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Rincones de antiquísimas y variadas tradiciones populares de Nueva Imperial, mi pueblo natal asentado en Región de La Araucania, han sido para mí constantes desafíos que se niegan a los olvidos. De las historias cuasi mágicas que oí hace más de setenta años en boca de muchas abuelas y de los 'viejos' de entonces, junto a sorbidos del mate con malicia "chupetiado" al costado de aquellos enormes braseros, con carbones encendidos para entibiar los fríos invernales, siempre pensé que los tales Cuentos y Relatos, algún día, podrían tropezar con difusos olvidos… Hoy, una vez más, el propósito es llevar mi voz para ser leída hasta ojos y oídos imperialinos, con la pretensión de volverlos a tantos tiempos de esos ayeres maravillosos en que lo imaginativo cabalgaba en corceles de las tradiciones vernáculas mapuche-fquenches, y en los "corcovos piafantes" de nuestros propios ancestros… con agregados creacionales de mis propios recuerdos, a veces, difusos, generando espacios nutrientes de acciones que el relato transforma en: mágicos momentos identitarios. Tal vez… "Usté' no me va a creer, pero… ¡es la purita verdá!". Humberto (Tito) Lagos Schuffeneger
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Seitenzahl: 111
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Copyright Humberto Lagos Schuffeneger 2024 © Copyright Editorial MAGO 2024 Colección Escritores Chilenos y Latinoamericanos Director: Máximo G. Sáez Primera edición: Enero 2024 Edita y Distribuye: Editorial MAGO [email protected] Registro de Propiedad Intelectual: 2024-A-638 ISBN: 9789563177763 Foto de portada: Humberto Lagos Schuffeneger Diseño y diagramación: Sergio Cruz Lectura y revisión: Lía D’acosta Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados
A la memoria de tantas y tantos que transitaron sus vidas en calles y rincones de mi “vieja” Nueva Imperial, y que hoy la pueblan con sus ausencias.
A Ño Paico y ‘Oña’ Sara, mis abuelos paternos, y a sus hijos(a) Humberto (mi padre), Esaúl, Armando, Tomás, José y Thelma.
A don Alberto y doña Petronila, mis abuelos maternos, y a sus hijas(os) Marta (mi madre), Ema, Alberto, Oscar y Cristina.
A Isabel, tierna pobladora de mi vida y habitante de todos mis espacios; artesana de inolvidables mágicas historias contadas a hija e hijo (Alexandra y Jaime), a nieta y nietos (Nicole, Ignacio, Alejandro y Martín).
A quienes no conocen este fascinante enclave urbano y rural de Nueva Imperial, lleno de esos tiempos pretéritos que, resistiendo los años, “reaparecen” con mágicos cuentos y relatos en nuestros actuales días.
Rincones de antiquísimas y variadas tradiciones populares de Nueva Imperial, mi pueblo natal asentado en Región de La Araucanía, han sido para mí constantes desafíos que se niegan a los olvidos. De las historias cuasi mágicas que oí hace más de setenta años en boca de muchas abuelas y de los ‘viejos’ de entonces, junto a sorbidos del mate con malicia “chupetiado” al costado de aquellos enormes braseros, con carbones encendidos para entibiar los fríos invernales, siempre pensé que los tales Cuentos y Relatos, algún día, podrían tropezar con difusos olvidos… lo que he ido constatando cuando vuelvo a mis raíces.
Pensando las historias aquellas donde a todos nosotros, niños de entonces, se nos aseguraba que eran “la purita verdá”, he retornado a procesos escriturales destinados a desarchivar, desde mi memoria, algunas de ellas; y otras, en que conjugándose sucesos auténticos con imaginativas voces, las mías, vengo a “decirlas”. En la intimidad, estos Cuentos y Relatos que hoy relaciono configuran espacios, experiencias de vida y de sucesos tejidos y relatados en Nueva Imperial, mi terruño amado, y algunos en otras geografías y entornos sociales.
Hoy, una vez más, el propósito es llevar mi voz para ser leída hasta ojos y oídos imperialinos, con la pretensión de volverlos a tantos tiempos de esos ayeres maravillosos en que lo imaginativo cabalgaba en corceles de las tradiciones vernáculas mapuche-lafquenches, y en los “corcovos piafantes” de nuestros propios ancestros… con agregados creacionales de mis propios recuerdos, a veces, difusos, generando espacios nutrientes de acciones que el relato transforma en: mágicos momentos identitarios.
Tal vez… “Usté’ no me va a creer, pero… ¡es la purita verdá!”.
Humberto (Tito) Lagos Schuffeneger
En uno de mis tantos regresos a Nueva Imperial, la tierra de mis amadas raíces, ese día sábado de enero del año 1999, su atardecer era gris y, mientras yo caminaba por la Plaza bajo sombras de aquellos túneles verdosos horadados por ramajes de los centenarios tilos, se me aproximaron varios conocidos y unas amigas con quienes iniciamos intercambios dialogales y algunas rememoranzas sobre ciertos sucesos perdidos e incrustados en espacios de las memorias. Caídas, ya, las penumbras de la cuasi noche ingresamos a ese boliche cantinesco ubicado cerca de la Plaza y allí, apretujados entre mesones y sillas, iniciamos variados recordatorios de tiempos pasados, casi comunes. La multiplicidad de los temas antiguos, traídos a este dialogar desde nuestros ayeres, era muy diversa y transitaba desde velatorios y sepultaciones, hasta los afanosos tiempos de la educación primaria y secundaria; terminando en las casi olvidadas situaciones amorosas, infantiles y juveniles. De éstas, recuperamos algunos de los sucesos conocidos popularmente y referidos a pasionales experiencias que se fueron registrando en los cuchicheos del pueblo, y que aún perduran en esos cuentos invernales de las abuelas imperialinas, relatados entre mates con malicia y tortillas al fogón.
—¿Se acuerdan del gallo aquél al que lo conocían como el picao e’ l’araña? —dijo Juan Antonio.
—Jué famoso por conquistaor de mujeres, y hubo más de una que jué golpiá fuerte por su marío, por engañaora con el mentao Picao, —nos comentó Jaime, provocando unos picarescos dichos reactivos de amigas y amigos allí aglomerados.
Mientras conversábamos, pude apreciar en una mesa aledaña la presencia de un viejito de edad indefinible que me pareció cercana a los noventa años, el que escuchaba muy atentamente los encendidos relatos compartidos en nuestro entusiasta y diálogo grupal. También miraba, con curiosidad, Katy la dueña del “restorante”, vestida con una ajustada minifalda blanca, la que cubría tras un verde delantal con diseños mapuche, atenta a llamados de clientes asiduos a los jugosos “sanguches” y a tragos de chacolí.
Un fuerte viento traía olores a humedad y ruidos de lluvias que caían sobre los tilos de la plaza; ya avanzada la hora creí adecuado invitar a mis amigas y amigos a retirarnos del “cuchitril” para retornar a las casas. Todos y todas abandonaban el lugar mientras yo pagaba a Oña Katy lo adeudado por bebidas y consumos. Cuando enfilé mis pasos hacia el portalón de salida, el viejo hombre que nos observaba desde la mesa contigua bebiendo una verde botella de un vino tinto ácido, se acercó y tomando mi brazo izquierdo me musitó, con una voz ronca y susurrante…
—Usté no sabe quién soy yo, iñor, pero yo los escuché haular de cosas que pasaron hace más de cuarenta años aquí mesmo en la Nuea Imperial… y entre ellas haulaban sobre el desgraciao del Hermenegildo, un gallo dueño de algunas tierras campesinas, y que siempre andaba, cuando venía al pueblo, a la siga de mujer que veía… especialmente casadas y a las que les había echao el ojo… Este tipejo murió hace hartos años y naiden sae la verdá verdaera de aquello que pasó en esos años; ¿usté quiere saber la historia, la verdaera?... Venga, siéntese un rato conmigo y se va a enterar de algo que naiden sabe y que sólo yo lo sé, y que pueo yo contarle agora pues mi tiempo se acaba en las próximas semanas… pues ando muy re´ enfermo de un cáncer que ya casi me quitó la vía mía. Aunque ya ‘stoy viejo… mi allego a usté… porque me espierta un poco ‘e confianza…
Provocó mi curiosidad el apasionado hablar del viejo hombre, y me senté a su lado mientras él solicitaba, a la buenamoza Katy, que nos trajeran algo de beber. Don Emeterio, pues ese era el nombre del imperialino confidente, inició el fascinante relato que transcribo:
—Allá por los años cuarenta del ya pasao siglo veinte, yo ‘staba casao con mi mujer y teníamos tres hijo, … dos machitos y una sola hembrita. Éramos felice. Una vez llegó la Ema, ese día era lune, con un collar platiao… y cuando yo le pregunté de ónde lo había sacao, me ‘ijo que se lo había regalao una amiguita del círculo de mujeres tejeoras. Yo le creí too lo dicho, pero cuando espué, en otros lune, llegaba con otros más regalos ella guardaa un silencio culpable, …yo ya sospechaa que un algo taba pasando. Comencé a seguirla esos días lune, y púe comproar que se iba a la feria e animales de Imperial y allí se juntaba con un gallo que la llevaa a comer unos sanguches en un negocio de al lao. La engañaora de mi mujer, comenzó a contame que algunos días debía ir a tallere en la noche, con amigas, así que tenía que llegar tarde, y que yo me preocupara de atender a los críos. Hablé con algunos amigos pa’ preguntarle si conocían al gallo del campo que llegaba en camioneta a la feria, y me ijeron que lo conocían por el Picao e’ l’araña, por lo muy mujeriego, y que como tenía harta plata las regaloneaba haciéndoles regalos… y en luego se las servía.
Pregunté a Don Emeterio si él recordaba haber confrontado a Ema y qué le había dicho. Me respondió con una voz desgarrada:
—Sí, lo hice, pero ella me negaa too ‘iciendo que yo era un gueno pa’ naa y ademá’ de celoso. Ya no podía má’ con el engaño, y pensé matar al Picao con una picota en la feria del lune, y me jui p’allá, pero no tuve oportuniá y ademá pensaa en toos mis hijos sobre qué les pasaría si quedaan solos sin su paire… y al cuidao de la mala yerba e’ su maire. Entonce’ comencé a la pensá de un castigo mortal p’al Picao y mi mujer. Le ’ije a la Ema, un día, que yo debería salir d’ Imperial por unos tres día’ pa’ ir y trabajar en un fundo de la cordillera e’ la costa, y pasó lo que yo supongaba. En la noche se venía el fresco del Picao e’ l’araña, y ocupaa, en esa mi casa, mi cama pa’ revolcarse con la hembra traicionera. Yo siempre, too el tiempo, me preocupaa porque habían hartas arañas e’ los rincones en la nuestra casa, recontra venenosas, y un día que ya yo había pensao cómo vengarme, comencé a cazarlas toas y empecé a meterlas toas en un frasquito. Comencé a estrujarlas, como icen los que saen, y les juí estrujando el veneno, de una y una, con harta pacencia, hasta tener un frasquito chico bien llenito de veneno mortal. Un día sábao yo le ‘ije a la Ema que el domingo yo me iba a trabajar en ajuera del pueulo, saiendo yo lo que iba a pasar el lune. Me queé escondío cerca de mi casa, y cuando en la tarde la Ema traiora se jué a la feria a la gusca del Picao e’ l’araña pa’ traerlo en la noche hasta mi cama, … yo pue dentrar hasta mi casa, muy disimulao, por una ventana trasera… y allí tomé la botella de vino que la infiel tenía en el velaor pa’ tomársela con su amante y le vacié el veneno de las arañas e’ los rincones. Ademá, puse como diez araña vivas, o más de las mesmas, entre las sáanas y las tapé pa’ que llegao el enyugue del momento traior, las arañas e’ los rincones, que son muy re’ contra venenosas, los picaran a los do’ ‘esgraciaos.
Yo estaba impactado por el durísimo relato de Don Emeterio, y como suponía que debía haber algún final de la historia lo insté a que me revelara algo más de esos apasionantes momentos… contándome algo que nadie había conocido. Así, con una voz entrecortada, siguió sus dichos.
—En la oscuridá de la noche los vi, a los dos meios bien cocíos, llegar en la camioneta del Picao y entrar a mi casa. Me allegué, pude oír algunos gemíos y los escuché tomarse unas copas. Por de pronto, se oyó unas grandes griterías de los dos ‘iciendo… ¡Son hartas arañas e’ los rincones… y nos picaron… los picaron! Salieron vecinos del lao al oír la gritería y ‘ijeron “hay que llearlos p’al hospital pues están envenenaos por las arañas”. Un vecino que saía manejar los subió hasta la camioneta del engañaor y partió p’al Alto… hacia l’ hospital viejo. Allá, según cuentan, los meicos no puieron hacer casi na’… y la Ema junto al Picao e’ l’araña se murieron envenenaos. Cuando lo supe, … me sentí escansao, … y allí aprendí que es verdá eso ‘e que la venganza es dulce…
Ante el estremecedor relato, pedí a Don Emeterio información acerca de lo sucedido con la muerte de la pareja y con el trámite judicial de la misma. Él, con un evidente impacto emocional, aun cuando lo sucedido y relatado se ubicaba muy lejos en el tiempo, continuó hablando con su gastada voz:
—A mí me avisaron de la muerte de la Ema y del Picao al otro día siguiente, y yo les ‘ije a toos los caraineros que yo ‘staba en el campo esa noche… juera de mi casa; eso mesmo declaré en el jusjao de justicia, ademá’ de saluarme con pésame por la Ema, un tal pésame que má’ parecía burla y el sentimiento por el engaño de que juí la víctima cuando me pegaron en la nuca… me ijeron que yo no tenía na’ que ver con lo sucedío… y que toito los tramite d’ investigación taan toos cerraos. Tuve que ir, con toos mis chiquillo’, al entierro de mi mujer engañaora … y el ataú’ me lo pagó el seguro social… y la tumbita en el cementerio me la regaló la municipaliá. Mi acompañaron, ese día, algunos varios amigos y amigas, entre ellas má’ de algunas viejas copuchentas que no faltan… y las que me ‘ecían… “Nosotra ya saíamo que le ponían el gorro on Emeterio, pero no quisimo preocuparlo por eso no le “ijimo na’” … claro que algunas de estas viejas… tamién reciían uno regalos del finao Picao. Entonce, a usté le cuento hoy toa esta historia pa’ que, si usté puee haga público cómo yo bauticé de verdá al Picao e’ l’araña. Y si usté va al cementerio de Imperial, en El Alto, hay una tumba en un rincón viejo y olvidao que en una lápia tiene grabá toa una bien chiquitita araña negra e´los rincone’ … en esa tumba maldita ta´ muy bien enterrao el infeliz y desgraciao Hermenegildo… que murió en su propia ley… picao e’ l’araña…
Don Emeterio se levantó del asiento, estrechó mi mano y salió hacia la oscura y lluviosa noche imperialina. Yo tomé y apagué la pequeña grabadora de cuyos registros transcribo esta mitológica leyenda, que vive en las memorias imperialinas y tuvo por protagonistas al Picao e´ l´araña, a la Ema… y a Don Emeterio.
