 67

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Mariana Vigo Montero.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Módena, Nicolás

También fuimos felices : y otros textos / Nicolás Módena. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

78 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-014-6

1. Cuentos. 2. Relatos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Módena, Nicolás

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A Laura, por empujarme al vacío;a Elena, por la red.

Índice

Cuentos

Zona ciega Pág. 13

Concuidado Pág. 17

Cuchillo en mano Pág. 19

El ovillo Pág. 23

De arriba hacia abajo Pág. 25

El Salvador Pág. 30

Desde mi niñez Pág. 32

También fuimos felices Pág. 33

Sabe a chocolate Pág. 37

Esos que te conté Pág. 38

Solos ella y yo Pág. 40

Incierto Pág. 44

¿Me puedo ir? Pág. 46

Pido disculpas Pág. 50

Poderes Pág. 53

Quién sabe Pág. 55

Más negro que azul Pág. 57

El banquete Pág. 60

Siete sorpresas Pág. 62

El otro lado del jardín Pág. 65

Poemas

Vivir muriendo Pág. 71

Mañana yo allá Pág. 72

Hoy yo aquí Pág. 73

Tan muerte Pág. 74

Si no Pág. 75

También fuimos felices

Cuentos

Zona ciega

Hablamos de un yacimiento ubicado a unos quinientos kilómetros de la Capital, en un paraje llamado Hacha Blanca, cerca de Rincones y dentro de un campo ganadero de unas doscientas hectáreas. En el lado sureste de la propiedad se encontró una extensa veta con formación de metales raros y con impronta radiactiva a poca profundidad (treinta y dos metros promedio en su núcleo).

La noticia paralizó al pueblo y la parcela, luego de intensos estudios en firma de geólogos renombrados aunque con la oposición ferviente del gobernador Fortunato, fue definida como “zona ciega”, una especie de “Triángulo de las Bermudas” salvo por dos detalles: la figura geométrica que la encierra es otra, y su ubicación dista mucho del Mar Caribe. Un lugar donde incluso lo inmaterial se pierde, se diluye, se abre hacia la nada.

Es consenso entre científicos que materia y energía se comportan de manera misteriosa cuando quedan encerradas entre sus límites, De los metales encontrados prevalecen lantano, cerio, samario, iterbio y lutecio.

Las historias que de boca en boca se multiplican mencionan que, por ejemplo, Deladio Rosas perdió ahí, en el centro del lugar, más de cien vacas y a sus perros (cinco hermosos labradores) sin dejar rastros, ni huesos ni collares ni cuero. Rosas intentó defender su hacienda con su cuchillo con mango de asta y un pocho enroscado en su antebrazo izquierdo. El cuchillo le desapareció de su mano sin que siquiera lo notase.

Otros dicen que solo por acercarse perdieron la memoria durante semanas, y que algunos de ellos desarrollaron alzhéimer con el paso del tiempo.

A mi padre, en una visita guiada sin siquiera cruzar los limites se le desataron los cordones de los zapatos y se le desprendieron el reloj y una medalla de la Virgen Milagrosa con cadena de plata, que le dejó un fino corte en la nuca. Nunca los recuperó.

Se sabe que en el planeta no son más de una docena y que en Sudamérica son seis las “zonas ciegas” descubiertas: dos en Brasil, una en el norte de Chile, una en Ecuador y dos en Argentina, en Hacha Blanca y aquella que a finales de los años cuarenta generó conmoción en un pequeño grupo de académicos quienes, con logrado oficio para distraer a los curiosos, hicieron correr la noticia de que la convergencia del todo en un solo punto no era más que una ilusión óptica. La demolición de la casona, las excavaciones y la posterior ampliación de una confitería en el lugar dieron por perdido el tema de los noticieros y en la memoria colectiva.

Esta “zona ciega”, la de Hacha Blanca, se encuentra delimitada e iluminada y por las tardes, antes del ocaso, las luces empiezan a parpadear sin razón alguna y los postes se mueven sin sentido como si un fuerte viento los sacudiese.

Hoy sábado, luego de varios días de ocupar el horario central en los canales de televisión, se cuenta del dolor de la familia Rustó. Julián, un hombre desalineado relata sin mirar a cámara:

—Veníamos por la Ruta Once. A la altura de Hacha mi hijo Francisco preguntó si podíamos conocer la “zona ciega”. Desvié por el camino vecinal y entramos a la altura del cañaveral. A unos dos kilómetros hacia adentro nos encontramos con un predio limpio y descampado. Detuve la camioneta y nos bajamos. Recuerdo cómo sus botas brillaban a cada uno de sus pasos por las luces en el talón. El lugar era un círculo ralo, un círculo no tan perfecto como se cree, de unos cincuenta metros de diámetro. Cruzamos el alambrado con sigilo, como si estuviésemos violando propiedad privada. Lo primero que sentí fueron nauseas. Metros adentro mi celular se apagó, mis lentes que son grandes y pesados comenzaron a vibrar, a estrujarse, y las botas de Francisco dejaron de iluminar. Le pedí se saque una y empecé a golpearla donde los pequeños focos, pero sin mayor suerte. En ese momento, a las once con veintidós, mi reloj se detuvo. De repente una luz intensa me derribó. Recuerdo que intenté agarrar a Francisco pero no pude, estaba ciego. Me alejé del centro y en segundos me desmayé. Desperté pasado el mediodía, con la bota de Francisco en la mano…

El hombre pide sentarse y desde el estudio mandan un corte.

Al regreso, visiblemente más firme, invita al periodista a ingresar a la casa. Se sientan en un sillón negro de cuero que divide un pequeño living comedor de la cocina; a la derecha, un pasillo lleva a los dormitorios. El hombre pide permiso, se retira y regresa con un portarretratos.

—Está colgado en la habitación de Fran. Mírelo y dígame qué ve.

El periodista muestra a cámara. Es una fotografía de comunión. Un niño entre varios que rezan mira a la cámara con dos puntos de luz.

—Desde que lo perdimos mira así, con la misma intensidad que aquella que me tumbó.

El hombre llora y se despide perdiéndose con la fotografía hacia el pasillo. La nota culmina con el siguiente videograph, el mismo que repiten por la radio a cada rato:

Francisco Rustó tiene 9 años, pelo corto y claro, ojos celestes. Tiene una pequeña cicatriz por sobre su ojo izquierdo y usa braquets transparentes. Desapareció el domingo seis de junio de dos mil veintiuno en el paraje Hacha Blanca -camino vecinal entre rutas 4 y 112-. Vestía malla color azul, musculosa celeste con dibujo de playa y calza una sola bota roja que se ilumina al caminar. Cualquier información comunicarse al 3429-40717836.

Concuidado

Dicen que es solo un paraje abandonado al costado de la ruta 54 bis, pasando Las Parejas y antes de llegar a la mítica Rivera del Sol. Claro que años atrás (también dicen), fue un pueblo pujante y en firme crecimiento gracias al mercado del tung.

Dicen que, según el censo de mil novecientos noventa y uno, los habitantes son menos que los perros, casi todos callejeros aunque entre estos vagan dos labradores identificados con chapitas de bronce en collares de cuero, 1/5 y 3/5 (no se sabe a ciencia cierta si los números corresponden a fechas, día y mes, o si los perros son o fueron parte de una manada de cinco).

Dicen que, misteriosamente, algunos de estos hablan.

Dicen que un tal Cosme, en los años primeros de la democracia, les enseñó a decir palabras en el patio cerrado del polideportivo.

Dicen que el tal Cosme empezó leyéndoles carteles, noticias cortas, obituarios y que un día se animó, borrachera mediante, a algunas citas de Wilde, de Wallace, a un Hamlet traducido en Quito con evidentes carencias sintácticas, a los primeros cuentos de Rulfo y también al Spinoza de bolsillo.

Dicen que la jauría le prestaba humana atención.