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Un alarde de prosa poética que explora las relaciones entre los dos temas capitales tanto de la poesía como de la literatura: el amor y la muerte. Jaime Barry, personaje atribulado y atormentado por su pasado, recibe una sorpresa familiar que pondrá patas arriba su vida. Pronto se embarcará en una búsqueda para averiguar la verdad de sus orígenes, aunque quizá lo que descubra no sea de su agrado.
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Seitenzahl: 58
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Beatriz Villacañas
MANO A MANO JAIME BARRY
DOS NOVELAS BREVES
Saga
Tánatos y eros
Copyright © 2020, 2022 Beatriz Villacañas and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728396100
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Volvía de Suecia con cuarenta y dos años, el escozor del recuerdo de su madre, recientemente muerta, un marido esperándola en Estocolmo, dos hijos allí también y un manuscrito en la cartera: “Adriana Ganivet” figuraría en la cubierta cuando éste se editase. Visualizó mentalmente su nombre y sintió la misma sensación de vértigo que le daba el espejo en ocasiones. Reconocerse en su nombre, como reconocerse en su rostro, le resultaba cada vez más difícil. Podría haber llegado a ser algo diferente, algo incluso opuesto a lo que había llegado a ser, y seguir llamándose Adriana Ganivet. La realización de las múltiples posibilidades del ser fue el objetivo utópico de los verdaderamente ambiciosos, y la elección, con todas sus renuncias, la suerte de los privilegiados como ella. Otros, quizá la mayoría, no tienen la posibilidad de elegir.
Saberse privilegiada no la libraba de percibir cierta, muy leve, inseguridad en su triunfo, que se traducía ahora en la perspectiva inmediata de asistir en Madrid al entierro de su madre y encontrarse, poco después, con su editor. Ambas circunstancias cubiertas por un mismo viaje: un vuelo en primera clase sin fecha de regreso. Podía permitírselo. Nada la obligaba, más allá de su propio deseo, a fijar una fecha para volver junto a Lars. Él nunca la presionaría.
El astrofísico Lars Gustavson la esperaba en su piso de Östermalm. Adriana le imaginó, desde el avión, sentado en su despacho, con la cabeza apoyada en las manos, el cuello tenso. Varios años de matrimonio la habían familiarizado con la imagen, aunque mucho la había sorprendido verlo así por primera vez, con aquel aspecto desesperado y furioso a un tiempo. Intensidad de científico. Después se relajaba, hacía anotaciones y realizaba trazados. Al terminar, solía levantarse y caminar hacia ella, casi balanceándose, inseguro en sus pasos y con mente poderosa. Le amaba. Sí, ella le amaba, y, sin embargo, estaba huyendo de él. Volaba a Madrid al entierro de su madre y a entrevistarse con su editor. También para alejarse de Lars. Tres propósitos en un solo viaje, pero el tercero únicamente lo conocía ella.
Milagros Yusta estaba todavía hermosa. La suavidad de su rostro se había acentuado con la muerte, y Adriana no notó apenas cambio entre la contemplación presente de su madre fallecida y los recuerdos de aquella madre, aún joven, que solía retarla a tantas carreras en bicicleta a la caída de la tarde. En alguna ocasión, Adriana se había preguntado qué tendría Milagros, o a quién, para alejar la soledad de su condición de viuda desde los treinta y cinco años. Estaba llena de vida y energía, de un espíritu aventurero que chocaba con la idea que Adriana tenía de las madres. Y el incómodo asombro de Adriana se hacía aún mayor cuando, de repente, Milagros entraba en estrepitosos llantos.
“Dulcísima loca. Madre dolorosa (toda madre es una madre dolorosa). Te llevas las respuestas de todas las preguntas que nunca te he hecho. Perdóname por no haberte conocido”.
Dos meses y la novela estaría en la calle, le había asegurado su editor. Él era joven y amable. Se mostraba rápido, eficaz y levemente seco. Adriana se sorprendió a sí misma pensando que debía tener poco atractivo para él. Resultaba humillante pensar así. Era ése un pensamiento que estaba por debajo de sí misma. Femenino en el sentido más atávico. Ella era Adriana Ganivet. O Adriana Gustavson, como se la conocía en Suecia. Pintora y novelista. Si la impresión que causaba a su editor como mujer resultaba ser incluso nula, ello carecía de la menor importancia. O así debía ser. Él, con su eficaz profesionalidad, editaría, junto a las anteriores, otra novela suya, de eso se trataba. Sin embargo, Adriana había sido siempre tan consciente del poder de su físico, incluso en la comunicación más efímera, como el preguntar a un desconocido por una calle, que el perderlo se estaba convirtiendo en una obsesión. ¿Acaso era más débil de lo que creía? Tantas mujeres escasamente atractivas a su alrededor mostraban tal seguridad, que ella las envidiaba algunas veces. Casi siempre las admiraba. Recordó que alguien dijo alguna vez que envejecer siempre es más duro para una mujer hermosa. Como si fuera una venganza de la vida. Pero, ¿por qué pensaba así? ¿por qué ahora? No sólo seguía siendo muy hermosa, sino que su atractivo era, en la plenitud de su vida, aún más poderoso. Y más personal. A los veintitantos años era una joven bella como muchas otras. Dos décadas después había conseguido una belleza distintiva. Y no deliberadamente, sino aquilatándola con su trayectoria vital, trayectoria de mujer creativa, de mujer amada, de mujer madre.
La novela estaría en la calle dentro de dos meses. Volvería de nuevo a Madrid a la presentación, con Lars esta vez.
Pensó en el rostro de su madre muerta. ¿Qué era morir? Lars le había hablado del torrente de luz de las estrellas moribundas. Tanto más luminosas cuanto más cercanas a su fin. ¿Quién había sido Milagros Yusta? ¿Fue su poética locura la luz de su agonía, de esa agonía que duró años y en la que nadie había intentado penetrar?
