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Un Bildungsroman crudo y lírico que narra la vida en primera persona de Azzy Williams, un adolescente inteligente y secretamente sensible que crece en una de las ciudades escocesas más peligrosas del país. A principios de la década de los 2000, Glasgow fue nombrada capital europea del crimen. En la cercana Lanarkshire, en el antiguo corazón industrial de Escocia, una de las zonas más peligrosas del país, las pandillas de chavales libran a diario una batalla despiadada por el control del territorio. Azzy Williams tiene catorce años cuando se une al Young Team y entra a formar parte del mundo de las bandas, las drogas y la delincuencia. A partir de ese momento estará dispuesto a cualquier cosa por sus hermanos. Después de años de peleas y enfrentamientos, Azzy se convierte en uno de los líderes de su círculo, en un camino a ninguna parte, plagado de agresiones, ansiedad, ira y tristeza. The Young Team es una historia del siglo xxi embebida de alcohol, drogas, cultura callejera, música rave y disputas territoriales. Una narración cruda de las vivencias en primera persona del joven Azzy Williams, un viaje desde su infancia hasta la madurez, y su búsqueda de redención y de una vida más allá de la violencia. Este ha sido uno de los debuts literarios más aclamados de los últimos años en Reino Unido y ha marcado un nuevo hito en la narrativa escocesa. The Young Team fue elegido libro del año (Scots Book of the Year 2021) y ha recibido varios premios desde su publicación, entre ellos el Somerset Maugham y el Betty Trask.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Cubierta
Portada
Legal
Dedicatoria
Cita
Parte I - CRISOL
LEYENDAS URBANAS
BILLY EL NIÑO Y EL KO EN EL CORAL
AGALLAS
YANQUI DANDY
FANTASMAS DE NAVIDADES PASADAS
VIVITO Y COLEANDO
JUICIO Y CASTIGO
PAÍS DE BANDIDOS
UNAS NAVIDADES DE MIERDA
JACKIE THE BIRD Y UNAS CORONAS AZULES
VIVO O MUERTO
LECCIONES
PRIMER DÍA DE LA TEMPORADA DE MARCHAS
VACACIONES DE PASCUA
EL DOMINGO DEL HELICÓPTERO
Parte II - GALVANIZADO
DE SAFARI POR STRATHCLYDE
LA NATURALEZA DE LA BESTIA
DE
RAVE
EN LA HABITACIÓN
HIMNOS PARA LA JUVENTUD PERDIDA
Parte III - CURTIDO
BAJA POR JARDINERÍA
LAS MIL Y UNA NOCHES
PECADOS AMABLES
FANTASYLANDS
Parte IV - CORROÍDO
TRISTEZA QUÍMICA
HOJAS OSCURAS DE MENTA
UN PUENTE LEJANO
A UN CLAVO ARDIENDO
Parte V - MORGUE
LA LUZ AZUL DEL BAÑO
TOFFEY Y OTRAS MOVIDAS
EL ÚLTIMO MOHICANO
LOS NIÑOS PERDIDOS
Parte VI - COLAPSO
LENGUAJE
PERSONA
NON GRATA
VIEJOS AMIGOS
EL TIEMPO Y LAS HERIDAS
CAMINOS DIFERENTES
LOS TOI BOIZ
LA PAREJA PERFECTA
OFERTA Y DEMANDAS
LA DIFERENCIA FUNDAMENTAL ENTRE NOSOTROS
LA RAMA TORCIDA SOBRE EL ARROYO
ATASCO DE TRAFICANTES
Parte VII - CHATARRA
FAVORES, DEUDAS Y FAUSTO
LO QUE ERA UN JUEGO
EFECTOS SECUNDARIOS DE LA DIVERSIÓN
LA SUPERVIVENCIA DEL MÁS FUERTE
UN ANTIGUO RITUAL
CAMBIOS
Parte VIII - REHABILITADO
GUERREROS DE CÓDIGO POSTAL
LA FUERZA SOBRENATURAL DEL SUBIDÓN DEL VIERNES
LA DIFERENCIA FILOSÓFICA ENTRE CORRER Y ANDAR
LOS DE AIRDRIE
CONTRACUBIERTA
GRAEME ARMSTRONG
TRADUCCIÓN DEL INGLÉS Y NOTAS DE CAROLINA SANTANO FERNÁNDEZ
TÍTULO ORIGINAL: The Young Team
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.U.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
Copyright © Graeme Armstrong, 2020
© de la traducción, Carolina Santano, 2022
© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2022
© de la ilustración de cubierta: Fede Yankelevich, 2022
First published 2020 by Picador an imprint of Pan Macmillan, a division of Macmillan Publishers International Limited.
Derechos exclusivos de traducción en lengua española para todo el mundo:
Automática Editorial S.L.U.
La traducción de esta obra ha recibido una ayuda del Publishing Scotland translation fund.
ISBN digital: 9788415509868
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección ortotipográfica: Automática Editorial
Edición digital: Álvaro Lópèz
Primera edición en Automática: octubre de 2022
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
Para Lesley, la prueba de que los ángeles guardianes existen.
Una tarde de verano, al ver a unos jóvenes deambulando entre montañas de escombros a las afueras de Airdrie, se me ocurrió preguntarme, iluso de mí, cómo era que todavía no había emergido entre ellos un sabio, un Mahatma, puesto que me dio la impresión de que aquellos chicos no tenían otra cosa mejor que hacer que pensar.
Edwin Muir, Scottish Journey (1935)
Young Team: término acuñado por las razor gangs (bandas de navajas) del East End del Glasgow de entreguerras. Los young teams son bandas sectarias y ferozmente territoriales de diferentes barrios de la ciudad que se enfrentan cuerpo a cuerpo y en batallas campales.
Con el tiempo, el término Young Team ha derivado en un acrónimo de tres letras que ahora usan los neds (non-educated delinquents)[1] para darle una identidad de grupo a su círculo de amigos más cercanos.
The Urban Dictionary
[1] No educados y delincuentes.
Está cayendo la de Dios. No quedan más huevos que refugiarse y ver si deja de llover. Con suerte nos libraremos de la policía de Strathclyde. Los findes el barrio está hasta el culo de maderos, pero en la Mansión es más fácil escabullirse: a la pasma no le va lo de pringarse las botas de barro para llegar hasta aquí. En esta ciudad solo hay dos polizontes a los que, de vez en cuando, les da por venir a pillar a algún gilipollas liándose un porro: Muldoon, un gordo, y el Correcaminos, un flacucho que corre que se las pela. Cuentan los veteranos que la madera hizo una redada en este antro cuando nosotros todavía gastábamos pañales. Por lo visto, se plantaron aquí con un pastor alemán enorme con ganas de morder y las tropas se largaron cagando leches. Me han contado que uno de los nuestros se marcó un salmonete: se tiró de cabeza por la ventana y cayó en una mata de ortigas. Un poli seboso se asomó y al verlo ahí enganchado, dijo «que te den» y allí se quedó.
El edificio donde estamos es una puta obra de arte. Los cabronazos de la vieja escuela se han llevado todo el cobre y el plomo que había, con eso sacarían unos ciento y pico pavos y una buena caldera. También han arrancado tuberías de la pared y se oye todo el rato el agua cayendo. Relaja, pero da mal rollo saber que a nadie le importa una mierda este sitio y que acabará tragándoselo el bosque. En la fachada izquierda de la casa hay un arco enorme y debajo una puerta escondida: por ahí es por donde entramos nosotros. Esa puerta da a un zulo sin ventanas, así que nos hemos traído unas velas y las hemos plantado por la habitación para ver algo entre tanta oscuridad. Si aparece la pasma les va a costar saber si nos estamos poniendo finos a maría o haciendo una puta sesión de espiritismo.
A mano derecha hay un patio de piedra enorme y enfrente unos antiguos establos. Por dentro son de madera y hay unos peldaños que dan a un balcón interior. Las ventanas del piso de arriba están hasta el culo de mierda y muchas están rotas. Entre las piedras del suelo asoman raíces y malas hierbas.
A la izquierda del patio hay un granero enorme que han enyesado y pintado de blanco por dentro. Nosotros lo hemos llenado de grafitis con el símbolo de nuestra banda, el Young Team, una Y con una T atravesada, y con nuestras iniciales YTP, Young Team Posse.[2] Todas las bandas tienen dos nombres, vete a saber por qué. YT o YTP, a mí qué cojones me importa. Los veteranos prefieren la segunda porque dicen que suena más guay. Nuestros rivales, los TOI, firman Y TOI o TOI BOIZ o YTB, los Young Toi Boiz.
Cuando se lía a llover nos venimos a la Mansión. Ninguna otra banda tiene una guarida tan cojonuda como la nuestra. Aunque a veces da un mal rollo que te cagas; es como un puto manicomio en medio del bosque. Si llegas el primero y te toca esperar a las tropas, es mejor quedarse fuera fumando porque si no ahí dentro te emparanoyas. Para hacerse el valiente siempre hay tiempo. A estas horas casi no entra luz por las ventanas y el bosque se tiñe de negro. Wee[3] Kenzie está a punto de contarnos una de sus movidas. Estamos todos pendientes para que no gorronee el porro. Le da una buena calada para ponerse a tono y lo rula justo a tiempo. El peta hace las rondas y de la punta cae una lluvia de ceniza naranja. De fondo tenemos puesta Eurodancer, de DJ Mangoo, en un iPhone con unos altavoces de mierda sin graves ni nada.
—Joder, bros. Ese cabrón está pirao.
—Y una polla, ¡no te lo crees ni tú! —berrea Broonie.
—Que no, tío. Que está mal de la cabeza.
—¿De qué coño va? —pregunta Finnegan.
—Es el jefazo de los Toi, y se pasea por el barrio como si fuera Dios. Los veteranos lo pillaron calle abajo y el tío se lanzó a por ellos sin pensárselo dos veces, venga a soltar navajazos. Así se hizo con el control de la banda.
—Yo pensaba que Matty y Div dirigían los TOI.
—Sí, pero esos tienen la edad de Tam. Este mamonazo ya pasa los veinte.
—Dicen que a esos dos les va la marcha, pero ese Jamesy Maynard es un puto zumbao, colega. Me contaron que se codea con gánsteres de los de verdad.
—¡Gánsteres de pega!
—Hermano, que lo digo en serio, que está puto loco. Tam ya largaba de él cuando todavía estaban juntos en el insti. El Jamesy ese es un dealer de tres pares de cojones, ¡que vende rulas y hash del bueno, joder!
—Cálmate, Kenzie. ¡Que ese hijoputa no es Al Capone! Siempre crees que están todos zumbaos —le contesta Danny riéndose.
La lluvia y el viento se han descontrolado y se cuelan por las ventanas rotas. Estamos a viernes, 29 de octubre. Esta semana es la hostia porque además de Halloween se celebra la noche de Guy Fawkes.[4] No es que nos vayamos a disfrazar, pero es una buena excusa para pimplar y ver a las pibas con trajecitos minúsculos, medias y tacones. Estamos en nuestro tercer año de instituto, y los colegas y yo hemos empezado a mamarnos en serio. Antes solo pillábamos alguna que otra birra de nuestros viejos, poca cosa, pero ahora toca ir a por todas con las tropas. Todos los del insti salimos los findes a beber. El finde está para liarla y el resto de días para presumir de cuánto hemos bebido, con quién nos hemos peleado, qué nos hemos metido y a cuántas nos hemos tirado (o con cuántas lo hemos intentado).
A ver, yo ya he follado, no me hace falta mentir. Me cepillé a una tía mayor que yo, a una amiga de mi prima, Paula Cook. Yo tenía trece y ella dieciséis, y estaba un poco rechoncha, para qué engañarnos. Parece que lo de apellidarse como un cocinero te hace comer como uno. Pero vaya miraditas me echaba, joder. Mi prima se descojonaba: «Vamoooos, que al hombrecito lo van a desvirgar». Y con eso bastó para cerrar el trato. Fuimos andando a su casa porque esa noche la tenía vacía (sus viejos habían salido) y una vez allí: directos al tema. Pan comido, joder; no como con las del barrio que son todas unas putas santurronas y no salen de noche. Las tías que rentan son las que fuman, beben y tal. Hay unos cuantos pibones que quedan con el YT que sí merecen la pena, pero son más mayores que nosotros y les hemos dicho hola y poco más.
Vaya historias inventan algunos sobre cómo los desvirgaron. Que si en las caravanas del camping Craig Tara, que si en la casa de los abuelos en Glasgow... Qué pereza, colegas. A la siguiente que se cepilló aquí el Azzy fue a Sophie McKay. Tiene unos cuantos años más que yo, pero le pidió mi número a alguien y me dijo de quedar. Y lo mismo que con la otra, fuimos a su casa y directos al tema. Las mujeres de verdad no quieren que las saques por ahí a cenar. Les va más lo de quedar en un pisito resultón, poner Oasis de fondo y hacerlo como Dios manda. Desde entonces, siempre que suena Champagne Supernova se me pone dura. Pues eso, que a las chavalas hay que tratarlas bien; con respeto y tal. Joder, ya me gustaría a mí que todos los cabronazos que se acercan a mi prima Stacey la tratasen con respeto. Que no lo digo desde la superioridad moral, pero, joder, si no soy virgen y salgo con tías por algo será. No soy un puto bully, pero odio a los tíos que se pasan con las mujeres.
A la Mansión solo vamos los seis novatos de la banda. Tres tenemos catorce y los otros tres ya han cumplido los quince. Uno de ellos es mi mejor amigo, Danny Stevenson. Somos colegas desde que nuestras viejas nos sentaron en la alfombra de juegos de la guardería municipal. Hemos crecido juntos: las primeras birras nos las pimplamos juntos y la primera botella de vino también fue a pachas. El mamón es un puto larguirucho que parece que haya nacido con el chándal de Lacoste y las Nike Air Max puestas. El tío está sanote, pero muy chupao y tiene unas ojeras oscurísimas como si siempre estuviera de mala hostia; a las tías les debe de ir ese rollo porque se las lleva a todas de calle. Sus viejos tienen suficiente pasta ahorrada como para comprarle al muy coñazo sus putos chándales de Lacoste. El mimado de los cojones está venga a pedir una chupa Berghaus, una Mera Peak. Aquí hace un frío de tres pares de cojones, sobre todo por la noche, pero hacer el subnormal por la calle no justifica comprarse una chaqueta de alpinista de la mejor calidad con cremalleras con solapas de protección, un bolsillo para mapas y un forro Gore-Tex. Doscientos cincuenta pavos cuesta la broma. Yo también he pedido una, pero vamos, que era por echarme unas risas. Si me da por pedir locuras, me dan unos cuantos pavos y apañado. Y, mira, casi lo prefiero. Aunque una Berghaus tampoco estaría nada mal... Esa chaqueta es el uniforme de cualquier hooligan escocés que se precie y conseguir una es tener el éxito asegurado en tu banda. Shaun Brown y John McKenzie también han cumplido los quince. Broonie y Kenzie les llamamos nosotros. Broonie tiene una pinta de nazi, el hijoputa... Es un skin head con cara de andar buscando pelea, pero de tan tonto que es, se vuelve inofensivo. En el fondo solo es un crío que siempre anda por ahí riéndose de cualquier gilipollez o jugando con un mechero o unas cerillas. El típico capullo al que ni siquiera le dejarías el pez para que te lo cuidara unos días. Es tan imbécil que ni se le ocurriría cambiarte al animal por uno nuevo si, por lo que fuera, al pobre le llegara una muerte prematura. Volverías de Santa Ponsa y el tío habría metido en la pecera un muñequito de un submarinista con un cartel que pusiera «ME HE IDO A PESCAR», pero se habría olvidado de comprarte un pez nuevo. Aparte de eso, lo que le mola es meter las narices en todo, hurgarte los cajones por si hubiera algo que cotillear. Ya veis, se hace querer.
Hablar de Wee Kenzie ya son palabras mayores. Siempre está a la que salta, el cabrón. Lleva el pelo engominado, un chándal de fútbol y los guantes mágicos esos que dan de sí, tanto en invierno como en verano. Y encima del chándal, una pedazo cadena de plata que debe de pesar un puto quintal. Su confianza viene de familia. A su viejo se le conoce por haberla liado pardísima hace unos años, y su hermano Tam es el líder de la banda. Tam va de buenas con nosotros porque para él solo somos unos críos. Yo siempre le he caído bien; dice que soy un valiente hijo de puta. Lo llaman Big Kenzie y toda la peña del barrio sabe quién es.
Y luego están Stephen Finnegan y Paul Addison. Los cuatro abuelos de Stephen son de Irlanda y el tío nunca lleva una camiseta que no sea del Celtic. El chaval está siempre amargado y parece que le mola ser un puto coñazo. Su primo mayor le ha estado enseñando a vivir, y el tío ya sabe liarse un porro y conoce un montón de historias loquísimas de otros barrios. El padre de Finnegan es un carnicero al que le ha ido de puta madre, así que nuestro colega siempre tiene un billetillo por ahí para pillar una litrona o un paquete de tabaco. En el fútbol somos rivales a muerte, por lo demás es un tío cojonudo. Es un canijo delgaducho, pero con las venas marcadas de cuando le da por hacer pesas. Dice que hace press de banca de noventa con el primo ese que tiene. Cof, y una polla, cof, cof. En cambio, Addison es más de estar callado. Nos sigue el rollo, pero no le va mucho lo de estar en la banda. Su familia es de clase media y vive en una de las parcelas de Legoland.[5] También mide lo suyo, pero es poquita cosa. Además es el más pequeño de los seis, acaba de cumplir catorce. Va de señoritingo, pero en el fondo es un tío legal.
Y ya solo queda este menda: Alan Williams, aunque todos me llaman Azzy. De los Rangers de toda la vida y futura leyenda de los YT. Casi tan alto como Danny, más de metro ochenta, pelo castaño oscuro, normalito, pero con los lados de la cabeza rapados y un aro dorado en cada oreja. Yo creo que estoy bastante ciclao; hago abdominales y flexiones cada mañana y cada noche, sin falta. Y nada, siempre llevo un chándal de Fred Perry, una parka negra de Carbrini y zapas de Lacoste. Los novatos no tenemos líder. Danny y yo somos los principales candidatos, pero no vamos a pelearnos por el puesto. Los mejores amigos son sagrados, incluso en una banda.
Estamos todos pendientes de Wee Kenzie y, de repente, el viento atiza la puerta y nos mete un susto de la hostia. Nunca está de más ser un poco paranoico. Vete a saber quién cojones puede aparecer de la nada en un sitio como este; si llevan radio y uniforme, yo soy el primero en tirarme por la ventana. Salto olímpico hacia la libertad.
—¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, coño, que el Jamesy Maynard ese estaba vendiendo su mierda, lo pillaron los McIntires, que se pensaron que les estaba robando negocio, y le metieron un hostión que lo dejaron apañao. Se llevó un guantazo en toda la jeta.
—Buah, vaya mierda de historia.
—No, en serio, bro. Son unos putos gorilas. Se pasan de zumbaos… A ver, ¿qué estaba diciendo, joder? ¡PASÁMELO YA, COJONES!
Le pasan el porro de mala gana. Nos está pegando fuerte.
Se oye a Danny murmurar «relaja la raja». Encima, el muy gorrón.
—¡Pues que venga si se atreve! Y que se traiga sus perros falderos y así los reventamos a todos de una.
—Danny, tronco, cállate, en serio. No puedes ir diciendo sandeces de tíos como esos. Alguien se lo va a soplar. ¿No ves que tienen amigos en todas partes? Aquí todos trabajan para ellos.
—Yo no me la jugaría con esos tipos.
—¿Y tú cómo coño sabes eso, tronco?
—Me lo ha dicho Tam.
—Tu hermanito es un puto cuentacuentos, colega. Se pasa el día soltando trolas.
Los muy cabrones se descojonan y empiezan a liarse otro Highlander. Abrimos el pack de Tennent’s, trincamos una lata cada uno y nos repartimos la botella de Tonic[6] que hemos pillado entre todos. Todas estas movidas hay que cogerlas con pinzas. La mayoría son una puta soplapollez, aunque siempre hay alguna que acaba siendo verdad. Pero ojito con los cuentos chinos que te crees y que les cuentas a otros; a Wee Kenzie no le falta razón, aquí los rumores corren que se las pelan.
—Bueno, podéis pensar lo que queráis, pero mi bro ha estado por allí varias veces y Tam les ha comprado también para vender. Los de la vieja escuela estaban de la olla, colegas. Se liaba cada una en los noventa… Un veterano del YTP le metió un navajazo a un Toi, que lo sé yo. ¿Nunca te han contado esa historia o qué? Son unas putas leyendas en la banda. Y además, ¿tú qué cojones sabrás? Si tú eres un niñato de mierda y no te has metido en una pelea en tu puta vida.
—¿Y quién lo rajó? ¿Tam? Y, además, ¿tú quién coño te crees que eres? Bruce Lee, no te jode. Me he debido de perder algo, porque no te recuerdo ganando ni una puta pelea contra los TOI, gilipollas.
—Kenzie, tío, ¿estás muy crecidito tú, eh? —le dice Finnegan.
Sabemos que Big Kenzie es su héroe, así que, siempre que podemos, aprovechamos para darle un poco por culo con el tema, que si no se viene muy arriba. Sabe más que los demás por las historias que le cuenta su hermano, pero, vamos, que vive de los restos; siempre a su sombra. En el fondo, sabemos que alguna de sus movidas es real. Por aquí hay tremendos cabronazos y muchos nos tocan de enemigos por selección natural. Al final siempre hay que estar al loro, y un poco paranoico sí que te vuelves. Aunque las hazañas de los veteranos del YTP nos dan coraje y nos hacen sentir que formamos parte de algo importante. El yin y el yang de una banda.
—Wee Kenzie corre que se las pela en cuanto huele el peligro.
—Cierra el pico, Azzy.
—Pues no digas soplapolleces, tronco.
—Oye, pues yo sí que he oído hablar de ese mamonazo… Un tal Jamesy. A ese le rajaron, ¿no?
—Faltaría más, Broonie.
—Tu puta madre.
—¿Seguro que tu hermanito no se llama Pinocho? Con la cantidad de mierda que suelta por esa bocaza que tiene…
—Mi bro te pilla diciendo eso y te revienta la cabeza.
—Qué dices, tronco. Si tu hermano no sabe ni cascar un huevo.
—Te casca los huevos y la polla de regalo, so capullo.
—Ya me la casco yo solito, mamón.
—Es que te pones muy pesado con tu hermano, tronco. Te crees que es una puta leyenda.
—Que te den.
Así se aprende en esta vida. De crío te enteras de casi todo, pero no entiendes casi nada. En el colegio no te enseñan a sobrevivir ni a follar, ni a beber ni a pelear; nada de lo que importa en esta vida. Eso te lo enseñan tus mayores: los veteranos. Ni educación social ni pollas en vinagre. La escuela de la vida son los colegas y el claustro de primos, hermanos y otros maestros que se toman muy en serio su deber de enseñarnos a cagarla en la vida. Cuentos chinos y leyendas urbanas: en eso se basa nuestra educación. Truquillos para meterse, cómo tirarse a una tía…, todo son trolas y exageraciones para que mocosos como nosotros nos caguemos por la pata abajo.
[2]Posse: forma coloquial de designar a una banda o pandilla.
[3]Wee: pequeño. Palabra escocesa de registro coloquial cuyo uso se ha popularizado tanto que, hoy por hoy, también se utiliza como calificativo enfático o cariñoso.
[4] También llamada Bonfire Night. Celebración que tiene lugar el 5 de noviembre para conmemorar el fallido atentado de Guy Fawkes que intentó volar el Parlamento británico con treinta barriles de pólvora en 1605. Cada 5 de noviembre se encienden hogueras y se lanzan fuegos artificiales en pueblos y ciudades de todo el país.
[5] Zona residencial que recibe el nombre de Legoland o Plastic City porque las casas son bloques prefabricados.
[6] Vino tónico: vino dulce con cafeína que se elabora en Reino Unido.
La noche de Guy Fawkes ha caído en viernes: bombazo. Fuegos artificiales iluminan la ciudad. Los seis esperamos fuera del súper, a ver si alguien entra y nos pilla bebida. Estamos a pan y agua: solo una botella de Tonic por cabeza. De repente, aparece nuestra salvación: un tío medio colgado, con los pantalones caídos y las zapas rotas. Cruzo la calle y le silbo para que venga. Los chicos me siguen de cerca. Estos cabroncetes suelen ser inofensivos, pero si se han tomado una pasti de diazepam junto a su dosis habitual de sidra, igual les da por sacar al Kitchen Devil[7] a pasear. Mira que me acerco despacio, pero el cabrón va tan puesto que se asusta y se pone un poco nerviosito. Intento calmarlo con una oferta irresistible.
—¿Te hace entrar a por unas latas, colega? Te damos una libra por cabeza. ¿Te renta? —le digo de tranquis.
Cuenta las cabezas. Seis tíos, seis pavos: el gordo de la lotería. Le hemos apañado el finde. Este mamonazo es de los que se pimplan botellas de medio litro de matarratas que valen un puto pavo. Casi se nos mea encima de la emoción. Nos toca sacar un pavo a cada uno. Nos hurgamos los bolsillos. Danny se viene arriba y se saca un billete de cinco de su nueva Berghaus roja. Los fans del Celtic van a muerte con el rojo y el gris; el azul fuera.
—Ahí lo llevas, chaval. ¡No te lo gastes todo en un sitio, eh!
Mi bro y yo nos miramos de reojo. El viejales tiene los ojos como dos peniques y casi igual de negros.
—De puta madre, tío —me dice con la sonrisa más falsa que he visto en mi puta vida.
—Pues venga, marchando. A ver esas Buckfast.[8]
—Seis de Buck. Marchando, coleguitas. No hay problema —responde esquivando las líneas de la carretera.
—Puto viejo —dice Broonie.
—Que le den, tío, ya tenemos bebida. Tranquis.
La espera nos mata. Si aparece uno de tus viejos y te trinca por sorpresa, adiós a la botella. Si te pillan los maderos de Strathclyde, estás jodido. Pero si al borracho le da por quedarse con la pasta y las seis botellas... date por muerto. Poca gracia, ¿eh? Mis bros están todo tensos, se lo noto en la cara. Por esta vez nos libramos, el pavo vuelve al minuto trotando con la bolsa llena. Lo vemos salir con las Buckfast, el dulzor de la euforia nos calienta la sangre. Todas las veces parecen la primera vez. Unas manos sucias con las uñas más negras del barrio nos separan de esa bolsa de plástico azul que guarda la promesa de una noche loca con un sinfín de acción y aventuras.
Danny le trinca la bolsa nada más llegar.
—¡Y una mierda! Aquí solo hay cuatro botellas.
—Con cuatro tenéis más que de sobra, mequetrefes.
Las otras dos botellas se las ha metido en los pantalones, rotos y manchados de pintura. Nos miramos en silencio... Por mucho que nos joda, somos los últimos mierdas de la banda. Alguno tiene que abrir el pico, pero…
—Mira, tío, ya estás sacando las putas botellas.
—¿O QUÉ, MIERDECILLA? —le suelta a Broonie.
—O te vuelo la tapa de los sesos con este petardo, cabronazo.
Nos giramos y ahí está Finnegan con un cohete Sonic FX dentro un tubo rojo. Son fuegos artificiales de un solo uso, pero lían la de Dios. Nos apartamos a toda hostia. Hemos visto que los veteranos se los lanzaban a capullos, a la pasma y a bomberos que pretendían apagar las hogueras que habíamos encendido con nuestras propias manos y que custodiaban las incansables tropas del YTP. El 4 de julio se queda corto en comparación con la Bonfire Night. Es como el puto Vietnam. El vejestorio se ha quedado mudo.
—Inténtalo, canijo de mierda y… te rebano el pescuezo.
—Qué dices, tío. Estas tú para trincarnos con esa cogorza que llevas encima, colega. ¿A que te meto tres petardazos por el culo? —le grita Danny.
Todos nos descojonamos.
—¿PERO TÚ QUÉ COÑO DICES? Te sientes protegido, ¿eh, grandullón?— tartamudea el borracho, que se da media vuelta dispuesto a pirarse con nuestras botellas.
—Que le den, tío. Con esto nos basta —dice Addison.
—Y una mierda —contesta Wee Kenzie.
—El menda tiene razón —reconoce Finnegan.
—¡EH, TÚ, PAYASO! MÍRATE ARRASTRÁNDOTE POR TODA LA CALLE CON NUESTRAS PUTAS BOTELLAS COMO EL PUTO BILLY EL NIÑO —le grito.
El tipo frena en seco, se endereza y deja la bolsa en el suelo. Se da la vuelta, listo para desenfundar las botellas como un pistolero.
—¡Es que SOY el puto Billy el Niño! —dice arrastrando las palabras.
—¿Ah, sí? Pues mira la que te espera, campeón —amenaza Finnegan sacando el mechero.
—Venga, pilla las botellas, joder. Ese mamonazo no le gana ni al sueño —dice Danny.
La banda se mea de risa y aprovecho la distracción para ponerme en posición, salir pitando y trincarle una de las botellas del bolsillo. El cabrón está concentradísimo intentando no cortarse ni pisar una mierda de perro y le oigo gritar: «¡SERÁS CAPULLO!», pero se gira demasiado rápido y cae de culo al suelo; se ha comido un buen hostión. Un rugido de risa burlona recorre las tropas. La otra botella se le sale del bolsillo junto a un saquito de maría y, por intervención divina, no se rompe. Rebota en un bordillo a cámara lenta, como en las pelis, y cae sobre el jugoso paquete de hierba. Pan comido. Me lanzo como Indiana Jones a por su sombrero. Pillo la marihuana y la botella. Billy el Niño intenta trincarme por la pierna, pero le arranco la otra botella de las garras y doy media vuelta para volver con los colegas. Su bolsa blanca está tirada en el suelo, seis botellas de plástico de alcohol de quemar ruedan por el suelo. Al lado de la carretera hay una subestación, de esas con transformadores enormes que dicen «PELIGRO DE MUERTE» por todos lados. Recojo su bolsa y la lanzo por encima de la valla, directa al transformador. Mi público me ovaciona; se vuelven locos, a punto están de mearse encima. El pobre zumbao mira través de la valla, desesperado, su mirada se enturbia al ver todos esos pinchos. Se lo está pensando el muy subnormal. Las señales de peligro se la pelan con tal de pillar su felicidad embotellada. Nos quedamos en silencio, esperando a ver qué hace.
Se arriesga. Su zapatilla intenta agarrarse a la pared de ladrillo detrás de la verja. Yo sé que esa verja no cierra. Tiene un candado, pero es para intimidar más que nada. Se lo cargaron hace años y, desde entonces, la abrimos y cerramos siempre que se nos cuela un balón. La verja aleja a los mocosos, pero no a los borrachos. Los bros se están deshuevando. Decido rematarlo. Ha conseguido saltar al otro lado, pero se le ha pillado un pie en la verja y tiene los pantalones cagaos y medio culo fuera. Abro la verja, paso a su lado, recojo la bolsa y le tiendo la mano. Me acerca una manaza con miedo, se incorpora y se desengancha los pantalones. Coge la bolsa despacio, bucea en el bolsillo, saca diez pavos y me los da cabizbajo.
—Por las molestias —va y me dice.
Vuelvo con los míos con paso triunfante. Me he cubierto de gloria y lo saben.
—Pasemos de ese gilipollas. Se la hemos pegado bien pegada.
La banda tiene un momento de revelación y me da la razón.
—Es verdad, tronco.
—Que les den por culo a esos mamonazos.
—Llevan muy mala vida.
—Suerte ha tenido de que no le metiera el Sonic FX por el culo —dice Finnegan con esa sonrisa de diablo que tiene.
—Venga, que le jodan, a beberse el botín —digo entre risas, aunque me he quedado rayado pensando en el vacío de los ojos de ese tío.
Tiramos para el bosque a mamarnos a tope. Dos horas después, volvemos andando por mitad de la calle cieguísimos, cantando, gritando y fumando. Hacemos lo que queremos, ¡porque somos el puto Young Team! YOUNG TEAM EN LA ZONA. A TEMBLAR, GILIPOLLAS, YOUNG TEAM EN VUESTRA ZONA. Y, T, P; YOUNG TEAM AL PODER. Nos dejamos llevar, ya no hay reglas para nosotros. No se ve una mierda y hace un frío de la hostia. La típica noche escocesa: sin lluvia, pero con un frío de cojones. El vino caliente se mueve por el buche y nos templa las tripas. Menos mal, porque este es el frío que te mordisquea las puntas de los dedos de pies y manos; por mucho guante mágico y zapas de Lacoste que lleves. Capuchas puestas y chupas abrochadas hasta arriba. El truco es meterse la camiseta por dentro del chándal. Así no se pierde calor. Yo mismo me he visto en pleno invierno metiéndome el chándal por dentro de los calcetos. No es que me vayan los noventa, pero se está calentito.
De fondo tenemos puesto a DJ Rankin, D.E.V.I.L., en el Sony Ericsson con walkman que tiene Danny. Tiene un altavoz enano, pero nos pone a tono y nos motiva para seguir en pie toda la noche. El campo helado cruje bajo nuestros pies. Estamos desatados. La cafeína del vino funciona como un tiro y estamos de palique, hablando de todo y de nada; de pavas que nos molan y de las que nos hemos tirado. Nos rulamos dos petas. El chocolate suaviza el efecto de las Buckies y nos amansa para poder pimplarnos más latas de Miller y una botella de MD 20/20 naranja o roja y aguantar hasta que toque recogerse.
El corredor de apuestas está donde siempre, fuera del Coral,[9] esquina con la arteria principal de la ciudad. Calle abajo es territorio de los Toi, por lo menos hasta el insti. Dicen que todos los viernes sacan a treinta cabronazos a vigilar el barrio, así que ni de coña pasamos de aquí. Nada de vagabundear fuera del barrio. Somos dueños y prisioneros de nuestro territorio. El final de la calle es tierra de nadie y te puedes topar con lo peor de cada casa, así que hay que andarse con ojo.
—¡Ey! Mirad, tíos. ¿Quién cojones es ese? —grita Finnegan.
Danny, Kenzie y yo tiramos calle abajo. Nos siguen Broonie y Finnegan. Addison va rezagado porque está al teléfono con una tía. Kenzie lo ve primero.
—Bros, bros, que es Taz, el colega de mi hermano.
Taz viene corriendo cuesta arriba; lo persiguen cinco tíos en chándal. No lo dudamos ni un segundo, es un colega de Big Kenzie, uno de los veteranos del Young Team. Danny le pega un último viaje a la botella y se la guarda, ya vacía, en el bolsillo para mapas. A Broonie todavía le queda. Cuando se acerca a nosotros vemos que a Taz le han pegado un repasito. Lleva la chaqueta hecha jirones y la cara ensangrentada.
—¡Vamos, colegas! —les digo, directo al peligro.
—¡A por ellos, hermanos! Vamos a fregar el suelo con su puta cara —grita Danny.
Broonie y las tropas se mean encima de la emoción. Están deseando pelear junto a uno de los jefazos del YTP, sentirse parte la banda. Taz está a punto de llegar. Viene jadeando como un puto chucho. Addison se esconde detrás de mí. Se está cagando vivo el muy capullo. Veo de reojo que sigue hablando por el móvil, pero ya despidiéndose. Kenzie le dice a Addison que llame a Big Kenzie y pida refuerzos. Danny se asegura de que tiene los cordones bien atados y yo sigo su ejemplo. Perder una zapa en plena pelea puede ser letal. Taz nos alcanza y los que le persiguen aminoran la marcha nada más vernos.
—Joder, colegas, esos mierdas se me han echado encima en un puto callejón. ¿Estáis conmigo, mocosos?
Wee Kenzie corre a responder como si fuera el puto delegado de clase.
—Sí, no te rayes, estamos contigo, hermano —dice todo tranqui, pero no puede evitar echarle una miradita a la horda que se aproxima por la cuesta.
Danny está que se sale. Se cruje los nudillos y calienta los hombros. Broonie se cree un puto boxeador, cambia el peso de un pie a otro y hace círculos con los brazos. Finnegan está quieto de pie, sonriendo como un psicópata, con la mano metida en el bolsillo. Addison está punto de cagarse encima. Estarán a unos treinta metros.
Taz ya ha recuperado el aliento.
—Joder, me estaré haciendo mayor, porque no tengo ni puta idea de quiénes sois.
Relaja la raja, Taz, joder. Que solo tienes diecisiete, soplapollas. Lo pienso, pero no lo digo, claro. Yo también voy a tope. El vino me da toda la fuerza que necesito. A lo tonto, llevamos toda la noche a tope entre los fuegos artificiales, el vino y el subidón del viernes. Los tenemos al lado. Son cinco tipos. Me suena haberlos visto en el colegio y conozco, por lo menos, a dos. JP, Jamie Peters, tiene un año más que nosotros y es un puto tarao; y Si O’Connor también tiene un año más y se le da de puta madre pelear. Su hermano mayor, Matty, es el líder de la banda. Se ve a la legua que son los más zumbaos del grupo. Van por delante y ya han sacado los puños a pasear. Nos están diciendo de todo menos guapos. Los otros tres van un poco rezagados. No los conozco, pero uno de ellos debe de tener dieciocho, un veterano de tomo y lomo. Taz se ha venido arriba. Le mola tener a Wee Kenzie de su lado y más aún que Addison haya llamado a Big Kenzie. En seguida avisará al resto de la banda por Messenger y se enterará todo dios.
—¿¡A qué coño estáis esperando, cabroncetes?! ¡YOUNG TEAM! —grita Taz y echa a correr cuesta abajo.
Compartimos una sonrisa cómplice. Lo más seguro es que tengamos pinta de psicópatas. Al segundo echamos a correr como unos putos animales. La adrenalina es fuego que te abrasa las entrañas: bailan las tripas y dan ganas de potar. Es aterrador, pero engancha que te cagas.
Vienen los cinco por mitad de la calle. Una botella de vino llega volando cuesta arriba y revienta justo delante: colmillos verdes que auguran sangre y pelea. Nos echamos calle abajo y dejamos atrás a los corredores de apuestas. Algo me pasa silbando por la oreja y veo que Finnegan les acaba de lanzar el puto Sonic FX, que ruge por la calle a todo trapo. Taz se deshueva, el muy hijoputa. Finnegan, otro que tal baila, está disfrutando como un enano. El petardo aúlla calle abajo, impacta contra un parabrisas y estalla con un majestuoso y sonoro BANG. Los cinco imbéciles se escabullen como ratas. Pero vuelven y con cara de muy mala hostia. Se acabó la cortesía.
Los seis corremos hacia ellos gritando a pleno pulmón por mitad de la carretera. Los dos cabecillas vienen hacia nosotros con los puños por delante. Están deseando hostiarnos, los muy cabronazos. Taz coge la botella rota del suelo y se la lanza a Si a la cabeza. Los dos se lían a darse de hostias. Danny y yo nos tiramos a degüello a por JP. Le mete a Danny un buen derechazo, pero el colega aguanta como un campeón. PAM. Danny le suelta un directo y el tío se desequilibra, dando tumbos por la cuneta. Me embalo y le suelto el plato especial: derecha, izquierda y un buen remate. Se le piran un poco los ojos al chocar contra el suelo. Se ha llevado una buena, pero sé que está bien, se está limpiando la sangre de la nariz con la manga. Si y Taz siguen a lo suyo al lado de un coche aparcado. Broonie y Addison están persiguiendo a los otros dos mamonazos que han salido pitando cuesta abajo. Su otro colega está moliendo a palos a Finnegan. Danny sale corriendo a ayudar y yo le sigo, pisándole los talones.
«¡EH, TÚ, TONTOLCULO!», le digo a grito pelao, antes de noquearlo con un derechazo. Se queda atontado. Danny lo trinca de la chaqueta y le pega un cabezazo en la nariz. El tío se dobla como una hoja y cae al lado de Finnegan, que tiene la cara hecha un cromo. Ha perdido un diente, pero el mamonazo se descojona igualmente. Se lía a pegarle patadas en la cara hasta que el muy capullo se tumba en el suelo y se rinde, ondeando una bandera blanca invisible. Me doy la vuelta riéndome y me como un puñetazo en la boca de la derecha de Si O’Connor. Casi ni lo noto. Cuando te acostumbras ya solo notas un golpe seco y el latido que lo acompaña.
Dan media vuelta y se piran calle abajo, pero se van insultando y amenazando. «SÉ DÓNDE VIVES, CAPULLO». Taz da cigarrillos a los bros. «¡COMO TE PILLE EN EL INSTI, TE VAS A ENTERAR! ¡YTP QUE OS DEN POR CULO, MAMONAZOS! ¡TOI BOIZ!». Nos juntamos alrededor de Taz.
—Estoy orgulloso de vosotros, chicos. Eso ha sido una puta FANTASÍA, colegas. ¡Sois la hostia!
Me paro a mirar a mis hermanos, a mis tropas. Danny tiene una sonrisa de bobalicón en la cara y un Mayfair colgando de la boca. Se ha llevado un buen regalito de la pelea: un ojo morado. Un pedazo de donut que le rodea el ojo, hinchadito y tierno, con cortes a los lados. La cara de Finnegan es un puto cuadro. El veterano ese lo ha tenido que correr a hostias porque la jeta que gasta no es de haberse llevado solo un guantazo. Addison y Broonie no tienen ni un puto rasguño; una de las nenazas que echó a correr tuvo la mala pata de perder una zapa y se comió el suelo. Broonie y Addison le dieron una buena tunda sin que moviera un puto pelo. Su amiguito corrió a socorrerlo, intentó sacudir a Broonie, pero, vamos, fue un gesto simbólico, más que nada. Sabían que estaban acabados. La adrenalina se disipa, nos desinflamos y Broonie echa la pota. Taz se ríe como lo haría un padre orgulloso del crío que, por fin, deja los ruedines.
—Eso es por la adrenalina, chaval, que no es amiga del vino —le dice, dándole una palmadita en la espalda mientras el tío esputa una sopa marrón.
Me duele la cara, pero me da igual. Ahora mismo todo me la suda.
Nos damos la vuelta para no verlo potar y, de repente, oímos un coro de gritos y voces berreando. El Young Team aparece por el horizonte. Big Kenzie va delante con un bate de aluminio en la mano. Al vernos, frenan en seco para contemplar la estampa que les espera en la acera de enfrente. Su colega Taz rodeado de los amigos de su hermano pequeño a los que han pegado una buena paliza. Cruzamos la calle creyéndonos dioses, con las caras ardiendo: rojas y ensangrentadas, pero orgullosos. Alguno se las apaña para pillar a un Toi rezagado calle abajo, pero los de la pelea hace mucho que se han ido. Los veteranos nos rodean para pasar la inspección.
Danny se me acerca y me susurra:
—Mira, tío, ¡es el puto Joe DiMaggio!
Me río sin que me oigan. Big Kenzie es el primero en hablar con su voz de trueno habitual:
—¿Qué coño ha pasado, Taz?
—Se me echaron encima, tronco.
—¿Los putos Toi?
—Ya ves, tío. Seis contra uno.
—Pues yo no te veo tan solo…
—Hostia puta. Ya te digo, colega. Tu hermano y sus amiguitos me han salvado el culo.
Big Kenzie y los veteranos nos miran de arriba abajo, uno por uno: las pintas, la ropa, la complexión, las heridas de guerra… Pero nadie abre la boca. Están esperando a Big Kenzie y a Eck Green para dar su propio veredicto. Eck es el colega de Big Tam. Un gorila de mucho cuidado, mide, fácil, uno noventa y pesará unos noventa kilos. Algunos de los veteranos llevan vaqueros y trencas o parkas. Big Kenzie no es el mayor. Las edades van de los dieciocho o diecinueve hasta nosotros, que estamos en la base la jerarquía. Algunos de los mayores están al fondo, cepillándose latas de Tennent’s y liándose un piti. No parece que les interesen las movidas del Young Team.
—A ver, colega, que yo me entere… ¿qué cojones ha pasado? —pregunta Eck.
Taz se emociona más de la cuenta y narra nuestra batalla épica con todo detalle. Recrea el sonido del petardo y cada puñetazo, patada y botella lanzada por los aires. Su público suelta los «Oooh» y «Aaaah» en los momentos adecuados, bailándole el agua y metiéndose en el relato. No hace falta exagerar la historia, ya es la hostia de por sí. Todos la recordarán y pasará a ser una leyenda.
—¿Y quiénes son estos mocosos? —dice uno al fondo.
—Son los novatos, joder, que no te enteras de nada —le suelta Big Kenzie.
—Pues vale. Me la bufa.
—Sois un puto orgullo, chavales. Buen trabajo, novatos —dice Big Kenzie mientras me da un buen apretón de manos con la zarpa esa que tiene por mano.
Novatos y veteranos se mezclan. Los colegas y yo estamos flipando. Algunos veteranos se nos acercan para felicitarnos y para preguntarnos por nuestra versión de la historia con interés y respeto. Se oye el eco de una pregunta repetida por el corro: «¿Y tú cómo te llamas, chaval?». Justo después, nuestras respuestas. Vuelan los apretones de manos y rulan botellas y porros. No hay rito iniciático que valga, solo hay que demostrar a las tropas que puedes cubrirles y que vales. Nos cuentan historias de batallas ancestrales y de tías con las que, de momento, solo podemos soñar.
[7] Marca británica de cuchillos de cocina.
[8] La marca comercial de vino tónico más popular de Escocia.
[9] Cadena británica de casas de apuestas.
Andamos por las calles como si fueran nuestras. Es viernes y el cuerpo lo sabe. Todos estamos pensando en la pelea de la semana pasada. Este viernes nos juntamos con los jefes en lugar de pirarnos a la Mansión los seis tontos de siempre. No es que no supiéramos que quedaban, claro. Hasta hoy, los viernes por la tarde salíamos del insti, nos despedíamos y si te he visto no me acuerdo. No es nada personal, es que siempre se ha hecho así. Ya cuando te haces un hombre, te ganas el privilegio de unirte a sus quedadas y formar parte del núcleo de la banda, del YT. Te echas unos pitis entre semana y los findes vas a fuego con las tropas y los pibones que les acompañan.
Se hacen llamar las chicas del YT o las pibitas del Young Team y tienen sus propios enemigos: las tías que salen con otras bandas. Aunque, en realidad, se pueden mover con total libertad. Van donde les place, al fin y al cabo, un pibón es un pibón, lo mismo dan sus lealtades. Las hay que se creen las reinas del barrio y luego están las pibitas intensas fieles a su banda que casi casi son un soldado más entre las tropas. Las tías militantes se lían a hostias con los tíos a la primera de cambio y muchas están igual de zumbadas que nosotros. Todas las bandas tienen a su propia juggernaut con chándal; un puto cardo, pero a ver quién se lo dice. Si aun así te daba por entrarle, como poco te reventaba los cojones… si tenías suerte.
—Addison, tío, vámonos ya —le dice Broonie.
Addison está hablando por teléfono con una tía. Siempre está igual. El capullo no es feo y viste bien. Es uno de esos tíos que parece que se duchan con colonia, con Ultraviolet, y siempre va como un pincel. Las tías se le dan de puta madre, de ahí las telecomunicaciones constantes, pero eso no te sirve para ganarte el respeto en las calles.
—Joder, Broonie, ya voy.
—Venga, date prisa.
Llegamos a lo más alto del parque, aunque de parque le queda poco. El suelo de caucho que hay en la zona de los columpios está lleno de pegotes azules y negros de quemar contenedores de basura. Los columpios están tan bazuqueados que el ayuntamiento se ha llevado las cadenas y los asientos. Solo queda la estructura metálica, que parece un boletín de noticias lleno de mensajes a rotulador y típex. El tobogán está hasta el culo de grafitis. YT por todas partes y fantasmas de bandas del pasado. El sitio está hecho una puta mierda y el ayuntamiento pasa de arreglarlo. Es como si se hubieran olvidado de que existe.
Ya vemos a las tropas. Están todos sentados detrás de una valla y unos arbustos. Se ven impermeables, chándales de fútbol y gorras de los Rangers y del Celtic. Hay unas cuantas tías riéndose y los tíos están montando camorra: gritando, cantando y descojonándose. Siempre hay uno al que le toca montar guardia y ya les ha avisado de que hemos llegado. Big Kenzie, Eck y Taz aparecen de la nada y alguien les grita: «¡A ver si os calmáis un poco, que son los novatos, joder!». El anuncio corre como la pólvora y cada vez aparecen más cabezas entre los arbustos. Habrá unas veinticinco personas en total. Quince tíos y diez tías. Nos adentramos entre los árboles los seis juntos. Nuestra pequeña pandilla se abre camino entre los jefes tribales y sus mujeres elegidas. Una de las tías tiene un MP3 y va alternando entre Dancing in the dark y I’ll get over you; ese es todo el repertorio que tiene.
—Joder, no me había enterado de que ofrecíamos servicio de guardería, chavales —dice un gilipollas, despertando muchas risas.
—Pues tu madre no se queja tanto cuando pasamos a verla. —Se la devuelvo con una sonrisa golfa.
Las tropas me aplauden la gracia, las chicas se ríen y Big Eck se me acerca. Me mantengo firme y sonriente.
—¡VAAAMOOOOS! Bien dicho, cabroncete. —me dice tendiéndome la mano.
El tío que ha hecho el comentario, Peter Dickson, se levanta con ganas de venir a ladrar. Eck le suelta un guantazo en toda la jeta.
—Venga, Dickson, siéntate, capullo. —Eck hace que le salga humo por las orejas—. Ese es el hermanito de Kenzie y estos son sus amigos. ¿Te queda claro?
Big Kenzie oye su nombre y aparece al instante.
—¡AL LORO, chavales! —berrea Big Kenzie dirigiéndose a las masas—. Este de aquí es mi hermanito y esos son sus colegas. Ni se os ocurra darles por culo. ¿Entendido, familia?
Las tropas farfullan sus síes y vuelven a lo suyo. Nos separamos y nos mezclamos entre las tropas. Eck me guiña un ojo y Tam y él vuelven a hablar de una tía mayor que les va a recoger en su Seat Ibiza. Allí las edades van desde nuestros catorce, quince hasta los dieciocho, diecinueve. Big Kenzie y Eck tienen diecisiete y dieciocho, respectivamente. Son los que controlan el cotarro, pero se acaban de pirar. Han tirado por el camino de ladrillo rojo y han desaparecido colina abajo. Solo nos queda Taz, pero anda distraído contando a dos pibones las hazañas de la semana pasada. Nos llama a Danny y a mí para que nos unamos.
—¿Cómo va la cosa, señores? VAAAAMOS. Estos son los tíos de los que os hablaba, señoritas.
Las tías se vuelven y sonríen. Tendrán un par de años más que nosotros. Me suena haberlas visto por el barrio. Una de ellas es bastante alta para ser tía, metro ochenta con un pelo castaño precioso y mechas rubias que le recorren el alisado; tiene unas piernas larguísimas que cruza para intentar combatir el frío. Lleva un plumas rojo y pantalones desgastados con rotos. Es guapísima. Pómulos de modelo y unos ojos verdes acojonantes. Lleva la cantidad perfecta de maquillaje. Casi todas las tías se pintan como una puta puerta y, al final, acaban con la cara y el cuello de colores diferentes. Parecen de plástico barato, como si alguien las hubiera moldeado en plastilina y les hubieran suavizado las facciones. Pero Monica Mason es un bombón, mentiría si dijera lo contrario. Es tan guapa que cualquiera se volvería para mirarla, pero no parece saberlo.
La otra tía fijo que se los lleva a todos de calle. Revolotean a su alrededor como moscas en la mierda. Patricia Lewis siempre tiene a su séquito personal de admiradores, desde los jefazos hasta el más tirado de las tropas. Grandes ojos azules, rubio platino natural, tetazas y un cuerpo estilizado. Lleva unos aros gigantescos y un piercing en la mejilla. Tiene una separación milimétrica entre los dientes delanteros. Bajo una sudadera del Inter de Milán asoman el verde y el blanco de una cami del Celtic. Debajo, pantalones de chándal blancos de Adidas y unas zapas rosas de Lacoste. El pintalabios es rosa con purpurina. Se pasan media botella de vodka Glen’s y luego le pegan un viaje a una Irn-Bru para quitarse el mal sabor de boca. Me hace gracia la mueca de Monica al tragar. Patricia le pasa un Lambert & Butler, que siempre ayuda. Me miran fijamente. Patricia frunce el ceño, pero me sonríe y me guiña un ojo. Monica me lanza una sonrisa picarona.
—¿Cómo dices que te llamas, nene? —me pregunta Patricia.
—Azzy Williams —le digo rebosando confianza.
Tienen puesto Poison, de DJ Pulse, en el móvil.
—Un placer conocerte, Azzy Williams —dice Monica.
—Yo soy el único, el inigualable Danny Stevenson.
Las chicas se ríen y Danny se pira dando brincos a hablar con otras tías.
—¿Tú eres uno de los novatos que zurró a Big Si? —me preguntan.
—Para serviros. Teníamos que cubrir a nuestro colega Taz.
—Vamos, que estás tan loco como el resto de la banda, ¿no? —me pregunta Patricia.
Esta vez soy yo el que le guiña un ojo. Monica se ríe. Patricia me mira con su cara sexi patentada frunciendo el ceño, como si no quisiera admitir que, en realidad, le molo... por lo menos un poquito. Oigo a Danny hablando detrás de mí con una piba, Emma Black. También están comentando la jugada de la semana pasada. Me vuelvo y les veo morreándose debajo un árbol. Las chicas me siguen la mirada y se ríen.
—¿Tú también quieres llevarte un beso de regalo, chaval? —me pregunta Patricia.
—Bueno, ¡nunca digas nunca, nena! —le respondo mirando a Monica, que aparta la vista un momento pero luego me echa una mirada que me vuelve loco.
De repente, se oye un estruendo. Las chicas se giran y yo sigo su mirada. Oigo a Addison quejumbroso:
—Devuélvemelo, capullo.
—¡Toma! Un móvil nuevo... —dice un veterano, haciendo que habla por el nuevo y carísimo Cybershot de Paul.
Todos están viendo lo fácil que es vacilarle. Acaba de encasillarse en el papel de víctima. A partir de ahora cualquiera de la banda sabrá con quién meterse para parecer un tipo duros y echar papeletas para sustituir a los jefazos. Addison contraataca de la única manera que sabe:
—He dicho que me lo devuelvas, tontolculo.
Andy McColl, otro de los mayores, se acerca y le suelta dos derechazos. Vemos, casi a cámara lenta, cómo le revienta la nariz. Addison se dobla de dolor, está tirado en el suelo, a punto de llorar. El primer gilipollas, Mark Bailey, sigue con el móvil de Addison pegado a la oreja. Las chicas me miran porque saben que el que está tirado en el suelo es mi colega. Le doy a Monica mi botella vino.
—Toma, sujétamela, anda.
—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Patricia.
Busco a Danny entre las tropas, pero está en mitad del prado, magreándose con una piba. Broonie también se ha pirado a darse el lote con una tía regordeta; se han ido los dos a tomar por culo, pero cada uno en dirección contraria. Necesito refuerzos, pero solo quedan Wee Kenzie y Finnegan, que, o no se han enterado, o están haciendo méritos para que nadie sepa que Addison es su colega. El soplapollas del Bailey le mete un patadón en el hocico a Addison, que se queja y gimotea en el suelo. La peña se ríe o intenta no mirar tan lamentable espectáculo. Paul está tirado en un charco, con el chándal nuevo hecho una puta mierda y la nariz abierta sangrando por un tubo. Pero, claro, es un niñato insolente, ¿a quién le importa, no? Los soplapollas como Bailey y Andy McColl solo sirven para decir cuatro gilipolleces y atizar cuando no están los jefes para así intentar dirigir el cotarro. Siempre he odiado a los bullies y estos gilipollas no son ninguna excepción. Hay un tablón de madera tirado, parte de un rodapié que alguien ha tirado en el campo. En cuanto cojo la tabla, me vuelvo el centro de todas las miradas. Los dos capullos no se han dado cuenta de que voy a por ellos. Uno de sus colegas, Matthew Whyte, intenta ponerse en mi camino.
—Eh, eh, eh. ¿Dónde crees que vas con eso, mequetrefe?
Agarro bien la tabla y le suelto un hostión en toda la jeta. Hay un clavo en la madera, uno pequeñito, pero lo suficientemente grande como para rajarle la cara y hacerle un buen corte. Cae doblado al suelo. Tiro la tabla y voy a por McColl.
—¿A qué esperas, gilipollas? ¡Ven a por mí!
Me ve como a un crío, un novato, y no me tiene miedo. Nos corremos a hostias. Me como un buen derechazo, pero casi ni lo siento; voy hasta el culo de adrenalina y vino. Me han roto la nariz, pero me da igual. Le agarro de la camiseta y le parto el hocico de un cabezazo. Le he reventado la nariz. Nos separan nada más empezar. Whytey lo aparta y le dice que somos los colegas de Wee Kenzie y que estamos protegidos por el líder. Se pira y se lleva a toda su panda. McColl, Bailey y Whytey desaparecen ladera abajo. Les oigo vociferar: «¡Eres hombre muerto, Azzy! ¡Te vamos a reventar después de clase, niñato de mierda! ¡Date por jodido, cabronazo!». Les dedico una peineta, intento no emparanoyarme. Se ha acabado el espectáculo y todos vuelven a lo suyo, a charlar con la peña y a beber. Veo a unos cuantos gilipollas y a alguna piba mirándome de arriba abajo preguntándose quién coño soy.
Me vuelvo y me topo con Finnegan y Kenzie, que han salido de la nada ahora que ha pasado lo peor.
—¿Dónde cojones estabais, pedazo mierdas? Vuestro colega se estaba comiendo una puta paliza y vosotros no habéis hecho ni el huevo.
No dicen nada; se esconden tras los cigarros y miran al suelo. Veo a Danny y a Broonie de lejos, vienen corriendo con sus citas a rastras.
—¿Qué ha pasado, tío? —me pregunta Danny.
—Que el Bailey y sus matones han intentado robarle el móvil a Addison y lo han corrido a hostias.
—No me jodas, tío. Vaya mierda —dice Broonie sacudiendo la cabeza.
—Qué hijos de puta... No me puedo creer que me lo haya perdido... —añade Danny.
La adrenalina se disipa y las posibles repercusiones de la pelea me inundan el cerebro. Todavía hay gente mirándome; soy la comidilla de la banda. Me he convertido en una puta celebrity, me han catapultado al estrellato. Patricia y Monica se nos unen. Me limpio la sangre la nariz con la manga de la chaqueta, le doy un trago a la botella y me enciendo un cigarro.
—Joder, macho, no te lo has pensado dos veces —me dice Monica.
—Odio a los bullies.
Los colegas se han quedado de piedra al ver a las tías más buenas de la banda. Taz acaba de llegar al parque con una churri del brazo. Le cuentan lo que ha pasado y viene corriendo con una botella de MD en la mano.
—Bien hecho, Azzy. Esos tres se creen dioses. Alguien tenía que bajarles los humos —dice Patricia con un guiño de los suyos, y me pasa la mano por el pelo.
—Ey, tía, ¡cuidado con la gomina, joder! Sí, supongo... No sé. Los tenía a huevo.
—¡Di que sí! Pero te han dejado la cara hecha un cuadro. ¿Te duele? —me dice entre risas.
—¿A mí? Qué va. Es un arañazo de nada.
Taz parece histérico y me lo está empezando a contagiar.
—¿Qué pasa, Taz? —le pregunta Wee Kenzie casi en un susurro.
—Joder, tíos. Me acabo de enterar de lo que ha pasado, esperaba que fuera una trola. Azzy, hermano, ándate con cuidado. Whytey es el primo segundo de Big Eck. Por eso se porta como un puto zumbao.
Ya entiendo tanto susurro y miradita furtiva. Me empieza a doler la tripa y me entran ganas de potar; intento no rayarme. Siempre va a haber un imbécil o el primo de un imbécil que quiera reventarte la cabeza o apuñalarte, si no es por una cosa, será por otra. Solo hay una manera de no volverse loco en una banda: tener agallas.
—¿Y qué, tío? ¿A mí qué cojones me importa quién sea su primo?
Está claro que mi respuesta lo supera:
—Vale, ok. Venga, nos vemos —me dice y se pira a toda hostia.
—Vamos a empezar a llamarlo Casper —dice Danny.
