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La protagonista de Té de litio pasa sus días en una monótona oficina donde fantasea con fecundar al guardia y destruir los parlantes, mientras repite mantras para faltar a terapia, ese espacio que la contiene y repele por igual. Frente a la doctora, elabora el relato pormenorizado de sus robos: el miedo, el shock, la victoria final al salir con la cartera de cuero o el vestido escote corazón, la culpa, el odio de sí. Llegar a casa significa convivir con Garnet y sus caprichos, con las mellizas suicidas y con los números pares e impares, que a veces la dejan sola, conectada a su bloque de dolor. Soledad Olguin escribió una novela que no se parece a ninguna otra y que echa luz sobre los resquicios de nuestra mente.
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Seitenzahl: 83
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Soledad Olguin
Olguin, Soledad
Té de litio / Soledad Olguin. - 1a ed. - La Plata : Odelia, 2022.
Libro digital, EPUB - (Atómica)
Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-47957-8-6
1. Literatura Argentina. 2. Trastornos de la Personalidad. 3. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
Corrección: María Eugenia Krauss
Diseño de tapa e interiores: @che.ca.dg
Tipografías: ©Montserrat ©Steelfish
ODELIA EDITORA
www.odeliaeditora.com
Copyright © 2022 Odelia editora.
© 2022, Soledad Olguin
Digitalización: Proyecto451
ISBN edición digital (ePub): 978-987-47957-8-6
A mi madre y a mi hijo,
mis nudos concéntricos.
A Marcos Herrera, Daniel Guebel y Luis Chitarroni, por la inmensa ayuda.
Al equipo de Odelia editora, heptágono maravilloso.
1
Qué habré robado esa primera vez, cuando entré en el probador y arranqué la alarma de la camisa para vestirme de otra. El deseo de transfigurar mi muerte. 2014, ese pudo haber sido el año para mi muerte, pero estaba la imagen de Garnet a mi cargo, una imagen que pedía comida y vacunas y encargos por eBay. La doctora pregunta qué puse de mí en esa prenda, ella cree que deposito algo valioso en cada cosa. Pero no. Yo pienso que es un ciclo de vaciamiento y de exterminio.
Imagino que meto una mano por mi garganta y tomo alguno de los órganos vitales, tal vez un riñón, como si lo encontrara suelto, para sacarlo y meterlo dentro de la cartera negra de cuero que llevo puesta y que robé. Imagino que me cuelgan dos sondas por las que alimento un par de botas que también robé, y entonces observo cómo se llenan de mi propia sangre.
La doctora dice no es el objeto, es el shock de adrenalina, de manera que es eso lo que se activa y lo que el cuerpo necesita para regular esta baja en lo que podría llamar algo que se mueve entre neuronas y que no está, o que perdí o se gastó. El comprimido que tomo con el primer café de la mañana no alcanza para cubrir esa falta.
El color de mi comprimido me hace pensar en un sistema RGB incompleto. Salir de la realidad, y esa falta no solo es el espacio vacío entre neuronas y mi sistema de colores luz incompleto, es también 2014, el año que debí haber muerto si no hubiera sido por la imagen insistente de Garnet. Me mantuve en pie, pelando papas y calabazas, moliendo hígado y sesos de vaca para los platos de esa imagen tridimensional que me llevaba a lo más hondo de mi túnel y que aullaba por su alimento con sonido a cachorro.
2
Digo riñón y nombro lo que mi cuerpo pareciera conocer de antemano. La adrenalina nace ahí. Estoy de pie, parada frente al local, es el momento previo a la ebullición de los sentidos. Puede que deposite mi alma en esa cartera de cuero que miro desde afuera, para colgarla luego sobre mi hombro derecho, una cartera Lázaro con apliques de charol y remaches de acero. Cuando entro hay algo en la actitud corporal, una imposición en la mirada, la mezcla de esas condiciones hace que la vendedora no vea, no está viendo lo que hago, velo sus ojos con los míos. Me pruebo una mochila, un bolso, tomo una billetera con brillantes de fantasía, ella se distrae, suena un teléfono, me demoro esperando el instante en el que pueda girar, como si estuviera en una pista de baile, un giro armónico, un giro que me permita tomar esa cartera que ya casi es mía.
Ahora la llevo colgada mientras camino por Florida, pienso que se parece a esas heladeras que transportan órganos, porque llevo ahí mi riñón y mi alma. El alma es el órgano de la castración, los llevo y los cuido para que se conserven, aunque no sepa cuánto tiempo puedan vivir en el calor húmedo del cuero de novillo. Camino por Florida con esa carga sobre el hombro, tengo mi cartera que compone junto a mí un circuito de supervivencia. Me gusta mirar a las vendedoras como si estuviéramos más allá de ese espacio con percheros y sistemas de vigilancia, como si estuviéramos pasando de un plano a otro de la realidad, iluminadas por una luz blanca, juntas en eso. A veces deseo desnudarlas en el interior de mi cámara sexual, o rapar sus cabezas para guardar el cabello junto a mis pensamientos. A veces quisiera sentirme acompañada dentro de la asfixia de los probadores y enseñarles el movimiento de las prendas cuando suben y bajan, encima y fuera del cuerpo.
3
Los martes voy al consultorio de la doctora, días en los que siento la dificultad de levantarme del sillón de la oficina. 15.45, hora de levantarme para cruzar la plaza, tomar el subte y caminar luego hacia la calle Moldes. Me quedo girando sobre el sillón con los ojos cerrados mientras invoco y pronuncio. Dolor de panza, de garganta, de oídos, gripe, mareos, temblores, presión alta, presión baja. Ese es el texto invariable del mantra que repito para encontrar la manera de no presentarme frente al portero eléctrico del edificio de la calle Moldes. Cuando pienso en esa calle, la veo solitaria y arbolada, a lo lejos se dibuja el edificio de la doctora, único a lo largo de las cuadras que camino desde el subte. Solo ese edificio, sin numeración, sin vecinos. Moldes es el conducto arbolado que me lleva hacia ella.
Toco el 5° B y miro el panel de bronce que me refleja como una mancha oscura. Nadie más vive ahí. Me alivia que demore en contestar, tal vez se haya olvidado de mí y pueda irme. A veces pienso en los departamentos vacíos de ese edificio como depósitos de su memoria afectiva.
Mientras espero que responda, con esa voz que es también la voz de una madre nueva, me pregunto en qué momento dejó de teñirse el pelo para llevarlo blanco y largo. Cuando vamos juntas en el ascensor callamos hasta llegar a su puerta. Me gusta el consultorio, el sillón gris en el que me siento cada vez y hago girar los almohadones o los aprieto entre mis manos.
El shock te saca de la realidad, pensemos en los deportes de alto riesgo y en lo que está en juego. Eso es lo que la doctora dice, mientras cruza las piernas sobre la silla desde la cual me mira con sus ojos aguamarina. Sus ojos me recuerdan a los de mi abuela materna, la que me enseñó el truco de rellenar los bolsillos. De eso se trata nuestra saga familiar, de rellenar todo lo que pueda quedar hueco. Hago girar los almohadones entre mis manos y comienzo a hablar. Voy a decirle esto, es lo que sucede cada vez. Miro los dispositivos antirrobo desde la vidriera del local, son unos minutos, me acerco a la puerta, hay una línea divisoria justo ahí, el lado A se conecta con el lado B, afuera y adentro, una línea divisoria entre dos antenas de seguridad, esas antenas podrían ser mi arco de triunfo, si salgo entera, si gano. Usted cree que es un pedido de auxilio, una escena compensatoria. Pero no es así. Cuando salgo del peligro, cuando cruzo la línea que divide lado A y B, y estoy en la calle otra vez, cierro los ojos, y lo que siento, además del flujo de la sangre en las sienes, es un estado de renovación, una prórroga a la luz del sol.
4
Bajamos por el ascensor en silencio, miro sus manos delicadas, sostiene el llavero de bronce que pareciera una extensión de su portero eléctrico. Cuando llegamos a la planta baja y el ascensor se abre, nos quedan tres metros hasta la puerta de vidrio, nos saludamos con un beso, ella dice hasta la semana que viene, y agrega si tenés una emergencia, escribime. Nunca le escribo, aunque lo haya intentado alguna vez, metida en un probador, sumergida en ese trance, con el corazón desatado. En ese contexto intenté escribirle un mensaje que borré por vergüenza.
Cada vez que nos despedimos tengo el impulso de volver y golpear la puerta para exigirle que me abra y que me cure, que se ocupe, que para algo es ahora una madre nueva. Pero no lo hago, camino hacia la boca del subte.
Estoy otra vez en el conducto de la calle Moldes, mis pasos son lentos, mientras camino trato de recordar sus palabras para insertarlas luego, en la noche, en cada hueco. Ya no veo la figura del edificio que se dibuja con sus pisos superpuestos y balcones, lo que veo es la conjunción del follaje verde de los árboles. A medida que avanzo, el paisaje brilla con los colores del otoño, como si atravesara diversas zonas climáticas. Pienso en Moldes como un puente que me conecta con el sillón en el que me acuesto cada semana para buscar las palabras que necesito, para darle voz a esa fuerza incontenible que me pone en peligro cada vez. De modo que camino por las veredas de siempre, pero también cruzo el puente psíquico que me acerca y me aleja de ella. Sus ojos sugieren una proximidad genética entre nosotras, son idénticos a los de mi abuela materna, la que me enseñó el truco de rellenar los bolsillos. Un labial, un rubor, un esmalte de uñas, un chocolate.
