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Yago ha recorrido un largo camino y ha cumplido su sueño de ser médico en el s. XVIII. Sin embargo, una tragedia lo ha empujado a refugiarse en el alcohol. Sus padres, Diego y Marina, sufren al ver en qué se ha convertido y se apoyan en Micaela, una buena muchacha que les brinda su cariño más sincero. Pero él la considera una amenaza para el matrimonio de sus padres. Decidido a proteger su hogar, intentará superar el vicio para librarse de ella. En verdad parece haber hechizos en el aire, pues a pesar de esa animadversión, Micaela no puede evitar sentirse atraída por él. Y Yago va cayendo en una adicción aún más fuerte: el perfume, la piel de esa mujer… - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 715
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2010 Pilar Cabero
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tiempo de hechizos, n.º 207 - octubre 2018
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1307-244-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Para ti, que me lees con una sonrisa.
Pamplona, marzo de 1729
—Ya es hora de que regresemos a casa. —Millán la tomó del brazo para conducirla fuera de la iglesia—. Le hemos dado sepultura y aquí ya no podemos hacer nada más.
—Lo sé, pero me cuesta abandonarle —murmuró Micaela, dejándose llevar sin oponer resistencia.
Desconocía cómo era capaz de mantenerse en pie estando tan agotada. Sentía los ojos enrojecidos de tanto llorar y por la falta de descanso. La enfermedad de don Nicolás, el padre de Millán, había sido larga y agónica.
Recorrió el pasillo central de la iglesia casi arrastrando los pies. A través del velo negro, vio a las personas que minutos antes le habían dado el pésame esperando a la puerta de la iglesia, cabizbajos y, en algunos casos, con los ojos llorosos. Don Nicolás había sido un buen hombre a lo largo de toda su vida y eran muchos quienes lo echarían de menos. Ella, la primera. Se le volvían a humedecer los ojos, pero inspiró para contener las lágrimas. Las guardaría para la quietud de su dormitorio.
Comenzaron a bajar los peldaños para dirigirse al coche detenido en la calzada. Los caballos aguardaban, resignados, resoplando de vez en cuando.
Notó que Millán le sujetaba el codo con delicadeza y, de alguna manera, se sintió reconfortada. A sus treinta y un años era un hombre muy agradable y ella le quería mucho.
Varios ciudadanos les detuvieron para expresarles su pena, para ofrecerse en lo que hiciera falta o para mostrarles su apoyo. Era de agradecer; con todo, en ese momento lo único que le apetecía era subir al coche, alejarse de allí y poder releer la carta que llevaba en la faltriquera y le quemaba como una brasa.
Millán debió de notar su impaciencia, pues apresuró las despedidas y la ayudó a subir al carruaje.
Micaela se dejó caer en los asientos acolchados con un suspiro trémulo. Realmente estaba muy cansada. Tanto que temía quedarse dormida en cuanto los caballos comenzasen a tirar del vehículo. Su acompañante se sentó frente a ella. Al momento notó el balanceo del coche al ponerse en marcha. Cerró los ojos; se dejó mecer por el traqueteo sobre los adoquines de la calzada. El sonido de los cascos de los caballos y el de los arneses era casi hipnótico; no le costó relajarse en aquellos asientos tan cómodos. Don Nicolás no había escatimado cuando se hizo traer ese carruaje desde Madrid y, en ese momento, ella se lo agradecía infinitamente.
«¡Cuánto le voy a extrañar!», pensó con tristeza.
—Si tienes frío, puedes taparte con esto —señaló Millán; le mostraba una manta hecha con piel de oso—. El día es un tanto desapacible para ser marzo.
Ella negó con la cabeza sin abrir los ojos.
—Gracias. —La voz le salió como un murmullo.
Tocó la faltriquera y oyó el crujido del papel. Necesitaba leer otra vez la misiva que su madre le escribiera dos años atrás, en su lecho de muerte, y que don Nicolás le había entregado el día anterior, solo cuando se hizo evidente que ya no le quedaba mucho tiempo.
«¿Cómo pudo hacer eso?», pensó, dolida. «¿Cómo pudo mantenerme ignorante del paradero de mi verdadero padre?».
Recordó el momento en que le había entregado la carta. La sorpresa inicial y, más tarde, el dolor.
Estaba en el dormitorio de don Nicolás. El anciano, tumbado en la cama, respiraba con dificultad; en las últimas horas apenas se había movido. Dormía inducido por el láudano que tomaba cada poco tiempo. Esperaban su muerte de un momento a otro.
Micaela se paseó por el cuarto, suntuosamente amueblado, para desentumecer las piernas, agarrotadas por haber permanecido tanto tiempo sentada frente al lecho. Abrió la ventana para aligerar el ambiente, viciado por los miasmas de la enfermedad, y dejó que el aire fresco de la noche invernal le acariciase la cara. La luz de las velas titiló en la brisa, como si fuera a apagarse, y al momento se aquietó otra vez.
Un murmullo tenue le hizo girar la cabeza hacia la cama. Don Nicolás intentaba hablar. Rápidamente regresó a su lado y le tomó la mano, reseca y apergaminada. La enfermedad le había consumido el cuerpo; ya no era más que piel y huesos. Los ojos, hundidos en sus cuencas, la miraban velados por la vejez y el opio.
—¿Qué deseáis?
El anciano le señaló con insistencia un hermoso bargueño. Sin estar muy segura de qué era lo que pretendía, se acercó al mueble y abrió los cajones. En el segundo había una carta cerrada, muy manoseada, dirigida a ella; en seguida reconoció la caligrafía de su madre. Se volvió con la misiva en la mano para enseñársela al enfermo. Don Nicolás cabeceó imperceptiblemente, cerrando los ojos con dolor.
Micaela rompió el lacre y se dispuso a leerla con una mezcla de reverencia, afán y tristeza.
Databa de unos días antes de la muerte de su madre y, en los caracteres escritos, ya se apreciaba cansancio y sufrimiento. Pese a ello, eran sus palabras y casi podía oírla. Se rodeó la cintura con un brazo mientras, a tientas, se sentaba en el borde de la cama, sin soltar el papel y sin dejar de leer.
—¿Por qué? —había preguntado, aguantando el llanto—. ¿Por qué ahora?
Don Nicolás no contestó. Desde la comisura de los ojos cerrados resbaló una lágrima por la arrugada mejilla y se perdió por el costado hasta la almohada.
—¿Conocéis el contenido? —El anciano negó con un movimiento tenue—. ¿Por qué la habéis guardado todo este tiempo? ¿Por qué no me habéis dicho nada antes?
—Mi… e… do —murmuró con fatiga. Los ojos acuosos clavados en los de la joven.
—¿Miedo? ¿De qué? No os entiendo —había clamado, ya sin poder contener las lágrimas.
—Tu mar… cha —gimió el hombre con dificultad.
—¿Creíais que me iba a marchar si la leía? —La sorpresa era evidente en sus ademanes—. Nunca me habría ido dejándoos enfermo. Sabéis que os tengo un gran cariño. Sois como un padre para mí. —Se mordió el labio inferior. Impaciente, se limpió con el dorso de la mano las lágrimas que le corrían por las mejillas—. Me duele pensar que me habéis ocultado esta carta durante los dos últimos años. Vos conocíais lo mucho que ansiaba saber mi procedencia; quién fue mi padre o por qué mi madre huyó de su lado.
El anciano lanzó un suspiro entrecortado y la miró con pena infinita, al tiempo que intentaba hablar. Boqueó impotente, sin conseguir que saliera un solo sonido de sus labios exangües. Agotado por el esfuerzo, cerró los ojos; los párpados arrugados aletearon sin terminar de cubrir los iris nublados y acuosos.
Micaela le asió la mano que descansaba sobre la cama. Estaba fría y surcada de venas azuladas. Don Nicolás volvió a abrir los ojos y con los labios formó una palabra: «Perdóname».
La joven cabeceó para asentir. No podía hacer otra cosa; era incapaz de guardarle rencor. Ese hombre se había portado muy bien. Las aceptó sin saber nada de ellas y les dio cobijo en su casa. Le había dado una educación, pese a ser solamente la hija del ama de llaves. Era casi como un padre para ella.
Permanecieron en silencio, roto por las llamas que lamían los troncos en la chimenea o el ruido del viento al golpear contra la ventana. Poco a poco sintió que una sensación de paz se extendía por su mente. Sorprendida, miró a don Nicolás y descubrió que una sonrisa tenue curvaba los labios caídos del anciano y borraba el rictus tenso de su cara; luego el anciano inhaló una bocanada de aire…
—Tenemos que hablar, Micaela. —La voz de Millán la sacó del recuerdo. Abrió los ojos, confusa. El carruaje se detuvo con un bandazo—. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que nuestra situación ha cambiado drásticamente.
—Lo sé —se limitó a contestar, mientras se disponía a descender del vehículo—. Me he percatado.
—Quiero que vayamos al salón para hablar de ello.
Micaela asintió, al tiempo que un lacayo abría la puerta. Millán bajó y le tendió la mano para ayudarla a descender frente a la casa solariega de los de Elizalde.
Recorrieron a buen paso la poca distancia hasta la entrada principal. Una criada, que les esperaba con la puerta abierta, les saludó con una reverencia al entrar. Ellos continuaron hasta el salón sin pararse. El nuevo dueño de la casa se limitaba a conducirla con determinación. Era indudable que tenía prisa por decirle lo que tuviera en mente.
Una vez dentro de la estancia, Millán entornó la puerta e invitó a la joven a sentarse en uno de los dos sillones orejeros que había frente a la chimenea; él se sentó en el otro. Después de retirar el tupido velo que le cubría la cara, echándolo hacia atrás, Micaela parpadeó varias veces para acostumbrar los ojos a la claridad del día y a la luz de las llamas. Luego miró al hombre que, muy tieso en su asiento, la observaba con atención.
—Bien, como te he dicho: es hora de hablar —comenzó Millán con voz pausada—. Ya no estará bien visto que continuemos viviendo en la misma casa. Ahora que ha muerto mi padre, ya no. —Sus ojos castaños se ensombrecieron de pesar y se pasó la mano por la cara, como si de ese modo pudiera ahuyentar la pena. Se levantó. Con las manos cogidas a la espalda, observaba el fuego de la chimenea—. Me he permitido contratar a una dueña que se haga cargo de ti. Dios sabe que mi padre debió hacerlo hace mucho tiempo.
—No necesito una dueña que controle todos mis movimientos. Solo soy la hija de la antigua ama de llaves…
—La necesitas para preservar tu reputación —la interrumpió, contundente, sin mirarla—. No está bien que compartamos una casa estando los dos solteros. Eso dará pie a muchas habladurías que no te convienen de ninguna manera. Hace años que en esta casa se te ha tratado más como un miembro de la familia que como la hija de una empleada. El problema es que, obviamente, no somos hermanos y, de cara a la sociedad… —Dejó las palabras en el aire.
Ella ya lo había pensado. En realidad, el hecho de que siguiera en la casa después de la muerte de su madre ya había sido motivo de más de un comentario malicioso; solo el grave estado de don Nicolás refrenó las malas lenguas, al comprenderse que el anciano necesitaba todos los cuidados que se le pudieran ofrecer y que ella era capaz de dar.
Los conocimientos de plantas medicinales que su madre le enseñó, desde muy temprana edad, resultaron ser muy útiles para paliar el sufrimiento del dueño de la casa. No había podido curarle, pero al menos evitó que los dolores terminaran por volverle loco.
—Sé que este no es el mejor momento para hacerlo… Tal vez… debería esperar unos días —empezó Millán con torpeza—, pero convendrás conmigo en que la situación requiere decisiones rápidas. Lo he pensado detenidamente; a decir verdad, llevo tiempo sopesando la idea y creo que es lo mejor para los dos.
Micaela lo miró, confusa. No entendía muy bien qué pretendía su acompañante, aunque empezaba a tener una ligera sospecha que no le gustaba nada. Aparentando serenidad, entrelazó las manos en el regazo y esperó a que él terminara de explicarse.
Millán volvió a pasarse la mano por la cara con nerviosismo. A la luz que entraba por las ventanas de la habitación se podía apreciar el cansancio marcado en su cara, lo que no le restaba atractivo; los ojos castaños, del mismo color que el pelo, la miraban con franqueza y con ese aire de seriedad característico de la familia de Elizalde. No había cambiado mucho desde que lo conociera, diecisiete años atrás, cuando ella llegó a Pamplona con su madre. Por entonces él era un jovencito de catorce años, muy serio y estudioso, que, salvo en contadas ocasiones, sacaba el carácter dominante e intransigente distintivo de su familia. El ejercicio con la espada le había rellenado y endurecido los músculos del cuerpo de una manera harto atractiva. La casaca negra marcaba la amplitud de su espalda y las calzas, del mismo color, los músculos de las piernas. Las mujeres de la comarca daban fe de ello y las madres intentaban pescarle para sus hijas casaderas.
Lo vio levantarse y poner una rodilla en el suelo. Su espada tintineó en la piedra.
Millán tomó, con ternura, la mano de Micaela entre las suyas.
—Quiero que seas mi esposa, Micaela —anunció, con los ojos clavados en los azules de ella.
—Pero Millán… —titubeó, sin saber muy bien qué decir, y apartó la mirada.
—Calla, no digas nada. —Carraspeó él con nerviosismo, aún arrodillado—. Ya te he dicho que en los últimos meses lo he pensado detenidamente. Sabía que mi padre se estaba muriendo y que, cuando eso ocurriera, habría que tomar una decisión respecto a tu permanencia en la casa. Incluso se lo pregunté y él estuvo de acuerdo en que nos casáramos. Bien sabes el aprecio que te tenía.
—Lo sé, pero no creo que…
—Por favor, piénsalo bien y después me contestas. Imagino que a estas horas ya habrá llegado doña Matilde de Tudela. Es una viuda sin hijos dispuesta a hacerse cargo de ti. A partir de este momento será tu dueña mientras haga falta.
—No es necesario. Ofelia ya es suficiente…
—Ofelia no es más que una doncella —soltó Millán, impaciente. Se levantó del suelo con presteza—. Su capacidad como dueña no tiene caso. Doña Matilde tiene la educación y la respetabilidad necesarias para preservar el decoro. Dejaré que pienses unos días en mi proposición. Espero que no me hagas esperar mucho por la respuesta y que esta sea afirmativa.
Sin esperar a nada más, salió de la habitación a grandes pasos. Si Micaela hubiera estado menos cansada se habría sorprendido por la proposición; en ese momento solo podía pensar en tumbarse en la cama y meditar sobre lo descubierto a través de la carta de su madre.
Con un suspiro, se levantó para dirigirse a su cuarto, en la segunda planta.
—Buen día, señorita —saludó Ofelia, cuando llegó a su dormitorio—. Venid y dejad que os quite la ropa. Tenéis todo el aspecto de necesitar descansar.
—Gracias, Ofelia. En realidad, estoy completamente rendida —admitió. Y se dejó hacer.
La doncella procedió a desvestirla hasta dejarla solo con la enagua. La llevó hasta el taburete del tocador y le quitó las horquillas que le sujetaban las trenzas en un moño sobre la cabeza. Las dos trenzas cayeron hasta media espalda y Ofelia se dedicó a deshacerlas con destreza. Una vez que el pelo estuvo suelto, le pasó el cepillo por toda la cabellera negra, con pases largos y relajantes.
—Umm, si sigues así me quedaré dormida en la silla —murmuró Micaela, con los ojos cerrados.
—En ese caso, tal vez sea mejor que os acostéis un rato.
Micaela se dejó llevar hasta la cama y no puso ninguna objeción cuando la doncella abrió las sábanas para que se metiera en ella. Realmente estaba muy cansada, pero dudaba que con los últimos acontecimientos fuera capaz de dormir. Tenía cosas en que pensar: la carta de su madre y la sorpresiva propuesta de matrimonio de Millán. Era imprescindible que meditara sobre ellas y tomase una decisión.
Ofelia guardó con cuidado el vestido de Micaela en el arcón, para que se arrugase lo menos posible, y miró a la joven que descansaba en la cama. A juzgar por el ceño que afeaba su hermoso rostro, estaba preocupada por algo. No le gustaba verla así; siempre le había tenido mucho aprecio, desde que la viera llegar a la casa, de la mano de su madre.
En aquel entonces, Micaela era una regordeta niñita de cinco años, con una mata de pelo negro y ondulado, los ojos azules más alegres que hubiera visto nunca y una carita digna de un querubín. En cuanto la pequeña vio a Ofelia, se encaprichó con ella y la seguía a todas partes. A veces era una lata, con tantas preguntas sobre por qué hacía esto o aquello, pero la mayoría de las ocasiones era una buena compañía. En poco tiempo tenía a los trabajadores de la casa pendientes de ella. Eso podría haberla convertido en una niña caprichosa, pero sucedió todo lo contrario. Su amabilidad y preocupación por todos era notoria, de modo que se había ganado el aprecio sincero de los habitantes de la casa y de todo el vecindario. Quiso la suerte que, cuando madre e hija llegaron, el ama de llaves se hubiera despedido para casarse y anduvieran buscando a alguien para ocupar su puesto. La señora Juliana, la madre de Micaela, consiguió el trabajo y resultó ser una mujer muy competente.
Don Nicolás también se encariñó con la pequeña y se molestó en darle una buena educación para convertirla en una señorita. Al cumplir Micaela los doce años, y pese a las protestas de la señora Juliana, el dueño de la casa ordenó a Ofelia que abandonase su puesto de lavandera para ser la doncella de Micaela. El nuevo cargo era infinitamente mejor que el anterior, que le estaba destrozando las manos; Ofelia, con dieciocho años, se propuso demostrar que era merecedora de tal honor y sacarle el mejor partido. Debía admitir que la actitud cordial y amable de Micaela le había facilitado mucho las cosas; trabajar para ella era muy agradable.
Miró hacia el lecho y observó a su joven ama, que seguía ensimismada, con el ceño cada vez más fruncido.
—Señorita Micaela, si continuáis así, se os quedará la cara tan arrugada como una pasa —la amonestó con seriedad.
—Lo siento, Ofelia; es que estoy preocupada…
—Si hay algo en lo que os pueda ayudar… —se ofreció ella, con sinceridad.
—No, gracias. Es algo que debo decidir yo misma.
Supuso que tendría que ver con lo que le había contado la cocinera esa mañana. Al parecer, don Millán había contratado a una viuda como dueña para Micaela; Ofelia estaba segura de que no sería del agrado de la muchacha, quien se había acostumbrado a que nadie le frenase su carácter exuberante y alegre. No tendría más remedio que claudicar por el bien de su reputación. Realmente, ya iba siendo hora de que alguien pusiera freno a esa conducta, inadecuada para una señorita.
—¿Queréis que os suba algo para comer?
—No, gracias, Ofelia. No me apetece comer nada —musitó, con voz somnolienta—. Si no estoy despierta para la cena, por favor, discúlpame con Millán.
—Así lo haré, señorita —aseguró Ofelia, antes de salir y cerrar la puerta con cuidado.
Al girarse se topó con don Millán, que salía de su dormitorio. No pudo evitar sonrojarse hasta la raíz del pelo. Él la miró de arriba abajo con el ceño fruncido; luego su mirada se ablandó un tanto, como si le agradase lo que estaba viendo.
«No seas tonta y deja de pensar esas cosas».
—¿Te has hecho algo en el pelo? —preguntó él, con suavidad.
—¿Pe… pelo? —tartamudeó, confundida por la pregunta—. No me he hecho nada, don Millán.
Aguantó la respiración, aturdida por esos ojos, conteniéndose para no llevarse la mano a la cabeza y atusarse el cabello. ¿Qué le sucedía al dueño de la casa? La estaba mirando con… ¿complacencia? ¿Acaso se estaba interesando por ella?
—No sé. Estás diferente… más guapa…
Esas palabras comenzaron a bullirle en el cerebro. Como en un sueño vio que él acortaba distancias, hasta que estuvo tan cerca que podía sentir su aliento sobre la frente.
—Estas ropas, tan sencillas, desmerecen un porte como el tuyo. Con las prendas adecuadas lucirías como una verdadera señora.
«Virgen María», pensó la joven, con las rodillas flojas, incapaz de moverse de allí. «¿Qué significan esas palabras?».
Jamás había estado tan cerca del objeto de su amor. Cerró los ojos y se deleitó con su aroma.
Sintió los labios de don Millán sobre los suyos, al principio muy suaves y después con intensidad. Pillada por sorpresa, se dejó llevar y hasta se atrevió a poner las manos sobre los brazos que la apresaban.
«Estoy soñando».
Se movían, era como si bailaran al son de una música silenciosa. Notó sus manos que le acariciaban la espalda, la cintura. Era demasiado emocionante para pensar en otra cosa. En ese instante solo quería disfrutar de la dicha de ser besada por él. De ser acariciada. Sintió sus labios sobre la mejilla, la oreja, el cuello, la clavícula… Dios mío.
—Te necesito…
La voz y el ruido de una puerta al cerrarse la despertaron del ensueño. Estaban en el dormitorio de don Millán; no sabía cómo había llegado hasta allí, y él empezaba a desatarle el cordón de la camisa. Miró como hipnotizada sus dedos morenos. Solo cuando el hombre separó los bordes de la prenda para agrandar el escote, comprendió hacia dónde se encaminaban sus movimientos y le entró miedo.
—¡No! —chilló—. No… no… no puedo, don Millán —repitió más quedo—. Eso no está bien… Lo siento… —se disculpó, antes de abrir la puerta y salir corriendo de allí.
Subió a su habitación con lágrimas en los ojos, sin saber si eran por lo sucedido o por lo que pudo suceder. El rictus de frustración del dueño de la casa se le quedó grabado en el cerebro.
Dos días más tarde, Millán, a la cabecera de la mesa, esperaba impaciente la llegada de Micaela. Doña Matilde ya estaba sentada a su izquierda y se entretenía enderezando los cubiertos, ya de por sí derechos. En los dos días que llevaba en la casa, Millán había descubierto que era una mujer muy ordenada y rigurosa, que hablaba poco y comía aún menos. Desconocía su edad; habría sido sumamente grosero que se lo preguntara, pero seguramente tendría menos de los que su apariencia hacía entrever. El vestido negro de corte sencillo, junto con la cofia del mismo color, no contribuían a rejuvenecer su aspecto, sino que le daban un aire desvalido y desamparado.
—¿Os agrada la estancia en esta casa? —preguntó, por hablar de algo y para que la espera se le hiciera más amena.
—Sí, es una casa agradable —indicó ella con seguridad. Y guardó silencio.
Era evidente que, si él no le preguntaba directamente, esa mujer no hablaría por propia iniciativa. Él no tenía muchas ganas de hablar de banalidades; menos aún, cuando esperaba que Micaela respondiera de una vez por todas a su propuesta de matrimonio.
Le había dado tiempo de sobra para que se hiciera a la idea y tomase una decisión. No le gustaba esperar.
Tampoco le había gustado la negativa de Ofelia. En vida de don Nicolás nunca hubiera osado llevarse a la cama a ninguna criada y, todavía menos, a la doncella de Micaela; su padre era demasiado virtuoso como para consentirlo. Ahora las cosas eran diferentes.
Lo había vuelto a intentar el día anterior con idéntico resultado. Pardiez, nunca hubiera creído que esa joven fuera tan reacia a mantener relaciones con él. Después de todo, siendo el amo y señor, podía premiar la buena disposición de los criados.
Micaela entró en el comedor terminando de atarse las cintas de los puños de su vestido negro. Traía la tez sonrosada por haber corrido; varios mechones oscuros se le habían escapado de la trenza y revoloteaban alrededor de su cara.
Millán le vio intentar apartárselos de la cara con impaciencia y frunció el ceño ante esa imagen de desaliño.
—Lo siento, Millán, doña Matilde. Me necesitaban en la cocina y no he podido venir antes —se disculpó Micaela con una sonrisa, al tiempo que se sentaba a la derecha del dueño de la casa.
—Debes respetar el horario de las comidas, Micaela —comunicó Millán con sequedad—. A la cocinera no le gustará saber que sus guisos se echan a perder por no servirlos a tiempo. —Tocó la campanilla para que trajeran la comida.
—Es precisamente a la cocinera a quien estaba atendiendo. Se ha quemado con una de las ollas… —señaló la joven, antes de colocarse la servilleta en el regazo—. Era necesario tratar la herida lo antes posible.
—No tienes que estar pendiente de los criados, Micaela… —empezó doña Matilde con prudencia.
—A mí me complace —aseguró, impetuosa.
—… y ya puestos, tampoco a los criados de las casas vecinas —continuó como si ella no hubiera dicho nada—. Debes mantener la respetabilidad. Una dama no se rebaja a esos menesteres.
—No puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que puedo ayudar —protestó la joven, con obstinación—. Mi conciencia no me lo permitiría.
—Deberás aprender —sentenció la mujer con sequedad—. No eres una niña, querida. Me sorprende que aún sigas soltera a tu edad.
—No soy una anciana. Solo tengo veintidós años —declaró, sonrojada.
—Una edad peligrosa. Al menor descuido te convertirás en una solterona.
La entrada de la criada con la sopera humeante evitó que Micaela contestara. Millán pudo ver cómo se mordía el labio con frustración y casi sonrió. Sin duda, había encontrado una mujer capaz de enderezar a la muchacha.
Desde el principio don Nicolás le había consentido todo. Solo la señora Juliana era capaz de lidiar con la exuberante personalidad de su hija. Desaparecida ella, cuando a don Nicolás se le agudizó la enfermedad, la joven había hecho su santa voluntad sin nadie que se lo impidiera.
No es que fuera mala o mal educada; no era eso, sino todo lo contrario. El problema estaba en que no era capaz de actuar acorde con la educación recibida y la posición social a la que don Nicolás le había encumbrado. No era la simple hija de la difunta ama de llaves, pero ella no parecía darse cuenta.
Debería hablar con ella y hacérselo entender.
El suave sonido de la lluvia le arrancó una leve sonrisa. Sin duda la cosecha de ese verano sería abundante; ayudaría a sanear las cuentas y a pagar el préstamo pedido por su padre para comprar el grano de la siembra. No habría debido hacerlo, no obstante, su progenitor no era de los que escuchaban consejos. Ahora solo cabía esperar que la lluvia y el sol fueran benevolentes y que, a su debido tiempo, las espigas estuvieran preñadas de grano.
Mejor no pensar en lo contrario.
Micaela comió la última porción de natillas, impaciente por volver a la cocina y comprobar cómo tenía la mano la cocinera. Le había realizado una cura rápida para no retrasarse a la hora de llegar a la mesa, pero ¿eso era suficiente?
Miró subrepticiamente a los dos comensales para saber si ellos también habían terminado o, por el contrario, seguían comiendo. Vio que Millán dejaba la cucharilla sobre el plato; uno menos. Doña Matilde, por el contrario, seguía comiendo porciones de pajarillo anémico con una lentitud exasperante.
«A este paso me saldrán canas antes de que consiga regresar a la cocina», pensó, cada vez más impaciente.
La dueña que había contratado Millán era una mujer de ideas férreas y tan falta de humor como una mula cansada. Desde que había llegado a la casa no dejaba de reprenderla por todo. Por lo visto, nada era del agrado de la doña.
A veces se preguntaba si no sería una estratagema de Millán para obligarla a tomar una decisión sobre su propuesta; porque la manera de librarse de las ideas cerriles de la dueña era casarse.
Su suspiro se ganó la reprobación de doña Matilde, que la miraba con la cuchara a medio camino de sus labios apretados. Rápidamente compuso una sonrisa de disculpa y rezó para que a la mujer no le diera por soltar una de sus interminables lecciones de buena conducta; pues para cuando abandonase la mesa, la quemadura de la cocinera estaría peor.
Para pasar el tiempo sin ponerse a gritar de frustración, comenzó a repasar mentalmente la lista de las plantas que tendría que ir a recoger sin falta.
—Doña Matilde, si nos disculpáis, querría hablar con Micaela… —La voz serena de Millán la devolvió a la realidad.
—Pero, señor, no es… —empezó a protestar la mujer, parpadeando como un búho.
—Será solo un momento y no hace falta que cerréis la puerta al salir —replicó él, en un tono que no admitía discusión.
La doña se levantó con rigidez y, con una inclinación de cabeza a modo de despedida, se dirigió a la puerta del comedor con paso airado. Obviamente, no le había gustado nada que la echaran de la habitación.
La joven se tragó un suspiro: la cocinera tendría que esperar.
Una vez solos, Millán se enderezó aún más en la silla, si cabe, y clavó los ojos en la joven.
—Han pasado dos días desde que te hice mi proposición de matrimonio. Creo que ya has tenido tiempo para meditar una respuesta —consideró—. ¿Qué has decidido?
—Lo he pensado mucho. Es cierto que tu propuesta me halaga; es un honor que desees casarte conmigo… —empezó Micaela, sin dejar de mirarle. Quería hacerle saber que estaba hablando con sinceridad—. Pero no puedo aceptar.
Las facciones de Millán se tensaron. Su mirada castaña se clavó en ella casi con frialdad. Era evidente que su decisión no le había gustado nada.
—¿Por qué, si se me permite preguntar?
—Te tengo mucho aprecio, aunque no el indicado para casarme —trató de suavizar la negativa.
—Ese cariño puede llegar después. No seas inocente, Micaela. Sabes que la mayoría de los matrimonios son concertados —bufó Millán.
—Lo sé, pero no es lo que deseo para mí.
—¿Estás enamorada de alguien? —preguntó, con el ceño fruncido, e inclinó el cuerpo de modo que terminó con los codos apoyados en la mesa.
—No, claro que no —negó Micaela con vehemencia—. Bien sabes que en los últimos años no he tenido tiempo de enamorarme de nadie. Es solo que…
—En ese caso, ¿qué te impide casarte conmigo? ¿La edad? ¿Me consideras demasiado mayor para ti?
—No, no es eso. No creo que diez años de diferencia sea una edad tan dispar. Es solo que aún no quiero casarme.
—¿Te has parado a pensar que no será decente vivir bajo el mismo techo sin estar casados? ¿Acaso crees que la presencia de doña Matilde será suficiente para acallar rumores? —masculló con el rostro crispado—. No, Micaela.
Lo sabía. Estaba segura de que no podría dilatar mucho más tiempo su permanencia en esa casa sin estar casada con el dueño. Por eso lo había meditado bien. A decir verdad, tenía la respuesta desde que leyó la carta póstuma de su madre. Desde que descubrió de dónde era, quién y qué era su padre y la razón por la que ella lo había abandonado, diecisiete años atrás. Para darse ánimos, tocó la carta que llevaba en la faltriquera desde el fallecimiento de don Nicolás.
—Si no deseas casarte conmigo, mucho me temo que no podrás seguir viviendo en esta casa —anunció Millán con enfado.
—Lo sé.
—¿Lo sabes y aun así me rechazas? ¿Adónde irás? —La irritación tensaba el rictus de su cara.
—Con mi padre —reveló ella. Y le entregó la carta.
Millán la leyó con la mandíbula apretada y al terminar la tiró en la mesa, indignado.
—¿Desde cuándo lo sabes? —Casi mordió las palabras.
—Me la entregó tu padre minutos antes de morir —susurró.
Esas palabras parecieron apaciguarle un poco. Se pasó la mano por la cara y la miró con cansancio.
—¿Cuándo te vas a San Sebastián?
—Mañana mismo. No hay razón para seguir posponiéndolo.
—¿Tu decisión es definitiva? —Micaela asintió con la cabeza, dolida por la actitud enfadada de Millán—. En ese caso no hay más que hablar. Que tengas buen viaje. Le diré a Ofelia que te acompañe.
El hombre se levantó con ímpetu de la silla y, sin mirar atrás, salió del comedor a grandes zancadas. Ella lo vio marchar con tristeza; no esperaba que se lo fuera a tomar así. Estaba segura de que Millán no sentía por ella más que aprecio de hermanos; su enfado, sin duda, era por sentirse rechazado.
Recogió la carta de su madre, la dobló y la volvió a guardar en la faltriquera con sumo cuidado, antes de dirigirse a la cocina para atender a la cocinera y poner sobre aviso a los sirvientes de su próxima partida.
San Sebastián, octubre de 1729
Desde la cubierta del Poseidón, bajo una tenue lluvia que emborronaba sus contornos, se intuía más que percibirse la ciudad de San Sebastián. Dejaron a estribor la isla Santa Clara que, como la perla de una ostra, descansaba en el centro de aquella hermosa bahía, y entraron en el puerto. Los marineros se afanaban en las jarcias, preparando todo para atracar, mientras el contramaestre impartía órdenes desde el alcázar de la nave.
Yago Izaguirre observaba impasible, junto al capitán Bengoa, las maniobras del buque para entrar en la dársena.
—Bueno, mi querido amigo, hemos llegado sanos y salvos —anunció el capitán minutos después, cuando todas las estachas estuvieron afianzadas a los noráis del puerto—. Me gustaría ver la cara de vuestra madre cuando os vea llegar. Será todo un poema ¿Cuánto tiempo hace que vuestros padres y vuestra hermana no os ven?
—Cuatro años, más o menos. Me hicieron una visita cuando aún estudiaba en Madrid, pero desde entonces no nos hemos vuelto a ver. —La voz del joven médico se escuchó entre los silbidos de la marinería, que se preparaba para bajar al muelle.
—Es mucho tiempo, sí señor. Cualquier madre estaría más que preocupada. Supongo que no tienen conocimiento de vuestra llegada.
—La verdad es que no —contestó Yago, escuetamente—. Como bien sabéis, volver no entraba en mis planes inminentes… —recalcó con sarcasmo.
El capitán carraspeó, azorado, antes de explicar:
—Mi querido amigo, debéis entender y perdonar a vuestro servidor Tomás. Estaba sumamente preocupado por vos y pensó que lo más sensato era que retornaseis a San Sebastián. Ya os comenté que vuestros padres estaban desesperados por la falta de noticias. —Se quitó el tricornio y lo sacudió contra la barandilla para quitarle el exceso de agua.
Yago clavó los ojos en la cara del capitán antes de replicar con frialdad:
—Me temo que eso no os daba ningún derecho a secuestrarme, capitán.
Volvió a mirar el ajetreo del puerto y apretó la mandíbula, desentendido por completo del hombre que estaba a su lado.
Llevaba poco más de un año sin escribir a sus padres. Un dolor harto conocido se le instaló en el pecho y, como en tantas otras ocasiones durante los últimos meses, se sintió romper por dentro. Trató de normalizar la respiración, rápida y superficial, para que el capitán no se diera cuenta de su estado. La barandilla del alcázar sirvió de asidero a las crispadas manos, que le temblaban perceptiblemente; los nudillos, blancos de tanto apretarlos, destacaban en la oscura madera, tan tensos que parecían a punto de quebrarse por la fuerza con que se aferraba al pasamanos.
«¡Malditos infiernos! ¿Cuándo va a terminar esto?», graznó Yago en silencio.
Aunque estaba muy enfadado con Tomás, no era tan necio como para no comprender que su criado había tomado la decisión que consideraba mejor.
—¿Os encontráis bien, señor? —indagó el capitán, preocupado por la mortal palidez del galeno.
—No es nada —consiguió articular entre dientes—. Supongo que estoy cansado. Un poco de buen licor y se solucionará todo. Si me disculpáis… —Sin más, se dirigió a su camarote con paso inseguro.
El capitán Bengoa frunció el entrecejo, apesadumbrado por la actitud de aquel muchacho. Tenía la piel cetrina, aunque a veces presentaba un intenso rubor, fruto de excesivas libaciones. Desde que lo embarcaran en Sevilla apenas había salido de su camarote. Había pasado el mes de viaje casi sin dejarse ver. Comía solo, pero a juzgar por su aspecto demacrado no lo hacía en abundancia. Tomás, su criado, un hombre tan estirado como si tuviera una barra de hierro pegada a la espalda, se encargaba de suministrarle alimentos y la bebida con la que se emborrachaba en su cubículo hasta perder el conocimiento.
Nada de esto tenía mucho sentido para el capitán, que conocía a Yago desde que era poco más que un mozalbete de doce años. Desde entonces lo había visto crecer alegre y noble, con ideas fijas sobre lo que deseaba hacer cuando fuera mayor. Nada más y nada menos que médico, y lo había conseguido. Por eso era aún más difícil entender un cambio tan drástico. El capitán Bengoa deseaba encarecidamente que don Diego y doña Marina lograsen ayudar a Yago, pues si de algo estaba seguro era de que el muchacho necesitaba ayuda.
—Pobre doña Marina, se le partirá el corazón al ver en qué se ha convertido su hijo —auguró, sacudiendo la cabeza.
—¡Por todos los demonios, Tomás! He dicho que quiero más coñac —aseguró Yago, perdiendo la paciencia.
Estaba sentado en el camastro. Se había quitado la casaca, empapada de lluvia; la camisa entreabierta dejaba ver el vello oscuro del pecho. Tenía los ojos cerrados con fuerza y se frotaba la frente. Tomás, pese a saber que estaba sufriendo otro de sus dolores de cabeza, se negaba a darle más licor.
—Creo, señor, que por hoy hemos bebido suficiente —aclaró, imperturbable, mientras se apresuraba a empaquetar las cosas de su señor.
—Te repito: quiero más coñac, maldito arrogante —barbotó Yago, con la voz un tanto afectada por el alcohol—. Yo decidiré cuando crea haber bebido suficiente.
—No creo… —Tomás se agachó para esquivar el vaso de peltre que Yago le había arrojado—. No creo que vuestra madre se sienta complacida al vernos un tanto achispados, y si me permitís decirlo, señor, tampoco a vuestro padre le complacerá.
—¡Maldito gusano pomposo! Merecerías que te…
—Os ruego, señor, que dejéis de arrojarme cosas a la cabeza —solicitó Tomás, sin perder un ápice de su compostura al esquivar un zapato—. En breves momentos podremos bajar a tierra y debo recoger todo este desastre.
—He dicho que quiero más coñac. No estoy borracho… aún.
—Lo sé, señor. Por eso mismo os ruego que dejéis de beber. Os repito que no creo que a vuestra madre le resulte agradable encontrarnos tan borrachos como un marinero de permiso.
—¡Por los clavos de Cristo! —Yago se levantó—. Si no me traes pronto… —No terminó la frase porque tropezó con el vaso que había rodado por el suelo y cayó de espaldas cuan largo era.
—Bueno, señor, debo decir que no ha sido buena idea por vuestra parte desmayaros en medio del camarote, pero al menos podré terminar de empacar vuestras cosas sin interrupciones.
Doña Marina Vivar de Izaguirre, sentada en el pequeño invernadero de su casa, miraba el lienzo níveo, incapaz de comenzar a pintar en él. Ese día, tras varios meses sin sacar los pinceles y el óleo de la caja, había decidido pintar un poco, mas seguía sin poder hacerlo. Tenía la vana esperanza de que la entretuviera. Estéril presunción: nada podía distraerla de su amargura.
—¡Dios mío! ¿Dónde está? —susurró, mientras se mordía el labio para no gritar de frustración—. No ha podido desaparecer así. Algo le ha sucedido…
Durante los pasados días había pensado cada vez con más insistencia en lo difícil que era encontrar a alguien en esa época. Al decidir que regresaría a ese siglo, lo había hecho consciente de las diferencias culturales y tecnológicas, pero eso no le importaba. Allí estaba junto a su marido, al que amaba con toda el alma, y con sus hijos. ¿Qué importaban esas diferencias? ¿Para qué querría ella nada más?
Pero en esos momentos sí lo necesitaba. Sabía que en su verdadera época sería más rápido localizar a Yago. Podría tener noticias al instante; no como ahora, que llevaba más de un año sin saber nada. Era para volverse loca.
—Ama[1]…
La voz cantarina de Clara la devolvió a la realidad. Se giró para mirarla. Su hija revoloteaba por entre las plantas del invernadero. El bastidor de bordar, olvidado en el banco. A sus catorce años seguía siendo un torbellino, incapaz de estarse quieta. No pudo evitar una sonrisa cariñosa. Su hija estaba dejando atrás la niñez y creciendo demasiado deprisa. Ya era tan alta como ella y todo indicaba que iba a heredar la estatura de los Izaguirre. El pelo largo y oscuro, con algún reflejo cobrizo, era una mezcla del suyo y el de Diego. Pero los ojos… los ojos eran tan verdes como los suyos propios.
—¿Sigues triste por la muerte de don Pablo o es por Yago? Venga, ama, anímate. Seguro que no tardaremos en tener noticias de mi hermano. Dijiste que hoy ibas a comenzar mi retrato —rezongó Clara con un mohín.
—Me acuerdo mucho de don Pablo; era un buen amigo de la familia. Su muerte ha sido demasiado inesperada y me cuesta aceptarla. Lo peor es Micaela. Después de ignorarlo todo sobre su padre, cuando al fin lo encuentra solo puede disfrutar de su compañía poco más de seis meses —suspiró Marina, repentinamente cansada.
—Sí, eso es muy triste. Pero no está sola; está con nosotros y ahora somos su familia. La verdad es que, para mí, es como una hermana mayor. —Clara sonrió con cariño. Se acercó a una de las plantas de crisantemos y pasó los dedos por los pétalos blancos—. Le voy a pedir que me enseñe todo lo que sabe sobre plantas medicinales… —Calló de pronto y se volvió hacia su madre—. Y ahora… hazme ese retrato que me prometiste —exigió con picardía.
Marina observó el semblante de Clara y no pudo por menos que sonreír. Su pequeña siempre conseguía ese efecto en ella. Rezumaba tanta alegría que era difícil no imitarla.
—Está bien, muchacha —aceptó, animada—. Pero deberás permanecer quieta el tiempo suficiente para que pueda hacerlo.
—Es que posar es muy aburrido… ¿Por qué no me cuentas cómo conociste a mi padre? Así me quedaré quieta. —Los ojos verdes de la jovencita se iluminaron como luciérnagas.
—Eso ya te lo he contado al menos un millar de veces… —protestó Marina, mientras buscaba un trozo de carboncillo para esbozar el retrato en el lienzo—. Conoces esa historia casi mejor que nosotros mismos.
—No importa. Me gusta —aseguró, seria. Y se sentó en un banco de hierro, frente a su madre—. ¿Cómo quieres que me ponga?
—Como estés más cómoda; piensa que tendrás que estar así un buen rato…
—Aguantaré… pero empieza a contarme la historia. ¡Desde el principio!
—Bien… Era mi primer día de vacaciones. ¡No, Clara! —la interrumpió cuando vio que iba a empezar a hablar—. Ya te he explicado muchas veces lo que eran las vacaciones. Bueno, lo que serán las vacaciones. Si quieres que te cuente, no hagas preguntas de las que ya sabes la respuesta.
Marina hizo los primeros trazos en el lienzo para marcar el contorno del rostro de su hija.
—¡Por todos los Santos! Eso es lo divertido —protestó Clara. Y arrugó la nariz cubierta de pecas.
—¡Clara Izaguirre! ¡No utilices ese lenguaje! Eres una señorita y debes cuidar tus modales —la amonestó Marina con seriedad—. Un día de estos te lavaré la boca con jabón.
—Perdona, ama. Se me ha escapado.
No se veía arrepentida en absoluto. Tendría que hablar seriamente con Diego para que cuidase su lenguaje en presencia de la niña, si no quería que esta terminase hablando como un marinero.
—Ama… te has callado…
—Eres tenaz, muchacha. Está bien: era mi primer día de vacaciones y fui al puerto para visitar a mi abuelo. —Dibujó los ojos risueños y soñadores de Clara—. Sabía que lo hallaría en su velero. Esa mañana, al sacar el ancla para limpiarla, él se había encontrado un antiguo medallón de oro. Tenía grabada la rosa de los vientos y en el reverso: «Diego Izaguirre García». —Marina sonrió al recordar a su abuelo; casi le parecía oler el tabaco de su pipa—. Me lo colgué del cuello y me fui a dar un paseo…
No quería contarle la verdad. Era un acuerdo al que habían llegado los tres: Diego, Yago y Marina, cuando Clara comenzó a preguntar cómo habían conseguido viajar en el tiempo. Conociendo la vena aventurera de su hija, no confiaba en que se quedase tranquila sin probar ella misma ese confesionario. Pese a que la última vez que intentaron utilizarlo no funcionó, no podían contárselo.
—Y cuando te quisiste dar cuenta, todo había cambiado a tu alrededor y ya no estabas en tu época. Ya no estabas en mil novecientos noventa y cuatro —terminó su hija por ella—. ¡Dios mío, qué lejos está eso!
—Sí, de pronto estaba en mil setecientos, solo que en ese momento yo no lo sabía. Unos hombres de tu padre me secuestraron y me metieron en la bodega del Tritón, el barco que él capitaneaba.
—¡Qué romántico! —suspiró Clara con teatralidad.
—¿Romántico? Jovencita, tienes una idea un tanto estrafalaria de lo que es romántico y de lo que no. Si crees que es romántico estar tres días a oscuras en una bodega desconocida, sin comida ni bebida, a merced del embate del agua e imaginando que hay ratas alrededor… —Marina sacudió la cabeza con incredulidad.
—Pero conociste a mi padre y él era como un príncipe…
—Más bien como un pirata —bufó la madre, pero la sonrisa satisfecha rompió el efecto.
—Y os enamorasteis… y os casasteis… Pero luego tú te marchaste otra vez a tu tiempo —le reprochó, dolida, y se golpeó el muslo con el puño—. Habrías debido quedarte con él. ¡Yo jamás le habría abandonado!
—Lo hemos hablado muchas veces, Clara. Aunque al principio quería regresar a mi tiempo, cuando llegó el momento… no quise hacerlo. ¡No podía irme! Pero tu padre me pidió que me marchara. Los hombres del preboste estaban en la cubierta del barco, esperando para apresarle. Creíamos que iban a ahorcarlo. Lo tomaban por un pirata…
—¡Él jamás sería un pirata! —exclamó Clara, defendiendo el honor de su padre.
—¿Ya se lo estás contando otra vez? —preguntó el propio Diego, al entrar en el invernadero. Se acercó a ella y la abrazó por detrás antes de darle un beso en la sien.
Clara abandonó su pose en el asiento de hierro para lanzarse como una saeta a los brazos de su padre. Marina los vio abrazarse y se le llenó el corazón de dicha.
Diego Izaguirre había cambiado un poco desde que ella lo conociera, veintinueve años antes. A sus sesenta y un años aún mantenía la apostura ágil y atlética; sus ojos acerados seguían mirándola con el ardor de tantos años atrás; no obstante, ahora estaban bordeados de profundas arrugas, fruto de tantas horas sobre la cubierta de un barco. Su pelo, otrora renegrido, ya estaba prácticamente gris. Pero en esencia seguía siendo el mismo atractivo capitán que la había cautivado en aquel entonces.
A veces, cuando volvía la vista atrás y recordaba los extraños acontecimientos que habían cambiado su vida tan drásticamente, pensaba que todo era fruto de su desbordante imaginación. No era así. Todo aquello le había sucedido realmente y la había hecho muy feliz.
Hasta ahora.
—Princesa, ¿no te cansas de oír siempre la misma historia? —preguntó Diego a la jovencita colgada de su cuello.
—¡Oh! Nunca me cansaré. Es como un cuento de hadas…
—¿Y quién soy yo, el ogro? —indagó Diego con picardía.
—¡No! Tú eres el príncipe —aseguró Clara con vehemencia—. Que después de luchar en la guerra contra los ingleses, austriacos, holandeses y portugueses, fuiste a buscar a mi madre a su tiempo. ¿Cómo lo hiciste?
Marina miró a Diego con temor de que se le escapara algo. Su esposo se limitó a clavar su mirada gris en ella, antes de contestar con tranquilidad.
—Ya te he dicho muchas veces, jovencita, que aún no te lo puedo contar.
—¿Y cuándo me lo dirás?
—Cuando seas mayor —aseguró Diego, serio.
—Siempre me dices eso, pero nunca soy lo suficiente mayor. Me haré vieja esperando… —protestó Clara, con los brazos cruzados y actitud beligerante.
—Te prometo que algún día te lo contaré. —Diego dio unos toquecitos con la punta del dedo en la nariz respingona de su hija.
—Solo espero que sea antes de que se me caigan todos los dientes y no pueda comer más que papilla.
La carcajada de Diego resonó entre las paredes acristaladas del invernadero y ahogó, por un momento, el sonido de la lluvia, que continuaba cayendo sin cesar.
—Bueno, ahora termina tú de contarme toda la historia, que ahora viene lo mejor…
—Al principio estaba asustado —declaró Diego—. Tu madre me había hablado de los cambios, pero estar allí era… demencial. Había muchos ruidos, un olor nauseabundo y las mujeres apenas llevaban ropa encima…
—Y entonces llegó mamá con su velero y… conociste a Yago.
—Sí, lo conocí… ni siquiera sabía que existía… —confesó el hombre. Y suspiró al recordar. Luego frunció el ceño como si estuviera pensando en algo. Miró a Marina antes de hablar—. Venía a decirte que me acaban de avisar: ha atracado un barco en el muelle. Creo que es el Poseidón. Voy ahora mismo a ver al capitán Bengoa, por si tuviera alguna noticia. ¿Te sientes bien? Estás un poco pálida. Deberías descansar un rato. —En su voz se evidenciaba la inquietud—. Últimamente apenas comes; estás adelgazando mucho, Sirena.
Marina se pasó la mano por el talle del vestido, que le quedaba un poco holgado; sí, estaba adelgazando demasiado. Incluso se sentía un tanto débil.
—No te preocupes, se me pasará. Envía recuerdos de mi parte al capitán. Espero que por una vez tenga algo que decirnos. No aguanto esta espera… —Marina se retorció las manos en la cintura.
—Lo sé, querida. No quiero pensar que le haya ocurrido algo, pero este silencio… —Se mesó el cabello, en un gesto habitual en él. Varios mechones se escaparon de la cinta de cuero con la que se los sujetaba en una coleta—. Yago no es así de desconsiderado. Al menos no lo era.
—Sí. Algo le ha sucedido… no me atrevo a pensar en qué. —Marina, con esmero, le volvió a colocar bien el pelo—. Ahora vete y habla con el capitán Bengoa; es posible que traiga buenas noticias. No estaré tranquila hasta que vuelvas. ¿Prefieres que vaya contigo?
—No, tú descansa. A mi regreso te contaré las novedades.
—Te esperaré aquí mismo.
Se besaron. Clara abrazó a su padre antes de dejarlo marchar.
—Ama, ¿crees que el capitán Bengoa sabrá algo? —preguntó cuando Diego se hubo ido.
—Eso espero, hija. Rezo por ello.
[1] Ama: «mamá» en euskera.
Por fin había terminado el traqueteo de aquel coche infernal. El trayecto entre la ciudad amurallada hasta el hogar de sus padres se le había hecho eterno. Por entre los párpados entornados vio a Tomás apearse del vehículo para ayudar al cochero a descargar los baúles. Ya estaban ante la casa-torre que Diego Izaguirre había heredado de sus antepasados. Era un edificio hermoso. Los cuatro lados estaban construidos de piedra caliza hasta el primer piso; los ladrillos macizos, entre vigas a la vista, completaban las paredes de la segunda planta hasta el alero de madera profusamente tallada. En la fachada principal —justo donde estaban en ese momento—, el escudo de la familia, cincelado en la piedra, presidía la puerta de entrada en arco. Representaba un castillo sobre aguas y rodeado de ocho cruces.
Bajó del coche con un suspiro de resignación; la lluvia, cada vez más intensa, le mojó la cara. En ese momento se abrió la puerta principal.
Adela, la criada, parada en el vano de la entrada, lo miraba con los ojos redondos como platos, sin decidirse a hablar.
—¡Ah! Don Yago… Qué… alegría veros de nuevo —anunció titubeante al fin.
—Mujer, apártate de ahí para que el señor pueda pasar. —Las palabras de Tomás sonaron cortantes y la sirvienta pegó un brinco, asustada. Al darse cuenta de ello el criado moderó su tono—: ¿Dónde están los señores?
—La señora está en el invernadero… El señor hace un rato largo que salió a caballo… —balbuceó la mujer, abriendo la puerta de par en par.
Yago saludó a la criada con la cabeza; la conocía desde que llegó a la casa-torre por primera vez, pero no tenía ganas de extender más el saludo. Sin mediar palabra, entró en la casa y continuó hasta la puerta que daba al jardín. No prestó atención a los recuerdos que despertaban esas paredes, forradas de madera de roble hasta la mitad y enteladas hasta el techo.
Prefería no sentir. Era lo mejor.
Lo primero que vio fue el perfil de su madre en el invernadero. Estaba de pie, abrazada a sí misma, con la vista perdida en el frente. Desde esa distancia parecía muy joven y vulnerable. Estaba más delgada, si cabe, que la última vez. Su cabello, recogido sobre la cabeza, brillaba con aquellas extrañas tonalidades caoba de las algas que varaban en la playa a finales de verano. Según se acercaba Yago percibió las canas que lo veteaban y unas desconocidas arruguitas alrededor de los ojos. Sintió el dolor que, probablemente, le había causado con su silencio y tuvo náuseas. Sus padres no se merecían ese trato. Era una bestia por infligirles ese tormento.
—Ama… —La voz le salió como un quejido antes de poder contenerla.
Ella se volvió y le miró, los ojos verdes abiertos de par en par, como si estuviera ante una visión. Seguramente eso era lo que parecía. En los últimos meses, Yago no se había mirado en el espejo por temor a ver en qué se había convertido. Por cómo le sentaba la ropa, estaba más cerca de parecer un espectro que una persona.
Su madre seguía contemplándole sin parpadear, perdido el escaso color de sus mejillas; se tambaleó y habría caído al suelo, de no ser porque Yago la cogió justo a tiempo. El esfuerzo le hizo jadear; últimamente no tenía la misma fuerza que antes, ni los mismos reflejos, ni… Pero ¿qué importaba? A decir verdad, nada de él le importaba gran cosa.
«Si no fuera tan cobarde, hace tiempo habría acabado con mi vida».
Se sentó con cautela sobre el banco de hierro forjado, acunando a su madre en el regazo. Sus años de médico hicieron que le comprobara el pulso y la respiración por pura rutina. Una vez tranquilo al respecto, no trató de despertarla; se quedó allí sentado, contemplando el rostro ceniciento de la mujer, pensando cómo iba a contarle lo ocurrido en el último año.
Diego cabalgaba presuroso a su hogar, sin importarle la lluvia que le mojaba la ropa y le perlaba el rostro. Estaba eufórico: su hijo había vuelto. El capitán Bengoa acababa de informarle que ya había partido hacia la casa; era posible que se hubieran cruzado en el camino. Ahora, sabiéndolo sano, tenía deseos de estrangularlo por el sufrimiento causado. Más le valía que tuviera una buena excusa. De lo contrario…
—¡Qué tonterías dices! —se reprendió con alegría.
Se regocijaba de su regreso, pero su corazón de padre le advertía de que algo no andaba bien. Yago siempre había sido un joven responsable; no era comprensible ese silencio tan radical.
El capitán no le había dado muchas explicaciones; más bien había sido un tanto vago en su declaración. Algo encubría. Esperaba no tardar mucho en descubrir qué.
Al llegar al establo saltó del caballo y entregó las riendas al mozo de cuadras. Tras murmurar un saludo, continuó hasta la entrada principal de la casa. Una vez dentro, prosiguió a grandes zancadas hacia el invernadero para dar a su esposa la buena nueva. Absorto como estaba pensando en la noticia, no reparó en los baúles que esperaban a los pies de la escalera. Vio que la sirvienta venía a su encuentro, pero la despidió con un ademán.
—Lo siento, Adela; ya me lo explicarás luego —dijo, sin pararse siquiera.
En la estancia acristalada había un hombre desconocido que abrazaba a Marina. Estaban junto al asiento, de espaldas a él.
De pronto lo vio todo rojo. ¿Quién demonios era ese hombre que se atrevía a abrazar a su esposa? ¿Y qué hacía Marina dejándose abrazar?
Se acercó como un toro embravecido y les separó bruscamente. Asió al sujeto por el cuello de la casaca y, antes de pensar en nada más, le asestó un puñetazo en la mandíbula que le dejó despatarrado en el asiento, con la cabeza colgando.
Se giró luego hacia su esposa, con ojos llameantes. Marina lo miraba con una mezcla de consternación y sorpresa. Tenía que haber una explicación razonable para ese abrazo. ¡Y por Dios, la tendría! Pero primero deseaba saber la identidad de ese maldito para poder retarlo a duelo. Se volvió, con la mandíbula apretada, hacia el hombre que continuaba recostado en el asiento.
—¿Quién demonios sois para abrazar a mi esposa de ese modo? —bramó fuera de sí, sujetándolo por las solapas para poderle ver la cara.
—Vaya… padre… sigues teniendo un buen gancho —articuló el desconocido, masajeándose la mandíbula—. He tenido suerte de que no me hayas partido ningún diente.
Diego lo miró y parpadeó varias veces, sin creer en lo que veía. Su hijo estaba irreconocible. Había envejecido considerablemente; aparentaba mucho más de los veintiocho años que tenía. El pelo le caía a ambos lados de la cara, deslustrado; los ojos enrojecidos y febriles, la piel macilenta, traslucían un total abandono en placeres insalubres. Estaba muy delgado y en baja forma física. Parecía un remedo del verdadero Yago.
—¿Qué te ha pasado? ¿Estás enfermo? —preguntó, ayudándole a levantarse. Yago se tambaleó y Diego le asió mejor para evitar que cayera al suelo. Le llegó una vaharada de coñac capaz de despertar a un muerto—. ¡Por el amor de Dios! ¡Estás borracho! Debería darte vergüenza…
—Una aguda observación, padre. —Una falsa sonrisa estiró sus labios; hizo una torpe reverencia.
—No te mofes de mí, muchacho —le advirtió Diego, contrariado.
—Yago —dijo Marina, interponiéndose entre los dos—. No hagas enfadar a tu padre.
—¿Acaso ya no me está permitido abrazar a mi madre? —Yago volvió a frotarse la mandíbula—. Resulta evidente que los celos te nublan la mente, padre.
