Tiempo sucio - Elio Quiroga - E-Book

Tiempo sucio E-Book

Elio Quiroga

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Beschreibung

En un futuro no tan lejano, tras una espantosa catástrofe que diezmó a la humanidad, la civilización ha sido reconstruida y nace una nueva edad de oro en la que el crimen es casi inexistente y la felicidad personal se ha convertido en un logro generalizado. Todo ello ha sido posible gracias a los companions, unos consejeros personales virtuales que acompañan a cada ser humano a lo largo de toda su vida. Bea apenas lleva tres años trabajando como agente de la ley cuando le es asignado un caso de asesinato múltiple. Es el primero en tres siglos y nadie sabe cómo afrontarlo. Bea deberá enfrentarse a sus miedos y fantasmas personales, y a revelaciones que harán sacudirse hasta los cimientos el nuevo mundo en el que vive, que puede no ser tan perfecto como aparenta. En la vena dickiana del género negro, Tiempo sucio explora los temores y pecados de nuestras sociedades, en el que la humanidad ha delegado la toma de vitales decisiones en inteligencias artificiales.

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Seitenzahl: 515

Veröffentlichungsjahr: 2021

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La novela Tiempo sucio, de Elio Quiroga, resultó ganadora del IV Premio de Novela Policía Nacional. El jurado tuvo como presidente al comisario principal José Manuel Pérez Pérez y estuvo compuesto por Espido Freire, Juan Bonilla, el comisario Francisco Javier Vidal y Delgado Roig, el inspector jefe Carlos Sánchez Pérez y Rafael Muñoz Zayas, de Fundación Unicaja, actuando como secretario Miguel Ángel Rodríguez Matellanes, de Algaida Editores.

Índice

1. Bea y Abe

2. Pau y Abd

3. 93 %

4. Bea y Lea

5. La playa

6. Bea y Dab

7. En el camino

8. C-u-a-t-r-o

9. Circunloquio

10. Buenos días

11. Terra incognitaInterrogatorio del fiscal. Grabación número 5

12. La Brigada

13. El sospechosoInterrogatorio del fiscal. Grabación número 8

14. Los cuerposInterrogatorio del fiscal. Grabación número 10

15. El comedor

16. Companion

17. Existo para ayudarte

18. Cambio de planesInterrogatorio del fiscal. Grabación número 14

19. Los cuerpos

20. El silencioInterrogatorio del fiscal. Grabación número 17

21. El secreto

22. El suicida

23. La revelación

24. El recuerdo de mary jane

25. Sombras felices de serlo

26. El laberinto

27. La noche por delante

28. El visitante

29. Mala noche

30. El silencio

31. El incidente de la castellana

32. El agujero

33. Al grano

34. Soy tu jefa

35. Dro

36. ¿Qué esperas de mí?

37. Toda pregunta tiene una respuesta

38. El amanecer de los locos

39. El campo de batallaInterrogatorio del fiscal. Grabación número 24

40. Desconcertados y perdidos

41. El fin y el principioInterrogatorio del Fiscal al Companion Abe como voz de todos los Companions. Grabación número 17

42. Yiu

43. Elo y yua

44. Demasiado tardeInterrogatorio del Fiscal a Bea. Grabación número 13

45. Un interrogatorio inesperado

46. Dudas de última hora

47. Y llegó el día del juicioDeclaración del companion Abe ante el fiscal. Grabación 1. ExtractoDeclaración del companion Abe ante el fiscal. Grabación 2. Extracto

48. Después de la explosión

49. Desconexiones

50. El silencio

51. VolandoDeclaración del companion Abe en nombre de todos los companions ante el fiscal. Grabación 12. Extracto

52. La islaDeclaración del companion Abe en nombre de todos los companions ante el fiscal. Grabación 13. Extracto

53. El gran silencio

54. La segunda nocheDeclaración del companion Abe en nombre de todos los companions ante el fiscal. Grabación 14. Extracto

55. Contraste de hipótesis

56. Tornillos

57. Río

58. El regreso

59. Reacción en cadena

60. Monólogo interior

61. La llegadaInterrogatorio del Fiscal al companion Abe, en nombre de todos los companions. Grabación número 34. Fragmento

62. El principio

63. Un mar de dudas

64. El regreso de río

65. La declaración de la armadura

66. Todo es susceptible de empeorarDeclaración ante el Fiscal del companion Abe en nombre de todos los companions. Grabación número 59. Extracto

67. HablemosSesión del juicio para la aprobación del proceso de fusión. FragmentoInterrogatorio del fiscal al companion Abe, en nombre de todos los companions. Grabación número 76. Fragmento

68. La espera

69. En el umbral

70. Cuando lo ves todo

71. Huésped en tierra extraña

72. El parto del regreso

73. Como agua entre los dedos

74. La sombra de un sueño

75. «Habla usted como un maldito companion.»

76. La pausa

77. Alegatos

78. Ahora es un término subjetivo

79. Como los sueños

80. El veredicto

81. Traducido del espacio tetradimensional

Epílogo

Post scriptum

Créditos

¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. No habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorrebajamiento, todo lo demás lo destruiremos, todo.

George Orwell, 1984

1

BEA Y ABE

—Recuerdo que visitábamos unas instalaciones agropecuarias, yo tendría como diez u once años entonces. Era una granja de cerdos. De esas hay muy pocas, por los purines, ya sabes. Es bastante complicado gestionar la depuración de esas cosas, se necesitan permisos especiales y no sé cuántos puntos.

»Bueno, pues a lo que iba, que tengo grabada aquella imagen en la mente. Yo no les llegaba todavía a la cintura a mis padres. Estábamos caminando entre los animales. Y vimos a la cría. Estaba muy enferma. Se estaba muriendo desde hacía unos días, el granjero no podía hacer nada, excepto esperar.

»El lugar apestaba. Los de Recogidas no habían pasado; a veces tardaban mucho, sobre todo cuando las instalaciones estaban alejadas de los centros urbanos, y bueno, las granjas de ese tipo están circunscritas a la legislación de zonas alejadas, lo que ralentizaba ciertos procesos. Ahora eso ya no pasa, ya ves, algo en lo que hemos mejorado.

»El lechón estaba agonizando, rodeado de porquería, cubierto de vómitos y mierda de días. La criatura te miraba con un horror profundo. La certeza de la muerte cercana. Eso que nos enseñan en las escuelas, pero que no lo imaginas hasta que lo ves en los ojos de otros que están en ese trance. Luego los vería en los ojos de mi padre y de mi madre, cuando tuvimos el accidente.

»Fortuito. Nada es fortuito. Todo lo es. El azar. El azar no existe, murieron. Por eso recuerdo esa imagen, el animal rodeado de mierda, de su mierda; no se apartaba de ella, sino que la había convertido en una especie de nido. Un nido asqueroso hecho con sus propias heces. Eso lo he visto en mucha gente después. No se dan cuenta. Se enquistan. Se quedan dentro de confortables lechos hechos de su propia porquería y cada día que pasa, la muerte está más presente en sus ojos, desesperados, ojos de muerto, de certeza absoluta. De despedida.

»Por eso yo soy como soy, por eso soy un culo de mal asiento. No me gusta estar mucho tiempo en el mismo destino. Hoy aquí cumplo ya tres años; luego, si lo consigo, me largo a otro sitio, y si consigo puntos, pues a una colonia. No quiero estar demasiado tiempo en un lugar, noto que me voy acomodando en mi propia mierda, haciendo mi nido de muerte. Me acuerdo de ese pequeño cerdo agonizando y recostado en un colchón de porquería. El esperar anquilosado al final de todo.

—Pudiste haberte hecho nómada.

—No se trata de eso, no tiene nada que ver. Los nómadas son gente muy especial. Se diría que todos escapan de algo. He conocido a un par de ellos. Lo mío es diferente. Yo no huyo, no quiero dar la espalda a mis problemas, a mis propias mierdas. Las afronto. Estoy sola, no tengo a nadie ni tengo permiso para tenerlo. Es lo que hay. Se asume, no hay otra. Por eso me gusta estar el tiempo justo y necesario en cada lugar.

—Así no creas lazos con la gente.

—Exacto ¿Para qué? Al final del día no tengo puntos para dar un paso más adelante. No sé si entiendes realmente lo doloroso que puede ser eso.

—Sí que lo entiendo.

—No, no lo entenderás, Abe.

—De todas formas, tienes a Lea aquí, y tu grupo de conocidos. ¿Te parece bien llamarlos conocidos, en vez de amigos?

—Todos sabemos que no podemos dar más pasos, esas cosas las sabes ya, de antemano. Esta conversación ha terminado. Gracias, Abe.

—A ti, Bea.

2

PAU Y ABD

Pau y Abd habían salido a pasear aquella tarde. El cielo estaba tiñéndose de un rosado indefinible, que se mezclaba con el azul, y que se iba purpurando en algunos lugares del firmamento. El sol llevaba unos minutos debajo del horizonte y el aire era fresco. El Manzanares, en su zona no canalizada, avanzaba caudaloso por el paseo.

Un par de vehículos zumbaron a lo lejos, levemente, entre las arboledas. El ambiente era calmo y los transeúntes se saludaban con un gesto leve al cruzarse. A lo lejos, algunas cabezas de ganado observaban el mundo con la calma sabia de los rumiantes.

Pau estaba contenta. Le habían dado más puntos de los que esperaba, y estaba a punto de poder tener los permisos necesarios para acceder a un descendiente con Abd, lo que casi automáticamente te podía llevar a tener dos. Todavía no le había dicho nada. Esperaba contárselo en un rato, cuando se sentaran en aquella terraza tan agradable donde era posible comer a un precio aceptable.

Abd estaba un poco distraído aquella tarde. Desde que había llegado del trabajo, apenas habían hablado. Era algo un poco raro en él, pues era muy charlatán y jovial, y siempre estaba contando chistes. Pau pensó que tendría alguna preocupación laboral. Con el REM se le pasaría y volvería a ser el de siempre. A lo mejor esperaba un poco y le daba la buena noticia al despertarse.

Fue al llegar a un banco de piedra cuando Abd se arrodilló ante él, sin que Pau entendiera nada, y empezó a golpearse la cabeza contra la roca pulida.

Tras tres golpes, la miró, con la cabeza chorreando sangre y la nariz metida hacia dentro.

Uno de sus ojos colgaba como un boliche inútil sobre su mejilla, pendiendo como un colgante del nervio óptico.

Se sacó el otro ojo, se desencajó la mandíbula, y siguió golpeándose hasta que su cráneo explotó como una sandía.

Pau empezó a chillar cuando el ojo que se había sacado Abd saltó hacia ella, rebotó contra su pecho y se quedó en el suelo.

No paró de gritar durante un rato. Los que pasaban a su lado, por su parte, se quedaban paralizados. Otros, al ver la escena, vomitaban. Unos pocos también gritaban.

Pau, tras callarse repentinamente, se agachó y tomó el cadáver de Abd, sentándose en el banco de piedra y poniéndolo sobre su regazo. La imagen parecía una versión sangrienta de la Piedad del Vaticano, obra de Miguel Ángel, pero nadie allí recordaba lo que era eso, ni el Vaticano, ni Miguel Ángel.

Cuando llegaron los de asistencia sanitaria, no sabían qué protocolo seguir, así que se pusieron a discutir de burocracia y tuvieron que hacer un montón de llamadas. Más tarde, cuando los poals detuvieron sus vehículos en el lugar, tuvieron que ponerse a repasar en sus pantallas portátiles el protocolo para aquel caso. Uno de ellos, sin darse cuenta, pisó el ojo y lo reventó, como si fuera la cáscara de un caracol.

3

93 %

Solía ser la única a aquellas horas.

La sala, de unos cincuenta metros de largo por treinta de ancho, estaba tachonada de pasillos, por los que los blancos se desplazaban a diversas velocidades.

Bea solía preferir trabajar sin auriculares que atenuaran el ruido. Le gustaba el sonido ensordecedor de las detonaciones, la estimulaba, y desencadenaba en ella una inusitada sensación de control, o tal vez de falta de él. Contradictorio, pero le funcionaba.

Avanzó desde la entrada por el estrecho pasillo que llevaba a las cabinas, y entró en la que tenía una luz verde encendida. Puso el maletín en la pequeña mesa alta que daba a la zona de blancos, pulsó la clave, y extrajo el arma. Con precisión, examinó el cañón, el cargador, que tenía las balas debidamente colocadas, verificó que el seguro estaba activado, introdujo el cargador en la empuñadura, quitó el seguro, amartilló el arma y apuntó. Sonó una cuenta atrás. Al llegar a cero, la sala se llenó de vapor y los blancos empezaron a moverse por ella en todas direcciones. Los de color gris eran neutros o dudosos y podían cambiar de aspecto imperceptiblemente. Los rojos eran enemigos y los verdes eran transeúntes.

Realizó los diecisiete disparos que vaciaron el cargador en menos de un minuto, extrajo el humeante receptáculo de las balas, puso otro, y lo vació también. Tras unos segundos desde el último disparo, miró su puntuación aparecer en una pantalla que surgió ante ella, de una de las paredes: 93% de blancos correctos, 7% de error. Ninguna bala perdida. Una puntería en ajuste rápido del 88%. Nunca había bajado del 80%, pero quería llegar al 90%.

No era el mejor de sus días, pero no había estado mal.

Salió de la sala de tiro, subió unas escaleras y el fresco aire del atardecer acarició su cara. Se sentía bien.

—¿Cuánto hace que nadie dispara sobre nadie, Abe?

—Noventa años, Bea. Pronto celebraremos el primer siglo.

—A mí me gusta, lo sabes bien. Es uno de mis momentos favoritos del día, pero no comprendo la razón de este gasto en algo que no tiene utilidad práctica.

—Es una herencia de los primeros tiempos. Se pensó que las fuerzas del orden debían seguir armadas, y mantenerse entrenadas en el manejo de sus equipos. El monopolio de la violencia.

—Pero ya no es necesaria.

—Os mantiene a todos alerta, es un momento en que podéis descargaros de las tensiones del día, una especie de catarsis; y no hace daño a nadie. Digamos que se trata de una concesión a vuestra herencia biológica, a vuestras pulsiones primarias. Y es como los simulacros de emergencia. Son siempre útiles. Se ha hablado en algunas ocasiones del gasto que representan las prácticas de tiro, pero en realidad no es para tanto. Las armas que usáis las han utilizado generaciones de poals anteriormente. Son muy robustas, y apenas suponen un pequeño coste de mantenimiento. Y se sostiene una pequeña industria para los proyectiles.

—¿Cuántos poals tuvieron esta pistola antes que yo?

—Doce.

—¿Sabes algo de sus vidas?

—Sí, pero no puedo contarte nada.

—Ya lo sé. Doce. Caray.

—Hay pistolas y rifles que han pasado por casi un centenar de manos. Auténticas reliquias todavía en funcionamiento.

—Muchas generaciones.

—Sí, y no ha hecho falta fabricarlas nuevas; en el pasado eran buenos artesanos.

—¿Y vosotros? ¿Aprobáis que las usemos, aunque sea solo para hacer puntería?

—Nosotros no cuestionamos lo que ya nos encontramos, Bea. No es nuestra tarea. Trabajamos con ello. Vosotros sois los que lo cuestionaréis en el futuro, si llega el caso de hacerlo.

—Que llegará.

—No lo sabemos.

—Sí lo sabéis. Ya me entiendes.

—Bueno, de esas cosas tampoco puedo hablar, Bea, pero es un hecho que si seguís teniendo armas, es por alguna razón.

—Porque las necesitaremos en el futuro.

—No puedo hablar, Bea.

—Bueno, es interesante. Vuelvo a casa, pero pasearé un poco antes, hasta el barranco. La tarde está preciosa.

—Hoy has quedado, recuérdalo.

—Es verdad. Lea.

—Se pasará a recogerte en dos horas y media.

—Me da tiempo para ese paseo. Avísame cuando quede una hora, aunque iré caminando a casa. Creo que me dará tiempo.

Tras salir del edificio chato que albergaba las salas de prácticas de tiro se encaminó a través de un sendero rodeado de árboles añosos hacia la orilla de un serpenteante río, en realidad un barranco canalizado, que llevaba al cercano océano. Lanzó un suspiro, contemplando el manto verde que cubría la isla.

—Precioso —dijo en voz baja.

4

BEA Y LEA

Las dos mujeres descendieron del vehículo, que, en cuanto se pusieron a caminar por el sendero que cruzaba la amplia pradera, arrancó con un susurro y se alejó por el camino de color terroso.

El día explotaba en un cielo azul sin nubes que se aclaraba levemente si mirabas al horizonte, rematado al otro extremo por las montañas del centro de la isla. La extensión de hierba que rodeaba a las dos mujeres las acariciaba una brisa levemente cálida, propia de una primavera tardía, que agitaba la hierba con suavidad, como si unas manos invisibles acariciara la pradera.

A unos quinientos metros les esperaba un edificio de una planta, diáfano y cubierto de amplias cristaleras. Alrededor crecían mesas de jardín de muy diversos estilos, y en ellas varios grupos de personas hablaban en tono relajado. Otras leían u observaban a las reses que salpicaban el paisaje aquí y allá, y que les miraban con la eterna resignación de quien lo sabe todo, aunque carezca de lenguaje para expresarlo. La sapiencia de las vacas, las ovejas y las cabras, como decía Abe. A Bea le encantaba esa idea.

Se sentaron en una mesa de color verde, hecha de una madera que se veía antigua y que probablemente habría sido parte de un mueble más viejo que aquel lugar. Pronto acudió a ellas Ute, la rubicunda propietaria del local, que las saludó, portadora de una sonrisa inmarcesible.

—Buenos días.

—Hola, Ute —dijo Bea.

—Hola —acompañó Lea.

—Hace un día realmente precioso. ¿Lo de siempre?

Bea asintió.

—Té chai. ¿No?

—Lo mismo que ella —abrevió Lea.

—¿Leche? ¿Almendras? ¿Soja?

Las dos mujeres se miraron durante un instante de duda.

—Me ha llegado una leche sintética con microbots intestinales de las granjas de Eurasia que se ha puesto muy de moda. Es rosa.

—Probémosla —se animó Bea.

—¿Algo de comer? —preguntó Ute.

—Creo que yo no.

—No —corroboró Lea.

—Ahora vuelvo —sonrió Ute.

Bea miró alrededor, relajada.

—Las vacas de Ute cada día están más grandes —dijo.

—Sí —sonrió Lea.

—¿Cómo va todo por casa?

—Bien, estamos a punto de cosechar, así que todo está muy colorido. Deberías pasarte un día de estos. No te cae tan lejos.

—El trabajo no me deja vivir. Tengo la casa medio abandonada. Hago lo que puedo con los automatismos, pero tengo la sensación de que si no estoy yo, las cosas no se hacen. ¿Y la pequeña?

—Edu está preciosa. En serio, si no vienes, te visitaremos nosotros. Está en esa edad en que todo lo que hace es gracioso. Ore siempre va detrás de ella, preocupadísimo, no sea que le ocurra algo, que se tropiece o que caiga. Yo le digo que tiene que tranquilizarse o se volverá neurótico con todo eso de la seguridad de los niños.

—¿No habéis pensado en tener otro?

—Por ahora creemos que no. No pinta bien en términos de decisiones. Los padres de Ore dicen que es un desperdicio de puntos. Bueno, si se pudiera, te los pasaría a ti.

—No me irían mal, la verdad ¿Por qué no queréis agotar los puntos con otro hijo? ¿Son los escenarios tan malos?

—La mayoría de ellos. Bueno, no es que sean preocupantes, pero afectaría a la educación, y sobre todo a la maduración de Edu. Por ahora tiene sus habilidades sociales en pleno desarrollo y en la escuela rural está bastante bien valorada. En el REM solo vemos opciones en las que la presencia de un hermano causa conflictos en su personalidad y retraso en sus relaciones sociales. En fin, que no parece buena idea. Pero bueno, siempre se puede soñar distinto, como dicen.

—Sí, siempre se puede.

Ute regresó a la mesa portando sendas teteras con sobres de papel con té en su interior, dos tazas, un surtido de edulcorantes y una pequeña jarrita transparente conteniendo una leche levemente rosada, que puso en la mesa cuidadosamente.

—¿Cómo va la pequeña Edu? —preguntó Ute mientras dejaba la última jarra de leche, mirando a Lea.

—Justo hablábamos de ella. Muy bien. Es divertidísimo verla estos días. Siempre te da alguna sorpresa. No hay día tranquilo.

—Es una edad deliciosa. Traedla cuando queráis, aquí se lo pasa genial.

—Lo haremos, no lo dudes.

Ute abandonó la mesa para atender a unos clientes que se iban. Un vehículo se aproximaba en la lejanía a recogerlos.

—Bea, a lo mejor si quedamos por esta zona, podríamos vernos más a menudo. Esto queda mucho más cerca que mi casa, y no tendrás excusa ya.

—No son excusas. De verdad, estoy sobrepasada.

—Vamos, si nunca pasa nada.

—No creas. Sí que pasa.

—¿Qué? ¿Trifulcas entre granjeros? ¿Lindes? ¿Una cabra que se escapa? —dijo Lea mientras vertía la leche rosa, primero en la taza de su amiga, luego en la suya.

Bea se puso un poco tensa. No le gustaba explicar su trabajo, y menos darle razones espúreas a Lea. La miró unos instantes, con su vestido a la moda y su aspecto perfecto. No aparentaba los cuarenta recién cumplidos. Cuando tenías los puntos necesarios, parecías mejor de lo que eras en realidad. La envidió furiosa y silenciosamente, sintiéndose culpable al instante. Encima, aquel día, tras el paseo, no había tenido tiempo suficiente para arreglarse como habría deseado, y se sentía fea y a disgusto. Intentó ahuyentar todos aquellos pensamientos llenos de frustración y construyó la respuesta que se esperaba de ella.

—También está la labor legislativa. Tenemos que supervisar leyes constantemente y, créeme, es la parte más tediosa de todo. La legislación antigua es un desastre, siempre muestra contradicciones. Pero claro, nunca sabes si puede ser necesaria. Hay que conocerla, y si consideras que puede haber entrado en algún tipo de obsolescencia, plantear cambios al legislativo. Y todo va muy lento.

—Ya será menos. Gran parte de la ley no se aplica, porque no es necesaria. Son piezas de museo.

—Bueno, nunca se sabe. En fin, el caso es que no paro.

—Vamos, si te encanta, Bea. Naciste para esto. Eres una burócrata vocacional.

Ella sonrió con una tensión que intentó disimular. Sí, le gustaba su último trabajo. Era exigente, complicado, pero estaba encaminado a mejorar la vida de la gente, y si había tenido una vocación en su vida, era esa: ayudar, o al menos intentarlo, pero le pareció demasiado petulante responder eso. Así que dio un sorbo a su té.

—Está buenísimo —se limitó a decir.

Lea probó de su taza.

—Caray, qué invento la leche de bots, está deliciosa, y sin edulcorantes.

—No los necesita, parece algo intermedio entre la leche condensada de vaca y la de almendras. Sabe estupendamente —precisó Bea tras dar otro sorbo de la suya.

—¿Y cómo va lo demás?

—Peleando por conseguir puntos, ya sabes.

Bajó la mirada buscando un asidero emocional que no encontró en el césped del suelo, tan bien cortado por los automatismos que se podían ver en la lejanía, paseando entre las vacas con aún mayor parsimonia que aquellas.

—¿Has solicitado alguna supervisión?

—No. No me parece bien que los médicos estén siempre encima de uno. Cuando tenga la posibilidad legal, iré a por ello.

—Sería estupendo que Edu tuviera una amiga.

—¿Has soñado con eso? —preguntó Bea, repentinamente interesada.

—No, pero puede que, si lo intento, lo haga. Podría ser interesante; a lo mejor genera buenos escenarios de futuro.

Bea forzó una sonrisa. Deseó decirle a aquella atontada que las cosas no funcionaban así, que no se podía crear el destino, aunque estuviera de moda decirlo, que siquiera plantearlo como frase hecha era una completa estupidez heredada de la Era del Olvido. Pero una nueva pregunta le hizo abandonar aquel pensamiento que Abe hubiera reprendido con vehemencia.

—¿Puedo preguntarte si tú has tenido sueños de ese tipo?

—¿Escenarios con un hijo?

—Eso.

—Sí, últimamente —mintió Bea.

—Bueno, esa es la mejor noticia. Sueño visto, sueño cumplido, ya sabes.

Las dos mujeres se sonrieron. La expresión de Bea era artificial, construida. Era una sonrisa apagada, una leve máscara en un día perfecto, mientras apretaba la mandíbula. Lea leyó perfectamente aquel signo en el rostro de su amiga.

—No debí preguntártelo, perdona.

—No pasa nada. Es normal hablar de estas cosas. Es la vida. ¿No?

Las dos mujeres guardaron silencio y en sendos gestos automáticos, dieron un sorbo a sus tazas de té.

A su alrededor, todo seguía igual. El césped, que iba ascendiendo levemente hasta las suaves colinas cercanas, era mecido por oleadas de brisa levemente cálida. Las vacas levantaban plácidamente la mirada al oír el rumor de un automatismo que se movía, a paso de tortuga, por el suelo cercano, esquivándolas para no perturbar su apacible existencia.

Tras un rato, las dos amigas se despidieron.

5

LA PLAYA

No lo hacía a diario. pero, siempre que podía, su camino se desviaba hacia la playa de Las Canteras. Se sentaba en la parte en que la costa se separaba de La Isleta, una pequeña isla situada al norte, apenas a dos kilómetros, y miraba al sol ponerse, o a las nubes desplazarse, acumulándose en las cumbres de la isla, tanto que parecía que ronronearan como un gato perezoso.

Cuando la marea estaba alta le alegraba sentir aquella furia blanca estallando en las rocas de La Puntilla. Era una violencia que comprendía, aunque no pudiera ni quisiera hablar de ello, la de un mar que podía arrasar con todo lo que encontraba, pero que se conformaba con golpear en la costa isleña. Un gigante calmado. La idea de ver el océano como una forma de violencia le parecía extraña, y prefería no hablar de ello ni siquiera con Abe, para no parecerle demasiado rara. Aunque eso, lo rara que era, él ya lo sabía bien.

Había aprendido con el tiempo a guardarse ciertas cosas, a no expresarlas ni siquiera en forma de pensamientos. Solo estaban ahí, como vocablos mudos de un idioma inexistente.

Furia. Rabia. Hastío. Luego calma. Alegría a ramalazos.

Los problemas de su carácter, que era una montaña rusa.

A lo mejor por eso nunca mejoraba significativamente su puntuación.

Afortunadamente, aquellos instantes en los que se hacía una con las olas, le permitían afrontar furias peores.

Pero en aquel momento oyó la voz dentro de su cabeza.

—Disculpa que te importune, Bea. Es urgente. Tienes que viajar a Mayrit mañana. Te han preparado el vuelo y el alojamiento. Te informarán de qué se trata en destino; no pueden adelantarte nada. Parece un caso grave y creen que eres la persona más capacitada para ello.

Bea se puso en tensión.

—¿La persona más capacitada? ¿Yo?

—Eso es.

—¿Y las cosas que tengo pendientes aquí?

—Quedan anuladas.

—Sí que parece algo serio.

—No puedo contarte más, por ahora.

—Gracias, Abe.

Miró al mar durante unos instantes. En aquella misma costa habían vivido generaciones de gentes, sus antepasados, desde la Era del Olvido, y antes de ella. Muchos habrían observado, como Bea, y desde aquel mismo lugar, aquel mar embravecido que, decían algunos, muchas generaciones atrás había sido más calmado, cuando la isleta estaba unida a la isla por un istmo ahora sumergido. Tal vez en el pasado alguien como ella hubiera visto aquel paisaje con el mismo caos en su cabeza. Tal vez esa persona imaginaria habría encontrado alguna salida para su problema. Pero el problema, al final, era ella misma. Lo sabía perfectamente.

Dio la espalda al mar y se alejó. Tenía cosas que hacer. Preparar el equipaje, por ejemplo.

Así no tendría que pensar, ni enfrentarse a sí misma.

A sus propias olas, a las rompientes que llevaba dentro.

6

BEA Y DAB

Amanecía sobre la ciudad, que parecía teñida de dorado. El nombre ciudad seguía utilizándose para los grupos humanos de más de tres mil familias, pero se consideraba un arcaísmo, aunque no había nacido todavía otro término que lo sustituyera.

Bea pudo observar las extensiones boscosas que conformaban Mayrit desde el aire, durante la aproximación. Era una inmensa masa verde que reflejaba la prosperidad de aquel territorio. Se trataba de uno de los lugares preferidos de los nómadas, a los que nunca se veía en los vehículos aéreos, pues consideraban aquella forma de transporte un derroche.

El aeropuerto estaba bastante frecuentado en aquellas horas. La gente viajaba todo lo que les permitían sus permisos y los escasos vuelos iban siempre repletos. En los aeródromos la mayoría de los viajeros iban de un sitio a otro por imperativo laboral, como Bea.

Los nómadas, por su parte, se desplazaban a pie o en bicicleta y no se detenían durante mucho tiempo en un lugar. Tenían viviendas reservadas para ellos, que se ocupaban tan pronto el anterior nómada había abandonado el habitáculo, y que se mantenían segregadas de las zonas más densamente pobladas. Aquellos habitáculos no eran gran cosa, más bien se limitaban a ofrecer los servicios básicos. Con todo, eso también dependía de tu puntuación, y los nómadas con más puntos y permisos tenían derecho a mejores residencias temporales.

Muchos de los nómadas, pero no todos, era gente que se limitaba a vivir y pensar, ocupando trabajos relativamente sencillos, aunque físicamente exigentes, como la agricultura. Mientras no hacían sus labores se dedicaban meditar y a cultivar formas elevadas de reflexión. Al final de sus vidas plasmaban sus ideas en libros que pasaban a ser repartidos entre los ciudadanos. Eran consultables en las librerías públicas. Había varios escritores nómadas muy conocidos, como Nis La Rubia o Dan Pies Grandes, que habían vivido casi doscientos años atrás. Cuanto más tiempo pasaba y todavía se seguía hablando de tus obras, mejor nómada habías sido. Nis y Dan eran el ejemplo a seguir para muchos. Se habían conocido una vez en sus vidas, durante un momento en el que sus destinos se cruzaron. Entablaron una buena amistad y estuvieron durante varios meses charlando en sus ratos de libranza. Todos tenían que contribuir al bienestar de los demás, y también los nómadas habían de trabajar cuando llegaban a una ciudad nueva. De hecho, solían ocupar el puesto de trabajo que el anterior nómada había dejado vacante. Por eso los empleos reservados a los nómadas eran un subconjunto de los trabajos posibles: labores que no requerían especialización o que si la necesitaban, pudieran ser realizadas por diferentes personas en distintos períodos de tiempo. Esa condición transitoria era algo que también compartían con los llamados estacionarios, el resto de la población, que no podían ocupar el mismo puesto de trabajo durante más de cinco años1.

Bea era una estacionaria con una puntuación media. Tenía una vivienda en una ciudad ahora lejana, llamada Dorsey del Norte2, en la isla llamada Canarya. Acababa de llegar a Mayrit, capital del Estado Centro, sin saber aún cuál sería su tarea. Cuando te llamaban no cabía discusión ni queja. Era agente de la ley, fiscal o abogada, según el caso, e investigadora, si era necesario. Poal, para resumir. Le gustaba su trabajo, y le encantaba la variedad de casos que debía de afrontar; todos, hasta aquel momento, de escasa importancia, como era de esperar en aquel tiempo que le había tocado vivir.

También le gustaba viajar, aunque no se encontraba a gusto en las grandes aglomeraciones. Por eso su vuelo, de unas dos horas y media, había sido para ella bastante incómodo, y en el aeropuerto, a su llegada, se había visto invadida por unos sentimientos contradictorios: un deseo tremendo de que toda la gente que abarrotaba la terminal desapareciera y a la vez unas ganas increíbles de encontrarse ya en su destino para conocer al poal que la esperaba, y que debía explicarle en qué consistiría su trabajo.

Muchos casos como aquel al que, probablemente, había sido asignada, y del que aún no tenía datos todavía, se resolvían con la colaboración de poals que venían de otros lugares. Era una tradición que se mantenía para favorecer la interacción entre ciudadanos de diferentes orígenes, que se elegían buscando una gestión de los resultados óptima. La entrega de casos estaba restringida a un puñado de nombres, los mejor clasificados, ya que la optimización obligaba a que el número de optantes fuera limitado. Bea había competido, aunque lo ignoraba, con otros tres poals a los que no conocía, uno de ellos nómada, pero que podían muy bien residir en el otro lado del mundo y en latitudes más frías. Los poals de las zonas gélidas tenían fama de eficientes y rápidos. Sin embargo, la puntuación de Bea no era ni remotamente la mejor, por lo que le intrigaba haber sido escogida, y más aún para qué. Tal vez alguien había visto en ella algo que ni ella misma podía ver.

Su trabajo sería, probablemente, conformar el caso, desarrollar un informe propio y establecer las declaraciones para el juicio en el que ella sería perito principal y fiscal o abogada, según se le asignara. Todo era en aras de la optimización.

Se suponía que pasarían a por ella, así que cuando recogió su equipaje, que era mucho menor de los máximos establecidos (se consideraba un detalle de civismo viajar ligero) salió a la amplia sala de llegadas y miró a su alrededor.

Se sintió más incómoda que nunca, rodeada de doblotes en su hégira cíclica, peludos sin la menor consideración por su prójimo, execs siempre con prisas buscando sin encontrar, o gueros de refinados modales, amén de un puñado de nómadas perfectamente reconocibles por su aspecto alelado, sentados en cualquier sitio y con la mirada perdida.

Un montón de críos correteaba aquí y allá, añadiendo algarabía al momento. Eran algo muy preciado los niños, y podían hacer lo que se les antojase. La sociedad asumía que los pequeños eran sus bienes más preciados y los cuidaba como colectivo. Bea no participaba de aquel entusiasmo generalizado por los infantes.

Oteó a su alrededor. Entre el maremágnum de idas y venidas alcanzó a ver a una persona que la miraba con una sonrisa tímida. Portaba un papel con el logotipo del cuerpo poal. Ella se acercó al joven. Era alto, unos dos metros, casi más que ella. Su cabello era pelirrojo y sus ojos grises. Parecía un tipo amable, casi aniñado, e iba uniformado, algo que a ella no le acababa de gustar. El uniforme poal era optativo. Bea prefería no hacer ostentación de su cargo si era posible y opinaba que el uniforme era una forma de presunción.

—¿Bea?

—Sí.

—Encantado. Soy Dab.

Se estrecharon la mano. El hombre, que no pasaría de los venticuatro años, según ella calculó, además de grande, era de modales calmos. Eso reconfortó a Bea. En mitad del caos, encontrarte con alguien así era como llegar a un inesperado oasis en mitad un desierto despiadado.

—Traje transporte autónomo. No tardaremos nada en llevarte a tus aposentos.

A Bea le extrañó. Todavía eran las seis de la tarde.

—Pensaba que tendríamos alguna reunión preliminar.

—Mañana te llevaré al lugar del crimen.

—¿Crimen?

—¿No te han informado de nada?

—No. Me metieron en un avión y aquí estoy.

—Un homicidio. Violento.

Bea trastabilló y tuvo que recuperar la compostura.

No había homicidios. Ya no.

Era imposible.

—Ha sido todo muy precipitado, te pido disculpas —añadió Dab.

—¿Estás hablando de verdad de un asesinato?

Dab asintió.

—Hemos levantado un RV de todo el lugar, y los cuerpos están en el depósito. Mañana se inicia la autopsia. Podrás ver el escenario y estudiarlo.

—Un momento ¿Cuerpos? ¿He oído bien? ¿Más de uno? —las preguntas de Bea sonaron demasiado altas en el hall del aeropuerto.

Dab asintió, con una expresión grave, mirando a su alrededor, algo nervioso.

—Mejor no comentarlo aquí. No hemos difundido nada todavía. Se ha preferido mantener todo discretamente, al menos por ahora.

—¿Cuántos? —se oyó oír la pregunta en su propia voz, y le pareció que otra persona la formulaba.

—Mejor en el vehículo. Allí estarás más cómoda —le dijo Dab, en un susurro—. Apenas está a diez minutos caminando, hay un área de estacionamiento cerca.

Bea guardó silencio durante todo el trayecto hacia el aparato autónomo. Estaba esperándoles en un estacionamiento temporal que se había construido hacía veinte años ante el aeropuerto de Los Cuatro Vientos, el único de la ciudad habilitado para naves de transporte humano.

En cuanto entraron en el vehículo y ella se sentó y se aseguró su cinturón, poniendo su mochila a un lado, el coche arrancó y se incorporó a una carretera de dos carriles que se perdía en unos bosques cercanos al aeródromo. Bea no había visto nunca un área asfaltada tan amplia. En Canarya apenas había un puñado de carreteras de un solo carril y el resto eran pistas de tierra.

—¿A qué tanto misterio? —inquirió Bea, que empezaba a sentirse molesta.

—Nos han solicitado máxima discreción —Repentinamente, el joven se había puesto nervioso. Se frotaba las manos, que le sudaban profusamente y mostraba una mirada errática. Bea conocía los síntomas.

—Bueno, ahora estamos en un entorno seguro ¿Cuántos cuerpos? —reiteró.

—Cuatro.

Bea tragó saliva.

Instantáneamente, una inquietud inesperada la invadió. Vaya marrón le había tocado por sorteo. El peor de las últimas cinco, qué demonios, diez generaciones.

Tragó saliva. Iba a salir en los libros de historia.

Estaba jodida.

—¿Puedes repetir la cantidad? ¿He oído bien? ¿Cuatro muertes?

—Exactamente.

El peor crimen de la humanidad del Neotiempo, según recordaba Bea, había ocurrido dos décadas atrás y era un caso de suicidio. En los estudios de la academia de poal no tenías acceso a nada más complejo desde el reinicio del contador temporal.

—Te dejaré en tus aposentos y mañana te recogeré a las nueve. Podrás examinar entonces el lugar del suceso. Los cuerpos ya fueron levantados, obviamente.

—Entonces hay un juez al cargo.

—Efectivamente, el letrado Rei. Le ha tocado por sorteo, como a ti.

Respiró aliviada. Como entre los poal, también ser elegido fiscal o juez era un asunto de sorteos. No sabía nada de aquel tal Rei.

—¿Fiscal? ¿Lo hay, o puedo ser yo?

—Se llama Toe. También jurista, como Rei. Muy capacitado, según dicen.

—Finalmente, entonces solo quedo yo. Poal instructora, supongo.

—Y defensora, si lo aceptas.

—Vaya. Eso no me lo esperaba.

—Ahorro de recursos, ya sabes.

Bea lanzó un hondo suspiro, intentando calmar un incipiente acceso de pánico. Cuando estaba en mitad de multitudes se le desataba un terror espontáneo. Y aquella noticia era la guinda para entrar en el más puro terror. Ser poal instructora y a la vez defensora era un cargo de la máxima responsabilidad, y de los más difíciles. No comprendía cómo la habían podido elegir a ella, que apenas se había dedicado a un puñado de casos sin importancia en Canarya en los tres años que llevaba en ejercicio. Aunque, claro, nadie tenía en todo el mundo otra experiencia más intensa que la suya, porque aquellos sucesos, sencillamente, no pasaban.

Pero ahora sí había ocurrido.

Estaba perdida.

1 Se había admitido que la variedad y el cambio eran fundamentales para que los ciudadanos no vivieran frustrados siempre en el mismo registro laboral. Había sido una decisión tomada en los primeros años del Neotiempo y se asumía como generalmente beneficiosa.

2 Muchos topónimos originales de la isla habían sido olvidados, pues había quedado deshabitada durante un siglo y medio, tras la Gran Guerra. No obstante, algunos accidentes locales sí conservaban sus nombres primigenios, al encontrar los arqueólogos señales, supuestamente creadas para los vehículos, en sus cercanías, como la llamada La Isleta. El nombre Dorsey provenía al parecer del capitán que dirigió la nave con los primeros repobladores de la isla, y se había impuesto al anterior topónimo, Palmas de Canarya, o Las Palmas del Grand Canarya, según las fuentes.

7

EN EL CAMINO

El vehículo seguía cortando enormes frondas que parecían interminables, y avanzaba en solitario por el carril derecho. Muy de tarde en tarde otro vehículo pasaba en sentido contrario.

Bea miró a Dab. Tendría que trabajar con aquel tipo durante una buena temporada, y entendió entonces su nerviosismo. Estaba tan preocupado como ella. El problema era para los dos. Así que decidió distender un poco el ambiente, charlando de manera un poco más relajada. Vio pasar en el exterior a una pareja con dos niños, que paseaban entre las frondas urbanas.

—Afortunados —dijo.

—Sí —afirmó Dab—. ¿Tú tienes? Pareja. Hijos. Disculpa si no soy discreto.

—No. No he recibido puntos suficientes todavía —dijo Bea, acusando la pregunta casi físicamente. Le había incomodado.

—¿Confías en obtenerlos? Si esto sale bien, sería probable que obtuviéramos una buena montaña de puntos extra los dos. Perdona si me meto en donde no me llaman. Mayrit es un poco así; la gente se pregunta esas cosas directamente por aquí, sin tapujos. Sé que para los que llegan de otras zonas y no están acostumbrados a veces resulta un poco chocante.

—Bueno, espero que sí. Voy mejorando mi rendimiento, y mis medias son buenas. Pero mejor veamos cómo evoluciona todo.

—Claro.

Bea miró a Dab por un instante. No pudo evitar sentir una cierta conmiseración por la ingenuidad del chico. A pesar de que le acababa de conocer, ya se estaba haciendo una idea del carácter de aquel hombretón pelirrojo y aparentemente tímido que se mantenía en un estado de rubor perpetuo.

Los casos de puntos extra sobrevenidos eran bastante raros y se daban en uno de cada diez mil ciudadanos activos con un salto de multipuntuación: la montaña de puntos a la que se había referido Dab. En cualquier caso, era algo poco frecuente; prácticamente un juego de azar, y todos sabían que en los juegos de azar siempre se pierde.

—Te encantará tu aposento. Es una pequeña área cubicular de planta mediana en una zona de cultivos, está automatizada y es sumamente agradable. La orientaron hacia el Este, así que te despertará la luz solar.

—¿Tú vives cerca de allí?

—En un condominio poal. Se tarda como una hora. No es mucho. Estoy por la zona que se llama Miaflowers, en la Sierra. Un antiguo barrio externo de la vieja urbe. O probablemente un pueblo. Los historiadores no se ponen de acuerdo en ese punto. Está un poco elevado, por lo que el clima es más continental. Pero es un lugar agradable y sano. Se fomenta además el ejercicio comunitario.

—Ah —dijo Bea, amagando una sonrisa de conmiseración.

El ejercicio comunitario. Un invento perverso que alguien en alguna institución había concebido unas décadas atrás y que buscaba fomentar la interacción entre los ciudadanos en una sociedad dispersa e infrapoblada. Una solución con la que nunca había estado de acuerdo, pero que era obligatoria, y en la que siempre había colaborado a regañadientes. Pero Dab parecía encantado con la idea. A Bea le parecía un sinsentido, ya que al no tener la mayoría de ciudadanos el permiso para cerrar relaciones o generar descendencia, todo quedaba en una sucesión de encuentros frívolos y formales, poco o nada estimulantes. La norma decía que aquellas actividades fomentaban la salud general de las personas y de las comunidades. A ver quién se ponía a discutir algo así.

—Vives solo, entonces —afirmó Bea, constatando una obviedad.

—Así es. El trabajo apenas me da otra opción. Pero es que tampoco tengo los puntos, así que tanto da. En cualquier caso no me espera nadie al volver a casa, o yo no espero a nadie. Pero soy joven todavía. ¿Y tú? ¿De dónde vienes?

—¿No aparece en las llegadas del aeropuerto?

—Sí, Canarya. Hablo del lugar. La localidad. Apenas conozco esa zona, solo por referencias.

—Dorsey del Norte. Está en el interior de la isla. Allí los topónimos son totalmente nuevos; todo fue arrasado al final de la gran guerra.

—Dicen que es un lugar bonito.

—Lo es. Escarpado, salvaje. Se está bien. Un clima agradable.

Ella miró al que sería su ayudante en aquel caso y le sonrió con una mueca.

—¿Conoces al forense que lleva todo esto? —preguntó a Dab.

—Tes. Es la mejor de la ciudad. Tal vez del territorio. La llaman de todos lados cuando hay defunciones por enfermedades, o incluso cuando son naturales.

«Que hasta ahora eran todas», se dijo Bea.

—Bueno, me alegro. Será una persona muy importante para nosotros en este asunto. ¿Tiene equipo humano?

—Trabaja sola. Por la gravedad del asunto, se ha creído conveniente que no se añadan más grados de libertad. Pero no se descarta.

—Entiendo.

—Hay grabaciones de lo ocurrido, también.

—¿Estocásticas?

—Sí.

Desde hacía dos siglos existía un método de grabación forense para casos complicados como crímenes, que aunque fueran raros, o precisamente por ello, se consideraban de especial gravedad. Las grabaciones estocásticas, que se podían obtener gracias a la omnipresencia del Campo Companion, generaban versiones de un suceso creadas con un análisis estadístico de los sucesos que llevaron a él, levantado sobre los datos VR tomados en el espacio físico donde se había producido el asunto a estudiar, y se consideraban totalmente fiables a efectos jurídicos. Disponer de grabaciones estocásticas podría ser muy interesante en aquel caso al que iban a enfrentarse.

—¿Qué resolución tenemos de VR? —preguntó Bea a Dab, intentando focalizarse en algún asunto técnico y ahuyentar la ansiedad, mientras miraba las disciplinadas filas de árboles pasando por el exterior.

—1.000 nanómetros. El mínimo legal son 10.000 desde hace once meses.

—Lo sé. Los tecs pensaron que, en el caso improbable de asuntos de especial gravedad, sería necesario tener ese grano. Fui ponente en ese segmento legislativo, aunque, claro, los legisladores se preguntaban para qué preocuparse, si estas cosas no ocurrían.

Dab no respondió.

Bea intentaba conversar de modo relajado con el chico, procurando hacer el transporte lo más llevadero posible, pero en realidad seguía sintiendo un pánico sordo que la iba invadiendo más y más a medida que le daba más vueltas al asunto que le habían asignado. Sentía el calor llegar a sus orejas. Iba a estar inmersa en un caso de homicidio. Ella jamás había participado en uno. Claro, porque no ocurrían. Se consideraban sucesos imposibles, o de probabilidad prácticamente nula. Y le había tenido que tocar a ella. Sí, ya le podían dar una montaña de puntos.

El vehículo entró en una carretera secundaria y se desvió atravesando una zona formada por pequeñas parcelas de cultivo, todas con un aspecto muy cuidado. Al fondo, el sol se iba posando en el horizonte, como una nave espacial esférica y luminosa, atravesando capas nubosas en un cielo claro y limpio.

—¿Dónde ocurrió?

—¿El crimen?ƒ

Bea asintió, cansada.

—En el viejo centro de la ciudad. Una zona residencial muy cuidada. Es un sinsentido. Se supone que la gente que vive ahí tiene todo lo que necesita.

A Bea le extrañó que calificara así Dab un centro urbano. Se suponía que todas las zonas habitadas del planeta, salvo varios valores fuera de rango por tener una reconstrucción especialmente lenta (como las zonas de alta radiactividad), tenían una calidad de vida similar, o cuanto menos comparable. No esperaba que se pudieran hacer comparaciones entre lugares. Ni siquiera se consideraba algo especialmente educado. Debía ser parte del carácter imperante en Mayrit.

—¿Una zona residencial?

—De altos cargos. Gente con alta puntuación. Estacionarios.

Bea asintió. De eso se trataba: un homicidio donde residía la clase dirigente, o al menos los ciudadanos con más puntos.

8

C-U-A-T-R-O

Cuando llegaron a su destino ya era noche cerrada y la luna llena punteaba un cielo apaciblemente despejado, lo que permitía ver razonablemente bien en la oscuridad. Además, la temperatura era cómoda y recorría el lugar una brisa suave. El clima de Mayrit tenía fama de ser extremo, con inviernos duros y veranos tórridos, pero durante la primavera el tiempo era bastante estable y agradable.

El vehículo se detuvo ante una chata verja de maderas ajadas que rodeaba un pequeño terreno repleto de hortalizas, donde crecían plantas alimenticias de todo tipo. Tras la puerta entreabierta de la pequeña empalizada arrancaba un sendero de tierra que terminaba en una construcción de aspecto sólido y antiguo, seguramente al estilo de las viejas viviendas rurales de la zona.

Había desde décadas atrás una tendencia a repetir los modelos arquitectónicos que se suponía habían sido válidos desde los tiempos más antiguos, pues algunos edificios eran de las pocas cosas que habían sobrevivido desde los siglos anteriores al gran cambio. Era una idea bastante lógica: si nuestros antepasados, condicionados por un clima más duro y unas limitaciones logísticas obvias, habían elegido ciertos modelos de vivienda para según qué zonas del mundo, aquellas eran soluciones contrastadas por el tiempo y la tradición, de modo que emularlas parecía una buena manera de optimizar recursos de forma inteligente y, como decían algunos políticos, respetar el legado de los olvidados.

Dab miró a Bea durante unos segundos, mientras la puerta del vehículo se abría.

—Mañana pasará a recogerte, seguramente esta misma unidad, a las 8:30. Tienes todo lo necesario en el cubículo.

En cambio, viejos términos de otra era, la que siguió a la oscuridad, todavía se mantenían, como la de llamar cubículos a las viviendas, fueran cuales fueran y tuvieran el tamaño que tuvieran. Era algo heredado de un tipo de construcción prefabricada que fue muy popular cuatro siglos atrás, recién terminada la Gran Guerra, cuando había que desalojar a miles de personas de forma urgente de zonas contaminadas por la radiactividad. Se fabricaron entonces casas prefabricadas y autoplegables en forma de cubos que se volvieron ubicuas. Pero hacía mucho tiempo que nadie las usaba. En cambio, su nombre había pasado a las generaciones siguientes.

—Gracias, Dab. Mañana nos vemos.

—Sí, en el lugar del crimen. Nunca pensé que pudiera decir esto.

—Como en las películas antiguas.

—Ciertamente.

Las pocas obras cinematográficas que habían llegado a ellos, apenas un puñado que habían sobrevivido al desastre por estar en un formato ignífugo de tiras perforadas de nitrato de celulosa muy resistentes, se exhibían periódicamente en grandes eventos culturales colectivos, o se reproducían frases contenidas en ellas, llegadas desde los tiempos de los antepasados, de sus siglos olvidados, que, cuando caían en gracia, se extendían como frases hechas que pasaban a ser parte del lenguaje cotidiano. El lugar del crimen era una de ellas. Correspondía al título de una rara película totalmente conservada, dirigida en el lejano año de 1986, muy previo al reset general de los tiempos, el Gran Apagón o Gran Cambio, y dirigida por un cineasta del territorio conocido antiguamente como Francia, cuyo nombre Bea no recordaba.

Había visto de cerca una vez, de niña, una tira de celuloide en uno de aquellos festivales colectivos. Se conservaba en el interior de una placa de metacrilato y era la estrella de una exposición sobre los olvidados. Tenía un montón de fotografías seguidas que podías ver con una lupa que había junto a la pieza si guardabas cola; miles de aquellas fotos, cuando pasaban muy rápidas por un aparato llamado proyector, daban una sensación de movimiento muy realista. Le pareció un derroche de material. Los olvidados tenían fama de derrochadores. Casi acabaron con el planeta en su era, precisamente por eso.

—Una última cosa: si quieres hablar, solo di mi nombre y la casa establecerá una llamada directa con mi campo companion. De esa manera, podremos comunicar directamente. Cuando lo necesites.

—Perfecto. Gracias.

Bea sonrió a Dab al bajarse del vehículo portando su escueta mochila. El coche cerró su puerta automáticamente y se alejó del lugar. Ella miró entonces a su alrededor. El lugar era relativamente llano, y en la lejanía se adivinaban unas montañas levemente coronadas con mantillas de nieve. Sería la sierra madrileña, supuso. Había leído sobre ella en la escuela, cuando era niña. Gran parte de aquellos lugares todavía se consideraban salvajes y no colonizables, a causa del índice de radiación que se mantenía en algunas zonas y valles, contaminando las nieves de las cumbres.

Se encaminó hacia la vivienda pasando entre filas de hortalizas, que se movían levemente, agitadas por la brisa suave que acariciaba el lugar, y vigiladas por un sistema hidropónico que optimizaba el crecimiento y realizaría en su momento la recolección. No tuvo que detenerse ante la puerta de la casa, que se abrió a su paso. Las luces se fueron encendiendo a medida que entraba en el lugar.

El edificio, sólido y de gruesas paredes, tenía una única planta, rematada con un techo a dos aguas. Había dos habitaciones, un salón, cocina, baño con todas las comodidades, y un pequeño cuarto para almacenar aparataje de uso agrario. Las habitaciones eran razonablemente amplias y cómodas, y el mobiliario era moderno y ergonómico, aunque estaba levemente desgastado por el uso que había sufrido en manos de los sucesivos habitantes del lugar. Las pequeñas extensiones de cultivo como aquella solían ser las preferidas de algunos de los nómadas de puntaje alto, que recibían una pequeña asignación por mantener los cultivos en buen estado, y cosecharlos llegado el momento oportuno (en realidad poco había que hacer, excepto el mantenimiento del sistema automático). En las paredes los visitantes, como era tradición en aquellas instalaciones, habían dejado pinturas realizadas por ellos, fotografías o textos poéticos. Retirarlos o deteriorarlos estaba mal visto.

Contó las obras artísticas que tachonaban el salón y las otras habitaciones, así que calculó que al menos treinta individuos habían habitado en aquel lugar antes que ella. Naturalmente, por períodos de tiempo más largos que el que ella requeriría si todo iba bien. Probablemente fueran en ciclos de cinco años, los usuales, aunque algunos nómadas no estaban obligados a respetar aquellos lapsos de tiempo. Esperaba que alguien se ocupara del sistema al cuidado de los terrenos anejos mientras ella vivía en aquella vivienda; seguramente lo haría algún vecino, como era tradición en aquellos casos, o cuando las viviendas quedaban vacías a la espera de nuevos ocupantes, para no arriesgar las cosechas.

Se sentó en la cama del dormitorio que había elegido, dejando la mochila a un lado. El cuarto era el que más se parecía al dormitorio de su casa en Dorsey del Norte.

Le asaltó de nuevo el número de asesinados.

Pensó en el número otra vez. Lo visualizó en su mente. Seguramente nadie se había enfrentado a algo así ni en una decena de generaciones.

Cuatro personas asesinadas.

Aún no sabía las circunstancias, a lo mejor era un crimen múltiple con un único autor, o tal vez había sido algún tipo de evento violento con varios responsables, cosa que descartó. Esas cosas sí que no pasaban nunca.

En cualquier caso, ella misma no tenía noticia de casos previos de aquella magnitud. Tendría que consultar en alguna base de datos o archivo, a ser posible en el mismo Mayrit.

Cuatro. C-U-A-T-R-O.

Sacó la caja que contenía su pistola reglamentaria de la mochila. La examinó. Una reliquia del pasado, como los entrenamientos de tiro. Nadie disparaba sobre nadie ya.

«Cuatro», pensó de nuevo, examinando el arma.

9

CIRCUNLOQUIO

—Los odio.

—Buenas noches, Bea.

—Buenas noches. Los odio.

—Ya lo he oído.

—No puedo soportarlos. Quisiera poder viajar sola. Que el avión estuviera vacío. Que el aeropuerto estuviera desierto. A veces desearía ser la única persona viva sobre la Tierra.

—Sé que pasaste un mal momento esta mañana. Los vuelos van muy llenos. Los aviones funcionales escasean, el combustible disponible solo permite un par de saltos a la semana. Mucha gente no puede ni siquiera pensar en volar, Bea. No pueden viajar por no tener permisos, y se tienen que resignar a vivir en las ciudades donde nacieron durante todas sus vidas. Puedes, y deberías, sentirte una privilegiada. No tienes puntos para ello, y sin embargo viajas, aunque sea por trabajo.

—No me interesa que sea un bien escaso, ni sentirme diferente a nadie. Es que no puedo soportarlos. No aguanto que se sienten a mi lado, que pongan el brazo en mi apoyabrazos, que tosan o estornuden. Y si huelen mal, ya ni te digo. Están por todas partes, el avión estaba abarrotado. Solo faltaba que se sentaran en los pasillos. No los soporto.

—Son tus semejantes.

—Ya lo sé.

—Fue algo transitorio; el vuelo duró poco tiempo. Saliste del avión y del aeropuerto y todo volvió a ser más o menos normal. Las aglomeraciones no son agradables para ti, lo sé.

—Son groseros, desconsiderados, se ponen de pie antes de tiempo, no te ceden el paso, ni te ayudan a recoger tu equipaje del compartimento.

—Tú tampoco lo haces, Bea. No es un reproche, entiéndelo.

—Nadie puede exigirme que sea amable con quien no lo merece.

—No estar cómodo entre grandes agrupaciones de gente es muy común entre tus contemporáneos, está muy extendido. Ocurre porque os habéis acostumbrado a vivir en espacios amplios. Eso de alguna manera ha aumentado el tamaño de vuestra burbuja de intimidad. Dicen que antes de la Era del Olvido, la gente vivía en espacios muy reducidos.

—Debió ser insoportable.

—La gente se acostumbró. Sabes que no trato de quitarle importancia a lo que sientes al decirte que le pasa a bastante gente, de esa con la que te has cruzado, de esa que viajaba contigo, pero es un hecho. Seguramente le ocurriera algo similar a tu compañera de asiento, aquella mujer que aparentaba estar dormida. Era su manera de aislarse, de evitar tener que comportarse socialmente con nadie.

—Lo sabía. No se durmió. Disimulaba, ¿verdad? —interrumpió Bea.

Bea salió del dormitorio y recorrió de nuevo la pequeña vivienda. Se acercó a la cocina, y curioseó en la pequeña nevera que había a un lado. Estaba provista de frutas y verduras, mantequilla, y en una alacena encontró pan recién hecho en un envase osmótico que permitía que se conservara en condiciones de humedad tales que retrasaban el proceso de endurecimiento durante semanas, sin problemas para la salud. También había algo de café y material para infusiones. Abrió el grifo del agua corriente para probar el agua. Bebió un poco, usando uno de los vasos que había sobre el poyo de la cocina.

—Los reponedores han hecho su trabajo —comentó—. Hay alimentos, infusiones, y el agua para el aseo se calienta enseguida. Volviendo al asunto, tampoco es un alivio. Me hace sentir furiosa, y a la vez me hace sentir mal. Culpable. Se realimentan los sentimientos. Siento como que me falta algo dentro, que no dispongo de ese mecanismo que la gente suele tener, que les permite interactuar entre ellos de forma natural, sin que sea algo impostado.

—Has mejorado mucho en los últimos tiempos. Pensaba que tu caso era difícil pero aquí estás, recién llegada de un largo viaje en avión, interactuando con otros, lo quieras o no. Progresas, y eso es lo importante. Estoy muy orgulloso, Bea.

—Pero no puedo refrenar esos sentimientos. Son demasiado fuertes. ¿Recuerdas ayer, tomando el té con Lea?

—Sí.

—Estuve a punto de perder la educación con ella. Se puso a hacer esas frases hechas, esas estupideces de que si decides soñar con algo, podrás cambiar tu REM.

—Cada cual puede decir lo que quiera, y creer lo que quiera.

—Abe, es una adulta. Esas cosas las piensan los niños.

—Es su forma de enfrentarse al asunto.

—Me encantaría que todos desaparecieran.

—¿Hablas de tus sentimientos?l

—No. Hablo de la gente.

—Pero entonces te quedarías sola, y pronto empezarías a lamentarlo.

—No lo creo. Siempre te tendría a ti.

—Bueno, eso es cierto.

—Así que tendría con quién hablar.

—Eso seguro, Bea.

—Cuatro.

—Llevas tiempo con esos números dándote vueltas en la cabeza.

—Es una enormidad.

—Lo es, ciertamente. Y es preocupante, sin duda. Has hecho un largo circunloquio para llegar hasta aquí.

—Ya lo sé ¿Hay algún caso similar?

—Hace tres siglos y medio, aunque fueron menos víctimas. Un caso poco claro, y no ha llegado mucha documentación de aquellos años. Recién empezábamos a existir. Ocurrió aquí, en Mayrit. Su difusión y conocimiento están restringidos a los poals. El expediente se conoce como «El que arrancaba huesos».

—Qué nombre más desagradable.

—Sí que lo es.

—Es una etapa un tanto primitiva, si no me equivoco. ¿Las primeras décadas de los companions?

—Correcto. Apenas éramos prototipos y mucha gente vivía sin ellos. A ello se achacó precisamente el crimen.

—Pediré la ficha. Llamaré al ayudante que me han asignado. ¿Qué puedo hacer?

—Tu trabajo, Bea. Lo que mejor haces. Por eso es tu trabajo.

—Creo que es una broma del destino. Me ha caído esto, apenas a dos años del cambio.

Bea sabía que dos años más tarde sería destinada a otro trabajo y tal vez a otro lugar de residencia. Cada cinco años todos los ciudadanos debían cambiar de tarea, a no ser que no superaran una puntuación de umbral. Aquellos cambios buscaban que la gente viajara aunque no tuviera suficientes puntos, cambiara de cultura local y ejercitara sus capacidades sociales y profesionales, formándose constantemente. Solo las personas cuya estabilidad laboral fuera necesaria para el bien la comunidad podrían permanecer en el mismo puesto de trabajo durante períodos mayores de cinco años, tal era el caso de los residentes de la zona de Mayrit en la que se había producido el crimen. Aquellos privilegiados eran llamados ciudadanos estacionarios. En teoría, cada nuevo empleo iba permitiéndote ascender en la escala social, dándote más puntos. Pero se conocían bastantes casos de personas que permanecían rotando entre dos empleos, siempre los mismos, durante casi toda su vida. Solían ser trabajos que requerían escasa capacitación. La gente los llamaba estancados, aunque a Bea le parecía un término despectivo y no lo usaba. A ella todavía no le había pasado algo así, afortunadamente. Pero nadie estaba libre de ello.

—Jamás me había enfrentado a un crimen.