Tijeras al viento - Mario Llantén Osorio - E-Book

Tijeras al viento E-Book

Mario Llantén Osorio

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Beschreibung

Los suburbios son sinónimo de desesperanza, frío y soledad, sin embargo, nada está más lejos de la realidad de Emilio. Introduciéndonos en su difícil infancia, "Milo" narrará la gran importancia que posee el cálido núcleo familiar a la hora de sobrellevar las más crudas vivencias cotidianas, desde la impotencia de vivir en un campamento marginal, hasta la falta de comida en la mesa por tener paupérrimos recursos. Los eventos desafortunados, la falta de oportunidades y el miedo a la desolación pueden nublar el horizonte, pero incluso si el sufrimiento empapa nuestro presente, todo aspecto negativo trae consigo más de una sorpresa en el inexorable destino que nos depara el curso del tiempo.

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Seitenzahl: 143

Veröffentlichungsjahr: 2021

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TIJERAS AL VIENTO

Mario Llantén Osorio

PRIMERA EDICIÓN
Enero 2022
Editado por Aguja Literaria
Noruega 6655, departamento 132
Las Condes - Santiago - Chile
Fono fijo: +56 227896753
E-Mail: [email protected]
Sitio web: www.agujaliteraria.com
Facebook: Aguja Literaria
Instagram: @agujaliteraria
ISBN: 9789564090092
DERECHOS RESERVADOS
Nº inscripción: 2021-A-4074
Mario Llantén Osorio
Tijeras al viento
Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor,bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obrapor cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático
Los contenidos de los textos editados por Aguja Literaria son de la exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el pensamiento de la Agencia
TAPAS
Sandro Tsitskhvaia
Josefina Gaete Silva

A mi querida hermana

Claudia Elena Llantén O.

ÍNDICE

Capítulo I: Su pelo, una parva de trigo a pleno sol

Capítulo II: Ya todo está decidido

Capítulo III: Poder femenino

Capítulo IV: Le prometí riquezas…

Capítulo V: Ni huraños ni polleru’os

Capítulo VI: Todos tenemos un ángel protector

Capítulo VII: Una cita impostergable

Capítulo VIII: Su belleza ahora es más intensa

Capítulo IX: Algo cambió en mí para siempre

Capítulo X: La radio, una inseparable compañera

Capítulo XI: Allanamiento militar

Capítulo XII: Segua Saravia, no te olvidaremos

Capitulo XIII: La Sonora Palacios versus Bill Haley y sus Cometas

Capítulo XIV: La Rocío entra en mi corazón

Capítulo XV: Una llamada trae esperanzas

Capítulo XVI: Don Ernesto, un gran hombre y académico

Capítulo XVII: La mamita Gema parte a la eternidad

Capítulo XVIII: Despedida con homenajes y flores

Capítulo XIX: Una propuesta de amor

Capítulo XX: Tijeras al viento

Capítulo XXI: Tronar de cañones, torturas y muertes

Capítulo XXII: Ovejas y chacales verde olivo

Capítulo XXIII: Retorno con un beso intacto

Glosario de chilenismos

Capítulo I: Su pelo, una parva de trigo a pleno sol

No era la primera vez que salíamos muy temprano con la Eli. “Encendiéndose las primeras luces del alba”, como acostumbraba a decir la mamita Gema. Solo que, en esta ocasión, algunas rarezas en el comportamiento de mi madre marcaban la diferencia. Por ejemplo, antes de salir de la casa, justo cuando me peinaba en el baño y podía ver su linda y blanca carita reflejada entre las fisuras del espejo adosado a un botiquín de madera —que tampoco estaba en las mejores condiciones—, supe que algo le pasaba. Sus encantadores ojos celestes, cada vez que parpadeaban, se veían inundados no por esa humedad natural que reflejamos todos los seres vivos, sino que se trataba más bien de esa lenta cristalización que luego se convierte en lágrimas acumuladas al borde de los párpados, como esperando que algún espasmo o imprevista emoción las haga resbalar suavemente por las mejillas.

En algún momento le pregunté qué ocurría, pero no respondió y siguió pasando la peineta una y otra vez por el mismo lugar. Es verdad que mi cabello no era el más dócil, pero no creía que ese fuera el motivo de aquel reiterativo movimiento sobre mi cabeza. “Algo le preocupa”, pensaba mientras en cada repasar del peine la hundía entre los hombros, buscando disminuir la dolorosa presión que empezaba a lastimarme. La veía angustiada, pero inmutable, como esas pinturas antiguas de vírgenes que cuelgan en las murallas de las iglesias. Aquellas imágenes en mi mente se cancelaban cuando, sin poder evitarlo, lanzaba cortos y agudos gritos de dolor, pues los dientes del cepillo parecían incrustarse como aguzadas espinas en mi cuero cabelludo.

Motivos para estar preocupada, angustiarse o estar triste habían de sobra en la rancha y lejos de ella, pobreza principalmente, muchísima miseria y todo lo que esta incluye.

Afuera se oía refunfuñar a la mamita Gema con los perros y gatos —integrantes de la familia—, pues cada día evacuaban raciones de fétidos mojones entre sus plantas y yerbas medicinales que atendía con tanta dedicación. Las primeras horas de la jornada las repartía entre el riego de su pequeño jardín y dar de comer al “Paco malo” y al “Nerón” —fieles guardianes de la casa—, más una partida de gatos y gatas que iban y venían con esa autonomía tan propia de los felinos. Sin embargo, el esmero principal de la abuela era mantener el agua hirviendo en esa legendaria tetera incrustada de hollín que, a veces, entre silbidos y vapores, parecía suplicarnos que la diéramos de baja o al menos un descanso después de arder años completos sobre la cocinilla a parafina.

“El agua caliente no puede faltar en una casa porque, aunque sea una taza de agua pelá, la tenemos y la tomaremos felices”, decía la mamita Gema.

Para que se cumpliera esa sentencia, y sobre todo para que la abuela no anduviera trajinando para arriba y para abajo, o tuviera que allegarse a las colas interminables que se hacían frente a los grifos públicos —que no siempre funcionaban—, la Eli y yo nos encargábamos de abastecernos del líquido vital para la semana y así estar seguros de tomarnos ese tecito reconfortante y necesario, a toda hora y en cada evento.

Luego de enjuagar sus huesudas y arrugadas manos en una palangana de latón enmohecida y abollada que servía de lavaplatos, se fue a sentar al sofá de mimbre o lo que quedaba de él. Añoso y desvencijado como la misma abuela que, de un tiempo a esta parte, dejaba ver con menos disimulo sus achaques y el evidente mal estado general de su salud. Aunque se aplicaba a sus tareas cotidianas, voluntariosa y sin quejas, su antigua condición de vida no resultó ser la garante para tener una mejor vejez.

Sabido era que antes de que la abuela, la Eli, yo o cualquier visita dejara caer su humanidad sobre el sofá, se debían tomar algunas precauciones como recubrirlo con cartones, cojines, almohadas y toda clase de trapos para no pincharse con las hebras duras y quebradizas del mimbre. Para la mamita, esta opción de descanso no siempre terminaba dándole ese merecido relajo que tan bien le hacía. La mayoría de las veces se transformaba en una dolorosa trampa que no solo le causaba heridas en su famélica y curvada espalda, sino que las alevosas astillas del asiento, cual pequeñas y furtivas víboras, también se quedaban bien enrolladas entre sus ropas —que solían ser de lana—. Entonces, una vez que se quedaba allí, inmovilizada y exhausta, tras varios intentos fallidos por zafarse de las astillas, se podía decir que sí estaba descansando, con su boca bien abierta y los labios hundidos, vulnerable al paseo y aterrizaje de las moscas que no eran pocas, revoloteando en el mismísimo centro de nuestra rancha. La veía reclinada en uno de los ángulos del respaldar, cada tanto y a media tarde, plácida, despreocupada y a la vez poderosa, arrebozada en su chal de vellón gris heredado de su madre. Se quedaba profundamente dormida, soñando quizás con una mejor suerte o destino, una vida distinta para todos.

Otro detalle que tampoco pasó inadvertido fue que, en esta oportunidad, la Eli se había puesto su mejor ropa: una falda negra entallada que resaltaba sus pequeñas caderas y la hacía ver esbelta, como pituca, más una blusa color lila con encajes en mangas y cuello. Se veía linda, como esas modelos que salen en las revistas, o como aquellas mujeres que aparecen en la televisión leyendo noticias. No por nada los últimos cinco años consecutivos había sido reelegida como la indiscutible Reina del Campamento.

La abuela decía que esos colores en la vestimenta debían ser usados en ocasiones especiales, porque dan a las personas un aire distinguido. Mi mamá esta vez no vestiría su clásico blue jean americano, al que poco y nada le iba quedando de su característico tinte azul índigo. Supuse entonces que esta salida tendría un destino importante, incluso que me invitara avivaba mi entusiasmo, porque cada vez que lo hacía, conocía lugares nuevos y me sentía importante, el “hombre de la casa”. Además, siempre muy cariñosa y preocupada, se las ingeniaba para comprarnos algunas cositas: calzoncillos para mí, calcetas para la abuela y algunos dulces de pastelería, como chilenitos o berlines.

Sin embargo, su cara compungida me preocupaba y confundía. También reparé en el hecho de que antes de despertar, se estuvo acicalando por largo rato, como a la abuela y a mí nos gustaba. Así, bien maquillada, ya no se le notaban tanto las dos cicatrices que tenía talladas en su cara, una pequeña pegada a su pómulo izquierdo y la otra más grande surcándole por encima de su ceja, también del mismo lado.

Puse toda mi atención en su larga y hermosa cabellera rubia, que era lo que más llamaba la atención junto a sus ojos celestes. La abuela le decía —cuando mi mamá le pedía que le cepillara el pelo antes de acostarse— que era como tomar entre las manos una faja de trigo en verano a pleno sol, como tantas veces lo hizo en los trigales de su Ñuble natal.

Y tenía toda la razón. Solo le agregué que, con o sin sol, brillaba con la misma intensidad, y esa mañana lo hacía como nunca. En un momento le pedí que soltara su cabello para verlo ondear sobre su espalda como lo lucía la mayor parte del tiempo, ya que esta vez se lo había tomado con una cinta negra a la altura del cuello.

—No —me dijo—, mejor así. —Continuó moviéndose inquieta de un lugar a otro, buscando algo imaginario, manipulando cosas que no necesitaba o cambiándolas de lugar sin motivo aparente. Era fácil interpretar que, en el sin sentido de sus acciones, lo único que pretendía era retrasar nuestra inminente salida hacia algún lugar hasta entonces desconocido para mí.

La mamita Gema tampoco le quitó la vista de encima, hasta que rompió su desorientado deambular y le pidió con dulzura que se sentara a tomar una taza de té y comiera unas tostadas de pan recién untadas con margarina, que de paso disimulaban los nauseabundos olores emanados de los basurales aledaños y del pútrido barro acumulado en un laberinto de callejones, siempre inundados de negras charcas a lo largo y ancho de todo el campamento.

Puedo decir que, con el paso de los años, llegué a dominar mi sentido del olfato, logrando que esa o cualquier otra clase de pestilencia se me hiciera imperceptible. El autocontrol de los sentidos, a propósito de anularlos o activarlos según la situación, “es un mecanismo de alerta y defensa del subconsciente”, me explicaría un psicólogo años más tarde. Esa habilidad viene a ser casi un acto reflejo de quienes nacen en la marginalidad y pobreza más extrema. Confieso sin pudor que a veces hasta extrañaba la fetidez, sobre todo cuando salíamos a caminar con mis amigos y deambulábamos días enteros por esos barrios “jais”, inventando juegos de competencia como quién era el que contaba más autos estacionados en los antejardines o patios de las casonas y chalés. Claro que nos aburríamos muy pronto de jugar, porque el garaje que menos vehículos tenía contaba con tres o cuatro. El tema es que solo en un par de cuadras a la redonda eran demasiados los autos de todas las marcas, tamaños y colores que teníamos para contar, por lo que se nos confundían las cuentas y terminábamos peleando sin saber quién había sido el ganador.

El barrio alto, para nosotros, era un lugar fascinante donde fantaseábamos con cada nueva cosa que veíamos, imaginando ser ricos y famosos, en un lugar donde por unas horas podíamos disfrutar y tener contacto con el césped —que es como lo nombraban allí—, o podíamos, sin temores, echarnos una plácida siesta a la sombra de un frondoso árbol —que en el campamento no existían—. Aunque también nos parecía un lugar frío, infranqueable y extremo en todo sentido. Quizás la cara de otra pobreza o miseria no material, pero sí humana, idéntica a la que padece nuestra gente en solitario.

Capítulo II: Ya todo está decidido

Apenas pudo organizar el trayecto del viaje en su mente y reforzarlo en voz alta, la Eli dejó una pequeña cartera sobre la mesa. Se sentó más tranquila y decidida, aparentemente. La mamita Gema, que ya había servido los tres jarros con un exquisito té de hojas y canela, se acomodó también y le dirigió algunas palabras.

—Oiga, mi’ja. Si no quiere ir allá, no lo haga. Ya veremos cómo nos arreglamos. De algún modo saldremos adelante con los cuatro cobres que me dan de la pensión de tu papá.

Mi mamá, con la mirada baja y revolviendo un té caliente que se arremolinaba humeante dentro del jarrón de fierro enlozado, le dijo que lo había decidido y que, al final de cuentas, solo era cuestión de acostumbrarse, pero que igual le era inevitable sentir pena.

No sabía a qué se refería con lo de acostumbrarse, ni cuál sería el motivo de la tristeza que sentía, pero pensé que no era momento para entrar en detalles, aún menos si estas preocupaciones tenían que ver con las necesidades de todo tipo que pasábamos a diario que, por lo general, eran muchas.

—Usted sabrá, mi guachita —dijo la abuela—, pero eso sí, cambie esa carita que está como pa’ velorio. ¡Arriba ese ánimo, preciosa! ¿Cómo sabe si en una de esas le llega la suerte y se nos arregla la situación?

Cosa que, hasta ese momento, no había cambiado en absoluto. Muy por el contrario, nuestra pobreza pareció perpetuarse, sobre todo a partir del fallecimiento del tata Macario, ocurrido hacía bastantes años y sin que llegase a conocerlo.

La mamita Gema siempre tenía bien presente, con cierto orgullo, los días en que el fina’o tata sagradamente cumplía con llevar el sustento necesario para su familia.

—No nos faltaban los abarrotes para el mes, ni la teja de carne fresquita del matadero Franklin donde trabajó toda su vida como matarife. Nos alcanzaba hasta para convidar a las vecinas —recordaba con un tono casi presuntuoso. Luego proseguía su relato cambiando su semblante y timbre de voz a uno más quebradizo e inaudible.

—Lo malo era que, junto con las provisiones y otros embelecos, venía también su infaltable y generosa chuica de vino que no paraba de consumir por fines de semanas enteros, durante años. Hasta que, al final, ese maldito vicio y la parca le sirvieron la última copa de tinto para terminar, un día cualquiera, con su maltrecha vida; y de paso arrebatarnos el único sustento con que contábamos por aquel entonces.

Colmada de insufribles recuerdos, liberó un apretado suspiro cargado de dolor con el cual cerró su breve relato. Aunque no era quién para juzgar a mi abuelo, creía que debía estar bien donde estuviese. Bien engarrafado, seguramente, como le gustaba estar, según los dichos de mi abuela. Muy sincronizados y en silencio, dirigimos la miranda a la única —raída y amarillenta— foto enmarcada que colgaba de la pared, donde se veía al tata Macario junto a mi mamita Gema. Jovencitos ambos, haciendo un brindis en copas de cristal con motivo de su matrimonio religioso, allá por las tierras de San Fernando, un 23 de agosto de 1910.

El otro integrante de la familia que tampoco estaba y siguió —por desgracia— los mismos pasos del tata —en lo que al consumo de alcohol y al nefasto viaje sin retorno se refiere— fue el tío Favio, con “v”, igual al nombre artístico del famoso cantante argentino allá por las décadas de los sesenta y setenta.

—Tu tío Favio fue un palomilla incorregible —decía la mamita Gema—. Terco y aniñado. Apenas se veía con algunos escudos encima. Se rodeaba de rufianes y vivarachas que lo mandaban todo machuca‘o pa’la casa sin ni un veinte en los bolsillos. “Candil de la calle y oscuridad de la casa”, le decía cuando aparecía de vez en cuando a buscar ropa limpia, o bien para que le preparase un ajiaco o un caldo de pata que le matara el hambre y de paso le compusiera la caña. Sin embargo, el muy bribón no se daba ni por aludido y, así como llegaba, se iba, evitando encontrarse con su padre, porque si se cruzaban siempre quedaba la grande. No se podían ni ver y nunca supe por qué —terminó levantando sus cansados ojos al techo, como preguntándole a la ampolleta de cuarenta watts que parpadeaba colgada.

Así lo recordaba la mamita Gema, con todo ese sufrimiento acumulado y dolorosa resignación que solo una madre puede sentir cuando, al ver crecer a sus retoños, no llegan a retribuir en lo más mínimo todo el sacrificio y el amor que se ha ofrendado en ellos.

La Eli también me ha dicho que tiene pésimos recuerdos de mi tío, por lo desordenado, mal agradecido y su indolente manera de vivir, sin sentir la más mínima preocupación o aprecio por su madre, de quien siempre recibió atenciones y contención. Además, coincidió con una etapa muy complicada en su vida, donde él, lejos de ser un apoyo, resultó ser una amenaza y una carga, lo que siempre supo ser: un gran lastre para todos.

Teniendo este talante, qué otro desenlace se podía esperar de sus eternas juergas y peripecias, sino aquel que tuvo: morir bajo el funesto veredicto de su propia ley.