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Isaac es obligado a describir con puño y letras en una libre las muertes de seres bilógicos, tras haberle firmado con sangre un contrato al diablo. Luego de que fallase como escritor de ficción en su novela La Guerra de los dioses, donde Aristo, un gran guerrero que arriesgó su vida en caminos oscuros y tenebrosos, solo por salvar la vida de Alaia, la hija del rey Ziva de Afjania, la cual había sido herida de flecha con una maldición. A su vez, a Isaac se le fue otorgado el poder maligno de la escritura, dando muerte a todo aquel que se le pedía y convirtiéndolo en el escritor del diablo, hombre bien pagado y con mucho poder. Tan grande fue ese poder. Que no solo dio muerte. Sino que dio vida a dos demonios monstruosos: Kampl y Danielle…
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© H. J. Villanueva
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1068-663-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Prólogo
El libro Tinta de Sangre está basado en el verso de la biblia que dice: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida?» Mateo 16:26 DHHS94. Con sus treinta y dos capítulos que muestra la historia del escritor que vendió su alma y la historia de su libro La guerra de los dioses.
Convirtiéndose en una novela de ficción, trazada en una realidad marginal y contraria.
«Y me iré a un lugar oscuro y tenebroso, donde las visitas son escazas, tantas como la luz del sol, rodeada de aguas tenebrosas, compuesta por pestilencias y monstruo marinos capaces de acabar con la vida humana, allí moriré en paz, junto a mis demonios».
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¡Hey, hey! ¿Pero qué pasa, chavales? ¿Todo bien, todo correcto?
Y yo que me alegro.
Este no es un libro de Auronplay y tal vez lo hubiese pensado al ver esta mística y legendaria frase, pero sí que está dedicada a Raúl Álvarez Genes (AuronPlay)
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A Auronplay. Hoy tengo el honor de poderte dedicarte mi novela. A la espera de poderte entretener por unos minutos, sin poder pagar estos 6 años que llevo conociéndote. No creo que sea capaz de sacarte una carcajada, pero espero sacarte una sonrisa que es más valiosa.
Aún puedo sentir la adrenalina cuando te pedí el honor de dedicarte mi novela. Pero también llevo conmigo la alegría, y la sonrisa que me sacó tu respuesta.
Espero que te guste, y que también la bendiga. Porque fuiste, eres y siempre será mi ídolo, un icono, el tótem, la efigie, el talismán de muchos.
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Agradezco a mí familia, a personas como Berta, como Israel Santana, Coraima Ávila y grupo de personas que siempre creyeron en mí.
CAPÍTULO I MI VIDA
Podría afirmar que estoy completamente muerto, que no existo. ¡Llegaría a afirmar tantas cosas que no sé qué decir! Pero siento y pienso y esta es una de las razones de seguir existiendo, aunque a veces he llegado a pensar que sería mejor no haber nacido. Desafortunadamente, aquí estoy, objeción, jodidamente, aquí estoy. No fue mi decisión haber nacido, sino que alguien la tomó por mí, pero, al parecer, sí será decisión mía continuar viviendo esta inútil existencia. De igual modo, sé que no he tenido mucho tiempo de vida para estar quejándome tanto. Y no sé si llegaré a estar mucho tiempo en este mundo sensible y cruel que, a la vez, nos lastima y nos impide ser felices. Indecorosamente, creo que no. No es tan malo como pensamos, ya que nos permite vivir en él. Tal vez, algunas veces, se enoje entre tiempos, porque lo maltratamos a él. Y, en alguna que otra ocasión, lo que hace es defenderse de los daños que le causamos, así como lo haría cualquiera en este mundo.
A diario, me miro al espejo y me pregunto lo mismo una y otra vez, como si tuviese una grabadora que se activa a la misma hora de siempre, en el mismo lugar y repitiéndome la misma pregunta: en realidad, ¿me llamo Isaac? ¿Ese será mi nombre verdadero? ¿No será esta otra más de las tantas mentiras de la vida? Es lo que me pregunto todos los días cuando me miro al espejo, cuando estoy frente a mi reflejo. En el frío espejo, sin sentimiento alguno, que tan solo refleja lo malo y nos oculta lo bueno y que carece de la vista de mi interior, por incompetente. Tal vez, piensen que estoy loco, pero no. Mi padre nos abandonó a mi madre y a mí el día en que nací. Típico, ¿verdad? Como si fuésemos basura. Acababa de nacer cuando desapareció sin dejar rastro, como si fuese un fantasma. Sé que no soy ni el primero al que le ha pasado ni tampoco el último al que le sucederá.
Sin embargo, mi madre no tardó más que un año en encontrar a un buen hombre, trabajador, con aspecto de vendedor de autos y barba de vaquero, el cual se hizo cargo de ella, al igual que de mí, como si fuese su hijo biológico. Este hombre se unió a mi madre y trabajaron duro para que no me faltase nada en la vida, ni comida, ni ropa, ni una buena educación, por lo cual aprecio mucho a Bill. Él era una buena persona con todos, en especial conmigo. Para Bill, era gratificante el trabajar vendiendo coches de lujo con motores tan potentes y un torque increíble en la agencia de su hermano. Al parecer, le iba muy bien en su trabajo, ya que no dejaba de hablar siempre de lo que le pasaba, de los autos que vendía, de conocer a personas ricas y famosas que iban a comprar allí. Resultaba algo aburrido para muchos, hasta para mí, pues tan solo era un niño en aquel entonces. Sin embargo, yo lo veía como mi padre, al que siempre conocí por estar ahí, y a quien mi madre presentó como mi padre.
No obstante, un tiempo más tarde ocurrió algo inefable, algo que no pude digerir en ese mismo instante. Un día, mientras jugueteaba con mis amigos en casa, vi entrar a alguien cuando menos lo pensaba. Lo vi entrar por la puerta de mi casa. Estaba un poco ebrio, se bamboleaba de izquierda a derecha, como trompo de madera, algo fuera de su cabales, pero, aun así, entró a mi casa y, mirándome fijamente, me preguntó: «¿Sabes quién soy?». Yo alegué no saberlo porque, en realidad, no sabía nada de él. Para mí, tan solo era un completo extraño en mi casa. No obstante, eso no fue lo más grave, sino que la persona que yo pensaba que era mi padre —que, en realidad, no lo era y nunca lo fue— se encontraba en el mismo lugar. Yo no lograba entender lo que sucedía, era como estar en una pesadilla o en una de esas películas de terror basadas en uno de los libros de Stephen King. ¡Un extraño diciendo ser mi padre! Ciertamente era una pesadilla viviente.
Al momento, instaló una conversación conmigo, como si me conociera desde hacía muchos años. Y pronto se marchó por la misma puerta por la que entró. Un poco más tarde, por esa misma puerta, entro mi madre. Le narré lo que había pasado. Ella estaba más que sorprendida de lo que oía referente a aquel extraño, pero no era una sorpresa de desconcierto, sino de asombro. Aun así, le pregunté sobre aquella alegoría de mi padre. Ella la confirmó, dijo que era tan cierta como el calor del sol por las mañanas.
Pasaron los años como si fuesen segundos, mientras yo digería las cosas de la vida. Mi padre nunca volvió con mi madre, pero llevaba mi vida al mismo ritmo que iba, solo con la idea de que mi padre era otra persona, pero Bill no era tan malo. Me cayó bien el tipo. Lo único que no me gustaba de él era cuando ponía el noticiero del Canal 10, a diario, hasta que sentí temor por una noticia que presentaron cierto día de octubre sobre un chico que había asesinado a una niña. En la televisión, no dieron muchos detalles, pero al otro día me pude dar cuenta de los hechos en el periódico El País, donde el editor narraba la noticia del asesinato:
Asesinan a una niña mientras jugaba
Un chaval de doce años golpeó hasta morir a una niña de nueve mientras jugaba en un parque
El suceso ocurrió en el parque Chesterton, alrededor de las 16:30 de ayer. Fred Kampl, un adolescente de doce años, golpeó hasta morir a Katherine Weint, una niña de nueve años de edad, que paseaba de oeste a este en su bicicleta nueva. La madre de la víctima informa de que había comprado recientemente el juguete y había llevado al parque a su hija para estrenarla y poder disfrutar de un momento de paz. Sin embargo, afirma la madre que se encontraba a unos metros de distancia cuando vio a su hija caer al pavimento y fue entonces cuando fue atacada por el adolescente, que se le acercó y la agredió repetidas veces con una roca indestructible, hasta que desnucó a la niña. Cuando la madre llegó, ya era demasiado tarde, pues encontró a su hija ensangrentada y medio muerta y tan solo resistió unos cuarenta segundos con vida. Algunas personas se acercaron, al ver que la madre comenzó a agredir al adolescente, al cual dejó herido con la misma piedra con la que había matado a su hija. Después de los hechos, el adolescente fue encerrado en un centro psiquiátrico, ya que, según fuentes no oficiales, se afirma que el chico le estaba hablando a la niña mientras la veía agonizar. Un análisis previo dio a conocer a las autoridades que el muchacho sufría esquizofrenia.
Carlos Joe King
Esta noticia me desconcertó, porque había leído libros en los cuales se hablaba de que solo eran fantasías, pero, al leer el comunicado, sentí escalofríos. El pueblo se entristeció al escuchar esta noticia y la madre de esa niña nunca volvió a ser la misma. Pero la vida siguió. Yo crecía y crecía. En el colegio, era muy bueno. Disfrutaba de un récord increíble, sobre todo en Matemáticas. Tenía muchos amigos, los cuales se arrimaban a mí en los días de exámenes, aunque creo que toda mi vida dio un vuelco cuando en un hermoso día de septiembre, en que el sol se esmeraba con su fervor y su cálida luz, conocí a Susy Fisher. Jamás pensé que me enamoraría a esa edad, porque tan solo era un chico que estaba pasando su adolescencia. Además, no creía en el amor a primera vista y me di cuenta de que no era cierto, aunque qué iba a saber yo de amor, si tan solo era un muchacho al que no le interesaba mucho la vida. ¿Y qué saben los chicos del amor? Más puede saber el sol de la luna y la sed del agua o un libro de letras.
Susy Fisher era una chica excepcional, de piel lisa, cabello exuberante y eterna sonrisa, aunque poseía un encanto extraordinario que tan solo con verla desataba un mar de emociones.
No tenía muchas amigas, que digamos. Era algo así como antisocial para muchos o, al menos, eso es lo que siempre se murmuraba en los pasillos del colegio. Sin embargo, yo no pensaba lo mismo: ella sí traía un misterio consigo. Era un tanto rebelde en clase, así como en su casa, según decía su hermana pequeña, Carolina Fisher. No obstante, a pesar de ser rebelde, era inteligente como ninguna. Todavía no sé cómo hacía para pasar los exámenes si de ningún modo estudiaba, y tenía una de las mejores notas del colegio. Tal vez era muy buena forjando trampas o tal vez le sufragaba al profesor. En realidad, no sabía qué era, pero, cuando hablaba, se le notaba el intelecto que poseía, la facilidad de habla al explicar una investigación y la certeza con la que la expresaba. En ese punto, vi temblar a muchos, pero, a ella, nunca la vi titubear.
Parecía la hija del gobernador con un posgrado en Filosofía y Letras, a excepción de que su atuendo la delataba. Acostumbraba a usar unos vestidos de flores incrustadas, con unas botas barrocas de color marrón, un tanto grotescas para el vestido que usaba, que le quedaban de maravilla, como si fuesen mandadas hacer con las medidas específicas. Creo que era parte de su encantamiento, el cual creo que le excedía.
Recuerdo que, a cinco cuadras del colegio, había una gran librería, que se llamaba El Saber, justamente frente al destacamento de policía. A mí siempre me han gustado los libros, en especial, los de terror y de ficción, esas historias existentes en la mente humana que excitan la imaginación.
No olvido el día en que iba a salir el libro de Stephen King 22/11/63, que era mi escritor preferido. Ese día fui a la librería porque él estaría allá firmando su nuevo libro. Hice una fila de más de siete mil personas para poder comprarlo, así que tuve que esperar y esperar, hasta que llegara mi turno. Realmente fue agotador para mí aguardar todo ese tiempo, de pie, algo desesperante. Adquirí el libro y, en seguida, fui a ver a Stephen King para que me lo firmara. Iba rumbo a su mesa, muy deprisa, cuando de repente me choqué con la presencia de Susy Fisher, la chica que tenía el alma de acero y el corazón de cristal.
—Hola, soy Susy. ¿Vas para que te lo firmen? —preguntó ella con una linda sonrisa.
—Sí, pe-pe-pero ve tú primero, si quieres —le dije tartamudeando y para ser cortés y amable.
A ella le firmaron su libro y, antes de marcharse, me agradeció que la hubiera dejado pasar. No me lo podía creer. Mi corazón palpitaba como si tuviese diez cangrejos en una lata de aceite vacía, no sé por qué. Al fin, llegó mi turno. Le conté a Stephen King que era un fiel lector de sus obras: El resplandor, Carrie, La cúpula, Doctor Sueños y, mi favorito, Eso, entre otros… Él quedó impresionado al tener un lector como yo, que conocía sus historias y todas y cada una de sus novelas. ¡No me lo podía creer! Había cumplido uno de los deseos que tenía en mi lista antes de morir —ya que todos tenemos una lista de deseos que cumplir antes de morir, o es lo que yo creo—. Ya había cumplido uno de ellos, que era conocer a mi escritor favorito. Y no tan solo eso, sino que también nos tomamos una foto juntos, de la que presumí de inmediato en mis redes sociales.
Los años siguieron pasando como el viento, sin detenerse a tomar una siesta o algo por el estilo. Mi relación con Susy Fisher no era perfecta. Bueno, no le voy a mentir, no volví a hablar más con ella —parece que se volvió un fantasma— ni a saber de ella. Desfilaron días y años y no la pude ver otra vez. Incluso cuando llegué a la universidad, pensé que Susy, tal vez, iría a la misma que yo. Desafortunadamente, eso solo fue un pensamiento efímero, algún producto de mi imaginación que no se haría ni se hizo realidad. Pero, tiempo después del desencanto con Susy, coincidí con Angee Baker Watson, a quien conocí en la secundaria. Nos hicimos novios porque una tarde me pidió que hiciera su clase de física. No era el mejor del mundo, pero sí entendía los ejercicios y, desde ese instante, ella dijo que sería su novio. En ese momento, fue algo autoritaria y aún lo sigue siendo. Pasaron algunos años y entramos a la universidad. Fue entonces cuando pasó algo que nunca olvidaré en un día común y corriente. Bueno, eso creo, basado en el mismo y aburrido protocolo de la vida, por el cual pasamos todos: estudio, trabajo de escuela y para qué seguir contando, si ya muchos conocen estas historias y tal vez le parezcan algo aburridas. Pero ese día sucedió algo fuera de lo normal, algo que no me esperaba. Pareció un milagro en un día lluvioso, ya que ese día conocí a Carrie Smith Lee. No sé si será pecado mirarla como la miré. No me malinterprete, no la miré con cara de pedófilo ni nada por el estilo, pero sí puedo decir que fue de amor. Yo me dirigía a mi clase de Historia cuando, acercándose aquella hermosa chica, me preguntó dónde quedaba el aula 301 de historia. Ahí fue cuando todo cambió para mí: mi mundo, mis pensamientos. Para no parecer un tonto, le dije tartamudeando: «E-e-e-está… ahí-í-í enfrente, donde están esos chicos». Y ella, con una linda sonrisa, me dijo: «Gracias». Tal vez piense que estoy loco porque las sonrisas no hablan, pero estaba comenzando a pensar que sí se trataba de un milagro de la vida.
Mientras recorría los pasillos de la universidad rumbo al aula, me perdí en su hermoso cabello del color del oro, sintiendo cosas que jamás había sentido por una chica. Inmediatamente entré al aula. Tan solo quedaba un asiento, justo detrás de ella. El destino es lindo cuando nos trata bien, o eso es lo que pensamos. Sin embargo, allí estaba yo, con una satisfactoria sonrisa, caminando hacia las estrellas, pues tomé asiento y, en ese mismo momento, llegó el profesor. «¡Qué mala suerte!», grité en mi interior como un niño. Sin embargo, no podía dejar de pensar a qué olía aquel cabello dorado.
El profesor dijo en ese momento:
—Abran su libro en la página 15. Vamos a estudiar la historia del descubrimiento de América. Los que no tengan libro se pueden juntar con otro compañero.
A mí me aburrían esas historias, pero ella… ella las hizo interesantes. Tomé el libro de Historia y lo abrí en la página 15, tal como había pedido el profesor. De repente, ella volteó y dijo con una linda sonrisa:
—Hola, ¿cómo te llamas?
—Me llamo Isaac Griffin —respondí. Seguía pensando si era un pecado mirarla como la miraba, pero, de ser así, sería un santo pecado. Yo le pregunté cómo se llama, a lo que ella respondió:
—Mi nombre es Carrie —dijo. Tal vez se sintió muy confiada conmigo, cosa que no me molestó—. ¿Podría juntarme contigo para estudiar? —preguntó—. Es que soy nueva, no conozco a nadie y aún no he comprado el libro.
—Sí, claro, sería genial, ¡buena idea! —no le iba a decir que no y perder la oportunidad de hablarle.
—Gracias —contestó Carrie—. No sé si te molestaría enseñarme algunas aulas del recinto después de clases. Es que no conozco nada por acá y me sería buena una ayuda.
—Sí, sí, no hay problema —respondí—. Te enseñaré el plantel, para que no te vuelvas a perder.
—¡Gracias, eres muy lindo! —exclamó Carrie con su cara angelical.
De este modo, hicimos juntos la clase del profesor. Luego de que terminara la hora de Historia, la acompañé a su clase de Letras, en el otro lado, como a ocho aulas al norte de donde estábamos. Lo único que lamenté fue que no nos tocara juntos, pero yo tenía clase y tenía que irme, así que nos despedimos al llegar. Cuando salí de mi clase, corrí a ver si la veía, pero ya se había marchado. Salí como un niño que tuviera un nuevo juguete. No es que ella fuera un juguete para mí, pero sí estaba turbado por verla de nuevo. Mis emociones eran jóvenes, como la de un niño.
Al otro día, llegué a clases de Orientación y esta vez me tocó con alguien en particular: con Angee. Sé que no les he hablado lo bastante de Angee, pero ella es mi novia desde la secundaria. No era una relación perfecta, pero ahí íbamos, con alguna que otra pelea. Entre sus celos y su aburrimiento, existía yo.
Angee es la típica novia celosa: saludo a una amiga y me cela; saludo a una prima y me cela; saludo a mi hermana y también me cela; saludo a mi mamá… bueno, ahí no tanto, creo que se trae un convenio con ella. Pero así es Angee de celosa; es lo que hace de un infierno esta relación. ¿Y cómo la conocí? Esa, amigos, esa es una larga historia. Al principio, era algo pasable, pero ya se estaba volviendo insoportable el tema de los celos.
Al terminar la clase, indagué los pasillos de la universidad con la ilusión de poder encontrarme con aquella hermosa chica, a la cual no podía sacar de mi mente. No sé si fue su belleza la que me hipnotizó o si fue su actitud la que me atrapó. Su nombre cayó en el pozo sin fondo de mi mente, que resonaba a cada instante. Su imagen se hizo popular para mis ojos.
De repente, cuando menos lo esperaba, se me apareció Angee.
—Amor, ¿nos vamos a casa? ¿Amor? ¿Isaac? —dijo con cara de enojada.
—¿Eh? Dime, Angee —le respondí, medio perdido entres mis pensamientos.
—¿En qué rayos estás pensando, tarado? —preguntó.
—En la clase de Matemáticas. Es que pronto tengo un examen y sabes que no soy bueno en matemáticas.
Ella sabía que estaba mintiendo, pero no podía decirle en qué pensaba realmente. El suicidio nunca sería una opción.
—Humm… Bueno, vamos a casa, ya quiero salir de aquí —me dijo con una mirada suspicaz.
—Está bien, amor. Ya nos vamos.
Camino a casa, mientras conducía el auto de mi madre, me encontré con Carrie Smith Lee cruzando la calle Lincoln. De repente, me miró y saludó amablemente. Fue algo tan genial verla donde menos me lo esperaba… Como ya se estaba haciendo de costumbre, me quedé embelesado durante un minuto. Los conductores empezaron a tocar la bocina porque había cambiado el semáforo y yo no me movía. Angee, ni qué decir tiene, se enojó tanto que no dijo nada en ese mismo momento. Seguí conduciendo hasta casa de Angee. Para entonces, ya se había calmado un poco y dijo:
—¿Quién rayos es ella? —preguntó enojada. Vaya si estaba encolerizada…—. ¿Por qué la miraste de esa forma y te quedaste embelesado como un tonto? —interrogó con tono de enojo.
—Ella es una amiga, ¡tan solo una simple amiga! —le dije para ver si se calmaba, cosa que sabía que no haría.
—¿Amiga? ¡Amiga, tu abuela! Las amigas no se miran de esa forma. ¿O acaso piensas que soy estúpida? —volvió a preguntar, esta vez un poco más enojada.
—¡Mi amor, no! No creo que seas una estúpida, ni nada de eso. Solo me sorprendí porque hacía mucho que no la veía —me justifiqué para despistarla.
—¿Qué amor y amor? Llévame a mi casa —dijo mientras volteaba su rostro.
Así, la llevé hasta a su casa. Estaba tan irritada que ni se despidió, no dijo ni «muérete». Luego, me fui a casa y allá me encontré con Nori —es mi mejor amiga en todo el mundo—, que vive a una cuadra de mi casa y a la que conozco desde el preescolar. Nori acababa de llegar de Chile, en donde había estado de visita en casa de su madre.
—¡Hola, Isaac! ¡Uyyy! ¡Te extrañé tanto, tanto! Tenía muchas ganas de verte —dijo mientras me abrazaba fuertemente.
—Hola, Nori, qué sorpresa. Pensé que llegarías la próxima semana.
—Sí, pero quise darte una gran sorpresa y cambié mi vuelo.
—Sí que me sorprendiste, no lo puedo creer todavía. En realidad, no pensaba verte acá.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! Y cuéntame de ti, ¿cómo va con Angee? —dijo.
—Bueno… Qué bueno que estás aquí. ¿Podríamos ir a la habitación? —le pregunté—. No son temas para hablar en la sala. Estoy comenzando a pensar que estos cuadros están vivos y escuchan. —Eran unos cuadros como de la era de Hitler que había comprado mi madre.
—Sí, está bien, no hay ningún problema. Yo también pienso que están medio vivos, aunque estén atrapados.
—Bueno, Angee y yo… Angee y yo no andamos muy bien, que digamos. Estamos teniendo muchos problemas en estos últimos días.
—¿Qué ha pasado entre ustedes, Isaac? —me preguntó.
—Ya sabes cómo es ella de celosa y eso… Y creo que hoy la fregué. Creo que derramé la última gota del vaso. Con decirte que ni se despidió de mí…
—¿Por qué? ¿Pelearon? —preguntó.
—Sí, tuvimos una gran discusión; realmente, una de tantas que hemos tenido, aunque nunca habían sido tan serias como esta.
—A ver, ¿y por qué discutieron? —volvió a inquirir.
—Lo que sucedió fue que no hace mucho conocí a una chica increíble. Al verla, quedé hipnotizado. Ella es tan linda como simpática. No sé, me hizo sentir cosas que nunca había sentido…
—¿Y qué? ¿Te gusta ella? —me preguntó con un tono muy inquisitivo.
—Creo que sí, creo que me gusta demasiado. No sé qué pasa conmigo, no dejo de pensar en ella. Creo que estoy perdiendo la cabeza, pero, aun así, me siento feliz. Si tú la vieras, sabrías por qué estoy así.
—Entiendo, por eso se enojó Angee contigo.
—Sí y ahora no sé qué hacer, porque no sé si le gusto a Carrie y estoy con Angee.
—¿Y que sientes por Carrie? —dijo.
—Siento que ella es la persona correcta, aunque el momento sea el equivocado. No obstante, siento que estoy en medio del mar, sin rumbo y sin hogar.
—Bueno, Isaac, sabes que te apoyo en lo que sea. Eres mi mejor amigo y hacía mucho que no te veía así. Mi consejo es que descubras si le gustas a ella, sigue tu instinto, que viva por ti y no por otros. Tu destino lo harás solo tú y lo vivirás solo tú.
—Sí, eso haré. Cuando la vea, la invitaré a salir. Solo espero que diga que sí y que no tenga novio.
—¿No has investigado si tiene novio? —me preguntó.
—No. El otro día vi que andaba con un chico, pero no sé si será su novio. Solo espero que mis suposiciones sean erróneas.
—Bueno, Isaac, investiga eso.
—¡Sí, lo haré! —exclamé.
—Ya me tengo que ir, Isaac. Nos podemos ver después, que aún no he llegado a mi casa.
—Adiós, Nori. Gracias.
Luego, me fui a dormir, porque andaba cansado y tenía que levantarme tempano. Esa noche, Angee no me llamó ni me escribió y tampoco me contestó. Sabía que estaba muy enojada conmigo, así que no la molesté. Al otro día, me levanté pronto y fui a la universidad y allá me encontré con la chica más bella de toda la constelación, del cosmos, del espacio y de todos los planetas. Porque realmente era bella, era la chica más linda del recinto. Tal vez piensen que exagero, pero es que no la han visto.
CAPÍTULO II CONQUISTA Y DESAMOR
Por tanto, decidí inicial un plan de conquista para Carrie. Cuando una tarde me la encontré en la universidad, con un hermoso vestido, le tiré un halago y la invité a salir. Me miró con una espléndida sonrisa a los ojos y respondió que sí. Me sentí el hombre más afortunado de toda la historia humana, más afortunado que Romeo por el amor de Julieta. Luego, se despidió, porque iba tarde a su clase. Yo ya no tenía nada más que hacer, hasta que apareció Angee cuando menos me lo esperaba, casi en el momento en que hacía mi jugada de amor.
—¡Isaac Griffin, tenemos que hablar! ¡En este preciso momento!
Ese «tenemos que hablar» infunde un temor indescriptible. Me sentí como paloma en huracán, como una fogata bajo el mar. Ese «tenemos que hablar» no era bueno, que digamos. Y, en realidad, estaba claro.
Me pidió explicaciones de lo sucedido en aquella tarde cuando íbamos a casa, con lujos y detalles. Le expliqué quién era ella y cómo la había conocido, pero sus respuestas eran muy sugestivas y autoritarias. Y ahí empezó el «tú me dices y yo te digo». Así comenzaba siempre nuestra guerra cotidiana. Yo me armaba con adjetivos, mientras ella usaba verbos conjugados, trayendo al campo mis peores pecados, los más oscuros recuerdos de mis errores. Más bien, el lugar era todo un campo de batalla. Ya le había dicho todo lo que debía decirle, pero ella solo escuchaba mentiras en vez de verdades y cada uno defendió su utopía.
Pero, como siempre, todo terminó igual que como acostumbraba: basado en la misma monotonía y entre charlas y reproches, más reproches que otra cosa. Nos arreglamos y fuimos esta vez a su casa, donde estábamos solos, lo habitual, aunque ya no se veía como antes, ya que mi mente estaba enfocada en otra persona. Al llegar, subió a su habitación y se puso cómoda. Se puso el bóxer que tanto me gustaba. Bailó desenfrenadamente, como si nada le importara. Su pelo de balanceaba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, de arriba abajo, sin dirección, al igual que sus pechos, los cuales no eran muy pequeños. Pero esta vez lo quería ver en otra persona. Al cambiarse, se fue a la cocina y me preparó de comer un plato exquisito, con un poco de vino negro. Propuso un brindis por nuestro amor. Sé que, en el fondo, ella es tierna, pero, por más que nado, siempre llego al mismo lago de pelea.
Después de haber comido aquel rico platillo, me llevó a su habitación agarrado de la mano. Allí se desnudó, para tener un momento mágico. Sí que eran mágicos esos momentos, pero, después de haber conocido a Carrie, cambiaron: ella, como que lo disfrutó; para mí, no se sintió tan bien. Yo solo pensaba en otra chica, cosa que no debía hacer. Ese fue nuestro primer momento sin magia de nuestra vida. Luego, me fui a casa. Al llegar, fui a mi clóset y busqué mi mejor ropa para el día siguiente, pues me tocaba clase con Carrie y necesitaba impresionarla. Después, me fui a dormir.
Al día siguiente, como de costumbre, me levanté temprano y fui a clase. Y allí estaba, en el aula de Historia, y hasta me guardó un asiento a su lado. Parecía que le caía muy bien. Ingresé al aula, tomé asiento y saludé:
—Hola, Carrie, ¿cómo estás en el día de hoy? —pregunté con una linda sonrisa.
—Bien, Isaac, ¿y tú? ¿Cómo estás? —respondió con la sonrisa que siempre vi en ella.
—Bien, gracias por el asiento, pensé que no encontraría.
—De nada, es lo menos que podía hacer por alguien que me ha tratado tan bien como tú.
Todo iba muy bien, de maravilla, diría, hasta que llegó el profesor.
—Buenos días, alumnos. Abran su libro por la página 33.
¡Boom!
Se arruinó nuestra linda conversación, nuestro lindo momento. Estoy comenzando a pensar que el destino me quiere dar mi milagro, pero que la vida está celosa. Sin embargo, pensé que no debía termina ahí, así que le escribí por notas:
«Estás muy hermosa en el día de hoy, luces radiante, con tu pelo de oro».
«Tú también andas radiante, con esa camisa, que te queda tan linda. Diría que te hace más elegante».
«Gracias. ¿Saldremos esta tarde, entonces?», escribí.
«Sí. ¿Adónde iremos?», preguntó y sonrió.
«Sé de un lugar donde venden los mejores helados del mundo, bueno, no del mundo, pero sí son los mejores del país. También te enseñaré uno de los parques más exóticos».
«Bueno, suena bien. Ya quiero que llegue la tarde».
«No te imaginas cuánto lo deseo», pero este solo fue un pensamiento. Mi respuesta fue: «Yo también quiero. Bueno, dame tu dirección y yo paso por ti».
«Okay, aquí está mi número y mi dirección. Puedes pasar por mí a la tres, que te estaré esperando».
«Pues ahí estaré sin falta. A las tres, sin falta».
«¿Sin falta?».
«¡Sí! Sin falta estaré ahí».
Tan pronto acabó la clase del profesor Mackony, se despidió con una hermosa sonrisa y se marchó con paso lento, si bien yo la seguí sin que me viera, sigilosamente. Parecía un detective o un espía, bueno, eso quisiera yo, ser un espía como James Bond o como Austin Powers. Al fondo del estacionamiento, la esperaba un tipo alto y musculoso con aspecto de Arnold Schwarzenegger, muy diferente a mí, que a lo único que me podría parecer sería a Peter la Anguila, puesto que soy, más bien, flaco y desnutrido. Llegaron a mi mente un sinnúmero de dudas sobre quién era ella y qué era lo que ella estaba buscando en mí, pero no solo eso, sino que llegó Angee para revolver mi mente más de lo que ya estaba.
—Amor, ¿por qué no pasaste por mi clase a buscarme? —dijo mientras me abrazaba con fuerza.
Tuve que mentirle diciendo que olvidé algo en el auto y debía entregarlo al profesor antes de que se fuera y que, por esa razón, se me hizo tarde para ir a buscarla. Sé que la mentira no es el mejor método para solucionar las cosas, pero me funcionó de maravilla en los momentos de mayor necesidad, aunque creo que todos mentimos en algo o en algún momento.
—Ah, está bien, amor. ¿Qué tal si vamos a casa? —dijo ella.
No obstante, recordé que tenía planes para las tres en punto, así que me inventé otra excusa barata para poder librarme de ella y le dije que saldría con Patrick y Brian, a la dos y media. Ella lo aceptó de forma grata. No me lo podía creer, dos mentiras en menos de tres minutos, estaba rompiendo récord personal. Sin embargo, aun así, fuimos a casa y jugamos un rato, pero no a lo que están pensando. Tan pronto dieron las dos con veinte y cinco, me despedí, literalmente corrí al auto y conduje a casa para cambiarme de ropa. Entré tan rápido a casa que solo dije: «Hola, mamá; hola, papá». Corrí a mi habitación, me duché en un dos por tres, me cambié y estuve listo para las dos con cincuenta, justo a tiempo. Luego, salí tan rápido como entré: «Adiós, mamá; adiós, papá». Después, conduje hasta casa de Carrie. Allí estaba la chica más linda del vecindario. Me bajé del coche y me acerqué donde ella. Estaba muy hermosa con ese vestido de girasoles. La tomé de la mano y la acompañé hacia el coche, como debía ser. Me volví un caballero y le abrí la puerta. Al subirse, me miró y sonrió. Caminé a paso aligerado a mi asiento, un poco nervioso por tener a tan linda chica junto a mí.
Salimos de su casa y llegamos a la heladería. Ella se sintió impresionada. No porque fuera grande, sino por la decoración, basada en dibujos de historias épicas. ¡Sí que es impresionante el lugar!
Ordené un helado de caramelo y ella, de ron y pasas. Nos sentamos frente a una gran ventana acristalada, al este de la heladería. Me estaba exponiendo a que me vieran junto a ella, pero no pensaba en eso, así que entablamos conversación:
—A ver, cuéntame de ti. ¿Te gusta el teatro? —le pregunté para romper el hielo.
—No diría que me encanta, pero creo que es interesante la forma en que la gente se expresa. ¿Y a ti te gusta el teatro? —me preguntó, a su vez.
—Sí, me atrae el teatro y la escritura. Es con quien le pego cuerno a la libertad. La forma en que se puede expresar el arte es algo majestuoso.
—Ah, qué bien —alegó con una hermosa sonrisa, de esas que ella sabe poner—. Y, cuéntame, ¿cuál es tu canción favorita? —me preguntó.
—Bueno, diría que Paradise, de Coldplay.
—Ah, qué bien. Los he escuchado y es un grupo excelente, muy bueno, diría yo.
—Los mejores, en mi opinión. Me encantan, los amo. Me hacen bailar y sus letras son sinceras. Son magníficos. Sí, y hay otra canción suya que me encanta.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo se titula? —comenzó a preguntar.
—Se titula Hymn for the Weekend. De seguro que la has escuchado.
—Es muy linda esa canción, la he escuchado, sí, me gusta mucho.
—A mí me encanta. Su estructura y su sinfonía son perfectas. Además, son unos buenos compositores. Yo quisiera ser un gran compositor, como ellos, y no digo que escribir canciones sino historias que conecten, pero muchos creen que eso es patético.
—Creo que eso te hace especial, es mi teoría.
— ¿Tú crees? —inquirí.
—Sí, creo que eso te hace más especial y diferente a los demás.
—Gracias por afirmar esa teoría.
—Eres muy lindo. Y muy simpático.
—Tú también eres linda. Treparía por las nubes para susurrarle a la luna que hay alguien más bella que ella.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Qué lindo!
—¿Ya terminaste con tu helado?
—Sí, ¿por qué? —dijo.
—¿Qué tal si vamos al parque? —le pregunté.
—Sí, buena idea, así conozco bien los lugares de aquí.
—Pues caminemos, está tan solo a una escuadra.
—Sí, está bien.
Así pues, caminamos hacia el parque juntos, tomados de las manos. Ella reía a carcajadas por mis chistes malos y yo me perdía en su melódica risa. Llegamos al parque y, entonces, le formulé gran pregunta:
—¿Tienes novio?
—No —respondió ella.
—¿Y el chico con el que andabas el otro día? ¿No era tu novio? Porque pensé que sí.
—No, ese es mi hermano mayor, que acaba de llegar al país.
—Ah, okay. Pensé que sí, pero, al parecer, pensé mal.
— ¿Y cómo me viste? —preguntó.
—Bueno, me lo contaron…
—¿Te lo contaron? ¿Quién te lo contó? —preguntó.
