Teoría de la resta - Flavia Company - E-Book

Teoría de la resta E-Book

Flavia Company

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Beschreibung

Un libro sabio que reflexiona sobre la vida con empatía, tolerancia y sensibilidad. Una visión en torno a la existencia como un camino hacia la reconciliación. Osamu ha escrito la Teoría de la resta para que Haru, su hija, la encuentre y la lea el día que, ya anciana, vuelva a casa para saber y entender. Allí le espera un gran milagro.

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Seitenzahl: 62

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Teoría de la resta

 

 

Primera edición: febrero de 2022Primera edición en digital: diciembre del 2023

© Flavia Company, 2022

Derechos negociados a través de Ute Körner Literary Agent.

© Editorial Comanegra

     Consell de Cent, 159

     08015 Barcelona

     www.comanegra.com

Edición: Mònica Montoriol

Diseño de colección: Cómo Design

Diseño de cubierta: Irene Guardiola

Ilustración del kanji de la cubierta: Flavia Company

Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-19590-73-2

Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Teoría de la resta

Osamu

 

 

A la comunidad Haru, con gratitud y contento

 

 

«En la vida, como en el shodo, es importante concentrarse en cada acto, en cada palabra, en cada pensamiento. Hacer del todo quiere decir hacer sólo aquello. Entregarse. Permitir que la vida fluya es interceptar la intervención de la mente, cortarle el paso, descubrirla, delatarla».

FLAVIA COMPANYMagōkoro

PRIMERA PARTELa llegada

 

 

Como el hielo y el agua, las ancianidades de padre e hija no están destinadas a convivir. Es necesario que desaparezca la primera para que se haga posible la segunda. Son lo mismo en tiempos distintos. Hechos de igual materia incompatible. Luz y oscuridad, unidas durante el breve lapso que dura la penumbra.

La mano del hombre añoso de ahora escribe sobre el hombre que ya no estará. Cada pincelada lo acerca a lo que imagina. Cada gesto es necesario y cada necesidad es un gesto.

La verá llegar desde lejos, por el camino de tierra flanqueado de ciruelos que conduce desde la entrada del pueblo hasta la casa. Se conmoverá al ver la lentitud de la hija, tan distinta del ímpetu de la infancia y adolescencia. Avanzará con los ojos entrecerrados y de vez en cuando se detendrá a mirar hacia los lados, incluso hacia atrás. Uno de los regalos que da la edad, la pausa.

Mientras escribe, Osamu no sabe todavía si volverá a verla antes de morir, no puede adivinar si Haru regresará al hogar cuando dé por terminada su ya prolongada estadía en la ciudad a la que ha ido a refugiarse de sí misma tras los años en el dojo. Desconoce los senderos por los que su vida va a bifurcarse y sin embargo está seguro, puede estarlo, de que cuando él haya desaparecido de esta existencia con la que ahora sostiene el aliento presenciará, desde aquel otro lugar que tantas veces ha entrevisto en sus meditaciones, el último retorno de la hija al hogar. Hay círculos que sólo se cierran al recorrer una línea recta en las dos direcciones y hasta el final.

Haru observará el cerezo, antes de abrir la cancela. Sus ojos sonreirán. Suspirará. Empujará con sostenida elegancia la pequeña puerta de madera y con un gesto enérgico desenganchará el obi, trabado en la aspereza de los travesaños, que habrán pasado tiempo sin los cuidados que él les dispensa año tras año. Una brisa suave y cálida moverá las flores, alguna parecerá ir a desprenderse de su rama, como a punto de convertirse en mariposa. Será primavera, el tiempo adecuado para ese largo viaje que Haru realizará a pie y que la llevará a detenerse tantas veces en el camino, tantas veces a pedir a unos y a ayudar a otros, tantas veces a escuchar el silencio de los pasos y el sonido de la tierra.

Se adentrará la hija con calma en el jardín, que la naturaleza se habrá encargado de mantener sano aunque salvaje, y antes de abrir la casa tras buscar la llave bajo la piedra más redonda de las tres que siempre ha habido junto a los escalones de ingreso, se acercará al estanque a ver los peces anaranjados. Retirará el quimono con cuidado para no mojárselo e introducirá la mano en el agua fresca y tranquila. Cerrará los ojos y recordará. Evitará llorar por la ausencia del padre, más reciente que la de la madre, tan hundida esta última en tiempos remotos.

Haru se descalzará justo al coronar el tercer escalón, el último. Dejará allí sus sandalias en una posición que sería capaz de reproducir con la memoria si alguien le preguntara sobre ella horas más tarde. Atención, atención, atención. Nadie puede llegar a saber nada si no da importancia a cada cosa.

El padre no podrá recibirla con un cuenco repleto de fruta recién cortada. Tendrá que imaginarlo, la hija, deberá adivinarlo, extrañarlo incluso. El cuenco estará allí vacío, apilado junto a otros. Habrá acumulado luz y polvo y sombras. Apenas algunas gotas del agua con que tantas veces lo habrá lavado.

Haru abrirá todas las puertas para que entren la claridad y la frescura de las primeras horas de la tarde. Y él la perseguirá invisible a todas partes con esa curiosidad a medio camino entre el cuidado incondicional y el juicio amoroso que sólo un padre o una madre pueden sentir por el ser humano que ofrecen al mundo.

La hija llevará hasta su antiguo dormitorio el sucinto equipaje con que habrá viajado y allí detendrá la mirada como si fuera a descubrir algo, como mira hacia el horizonte quien navega, a la espera de que aparezca la tierra, el lugar donde reposar antes de seguir, donde reponer todo lo que se ha terminado y de nuevo se necesita.

¿Qué estará buscando Haru si no una señal? ¿Por qué otra razón iba a volver? Caminará hasta la escuela, en la parte trasera de la vivienda, la gran biblioteca de diez tatamis donde Osamu ha recibido a sus alumnos de caligrafía, donde ha pasado horas de meditación y de lectura, donde se ha encargado de redactar cartas para tantos vecinos ajenos al arte de la escritura. Esa sala donde Haru lo ha visto tantas veces, donde lo ha espiado, escondida tras la fusuma apenas entreabierta. Y Osamu recordará en cuántas oportunidades elevó la voz para que Haru escuchase lo que debía aprender sin que él se lo enseñara directamente. Las lecciones de los padres pocas veces son bien recibidas por los hijos, cuya naturaleza, si es sana, debe mostrarse rebelde.

La recibirá el aroma de la paja seca, de la madera vieja. Los crujidos de la tarima al andar, como mensajes lejanos. La energía de voces pasadas, de numerosos trazos. De la tinta tanto tiempo callada y los pinceles limpios y dispuestos. Del papel por estrenar y de los cuadernos repletos de las notas que Osamu ha ido tomando año tras año.

Allí es donde la va a esperar el libro de las meditaciones. Lo va a descubrir en cuanto se acerque al lugar que más le gustaba investigar de pequeña, el secreter chino donde Osamu guardaba dibujos de caballitos de mar junto a los instrumentos necesarios para fabricar la tinta. Mientras él trabajaba, ella coloreaba aquellos corceles marinos que parecían salidos de la fantasía.

Allí se acercará su hija, abrirá las puertas lacadas en que dos grullas separadas por la cerradura conversan acerca de lagos secretos, y descubrirá la Teoría de la resta. Tardará en tomarlo entre sus manos, pero acabará por hacerlo, porque todas las personas necesitan ver el mundo de vez en cuando a través de la luz de ojos ajenos.