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Durante siete años, ha habido paz y prosperidad en el Reino Wolfhausen bajo el reinado de la nueva Kronprinzessin, apodada cariñosamente por el pueblo "la Reina Dorada". Sin embargo, todo eso llega a su fin cuando una vieja enemiga regresa y anuncia sus intenciones de destruirlo todo para cobrarse una deuda de sangre con el lejano Reino Hood. Para evitarlo, la Kronprinzessin, ayudada por su informal consejo de criadas, cazadores, guardias y fugitivos, tendrá que explorar los secretos que se esconden tanto en los pasillos del palacio como en lo profundo del bosque quemado. Pero dejar de ser el peón en el juego de alguien más y solucionar los errores del pasado tiene un alto precio…
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Seitenzahl: 792
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Benjamina Holstein.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ilustraciones de interior: Benjamina Holstein.
Lello, Josefina María
The Golden Queen / Josefina María Lello ; Benjamina Holstein. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
622 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-062-6
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Fantásticas. I. Holstein, Benjamina. II. Título.
CDD A863.9283
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Josefina María Lello & Benjamina Holstein
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A Sari,por la paciencia.
Agradecimientos
The Golden Queen ha tardado dos años en ver la luz.
En dos años hemos crecido un montón, y no solo porque hay más velas en la torta o más centímetros en la cintura (gracias a la pandemia y la masa madre), crecimos como artistas, cada una en su ámbito. Estoy segura de que van a poder percibir los cambios. Podremos decir que no, medio cegadas por nuestras autoexigencias de superación, pero están ahí, invariablemente.
The Golden Queen se escribió y se reescribió, y cambió, y se transformó y reinventó para superar a su predecesor.
Creció el mundo de House of Wolves junto a nosotras.
A Benyi le gustaría agradecer:
A Jo Lello, mi amiga de tantos años, que después de decirle que el primer final del libro no me convencía y que tenía que rever seriamente su apego a los adverbios terminados en -mente, siguió queriéndome… creo. Gracias por seguir incorporando mis dramas entre tus líneas. No, no voy a parar.
A Clau Cano, la mano mágica que hace que todo funcione, se vea lindo y a e s t h e t i c s. Que ha mantenido fresca en la memoria de todos nuestros cuentos e historias y nos ha hecho ganar más de un premio. Sí, Clau, sin vos no lo hubiéramos logrado. Perdón por seguir spoileándote. No tenemos filtros.
A los amigos-lectores y los lectores-amigos, que no son lo mismo, por supuesto. Que han pedido avances y spoilers y vistas previas, y no recibieron nada de todo eso, pero siguieron ahí, esperándonos. Gracias. Ya saben adónde ir a gritar cuando terminen el libro. Los TKM.
A Jo le gustaría agradecer:
(¿No puedo poner “Ídem todo lo que dijo Benyi”?)
(¿No?)
(¿Seguras?)
(Bueno.)
Cuando empezó la pandemia, encerrada en mi casa y enloqueciendo de a poco, me propuse editar The Golden Queen hasta que fuera un libro nuevo. Se aplicaron machetazos, tijeras de podar y bisturí, tazas y tazas de café, largos mensajes de voz en WhatsApp y horas de yacer en el suelo mirando al techo.
Por encima de todo, se aplicaron los consejos y opiniones de Sari, que fue la primera afuera del triunvirato de HOW en leer este libro. No le tembló la voz para decirme dónde faltaba acción, qué detalles necesitaban esclarecimiento y exactamente cuántos adverbios debía eliminar. Tampoco me mezquinó los halagos, sin los cuales quizá no habría tenido la confianza para dar por concluida la edición. Así que si el libro les gusta, le pueden dar las gracias a ella. Si no, ya saben a quién echar la culpa.
A Clau, que, como siempre, se encargó de que este libro fuera legible y de recordarme, con su manera tan gentil, cuándo me estaba olvidando de alguna fecha límite. Perdón por tan poco. Prometo conseguirme una agenda la próxima vez.
A los amigos que están lejos y hablan otro idioma y que seguramente no se van a enterar de que este agradecimiento está acá, pero que me escucharon quejarme, discutir conmigo misma y celebrar. Gracias por la compañía y la paciencia.
A Benyi. Seguimos acá después de tantos años y estos dos últimos fueron complicados (para el mundo, no para nuestra amistad) por cosas que se escapaban a nuestro control. Te cuento un secreto: a veces, cuando me falta entusiasmo, te lo pido prestado a vos. El drama es tuyo, las palabras son mías, pero la historia es siempre nuestra.
Y a vos, lector. Por supuesto.
Introducción
Érase una vez, en los bosques de Wolfhausen…
La cazadora Violette Riding Hood le tenía jurada una venganza al König Wilhelm von Wolfhausen, después de que sus lobos atacaran y devoraran a la Anciana del Bosque, la abuela adoptiva de Violette. Sin embargo, un encuentro casual con una extraña niña huérfana, Goldilocks, cambió el rumbo de las decisiones de Violette.
Los padres de Goldilocks fueron asesinados por tres osos, lo que dejó su mente frágil y confundida, pero no le quitó su optimismo y su amabilidad. De a poco, Goldilocks logró traspasar el carácter espinoso de Violette e incluso iniciar una tentativa reconciliación entre ella y su padre Joha, el Cazador Real.
El König se frustraba más y más con su Guardia y su Consejo, por ser incapaces de atrapar a la cazadora que intentó asesinarlo tantas veces. En un acceso de furia, disolvió el Consejo para reemplazarlos por un único hombre, Ludwig Hase, un caballero educado e inteligente, pero que tenía otras lealtades en el fondo. Sin sospechar nada, el König dejó la dirección del reino en sus manos y se dedicó a disfrutar del vino y la compañía de la doncella Zwei.
Entretanto, la Königin Viktoria enloquecía, ignorada y aislada, en lo alto de su torre…
Eins, Zwei y Drei, cuyos nombres reales eran Ranghailt, Caoilfhionn y Angharad, eran tres jóvenes extranjeras que trabajaban en el castillo para saldar la deuda de su padre. Ranghailt nunca aprobó la relación de Caoilfhionn con el König, segura de que él acabaría por romperle el corazón. Sus temores se confirmaron cuando Wilhelm conoció y se comprometió con Alicia de Wünderland, una hermosa reina de un lejano país.
La felicidad de Wilhelm fue cortada con la llegada de la Princesa Heredera Scarlett de Hood, quien vino al reino a reclamar una deuda de sangre: su tía, la Princesa Lissette, se perdió en los bosques de Wolfhausen veinticinco años antes. Scarlett le prometió información sobre el paradero de Violette a cambio de su corona, con la advertencia que de rehusarse, recurriría a otros métodos para apoderarse del reino. El König descartó la amenaza de Scarlett, pero cuando el duro invierno se abatió sobre Wolfhausen, la joven princesa se encargó de exacerbar el descontento del pueblo llano, enviando a sus tropas a saquearlos y hostigarlos hasta que empezaron a correr rumores de rebelión.
A pesar de que Violette no quería tener nada que ver con esto, terminó envuelta en un confuso episodio que resultó ser la chispa para la revuelta de los campesinos. El König la culpó de su precaria situación y decidió llevar la pelea a ella, al Bosque, con la información proporcionada por Scarlett y una extraña arma, el Orbe del Sol, cortesía de Alicia.
La cazadora intentó escapar del reino junto a Goldilocks y Joha, pero fue interceptada por Wilhelm y Hildebrandt, el Capitán de la Guardia Real. Para asegurar su rendición, el König amenazó con quemar la cabaña de Violette con Goldilocks dentro… y lo hizo de todos modos después de que la cazadora depusiera sus armas, utilizando el Orbe. El fuego se expandió por el bosque con ferocidad, y Violette dio a su pequeña amiga por muerta.
Goldilocks fue rescatada por Joha y ambos trataron de llegar al palacio para ayudar a Violette. Mientras tanto, Violette fue liberada de sus cadenas por Ludwig y en medio de su rabia y su pena, asesinó a Caoilfhionn antes de enfrentarse con Wilhelm. Los dos enemigos se hirieron de muerte delante del pueblo y de las anhelantes tropas de Scarlett…
…pero los planes de la Princesa Heredera se vieron frustrados por su propio segundo al mando, Robin de Sherwood, quien la acusó de usar Brujería para conseguir sus propósitos y volvió a sus soldados contra ella.
Wolfhausen habría quedado sin nadie que lo gobernara, de no ser por Alicia. La misteriosa mujer robó un libro escondido en la Torre de la Königin Viktoria y sirviéndose de algunos trucos de magia, hizo los arreglos necesarios para que Goldilocks ascendiera al trono.
Viktoria, al enterarse de la muerte de Wilhelm, se quitó la vida.
Siete años después, nadie en Wolfhausen recuerda que la Kronprinzessin no es quien aparenta, y el reino disfruta de una prosperidad sin precedentes, pero quedan cientos de interrogantes.
¿Qué era el libro que custodiaba la Königin Viktoria?
¿Quién estaba ayudando a Scarlett con sus planes?
¿Fue el destino de Wilhelm y Violette manipulado para llegar a ese final?
¿Y quién es, en realidad, Alicia de Wünderland?
Capítulo 1 – Una visita diplomática
La habitación de la Kronprinzessin estaba vacía.
Angharad se quedó quieta en el vaho de la puerta, con la bandeja del desayuno inútil en las manos. Las sábanas estaban revueltas y el vestidor desordenado. No había rastros de la ocupante por ningún lado.
Debería llamar a la guardia, advertirles de la desaparición, organizar una búsqueda. La Kronprinzessin podía estar herida o en problemas o perdida. Era una mujer de salud frágil. A veces realizaba acciones incomprensibles, y por eso era necesario mantenerla vigilada en todo momento. Al menos, así lo habían establecido los honorables miembros del Consejo Real.
Angharad tenía otras ideas. Dejó la bandeja en la mesa de la recámara y estudió la habitación. Los vestidos más pesados y elegantes, los que la Kronprinzessin usaba para presentarse a las reuniones del Consejo o en público delante del pueblo, colgaban intactos del armario, lo que no era una sorpresa. Las enaguas y los complicados lazos de los corsés hacían que ponérselos fuera una tarea de dos personas. Pero debía de haberse puesto algo, porque ni siquiera ella saldría de sus habitaciones solo con el camisón, que ahora estaba descartado y arrugado en el suelo junto a la cama. Si hubiera salido desnuda, el palacio entero ya estaría alborotado.
La Kronprinzessin poseía otro conjunto de vestimentas, uno cuya existencia ignoraban los miembros del Consejo. Lo habrían desaprobado vigorosamente, y más si supieran su propósito. La Kronprinzessin tenía maneras de eludir sus prohibiciones. Angharad tenía un poco que ver en ello. Ella había encargado esos vestidos a una costurera del pueblo y los había contrabandeado dentro del armario real envueltos en un montón de ropa blanca. Sabía dónde estaban escondidos y no la extrañó encontrar ese espacio en la repisa tan vacío como la cama.
Cerró la puerta detrás de sí y salió con paso tranquilo, para no delatar su misión. Era temprano aún. La única actividad en el palacio estaría en las cocinas, pero si se cruzaba con alguien, les diría que la Kronprinzessin estaba desayunando y no deseaba ser perturbada. No había motivo para alertar a la guardia cuando Angharad ya sospechaba dónde la encontraría.
Bajó las escaleras y salió por la puertecilla que daba a los Jardines Norte. La Kronprinzessin había mandado a construir una pequeña cabaña y un corral contra uno de los rincones del muro. La excusa había sido que quería leche y huevos frescos para desayunar, en lugar de esperar a que se los trajeran del pueblo. La verdad era… bueno, Angharad no acababa de comprenderla. Pero las actividades de la Kronprinzessin allí habrían provocado que los Consejeros se tragaran sus pelucas.
La vio de espaldas, con el voluminoso cabello rubio cayendo en cascada sobre sus hombros, casi hasta el suelo. Llevaba puesto el corsé azul que se anudaba por delante, como los de las campesinas, y las faldas marrones que se ensuciaban con tierra sin que se notara. estaba sentada en un taburete de madera y descalza: Angharad se fijó en los zuecos abandonados en la entrada del corral antes de acercarse silenciosamente, para no perturbar a las gallinas que picoteaban en el suelo.
—¿Su Gracia? —la llamó, usando su título correcto.
Ella no le respondió. Se inclinaba de manera poco regia, empeñándose en apretar las ubres de la cabra y apuntar los chorros de leche caliente hacia el cubo que tenía delante de sí. Tarareaba una canción popular y parecía contenta, tan concentrada en su tarea como cualquier granjera.
Angharad se extrañaba de que una hija de reyes, nacida y criada en el palacio, mimada hasta el extremo por sus padres primero y por su hermano mayor después, supiera ordeñar cabras, recoger huevos y cantar los mismos sones que los plebeyos sobre los que reinaba. ¿Quién le habría enseñado todo eso?
Esa pregunta siempre le provocaba un dolor sordo en el fondo de la cabeza, así que trataba de no hacérsela a menudo.
—Su Gracia —repitió, un poco más alto. La Kronprinzessin continuó ignorándola hasta que Angharad la rodeó y se plantó delante de ella—: ¡Lady Locks!
Lady Locks se sobresaltó. La miró con aquellos enormes ojos azules, demasiado grandes e inocentes para una joven que ya tenía edad para estar casada y ser madre. Ojos que hubiera sido más fácil encontrar en una niña traviesa haciendo de las suyas. Pero le sonrió sin asomo de culpa.
—¡Buenos días, Angharad! —dijo, con voz clara y aguda, infantil—. Perdona, sé que no te gusta que salga sola, pero es que tenía ganas de ver a Loretta. Estaba muy sola, pobrecita.
Loretta, la cabra, miró a Angharad masticando una brizna de pasto que se le había quedado atascada en el hocico. No parecía que le importara en lo más mínimo si le hacían compañía o no, pero Angharad sabía que si no la ordeñaban a menudo, balaría hasta perturbar a todo el palacio. Así que quizá aquella decisión no carecía de lógica.
—Por mí, no os apuréis, su Gracia. No diré nada.
Lady Locks levantó el cubo medio lleno.
—¿Quieres un poco? —le ofreció, alegremente—. Ahora es cuando está más sabrosa.
—No, gracias. Ya desayuné —dijo Angharad. Estaba más concentrada en tratar de llevarla de vuelta al palacio antes de que notaran su ausencia o, peor, la vieran con esa facha y la regañaran por su falta de decoro—. Milady Locks…
—¿Por qué todo el mundo me llama así? —preguntó ella, con un suspiro exasperado—. Me llamo Goldilocks. Gol-di-locks.
Tomó la taza de hojalata que colgaba de un gancho en la puerta del corral y la sumergió en el balde.
Sería inútil explicarle que ella misma les había dado permiso tanto a la servidumbre y al pueblo llano como a los nobles de su reino para llamarla de esa manera. Su nombre completo, había dicho, era demasiado largo y engorroso. Angharad sabía que esos detalles se escapaban de su mente cuando estaba en un ánimo como aquel.
Así que la doncella se limitó a verla beber. Lady Locks echó la cabeza hacia atrás con expresión de gusto, hilillos de leche deslizándose por la comisura de sus labios.
—Su Gracia, es necesario que volvamos —le recordó Angharad—. Tenéis una agenda muy ocupada el día de hoy. Los Consejeros quieren reunirse a primera hora para daros ciertas noticias que llegan desde la frontera del reino y…
Lady Locks la ignoró. Volvió a llenar la taza y, esta vez, bebió más despacio. Cuando terminó, se limpió la boca con la manga del vestido, tosca como una campesina.
—Sí, está bien —dijo al fin. Había resignación en su tono—. Supongo que debo regresar.
Dejó la taza en su sitio y salió del corral con paso apurado. Angharad se detuvo a recoger los zuecos del suelo y la siguió. Volvieron por las mismas escaleras por las que Angharad había salido. Sin más juegos o distracciones.
—Cuéntame de esos asuntos tan importantes —le pidió lady Locks una vez que estuvieron de regreso en sus aposentos.
Se desató el corsé y dejó caer las faldas sin ningún pudor antes de meterse detrás del biombo. La doncella sacó las enaguas y empezó la compleja rutina de ayudar a su señora con la paciencia de todas las mañanas.
—Los Consejeros han tenido noticias de movimientos en la frontera oeste. Creen que será necesario poner un puesto de guardia en el bosque —explicó, mientras ajustaba las tiras del corsé. De un color rosa apagado, con bordados de plata, era mucho más digno de una Kronprinzessin, pero también más incómodo de llevar. Lady Locks no se quejó ni una sola vez—. Hablan de extranjeros que han ingresado a Wolfhausen…
—Tonterías —la interrumpió lady Locks—. Todavía estamos muy lejos del Festival de Fin de Verano, así que no hay visitantes…
—No se trata de visitantes, su Gracia. O al menos, eso teme el Consejo. Recuerdan lo que ocurrió con vuestro hermano cuando personas desconocidas llegaron aquí la última vez…
—Hemos tenido siete años de paz desde entonces, Drei —dijo lady Locks—. Y no ha sido porque cerramos las fronteras y les negamos asilo a quienes llamaron a nuestras puertas en busca de refugio. No ha sido porque les mezquinamos campos que cultivar y madera del bosque para construir sus casas.
Era como si al cambiarse el vestido, la propia lady Locks hubiera cambiado. Su voz era más grave, sus modales un poco más bruscos y desdeñosos. Hasta dejaba de llamarla por su nombre y en cambio usaba el odioso apodo que le había puesto el König.
La principal diferencia estaba en los ojos. Cuando jugaba en su corral y ordeñaba su cabra, aquella mirada azul era despejada como un día de verano. Ahora, sin embargo, se veía más oscura, cubierta de nubes de preocupación. No era una niña, sino una dama correcta e inteligente, educada para la vida en la corte. Era la regente que había aprendido a gobernar a los tumbos durante el primer año después de la muerte de su hermano.
Lady Locks no era como el König. No era orgullosa y no vivía atrincherada en su palacio, temerosa de que una asesina en la noche viniera a arrebatarle la vida. Restauró el Consejo de nobles que su hermano desbandó, dio de baja la excesiva cantidad de guardias en el servicio y les ordenó volver a sus campos y a sus familias. Con dos medidas tan simples y austeras, ya se había convertido en mejor gobernante que el difunto Wilhelm von Wolfhausen. Casi ni hizo falta que saliera a menudo al pueblo, que visitara las granjas y que se interesara por los problemas del pueblo llano para que ellos la adoraran de inmediato.
La apodaron la Reina Dorada, aunque en rigor, solo era una regente temporal. Esas distinciones los tenían sin cuidado. Lo único que sabían era que ella no los hacía pasar hambre, los trataba con amabilidad y compasión y no era caprichosa como el König anterior. Con ella en el trono, Wolfhausen tenía paz al fin.
A veces, sin embargo… a veces…
Angharad recogió los enormes rizos de la Kronprinzessin en un elaborado moño contra su nuca. Lady Locks se sentó delante de su espejo y abrió su estuche de maquillaje. Se aplicó con los dedos un poco de carmín en los labios y se empolvó la nariz mientras Angharad rociaba su cabello y su ropa con algo de perfume. Cuando terminaron, lady Locks asintió para sí misma con satisfacción.
—Será mejor que vaya a escuchar qué temores infundados tienen para mí los queridos Consejeros —dijo, tomando las faldas para ponerse de pie—. Por favor, prepárame un buen almuerzo. Apenas he tocado el desayuno.
Se marchó con paso seguro sobre sus tacones, como si nunca en la vida hubiera llevado otro tipo de calzado. Sí, lady Locks era exactamente quién debía ser.
Sin embargo, Angharad no podía evitar cierta ternura hacia la otra, hacia la niña de ojos enormes que cantaba y comulgaba con los animalillos de su granja de juguete y que había aprendido a pronunciar su nombre en lugar de decantarse por un apodo. No tenía idea de dónde había salido esa otra personalidad ni por qué una se imponía sobre la otra dependiendo del momento del día, pero Goldilocks no se metía con la administración del reino y lady Locks dejaba que la niña se divirtiera de cuando en cuando. Mientras se mantuvieran en ese equilibrio, importaba poco cuál de las dos había estado antes.
El té del desayuno se había enfriado y la mermelada estaba pegajosa. Angharad se llevó la bandeja de allí. El día apenas estaba comenzando y ella tendría que enterarse de todas las novedades del palacio para informárselas a lady Locks durante la cena.
Las cocinas rebosaban de actividad, con pinches y ayudantes corriendo de un lado a otro. Era día de entrega, lo que significaba que los mercaderes y artesanos del pueblo se acercaban a llevar sus productos al palacio y había que poner cada cosa en su lugar, así que el caos no era sorprendente.
Gretchen, la cocinera en jefe, hablaba con Ranghailt a voz en cuello, gesticulando con preocupación.
—¡Será un desastre, un desastre…!
—¿Qué ocurre, Ran? —preguntó Angharad.
Esperaba que el “desastre” fuera algo menor, como la falta de cilantro para el pescado o de miel para las tortitas de la tarde. Un grano de arena que se estaba convirtiendo en una montaña por obra de la histeria colectiva, como ocurría una semana sí y la otra también.
Pero su hermana mayor la miró con ojos dorados, iguales a los suyos, abiertos de par en par. Se tiró de la trenza roja con nerviosismo.
—¡Es esa estúpida cabra! —se quejó. Angharad sintió que un sudor frío se le formaba en la espalda aún antes de que Ran continuara—: Algún genio dejó la puerta del corral abierta…
***
Tal como Angharad le había anunciado, los Consejeros querían hablar de los extranjeros que llegaban a Wolfhausen. Lady Locks escuchó sus inquietudes con la debida atención y cortesía, asintiendo a cada una de sus palabras y tomando notas en los papeles extendidos delante de ella, aunque a veces solamente fingiera escribir una palabra. Al fin y al cabo, uno de los motivos por el que el reino prosperaba era su disposición a escuchar a esos hombres que habían ayudado a gobernarlo desde antes de que ella naciera.
Pero a veces sus protestas y temores eran excesivos y hasta, se atrevería a decir, un poquito ridículos. No es que no respetara sus cabezas blancas y sus poblados bigotes, símbolos de su sabiduría y experiencia y todo eso. No le hubiera molestado que fueran menos rígidos con las costumbres, eso era todo.
Cuando le llegó el turno de hablar, eligió sus palabras con mucho cuidado para transmitir esos sentimientos:
—Hay todavía mucha tierra sin cultivar en los alrededores del reino y nos faltan manos para ocuparse de ella. Tenemos que aprovechar al máximo el territorio, señores, aunque no sea tan extenso como el de Alcázara.
—Ese es el problema, su Gracia —contestó Engelbert—. No podemos regalarle una parcela a cualquier andrajoso que llegue por aquí pidiendo comida.
—Es lo único que tenemos para dar —replicó lady Locks—. No nos sobran inventores ni libros que atraigan a los eruditos. No tenemos un mar en el que pescar y comerciar. Lo único que tenemos es el bosque y los campos que le hemos ido quitando.
—Precisamente. Debemos administrarlo con cuidado y precisión.
Como siempre, las protestas de lady Locks caían en oídos sordos. Paseó la mirada por cada uno de ellos antes de dirigirse a la ventana. Más allá de las casas del poblado, estaban las granjas que en su infancia habían estado vacías y venidas a menos. Ahora los cultivos formaban líneas rectas y marrones donde crecían todo tipo de verduras o cereales, o donde pastaban las ovejas y las vacas.
Más allá aún, el Bosque Sur.
Lady Locks se estremecía al mirarlo. Desde el incendio hacía siete años, desde el caos provocado la misma noche de la muerte del König, los frondosos pinos se habían convertido en esqueletos de madera que extendían sus ramas ennegrecidas al cielo, como suplicantes ignorados por los Dioses. El suelo, cubierto de ceniza, no había vuelto a reverdecer y los animales se habían marchado hacia lugares menos hostiles y desolados.
Era una terrible cicatriz en el rostro del reino. Así que nadie protestaría si ella intentaba cubrirla.
—¿Qué hay de ese territorio?
—Hemos intentado cultivar allí antes, su Gracia —le recordó Henniger, tras consultar sus papeles—. Convertirlo en granjas o en un sitio de provecho, pero los resultados han sido cosechas demasiado magras para justificar el gasto.
—Intentémoslo de nuevo. Quizá este año tengamos éxito.
Los Consejeros intercambiaron largas miradas. Lady Locks esperaba que no estuvieran solamente fingiendo considerar su propuesta antes de rechazarla de plano. Löffler se aclaró la garganta.
—Los campesinos no querrán acercarse a ese lugar —dijo—. Creen que está… bueno, es una superstición, por supuesto, pero muchos están convencidos…
—¿De qué? —le espetó lady Locks, exasperada por tantos titubeos—. ¿Qué es lo que creen?
Hubo otra pausa, mucho más breve que la anterior.
—Dicen que el lugar está maldito, su Gracia. Temen a los supuestos espíritus y criaturas que lo recorren.
No era la primera vez que lo escuchaba, y le había parecido tan absurdo entonces como ahora. Miró al techo, hacia las grietas que se abrían paso entre la pintura y el yeso. ¿Cuántos Königs habrían mirado aquellas mismas grietas mientras pensaban en la mejor manera de convencer a sus Consejeros de algo?
Cuando bajó la cabeza, la Kronprinzessin sonreía.
—Aún más motivos para que los cultive alguien de fuera del Reino, ¿no es así? —concluyó, triunfante. Tenía todo el sentido del mundo. Un extranjero que no supiera o no le importaran los acontecimientos de la noche del incendio no tendría motivos para temer la tierra abrasada.
Los cuatro Consejeros suspiraron. A lo mejor sabían ya que no tenía sentido discutir con ella al respecto y lady Locks pretendía dejarlo allí.
—¿Algún otro asunto?
—El reemplazo de lord Dahmen…
—Ya he designado a alguien para el puesto —les recordó lady Locks, hablando con firmeza. Llevaban semanas discutiéndolo y ella había impuesto su autoridad al respecto, pero la amnesia selectiva de los Consejeros los obligaba a traerlo a colación una y otra vez—. Mi candidato está tardando en responder, pero estoy segura que lo hará en el momento en que lo crea conveniente.
Los cuatro Consejeros bajaron la vista. No les satisfacía esa respuesta, pero se daban cuenta que ya habían desafiado demasiado a la Kronprinzessin por un día. Lady Locks se levantó.
—Si eso es todo, me retiro —dijo, dándose vuelta hacia la puerta—. Tuve un desayuno demasiado ligero y desearía…
—Su Gracia —la detuvo Janke—. Espero que no os hayáis olvidado de lord Charles de Greenwood.
Lady Locks hizo una mueca que se cuidó mucho de hacer desaparecer antes de enfrentarlos de nuevo.
—¿De verdad tengo que almorzar con él?
—Lord Charles hizo un largo viaje para verla, su Gracia. Sería descortés que rechazarais su invitación.
—Su invitación a almorzar en mi propio palacio —señaló lady Locks. Ninguno de los Consejeros apreció la ironía, así que decidió pasar a la honestidad brutal—: Vosotros estáis contando con que yo acepte su propuesta de matrimonio.
Al menos no insultaron su inteligencia con una negativa.
—Sois una mujer joven —dijo Hanniger—. Vuestra regencia ha conseguido grandes avances en el reino, es verdad. Pero corresponde que os caséis y proporcionéis al reino un heredero.
Lady Locks soltó una carcajada amarga. Ella era la soberana en todo menos en el nombre. Los Consejeros la habían visto crecer, la habían dejado sentarse en sus reuniones cuando era casi tan baja que sus pies no alcanzaban el piso una vez que estaba en el sillón de la cabecera. Le habían enseñado a redactar decretos y mandatos, las trampas del lenguaje y la diferencia entre la letra y el espíritu de una ley.
Y nunca reconocerían su autoridad a menos que tuviera un hijo varón al que coronar. Quizá la veían todavía como una niña que tenía mucho que aprender. O quizá temían que, con el poder absoluto de una Königin, ella los destituyera, como había hecho Wilhelm, y mantenerla en la posición de regente era la única forma de preservar su poder. Por el motivo que fuera, no confiaban en ella, pero al menos eran muy corteses a la hora de hacérselo saber.
—Sería una alianza conveniente para el reino, su Gracia —continuó Engelbert—. Lord Charles es un simple Duque, pero es dueño de una inmensa riqueza y está emparentado con la familia real de su país.
—Un país con el que tenemos relaciones tensas —añadió Löffler—. Esta sería una manera de suavizarlas.
—¿Por qué? —preguntó lady Locks, bajando la voz hasta volverla un murmullo furioso—. Ellos conspiraron contra mi hermano.
A los Consejeros no les entusiasmaba recordar esos detalles, pero ella no podía evitarlo. Se miraron unos a otros, desde los distintos extremos de la Sala del Consejo. Janke se levantó antes que nadie.
—Su Gracia, el Capitán Hildebrandt investigó a fondo la muerte del König, como se lo demanda su posición. La criminal Riding Hood se escabulló dentro del castillo, aprovechando la rebelión del pueblo. Es verdad que la Princesa Scarlett de Hood y su comitiva se encontraban en el palacio y es verdad que se marcharon con prisas esa misma noche, pero eso se debió a que las tropas deseaban proteger a su soberana de los disturbios. No hay pruebas de que ellos hayan intervenido en esos acontecimientos. Nada que justifique un desplante a esta visita diplomática, en todo caso.
Lady Locks se cruzó de brazos. Habría podido señalar los problemas con esa historia casi sin pensárselo. ¿Por qué estaba la Princesa Heredera allí, para empezar? ¿Había habido algún tratado comercial que quedara truncado, algún trato que no llegó a concretarse? La rebelión había empezado días antes, ¿por qué no se habían marchado antes si temían por la seguridad de Scarlett?
¿Cómo había conseguido Violette Riding Hood entrar al palacio?
Las piezas encajaban de la manera en que lo contaban los Consejeros, era verdad, pero había aristas que parecían forzadas, extrañas. Le hubiera gustado poder recordar más de aquella noche, pero cada vez que pensaba en ella, acababa con una migraña tan feroz que la tumbaba en la cama un día entero. Cuando intentaba reconstruir el rostro de su hermano en su memoria, se le enredaban sus rasgos y acababa con una imagen que no se parecía en nada a la del soberano arrogante y complacido cuyo retrato colgaba en la Galería de los Königs de antaño.
No les explicó aquello a los Consejeros. No podía, no sin arriesgarse a que la trataran con condescendencia y le dijeran que no se agobiara con asuntos del pasado o que llamara a los doctores si se sentía mal. Ya había tenido demasiado de eso cuando era una niña.
—De acuerdo —suspiró lady Locks—. Almorzaré con él para no desairarlo y consideraré su propuesta, pero me reservo el derecho a dar una respuesta negativa.
—No os pedimos más, su Gracia.
Lady Locks abandonó la Sala del Consejo con pasos largos y frustrados. Tenía la esperanza de almorzar sola y tranquila, quizá con uno de los pocos libros de filosofía que habían conseguido en el último Festival. Era una lectora esmerada, pero lenta. Se le mezclaban las letras y le costaba separar una palabra de la otra. Había tenido que aprender cuando ya estaba crecida… o mejor dicho, volver a aprender.
De acuerdo al doctor que la atendió, las violentas emociones que le provocaron las muertes de su madre y de su hermano fueron la causa de que su memoria tuviera lagunas. También perdió ciertas habilidades, como leer y escribir. Olvidó los modales de la corte y el protocolo, cosas que había aprendido cuando era una infanta. El doctor dijo que a veces les ocurría lo mismo a los soldados que volvían de la guerra.
Lady Locks se empeñó en aprender y recordar. Lo primero lo consiguió a fuerza de paciencia y perseverancia. Lo segundo la seguía metiendo en ciertos laberintos cuya salida era imposible de encontrar. Por eso era mejor centrarse en el presente, aunque el presente fuera un paseo por el jardín con un hombre cuya conversación era tan reseca como un pastel de miel quemado.
—Y es por eso que en mi país, solo los hombres que han estudiado arduamente tienen permitido ejercer la medicina —le contaba lord Charles de Greenwood—. Estaréis de acuerdo que es la mejor manera de proporcionar salud a los habitantes de un reino.
—¿Y qué ocurre con las personas que no pueden permitirse pagarles a vuestros doctores? —preguntó lady Locks, que no veía por qué tenía que estar de acuerdo—. ¿Acaso sufren y mueren sin que nadie los ayude?
Lord Charles alzó una ceja. Tenía ojos grises, descoloridos. Eran el único rasgo interesante en su rostro. Esa mañana, se había puesto un traje de terciopelo verde con volados en las mangas y se había echado su cabello rubio arena hacia atrás. El efecto no lo favorecía, no con aquella frente amplia y esa nariz tan afilada. Lo peor de todo tenía que ser su sonrisa despectiva.
—La gente sencilla puede acudir a un doctor, por supuesto, y este puede dispensarlos del pago o rebajar el precio de sus servicios —dijo, con un tono divertido, como si ella le hubiera contado una broma—. La mayoría lo hace. Son hombres honorables que no querrían que los habitantes de nuestro reino se pusieran en manos de curanderas y boticarias.
Lady Locks se mordió la lengua antes de expresar el muy descortés pensamiento que se le había ocurrido. Si la salud de un pueblo dependía de la generosidad de sus doctores, y si no había garantías de que estos fueran tan honorables como afirmaba lord Charles, entonces ese pueblo se extinguiría con la próxima plaga. Claro, que si lo decía, él tal vez la considerara una ignorante o una ilusa por preocuparse así de la gente sencilla, y él no querría una esposa así, ¿verdad?
En cambio, desvió la mirada hacia los árboles y enredaderas que había ordenado plantar. Su hermano se había rodeado de rejas y altos muros. Los Consejeros se habían opuesto a que ella los derribara, así que lady Locks se había conformado con cubrirlos de vegetación, para que el jardín del palacio luciera menos como una prisión. Si entornaba un poco los ojos, podía convencerse de que su jardín se abría y se mezclaba, libre, con el Bosque Norte.
—Una vez oí hablar de una curandera. Dicen que prestaba sus servicios a cambio de nada, porque todo lo que necesitaba lo podía conseguir de la tierra. La llamaban la Anciana del Bosque.
—¿De dónde habéis sacado una historia tan absurda? —preguntó lord Charles—. Alguien de vuestra posición no debería repetir esas habladurías.
Lady Locks se sonrojó, no solo por el insulto (o la insinuación del insulto), sino porque era incapaz de darle una respuesta. No recordaba quién le había hablado de la Anciana, ni por qué le había venido a la mente, y mientras más trataba de responder, más la esquivaba la situación donde había escuchado la historia. Era como una comezón que no podía rascarse, o como la molesta sensación de tener una palabra en la punta de la lengua…
—¡Su Gracia!
La doncella apareció por el sendero y la salvó de tener que explicarle el motivo de su silencio a lord Charles.
—Ah, Drei —dijo Lady Locks, volviéndose hacia ella con una sonrisa—. ¿Está listo el almuerzo?
—Casi —contestó Drei. Jugueteó con su trenza nerviosamente antes de continuar—: De eso quería hablaros. A solas, de ser posible.
—Por supuesto. Disculpadme, lord Charles. Parece que esto requiere mi inmediata atención.
En realidad, no sabía si era así o no, pero estiraría el tema lo suficiente como para que lord Charles se aburriera o tuviera tanta hambre que eligiera almorzar sin ella.
Su pretendiente se encogió de hombros. Tenía cara de un hombre que acababa de salvarse de la horca.
—Os esperaré para que continuemos con nuestro paseo.
Tal vez él disfrutaba de la compañía de la Kronprinzessin tan poco como ella la de él. ¿Era optimista pensar que no habría una propuesta de matrimonio después de todo?
Siguió a la doncella a través del jardín.
—Gracias —suspiró—. No tienes idea de lo mucho que…
—Su Gracia —la interrumpió Drei. No era propio de la doncella actuar de forma tan grosera y en contra del protocolo, así que lady Locks esperó mientras ella vacilaba antes de revelar—: Se trata de Loretta.
—¿Loretta?
—Se ha vuelto a escapar. Es culpa mía; olvidé comprobar que la cerca quedara bien cerrada. Ahora está en alguna parte del castillo. Sé que recordáis lo que ocurrió la última vez.
La última vez, Loretta había entrado a la Sala del Consejo. Se dio un festín con ciertos tratados olvidados sobre la mesa, el ruedo de las cortinas y la peluca blanca de Janke, que le robó del bolsillo cuando el hombre entró allí por casualidad. Los Consejeros estaban muy molestos y Loretta solamente se salvó de ser vendida en el pueblo porque lady Locks impuso su voluntad real.
Debería estar preocupada por su cabra, comprendió la Kronprinzessin, y por la potencial destrucción que causara. En cambio, sonrió ampliamente y cuando no pudo contenerse más, soltó una carcajada.
—¡Drei, eres un genio! ¡Me salvaste de ese maldito almuerzo!
Eins se hubiera escandalizado por ese lenguaje. Drei era más joven y menos estirada, aunque eso no quitaba que no supiera cómo responder al exabrupto.
—Su Gracia, me parece que no comprendéis…
—¡Comprendo que tenemos que atrapar a Loretta! —dijo lady Locks. Tomó el lazo que le anudaba el cabello y lo desató de un brusco tirón, todavía riendo mientras sus rizos dorados se le desparramaban por la espalda—. ¡Vamos, antes de que la muy desastrosa cause algún percance! Si fueras una cabra, ¿a dónde irías tú, Angharad?
Se quitó los zapatos con sendos golpes de talón y se recogió las faldas para correr con más libertad. Angharad no la delataría, lo sabía, y aunque los Consejeros la vieran, ella les explicaría que estaba haciendo algo para proteger la estabilidad misma del reino. Después de todo, ¿qué pasaría si Loretta se comía algún tratado comercial importante…?
Angharad la miraba con extrañeza cuando llegaron a la puerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó lady Locks.
—Nada, su Gracia —contestó ella. Tenía sus zapatos en la mano, pero no le pidió que volviera a ponérselos—. ¿La cocina, quizá?
Era una respuesta lógica, pero si Loretta hubiera ido allí, Ranghailt o Gretchen o alguno de los pinches ya la habrían llevado de vuelta al corral. Tampoco la encontraron en la despensa ni (ya que se la había pasado tan bien allí en su escapada anterior) en la Sala del Consejo.
—Vamos a tener que separarnos para cubrir más terreno, Angharad —decidió lady Locks—. Es la única manera de atrapar a la fugitiva.
Era divertido: un juego de escondidas entre una cabra y una Kronprinzessin. Lady Locks estaba tan concentrada que no entendió por qué Angharad se veía preocupada por otros asuntos.
—Su Gracia, casi es la hora…
—Infórmale al Duque de Greenwood que cenaré con él esta noche —determinó lady Locks—. Esto es prioritario.
Se lanzó otra vez a la persecución por uno de los tantos pasillos, sin molestarse en mirar si Angharad la seguía. No encontró rastros de Loretta: ni huellas de sus pezuñas, ni objetos a medio masticar.
—Si yo fuera una cabra, ¿a dónde iría? —se preguntó de nuevo, pero sencillamente no podía pensar como Loretta.
Quizá si se pusiera de cuatro patas y balara un poco, se le ocurriría una idea, pero no lo conseguiría con aquel vestido tan molesto. Estaba considerando ir a su cuarto a cambiarse (a lo mejor encontraría a Loretta de camino hacia allí) cuando sus pies descalzos trastabillaron. Se detuvo, apoyándose en la pared para recuperar el equilibrio. No podía ver más allá de sus narices en aquel pasillo tan oscuro. En cuando pudiera, le pediría a alguien que llevara una antorcha o una lámpara allí, porque la verdad…
Miró alrededor. El pasillo no tenía ventanas y las paredes exhibían su piedra gris desnuda, sin tapices ni mármoles para cubrirla. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal cuando se dio cuenta de dónde estaba.
Era el pasillo que llevaba a la Torre de la Königin. Si seguía adelante, llegaría a la estrecha escalera de caracol que ascendía a los aposentos de Viktoria, donde había vivido recluida hasta enterarse de la muerte de su hijo. La torre donde se había quitado la vida.
Nunca le habían dicho cómo lo hizo y la Kronprinzessin pensaba que era de mal gusto preguntar al respecto. Algunas veces se imaginaba a esa mujer cuyo rostro no conseguía recordar (¿era una mala hija?) abriendo de par en par los postigos de su ventana, trepando al alféizar y mirando hacia abajo, hacia el suelo frío y lejano, cubierto de nieve temprana…
Lady Locks se apartó de la pared como si el contacto la quemara y giró sobre sus talones. El camino de vuelta por el lúgubre pasillo parecía interminable, pero tenía que recorrerlo. De pronto había perdido las ganas de jugar, de esconderse de su pretendiente y buscar a su cabra perdida. ¿Qué estaba haciendo? Tenía deberes que atender. Ella era la Kronprinzessin. Conocía su lugar.
—No mires atrás —se dijo a sí misma, en un susurro—. No hay nada atrás.
No sabía si hablaba de sus recuerdos, distorsionados como la imagen en un espejo fracturado, o de aquella zona del palacio en general. La oscuridad en pleno día, sin un resquicio de sol, no era como la de las noches aterciopeladas de verano o la de debajo de las sábanas cuando se tapaba hasta la cabeza para dormir. No, esta era fría como el hielo e igual de cortante. Amenazaba con metérsele por la nariz y congelarle los pulmones, con dedos alargados que se estiraban para aferrarse a sus hombros, a su pelo, a la falda de su vestido…
—No mires atrás —repitió, obligando a sus pies temblorosos a avanzar—. No pienses en eso. No mires atrás.
Era una tontería. Nada más que pesadillas que la acosaron después de la muerte de su hermano. No era real. No lo recordaba, porque no había pasado. No había monstruos en la Torre. No había fantasmas vestidos de blanco, ni bichos enormes, azulados, que se le aferraran al cuello y le clavaran sus colmillos en la piel.
Lady Locks se echó a correr, ciega de miedo, hasta que vio una luz a su derecha. Corrió hacia el ventanal y apoyó las manos en el alféizar, la frente contra el vidrio fresco. Jadeaba con fuerza y sus rodillas estaban a punto de ceder. Consiguió no desmayarse a duras penas. Con dedos inseguros, se aferró al seguro de la ventana y la abrió de par en par. La agradable brisa de verano le besó el rostro y arrastró de un soplido sus temores absurdos.
Siete años. Hacía siete años que nadie caminaba por ese pasillo, que nadie subía a la Torre a perturbar el lugar donde había muerto la Königin Viktoria. ¿Por qué había ido allí? ¿Por qué no se había fijado por dónde andaba? Ella conocía ese palacio, había vivido allí toda su vida. Era la Kronprinzessin Goldilocks von Wolfhausen y estos eran sus dominios. ¿Por qué lo olvidaba? ¿Por qué se encontraba tan perdida como hacía siete años cuando despertara en su cama confundida y asustada…?
Un golpeteo de pezuñas la trajo de vuelta al presente. Loretta venía caminando hacia ella con la indolencia de quien da un paseo. Un pedazo de tela rosada asomaba por el costado de su hocico.
—Cabra tonta —murmuró lady Locks, aliviada de ver otro ser vivo. Loretta no intentó huir cuando le dio una palmada en la cabeza—. Escucha, si sigues haciendo estas cosas, Ran o los Consejeros acabarán por echarte…
Loretta abrió la boca.
—¿Su Gracia?
Lady Locks se sobresaltó, pero claro, no había sido la cabra. La voz venía del recodo del pasillo y los pasos fuertes, seguros, se escuchaban cada vez más cerca. Lady Locks no tuvo tiempo para pensárselo demasiado.
Cuando el Capitán Hildebrandt apareció por la esquina, la Kronprinzessin estaba parada delante de la ventana, derecha y digna como su rango demandaba. El Capitán le hizo una reverencia.
—Su Gracia, os estábamos buscando. ¿Os encontráis bien?
—¡Perfectamente! —respondió lady Locks, un poco más alto de lo necesario—. ¿Por qué lo preguntáis, capitán?
—Bueno, un guardia os vio correr en esta dirección…
Un suave sonido interrumpió lo que estaba diciendo. Hildebrandt alzó una ceja, miró hacia abajo y de inmediato volvió la vista hacia el rostro imperturbable de lady Locks.
—Su Gracia, disculpad el atrevimiento, pero me parece que vuestra falda acaba de… ¿balar?
—Sí, eso parece.
Hildebrandt se atusó el bigote y cambió de tema.
—En fin, no es buena idea que vengáis al Ala Sur, su Gracia —continuó, tras echarle otra mirada rápida a la falda de lady Locks—. El mantenimiento en esta parte del palacio no ha sido tan riguroso como debería.
—Quizá debáis poner un cordón entonces, Capitán —sugirió lady Locks—. Por si algún invitado distraído viene por aquí.
Hildebrandt no preguntó el motivo por el que ella estaba ahí. Sabía que no se sentiría obligada a responderle con la verdad.
—De acuerdo —dijo en cambio.
—Haz eso ahora mismo.
—Sí, su Gracia.
La Kronprinzessin y el capitán se miraron largamente. Luego, Hildebrandt hizo otra inclinación, dio media vuelta y se alejó con el mismo paso militar de antes. Lady Locks suspiró y movió su falda a un costado para que Loretta pudiera salir de debajo del vestido.
—Vamos —le dijo a la cabra, agarrándola de un cuerno—. Ya es hora de dejar de jugar.
***
Gretchen se esmeró con la cena esa noche. La carne de cerdo estaba cocida en su punto, blanda y especiada, y los vegetales estaban tiernos y sabrosos. Lady Locks los cortaba en pedacitos pequeños, se los llevaba a la boca con movimientos cuidadosos y masticaba despacio. Era una prueba de voluntad: lo que quería hacer en realidad era lanzarse sobre sobre la comida y devorarla de un bocado. Eso le pasaba por desayunar mal y saltarse el almuerzo.
Por suerte, el comensal sentado enfrente de la enorme mesa del comedor no parecía tan ansioso por hablar como esa mañana. De hecho, lord Charles estaba taciturno, con los ojos caídos mientras revolvía la comida en su plato, sin probarla. Lady Locks pensó en preguntarle si no era de su agrado y si debía informar de ello a la cocinera, pero el sarcasmo no era propio de alguien de su posición.
Cuando terminó, tomó un sorbo de su copa de vino, se pasó la servilleta por los labios y les hizo una seña a Eins y a Drei. Lord Charles se sobresaltó cuando una de las doncellas levantó su plato casi intacto.
—¿Deseáis postre, lord Charles? —le ofreció lady Locks.
Lord Charles parpadeó, como si se hubiera olvidado de dónde estaba o acabara de despertar de una ensoñación.
—Sí. Es decir, no. —Dejó de hablar y sacudió la cabeza—. Disculpadme, no he sido la mejor compañía esta noche.
No había sido la mejor compañía durante ninguno de los días que llevaba allí, pero lady Locks no iba a arruinar la velada señalándolo.
—¿Hay algo que os preocupe, milord?
Lord Charles parecía al borde del llanto, con los labios temblorosos y los ojos inyectados en sangre. Lady Locks se olvidó por un momento de que era un hombre pomposo y molesto que pretendía casarse con ella para ser rey de algún lugar, aunque fuera de un reino tan pequeño como Wolfhausen. En ese momento, se veía joven y desesperado y ella detestaba no poder ayudar a la gente desesperada.
—Lo hay —confesó lord Charles—. ¿Puedo hablaros con libertad, su Gracia? ¿A solas?
Lady Locks ordenó marcharse a sus doncellas. Lo que fuera que lord Charles quería decirle, era lo bastante delicado para solicitar salirse del protocolo. Cuando la puerta se cerró detrás de Eins y Drei, lord Charles suspiró.
—Estoy seguro que no os sorprenderéis si os digo que la razón de esta visita era pedir vuestra mano en matrimonio.
—Se me había ocurrido.
—Pensaba cortejaros un poco más —continuó lord Charles—. Pero me temo que mi tiempo se está acabando. Veréis, en mi reino, la Isla de Hood… —Se detuvo, lo pensó unos segundos, y comenzó de nuevo, como inseguro de por dónde empezar—: Nuestra soberana, la Reina Odette, ha vivido mucho tiempo. Siempre fue una reina justa, aunque estricta, pero su salud y su mente se han vuelto frágiles con la edad. La Princesa Heredera, lady Scarlett, es quien controla el reino estos días.
Lady Locks apretó los puños sobre la tela de su falda.
—Ella estuvo aquí, hace mucho tiempo. Es vuestra prima, ¿verdad?
—Su madre es hermana de mi padre —dijo lord Charles, con un asentimiento—. Pero veréis, ella… no es tan justa como lo era Odette. Lo cierto es que Scarlett es una déspota. Ha estado eliminando a todos los que se opusieran a su poder. Incluso mi padre está ahora mismo en un calabozo, acusado de traición….
Se le quebró la voz. Era la primera vez que lady Locks lo veía sin sus afectaciones, sin su orgullo nobiliario. Solamente un muchacho preocupado por su familia.
—¿Su propio tío? —preguntó, horrorizada.
—No le importa quién sea. Scarlett no tolera ningún tipo de rebeldía. —Lord Charles respiró profundamente, obligándose a recomponerse, antes de continuar con un tono más seguro—: Es por eso que necesito que os caséis conmigo cuanto antes. Si me convierto en vuestro esposo, tanto yo como vuestro reino estaremos a salvo.
No es que lady Locks esperara poder casarse por amor, pero esa tenía que ser la propuesta de matrimonio menos romántica de la historia.
—Lord Charles, creo que estás equivocado. Si ella es tan implacable como decís…
—No me entendéis —la interrumpió lord Charles, con creciente urgencia—. Ella quiere apoderarse de vuestro reino. Hace muchos años, nuestra verdadera Princesa Heredera, la Princesa Lissette, desapareció cuando venía hacia aquí para casarse con quien era entonces vuestro König. Scarlett considera que hubo alguna clase de atentado contra su vida y por eso tenéis una deuda de sangre con nosotros, con la Familia Real.
Lady Locks escuchaba las palabras de lord Charles, pero no conseguía comprenderlas del todo. ¿Qué princesa? Ella jamás había escuchado hablar de Lissette.
—Si lo que decís es cierto, entonces debe de haber quedado algún registro de esa desaparición. No puedo creer que el König Friedrich, mi padre, haya dejado sin investigar…
—Eso no importa, su Gracia. —Lord Charles se había puesto pálido. Una película de sudor se había formado en frente ancha—. La desaparición no es más que una excusa. Ella vendrá de todas maneras. Lo que os ofrezco es una alianza: hay una pequeña parte de la nobleza que está decidida a resistirse a Scarlett. Tenemos hombres, nuestros propios ejércitos. Defenderemos Wolfhausen como si se tratara de nuestro hogar, y mientras Scarlett está distraída enfrentándonos, encontraremos la manera de deponerla en Hood. Hay algunas mujeres de mi propia familia que pueden tener un reclamo al trono por…
Lady Locks alzó la mano y lord Charles dejó de hablar.
—Me estáis diciendo que casarme con vos traerá una guerra a mi reino que no estáis seguros de poder ganar. Todo lo que he trabajado tanto por reconstruir puede caer en manos de una tirana si falláis. Lord Charles, ¿de verdad pretendéis que acepte vuestra propuesta en estas circunstancias?
Los ojos de lord Charles parecían salírsele de las órbitas.
—¡Perderéis vuestra corona de todas maneras! —le advirtió—. ¡Scarlett ya viene de camino hacia aquí! Si creéis que tenéis alguna oportunidad contra ella por vuestra cuenta…
Lady Locks se levantó, airada.
—No permitiré… —comenzó a decir, pero un estrépito fuera del salón la interrumpió.
El Capitán Hildebrandt abrió la puerta de par en par y la reverencia que le dirigió fue torpe y apresurada.
—Su Gracia, acaban de llegar unos visitantes…
—Gracias por el anuncio, Capitán. A partir de aquí puedo yo sola.
La voz suave y burlona le provocó un escalofrío a lady Locks. La joven parada detrás de Hildebrandt llevaba una capa roja sobre los hombros, con la capucha echada sobre la cabeza para ensombrecer su rostro. Dos hombres altos, igualmente encapuchados, la flanqueaban con las manos apoyadas sobre el pomo de sus espadas.
Hildebrandt se interpuso en su camino, pero ella no se inmutó. Una sonrisa satisfecha floreció en sus labios finos.
—Hola, primo.
Lord Charles se echó hacia atrás con tanta fuerza que volcó la silla en la que estaba sentado.
—¡Scarlett!
—Lamento que no te hayas enterado que ya estaba aquí —respondió ella—. Me tomé la libertad de interceptar a tus mensajeros.
—¡No! —Lord Charles se atrincheró contra la pared—. ¡No la dejéis avanzar…!
—Estoy segura que la Kronprinzessin Goldilocks no ha aceptado todavía tu propuesta de matrimonio y aunque lo hubiera hecho, ella es la que manda en este reino… de momento —contestó Scarlett—. Y la Kronprinzessin sabrá muy bien que negarle una audiencia a otra mandataria sería escandaloso además de descortés.
Lady Locks dudó. Las advertencias de Charles estaban frescas en su mente, pero todo lo que había dicho Scarlett era verdad. Si venía a declarar una guerra, era un riesgo provocarla.
—¿Cuál es el motivo de esta visita? —preguntó, en cambio.
—Vengo a buscar a Charles, ex Duque de Greenwood —anunció Scarlett. Chasqueó los dedos y uno de sus hombres se adelantó. Hildebrandt se envaró, listo para desenvainar, pero el hombre simplemente le tendió un pedazo de papel—. Capitán, si eres tan amable de acercárselo a vuestra Kronprinzessin, ella misma podrá comprobar que esta es una orden de captura emitida por la Alta Corte del Reino Hood, firmada por todos sus miembros.
Hildebrandt se movió sin quitarles la vista de encima a los guardias de Scarlett y tendió el papel hacia Lady Locks. A ella, como siempre, le costó un momento ordenar las letras en su mente para que formaran palabras.
Scarlett no mentía. La orden despojaba a Charles de todos sus títulos y tierras y ordenaba su inmediato regreso a Hood para ser juzgado como conspirador y traidor a la Corona. El sello de la casa reinante, un águila con las alas extendidas, le devolvía la mirada, feroz y severa.
La comprensión de lo que estaba a punto de ocurrir se tradujo en puro abatimiento en el rostro de lord Charles.
—No —murmuró.
—Perdonadme, lord Charles —dijo lady Locks. Le temblaba la mano con la que sostenía la orden, pero su voz consiguió sonar firme—. No hay nada que pueda hacer. No puedo protegeros de la justicia de vuestro propio reino.
Los ojos grises de Charles se movieron en todas direcciones, buscando una mágica escapatoria. Al final, sin embargo, bajó los brazos con un suspiro de resignación. Hildebrandt miró fijamente a su Kronprinzessin, como esperando que cambiara de opinión. Después de unos segundos, aceptó la orden implícita. Se hizo a un lado y los dos guardias encapuchados rodearon la mesa. Tomaron al antiguo Duque de Greenwood por los brazos y lo empujaron hacia la puerta.
Charles se detuvo cuando pasaron junto a Scarlett. Era unos centímetros más alto que ella, pero la pose de Scarlett, con los hombros rectos y el mentón elevado, la hacía parecer más recia.
—No ganarás, Scarlett —le dijo el ex Duque. Quería sonar desafiante, pero su voz aflautada rebosaba de miedo—. No eres la verdadera Heredera. Todo el mundo lo sabe.
La mano de Scarlett se alzó con rapidez, pero la princesa se abstuvo de abofetearlo en el último segundo. En cambio, le dio unas palmaditas afectuosas en la mejilla y le sonrió otra vez.
—Te di una elección, Charles, querido primo. No es mi culpa que hayas elegido mal. —Dio un paso atrás para despejarles el camino a sus guardias—. Ahora, por favor, retiraos. Me gustaría intercambiar unas palabras con la Kronprinzessin.
Los guardias se llevaron a Charles, arrastrándolo entre ellos como si fuera un fardo. Charles echó una última mirada sobre su hombro con aquellos ojos grises de cielo de tormenta y lady Locks reprimió un escalofrío.
Tenía la terrible sensación de que acababa de cometer un error garrafal.
—Si eres tan amable de pedirle a tu Capitán que se retire también —solicitó Scarlett—. Este es un asunto entre princesas.
Lady Locks le hizo un gesto con la cabeza a Hildebrandt. No tenía miedo. Scarlett era lo bastante astuta como para no atacarla en su propio castillo, con su guardia al otro lado de la puerta. Al menos, esperaba que lo fuera.
El Capitán de la Guardia apretó la mandíbula, descontento, pero hizo otra reverencia y salió del salón, cerrando la puerta a sus espaldas.
Dejando a lady Locks sola con su enemiga.
Interludio 1 – Entre princesas
Scarlett no se dio ninguna prisa. Se inclinó, levantó la silla de Charles del suelo y se sentó; todo con movimientos medidos, meticulosos. Lady Locks se limitó a observarla. Si quería hablar, iba a dejar que tuviera la primera palabra.
La Princesa Heredera se aferró a los bordes de su capucha con dedos largos y finos, la echó hacia atrás para descubrir el rostro de una joven no mucho mayor que ella. Lady Locks no la recordaba después de todos esos años, como no recordaba muchas cosas, así que la estudió de cerca. Todo en ella eran rasgos angulosos: los pómulos altos, el mentón fino, los labios de sonrisa afilada.
Pero lo que más le impactó fueron sus ojos.
No había personas en el mundo con los ojos rojos. Había ojos marrones o verdes o azules o grises. No rojos, de un rojo tan intenso como los pétalos de una rosa o como el terciopelo de la capa de Scarlett
Y, sin embargo, lady Locks no estaba sorprendida. Se sentía fría, algo atemorizada y un poco furiosa de que esa desconocida se tomara todas esas libertades en su palacio. Pero los ojos de Scarlett no terminaban de sorprenderla.
La Princesa Heredera apoyó los codos sobre la mesa, formando un puente con sus dedos donde apoyó la barbilla, pensativa.
—No eres lo que esperaba.
Lady Locks tampoco esperaba que esas fueran sus primeras palabras. Tampoco le gustó que la tuteara, pero estaba en su derecho. Al fin y al cabo, las dos tenían un estatus real parecido.
—Lamento decepcionarte —dijo, aunque no entendía del todo a qué se refería Scarlett.
—Me permitiste capturar a mi primo sin poner demasiados problemas y hasta respetaste la orden de la corte de mi país —señaló Scarlett—. Esperaba que mi primo te hubiera dicho que soy una déspota hambrienta de poder.
—¿Y no es verdad?
Scarlett echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada jovial, alegre. Lady Locks cerró los puños, ocultos en las mangas de su vestido, pero aparte de eso, trató de que su rostro permaneciera impasible.
—Supongo que ellos calificarían a cualquiera que les quitara una décima de su poder como un déspota —dijo Scarlett, puntuando sus palabras con risitas de diversión—. No. Simplemente me rehúso a que un grupito de nobles con demasiadas aspiraciones dicte lo que tengo que hacer. Yo soy la futura reina y ellos deberían acostumbrarse. No voy a permitir que me quiten el trono con esos jueguitos que llaman intrigas.
La arrogancia en su voz era casi un desafío, igual que la mirada que le dirigió. Lady Locks se negó a caer en esa trampa. Le sostuvo la mirada, obstinadamente callada hasta que Scarlett decidió continuar:
—En cualquier caso, no vine a discutir cómo manejo mi reino. Vine a preguntar cuándo piensas entregarme el tuyo.
Una furia ardorosa, repentina, afloró en el estómago de lady Locks, derritiendo un instante el miedo que la había paralizado.
—¡¿Cómo te atreves?! ¡Los Von Wolfhausen hemos gobernado este reino desde su fundación y…!
—Los Von Wolfhausen, sí. Pero tú no eres una de ellos. —Scarlett se levantó, indiferente al estupor que sus palabras provocaron en la Kronprinzessin—. Tú eres una impostora. Una campesina cualquiera que el Consejo puso en el trono para no perder estabilidad.
—Eso es una locura —replicó lady Locks. ¿Qué estaba diciendo?— Soy Goldilocks von Wolfhausen y tengo derecho a la regencia de este reino porque mi hermano murió sin herederos…
Scarlett dio un paso para plantarse frente a ella y las palabras murieron en los labios de lady Locks. La Princesa Heredera estiró la mano y tomó uno de los mechones rubios de Locks entre sus dedos finos.
—En mi país, las reinas tenían el cabello violeta —le contó Scarlett—. La reina siempre tuvo el cabello de ese color, pero es algo que pasa de madres a hijas. La hija de mi abuela, mi tía, tenía el cabello así. Yo soy hija de su hijo y aunque me corresponde el trono, muchos dudan de mí. Quizá porque no me parezco a lo que ellos consideran una reina.
Lady Locks fijó la mirada en el cabello de Scarlett. Era rubio, pero más oscuro que el de ella, de un tono entre el dorado y el rojizo, pero no tan rojo como el de sus doncellas. Tan extraño como Scarlett misma.
Estaba segura que no había sido su intención, pero Scarlett acababa de mostrar una parte de sí misma que muy pocos o tal vez nadie había visto antes: lo inadecuada que ella misma se sentía para ser una reina. El primer impulso de lady Locks fue decirle algo amable, pero Scarlett jamás lo aceptaría. Le soltó el cabello y empezó a caminar a su alrededor, observándola igual que un carnicero observaría una pieza que estaba pensando en vender.
—Pero contigo hicieron un buen trabajo. El vulgo te ve desde lejos y no les importa demasiado quién se siente en el trono mientras tengan comida en sus estómagos y un techo sobre sus cabezas. Los que te ven de cerca, bueno… les han pagado por su silencio o necesitan mantenerlo para continuar ejerciendo su mínima cuota de poder. En cualquier caso, la ilusión es bastante creíble. Te paras y hablas como una verdadera princesa.
—Soy una verdadera princesa —insistió lady Locks, aunque no con la misma vehemencia de antes.
—Una buena actriz, es lo que eres. —Scarlett se encogió de hombros—. No importa. Cuando sepan que tengo pruebas de esta conspiración, te harán a un lado de inmediato. Tú eres un instrumento, una fachada que no servirá más cuando se sepa la verdad. Harías bien en admitirlo ahora, antes de que yo tenga que tomar medidas drásticas.
La furia regresó a Lady Locks. Clavó sus ojos en Scarlett, ignorando cuánto se parecían a dos charcos de sangre.
