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Juan Chabás

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Beschreibung

Juan Chabás fue un articulista y ensayista de gran curiosidad intelectual. Se convirtió en un espectador privilegiado del periodo cultural más importante de la era contemporánea: la vanguardia artística. Su labor crítica, desde el artículo hasta la reseña literaria, está caracterizada por una prosa de gran belleza. Testigo de excepción reúne una variada muestra de su producción crítica sobre la literatura española de vanguardia de los años veinte y treinta del siglo pasado.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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JUAN CHABÁS

TESTIGO DE EXCEPCIÓN

CRÍTICA PERIÓDICA SOBRE LITERATURA DE LA VANGUARDIA

Introducción y selección de

Javier Pérez Bazo

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL

© Fundación Banco Santander, 2011

© de la introducción y de los textos, Javier Pérez Bazo

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-16950-35-5

En dilatadas horas de marea en retirada y quebrado el hombro por el peso de impúdicas sinrazones, permítame el lector que me dedique a mí mismo el aliento de este libro con una pizca de ternura. Y también a cuantos cuidan mi vigilia. Y a quien, muy obstinada, logre hacer transparentes las aguas removidas de nuestra existencia.

ÍNDICE

 La crítica de Juan Chabás sobre poesía y prosa de la Vanguardia, por Javier Pérez BazoCriterios de esta ediciónLos textos y sus fuentesBibliografía Aforismos sobre críticaTIEMPOS DE TRANSICIÓNEnrique Díez-CanedoVirtud de la elegancia [Epigramas americanos]José Moreno Villa[José Moreno Villa en el recuerdo][Moreno Villa, poeta y pintor]Mauricio Bacarisse[De vida corta, pero intenso fuego][Mitos][El paraíso desdeñado]Ramón Gómez de la SernaComposición y descomposiciónDomingo [El circo]Greguerías y banquetesEfigiesLa NardoLas terrazasEN LA VANGUARDIA ARTÍSTICA. EL ARTE NUEVOOrientaciones de la post-guerraSensibilidad literariaSensibilidad de nuestro tiempo, ILa nueva sensibilidad literaria [El Arte joven], IIContinúa, IIIEl resto no es literaturaSurrealismoSuperrealismoLiteratura y cine [Francisco Ayala: Indagación del cinema]Negro [Música de hoy]Música y literaturaArquitecturaTendencias populares [de las nuevas artes]LA JOVEN LITERATURAPerfiles de una «generación»La generación Vabum, la generación Majo y los nuevos[Antonio Machado y la joven literatura][Joven poesía]Sobre la joven literaturaAmistadViajes[Misiones culturales]Tricentenario gongorinoGóngora, Mallarmé y nuestros poetas jóvenesCentenariosUna jiraSobre GóngoraSoledades[Antología poética en honor de Góngora][Góngora en la Revista de Filología Española]F. García Lorca [Conferencia Imaginación, inspiración, evasión]ExabruptosCentenario de Góngora«Literatura contra literatura». La prosa del VeintisieteMicroscopia psicológica[Posibilidades de la novela nueva]Novelas de aventurasAcerca de la novelaSobre la novela, IProblema de la novela, IISobre la novela, IIIAforismosHorizonte de novelaREVISTA DE REVISTASLas revistas[Vida más larga de las revistas][Apunte sobre revistas]Revistas juanramonianas[Índice, Sí, Ley]Vida clara [Ley]Revistas de Gerardo Diego[Carmen y Lola]Carmen[Adiós de Carmen y Lola]Revistas del SurLitoral[Desde Málaga, Litoral][Primer número][En el centenario de Góngora]Papel de Aleluyas[Hojillas del calendario de la nueva estética][Papel de Aleluyas, sevillana][Homenaje a Goya][Desaparición de Papel de Aleluyas]Gallo[Desde Andalucía —Sevilla—, Mediodía]Revistas en MurciaVerso y Prosa[Boletín de la joven literatura][Resonancias][Los pintores Garay, Flores y Gaya]La Verdad[Suplemento literario de La Verdad]Revistas castellanasLa Gaceta Literaria[Una gaceta][Aniversario][La Gaceta Literaria…][La Gaceta Literaria y el cinema][Parábola][Meseta][Manantial]Revistas catalanas[Las revistas en Cataluña]La RevistaL’Amic de les ArtsEl Amigo de las Artes [Número extraordinario sobre la cultura occitana][«Grupo de L’Amic de les Arts»][L’Amic de les Arts, índice de las artes plásticas]Antiarte[Helix]Terrazas [Imatges]Mirador[Ya está en la calle Mirador][Rumbo de Mirador]Geografía de revistas[Nueva etapa de Alfar]Alfar[La Rosa de los Vientos]AtlánticoOc [La Revista d’Oc][Muerte de las revistas]Elegía a las revistasEL VERSO DEL VEINTISIETERafael Alberti[De Marinero en tierra al compromiso]Sevilla, capital de España [La amante]Sobre los ángelesCal y cantoVicente AleixandreEncendido poeta de amor y de belleza]ÁmbitoManuel AltolaguirreNoticia de Manuel AltolaguirreMax Aub[Poeta en verso]José Bergamín[Bergamín, ¿poeta?]Un carácterLuis CernudaPerfil del aireErnestina de Champourcin[Ernestina de Champourcin, poetisa]José de Ciria y Escalante[Sólo tenía veinte años]Carmen Conde[Poemillas en prosa]Agustín EspinosaIslasAlejandro GaosSauces imaginariosFederico García Lorca[Sí. Hoy, otra vez, Federico García Lorca][Canciones, 1921-1924]Primer Romancero gitano[Romancero gitano, segunda edición]«Oda al Santo Sacramento»Pedro Garfias[El ala del Sur]Ramón Gaya[Ramón Gaya, poeta pintor]Fernando GonzálezEl reloj sin horasJorge Guillén[Poeta de los sentidos aguzados por la inteligencia]Poesía [Cántico (1919-1928)]Paul Valéry y GuillénMiguel Hernández[Heroica salud revolucionaria]No quedará en la muerteJosé María Hinojosa[La rosa de los vientos][Orillas de la luz]Juan Larrea[Juan Larrea, surrealista]José A. Muñoz RojasVersos de retornoEmilio Prados[Emilio Prados o el canto de plenitud][Vuelta (seguimientos-ausencias)]Juan Rejano[Fidelidad del sueño]Pedro Salinas[Seguro azar]Poesía humana. Fábula y signoJosé María Souvirón[Conjunto]Josefina de la TorreNuevo poeta [Versos y estampas][Josefina de la Torre]PROSISTAS DEL VEINTISIETEDámaso Alonso«Acuario en virgo»Cédula de eternidad [Cédula de identidad]Max AubFábula verdeRosa ChacelEstación, ida y vueltaJosé Díaz FernándezLiteratura y política [El blocao]Juan José DomenchinaHumorismo, otra vez [La túnica de Neso]Benjamín Jarnés[El profesor inútil][El convidado de papel][Paula y Paulita]Viviana y MerlínJosé López RubioRoque SixAntonio RoblesEl muerto, su adulterio y la ironía

JAVIER PÉREZ BAZO

LA CRÍTICA DE JUAN CHABÁS SOBRE POESÍA Y PROSA DE LA VANGUARDIA

…Ojalá que cada día la crítica atienda más al principal derecho del hombre: la razón. Derecho espiritual, noble, que debe ser respetado por todo quien en su mano tome una pluma, que por ella misma, o por el lugar donde escriba, tenga una responsabilidad.

Este derecho a la razón impone muy hondas obligaciones. Ante todo, cultura. No llamemos crítico a quien sólo sea un articulista de periódico. Luego, sensibilidad, gusto. Saber apreciar y discernir un no sé qué, expresión feijoniana de la belleza, que constituye la esencia del Arte.

Y luego, pasión. Pasión serena. Pasión de la mente y del espíritu. La crítica es un arte difícil. Pidamos al crítico virtudes de oscilación y de firmeza, como quería ese joven y pulcro escritor castellano: Antonio Marichalar. Pidamos en él virtudes de palma. Erguido y alto su impulso. Fino, sensible al aire al menor temblor del viento, su espíritu. Doctrina y ángel, para llamar a la gracia con nombre andaluz. Estas son las verdaderas cualidades del crítico. Para tenerlas se necesita gran amor. El amor es verdadera fuente de compensación. El crítico modelo sería aquel que, con todas esas cualidades, pensara como nuestro gran Ortega y Gasset: «a ser juez de las cosas voy prefiriendo ser su amante». Ser amante de la obra leída o contemplada, u oída con amor de la inteligencia y del corazón, es el mejor modo de ser un buen crítico.

J. CHABÁS «Curso nuevo», Diario de Barcelona, 1 de octubre de 1929

QUIENES CORTEJARON de cerca su afecto escribieron que tenía muy pobladas las cejas, enormes pestañas a lo María Félix y ojos, negros y lucientes, como culata de revólver cruzando indiferentes al pasmo de señoras acomodadas y al de todas las niñeras. Su mirada, escudriñadora, nunca desatenta, agrandaba su atractivo —guapo, según el capricho de las damas—, un don afirmado en la simpatía y en el trato afable de un devoto de la amistad, en la conversación amena y en aquella voz tostada suya, con cierta inclinación al engolamiento de los barítonos, pero sin afectación alguna, desde luego nada petulante, tan imantadamente provechosa cuando había razón de amores. Hablaba apoyando su palabra en los giros de las manos y, acaso, en algún aspaviento sobrevenido por descontento, pero sin contravenir nunca la recta educación y la cortesía. Quienes frecuentaron su juventud le recordaban como un tipo fuerte, de mediana estatura, incluso más bien bajo, muy mediterráneo, con unos aires de labrador valenciano que intentaba suavizar atildadamente cierta postura provinciana, de tez morena en deuda con mediodías y brisas de levante, peinando hacia atrás su cabello negro, alzado sobre su elegancia, sobria, a veces un tanto descuidada en el porte más que en el atuendo: chaqueta cruzada y pantalón de talle alto, raramente fiel al chaleco, casi siempre con un fedora borsalino piamontés de pelo de conejo y corbata o corbatín. Tenía un sugestivo encanto, era un tipo propenso a la bondad, a las mujeres de carácter y a la escritura. Por entonces corrían locos los primeros años veinte.

Hay constancia de que Juan Chabás y Martí urdió una sólida formación —madrileña, francesa y europea—, merced a su empeño y a los cómodos recursos familiares (don Juan Chabás Bordehore, su padre, ejercía de notario). Llegado a Madrid desde la alicantina Denia con la misma edad que el siglo (había nacido el 19 de septiembre de 1900), de inmediato se le fue escapando la adolescencia, primero en las aulas del colegio de la Alianza Francesa de la calle Marqués de la Ensenada y, luego, en las facultades de Letras y de Derecho de la Universidad Central. Fueron tiempos determinantes para su instrucción humanística y para el aprendizaje de escritor. En el viejo caserón de San Bernardo asistió al magisterio de Emilia Pardo Bazán, de los filósofos Manuel García Morente y José Ortega y Gasset, de los filólogos Ramón Menéndez Pidal y Julio Cejador, de los políticos socialistas Andrés Ovejero y Julián Besteiro. Entre sus amigos y compañeros universitarios, Xavier Zubiri, Francisco Bores, Ernesto Giménez Caballero, Gerardo Diego, Dámaso Alonso… En los descansos estudiantiles regresaba a la Marina Alta alicantina para acercarse, por admiración y paisanaje, a su maestro Gabriel Miró y a cultivar en Valencia las afecciones de sus más allegados amigos, del pintor Genaro Lahuerta y del escritor Max Aub, junto a algunos más. Pronto determinó aplicarse al diálogo con la Literatura. Fue lector tempranero de autores renacentistas y barrocos e, infatigable, de páginas decimonónicas y noventayochistas de excelencia; y extremadamente curioso por todo lo nuevo, tanto dentro de las letras españolas como extranjeras, espoleado por un interés de matices europeístas hacia el arte y la cultura y por una preocupación constante por conocer la obra de sus contemporáneos. De tal modo, por una parte, fue compilando conocimientos literarios de vasta amplitud, que dieron fundamento a su formación intelectual y, por otra, convirtiéndose en un espectador laborioso que desde una fila preferente asiste al progreso del periodo histórico-literario sin duda más importante de la contemporaneidad —la acertadamente llamada Vanguardia histórica— para juzgar descriptivamente con ecuanimidad y mesurado espíritu crítico sus contornos y calibres cualitativos, sus valores y miserias o, en sus propias palabras, el mineral digno y la ganga desechable a la cual va adherido; para analizarla, desde una posición de juez y parte, a través de las personalidades que en ella alcanzaron relieve suficiente, cierta notoriedad o el más calificado renombre…, y hacerlo elegantemente, mediante certeras observaciones, sin vanidades, de las que pudo andar sobrado en las primeras juventudes.

Pero antes quiso tentar la suerte a la escritura en verso y prosa artística, aderezándola con los aliños estéticos del momento. Alcanzaría sólo un valor secundario, irrelevante, en lides poéticas; sin embargo, sí supo imprimir a su literatura narrativa un alto grado de eficacia y nobleza estética con intenciones de lograr la propia personalidad y la virtud artísticas que contribuyeran a dignificar la novela de la época, por entonces en plena crisis y decadencia galopante.

CON VERSOS Y PROSAS DE VANGUARDIA

Solía vérsele algunas mañanas en el Ateneo madrileño, los atardeceres en cenáculos, comensal en días de celebraciones y homenajes en Lhardy y en El Oro del Rhin, contertulio en cafés desde los que se vociferaba la última moda literaria (Lyon, cervecería de Correos…), pero sobre todo en los divanes rojos del café Colonial donde Rafael Cansinos-Asséns se rodeaba de jóvenes alientos, o, menos asiduamente, encaramado a las noches de los sábados en la vieja botellería y café de Pombo, «cubículo juvenil y alegre, casi una boîte literaria», que bullía en la calle Carretas y en la que Ramón Gómez de la Serna oficiaba de mentor de aspiraciones vanguardistas y no cesaba de organizar banquetes que consagrados a alguien tenían «un valor de aviso y toque de atención para subrayar una tarea literaria digna» (véase «Greguerías y banquetes»). O se le reconocían sus andares por el paseo del Prado, alfombrado de sol sobre las aceras que trajinaban señores solos, caminando con Rafael Barradas hacia los libros desconsoladamente viejos de los puestos de la verja del Botánico, mientras elogiaba al uruguayo sus decorados para Martínez Sierra y las portadas de la revista Ultra. O le veían yendo hacia Las Ventas en discusión vehemente acerca de las facultades taurinas de sus admirados Ignacio Sánchez Mejías o Marcial Lalanda.

A finales de la segunda década del siglo XX Madrid deseaba sentir propia la gesticulación iconoclasta de la Vanguardia poética europea, pero lo hacía imitando, aprovechando materiales de derribo y acrisolando voluntades estéticas para estatuir un credo, el del Ultra, carente de originalidad, es cierto, y, desde luego, distante a muchas leguas de la sobresaliente singularidad del Creacionismo. Chabás decidió acercarse con oído atento a aquel bullicio maquinista y urbanero del Ultra y logró publicar en 1921, entre tanta orfandad editorial para la poesía del momento, un librito de título Espejos, salido de los talleres de Alejandro Pueyo, pulcro, bello en su sencillez y reducido formato, con una cubierta sobria de color blanco hueso, gemela de la de Poemas puros, poemillas de la ciudad, de Dámaso Alonso, publicado al mismo tiempo con distinto pie de imprenta e igualmente saldado a real, meses después, en las librerías de lance de la Cuesta de Moyano. Algunos de los poemas eran conocidos por los lectores de las revistas literarias de la primera hora vanguardista —entre 1921 y 1923 publicará en España, Horizonte (revista que él mismo fundó con Pedro Garfias y José Rivas Panedas), Índice, Ultra y Tableros—, pero el libro, en su conjunto, difícilmente podía adscribirse a la supuesta ortodoxia ultraísta —Guillermo de Torre se lo recordó con reproche— más allá de determinadas convergencias tropológicas de ascendencia cubista y greguerísticas u otras léxicas al socaire de las novedades en boga. Espejos era un poemario primerizo, heteróclito en su contenido, falto de la audacia tipográfica propia de otras vanguardias, e incapaz de desprenderse, por carecer de una orientación definida, de cierto sentimentalismo romántico-simbolista y del influjo penetrante del purismo juanramoniano; en suma, respondía a ciertas vaguedades líricas de adolescencia y, estéticamente, a un hibridismo sustentado en concepciones de tradición y de vanguardia. Pero el joven Chabás percibió a tiempo que la incapacidad teórica y la práctica ultraístas conducían, cuando menos, a la mediocridad, de ahí que subsumiera el popularismo de sesgo culto y, renegando de excesos vanguardistas y de purismos estéticos, contuviera su verso en los moldes del neotradicionalismo, sujeto a las estructuras clasicistas en consonancia con el giro que iba adoptando la poesía de la época. Entonces aparecen poemas suyos en la coruñesa Alfar, en las murcianas Verso y Prosa y en el suplemento literario de La Verdad, en la vallisoletana Meseta y en la burgalesa Parábola. Poemas breves, de cierta mediocridad, todos presumiblemente destinados a un nuevo poemario, Ondas, que nunca llegó a editarse después de haberse anunciado en la colección lírica de Horizonte. Con todo, quiso emprender Chabás el camino hacia una madurez poética en la que lograse escuchar —en palabras que él mismo reservó para Luis Cernuda (vaya el lector a la crítica de Perfil del aire)— su íntima voz, con mayor ahínco, para crear su poesía verdadera, más propia y original, pero que, en verdad, nunca alcanzaría en su caso la excelencia. De ahí que se desinteresara del género y sólo más tarde, ya en tiempos de exilio, volviera a frecuentarlo muy de trecho en trecho. Poco tiempo después de morir, su viuda reunió aquellos poemas en el volumen Árbol de ti nacido (1956).

Había abandonado el verso buscando mejor fortuna literaria por los caminos de la prosa. Lo comenzó con Sin velas, desvelada (1927), ceñido por el corsé de la novela posmodernista, trabando dentro de una frágil trama la descripción subjetiva y el impresionismo sensorial del paisaje de su tierra natal alicantina con el lastre poemático que le proporcionó el esmerado estilo de su maestro y paisano Gabriel Miró. Muy distinto propósito reservó para Puerto de sombra (1928), narración ciertamente mucho más ambiciosa, publicada cuando algunas empresas editoriales apostaban por los «nova novorum» y los «valores actuales» de la novela nueva al dictado de Ortega y Gasset. Ambientada en la Riviera italiana, su sesgo memorialístico de ascendencia proustiana, sustancialmente poético e introspectivo, propiciaba el discurso descriptivo de extrema morosidad y la creación de personajes al trasluz de la psicología imaginaria en detrimento de la acción novelesca. Así fue tejiendo la historia, la imposibilidad del amor de su protagonista, reconstruida mediante los requiebros de la memoria en la villa marinera de Portofino. El resto de la fábula lo conformaban episodios colaterales anclados en ambientes aburguesados y escenarios marcados por la impronta de la modernidad. En definitiva, el autor había llevado a término una de las novelas paradigmáticas del nuevo arte. Dos años después volvía al género con Agor sin fin (1930) completando evolucionadamente su ejercicio novelístico, esta vez desde la perspectiva rehumanizadora del «nuevo romanticismo»: la de la organicidad textual donde la acción predominaba, los personajes aparecían sujetos a su destino y la finalidad estética, antes esencial, pasaría a ser subsidiaria.

La guerra civil truncó cualquier continuidad. Sólo en tiempos posteriores de exilio, en Venezuela o en Cuba, retomará Chabás la escritura de creación con siete cuentos agavillados póstumamente bajo el título Fábula y vida (1955). Su muerte excesivamente madrugadora en La Habana nos privó del escritor en su madurez creativa y redujo a mera voluntad su proyecto de emprender una gran novela, según dejó dicho a sus amigos. Otro escritor valenciano asimismo de retardada celebridad, Max Aub, llevado ciertamente por el afecto, no dudó en señalar a Chabás como el «mejor dotado» de los narradores que mediados los años veinte se impusieron renovar la prosa española, distanciándose de manera distintiva de las estéticas finiseculares y novecentistas precedentes.

DE LA CRÍTICA PERIÓDICA AL ENSAYO

Mediando los años veinte, para la juventud universitaria española llegó la hora de asomarse a Europa con fervor viajero. No se insistirá suficientemente acerca del nuevo caudal de experiencia e intensas ventajas formativas de aquellas giras de aprendizaje de vida europea que unos cuantos jóvenes escritores de entonces emprendieron en su más propicia época de maduración intelectual, toda una generación que, en palabras del propio Chabás, nació literariamente del 18 al 20 (véase el artículo «Viajes», de La Libertad). La oficina cultural de exportación de juventud estudiosa que fue la Junta para Ampliación de Estudios, además del Centro de Estudios Históricos, propició la salida hacia los caminos del mundo a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Claudio de la Torre, y Ernesto Giménez Caballero, entre otros. Juan Chabás fue becado en Italia para desempeñar en Génova un lectorado adscrito a la cátedra del hispanista Antonio Restori. En una carta con membrete del Hotel de Gênes, sin fecha pero probablemente de octubre de 1924, refirió a Gabriel Miró la buena acogida que le había reservado el claustro universitario de la Università degli Studi di Genova, La Superba, y su excelente impresión de Italia. Tenía unas pocas clases semanales y un tiempo ancho para horas únicamente suyas. Los dos cursos académicos en tierras italianas llegarían a ser muy propicios para el contacto directo con la sociedad, la política y la cultura de un país fascistamente mussoliniano, para su formación europeísta y para su producción literaria. Aquel otoño paseó los vicoli genoveses y la plaza porticada del Caricamento, se acercó a Portofino, a Santa Margherita, a Bellagio, al lago Como, a las avenidas doradas del Pincio romano…, siempre con el andar pausado de los cantantes de ópera, disimulando las razones para estar contraído ante tanta vida nueva.

Según consta en un expediente administrativo, fue expulsado del claustro universitario debido a varios artículos enviados desde Génova al periódico madrileño La Libertad, colaboraciones algunas abiertamente en contra del régimen de Mussolini, desde luego carentes de la mínima diplomacia que debe el extranjero al país que le invita, pero también juzgadas impropiamente más que inoportunas por un Gobierno incómodo a la crítica e inclinado a los métodos expeditivos totalitarios. Pero al joven Chabás estos artículos y otros sobre literatura italiana publicados seguidamente en Revista de Occidente y en La Gaceta Literaria le sirvieron de sustrato para un volumen sobresaliente en su género. La editorial barcelonesa Mentora publicaría tiempo después, en 1928, su documentado volumen Italia fascista. Política y cultura, un trabajo de escritor cauteloso, alejado de cualquier sospecha filofascista aunque a veces sorprendido ante un mundo con todas sus contradicciones y arrastrado con cierto entusiasmo por los últimos flujos de la modernidad futurista de Marinetti. El libro prolongaba relevantemente la tradición de los estudios sobre el fascismo —Camillo Pelizzi, Vicente Clavel, Francesc Cambó…—, centrándose en sus aspectos sociopolíticos y efectuando una revisión histórica a fin de establecer un balance de la cultura fascista italiana, concretamente de la producción literaria de los años veinte.

La breve estancia en tierras italianas fue para el dianense cumplidamente fecunda. Dictó conferencias en la Societá di Studi Romanici, entabló una relación cordial con Arturo Farinelli en Milán, durante unas vacaciones pascuales reconoció a Máximo Gorki en una playa de Capri y con él se entretuvo en charla amena… Logró compaginar su labor periodística con la de traductor del italiano y del francés —que ya había ensayado con obras de Benedetto Croce y Luigi Pirandello en 1924 (Historia de Europa en el siglo XIX y Tercetos, respectivamente) y de Gérard de Nerval (Aurelia y Noches de octubre, ambas en 1923, y Silvia y La mano encantada un año después)—, lo cual le facilitó la subsistencia: el ensayo jurídico Sobre la legítima defensa de Julio Fioretti y Adolfo Zerboglio (1926), Un divorcio (1928) de Paul Bourget y, más tarde, probablemente a partir de la versión francesa, Street scene (1930) de Elmer L. Rice.

De vuelta a España después de su juvenil experiencia italiana, muy pronto se granjeará nombradía y respeto por su habilidad literaria de buen oficio, más por su actividad periodística, especializado en temas literarios, por ensayista y crítico teatral en los diarios y revistas de la época que como el poeta que fue en las primeras horas fracasadamente innovadoras del Ultraísmo y bajo su filiación juanramoniana, antes de recuperar los moldes del popularismo y de la poesía neotradicional. Como colaborador de la prensa diaria y de revistas literarias tuvo también, sin duda alguna, mucho mayor reconocimiento entre las gentes de su propio oficio y los lectores que como autor de aquellas tres novelas sin mayor fortuna, pese al mérito de calidad que le atribuyó la crítica en su día.

Su trayectoria ensayística fue perfilándose y asentándose con firmeza merced a sus frecuentes colaboraciones en Revista de Occidente, Alfar, La Gaceta Literaria, La Libertad y Diario de Barcelona, junto a otras circunstanciales en diarios como Heraldo de Madrid o El Sol.

Fue Chabás un articulista y ensayista laborioso, de muy buen hacer y gran curiosidad intelectual, ágil de pluma y con extrema pulcritud en su escritura, jamás irascible o siervo de la indulgencia inmerecida, orientado por una especial agudeza en sus juicios de valor, capaz de adecuar coherentemente el más exigente paso erudito con el coloquial que requiere el lector apresurado y necesitado de guía crítica, de avisos y gacetillas. Se sirvió de la crónica periodística y de la reseña más por sus fines divulgativos que por intereses de especialista en el objeto de estudio, sin contravenir por ello el rigor científico intrínseco a la labor crítica. Y frecuentó asimismo el artículo de diversa extensión sobre asuntos y sucesos artísticos, de la crítica teatral, del ensayo literario, de la biografía novelada y de la historiografía literaria. Su formación intelectual y el magisterio de Menéndez Pidal le facilitaron los fundamentos necesarios para el trabajo ensayístico dentro de los postulados de la Estilística. Su prosa, rica en matices pero también ligera y apropiada para la narración periodística, alcanza el paradigma del escritor alumbrado por la indagación constante, por la virtud de la objetividad y por el compromiso ante su época. Perteneció por edad al desigual elenco de ensayistas y articulistas que comienza un fecundo ejercicio crítico —los orteguianos Fernando Vela y Antonio Espina; Guillermo de Torre y Melchor Fernández Almagro, teóricos de las manifestaciones de Vanguardia; José Bergamín, Ernesto Giménez Caballero, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Benjamín Jarnés…— al mismo tiempo que adquiere una decisiva notoriedad la llamada por razones distintas a las del rigor periodológico «Generación poética del Veintisiete», relegando la novela y el ensayo a lugares menores. La posición ideológica posterior de Juan Chabás, radicalizada durante la guerra y el exilio, afín al Partido Comunista, le condujo hacia otro tipo de crítica, de orientación marxista. A su muy lograda factura, según veremos, contribuiría decididamente aquella dilatada práctica del autor en el artículo periodístico y en el ensayismo desde edad muy temprana.

En Juan Chabás se diluyen ciertas fronteras entre el ensayismo —en tanto que práctica de un género de dilatada tradición, prestigio y grandes autores— y el artículo de periódico en su modalidad de crónica, de reseña literaria, de reflexión estética. Acude con su nombre y destrezas de buen crítico a las revistas literarias que parecen acaparar cualquier rincón geográfico, que son soporte material para manifiestos, proclamas, programas estéticos o juicios de muy distinto pelaje —el mismo Chabás se suma a este conjunto textual de teoría explícita con «Orientaciones de la posguerra», difundido por la revista Cervantes una vez incorporada a la primera hora vanguardista—, o de reposados análisis en Revista de Occidente y en la gallega Alfar, por ejemplo, y mediante los artículos de mayor vuelo, a modo de ensayo compendiado, redactados para la prensa diaria, especialmente para La Libertad y Diario de Barcelona. Pero en las columnas periodísticas de los diarios frecuentados por Chabás cupieron asimismo la noticia breve o la anotación de circunstancia. Entiéndanse así los abundantes avisos sobre alguna revista literaria, española o extranjera, de reciente aparición o cuyo contenido se le antoja al autor reseñable, o incluso una sucinta información sobre un suceso cultural o una acotación sujeta a la transitoriedad, a la fugacidad. En esto estriba igualmente el carácter testimonial de este periodismo menor, subsidiario del ensayismo en su modalidad de crítica literaria en la prensa. Revistas del Sur: desde Málaga, con «título lleno de luz mediterránea», Litoral; la onubense Papel de Aleluyas; la lorquiana Gallo, «con un cacareo rojo de cresta sana y orgullosa, con vida breve», tan granadina; Mediodía; el Boletín de la joven literatura al que, en Murcia, Jorge Guillén y Juan Guerrero llamaron Verso y Prosa… Revistas castellanas: al frente, La Gaceta Literaria, dirigida por Giménez Caballero con pretensiones de equipararse a la francesa Les Nouvelles Littéraires; desde Burgos, Parábola, a modo de hojas sueltas de literatura; Meseta en Valladolid y Manantial en Segovia… Revistas catalanas: La Revista y su «ágil inquietud para recoger en notas breves el movimiento intelectual de Europa»; L’Amic de les Arts, cuna de surrealismos, Helix… Revistas juanramonianas (Índice, Sí, Ley), siempre limpias, esmeradas. Las revistas Carmen y Lola, creadas por Gerardo Diego, imprescindibles, entre otras, de las que fue dejando constancia en sus columnas (vaya el lector a «Elegía a las revistas», por ejemplo).

En el primer «Resumen literario» de La Libertad, fechado el 5 de noviembre de 1926, Chabás centra su atención en el teatro y el cinematógrafo, columna que le suscitó una encuesta realizada por La Fiera Letteraria acerca del futuro del teatro en prosa. Fue el comienzo de una dilatada colaboración con el diario madrileño. Allí ensayó por vez primera el carácter misceláneo de la sección: al mismo tiempo saludaba la iniciativa de Juan Ramón Jiménez —«que es ciertamente nuestro poeta lírico más puro (a la minoría siempre), es también el más inquieto por hallar el modo de crear una revista pulida y exacta, donde pueden publicar sus trabajos los artistas jóvenes que como él hacen de su arte poesía»—, y lo hace con motivo de la aparición de Índice; o adelanta la bienvenida a la quincenal La Gaceta Literaria y asimismo de la revista Mediodía —creada en Sevilla «por otro grupo juvenil, con buenos propósitos y gran entusiasmo»—; o daba cuenta del estreno en la Comédie des Champs-Elysées de Le dictateur, avalado por la autoría de Jules Romains; u ofrece una concisa y sagaz reseña a El profesor inútil, de Benjamín Jarnés. En este primer «resumen literario», el crítico dejaba ya perfectamente definida la orientación de sus futuras colaboraciones.

La singularidad de la producción de Chabás en La Libertad y del mismo modo más tarde en otros periódicos y especialmente en Diario de Barcelona radica fundamentalmente en un propósito de reconstrucción de la historia literario-cultural de su tiempo. De ahí que conceda atención preferente a cuanto contribuya a reflejar el panorama de las artes del momento y de las tendencias que en los distintos géneros irrumpen con decidido protagonismo bajo el marbete de «joven literatura».

Después de los escritos de tema principalmente italiano, la firma de Chabás comenzó a aparecer en La Libertad con asiduidad desde 1926 y se prolongó hasta 1929. En la página semanal «El libro», compartida inicialmente con Rafael Cansinos-Asséns, después titulada «Resumen literario» —por lo general incluida en el diario los viernes—, no sólo entregaba una crónica puntual y detallada de los actos sobresalientes del mundo artístico hispano, desarrollados en distintos lugares de España, sino que también, a modo de «aviso crítico», se hacía eco de noticias y de las publicaciones periódicas aparecidas en el país o en el extranjero —así las frecuentes alusiones o comentarios al sumario de revistas literarias francesas e italianas—, y principalmente levantaba acta de la producción literaria del momento: apuntes críticos, reseñas de variada amplitud sobre los libros, españoles y circunstancialmente franceses o italianos, que conformaban la actualidad literaria en sus distintos géneros. Esta sección de La Libertad guardaba bastante semejanza con las de Marcel Brion y Giacomo Prampolini en Les Nouvelles Littéraires y La Fiera Letteraria respectivamente; también la tuvieron otros periódicos, especialmente la página literaria del Diario de Barcelona de la que más adelante, ya lo adelantábamos, Chabás será asimismo habitual colaborador.

La especificidad de no pocos de sus artículos en La Libertad reside en la inmediatez existente entre la publicación de la obra y la glosa crítica que merece su autor. Los trabajos recién publicados de los escritores de reconocida solvencia —llámense Azorín, Miró, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Unamuno o Gómez de la Serna—, bien porque con cierta amplitud, y en muchas ocasiones por vez primera, presenta críticamente a los entonces jóvenes escritores; bien para resaltar algunas de las características —perfiles generacionales, en su decir— que les son comunes o, cuando menos, que les identifican aun en su heterogeneidad estética; bien para detener su mirada en sus producciones literarias, con elogio ciertamente la mayor parte de las veces, pero elogio nunca desmesurado, coyuntural e inmerecido desde la óptica artística con pretensiones de objetividad de quien las juzga. Obrar de otro modo habría puesto frente al muro, a su modo de ver, los valores de una amistad ofendida por el ditirambo y la desmesura.

Desde tal voluntad, el crítico en diferentes resúmenes fue desgranando las particularidades que, a su entender, cohesionaban los por entonces juveniles esfuerzos de renovación artística y literaria, los de unos escritores obsesionados por reclamar protagonismo y un destacado relieve en el frontispicio de la actualidad, declarándose garantes de una calidad novedosa, de una producción que, en verdad, el paso de las horas de la historia vino a situar en un lugar preeminente de la historiografía literaria. El lector dudará muy probablemente sobre el hecho de atribuir a las relaciones de amistad que supuestamente se tributaron los miembros de la generación un rango de perfil diferenciador. Desde luego Chabás, en la nota titulada precisamente «Amistad», advierte la muy marcada tendencia española al enfado entre compañeros y de solitarios para afirmar seguidamente que entre los nuevos se muestra «un abierto ademán de compañerismo». Esta apreciación, susceptible de incorporarse a una historia menor que eleve en exceso lo anecdótico y lo circunstancial, no cabe generalizarse, pues conocidas son las enemistades que existieron entre algunos miembros de aquella «generación», pero al mismo tiempo es incuestionable que por amistad aquel grupo de jóvenes escritores llevaron a término importantes proyectos y sus integrantes se ayudaron literariamente con frecuencia. Y a esos sentimientos amigos coadyuvó la formación universitaria —catedráticos, exlectores de universidades extranjeras, filólogos…, «todos un poco devotos de la crítica»— de la gran mayoría de ellos o, si se quiere, contribuyó sobremanera su «especial conocimiento erudito». En la nómina se incluye ahora el crítico y sorprende su claridad de juicio suponiendo la proyección literaria de esos jóvenes:

«Todos hemos empezado sin chalina, sin capa, sin chambergo. Todos poco castizos y algo más castos —literariamente—. He aquí las razones de la buena amistad. Comer juntos, sentarnos a la misma mesa, es, pues, una consecuencia de buena crianza. No creo que, con el tiempo, sea escasa la obra de esta generación. Sobrepasado el límite de la anhelada pulcritud, aparecerá seguramente la obra conseguida. Tampoco creo que este afinamiento sea refinamiento de decadencia. Pero lo que sí puede tenerse por seguro es que de esta actitud de cordialidad y cortesía se deriven muchas ventajas en la vida literaria».

Y llegó el año 1927. Pese a lo exiguo del desarrollo de sus urgentes «resúmenes», Chabás logra cumplidamente reconstruir a modo de crónica y con exquisito detalle y apreciación crítica acontecimientos importantes de la actualidad literaria y cultural. Permitirá quien esto lee que me apresure a subrayar el hecho de que algunos de esos sucesos los había vivido él mismo en persona desde un lugar preferencial. Esta circunstancia le convierte en espectador activo, testigo y notario, conviene reiterarlo, de unos hechos, bien fueran de indiscutible importancia y significación, bien ancilares y subalternos dentro de los procesos de la literatura contemporánea, así como de determinados sucesos que, más allá de la mera crónica periodística, provocan la reflexión del crítico, rayana a veces con la teoría poética. El ejemplo tal vez más significativo, que recordará sin demasiado esfuerzo el lector, es el considerado acto afirmativo de la generación del Veintisiete, coincidente con la conmemoración del tricentenario de la muerte del poeta barroco Luis de Góngora.

A finales del verano de 1927 Rafael Alberti llamó a varios amigos, entre ellos a Chabás, para decirles que el torero Ignacio Sánchez Mejías les invitaba al homenaje a Góngora en Sevilla con motivo del tricentenario de su muerte. Con voz confidencial confesó que era inmejorable ocasión para promocionarse como autores de la nueva literatura. Parece ser que habían confirmado su asistencia Gerardo Diego, Mauricio Bacarisse, Federico García Lorca, Pepín Bello, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y el mismo Alberti. Antonio Espina, Melchor Fernández Almagro y Antonio Marichalar excusaron su ausencia. Pues bien, no existe mejor testimonio de lo ocurrido en aquel diciembre sevillano que el de las columnas de Chabás en La Libertad. Acúdase a los artículos de este volumen agrupados en la parte «Tricentenario gongorino», especialmente a «Una jira». Nadie, ni siquiera Gerardo Diego a través de varios comentarios aparecidos en su revista Lola, consigue una crónica descriptiva y reconstruida con pormenor y cuidado como la que hace Chabás logradamente en su sección del periódico. Más todavía, a Chabás debemos el más completo y ecuánime balance del centenario gongorino. Y lo hace quejoso, descubriéndonos —para sorpresa de algunos críticos de hoy— que, pese a la notoriedad del poeta cordobés, apenas fue notado y reducido a «algunos actos íntimos» de un grupo de devotos escritores jóvenes (véase «Centenario de Góngora»).

De inmediato se asoció la imagen y producción de Góngora con la juventud del Veintisiete. De ahí que el crítico abunde en la reivindicación que debió el poeta cordobés a la juventud literaria y significación que tuvo su obra en horas de la Modernidad. En el titulado «Góngora, Mallarmé y nuestros poetas jóvenes» abunda Chabás en la analogía de comprensión estética entre el autor de las Soledades y el francés, lo cual le permite explayarse en torno a su común creación metafórica y, al mismo tiempo, sobre sus diferencias muy sutiles por sustentarse la del español en la erudición y la mitología, en sinestesias y cromatismos, frente a la de Mallarmé que «casi nunca nace de alusiones, sino de elusiones». El extenso párrafo final es un extraordinario breviario informativo acerca del amor de los jóvenes por Góngora —como el sentido por Mallarmé y Valéry— y sobre los distintos proyectos —«homenaje de estudio y de ofrenda lírica»— mediante los cuales queríase reivindicar al poeta barroco cordobés y que pretendían llegar a la madurez de su ordenación: concursos nacionales, ediciones de sus obras en Revista de Occidente —véanse el artículo sobre las Soledades editadas al cuidado de Dámaso Alonso y la amplia reseña sobre Antología poética en honor de Góngora, preparada por Gerardo Diego— y la semana a él consagrada en Sevilla, que vendría a ser no sólo el arranque del resurgimiento gongorino sino también la cita pública de la joven generación y, sobre todo, una óptima ocasión para argüir la influencia de Góngora en la nueva poesía: así la distinción plausible entre la metáfora gongorina y la más moderna o entre el «sentido ornamental» gongorino y el de la lírica contemporánea. El influjo gongorino lo acotaba Chabás a Guillén y a Alberti. Dicho esto y desde la perspectiva de hoy, corrijamos al crítico cuando declara una «desinteresada amistad» hacia Góngora por parte de los jóvenes escritores. Es fácilmente demostrable que, desde su misma génesis, los actos desarrollados en Sevilla al abrigo de los honores gongorinos sirvieron fundamentalmente de propia promoción de los escritores organizadores, etiquetados pronto con el marbete de Generación del Veintisiete.

Si el encuentro sevillano de diciembre de 1927 adquiere un valor de acta fundacional para la generación acuñada con el guarismo del tricentenario gongorino, establecido por la crítica posterior como principio de su existencia —Chabás empleará en distintos escritos también otros términos: «generación del 20», «generación del 21», «generación perdida entre dos guerras»—, será la extensa producción literaria desarrollada por quienes la conformaron la que dará sentido a la nueva estética. En La Libertad fueron apareciendo con la firma de Chabás las obras más emblemáticas de la «generación», ahora aquí reproducidas, con la particularidad de ser reseñadas muchas de ellas por vez primera. Y esto se debe a que el crítico gozaba de una posición privilegiada en los ámbitos culturales. Trataba muy de cerca a gran parte de los protagonistas de sus escritos críticos. De ahí que alguna vez sepa del libro del amigo o compañero con antelación y adelante su comentario para subrayar su relevancia, incluso fechas antes de haber sido entregado a la imprenta el original que él conocía parcial o íntegramente. Este es el caso de la primera reflexión acerca de Ámbito, de Vicente Aleixandre, reproducida en estas páginas, que luego publicará con ligeras modificaciones en Revista de Occidente; y el hecho no menos significativo de que demuestre ser lector madrugador de la poesía de Jorge Guillén, y no sólo de aquella publicada en revistas literarias antes de ser reunida en el primer Cántico. Alguna otra vez, sabiendo próxima la publicación de la obra, pudo reseñarla con bastante precedencia respecto de otros críticos. El ejemplo más representativo es sin duda la nota crítica que el 29 de abril de 1927 dedicó a Perfil del aire, de Luis Cernuda, reproducida asimismo en las páginas que siguen: fue la primera pues apareció pocos días después de la edición del libro como cuarto suplemento de la revista Litoral que contrarió sobremanera al autor entendiéndola poco indulgente, ofensiva. En realidad la recensión no fue tan reprobatoria hacia un libro de «bello título», de «extraña perfección en autor tan mozo», de discípulo «formado en la admiración y el estudio devotos del maestro» Jorge Guillén, si bien en detrimento del logro de su voz más personal. Podrían añadirse otros juicios no menos adelantados que propició la proximidad de trato entre Chabás y el escritor reseñado, con cierto entusiasmo contenido, si se quiere —acúdase a la extensa y muy temprana glosa de Canciones, de Romancero gitano y de la «Oda al santísimo sacramento», de Federico García Lorca—, o con especial énfasis como el puesto en la columna dedicada a La amante, de Rafael Alberti, o en la glosa a las narraciones de Gabriel Miró (El obispo leproso) y Benjamín Jarnés (El profesor inútil, Paula y Paulita, Viviana y Merlín, El convidado de papel). Vistas en su conjunto, sorprende gratamente que en las reseñas de Chabás queden debidamente comentadas las obras de quienes con el tiempo serán los autores más representativos del verso y la prosa del Veintisiete, junto a los ya mencionados: Manuel Altolaguirre (Ejemplo), Emilio Prados (Vuelta), Pedro Salinas (Seguro azar), José María Hinojosa (La rosa de los vientos), Josefina de la Torre (Versos y estampas), José María Souvirón (Conjunto), Dámaso Alonso (Cédula de identidad), José Bergamín (Caracteres), Rosa Chacel (Estación, ida y vuelta), Juan José Domenchina (La túnica de Neso), José Díaz Fernández (El blocao), José López Rubio (Roque Six), etc.

Apenas inaugurado el año 1929 Juan Chabás se incorpora a la nómina de colaboradores de Diario de Barcelona y, consiguientemente, traslada su residencia a la capital catalana. Para entonces ya se ha alejado del grupo madrileño de la Revista de Occidente, auspiciado por Ortega y Fernando Vela, siente su aliento fatigado por tanta maraña en el Madrid resacoso por los ismos y se ve incapaz de fijar un rumbo coherente a la nueva narrativa, en el que, ya vimos, él mismo intentó dejar huellas. Allí acostumbrará a rellenar espacios del día charlando en los bares del Ensanche con poetas urbaneros, disfrutando en las terrazas, aquellas playas íntimas y quietas de la Barcelona alejada del mar, según dejó escrito. De vez en cuando, a media mañana, se detenía en las Ramblas de las flores al lado de López Picó para hacerse cómplices en aromas, se citaba en el Ateneo con Tomás Garcés… El 24 de enero de 1929 remitió su primera entrega a Diario de Barcelona y desde entonces hasta el 1 de octubre de 1930, con periodicidad generalmente semanal, asoció su nombre a la sección literaria del periódico, que con muy desigual frecuencia se rotulaba «Arte y letras».

Con cierta evolución respecto de sus colaboraciones periodísticas anteriores, en estas puede advertirse cómo consigue logradamente modular un estilo más personal, ajeno a los dejes característicos del periodismo de la época, reconocible por la coherente construcción global del texto, por el correcto fluir del discurso, por una prosa pulcra y refinada mediante la cual su autor prolongaba la seriedad crítica y la hechura prosística de sus predecesores noventayochistas. La voluntad y maneras críticas no se diferenciaban excesivamente de los artículos de La Libertad o de los de la sección «Gaceta catalana» que fueron apareciendo en La Gaceta Literaria por las mismas fechas. Obviamente, por el propio ámbito y la naturaleza del diario, abundan los artículos en torno a escritores catalanes de producción muy definida: Manuel de Montoliu, Santiago Rusiñol, Santiago Vinardell… Unidos a las recensiones que fueron apareciendo por esas mismas fechas en La Gaceta Literaria —a propósito de Josep López Picó, Carles Riba, Josep María Sagarra, Caries Soldevila…—, conforman un conjunto de considerable significación. Tampoco podían faltar las columnas dedicadas a la literatura europea, principalmente a autores franceses: Baudelaire, Georges Roux, Colette…

Pero además, al igual que en el corpus de La Libertad puede documentarse un número relevante de artículos en torno a la creación literaria y sus distintas modalidades, basados en una reflexión especulativa, de contenido teórico-histórico, en Diario de Barcelona alcanzan, si cabe, mayor frecuencia las colaboraciones de contenido teórico y de valores prescriptivos. Entiéndanse de este modo las extensas notas acerca de diversos asuntos de actualidad y preocupación estética. Lugar destacado vuelve a reservar a la «joven literatura» y al arte nuevo, temas tan recurrentemente tratados en los resúmenes de La Libertad. Acuda el lector, por ejemplo, al largo apunte titulado «La sensibilidad literaria», la del artista moderno, que para él no es otra que «la verdadera novedad del arte joven: el concebir la vida de un modo distinto, el contemplar con miradas insólitas hechos, formas, aspectos también insólitos que la vida moderna nos ofrece».

Un artículo, revelador desde su título, «La generación VABUM, la generación MAJO y los nuevos», ciertamente modélico por su brevedad y precisión teórica, resume perfectamente las razones que centran su interés en las distintas manifestaciones de los escritores jóvenes. Difícilmente puede contradecírsele el hecho de que, subrayada la «intensa y honda revolución» de la generación del noventa y ocho —aquella que Corpus Barga, atendiendo a las iniciales de sus autores que la caracterizaron (Valle, Azorín, Baroja, Unamuno y Maeztu) denominó Vabum— y la de sus «epígonos» —generación Majo con las iniciales de Miró, Ayala, Jiménez y Ortega—, precise que «la inestabilidad de los gustos artísticos» determinaron las modas literarias más o menos pasajeras, la de grupos de escritores con «una nerviosa inquietud, un febril anhelar de modos y de ideales estéticos diferentes que mudan y se olvidan tan pronto como son apenas conseguidos». Se refería a los grupúsculos de la primera Vanguardia, no sin antes mencionar la muy meritoria precedencia e incuestionable calidad estética de Ramón Gómez de la Serna. Por su ardida posición acerca de la producción de quienes fueron compañeros suyos en el viaje ultraísta —recuérdense los empréstitos de su libro Espejos al Ultra—, por lo novedoso del juicio en un tiempo aún muy próximo a los hechos y por la correcta lectura periodológica, sorprende la temprana conclusión del crítico, sin duda alguna suscrita hoy día por los especialistas de la Vanguardia histórica. En sí misma justifica la extensa cita:

«Los poetas del Ultra solían carecer de preparación técnica, ignoraban casi toda nuestra historia literaria y creían, con una generosidad juvenil admirable pero vana, que podían conseguirlo todo sin más que entregar a su afán estético —un afán que no podía llamarse doctrina ni siquiera propósito porque nada en ellos era meditado ni estaba definido— toda la intuición y valentía que poseían. Pero si ellos no realizaron obra duradera, demolieron, en cambio, mucho y cavaron amplios cimientos para edificar seriamente.

No nos extraña, pues, que mientras este grupo se iba disolviendo se estuviese ya formando otra generación nueva, también joven y ardida, pero más documentada, de propósitos más concretos y por tanto más conscientemente orientada. A esta nueva generación es a la que hoy suele llamarse joven literatura».

A Chabás volverán a interesarle las características de esa joven literatura, —cuño referido impropiamente sólo a las aportaciones en verso y prosa—, pues, completando aquellas otras estatuidas en los resúmenes de La Libertad, las enuncia y evalúa sumariamente en artículos posteriores (por ejemplo, los titulados «Joven poesía» y «Sobre la joven literatura»): el magisterio que los jóvenes escritores debían a Juan Ramón Jiménez y a Antonio Machado, el hecho de que su «preocupación esteticista» sea anterior a la producción de los autores, la «sólida cultura literaria» y «nacimiento excéntrico» —no centralista como la del 98— o «litoralizada» con matices de esa juventud literaria.

El crítico escribe con alto tono, niega de inmediato que ese arte joven en su labor tan humana parezca una deshumanización cuando en realidad entiende que es una «superhumanización» y en breves apuntes seguidamente se afana en subrayar «la alegría del sport» en su dimensión lúdica, maquinística y moderna para ceñir bien las nuevas sensibilidades y la voluntad filosófica de la joven literatura: «conocer al hombre más íntimamente cada vez». Chabás se afana en desgranar los signos externos de la juventud artística que por entonces tenía veinticinco años y que «con ímpetu alegre de salto y danza y salud, envanecida de su mocería» sintió una especial atracción por el cine, conforme destaca al principio de la hermosa nota sobre Indagación del cinema, de Francisco Ayala, para seguidamente abundar en sus relaciones con la literatura.

En otra ocasión se abalanza contra quienes, a su propio parecer, atacan aguerridamente ciertas intemperancias mozas como las del grupo surrealista de la revista catalana L’Amic de les Arts (Montanyà, Carbonell, Gasch, Dalí, Casanyes), iconoclasta y bromista, pero que dio «aire europeo, libre, ancho a nuestra vida literaria», internacionalismo innegable pero que en su mismo gesto, precisa sagazmente Chabás, «si se exageraba demasiado, tomaba un cierto aire provinciano». Y de la anécdota pasa en otro momento a la especulación más exigente y meditada mostrándose capaz de realizar una síntesis, excelente donde las haya, a propósito de posturas poéticas que tuvieron muy relevante protagonismo en su momento; por ejemplo, sobre la significación del «Superrealismo». La crítica adquiere entonces visos de demoledora evidencia en la pluma de quien conoció desde una atalaya con visión privilegiada los valores literarios y trascendencia de aquel movimiento de Vanguardia y ahora, ayudado por el tiempo transcurrido y a modo de balance tras leer un artículo de César Vallejo, levanta acta de su entidad y significativa evolución: reconocido el valor incuestionable por el ímpetu asolador de esta escuela literaria, sentencia que «fue nula casi su aportación constructiva». Hoy, con matices al margen, resulta difícil contradecir lo que Chabás advirtió tan madrugadoramente del movimiento que Breton, «acróbata de la inteligencia», encaminó hacia el comunismo. En su artículo titulado «Superrealismo», haciéndose eco de los seguidores y detractores de la escuela bretoniana, el crítico invita a reconocer su balance, del cual podría concluirse que, si bien fue incapaz de «suscitar una crisis de conciencia, al menos se ha conseguido dar a la conciencia más libertad, más resolución, mayor ímpetu de independencia y de creación».

De no menor calado son las sucesivas entregas acerca de la actualidad y futuro de la novela, en aquel tiempo —según criterio de Chabás en un artículo dedicado a la todavía desconocida Maruja Mallo—, sumida en el más grave conflicto planteado a la literatura moderna por muchas y complejísimas causas, entre otras la carencia en los escritores jóvenes de imaginación, de fantasía creadora, de renovada imaginación que laborara con inteligencia y sensibilidad actuales el pulso y compás de la modernidad. Sabido es que los jóvenes novelistas del momento, incapaces de encontrar el verdadero camino de la renovación que reclamaba el género, sufrieron el protagonismo acaparador de una poesía que homenajeaba a Luis de Góngora en 1927. Precisamente fue Chabás quien durante el acto público sevillano con ocasión del tricentenario de la muerte del poeta barroco, según dejó escrito en su crónica titulada «Una jira» de La Libertad, se encargó de saludar los logros de los prosistas jóvenes y establecer una primera nómina con las correspondientes apreciaciones, nómina en la que él no se incluyó por modestia. En hora temprana Chabás comprendió que el golpe de timón mediante técnicas innovadoras era exigencia urgente. Mauricio Bacarisse, Antonio Espina, Benjamín Jarnés, Antonio Marichalar, Pedro Salinas, Mario Verdaguer y el propio Juan Chabás, por citar algunos de los más notorios, emprendieron una labor importante con muy estimables aportaciones individuales dentro de las heterogéneas opciones narrativas que oscilaban desde el experimentalismo al discurso sustancialmente poético. La ruptura con los modelos estatuidos pasaba por la necesidad de adecuar la nueva estética a los tiempos de la modernidad vanguardista con la mirada puesta en Europa (Marcel Proust, André Gide, Jean Giraudoux, Virginia Woolf, James Joyce…), y a ello contribuyeron las reflexiones teóricas que desde la tribuna de su prestigio e influencia formulara el filósofo José Ortega y Gasset, o en las que abundaron los propios novelistas a través de sus declaraciones de intenciones, las revistas literarias del momento y algunas empresas editoriales que crearon colecciones ad hoc para el género.

En Diario de Barcelona el crítico abunda en las meditaciones acerca de los problemas del género narrativo. Destaquemos las entregas sucesivas «Sobre la novela» y el artículo «Horizonte de novela», publicado en Heraldo de Madrid. En este saluda el buen augurio del final de la crisis de la novela al irse imponiendo «una nueva manera de novelar» que ha rejuvenecido al género y que, con referencias a modelos europeos (Proust, Svevo, Joyce, Delteil…), se afanan por lograr un equilibrio.

«Han tendido a establecer nuevas leyes de equilibrio entre la acción y la introspección; entre los elementos dinámicos y anecdóticos, indispensables a toda narración, y los elementos de reposo, que están constituidos por un amplio conjunto de observaciones psicológicas, que han de realizarse —o desrealizarse— a través del estrecho e íntimo sendero que nos conduce hacia la vida interior de los personajes creados.»