Tan cerca de la vida - Santiago López Petit - E-Book

Tan cerca de la vida E-Book

Santiago López Petit

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Beschreibung

Santiago López Petit reúne en esta novela su pensamiento filosófico. Un nuevo alumno, I, quiere dejar atrás su pasado e ingresa en la Escuela de la Vida, donde se forman los líderes del futuro. La formación de I se basa en un conjunto de aprendizajes que deben permitirle ser libre, desplegar su creatividad y así poder reinventarse. Sin embargo, I pronto descubre que en la Escuela de la Vida suceden hechos extraños, inexplicables, como si la Vida, que la dirige, escondiera sus verdaderos propósitos. Un enemigo interno, frente al cual falla todo intento de diálogo o de represión, amenaza este mundo. El poder, que se muestra incapaz de ver lo que tiene ante sus ojos, persigue un único objetivo: entender qué pasa en la sociedad con el fin de restaurar el orden. Pero la comprensión del poder no alcanza el subsuelo, de donde brota una extraña alegría.

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Tan cerca de la vida

Colección Rayos globulares

(39)

SANTIAGO LÓPEZ PETIT

Tan cerca de la vida

Primera edición, 1200 ejemplares: enero 2021

Título original: Tan cerca de la vida

Licencia CC 4.0 by nc sa

https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/

Esta obra está bajo una licencia Creative Commons

Se permite compartir la obra en parte o totalmente bajo las siguientes condiciones:

Reconocimiento - No comercial - Distribuir igual

C/o Rayo Verde Editorial, S.L.

www.rayoverdeeditorial.com

© de esta edición, Rayo Verde Editorial, 2021

Diseño de la cubierta: Tono Cristòfol

Ilustración de la cubierta: © DAQ

Maquetación: Noemí Giner

Correctores: Gisela Baños, Antonio Gil y Sandra Balagué

Producción editorial: Xantal Aubareda

Composición ePub: Pablo Barrio

Publicado por Rayo Verde Editorial, S.L.

Gran Via de les Corts Catalanes 514, 1º 7ª

08015 Barcelona · [email protected]

www.rayoverdeeditorial.com

RayoVerdeEditorial

@Rayo_Verde

ISBN ePub: 978-84-17925-47-5

THEMA: FA, FL, FDB

Una vez leído el libro, si no lo quieres conservar, lo puedes dejar al acceso de otros, pasárselo a un compañero de trabajo o a un amigo al que le pueda interesar.

La editorial expresa el derecho del lector a la reproducción total o parcial de esta obra para su uso personal.

Índice

PreámbuloLa Escuela de la VidaEl contrato«¡Llega a ser el que eres!»Un encuentro inesperadoInfiltradoPresentimientosFábrica de líderesEl cuento de la vidaLa BandaEvaluación«Cálmate, pequeño filósofo»Una mente destruidaLa nocheUn sueñoTurismoDos sombrasLa niña sin ojosLa vida y la verdadEl estallidoEstado de excepciónLa huidaSoledadesUna grieta

En silencio me acosté entre los viejos juncos y sobre mí se posó el cielo azul, plagado de estrellas; y cuando me estaba diluyendo en su contemplación, murieron conmigo el miedo y el dolor más profundos y la sombra azul del muchacho se alzó en medio de la oscuridad.

GEORG TRAKL

Preámbulo

Bienvenidos a la Escuela de la Vida. Después de un largo viaje en el que habéis dejado atrás dudas y sombras, en el que os habéis despojado de inseguridades y miedos, la vida os recibe con los brazos abiertos. Nuevos días se avecinan para vosotros, pero hoy, el día de hoy, lo recordaréis siempre. Siempre, porque no se olvida haber salido del pozo del olvido. Entrad en este espacio de libertad donde el único reglamento es que no hay reglamento y sois vosotros mismos quienes decidís ser lo que queréis ser. Salid a la luz. Sí, no hay nada más hermoso que sentir el calor del sol sobre el propio cuerpo. No volváis la mirada, ahuyentad la tentación de una vuelta atrás. No hay vuelta atrás cuando has comprendido —y eso vosotros lo habéis comprendido en toda su profundidad— que tú mismo puedes cambiar tu vida. Por eso, habéis sido admitidos en el curso. Confiamos en cada uno de vosotros como vosotros confiáis en la vida. No os hemos escogido. En realidad sois vosotros mismos quienes habéis escogido acudir y participar.

Las puertas permanecerán abiertas en todo momento, ya que ¿quién desearía regresar a un mundo de mediocres? Estamos comprometidos con ser extraordinarios. La vida está llena de oportunidades que hay que saber aprovechar y hacerlo depende únicamente de cada uno. Pero no olvidéis algo muy importante: vosotros ya sois unos ganadores. Evitad entrar en una rueda de autojustificaciones. Tampoco busquéis culpables. No carguéis con el peso muerto de creeros víctimas. Existe una enseñanza fundamental que siempre tenéis que recordar: para vosotros, los dualismos ya no existen. Habéis ido más allá de la línea. Ganar o perder no sirve para cartografiar el mapa de la vida. ¿Por qué un ganador debería quedar encerrado en esta cárcel? Ganar o ganar. Ganar o, en todo caso, negociar para preparar la victoria. Negociar es una guerra. La guerra y la paz son dos caras de lo mismo. Y, sin embargo, aquí no solo aprenderéis palabras ganadoras, sino también a compartir, a pronunciar la palabra «nosotros». Cada uno debe reconocer sus propias debilidades y averiguar cómo puede suplirlas con la ayuda de los demás compañeros. El hecho es que, a ojos de los inversores, una empresa con un solo líder puede indicar que nadie ha querido sumarse al proyecto o que el fundador se resiste a compartir las tareas necesarias para su funcionamiento. Crear una empresa constituye una experiencia espiritual. Una empresa instaura también una relación afectiva. El dinero no importa porque es sinónimo de muerte. Crear una empresa significa producir sentido, y el emprendedor, en tanto que discípulo de la vida, debe ser un líder para la sociedad. Al que es capaz de producir sentido lo sostiene el futuro.

Habéis llegado hasta aquí después de una dura selección. Poco a poco os conoceréis entre vosotros y trabaréis amistad. Sois un equipo. Ahora os toca a vosotros estar a la altura. A partir de hoy mismo ningún día se repetirá. Tampoco habrá descanso. Si os entregáis en cuerpo y alma, seréis felices. Estaréis cumpliendo vuestro deseo. El éxito estará más cerca. El único pecado que aquí no se consiente es querer pasar desapercibido, fijarse en lo que hacen los demás para, sencillamente, imitarles. A vosotros, nuestros héroes, no os está permitido agazaparos. Tenéis que alzaros contra la estandarización galopante. Se está perdiendo la propia pérdida, y en los páramos resecos ya no crece ningún vegetal. Hasta las huellas de las palabras desaparecen poco a poco a causa de ese viento que sopla sin piedad. Lo inexplicable recorre silenciosamente el mundo. En el altar sagrado de la vida se sacrifican aquellos que no osan avanzar y se hunden. Nos han declarado la guerra. El viento viene cargado con noticias terribles y susurra que se acerca el final.

¡Bienvenidos al curso! La tarea que os queremos encomendar no es nada sencilla. Algunos de vosotros ni llegaréis a saber de qué se trata, ya que no sobreviviréis. Otros, aquellos que estéis dispuestos a no rendiros, seguramente maldeciréis haber venido. ¡Os necesitamos! La vida es un jardín: ¡floreced!

La Escuela de la Vida

Antes de desaparecer, el holograma de la mujer ha añadido algo más. Siento no recordarlo. Seguramente, el discurso anterior tampoco es muy exacto. Si he sido capaz de reproducirlo es porque me ha dejado bastante perplejo. Yo sabía a lo que venía y ahora no entiendo nada. El holograma de la mujer ha asegurado que alguien nos ha declarado una guerra. ¿Quién podría atreverse? Esta amenaza me parece totalmente absurda. Y, además, ¿qué tiene que ver con el curso al que me he apuntado? Es probable que hayan querido rodear de misterio nuestra llegada para acrecentar nuestra curiosidad e interés. Lo que no entiendo, entonces, es por qué este aviso de peligro. Yo sabía a lo que venía. Quería hacerme famoso y este curso prometía un camino rápido para conseguirlo. Además, también me daba la posibilidad de conocer a gente. Observar es una de mis actividades preferidas. Cuando viajo en metro me entretengo mirando los rostros de los pasajeros e intento imaginar cuál será su trabajo. A veces, sin embargo, las manos son más indicativas.

Pues bien, el holograma antes de volatilizarse nos ha pedido que nos pusiéramos en círculo —en realidad ya formábamos un círculo, pues automáticamente nos habíamos situado a su alrededor— y también que nos diéramos las manos. Confieso que he sentido un cierto reparo. ¡Así, de pronto, dar la mano a un desconocido! Más exactamente a dos. Y mientras nos encontrábamos en esta tesitura, la vida, es decir, el holograma hablante, nos ha rogado finalmente que cada uno de nosotros escogiera un seudónimo con el que de verdad se sintiera identificado. El seudónimo no tenía que reflejar tanto nuestra personalidad como nuestra imagen. De un modo más preciso: la imagen que desearíamos mostrar a los demás. La Escuela de la Vida, y eso era una novedad para mí, lejos de asignarnos un número, nos permitía darnos un nombre y convertirnos así ya, directamente, en una marca propia en el mercado libre del ciberespacio.

Mientras estaba pensando qué seudónimo sería el más apropiado para mis aspiraciones, no sé muy bien cómo, me he encontrado con un hyperphone entre las manos. Supongo que me lo ha alcanzado alguno de mis compañeros. Cuando lo he puesto en funcionamiento, ha aparecido una frase escrita en mayúsculas: EL HYPERPHONE ES TU CORDÓN UMBILICAL CON LA VIDA. He sentido una cálida protección y que, por fin, algo importante podía sucederme. Bajo esta frase destacada seguían tres instrucciones muy concretas. La primera era que debíamos mandar una foto nuestra una vez por semana. La segunda, que al final del día grabáramos un mensaje de voz, el que quisiéramos. Y la última, colocar siempre el hyperphone bajo la almohada al acostarnos. De cumplir correctamente las indicaciones, se nos aseguraba, el programa de gestión del estado de ánimo sabría guiarnos y corregir los trastornos de aprendizaje que pudieran surgir. Asimismo, y como resultado de la evaluación permanente de los objetivos que cada uno se fijara, recibiríamos puntos virtuales. Estos puntos virtuales serían muy útiles para poder planificar con rigor la eclosión de nuestras capacidades y competencias. Lo digo con toda sinceridad, creo que el hyperphone puede ser la mano que buscaba desesperadamente en la oscuridad.

Se confirmaría de este modo que ha sido un acierto venir a esta escuela y una suerte que me aceptaran. No, no voy a contar ahora mi vida, puesto que ya es un poco tarde y hemos empezado a organizar la sala en la que dormiremos. Además, es una vida como tantas otras. Tiene un momento álgido y luego un largo descenso, pero no al infierno, sino al desierto de la espera. Un momento álgido es una intensidad coagulada. Si tu sangre es normal y sufres un corte, diminutas células, conocidas como «trombocitos» o «plaquetas», llegan al rescate. Estas células en forma de disco, las más pequeñas del torrente sanguíneo, se aglutinan en segundos para sellar la herida. Cada gota de sangre suele contener unos ciento quince millones de plaquetas, de modo que la ayuda siempre está a mano y presta, si la herida no es grave; todo vuelve a la normalidad casi sin percatarnos de ello. La coagulación de la sangre nos salva, ciertamente, pero ¿dónde queda la herida? La herida por la que un puñado de dolor bregaba por aflorar. Ni la señal de la herida queda suprimida ni el dolor desaparece. Pero la sangre ya no se ve. Las renuncias de que está hecha la vida son pruebas del proceso civilizador. La normalidad ha triunfado. Por eso, estoy contento de que me hayan admitido en esta escuela. El uniforme de diario es la esperanza, la esperanza en que cada uno de nosotros puede ser el protagonista de su propio cambio.

Cuando decidí presentarme como candidato, deseaba interrumpir esa monótona espera que me tenía secuestrado. Era una espera sin esperanza. Quería pronunciar una palabra y la palabra no salía de mi boca. Yo creo que masticaba las palabras y que por esa razón no podían salir. A veces podía lanzar un grito. Y luego el silencio. Un silencio tan vacío que hasta se tragaba el aire. En cambio, aquí todo es diferente. Tengo mi propia marca y, por fin, puedo ser yo mismo. No ese perdedor. Ese iluso. Ese… escrupuloso acérrimo que solo podía tocar el mundo con las puntas de sus dedos por miedo a mancharse. Además, y quisiera resaltarlo, finalmente podré desembarazarme de esa mirada melancólica que me tenía ya cansado.

Lo sé muy bien. He dicho antes que me gusta observar. Observar es, seguramente, la actividad más digna que nos queda cuando el momento álgido se ha escurrido entre los dedos de las manos, pero ¿la mirada del que observa el mundo no es necesariamente melancólica? ¿Por el hecho de ser meramente un observador, porque el mundo es como es, o porque existe la noche y la noche no existiría si no tuviéramos ojos? Una pregunta me lleva a la otra. La mecánica cuántica hace mucho nos enseñó que el observador modifica el objeto de estudio, que la medida de una propiedad altera al sistema mecánico-cuántico impidiendo la medida precisa de otra propiedad. Siempre he creído que si la ciencia comprendiera de verdad esta imposibilidad, tendría que ser más melancólica. En cambio, no es así. La ciencia es inconscientemente optimista. Empleando las funciones de onda que representan meras probabilidades, se las arregla para desentrañar con éxito el mundo de las partículas subatómicas. Evidentemente, la condición es no hacerse preguntas inadecuadas; por ejemplo, por qué funcionan tan bien las ecuaciones para explicar este extraño mundo invisible que, sin embargo, nosotros solo podemos describir mediante paradojas. El éxito de la ciencia reside, seguramente, en su capacidad de autolimitación. Mediante un implacable juego de limitaciones logra funcionar a la perfección y, a la vez, alejar de sí esta insidiosa melancolía del observador. Aquí, por el contrario, nos animan continuamente a superar cualquier límite que se ponga delante de nosotros. El discurso de bienvenida era claro a este respecto. Por eso, una de las consignas preferidas, y que aparece en las numerosas pantallas de televisión, asegura: «Tú puedes ser lo que deseas. Solo existe un obstáculo: tu obstinación en pensar lo contrario». Nos dan confianza y creen en nosotros.

Me siento acurrucado en el vientre de la vida. No se puede pedir más. Aquí te devuelven la curiosidad y las ganas de aprender. Pero, sobre todo, una esperanza que —al no estar aquejada de ceguera porque la esperanza más segura es aquella que reside en uno mismo— puede colmar el vacío de la melancolía. Yo no fallaré. Yo no me fallaré. Quizás es una escuela un poco extraña, pero gracias a ella conseguiré hacerme famoso. En el fondo, voy a hablar sin ambages, quiero ser famoso para que me dejen tranquilo. Tener éxito en esta sociedad es el único modo de poder controlar tu vida. Porque, si no, ¿adónde huir? Ciertamente, el éxito acarrea alabanzas hipócritas, frialdad y mucho autoengaño. Es esencial, por tanto, un trabajo largo y constante que destierre la lisonja y expulse toda idea de merecimiento. Pero, entonces, si realmente no merezco el éxito, ¿significa que soy un fraude? Esta idea nunca me abandona. Sí, soy un fraude y todos los que hemos sido admitidos en este curso somos un fraude. Solo la vida, que no engaña jamás, esta vida que nos acoge con los brazos abiertos, podrá liberarnos de esta condena.

No ha sido fácil escoger el seudónimo. Nuestro grupo consta de cincuenta personas desconocidas entre ellas, si bien sus motivaciones tienen que ser bastante parecidas puesto que han superado el mismo proceso de selección. Decidir libremente el seudónimo que será nuestra marca, el nombre con el que nos identificaremos y que también tendrá que representarnos, ha supuesto empezar a establecer ciertas reglas de funcionamiento. Por votación hemos descartado los colores. Los colores son muy útiles para describir estados de ánimo, incluso pueden asociarse a ciertos sentimientos; sin embargo, no nos han convencido a causa de su simpleza. De hecho, todo el mundo ha rechazado que su personalidad pueda reducirse a un único color. Su personalidad y, sobre todo, su voluntad de ser. Por otra parte, las mezclas de colores, aunque añaden complejidad y en este sentido hemos creído que responden mejor a nuestras ansias, son imposibles de nombrar. Entonces, hemos pensado en las formas geométricas. Los colores son impresiones puras, dolorosas o alegres, pero las formas geométricas, que aparentemente son más abstractas, no le van a la zaga, ya que a esta doble determinación suma extrañas peculiaridades. La modestia del «punto» raya con una humildad hipócrita. El «círculo», a causa de su incapacidad de abrirse a los demás, es profundamente egocéntrico. El «triángulo», no descubro nada nuevo si digo que, debido a su carácter agresivo, permanece sumido en un aislamiento absoluto. El «cuadrado» sí es realmente desafiante, pero le puede un dogmatismo salido de sus propias entrañas y que, en el fondo, lo hace sumamente débil. Se hace tarde y nos han ordenado acostarnos antes de la medianoche. El viaje ha sido largo y penoso. Estamos cansados.

Por eso, hemos sentido alivio cuando alguien ha tenido la idea de recurrir a las letras del abecedario. La propuesta es estupenda, puesto que cada letra lleva un mundo con ella. Un mundo secreto y paradójico que bien podía expresar rasgos de ese deseo nuestro de individualización. Se ha producido una fuerte disputa y ha vencido el que con toda seguridad tenía que vencer. Para él ha sido la letra A. La A comporta afirmación, astucia, ambición… características que ciertamente parecen convenir a quien con más violencia ha discutido y que, con razón, reclama como propias. Yo he callado y he recordado para mis adentros que la angustia también empieza con la letra A. Nunca hubiera pensado que las letras permitirían tanto una singularización abierta y creativa como la activación de una combinación inexplorada. Pero ¿y las letras que nadie quiere? Me he tendido ya en la cama. Yo he escogido la letra I. Me gusta por su simplicidad y, sobre todo, porque se mantiene en pie. Nunca se arrodilla.

Afortunadamente, me ha correspondido la cama inferior de la litera. Es noche cerrada y no sé qué hay fuera. No veo nada. En verdad no sé qué hago aquí. Aún estoy sobrecogido por todo lo que he oído y visto. ¿Quiénes son mis compañeros? Tengo sueño y me encuentro cansado. Mañana investigaré cuál es esa tarea tan peligrosa que quieren asignarnos. ¿Qué se espera de nosotros? ¿Qué se espera de mí? Esta pregunta pesa sobre mi cuerpo como una garra. Quizás estoy demasiado cerca de la vida.

El contrato

Me despierto a causa de un murmullo creciente parecido al fragor de una multitud que se acerca. Siempre me pasa lo mismo; justo antes de morirme, no sé cómo me las arreglo, pero acabo despertándome. Temo abrir los ojos y encontrarme directamente, ahora ya sí, con la visión de los que serán mis compañeros de curso. Siento curiosidad por conocerlos y, a la vez, una inmensa pereza. ¡Ojalá se pudiera observar sin implicarse demasiado! Ahora tendré que dejarles entrar en mi vida, que husmeen mis entrañas, incluso alguno seguramente pretenderá juzgarme. Yo, por mi parte, tendré también que iniciar un camino de aproximación hacia ellos. ¿Para descubrir qué? No somos tan distintos como nos creemos. Si el código genético humano se diferencia únicamente un cinco por ciento respecto al código de los demás mamíferos, no sé muy bien qué originalidad cabe esperar. Además, la selección efectuada por la escuela todavía nos ha uniformizado más.

Y, sin embargo, el resplandor desplomado del techo ilumina a mis compañeros (sinceramente, no sé por qué digo «mis compañeros» si no los conozco de nada) y sus semblantes parecen brillar cada uno con una luz diferente. Mientras intento explicarme cómo es posible que cada rostro se active en función de su propia longitud de onda, me ha asaltado la duda de si realmente sabré cuándo mis compañeros serán de verdad «mis» compañeros. No me planteo la pregunta en términos jurídicos, o sea, de derecho, sino simplemente constato un problema. Como me gustan las paradojas —hay que ir con cuidado de no confundir una paradoja con una contradicción— he decidido resolverlo de esta manera: «Los compañeros serán mis compañeros cuando dejen de serlo». No sé si la respuesta es adecuada, pero creo que constituye un buen punto de partida.

Tengo que interrumpir mis elucubraciones, ya que por el altavoz una voz estentórea ha ordenado que nos pongamos en círculo con las manos unidas para escuchar la consigna del día. Así, al formar una cadena de cuerpos, la energía podrá circular entre nosotros y la consigna penetrará mucho mejor en nuestro interior. La del primer día es: «¡Llega a ser el que eres!». En los carteles luminosos que cuelgan de las paredes aparece la misma frase. Centellea como una estrella.

—La estrella que deberá guiarnos —me susurra un compañero que está junto a mí.

Asiento con la mirada. Pero justo cuando empezábamos a intercambiar unas palabras, nos llega un nuevo aviso. De uno en uno tenemos que entrar en la sala que se halla al final del pasillo para firmar el contrato de vinculación. Este contrato, como su mismo nombre indica, nos convierte en discípulos de la vida y comporta nuestra entrega total a ella. Evidentemente, ya conocíamos todos esta condición cuando fuimos seleccionados. En mi caso, si decidí venir fue por las contrapartidas. El contrato de vinculación es bilateral. Yo me doy a la vida, pero ella me exonera del pasado y, en la medida que me impone una responsabilidad, me abre el futuro. Sí, es un honor poder estudiar en esta escuela. La historia de la humanidad se deja resumir en pocas palabras: trabajar, comer, sufrir y finalmente morir. De vez en cuando se produce un estallido social. Caminamos todos juntos por un pasillo sin puertas ni ventanas y nos dirigimos hacia una bombilla que alguien ha encendido. Los engaños son los señuelos de siempre. Trabajamos y morimos con el único fin de seguir trabajando y muriendo. La humanidad avanza esforzadamente acompañada por una música estridente pero monótona. Cada día tenemos que decidir si matamos o mentimos. ¿Cómo no estar agradecidos a la vida si gracias a ella podemos interrumpir este destino? Tengo la impresión de haber encontrado la puerta de salida de este laberinto rectilíneo. En el fondo, todos buscamos lo mismo.

He llegado hasta aquí lamiéndome las llagas que caminar por senderos intransitables me ha causado, después de abandonar una casa que se me hacía difícil sentir como propia, y ahora, por fin, estoy a punto de firmar el contrato de mi vida. Oigo mi nombre. Ha llegado ya mi turno. Entro en la sala. Es un espacio casi vacío y muy luminoso, parecido a un quirófano. Huele a formol. Encima de una mesa situada en el centro de la estancia está el contrato de vinculación. De la pared cuelga un gran espejo, de manera que cuando firme el documento me veré reflejado en él. En la pared opuesta, una pantalla de televisión muestra a un hombre cuyo vestido recuerda al de un cirujano. Este instructor me anima a acercarme a la mesa y a firmar el contrato, pero antes de leer las obligaciones que voy a contraer, explica cuáles son los objetivos generales de la escuela. Con voz lenta y pausada, asegura que buscan poner en manos de los líderes de organizaciones, empresas, instituciones y ONG las herramientas necesarias para facilitar los cambios que nuestra sociedad reclama. Tales cambios —afirma— no son viables si no se impulsan desde una visión integral del ser humano y de los propios organismos sociales. En resumen, la Escuela de la Vida es una plataforma cuyo objetivo principal es la multiplicación de los deseos. Hay que producir deseos a gran escala: «deseos de realización en el trabajo», «deseos de crecimiento personal» y, en última instancia, «deseos de felicidad», ya que esta es la única manera de salvar a la humanidad.

Después de esta exposición, el que parece ser el jefe del equipo multidisciplinar pasa a concretar estos objetivos. Tendré que aprender a controlar las emociones, la angustia y el estrés. Tendré que adquirir un pensamiento positivo, mejorar la inteligencia emocional, la empatía, la asertividad y las relaciones con los demás. Deberé centrar toda mi atención en el autoconocimiento y el autocontrol. Si lo he comprendido bien, firmar el contrato de vinculación implica, por mi parte, aceptar que mi vida sea rehecha para adecuarla mejor a las necesidades de la sociedad y a las mías propias. Los bloqueos y los errores que la atenazan serán eliminados terapéuticamente con el fin de incrementar tanto la eficiencia como el rendimiento. Es lógico, por tanto, que deba renunciar, en principio y con carácter general, a las comunicaciones con familiares u otras personas que, según el parecer de la escuela, sean consideradas negativas y perjudiciales para mi transformación.

La palabra clave es nudge, cuya traducción aproximada sería «empujón». Mediante esta metáfora se describe muy bien la función del acuerdo que firmaré. El contrato de vinculación es, sencillamente, un pequeño empujón para orientar mejor mi propia conducta. No se trata en absoluto de una medida autoritaria. Yo jamás hubiera aceptado plegarme a una influencia de carácter totalitario. Simplemente, harto de malas decisiones, confío en la buena intención de unos expertos para guiarme. ¿Es esto paternalismo? No lo sé. ¡Pero qué importa si así aumento mi autoestima! En esta sociedad la autoestima es la clave del éxito y, en cambio, la misma sociedad te recuerda a diario que tu vida no vale nada, que tú eres perfectamente prescindible. Un puesto de trabajo no es más que una muesca de la realidad, una ranura vacía de la máquina y a la cual uno debe adaptarse. La autoestima es el lubricante que evita la rotura de pieza o, por lo menos, que la retarda. No sé si estoy ante una paradoja o una contradicción. Lo único que deseo vivamente es abandonar el mundo del trabajo.

Ahora, cuando firme el contrato de vinculación, me convertiré en alguien valioso, en un auténtico discípulo de la vida. Dejaré de ser un fraude. Lo que me gusta de esta escuela es la libertad que me dan. Aquí no adoctrinan. Nos abren un espacio vital en el que podernos encontrar a nosotros mismos y, a la vez, desplegar nuestras potencialidades. Pero no soy tonto. Sé perfectamente por qué han colocado este enorme espejo. En las estaciones de metro japonesas, para evitar los numerosos suicidios que se producían, pusieron unos espejos cuya finalidad era incrementar la autoestima. Resulta que ante un espejo el yo aumenta de tamaño, y entonces ya no cabe por el abismo al que pretendía arrojarse. Sinceramente, me vienen unas terribles ganas de reír. Aceptaré el juego. ¡Qué divertidos son esos psicólogos! Con suerte podré arrancar un poco de vida a la vida. El contrato termina con esta frase: «Estas normas son de obligado cumplimiento para todos los alumnos que deseen integrarse en esta escuela, por lo que el incumplimiento de las mismas puede suponer la expulsión».

Ya he firmado y me siento mejor, más relajado. No abrigaba ninguna duda, lo digo en serio, estaba completamente decidido a aceptar las obligaciones que esta vinculación comporta. Ahora bien, la pregunta de por qué he suscrito este compromiso no tiene respuesta para mí. ¿Por qué he firmado? O más concretamente: ¿qué nos sujeta a la vida? Nos sujetamos a ella cuando todas las recetas que seguíamos para atrapar esos instantes de eternidad tan buscados se muestran inútiles. Nos sujetamos a ella, en definitiva, para no caer más en el interior de esa noche que se alarga como la sombra del miedo. En la Escuela de la Vida me enseñarán de nuevo a respirar. Acepto trabajar mi propia vida y hacerla rentable. No puedo concebir una existencia sin un plan que la encauce. Una existencia que se deja llevar, perpetuamente condenada a deslizarse sobre acontecimientos que no controla, es despreciable. Aquí me ofrecen un horizonte: «La felicidad es revolucionaria». Con esta firma busco una salida a una situación que no tenía salida. Pero ¿ese yo multiplicado que veo en el espejo soy yo realmente? Mi seudónimo, como ya he dicho, será la letra I. Me gusta. I de «idea», I de «innovación», I de «inversión»… I de «imbécil».

«¡Llega a ser el que eres!»

Entramos en el salón de actos. Enseguida empezará la conferencia de un profesor muy prestigioso que forma parte del equipo multidisciplinar. El título de su disertación es: «La creatividad y la vida». Tomamos asiento en silencio y dispuestos a escucharle. Una voz lee su inacabable curriculum vitae