Taxidermia - Carolina Musa - E-Book

Taxidermia E-Book

Carolina Musa

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Beschreibung

"De cada uno de los bichos que limpiás a diario, si hacés el mínimo intento de trazar una genealogía, aparecen las horrendas circunstancias de su muerte", dice Carranza, uno de los personajes de Taxidermia. Esta novela, que Carolina Musa construye alrededor de un hecho real (el incendio del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de Rosario, el 1° de julio de 2003), se convierte, mucho antes de que el lector lo advierta, en el terreno que habilita el rastreo de esa genealogía. Un estudiante que no estudió, una empleada que no zafa de su madre, un hermano que roba las hectáreas de la familia y el taxidermista que dirige el Museo moverán la trama entre el policial, el absurdo y la distopía retroactiva que incluye contactos con alienígenas, exposiciones de híbridos y fetos enlatados. La linealidad del lenguaje estalla en caligramas, poemas visuales, alteraciones de la tipografía como los vidrios del museo en la escena final: la escritura de Musa hurga sin mediaciones ni preámbulos en la subjetividad de los personajes que saltan de la palabra al sueño y de la acción al deseo sin escalas.

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Seitenzahl: 259

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Carolina Musa

Taxidermia

Novela

Baltasara Editora

Musa, Carolina

Taxidermia / Carolina Musa. - 1a ed - Rosario: Baltasara Editora, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3905-74-2

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

Diseño Tapa: GJC

Imagen de tapa: Ima Abrahan

Foto de solapa: Nicolás López

© Carolina Musa

© Baltasara Editora – Año 2023

2000 Rosario - Prov. de Santa Fe – República Argentina

Teléfono/Fax: +54 341 4210465

E-mail: [email protected]

www.baltasaraeditora.com

Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Lunes 3 de marzo de 2003

Desde hace varios días Carranza anota palabras sueltas en un libro de actas que encontró tirado en un contenedor. Hay gente así. Un día te levantás, se te aparece el sueño de la noche en la cocina mientras ponés la pava, podés haber soñado tu propia mano laparoscópica ingresando por el orificio anal y examinando una improbable inmundicia tibia, puede haber sido un sueño extraordinario o no; hay gente así, una mañana se te ocurre algo y sin más explicación empezás a repetirlo sucesiva, maniáticamente.

*

Acaba de recordar esto: después de un año entero sin trabajar, cuando por fin lo llamaron para una entrevista en la municipalidad de Baigorria, después de contarle a la madre y a todos los de la pensión, después de arreglarse el pelo con gel y plancharse la camisa con la plancha de la doña, después de confirmar dos o diez veces la hora, llegó a Baigorria y el secretario de obras públicas no se encontraba presente.

–Está velando a la madre –dijo un guardia, compungido.

Y acaba de recordar también una tarde en que su madre cebaba mate en la vereda y se lamentaba no con palabras sino con gestos, la boca de su madre, y la nariz y la frente; la cara entera de su madre se transformó en una oreja. No lo soñó, estaba despierto. La oreja mutante inspiraba y exhalaba aire como conversación, y Carranza tuvo un ataque de risa.

*

Cuando no puede dormir se tapa un ojo y desenfoca.

Mira alrededor así, desenfocando. La cajonera, la mesita. Algo le cayó mal.

Pero nunca logró volver a dormir como en el pueblo. ¿O sí?

Allá los grillos y los sapos. Acá bocinas, colectivos, gritos.

Quién no acaba acostumbrándose.

Aunque a veces ni siquiera eso de desenfocar le funciona.

Sacó la olla de la heladera y calentó el café. Volcó el líquido caliente en una taza y tiró el resto en la bacha. Odiaba ese café.

Salió rápido de la cocina porque no quería cruzarse con nadie. Durmió poco, mal, entrecortado.

Soñó con una formación de palomas avanzando en línea recta hasta la ventana de su habitación. El campo. Esa chatura tórrida que arrasan con picos y patitas, por el tamaño parecen gallinas pero son palomas y él tiene más que miedo, terror, porque él no es él, no es humano, es una hormiga de la fila india, llevando un trozo de pan demasiado grande para su cuerpo. Se empeña en acelerar el paso. Alcanza a ver la cavidad dentro del pico abierto de la paloma justo antes de despertarse. Son las seis y cuarenta y ocho de la mañana.

*

La acidez trepaba por el estómago hasta la boca. De tanto mirarse fijo en el espejito ya adivinaba que algo le decían los ojos. Igual estuvo demasiado tiempo ocupando el baño y Jiménez empezó a patear la puerta.

–Metéle pendejo.

Todavía se arqueó las pestañas con uno de esos artefactos de la Tora, qué inutilidad.

–A ver si mojás la chaucha un día de éstos, pajero –Jiménez estaba en cuero, con el diario en la mano, la panzota colgando daba impresión. Lo hubiera seguido puteando pero se calló.

–¿Conseguiste laburo? –la mueca de Jiménez, la risotada de Jiménez, las palmadas en la espalda y los alaridos. El peruano se asomó a la galería, después la Tora.

Decían: que no iba a durar un carajo (Jiménez), que comprara algo para festejar (el peruano), que cómo hizo para planchar esa camisa (la Tora); un champancito (el peruano), que ahora le vas a poder pagar el completito a la Tora (Jiménez).

–Dejáme de joder al crío –dijo la Tora. Eso le molestó.

Pero “crío” es el apodo amigable. Los otros: el pajero, el boludo.

La doña vino también, arrastrando las chancletas por la galería, parece que algo escuchó.

–¿Adónde? –preguntó otra vez, como si hubiera oído mal.

Pero antes no lo había dicho en voz alta.

Museo de Ciencias Naturales de Rosario sonaba irreal, absurdo, presuntuoso. Se acomodó la camisa.

Se quedaron esperando que explicara qué, qué cosa iba a hacer ahí, seguridad, limpieza.

–Qué mariconeada –lanzó Jiménez y entró al baño.

La Tora quería todos los detalles, después, ahora estaba ocupada. Al fin lo dejaron en paz.

*

Llegó a la plaza temprano y dio dos vueltas a la estatua de San Martín para hacer tiempo. Se sentó en un banco. Más allá un croto no le sacaba los ojos de encima. Fumó medio cigarrillo y lo tiró encendido sobre el pasto. Se apagó de todos modos.

El edificio tenía tres puertas, abierta la del medio, gigante, el edificio, la cúpula, las puertas y los yuyos que crecían en las ventanas. Dos águilas doradas sobre cada poste de luz vigilaban la vereda.

Realmente: ¿qué hace ahí? Experiencia: cero.

Y él falla inexorablemente en las entrevistas, se toca los codos, se acomoda el pelo con la mano izquierda, no puede sostener la mirada a los ojos de la persona que tiene adelante, tan desafiante siempre. Perdió la cuenta de la cantidad de entrevistas a las que ha asistido en los últimos meses. Aunque ninguna como ésta, camisa, peinado impecable, desde afuera del edificio se ve una escalera caracol. Y sobre el techo, una estatua: la justicia, una mujer sostiene una balanza con dos leones a los lados.

No debe haber nadie más para el trabajo.

Pero qué raro que no haya nadie más, esperaba encontrarse con una larga fila de aspirantes y acá solo había un croto. Y tal cantidad de palomas que hacía desconfiar de los ojos.

Encendió otro cigarrillo.

Daba la impresión de que la cúpula se iba a desplomar sobre el suelo en cualquier momento. Semejante cantidad de palomas.

A las ocho menos cuarto subió la escalera tocando el pasamano como los chicos. Los escalones eran de mármol y de tan gastados se curvaban en el medio.

Arriba había un guardia, pero no le dijo nada.

Estuvo mirando la vitrina que ocupaba casi toda la sala. Repleta de frascos detrás del vidrio, uno al lado de otro, llenos de un líquido amarillo y adentro, flotando, una asquerosidad de animales a medio hacer, manitos, piecitos, cabezotas deformes. Seis metros de fetos, calculó. No podía apartar los ojos de ahí.

Lo sorprendió una mujer vestida con uniforme azul, bastante gorda y qué tetas tenía. Ella caminó hasta un escritorio de lata, colgó la cartera en la silla, después el saco y se sentó, mirándolo extrañada. La camisa se le abría un poco en el botón del medio.

“Informes”, decía el cartel sobre el escritorio.

–Vengo al laboratorio de taxidermia.

Taxidermia.

(Del gr. taxis, arreglo, colocación, ordenación, y dermis, piel)

1. (s.f.) Arte y culto de dar vida a lo inerte.

Un hombre saludó a la mujer por detrás suyo. Se llamaba Gina. Después lo miró a Carranza de arriba a abajo y le tendió la mano.

–Carranza ¿no? Así me gusta, puntual.

Era el director del museo. A primera vista, le recordó al cura de la película Robin Hood, petiso, calvo, amable. Carranza le sonrió a la mujer, que andaría por los cuarenta años, y empezó a caminar detrás de Font, despacio, entre los animales.

Font abrió una puerta y después otra. Contaba algo de la televisión, un robo, unos millones en un banco. Pato sirirí pampa, lechuza de campanario, pato maicero. Carranza leyó algunas cartelas a la velocidad de un rayo. Atravesaron varias salas. Mineralogía, botánica, zoología. Un oso negro, un flamenco, un león. Más que muertos parecían muertos vivos, como en la película, a punto de chuparse la sangre humana.

–Sentate –ordenó Font, y quedaron frente a frente en una mesa del laboratorio. Había baldes, frascos, herramientas, animales por todos lados y un olor asqueroso que provocaba hormigueos en la nariz. Carranza hubiera querido abarcar más de lo que pudo. Desde una de las paredes, una enorme cabeza de ciervo examinaba la habitación.

Font estaba en el museo desde el setenta y nueve. Por lo que entendió Carranza, antes el museo no existía, los animales estaban en otra parte. También conocía a Martini Ruiz, de toda la vida, habían trabajado juntos en el laboratorio de taxidermia de la Vigil, por eso le interesó el perfil de Carranza y porque de once postulaciones era el único que además de tener competencias en taxidermia había pasado por la universidad.

Dijo que no había convocado a nadie más para la entrevista. Carranza tragó saliva.

Font detalló las que serían sus obligaciones y responsabilidades, las condiciones de la contratación, el horario, el sueldo. “Trece mil ejemplares en quince salas” dijo. Y también cosas como: “el valor de este trabajo está en la destreza manual y plástica, no solo los conocimientos anatómicos” y “no nace del afán conservacionista justamente” y “resguardar la historia natural para las generaciones futuras, que es el sentido de cualquier museo”.

Carranza estaba incómodo y pensaba en una sola cosa: irse.

Después Font quiso saber porqué había estudiado veterinaria, porqué había estudiado taxidermia y porqué quería trabajar en el museo. En ese orden.

Carranza no dijo que era la primera vez que entraba al museo. Le dijo: que empezó veterinaria porque siempre le gustaron los animales, que de chico se sabía todas las familias de dinosaurios y se pasaba las tardes hojeando un libro verde, de animales, tapas duras, fotos color. Eso último no lo dijo. Que en veterinaria cursó un cuatrimestre y rindió un solo parcial, el de biofísica, mal, y que no estaba hecho para la universidad. Tampoco dijo nada de eso. Y la taxidermia le gustó por eso de dar vida a lo inerte y porque siempre le gustaron los animales, también había buscado inercia en el diccionario, mucho menos dijo eso. En realidad la conversación era más bien silencio. A Font no le cerraba.

Inercia.

(Del lat. înêrs–tis, sin capacidad, sin talento)

1. (s.f.) Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza.

2. (s.f.) Rutina, desidia.

–¿Y en qué anda el loco Ruiz? –terció Font.

Carranza no tuvo más remedio que decir algo.

–¿A distancia? –Font estaba azorado–, ¿tomaste un curso de taxidermia a distancia?

Jorgito Martini Ruiz, un hijo de su gran madre, no lo veía desde el setenta y siete; cuando leyó el currículo del chico le dio curiosidad saber en qué se había convertido este atorrante, pero esto… era más extraordinario que su peor pronóstico.

¿Quería más detalles sobre el curso?

Entonces Carranza se arrastró: que era huérfano de padre, que tenía que mandarle plata a la madre que vivía en Villa, que por eso dejó la universidad, que siempre le gustaron los animales, desde chico, que por eso también le gustó la taxidermia y porque tenía una salida laboral.

Font estaba molesto. Otra vez.

Irse.

Uno más en su hato propio de idiotas recuperados para la actividad museal.

Irse.

Font semidiós. Font general de un ejército defectuoso.

Irse. Irse.

Y ponerse en jodido a estas alturas.

El anecdotario marxista leninista rebotaba de la pared al techo y del piso a la pared.

“A cada uno según su necesidad”. ¿O su capacidad era?

No debe distinguir el nervio ocular de la vejiga.

–Te voy a probar tres meses –dijo Font.

Veintiséis años el crío, el pajero, el boludo.

*

¿Y ahora?

¿Alquilar una casa?

¿Tener una familia?

Tampoco se hubiera imaginado el efecto que producían todos esos animales juntos. Estaba un poco shockeado. Es que hace años no veía un pájaro tan de cerca.

Porque los pájaros vuelan, se dijo.

Los pájaros vuelan repite como mantra, como revelación y zumban las tres palabras en la cabeza–coctelera hasta quedarse letras, perder por completo sentido, perder incluso su poder revelador y entonces siempre en auxilio la sentencia de H. con el dedo en alto orando sobre lo obvio no se reflexiona, algo dicho ya no sabe, al pasar, en qué contexto, sobre lo obvio, tu tu tu, los pájaros vuelan, sonaba una sirena pero apenas audible, no se reflexiona, tu tururu tutu andaba por el campo con la gomera y no podía darle a un pájaro. A ninguno. Ni un gorrión ni un benteveo ni nada. De ahí su primer fracaso con los animales. Aunque él no se esforzaba, o no quería matarlos hasta que lo logró.

Lección Nº0: el orgullo del cazador, la supremacía del macho humano, el liderazgo.

Pero él lo arruinó tu tu tu y pensaba en eso, el pibe que se acerca al cadáver del pájaro bien muertito y oculta su impresión. H. corría a su encuentro con los cadáveres en el cinto, colgados de la cabeza como trofeos, y él corría con el piquituerto en la mano hasta el patio de la casa, improvisaba una mortaja con la rejilla de la cocina y lo enterraba. Asesino. Al principio. Después ya no. Matar un pájaro, colgarlo en el cinto, enterrarlo, improvisar pequeñas cruces con palitos. Cristiana sepultura tu tururu tutu no había vuelto a pensar en eso. Él sabía lo que era ver de cerca un animal muerto, y tocarlo. Ya se le iba a pasar. Necesitaba un pantalón nuevo.

–Ah, estabas acá vos –la Tora hervía unas manzanas en la cocina, relojeando el agujero del techo donde el peruano aseguraba haber visto una rata– estoy de dieta, tres kilos aumenté.

Carranza le pidió plata.

–Con tal a mí todos me agarran para la joda ¿vos pensás que soy un banco yo? Tres kilos con tu mierda de jamón y queso, Juanito.

Por qué le diría Juanito. Le decía cualquier nombre que se le ocurría, Roque, Alberto.

–Si querés te devuelvo con plata, el mes que viene ¿no ves que conseguí el laburo?

–¿Y? mientras tanto los pasajes con éste –la Tora se tocó el culo. Adoraba su culo. Con éste tal cosa, con éste tal otra. La supremacía indiscutida del culo por sobre las demás partes del cuerpo.

–La lipo me vas a tener que pagar.

Eso era un sí. Lo quería la Tora.

–Te prometo que es la última vez –dijo Carranza y después de la z crujió el pozo, el abismo espiralado donde iban a parar sus mentiritas indolentes. Ni él mismo lo creía. Sobre lo obvio no se reflexiona. Mejor se iba en el Monticas de las seis, el directo.

*

Un ejército zombi.

Es lo que piensa cada vez que se sienta en un banco de la terminal.

Lo que parecen las personas yendo y viniendo detrás de los vidrios sucios y lo que él mismo parece mirando estupidizado:

a) el gorrión reptante que atrapa bichos en el radiador de un colectivo,

b) los dos ventiladores rodando en la terraza de un edificio, echando aire al cielo y

c) la tela de araña colgada de una lámpara, el hueco donde podría vivir una comunidad de arañas insurrectas, por qué hará eso, ver todo así como un hallazgo siempre, con la plata que tiene en el bolsillo no alcanza ni a fumar.

*

El colectivo dobla la rotonda.

El viento mueve los pastos ahí fuera.

Quizás exista una palabra para ese verde mojado. Un perro.

Porque algo tiene de aberrante mirar el paisaje así.

Los campos, los camiones, el arroyo podrido, la basura.

Otro perro. Otro arroyo podrido.

Como mirarse adentro.

–Mentiroso, mentiroso –los sobrinos acusan con el dedito, se ríen a su costa en navidad.

Qué fácil arruinar una fiesta.

Los niños dicen la verdad.

Los niños y los borrachos.

Aunque usted no lo crea.

A la vera del tercer arroyo podrido construyeron un Polo Productivo del Calzado.

Qué raro es el mundo.

Casi diría que le joden los dos montículos de tierra negra sobre el pasto.

¿Llueve, acaso?

Para acompañar la lisiadura mental autocompasiva. Una lluvia solidaria, finísima.

*

Carranza compró cuatro cigarrillos sueltos con el último billete que tenía y fumó uno en la parada del Monticas, afuera, con el kiosquero. El hombre quería saber cómo estaba Rosario, el trabajo, la delincuencia, en la tele había visto gente comiendo de la basura.

Llegó a la casa justo cuando Élida enjuagaba el mate y guardaba el termo en su lugar. Se fue a bañar y se durmió viendo el patio por la ventana. Extrañaba eso. Laura ya no estaba. Recién a la noche, en la cena, contó su gran novedad.

–Y qué pasó con las ventas –dijo H.

Élida levantaba la mesa. Había cocinado un pastel de papas para alimentar a una legión de ogros, pero no quedaba casi nada.

Carranza solía decir que trabajaba en ventas. Nadie le pedía muchos detalles. Productos de limpieza –mentía–, cosmética natural. La única vez que llevó los sándwiches la madre dijo que les faltaba jamón, H. que estaban duros y los sobrinos no quisieron comer. Se los dieron a los perros.

H. hablaba. Debía gustarle esa pose acartonada de señor mayor.

A Carranza no se le ocurría nada. Mejor dicho: cuando tomaba el impulso para modular una opinión, las palabras hacían un movimiento de repliegue, marcha atrás. Aunque no. Sería un repliegue más adentro de las palabras, anterior, de las ideas mismas. Eso. Escuchaba el sermón. Tenía la sensación de que H. envejecía a razón de tres años en uno. Como si la distancia en kilómetros hubiera obrado de algún modo sobre el tiempo y ya no se llevaran catorce meses sino catorce años.

Básicamente, el monólogo trataba sobre las nefastas actitudes de Carranza desde tiempos inmemoriales hasta la fecha, en relación a lo laboral y/o familiar, la falta de consideración, el tiempo y/o el futuro. Parece que había sorprendido a H.

Ya era hora.

Hacerse hombre.

Que sirva para algo toda esa plata tirada en la facultad.

La madre interrumpe el discurso siempre con un gesto. Sirve un flan casero en las compoteras de vidrio de las fechas especiales. En medio del bullicio de los nietos le pregunta a H. una nimiedad sobre el arriendo, un detalle cualquiera.

H. se calla.

Todos saben que H. le roba hectáreas a la madre. Ahí está la alfalfa ¿no? Acá las pujas se dirimen así, en lo no dicho.

Sobre lo obvio no se reflexiona.

Aunque parece que la sodería anda mejor, H. llevó la familia a Mar del Plata cinco días. Le llovieron dos.

Laura levantó los restos de la cena. Mientras se agachaba para limpiar el desastre de flan y vidrios que el hijo mayor acababa de provocar, pronunció cuatro palabras:

–Me alegro por vos –dijo, sonriéndole, desde el suelo.

La cabeza de Carranza por atajos insondables.

La carcajada de la madre lo trae de vuelta. Carranza nunca vio el mar, o de muy chico y no recuerda en absoluto lo que ella cuenta:

*

H. había empezado a construir la casa del fondo apenas terminó la secundaria, de la mañana a la noche apilaba ladrillos con una severidad o constancia que daba miedo, como si esa acción mecánica obliterara cualquier idea de futuro; o justo al revés, necesitaba apilar ladrillos para activar la sinapsis de unas células muertas, igual que ocurre con el tejido o los puzzles.

Entre ambas casas, la gran mancha verde que se disputaban todavía Laura y Élida. Para una el jardín, para otra el patio.

Aunque era sobre todo Laura quien lo cuidaba. Tenía flores todo el año, un sector con aromáticas que usaban para cocinar y un jacarandá que resistía de los tiempos del patio grande. Laura había incorporado una hamaca, un banco y una mesa redonda de cemento donde las dos mujeres tomaban mate hablando lo justo y necesario, todos los días, cuando daba la sombra, a eso de las seis.

Laura se despertaba al alba. Pasaba varias horas de la mañana sacando hojitas viejas, verificando que no hubiera pulgones, regando, curando. No hablaba con las plantas. Hubiera sido raro porque no hablaba con nadie, pero alguna clase de comunicación había en el modo de tocarlas; levitaba entre las plantas, casi un ente inmaterial.

Posiblemente Carranza se hubiera levantado de la cama solo con intención de observarla. Unos alfileres clavados en la nuca. Lo que le provocaba verla, algo así.

De chicos salían los tres de expedición. H. juntaba bichos en frascos, ella juntaba plantas y se reía mucho. Carranza no hacía nada, solo ver, que es como no hacer nada, y cargar los frascos de H. Pero no es cierto, no es cierto, decir que no hacía nada solo es evitar el esfuerzo de la memoria, tenían una red y se turnaban para usarla, llevaban una botella, un cuchillo para hurgar bajo de la corteza de los árboles, a veces también una pala chica para remover la tierra y un algodón humedecido en amoníaco –Élida solía diluirlo para limpiar los baños–, si atrapaban una mariposa le apoyaban ese algodón en la cabecita y quedaba tiesa, anestesiada; recolectaban insectos escondidos debajo de las hojas y las piedras, en las plantas y en la tela mosquera de la puerta que daba al fondo.

No había rencores en esos días de la infancia. Una noche colgaron una sábana entre dos árboles y la alumbraron con una linterna. Los insectos, bichos zonzos, se asentaban dóciles y confiados en el sol artificial; atraparon cientos.

Fue después, en la secundaria, cuando Laura empezó a andar con la cabeza gacha y a comunicarse cada vez con menos palabras. ¿Por qué había enmudecido? Carranza lo había pensado mucho. Estaba seguro de que un suceso horrible había provocado semejante cambio, incluso quiso explicarle su teoría a H: había visto al tío de Laura mirándole el culo muy desubicado, y todos sabían lo que pasaba en esa casa cuando perdía River, en realidad cuando ganaba también, borrachos como una cuba incluso el padre de Laura quedaba inconsciente tirado en la vereda y dormía la mona ahí, a la vista de los vecinos que se lamentaban por Laura, por la mala suerte de perder a su madre tan chica, pero aquella vez Carranza no terminó de pronunciar la palabra violación porque H. le embocó un puñetazo en la nariz.

Lección N°10: el ominoso silencio, lo innombrable, lo que no se dice no es.

En cierto modo H. había sido la salvación de Laura, o eso pensó Carranza durante un tiempo. Viéndola ahora, un trozo de piedra en su abismo verde, quién sabe.

Para el caso daba igual, así estaban las cosas, punto.

La madre lo observaba, parada en el umbral de la puerta del living. Tenía esa manía de deslizarse como un fantasma por la casa.

Que te vaya bien. Fue lo que dijo y lo arrancó de la ensoñación. Que te vaya bien y cuidá el trabajo.

Y dobló los billetes delante suyo y se los metió en el bolsillo del pantalón. Carranza esperaba que lo hiciera. Con eso pagaba la pensión y el pasaje de vuelta, ni un peso más. H. no debía saberlo. Le dio también un dulce de zapallo y los restos del pastel en un paquete. Y unos pantalones de vestir que ya no le entraban a H.

Fue caminando hasta la parada porque H. estaba ocupado. La madre lo vio irse hasta la esquina.

¿Verá algo de sí misma viéndolo?

Carranza iba armando un cigarrillo.

Pero no alcanzó a fumarlo, en cualquier circunstancia lo persigue esa raíz que es una rama hundiéndose en el suelo, “esqueje” dijo Laura que se llama así, esta vez viene en el movimiento cansino del Monticas que levanta una nube de polvo cuando frena. Hace semanas que no llueve.

Todo el viaje discurrió inoperante con el cigarro entre los dedos. La mente vacía, transparente, hueca.

*

Con el tomo de aves abierto, lápiz en mano, Font se acomodó en el escritorio dispuesto a dibujar un cormorán.

Pero no pudo. Desde el viernes le corría una dosis de nostalgia por las venas y el lápiz solo hacía pequeños garabatos como espirales.

Mierda, Stela, qué le veías a Jorgito, tan predecible, tan tonto, parado en la esquina de la escuela con esa flor de sapo que arrancaba del baldío.

Cada vez que la dejaba en el zaguán volvía como un gigoló, contaba la escena para quien quisiera oír y en ocasiones se despachaba, ginebra mediante, en el bar. Que le levantaba la pollera, que los besos de lengua, que se dejaba arrinconar contra la pared. Un día vino con un corpiño de trofeo.

Antes de la liberación sexual, antes de todo.

(A veces, a mitad de este ejercicio introspectivo, tenía

la sensación de haber pasado la juventud en el siglo quince)

Siempre fue un desagradable Jorgito, arrastrando su doble apellido como si fuera de la nobleza. Hablaba también de la viuda de Triana, con más detalles vigorosos y bastante más énfasis en la parte del sexo oral, que supuestamente la señora le aplicaba. Lo peor era sin duda el modo. Discurseaba solemne, grandilocuente, lleno de adjetivos y frases acartonadas, como un cura en el púlpito.

Después cargaba con las bolsas de los mandados de la mitad de las amas de casa de barrio Tablada. Por ese gesto lo querían. Que ya iba a asentar cabeza era la predicción unánime y al parecer a Stela le encomendaban tal acción. Ojalá hubiera sido así. Stela no estaría muerta y doña Cata no hubiera pasado quince años encerrada en su propia casa, sin querer saber nada de ese hijo que Stela llevaba en el vientre y nombraba Juan. Juan a secas. Un nombre genérico para un hijo del pecado, dijo la madre, que no se enteró de esto cuando reconoció el cuerpo sino años después, por la insistencia de esa mujer que estuvo presa con Stela y lloró en la puerta de la casa hasta conseguir que doña Cata la hiciera pasar: Stela estaba de seis meses cuando la mataron, la hicieron aparecer en los diarios como abatida en el asalto a una comisaría pero no era verdad, de la quinta salió muerta y al bebé en la panza lo nombraba Juan. ¿Juan qué? ¿Hijo de quién?

Ay dios.

Últimamente piensa mucho en estas cosas, caen como por un tobogán y no puede parar. Todo el fin de semana elucubrando alternativas.

¿Alternativa sería la palabra?

No, no: hablamos de invención pura. Pero además ¿para qué?, ¿qué importancia puede tener si Jorgito le propuso casamiento a Stela? ¿Lo hizo? ¿Stela se rió en su cara?

Stela se fue a Buenos Aires casi al mismo tiempo en que Jorgito anunció su compromiso con la hija de un cirujano. ¿O antes? La chica estaba embarazada. Claro que hubo misa en la catedral y después un fiestón.

Stela vivió un tiempo con una tía y después con una compañera. Trabajaba a la mañana en un centro médico y a la tarde estudiaba. Periodismo estudiaba. Venía poco por Tablada. Para algún cumpleaños, para las fiestas.

Font soltó el lápiz con el que había garabateado entera una hoja blanca. Miró los dibujos. No, no parecían nada.

Si ella hubiera vivido una vida, quizás él mismo hubiera sido otro. No estaría acá volviendo a la vida estos cadáveres yertos, por empezar.

Stela nunca le había dado explicaciones a nadie.

En verdad, solo la vio dos veces después de que se fue.

Y lleva todo un fin de semana pensando en ella, ¿qué podría encontrar que ya no sepa?

(Debe ser la vejez. Esta sensación

de vivir en otro tiempo)

La primera vez tenía una falda cortísima y no parecía importarle nada. Jorge preguntó por ella. A esa altura ya era evidente que la hija del cirujano no iba a poder con la doma del atorrante, que volvía al barrio todas las tardes, se instalaba en el bar como un bacán, jugaba a las cartas y acababa de ser padre. La familia había conseguido ubicarlo unas horas en el laboratorio de taxidermia de la Vigil, como para enmendar un poco la vergüenza, la verdad es que vivía del suegro y lo que ganaba lo gastaba en el hipódromo. Aunque al principio lo miraban con desconfianza, Font especialmente, de algún modo se hacía querer y no le iba mal con los animales, tenía buena mano, cierto talento que atribuía a no se cuáles antepasados franceses, ¿unos condes eran? La cosa es que pasaba rápido de ahí a la literatura erótica explícita del siglo pasado, solía molestar al bibliotecario llevándose esos libros, Sodoma de Sade, Las once mil vergas de Apollinaire.

La última vez que vio a Stela ya no era más la chica que él conocía. Era otra. Incluso el pelo. Vivía en una villa con los compañeros. Fue una tarde de domingo. Ella le tocó la puerta. Se iba a la mañana siguiente y no podía más del aburrimiento. Hacía un frío. A él le temblaban las manos. Esa tarde es la que tiene impresa en la retina. ¿ A lo mejor se sentía responsable de haberla dejado morir? Qué ridículo.

Ella le había contado con detalles un casamiento, la semana pasada fui testigo de una boda, había dicho, riéndose. La novia se había puesto un vestido blanco pero corto, sin velo, sin ramo, con una cinta roja en la cintura. Y de la iglesia al bar habían ido todos a pie. Entonces era una provocación al cura y a los vecinos, a la sociedad. Visto hoy, una tontería, una cinta roja, una chica comunista que no es virgen se casa, ay ay por qué demonios selecciona la memoria estas informaciones anodinas. ¿Cómo eran las manos de Stela? No sabe ¿Cómo era su olor? No contesta.

Pero él había hecho una escena de celos. Por algo lo recuerda, vamos, no andés con pendejadas a esta altura. Le rompía soberanamente las pelotas que se hubiera acostado con Jorgito. Él la había querido siempre, como a todas las cosas que se saben perdidas de antemano, dice un poema. Su amor era devocional, irreal, ella lo sabía, todos en el barrio lo sabían incluyendo a Jorgito que hubiera podido callarse, pero no.

¿Me estás preguntando si me acosté con Jorge? Palabras textuales de Stela. Recordar palabras textuales de una conversación de hace veinticinco años.

Yo pensaba que me podía desvirgar tocando el pasamano del colectivo ¿entendés?

No. No entendió entonces y seguía sin entender.

Tampoco el beso ni lo que ella hizo después. Pasó tan rápido.

Por lo menos tuvieron un cuerpo, un velorio, una tumba.

Volvió a levantar la vista del papel. Sobre los garabatos escribió un nombre. Marina le recordaba tanto a Stela. El desacato, el coraje. Después lo hizo un bollo y lo tiró al cesto. Qué joder.

Se arrimó hasta la inyectora de formol.

–A ver –resopló, y apretó el botón de encendido.

Seguía haciendo ese maldito pitido de pava silbadora que enloquecía a Marina. Tres veces cambiaron la manguera. Tendrá que probar con la válvula.

*

¿Una estela marina?

¿Un rastro, una espuma que abre el mar en dos partes igualmente breves, asimétricas, una hendidura donde Font nada después de haberse hundido la pequeña embarcación pintada de amarillo que pudo haber sido alguna vez su vida?

Esto definitivamente es la vejez:

un paralelismo

absurdo

donde solo hay

precipicio, formol

ponerse a pensar en las palabras

como entes autónomos

es decir

dibujan, caminan

dejan huellas en la arena

una impresión física sobre el cuerpo

imágenes

que arremeten

a cualquier hora del día

un pedazo de conversación

intervenida falazmente por el tiempo

lo que pudo haber sido

lo que pudo haber sido rueda

por los carriles de la imaginación

A o B o Z esta ignorancia

congénita del pasado

*

Arreglar estas máquinas precámbricas debe ser una habilidad única en el mundo. Un museo de habilidades perdidas, pensó en eso.

Lo hacía a menudo, había empezado como un juego y ahora ya no identificaba el momento en que se había convertido en una manía: pensar museos para el mundo. Para qué.