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Taró explora la capacidad del ser humano de enfrentarse a su destino o de ceder ante él. Los sueños son la herramienta que zarandea la previsible vida del protagonista. En esta obra encontrará numerosos ingredientes que se mezclan para dar lugar a una novela de intriga, de familia, de viajes y de amor, más bien de la ausencia de este último y la necesidad de él. En este escenario transita el personaje sin rumbo, hasta que una enigmática empresa y una mujer lo cambian casi todo, hasta llegar a un sorprendente final tan abierto como pueda estar la imaginación del lector.
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Seitenzahl: 153
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Francisco J Tinahones
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-577-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Capítulo 1
Parecía una mañana normal. Me levanté tan temprano como de costumbre, calqué todos los rituales previos a salir con ropa ligera en dirección a la playa, que se encuentra a escasos pasos de la casa donde habito. Me descalcé al llegar a la arena. El mar estaba calmado y las tímidas olas que acariciaban mis pies desnudos no se atrevían a sobrepasar mi tobillo. Era una sensación agradable. Empecé a caminar como siempre en dirección sur. Hacía un fuerte viento de levante que me desplazaba hacia el mar. Mi pensamiento discurría anárquico: Tengo que hacer hoy esa llamada telefónica sin más dilación, debo hablar ya con él, ha cambiado la temperatura del agua, ya no puedo soportar más esta situación, me dijo, y esa frase resonaba ahora apoderándose de mí durante unos segundos hasta que el tacto en mi pie de una piedra puntiaguda la esfumó. Tres mil es una cantidad demasiado baja, la llamada vuelve de forma reiterativa, esta tarde de esta tarde no pasa, ¿cómo empiezo?, debo estar tranquilo, no debo precipitarme, a fin de cuentas, yo soy el que más tengo que perder, ¡joder! El agua se está enfriando y llevo puesta esta camisa casi transparente.
Dejé de no mirar y vi que en el horizonte se distinguían diez siluetas que me llevaban ventaja: seis iban emparejadas y cuatro solos o solas. En algunas de ellas no era capaz de identificar su sexo. Hace tiempo que no veo bien de lejos, pero he asumido esa limitación sin buscar ningún correctivo; me sirve para tener constancia de que he superado los cuarenta años. Yo, que casi nunca me miro al espejo, necesito de alguna señal que me recuerde que llevo casi medio siglo viviendo. Tengo la desviación de ver viejos a los que coinciden conmigo en recorrido vital y casi siempre me identifico con individuos con una o dos décadas menos de trayectoria. El defecto visual me sirve para devolverme a mi realidad. Pero la vista difuminada del horizonte, que se va haciendo cada vez más imperceptible, tiene una explicación terrenal más allá de mi defecto visual; efectivamente, una densa niebla está invadiendo todo lo que mi mirada alcanza, que ahora no va más allá de ver mis pies. Me paro un poco e intento tener algún punto de referencia; no lo encuentro, solo la orilla del mar, así que continúo caminando, guiándome del tacto de mis pies en el agua. Me siento raro, es la primera vez, creo, que he estado tanto tiempo sin pensar en nada. Llevo casi 30 minutos caminando entre esta densa niebla y no he pensado nada, solo he sentido cada grano de arena que acariciaba mis plantas y la densa niebla que me envolvía masajeando cada centímetro de mi piel. Hasta la preocupación por la dichosa llamada ha desaparecido durante esos mágicos 30 minutos, o quizás más. No llevo reloj y soy incapaz de calcular cuánto tiempo llevo andando entre esta densa nube que ahora se está empezando a disipar muy rápidamente; ha desaparecido en segundos y ya veo el horizonte nítidamente, sin embargo, parece que continúa la magia; no reconozco ese horizonte, ¿habré caminado más que ningún día y estaré fuera del límite que me marco todas las mañanas? Puede ser, es la hipótesis más plausible. Otro hecho también me sorprende. ¿Dónde están los otros diez caminantes que me antecedían? Puede ser que los adelantara mientras caminaba y no los vi, o abandonaron la playa temerosos de este curioso fenómeno atmosférico, seguro. Bueno, me queda una importante decisión: me vuelvo o sigo caminando; seguiré caminando, espero encontrar a alguien y preguntarle por mi ubicación. Es sorprendente que no reconozco nada, absolutamente nada, de lo que hay a mi alrededor. Ha desaparecido el paseo marítimo y solo tengo ante mi vista una larga playa que se ha hecho más ancha y espectacular, el mar a un lado y una densa vegetación al otro; seguro que es una zona no poblada y, si sigo caminado, en mi lado izquierdo volverán a aparecer rastros de la urbanización. Vivo en una ciudad muy poblada, este será uno de los pocos espacios que quedan sin urbanizar, con vegetación autóctona, y seguro que pronto veo un cartel que anuncia que estos terrenos han sido comprados para hacer un campo de golf y varios hoteles, ¡seguro! Caminaba ahora más acelerado y, de repente, vi al fondo a alguien saliendo del mar. Por fin me encuentro a alguien, no era capaz de precisar a esa distancia si era un hombre o una mujer, pero sí parecía claro que empezaba a caminar por la arena. Empecé a correr hacia la figura difuminada y poco a poco se fue haciendo más nítida; era una mujer desnuda que caminaba despacio. Me fui acercando ahora poco a poco para no asustarla, yo avanzaba a su espalda, era una mujer de unos 40 años con una cabellera rubia que se deslizaba por una rectísima espalda y le llegaba hasta el final del omóplato. Su cuerpo era proporcionado, con unas pronunciadas caderas, dos pliegues se formaban a cada lado de la cadera a medida que avanzaba, unas piernas rectas y fuertes. Su piel era blanca, muy blanca, como si nunca le hubiera dado el sol. Andaba por la playa como si estuviera desfilando. A medida que me acercaba a ese cuerpo, se me hacía más reconocible, más familiar… Una sensación de desagrado me invadió. Frené bruscamente y dejé que la figura se alejara. Cuando ya no la veía, sentí una enorme sensación de alivio.
Necesitaba ya volver a sentir la ciudad y avancé, si cabe, más rápido. Ya dejé de sentir el agua en los pies y de oír el sonido del mar. Mi principal deseo era ahora salir de ese escenario. Comprobaba, para mi pesar, que el borde vegetal cada vez se hacía más denso. Entre ese verde divisé una mancha blanca en el tronco de un árbol; me acerqué y comprobé que era un balón blanco, pero ese balón rápidamente me llevó a otro tiempo. ¡Cómo poder olvidar esos balones de reglamento con varios rayos dibujados en los pentágonos de cuero! Ese balón fue mi mayor anhelo cuando tenía 10 años. Había insistido durante muchos años en que mis padres me lo compraran y siempre ante estas demandas era sustituido por uno de goma que intentaba imitarlo. Todavía recuerdo con precisión el sitio donde los vendían, estaban en un cesto justo a la salida de la tienda. Siempre que pasaba contaba cuántos había en la cesta, nunca hubo más de diez y nunca menos de seis, pero el número que más se repetía era el nueve. Estaban tan cerca de la salida y era tan fácil coger uno y salir corriendo, pero nunca me atreví, aunque todas las veces que pasé por el escaparate y los contaba, diseñaba un plan de huida tras sustraerlo. Un impulso repentino me llevó a coger el balón y con un bolígrafo que llevaba en la camisa lo apuñalé repetidamente; fueron tan intensos los golpes que conseguí pinchar el balón y que saliera su aire. ¿Por qué he hecho esto? No lo sé, pero igual que cuando se alejaba la mujer desnuda tuve una inmensa sensación de bienestar.
Ya no quería ir tan rápido, me encontraba bien, había desaparecido el miedo y se apoderó de mí la paz. Caminé tranquilo, incluso me atreví a tararear una antigua canción, y mis pasos sobre la arena seguían el ritmo de ese bolero. La luz intensa que existía hacía que la arena fuera más blanca que de costumbre, miraba al horizonte y no se le divisaba el fin a la playa, pero dentro de ese blanco destacaba a lo lejos una mancha negra. Mi falta de visión lejana me estaba ese día resultando interesante, daba a mis hallazgos a lo lejos una sensación de incertidumbre que solo se desvanecía cuando me acercaba a menos de 10 metros. Durante el proceso de acercamiento, mi imaginación fluía y mil posibilidades barajaba para explicar esa mancha oscura. Mi imaginación en este momento falló y no fue capaz de incluir dentro de las posibilidades la que era realmente ese manchón negro sobre fondo blanco. Cuando estuve cerca, lo vi con nitidez; el negro pertenecía a una chaqueta que cubría una espalda humana; el resto del cuerpo estaba enterrado en la arena. Con las manos fui retirando la arena y después de más de 15 minutos conseguí dejar el cuerpo tan libre como para darle la vuelta y mirarle la cara. No lo conocía, aunque algún rasgo de su cara me era familiar: sus ojos. En este momento me sentí un poco mareado y muy cerca de esa escena vi varias balinesas alineadas en la playa. ¡Qué bien, por fin la civilización! Me dirigí a la más cercana y me tendí, necesitaba descansar un poco para asimilar todos estos hallazgos. Encima de la hamaca había un periódico local que en su primera página se leía: «TRÁGICO ACCIDENTE EN LA CENTRAL PETROQUÍMICA SITUADA CERCA DEL PASEO MARÍTIMO DE PONIENTE. UN MORTAL ESCAPE DE GAS SE PRODUJO EN EL GENERADOR 2 DE LA CENTRAL DEJANDO ESCAPAR UNA MORTÍFERA NUBE QUE, POR LA INTENSIDAD DEL VIENTO, SE DIRIGIÓ A LA PLAYA Y, AFORTUNADAMENTE, SE DIFUMINÓ MAR ADENTRO, PERO A SU PASO POR LA PLAYA DEJÓ UN RASTRO DE MUERTE ASFIXIANDO A 10 PERSONAS QUE PASEABAN EN ESE MOMENTO POR LA ZONA».
Por fin he trascrito este sueño que se repite una y otra vez. ¿Después de escribirlo se desvanecerá? Eso espero. Aunque quedan tantas incógnitas. ¿Por qué soñé repetidamente este relato? ¿Qué hay detrás de él?
Capítulo 2
He soñado con la historia de la niebla al menos 20 veces en los últimos dos meses y después de escribirla y colocarla en mi muro de Facebook hace 15 días, no he tenido más ese sueño. Yo, que siempre he tenido sueños tan poco originales: caminar descalzo, que se me caían los dientes, huir sin saber de quién ni a dónde y cosas como estas, y sin embargo, en el último año ha ganado en originalidad mi subconsciente, no solo por ese relato, sino por otros que a largo de estas páginas iré contando. Siempre he vivido con envidia cuando amigos relataban sueños dignos de historias de Boris Vian o Kafka. ¡Qué envidia! Aunque siempre pensé que eran inventados.
Cumplí 45 años. En los últimos 15 años tengo una sensación de vivir el día de la marmota, los 15 primeros no los recuerdo y los otros 15 estuvieron marcados por buscarme un porvenir. No tengo hijos ni pareja conocida y sí varios amigos que no darían un riñón por mí. Al trabajo dedico el 70 % de un día normal, mando y no me mandan, al menos, eso creo, tengo una sensación de calma. La familia, bien, normal, tengo un hermano y mis padres se separaron cuando tenía 15 años. Así de corta es mi biografía. Soy un hombre de éxito.
Casi todo lo que me he propuesto lo he conseguido. Evitar que el mundo me complicara la vida ha sido mi principio vital. Para conseguirlo, he utilizado la razón y mis predicciones me han fallado en pocas ocasiones. Estudié economía, igual que mi padre, y apliqué con rigor lo que aprendí. Tengo una empresa que funciona y que no me da demasiadas preocupaciones. Fabricamos lo mismo en las últimas dos décadas y lo compran, hemos resistido todas las crisis. Fabricamos ataúdes de todos los precios y calidades y en los últimos años hemos diversificado el negocio; el creciente agnosticismo de la sociedad era una oportunidad de negocio clarísima en este sector. En muchas ocasiones se elige una ceremonia de difuntos eclesiástica porque no hay alternativas laicas, la religión lo tiene todo muy normalizado en estos casos. La idea que se me ocurrió era organizar un evento alternativo y laico. Hacía falta un espacio digno parecido a una iglesia, un sustituto del sacerdote, construir un guion para la ceremonia y ya está; fue más fácil de lo que pensaba, en varias ciudades importantes tenemos esta alternativa laica y es un éxito total.
Pero desde hace unas semanas tengo un cierto malestar, me han surgido importantes interrogantes que han enturbiado mi previsible vida. Pero empecemos poco a poco. El final de mi sueño se resuelve con un escape de gas que mata a 10 personas en la playa. ¿Por qué he soñado esto? ¿Habrá algún relato real o ficticio similar que haya leído y que no recuerde? Primero, miraré en mi biblioteca, puede que leyera alguna novela que tuviera algún acontecimiento parecido. En uno de los comentarios en Facebook una amiga me dijo que ese relato le recordaba a Murakami. Repasé mentalmente los títulos que he leído: Tokio Blues, Kafka en la orilla, El elefante desaparece, 1Q84, Hombres sin mujeres. Bueno, puede haber alguna influencia. El espacio de las dos lunas de 1Q84 que se encontraba el personaje al descender la escalera de emergencias de la autopista de la Ruta 3 podría ser el mundo tras la niebla, pero es demasiado rebuscado. Repasé los estantes de mi biblioteca: Bolaño, Piglia, Alan Pauls, Roberto Arlt, Sfefan Zweig, Herman Broch, Wiltold Gombrowicz, Michel Tournier, Amélie Nothomb, Pascal Quignard, Boris Vian… Reparé en este último. Cogí el libro de relatos El Lobo-Hombre y se abrió por una página marcada por una tarjeta de embarque antigua. Era el inicio del relato: El amor es ciego, ¡qué casualidad! Aquí Boris Vian utiliza una niebla afrodisíaca para construir un hilarante cuento. Busqué también en los relatos fantásticos de Bioy Casares y no encontré el más mínimo atisbo de plagio; sí identifiqué rápidamente una cierta similitud en la escena de caminar por la playa envuelto en sus pensamientos con el capítulo 3 del Ulises de Joyce. Bueno, está claro que no ha sido la lectura de un relato, que podría haberse quedado en un cajón polvoriento de mi memoria, la génesis de esta historia.
¿Será alguna noticia veraz que he leído en los últimos años la que ha provocado que tenga este sueño? Me voy rápidamente a Google e introduzco las palabras playa, escape de gas y muertos. Hay algunos resultados: el accidente en el Hotel Cordial Mogán Playa, en Gran Canaria, ha sido causado por un escape de gas, pero ningún muerto. Doscientos evacuados por un escape de gas propano en la playa de Mazagón, pero también sin víctimas. Una fuga de gas en un jardín infantil de Playa Ancha movilizó a bomberos de Valparaíso. Un escape de gas en la playa de Ribadesella obligaba a desalojar a varios vecinos de la zona. La refinería de BP Oil en el polígono del Serrallo registró una fuga de reducidas dimensiones de gas inflamable, no tóxico. Repasé más de 300 resultados, pero ninguno coincidía con la característica de mi relato.
Después de tanto bucear por la red, me fui a mis búsquedas preferidas. Empresas raras, empresas de éxito fueron las palabras que introduje. Siempre buceaba por los resultados que mi empresa de ceremonias funerarias alternativas dejaba en la red, pero esta vez quería ver otras iniciativas. Sombreros sevillanos para judíos ortodoxos, venta de semen de toro, empresa de mozzarella catalana, empresa de amuletos de la suerte (huesitos de la suerte de plástico); seguía revisando las listas de las 50 empresas de éxito más raras y entre todas encontré una que me llamó poderosamente la atención: empresa dedicada a hacer que tus sueños o pesadillas se hagan realidad: REALITYDREAM. Me fui rápidamente a su página web y comprobé que la empresa ofrece a sus clientes la posibilidad de vivir un secuestro, una persecución o alguna situación extrema digna de la mejor película. Busqué cómo contactar con la empresa, copié el email y el teléfono de información de la compañía, que, curiosamente, lo daban en la página. Mientras escribía en mi agenda del Mac los datos, sonó el teléfono móvil. Era Andrés Mengíbar.
—Hola, Andrés. ¿Qué tal?
—Nada, hombre, solo quería saber si te animabas a tomar una copa esta noche en nuestro garito de costumbre.
—Perfecto, nos vemos a las 11.
—OK.
—Hasta luego.
Siempre me ha costado hablar por teléfono; rara vez en mi listado de llamadas hay alguna que dure más de 5 minutos. Andrés es uno de los pocos amigos que conservo de mi época de la adolescencia. Estudiamos juntos la primaria y el bachiller y durante algún tiempo éramos prácticamente inseparables. Nuestros padres eran amigos y vivíamos relativamente cerca el uno del otro, se daban todas las condiciones para que fuera mi principal amigo de la adolescencia. Prácticamente nunca hemos competido por nada, una garantía para que sigamos siendo amigos después de más de 30 años. A él le gustaban las letras, era bueno escribiendo, incluso alguna vez se animaba y escribía a las chicas poemas. Acabó siendo abogado y tiene un bufete que se dedica fundamentalmente a temas penales. A mí desde pequeño me encantaban los números y era un patoso escribiendo, era una tortura cuando en lengua nos obligaban a escribir relatos dándonos tres o cuatro palabras, muchas veces hacíamos trueque: un relato por la resolución de un problema de matemáticas. Las chicas que nos gustaban tampoco se parecían en nada, a mí me gustaban las rubias que hicieran alarde de su feminidad, a mi amigo, por el contrario, le gustaban las morenas de pelo corto con algún rasgo de androginia.
Llegué puntual a la cita y allí estaba él. Debía llevar más de media hora. El combinado que tenía en la mesa estaba a menos de la mitad.
Nos saludamos y rápidamente comentó.
—Nada, chico, necesitaba hablar con alguien y te llamé. Si no hubieras podido quedar hoy, tenía una lista de ocho personas más para llamar, pero debo de decirte que tú estabas el primero.
—Bueno, hombre, es un consuelo que estuviera el primero, y ¿qué tienes tan urgente para tener esta imperiosa necesidad de compañía?
—Un marrón. Un amigo me ha pedido que defienda a su hermana, que está acusada del crimen de un supuesto amigo, y la verdad es que no sé por dónde coger el caso.
—Cuenta.
—Según la versión de ella, se fueron a una cala prácticamente desierta con una moto acuática con el objetivo de pasar la tarde y la noche allí. Ella comenta que cenaron, tomaron unas copas e hicieron el amor en la playa.
—¡Vaya! Hasta aquí es un sueño.
