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«¿Qué es la verdad sino una forma de percibir las cosas? La delgada línea que separa la creencia de la realidad es, también, una elección. Cuando más tarde despierte sobre el parqué con un moretón en la frente y el vómito pegado a la ropa, surgirán muchas preguntas. Todas las respuestas estarán equivocadas». Carmen administra propiedades de alquiler temporario. Con ese trabajo anodino y una soledad que se empeña en no abandonarla, transita la vida. Hasta que conoce a Manuel, un enigmático inquilino que desde el principio despierta su atención. Muy pronto, él comienza a dar muestras de que no tiene intenciones de moverse ni del departamento alquilado ni del corazón de Carmen. ¿Qué ocurre cuando un manipulador entra sin aviso y reconfigura tu mundo desde adentro? Temporal es la historia de un amor quebrado, pero también un policial apasionante, en el que las certezas se desmoronan y todos ocultan algo. Porque cuando nada es lo que parece ser, todo puede complicarse más allá de los límites de la lógica.
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Seitenzahl: 273
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Carina Mermelstein
Temporal
NARRATIVAS
Mermelstein, Carina
Temporal / Carina Mermelstein. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6726-05-6
1. Novelas. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. 3. Relaciones de Pareja. I. Título.
CDD A860
© 2025, Carina Mermelstein
Primera edición, septiembre 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Editora Javiera Pérez Salerno
Jefa de corrección María Nochteff Avendaño
Corrección Virginia Avendaño y Karina Garofalo
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Imagen de tapa generada con el soporte de IA
Conversión a formato digital Estudio eBook
Libro de edición argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
pampublicaciones.com.ar | [email protected]
Para mis padres, Margot y Ricardo
Al asco le siguen las náuseas, luego el vómito. Una, dos veces. El reflejo vagal es una reacción común frente a un estímulo fuerte e inesperado, pero el reciente inquilino de la calle Nicaragua 5949, 3.º C no lo sabe. Por lo menos no en este momento. Solo ha intentado colgar un cuadro en la pared: una pequeña lámina enmarcada, con una foto del puente de Brooklyn.
Durante los instantes que preceden a la caída, intenta, al menos, repasar algunos detalles que expliquen el acontecimiento. La férrea negativa del encargado del edificio cuando él le pidió ayuda para la tarea. La frase de su vecina, esa misma mañana: “Espero que vos no traigas problemas”, acompañada de la mirada acusadora de quien sabe algo más que los demás. La prudencia con la que había intentado ejecutar la maniobra, respetando el horario de la siesta a rajatabla. El denodado esfuerzo que le había demandado tener que correr un simple sillón para alejarlo de la pared. El clavo, que yace perdido, sobre el piso flotante. El pesado martillo que todavía cuelga de su mano derecha.
Nada explica el enorme trozo de pared que acaba de caer. Ni el olor fétido, penetrante como la misma muerte. No logra evitar el lagrimeo en los ojos. Le parece, no es seguro, que hay algo dentro del hueco. Algo con piel humana: cree distinguir las hebras de una cabellera. ¿Un cadáver?
Su mano derecha pierde fuerza. El martillo caerá sobre su pie en cualquier momento. Hace algunos cálculos rápidos, erráticos, para eludir la trayectoria. El campo visual va esfumándose, le flaquean las piernas.
Cree que el cuerpo, “eso” que está allí adentro, se ha encorvado. Como si imitase el movimiento de su propio torso cuando se dobla antes de desvanecerse. Quiere asirse del respaldo del sillón. No puede.
¿Qué es la verdad sino una forma de percibir las cosas? La delgada línea que separa la creencia de la realidad es, también, una elección.
Cuando más tarde despierte sobre el parqué con un moretón en la frente y el vómito pegado a la ropa, surgirán muchas preguntas.
Todas las respuestas estarán equivocadas.
Policía Federal Argentina
Comisaría 14
Diligencia: Constancia de la instrucción
En la Ciudad de Buenos Aires, siendo las 22:00 horas del día 8 de abril de 2024, la instrucción hace constar: Que alrededor de las 16:00 horas del día de la fecha, fuimos comisionados por la Policía de la Ciudad para apersonarnos en el domicilio de la calle Nicaragua 5949, 3.º “C” de esta capital. Arribados al lugar somos recibidos por el subinspector […] y el cabo […] quienes informan que fueron alertados por un llamado al 911 que daba cuenta del hallazgo de un cadáver […]
[…] una vez ingresado al inmueble, se constata la presencia de un cuerpo humano en estado de descomposición, ubicado en forma vertical, de pie, dentro del hueco de una pared lateral que linda con la cocina, de la cual se ha desprendido un trozo de mampostería que deja ver parte del interior del hueco. Personal del servicio del SAME que se encuentra en el lugar, constata el deceso y se da intervención al juez instructor y fiscalía de turno, que autoriza el comparendo del departamento forense y posterior traslado a la morgue judicial. No se hallaron documentos identificatorios. Se labró acta de inspección. Se procedió a identificar posibles testigos…
Es todo cuanto puedo informar. Raúl Sánchez Prado. Comisario Inspector.
El mensaje le llegó por Instagram: “¿Me pasás info?”. Brevísimo, sin un “hola” antes, ni un “por favor” al final. Una costumbre bastante más común de lo que Carmen habría deseado. No podía quejarse, el negocio del alquiler temporario pagaba las cuentas y le permitía ahorrar. En definitiva, los turistas, amén de sus pocos modales, continuaban llegando.
Le respondió lo de siempre: el precio en dólares, estadía mínima de tres noches, pago por adelantado, depósito en garantía y prohibidas las mascotas. A los pocos días, el usuario @manu61 reapareció dispuesto a contratar.
Quedaron en encontrarse el miércoles a las tres de la tarde. Carmen le envió las coordenadas de cómo llegar a Nicaragua 5949. Él ya estaba en la puerta cuando ella llegó, su metro setenta y pico ligeramente apoyado sobre la baranda de la escalera de acceso. A sus pies, un pequeño bolso de cuero. Carmen no era de fijarse demasiado en la apariencia de sus huéspedes; sin embargo, le fue imposible no reparar en Manuel Aguirre.
Qué es lo que despierta el deseo, eso lo sabe cada uno. En el caso de Carmen, no fue el aspecto físico de su visitante, sino su voz. Más bien, la confianza que volcaba en sus palabras. Eso, y las canas sobre el cabello oscuro. Si tuviera que resumirlo, diría que le impresionó como alguien dispuesto a arreglar todo lo que estaba mal.
Subieron. Carmen intentó abrir la puerta del 3.º C, pero no pudo. La llave daba medio giro y se trababa. Probó con otra que traía en el bolso. Ninguna funcionaba.
―No te puedo creer ―farfulló mientras lo intentaba una vez más.
―¿No abre? Dejame que pruebo yo. ―Manuel puso manos a la obra. No hubo caso.
―Mil perdones, es la cerradura que a veces se traba.
―¿No hay otra llave?
―Ya probé con las dos. ―Carmen se tomó la cara con las manos, visiblemente consternada.
―Con una cerradura inteligente esto no te pasaría.
― Sí. Es que… Bueno. Te pido mil disculpas, tengo que hacer venir al cerrajero.
―¿Y está cerca?
―Acá nomás, pero bajemos que no tengo señal.
El cerrajero podía llegar en una hora. Carmen ahogó el insulto, no le quedaba otra alternativa que esperar y perder el cliente. Se disculpó con Manuel, dispuesta a aguantar la queja, la típica respuesta del turista desilusionado, el “cómo puede ser”. En cambio, Manuel respondió que tenía tiempo, que podían ir a tomar algo mientras lo esperaban.
A Carmen le volvió el alma al cuerpo. No solía tratar con gente tan amable y dispuesta a dar una mano. En minutos, logró ubicar el bolso de Manuel con el guardia de seguridad, quien lo cuidaría hasta que regresaran. Caminaron un par de cuadras, hasta un pequeño café de especialidad, repleto de gente. Solo quedaban un par de butacones en la barra, que Manuel se encargó de ocupar mientras ella gestionaba unos cortados y una porción de budín marmolado en el mostrador.
―Tendría que haber ido yo ―comentó cuando ella acercó la bandeja―. Fui educado a la antigua.
―De ninguna manera, lo menos que puedo hacer es invitarte el café después del garrón que te hago pasar.
―¿Lo decís por lo del departamento? Porque si es por la compañía, no me puedo quejar.
Manuel la miró por encima de la taza. La frase lo insinuaba todo, aunque Carmen prefirió esquivar el comentario. Temía que su agradecimiento hacia Manuel pudiese ser malinterpretado. De todas formas, él cambió de tema.
―Es increíble cómo cambió toda esta zona. Hace años que no venía.
―¿De dónde sos?
―De Mendoza.
―No tenés acento.
―Es que en realidad soy porteño. Me fui a Mendoza por unos negocios, hace diez años. ¿Y vos? ¿Cuál es tu historia?
Carmen era reservada con los huéspedes. No le gustaba andar ventilando intimidades, aunque tampoco le habían preguntado. Ya tenían algo en común, por lo menos a medias: los dos venían del interior. Eso le resultó suficiente como para explayarse sobre su pasado: había nacido en Córdoba capital, vivió allí hasta los siete años, cuando sus padres se separaron y se vino con su madre a Buenos Aires. De su padre supo poco hasta que la contactó, hará unos dos años, para recomponer la relación. Su madre continuaba afincada en la ciudad y se veían poco.
―¡Qué coincidencia! ―exclamó Manuel luego del pequeño resumen biográfico―. Mi hijo también se vino con la mamá, por eso estoy acá.
―¿Estás divorciado?
Carmen se mordió la lengua. La pregunta, un tanto incómoda, se le había escapado de la boca. Sus temores se disiparon al minuto, cuando él continuó la charla admitiendo que sí, aunque era incorrecto decir divorciado. En realidad, nunca se casó con su exmujer, solo habían convivido. El amor se había terminado y había dejado paso al roce insoportable de la convivencia forzada, hasta que decidió separarse. Entonces sobrevino la catástrofe: ella decidió venirse a Buenos Aires con Joaquín.
―¿Así se llama tu hijo?
―Sí. ¿Te muestro una foto?
En la pantalla de inicio del celular, Manuel se abrazaba a un chico muy alto, de espaldas anchas, que sonreía a la cámara con entusiasmo. Carmen calculó que tendría unos quince años, más o menos.
―Es casi un hombre, el mes que viene cumple dieciséis ―comentó él, como si le leyera el pensamiento.
―¿Y viniste a visitarlo?
―Al principio sí. Vine con la idea de visitarlo, pero no lo vi bien. Estoy pensando en quedarme un tiempo largo.
―Toda una decisión.
―Sí, totalmente. Tendría que arreglar algunas cosas allá en Mendoza, tal vez irme cada tanto. Pero ayer, cuando llegué y lo fui a buscar, me di cuenta de que me estoy perdiendo mucho de su vida estando tan lejos. ¿Vos tenés hijos?
―No. No tengo ni pareja, menos voy a tener hijos.
Otra vez. ¿Por qué tenía que ser tan explícita? ¿Por qué no le contestaba que no y listo? ¿Era necesario aclarar que no tenía a nadie en su vida?
―Bueno, que no tengas pareja no significa que no puedas tener un hijo.
―En eso yo también fui educada a la antigua, como me dijiste. Pensé en formar familia, pero no se dio.
―Ojalá mi ex valorara lo que es una familia. Y lo que Joaquín significa para mí.
La conversación amenazaba con volverse demasiado íntima, sentimental. Manuel había perdido su expresión vivaz y se mostraba taciturno, casi abatido. Carmen se compadeció de su situación, a la vez que la nostalgia por lo perdido le resultaba familiar; otro punto en común. Ella también sentía que estaba perdiéndose algo de la vida. No pensaba en tener hijos, pero le atraía la idea de encontrar un hombre con quien compartir una familia ensamblada. Puede que se tratara de una ilusión. Algunas amigas que salían con hombres divorciados hablaban pestes de sus hijos, a los que señalaban como insufribles consentidos por la culpa del divorcio. Contuvo las ganas de preguntarle a Manuel si había formado una nueva pareja.
―¿Hace mucho que estás en esto de los alquileres temporarios?
―Un poco. En realidad, antes administraba algunas propiedades para otros, pero decidí pasar al negocio propio. Ahora lo hago para mí.
―¿Y se mueve? Es decir, ¿hay público para esto? Porque me imagino que en la pandemia no debe haber dado un peso.
―En esa época yo no estaba en los alquileres temporarios, pero sé que fue terrible. Después, con el boom de turistas, repuntó. Y ahora estamos en un equilibrio. Hay gente, pero no todo el tiempo. ¿Y vos? ¿Qué hacés en Mendoza?
Manuel no llegó a responder. Anunció que volvía y avanzó hacia el fondo del local. Ella supuso que iba al baño. Al cabo de unos minutos el roce en la espalda la sobresaltó. Manuel había apoyado la mano sobre su omóplato, y lo que ella interpretó como una caricia furtiva no era más que un modo de sacarla de su ensimismamiento: no había advertido que sonaba su celular. El cerrajero llamaba para avisarle que el problema de la puerta había sido resuelto. Carmen hubiese preferido que la conversación con Manuel siguiera su curso.
Ya en el departamento, luego de la recorrida y las explicaciones de rutina, ella reiteró las disculpas, pero Manuel le aseguró que la demora había valido la pena. Dispuesta a irse, su mente le jugó una mala pasada, inducida, en parte, por la forma en que él dejó caer la frase, un sugestivo: “¡Ah! Me olvidaba”. Estaba segura de que él le pediría que se quedara un rato más y no sabría qué responder. Era algo imprudente mezclar las cosas con un inquilino recién llegado. Por eso, no estaba prestando demasiada atención cuando Manuel preguntó:
―Si necesito quedarme algunos días más, ¿el departamento estará disponible?
―Sí. Sí. Claro que puedo…
Carmen recalculó. Ni era la pregunta que esperaba ni su respuesta había sido la correcta. Pero cuando estaba a punto de aclararlo, el teléfono volvió a interrumpirla: el cerrajero esperaba en el palier para cobrar el trabajo.
―Viste que te dije que estoy pensando en quedarme en Buenos Aires ―continuó Manuel.
―Sí, pero…
―Con lo cual necesitaría un tiempo, ver alternativas.
―Mirá, Manuel, el cerrajero me espera abajo y…
―Yo creo que con dos meses puedo manejarme más que bien. Eso me daría un poco de aire para ver si puedo organizar mis negocios en Mendoza, buscar un departamento más grande.
―¿Podemos ver esto en otro momento? Porque me está esperando…
―Necesito definirlo, porque, si no, tengo que salir a buscar otro lugar.
Su pedido contrariaba las reglas. Los alquileres mensuales eran un problema, además de un mal negocio. Con ese pedido, Manuel estaba ingresando en la categoría de inquilino prohibido. Solo que después de la hermosa charla que habían tenido no pretendía meterse en una discusión inoportuna.
―Yo te hice la gauchada de esperar al cerrajero, dame un poquito de tiempo a mí ahora. No tengo problema en pagarte ya mismo. Y te olvidás del tema. Si no lo tenés ocupado todo el tiempo, conmigo eso lo tenés solucionado. ¿Qué me decís?
Otra vez el teléfono. El cerrajero no podía esperar más tiempo. Carmen no quería parecer descortés con el reciente huésped, pero se tenía que ir, así que respondió de modo automático, la mente vagaba por otros lados.
―Dale, dale. Lo arreglamos. Me tengo que ir.
En ese momento, Manuel la abrazó, envolviéndola por completo en un perfume dulce, penetrante.
―Gracias, ¡gracias! Sos divina ―agregó, soltándola.
Carmen no dejó de preguntarse por qué le había dado las gracias de ese modo. Ya en la planta baja, mientras buscaba el dinero en su cartera, intentó recordar en qué había quedado con Manuel. ¿Cómo es que no lo tenía presente?
―Le va a costar un poco más de lo que le dije ―anunció el cerrajero, con lo que bloqueó una vez más sus pensamientos.
Carmen levantó la vista de su cartera, ofuscada.
―¿Por qué? ¿Si quedamos en algo?
―Sí. Pero usted no me dijo que la cerradura estaba forzada. Tuve que trabajar un montón para desbloquearla.
―¿Cómo forzada?
―Sí. No sé, como si alguien hubiese querido meter una ganzúa o algo. La próxima llámeme antes de meter mano usted. Así la va a romper y va a tener que poner una nueva.
¿Alguien había querido entrar al departamento? Eso no tenía ningún sentido. Supuso que el hombre le acababa de inventar una excusa para cobrarle de más.
El tema volvió a sacudirla pocos días después. Un apacible domingo de sol, Manuel la llamó para avisarle que no había podido entrar al departamento. Ya no sonaba tan amigable ni tan paciente como la primera vez. Había salido a hacer unas compras y al regresar la llave no había funcionado. No tenía más remedio que ir a socorrerlo.
Lo encontró plantado en la puerta del edificio, fastidiado. No esperó ni medio segundo para llenarla de quejas. Que cómo podía ser, que por qué no instalaba una cerradura electrónica, que estaba perdiendo todo el domingo y otras cosas más. Ella reiteró todas las disculpas que pudo. Para peor, el cerrajero que había podido conseguir de emergencia llegó tranquilo, como si le sobrara el tiempo.
Antes de poner manos a la obra pidió que le facilitaran las llaves: la puerta se abrió con total normalidad. El cerrajero lo observó impávido, como quien debe guardarse la opinión para no agregar leña al fuego. Opinión que el propio Manuel verbalizó en sentido contrario.
―No puede ser. Juro que no me funcionó. No soy tan boludo.
Carmen tenía muchas ganas de rebatir esa idea. Sonrió para evitar insultarlo.
―Son cosas que pasan, no te preocupes ―soltó, disociando su conducta para no mandarlo a la mierda.
―Habrá sido la humedad ―opinó el hombre de las mil llaves, como si quisiera justificar la abultada suma que cobraría a continuación―. Si no me necesitan para otra cosa, me voy.
―Yo también debería irme ―dijo Carmen.
―Esperá, Carmen. Yo te juro que…
―Sí, Manuel, ya está. Me voy a casa.
―Es que me quedo mal por esto. No sé. Ya que te viniste hasta acá, ¿qué te parece si vamos a almorzar?
―¿A almorzar?
¿El tipo me dijo de todo y ahora me invita a almorzar? ¿No sería mejor una disculpa?, pensó.
―Sí. Había quedado en pasar a buscar a Joaquín, pero con todo esto tuve que cancelar.
―Ah, perdón.
¿Por qué le pido perdón si el que no pudo abrir la puerta fue él?
―Tenía ganas de ir a una parrilla. Salvo que me digas que sos vegetariana, como todas las minas de ahora.
“Todas las minas de ahora”. Carmen odiaba ese tipo de comentarios, pero no quería discutir. Por otra parte, el plan no le parecía tan descabellado. Ella también había tenido que interrumpir sus planes y no tenía nada mejor que hacer.
―Bueno, dale.
Manuel le pidió que lo esperase unos minutos; se iba a cambiar y saldrían. Recién entonces ella advirtió el detalle: no vio que Manuel llevara alguna bolsa. ¿No le había dicho que se había quedado en la calle luego de salir a comprar algo? ¿Ella habría entendido mal? En eso pensaba cuando Manuel salió de la habitación, arreglado y perfumado. Fuera como fuese, sus ojos se concentraron en un paisaje que habría de disfrutar por varias horas.
―Hay un lugar al que me encantaría llevarte, pero es un poco lejos ―comentó Manuel.
―¿Muy lejos?
―Olivos.
―No es lejos ―Carmen rio―. Estoy con el auto. Es de mi vieja; como ella casi no lo usa, me lo presta.
―¡Qué bien!
Eligieron una mesa a la sombra, en la calle, a pocos metros de la baranda que los separaba de las aguas turbias del río. Atribuyéndose aires de buen conocedor, Manuel ordenó la comida para ambos y ella lo dejó hacer. En ningún momento planteó alguna objeción o preferencia, lo que él eligiera estaba bien. No conocía el lugar, por lo que él se mostró muy interesado en explicar que el restaurante había sido fundado por el padre de Nélida Alfonso de Dominicis, a quien llamaban la Nelly, de allí el nombre que coronaba el cartel desde hacía cincuenta años. Le gustaba porque se llamaba como su madre, Nélida. Sin que ella le preguntara nada, comenzó a hablar de los recuerdos de la infancia, de las veces que había estado allí con sus padres, de cuando las mesas se ubicaban entre los areneros de la zona y no había edificios ni plazas ni food trucks. Carmen lo escuchaba, entre maravillada y envidiosa, pues ella no podía traer a la mesa una escena como aquella. No tenía en la memoria la imagen de una familia feliz almorzando al aire libre. Ni del otoño ni de ninguna estación del año. Le resultó irresistiblemente tierno que quisiera hacerla partícipe de momentos tan íntimos. No era la primera vez que se explayaba sobre la familia, debía ser un tema importante para él.
En las tres horas, hablaron de todo un poco, de la actualidad, de lo estresante que era la vida en Buenos Aires, de los viajes. Carmen contó que su sueño era visitar la India. Manuel opinó que era demasiado arriesgado y relató su última aventura en el sur de Chile. Carmen confesó que era muy mala para el deporte, pero que amaba el yoga, y que lo practicaba religiosamente dos veces a la semana. A él le pareció una actividad demasiado tranquila y ella lo desafió a que participara de una de las clases. Manuel declinó y relató, con orgullo, la habilidad de Joaquín para el fútbol. Carmen dijo que prefería el verano; Manuel, el invierno. Evitaron la política y coincidieron en la comida. A los dos les gustaban el asado y las empanadas.
La buena mesa, el sol y algo de vino sirvieron para archivar, definitivamente, los malentendidos de la mañana. Cuando el lugar parecía casi vacío, Manuel sugirió que regresaran, no al departamento de él, sino a casa de ella. Desde allí, él tomaría un taxi.
Continuaron conversando en el auto. Apenas ella estacionó en la cochera, Manuel se desabrochó el cinturón y, girando hacia ella, le apoyó la mano en el muslo. La atrajo suavemente hacia él y la besó. Carmen respondió con la misma intensidad con la que él movió su mano desde el muslo hacia el pecho: le levantó el suéter y acarició la piel bajo el corpiño. Carmen gimió de placer, pero cuando los dedos de Manuel comenzaron a desabrocharle el pantalón, lo detuvo.
―Pará, Manuel ―pidió.
Manuel se retiró hacia atrás mientras ella se acomodaba la ropa, la respiración agitada. Los cristales del auto se habían empañado ligeramente.
―¿Vamos arriba, a tu casa?
―No.
―¿Por qué?, ¿qué pasó?
―No. Nada. No sé. ―Carmen bajó la ventanilla, el aire se sentía demasiado cargado.
―No te entiendo. Lo estábamos pasando bien.
Manuel intentó besarla otra vez. Ella buscó distanciarse.
―No es eso.
―¿Entonces?
―Es la situación. Vos y yo. No está bueno, Manuel. Sos mi inquilino y…
―¿Y eso qué tiene que ver?
―No hay que mezclar las cosas.
Manuel volvió a acomodarse en su asiento, el ceño fruncido.
―Fuimos a almorzar, la pasamos bien, creo que pegamos onda, ¿no? ¿Qué es lo que estamos mezclando?
―Me parece que estás entendiendo mal. Yo…
Manuel ya no la miraba. Habló al aire, como si hubiese alguien más con ellos.
―¡Ah! Ahora caigo. Como te alquilo el departamento, entonces no podemos pasarla bien juntos. ¿Por qué no me lo dijiste cuando te invité a comer? Me hubieses ahorrado el trabajo.
―No tiene nada que ver lo que estás diciendo. Son cosas totalmente distintas. Un almuerzo no significa nada.
Giró para verla de frente.
―Para vos será así, pero si yo invito a una chica que me gusta, algo significa.
Carmen recordó el pensamiento que la invadió esa mañana, ¿acaso él había fingido lo de la cerradura para invitarla a salir? Demasiado rebuscado. Carmen abrió la puerta del auto, hizo ademán de bajarse. Él quiso tomarla del brazo.
―¿Adónde vas?
―Ya está, Manuel, vamos. Yo subo a casa y vos podés tomarte el taxi, como quedamos.
―No, nada de taxi. Hablemos ahora.
―¿No te parece que le estás dando demasiada importancia?
―Para nada. Solo quiero que queden claras las cosas entre vos y yo.
Carmen suspiró. ¿Qué le pasaba a Manuel con ella? Aunque también debería preguntarse qué le pasaba a ella con Manuel. Era cierto lo que él decía, la estaba pasando bien. Tal vez, demasiado. Y hubiese querido seguirla en otro lado. Pero intimar con su cliente era riesgoso. Otra de sus reglas era no mezclar negocios con placer. A Manuel eso no parecía preocuparle, o no lo había entendido, y ella debería reforzarlo. ¿Cómo decirlo sin ofender?
―Manuel, me parece que está claro. No es que no me gustes. Pero no mezclo negocios con placer. Yo te alquilo un departamento. Si llevamos esto a otro plano y después surgen problemas…
―¿Qué problema puede haber?
―Qué sé yo, que no me pagues o no quieras irte.
―¿Eso pensás de mí? Yo te pagué todo, tal como quedamos. Y no sé de dónde sacás que no me voy a ir.
―Primero me pediste tres días, después me saliste con dos meses…
―¡No te puedo creer! ―Se lo notaba enojado―. Yo te pregunté el primer día si me podía quedar unos días más y me contestaste que no había problema. Y llegamos a un acuerdo. ¿Ahora querés tirar todo para atrás? Esto es de locos.
Manuel se bajó del auto. Empujó la puerta de un golpe que hizo sobresaltar a Carmen, pero no tardó en volver a abrirla y colarse de nuevo en el habitáculo. Carmen saltó del asiento. Él la imitó, sus miradas se enfrentaron por encima del techo.
―¿Qué te pasa por la cabeza, Carmen? Vos te lo perdés.
Los hechos no suceden, como algunos creen, por la intervención del azar. No se trata de casualidades, sino de decisiones. Al llegar a este punto, cuando Carmen se quedó a solas en la cochera, no pasarían más de diez minutos para que se arrepintiera de lo ocurrido. Cómo saber si la decisión provino de una emoción carente de todo raciocinio o de un convencimiento verdadero. Lo cierto es que, transcurrido ese tiempo, el mensaje “No te enojes. Hablemos” viajó por la red para morir, ignorado, en el teléfono de Manuel.
Carmen no se cuestionó el haber “aflojado”. Al contrario, al ver que Manuel no le respondía se preguntó si no debería haberle pedido disculpas. Cada vez que revisaba el teléfono y comprobaba que no tenía ningún mensaje, más se convencía de que él tenía razón. Pensándolo bien, no eran más que dos personas adultas que querían vivir un buen momento. Eso no quería decir que fuesen pareja ni que él pudiese abusar de esa confianza. Pero de nada le servían las tardías reflexiones, él no acusaba recibo de sus palabras.
Al cabo de algunas horas de silencio, decidió que sería mejor dar por terminado el tema y evitar a Manuel hasta el final de su estadía. Siempre que no hubiese más problemas de llaves u otra cosa, sería lo mejor para todos.
Manuel no pensaba lo mismo.
La tarde siguiente, al salir de su clase de yoga, Carmen tropezó con un ramo gigante de flores. Lo vio apenas puso un pie en la vereda: Manuel sonreía como si nada hubiese pasado.
Sala llena. Aplausos. Aurelia saludó al público, satisfecha. Que le permitieran dar la conferencia de cierre del evento no había sido fácil, muchos descreían del poder de su convocatoria. “Tus ideas son el pasado, hay un nuevo paradigma y los jóvenes buscan otra cosa”, eran algunas de las excusas contra las cuales debió luchar para estar en el último minuto del Duodécimo Congreso Internacional de Marketing y Comunicación. Ahora que dejaba atrás el escenario ―con una estela de vítores― y se dirigía al salón donde se llevaría a cabo el brindis de honor, pensó que aquellos que la daban por jubilada deberían retirar sus palabras. Que nadie le dijese que eso no era el éxito, pues todos buscaban lo que ella lograba. Lo medía todo el tiempo, cada vez que insertaba un comentario gracioso, cada vez que guardaba un silencio para crear expectativa, cada vez que remataba la idea con una frase.
El mozo la recibió con una copa de vino blanco. Bebió un sorbo y contuvo la mueca de desprecio. Los problemas de presupuesto se reflejaban en esos detalles: una bebida barata e insulsa. No quería ni pensar qué servirían de comer. De todos modos, mantuvo el cristal en la mano mientras paseaba por el salón en busca de caras conocidas.
―¡Aurelia, querida, ahí estás! ―Uno de los disertantes españoles la interceptó―. Ven, justo estábamos hablando de ti.
“Estábamos” incluía a los cinco grandes oradores de la jornada, entre ellos quienes la consideraban un dinosaurio del pasado. Ninguno llevaba corbata, una costumbre que, a su pesar, se había instalado definitivamente en la pandemia, aunque los vientos de cambio soplaran desde antes. El estilo descontracturado, en estos hombres, no dejaba de ser anodino. Sobre todo porque no parecían más jóvenes, como pretendían, sino todo lo contrario.
―Tu conferencia ha sido magnífica. Toda una revelación ―la alabó el español, acompañado por un asentimiento mudo de los demás interlocutores―. Y me han comentado que estás por publicar otro libro.
―Sí, así es.
Aurelia sonrió. Al otro lado del salón divisó un grupo que le resultaba más interesante y calculó el tiempo que le llevaría salir de este: antes debía cumplir con los buenos modales.
―Es una edición actualizada y ampliada de mi última obra ―aclaró.
―¿Fundamentos…? Me encantó ese libro. ―Los demás volvieron a asentir.
¿Era idea de ella o los demás se habían puesto incómodos con su aparición? No los notaba muy interesados en lo que ella pudiera explicar. Más bien, parecían querer interrogarla acerca de otra cosa, algo como un “vamos, dinos a quién le copiaste las ideas”.
Una moza apareció con unos canapés de jamón crudo. ¿Qué habría sido de la vida del salmón? Aún estaba a tiempo de avisar a su casa para que le guardasen la cena, pero el grupo la retenía con más preguntas que ella evitaba responder. Eludió la cuestión de la mejor manera que pudo. La excusa que buscaba para abandonar el grupo la encontró con solo levantar la vista. Partió con la amabilidad suficiente para dejar conforme al español y con expectativas al resto. Ya hablarían mal de ella cuando se alejara. Apresuró el paso hasta un hombre canoso, de impecable traje, moño y bastón, que estaba por servirse una copa del mismo vino blanco barato que ella.
―Te diría que pruebes el tinto ―lo interrumpió.
El hombre levantó la cabeza por un segundo. Regresó la mirada hacia la barra y tomó el vino blanco de todas formas.
―Siempre fuiste mala catadora ―acusó.
―¿Qué hacés vos por acá?
―¿No sería mejor que me saludaras primero? Un “hola, Osvaldo” es suficiente.
―Tenés razón. Es que me sorprendiste. El Osvaldo Carriego que conozco no suele aparecer en mis conferencias.
―Es cierto, pero esta vez no quería perderme el regreso de Aurelia Becerra a las tablas. ¿Cómo hiciste?
―¿Cómo hice qué?
―Que te dejaran hablar en el evento. ―Señaló con su bastón una de las ventanas, bajo la cual se ordenaban algunas sillas―. ¿Vamos para allá?
―Me convocaron ―respondió Aurelia.
Lo siguió, Osvaldo se desplomó sobre una de las sillas sin dejar de protestar por el tumulto. Aurelia permaneció de pie.
―Ya que vine hasta acá, haceme el favor de sentarte un poco, que me das dolor de cuello. ―Cuando ella se ubicó a su lado, prosiguió―: Vos sabés que somos del cupo políticamente correcto, ¿no? Les encantaría mandarnos a un museo.
―Eso lo dirás por vos. Yo no soy una pieza de museo. ¡Setenta y cinco años no son tantos! ¿Y vos? ¿Cuándo es tu próxima exposición?
―¡Supuestamente en un mes! En una galería privada. Pero lo complican tanto que lo estoy pensando. No entienden que la escultura necesita de una buena iluminación. ¿No dan de comer en este lugar?
―Lamentablemente, no.
Aurelia y Osvaldo mantenían la mirada en el gentío. Aurelia con las piernas delicadamente cruzadas, el vestido azul marino largo hasta el tobillo, los codos descansando sobre las rodillas. Carriego, en cambio, se despatarraba sobre el asiento, las piernas abiertas con el bastón al medio y las dos manos sobre la empuñadura. Ambos guardaban la esperanza de dar con algún canapé, pero lo único que circulaba eran las bandejas con los mismos sandwichitos de hacía rato.
―¿Cómo estuvo la conferencia?
Aurelia lo miró.
―Deberías saberlo. Recién me dijiste que no te querías perder mi regreso a las tablas.
―Te mentí. No me interesaba para nada tu conferencia.
―No tengo tiempo para tu humor negro, o como sea que se llame tu comentario. Tengo gente esperándome. ―Aurelia se levantó.
―Necesito hablar con vos. Te llamé como tres veces esta semana.
―Estuve ocupada con lo de la conferencia. Hubieses dejado el mensaje a mi secretaria.
―¡Lo hice! Deberías hablar con esa nena que tenés de secretaria para que te pase mis mensajes. ―Suspiró―. Te quería decir que no me gusta esa chica a la que le dimos el departamento. ¿Cómo es que se llama? Carmen.
Aurelia estaba a punto de marcharse y se detuvo.
―¿Vos viniste hasta acá a decirme eso?
―También vine para comer gratis. Aunque veo que la opción no está disponible.
―No puedo quedarme a conversar con vos. La martillera la recomendó, tiene buenas referencias, cumple bien. No sé qué pretendés.
