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Aquel hombre solitario había vuelto a su casa en busca de paz, no para pelearse con Celine Lomax, la pelirroja que había invadido su propiedad en las montañas de Wyoming. Pero ella insistía en reclamar su derecho a las tierras que creía que los Blaylock le habían robado a su familia gueneraciones atrás. Y cuanto más insistía en apropiarse de la rica herencia de Tyrell, más soñaba él con apropiarse de Celine. Porque sólo con un beso, supo que estaba destinado a introducir a aquella mujer en los placeres del amor… y en las alegrías del matrimonio.
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Seitenzahl: 154
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Lois Kleinsasser
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tipicamente masculino, n.º 936 - abril 2020
Título original: Typical Male
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-121-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
–Lo que me faltaba, una mujer –murmuró Tyrell, observando a la joven que ascendía por el camino con paso firme y decidido.
Seis meses antes, Tyrell Blaylock era un poderoso ejecutivo de Nueva York, pero en aquel momento sólo era un hombre en busca de paz. Se había retirado a su cabaña en las montañas Rocosas de Wyoming para no ver a nadie, ni siquiera a su familia.
Tyrell se secó el sudor de la frente con el antebrazo y volvió a levantar el hacha para seguir con su tarea. Lo relajaba cortar leña, lo ayudaba a ordenar sus pensamientos.
Primer golpe, tenía que serenar su temperamento salvaje, segundo golpe, tenía que encontrar a quien había propagado los escandalosos rumores sobre él. Alguien que había estado investigando sobre su trabajo, sus tarjetas de crédito, sus cuentas en el banco, sus facturas de teléfono. Tercer golpe… el hacha se clavó en el tronco del árbol, casi partiéndolo por la mitad, volver a casa era parte del plan para poner sus ideas en orden.
Un halcón sobrevolaba el cielo cargado de nubes buscando una presa, mientras Tyrell volvía a levantar el hacha, sin dejar de observar a la mujer que se acercaba a su escondite. Las mujeres siempre habían querido algo de él, dinero, seguridad, posición social. Y, una vez, él también había querido eso. Pero ya no. Sólo quería tranquilidad. La mirada de Tyrell se deslizó hasta el pequeño pueblo en el valle, rodeado de verdes prados. Su abuelo, Micah Blaylock, había sido el primer habitante del pueblo, al que había bautizado con el nombre de Jasmine. Y, desde entonces, el apellido Blaylock era el más respetado de la zona. El más joven de siete hermanos, Tyrell había vuelto a Jasmine para buscar lo que había dejado atrás. Durante años, su único objetivo había sido convertirse en un gran ejecutivo y lo había logrado. Él había convertido la empresa Mason, una pequeña empresa de transportes, en una gran compañía internacional, propietaria de otras pequeñas empresas filiales con variados intereses, pero había pagado un alto precio por ello. Había estado alejado de sus raíces durante demasiado tiempo.
La vieja cabaña de su abuelo era su refugio y reconstruirla era justo lo que necesitaba.
Pero no había sido fácil volver y enfrentarse con sus remordimientos. Nunca podría olvidar la última llamada de su padre. Debería haber vuelto a casa entonces, pero estaba demasiado ocupado ganando dinero.
Poco después, sus padres habían muerto en un accidente de tráfico y Tyrell se preguntaba si algún día podría quitarse aquel peso del corazón.
Estaban a mediados de mayo y pronto los capullos se convertirían en rosas y nuevas hojas crecerían en los árboles, pero todo a su alrededor parecía cargado de tristeza.
Tyrell paró un momento para respirar el aire fresco de la mañana y volvió a fijarse en la mujer que, inasequible al desaliento, seguía avanzando por la pendiente.
La mujer, vestida con un jersey rojo y pantalones cortos color caqui, cruzaba el riachuelo en aquel momento y se fijó en sus botas de montaña y en las estilizadas piernas.
Estaba harto de mujeres, no quería saber nada de ellas. Hillary Mason había dejado una cicatriz en su corazón. Su ex novia, la hija de su jefe, no había sido el amor de su vida, pero sí un buen apoyo para escalar puestos en su carrera profesional, algo de lo que siempre se arrepentiría. Y, después de una relación de cinco años, Tyrell había esperado que creyera en su palabra. Pero se había equivocado.
Alguien había intentado deliberadamente sabotear su carrera, propagando sucios rumores sobre su vida privada. Incluso había enviado una carta a Mason insinuando que había vendido la lista de clientes a una empresa competidora.
Melvin Mason, un hombre frívolo, celoso de la juventud y el atractivo de Tyrell, había empezado a desconfiar de su director general y, de repente, había decidido que quería controlar la empresa personalmente.
Después de hacerle ganar millones, Tyrell esperaba que su futuro suegro y jefe durante diez años confiara en él, pero Mason había creído lo que más le convenía y, sin esperar, sin hacer preguntas, había decidido prescindir de sus servicios.
Un error por su parte. Cuando los clientes de Tyrell se enteraron de que iba a abandonar la empresa, cancelaron todos sus contratos.
Al principio, cuando empezaron los rumores sobre su escandalosa vida privada, Tyrell no les había dado importancia; tenía suficiente con controlar los intentos de Mason para apartarlo de la empresa. Pero una semana antes de que lo echara de su despacho, su instinto le había dicho que algo iba a ocurrir. Tyrell empezó entonces a destruir lo que le había costado diez años levantar. El último día, tocando una sola tecla de su ordenador, el daño que le había hecho a Mason era irreparable.
Descendiente de apaches y conquistadores españoles, Tyrell sabía cómo pelear. Había dejado la empresa Mason sólo en la cáscara, igual que la había encontrado diez años atrás. Después, se había marchado, asqueado por el estilo de vida que una vez había deseado con todas sus fuerzas.
Para olvidarlo todo había vuelto a Jasmine, Wyoming, y a su familia, los Blaylock. Había intentado olvidar su decepción y su rabia y reconstruir su vida.
No quería interrupciones, ni visitas, pensaba mirando a la mujer que iba a invadir su territorio. Ella se había sentado sobre un tronco y se estaba quitando la gorra. Una mata de rizos pelirrojos se desparramó entonces, brillando bajo el frío sol de la montaña.
La mujer sacó algo de la mochila y se sentó a descansar tranquilamente.
Cuando empezara a llover, aquella pelirroja cambiaría de opinión y desharía el camino, pensaba Tyrell. Y entonces él podría recuperar la tranquilidad…
–Quiero que me vea llegar –murmuraba para sí misma Celine Lomax. Después de todo un año intentando destruir la carrera de Tyrell Blaylock, estaba dispuesta también a quitarle sus tierras. Había gastado todos sus ahorros intentando recuperar lo que, según su abuelo, les pertenecía. La obsesión de Cutter Lomax habían sido aquellas tierras arrebatadas por los Blaylock y Celine había construido su vida y su carrera sobre esa creencia. Se había hecho topógrafa para vengar a su abuelo.
Y el mimado hijo pequeño de los Blaylock era su objetivo.
Durante años había trabajado duramente y había ahorrado cada céntimo para financiar su venganza contra los Blaylock y su amigo Boone Llewlyn.
En ese momento, empezaba a llover y Celine movió los hombros, doloridos por el peso de la mochila en la que llevaba todas sus posesiones. Después de pagar las facturas de su padre y su abuelo, apenas le había quedado nada. Pero le daba igual. Había crecido escuchando: «Hay que hundir a los Blaylock» y eso era lo que se disponía a hacer.
La lluvia empapaba su ropa y Celine respiró el aire fresco y limpio. Le gustaba estar al aire libre. La marcha a buen paso y su decidido propósito hacían que se olvidara del frío.
Estaba en medio del camino de hierba cuando lo vio.
A pesar de la cortina de lluvia, pudo reconocer al menor de los Blaylock. Tenía el aspecto de un predador, con los ojos negros, la mandíbula cuadrada y una boca que parecía esculpida. Sin camisa, con unos gastados pantalones vaqueros y una cinta roja en la frente, parecía un salvaje.
Su abuelo decía que los Blaylock tenían el aspecto de sus ancestros apaches y españoles, que eran una familia de piel y cabello oscuros, musculosos y fuertes. Decía que podría reconocerlos por sus ojos españoles, ojos expresivos y oscuros. Y, en ese momento, aquel hombre alto y fuerte la estaba observando.
Sin que él lo supiera, ella lo había observado seis meses atrás, en Nueva York, pero entonces iba vestido con un traje de diseño italiano. No había esperado contemplar el oscuro pecho desnudo ni sus largos y poderosos brazos. Todos los músculos de su cuerpo parecían en tensión mientras se dirigía hacia ella. Celine parpadeó. Aquel cuerpo no había sido trabajado en un gimnasio, aquellos músculos eran fruto del trabajo duro. Ella lo sabía muy bien. Con los pantalones vaqueros y la cinta roja en la cabeza, parecía salido de un retrato del salvaje Oeste. Y el largo cuchillo que llevaba en la cintura era una clara amenaza.
Cuando se colocó a su lado, Celine tuvo que disimular un escalofrío. Con los mocasines clavados en la tierra, las poderosas piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho, tenía un aspecto imponente. Tyrell Blaylock era un gigante comparado con su metro sesenta y cinco de estatura. Y no había nada amistoso en sus ojos negros. Quizá había ido demasiado lejos, pensaba Celine… pero no podía dejarse amedrentar. Había luchado mucho para destruirlo.
–Lo mejor será que nos ahorremos formalidades. Soy Celine Lomax y tú eres Tyrell Blaylock, antiguo ejecutivo de la empresa Mason –dijo, mirándolo a los ojos. Tyrell levantó las cejas, sorprendido–. Veo que reconoces el apellido. Cutter Lomax era mi abuelo y he venido a recuperar lo que le pertenecía. No te preocupes. No intento quitarte todas tus tierras, pero sí las que legalmente pertenecían a mi abuelo. Habrás oído hablar de Cutter Lomax, supongo.
–¿Cómo te enteraste de que trabajaba para Mason? –preguntó él, mirándola de arriba abajo. Sus palabras eran cortantes, profundas y llenas de advertencia.
Celine levantó la barbilla. No iba a ser fácil, pero conseguiría recuperar las tierras que aquel arrogante salvaje creía suyas. Su abuelo y su padre habían muerto amargados, sin conseguir arrebatarle a aquella familia lo que legalmente les pertenecía. El alcohol y el odio contra los Blaylock habían sido su tumba.
Y Celine había heredado su sed de venganza. Había llegado hasta allí y pensaba decir lo que había esperado decir durante tanto tiempo.
–Te estás lamiendo las heridas, Blaylock, y he sido yo quien te las ha causado. No volverás a comprar ni vender acciones. No volverás a hundir pequeñas empresas para unirlas al imperio Mason. Pero es posible que puedas trabajar en una de ellas como botones, o como chico de los recados –dijo, con todo el odio que guardaba en su interior–. Vamos a ver, recuerdo una pequeña empresa de transportes que, con tu cerebro calculador, se convirtió en una compañía internacional. Pero, poco a poco, el jefe se dio cuenta de que tenías demasiado control, que sabías demasiado y que eras una amenaza para él…
–Lomax –advirtió Tyrell, con los dientes apretados.
–Mi empresa me envió a hacer el estudio topográfico de unos terrenos que pertenecían a Mason, en Montana. Y entonces descubrí que trabajabas para él. Blaylock, el apellido que mi abuelo odiaba con todas sus fuerzas. Mi abuelo murió arruinado, igual que mi padre. Deberían haber tenido una vida decente, pero gracias a vosotros no pudieron tenerla.
–¿Tú eres la mujer que le dijo a mi ex… a Hillary Mason que estabas embarazada y que yo era el padre? –preguntó Tyrell. Su voz era grave, profunda, cargada de tensión. Celine sonrió. Su plan había funcionado–. ¿Eres tú quien envió una carta a Melvin Mason diciendo que yo le había vendido la lista de clientes a una empresa de la competencia?
–Estoy muy orgullosa de esa carta. Charlando con algunos de tus empleados me enteré de que Mason estaba celoso de ti y se me ocurrió la idea.
–Y también eres la mujer de la peluca rubia que le preguntó a Hillary dónde estaba mi oficina porque yo había llamado a una agencia de contactos –murmuró él, deslizando la mirada por el cuerpo atlético de la mujer.
–Sí. Tenía un par de días de vacaciones –sonrió Celine, irónica–. Tu ex novia se quedó helada. Especialmente cuando le dije que todas mis compañeras de la agencia de contactos te conocían.
–¿Cómo conseguiste información sobre mí? –su voz sonaba como un látigo cortando el aire.
–Tu secretaria es una mujer encantadora –contestó ella, irónica–. Un día nos encontramos en el cuarto de baño de tu oficina. Ese día yo iba disfrazada de señora de limpieza con problemas familiares y, charlando, charlando, la pobre me dio todo tipo de detalles sin darse cuenta –explicó. A Celine casi le daba vergüenza haberla sonsacado, pero lo único importante para ella era hundir a Tyrell Blaylock.
–¿Por qué me cuentas todo eso ahora? ¿No te das cuenta de que podría demandarte por arruinar mi carrera con falsos rumores?
–Estaba esperando que dijeras eso, pero no creo que hagas nada –replicó Celine–. Estoy segura de que intentarás proteger a tu familia y tu reputación… o lo que queda de ella. No querrás que nadie sepa que los Blaylock son unos ladrones de tierras.
–Volvamos al principio, Lomax. ¿Por qué yo? Tengo muchos hermanos.
–Tú eres el más pequeño de los Blaylock. El preferido de todos. Tú, con tus trajes italianos y tu aire de seguridad. Una vez te vi en Nueva York, con aquel repugnante aspecto de niño mimado –contestó ella–. Quería arruinar la vida de un Blaylock, como vosotros habíais hecho con la vida de mi abuelo y mi padre. Y lo he conseguido.
Celine dijo aquello con toda la rabia que había guardado dentro de sí durante años. Mientras Tyrell Blaylock había tenido una vida fácil y cómoda, ella se había visto obligada a ganar cada céntimo con el sudor de su frente. Había conseguido estudiar en la universidad a base de becas deportivas, mientras trabajaba para cuidar de su abuelo y de su padre. Ellos eran todo lo que tenía. Su madre los había abandonado cuando Celine tenía un año y su infancia había sido muy desgraciada. En realidad, no recordaba haber sido feliz un sólo día de su vida. Sus relaciones amorosas se limitaban a algún doloroso y humillante escarceo sexual en el asiento trasero de un coche.
Celine estudió el cuerpo alto y atlético del hombre que tenía frente a ella. Para un hombre con el aspecto de Tyrell todo habría sido fácil, incluso el sexo.
–Esto podría terminar ahora mismo con una llamada a la policía, pero no voy a hacerlo, Lomax. Voy a disfrutar viendo la expresión de tu cara cuando te enteres de que estas tierras siempre le han pertenecido a los Blaylock –sonrió Tyrell con frialdad, alargando la mano para rozar la cara de la joven.
Celine sintió un escalofrío. Tyrell Blaylock la estaba diseccionando con los ojos y tuvo que respirar profundamente. No podía dejarse amilanar por la mirada oscura que se clavaba en sus ojos. Nunca la habían mirado de aquella manera… los hombres la consideraban uno del grupo, un trabajador más. Y no le gustaba nada la media sonrisa de Tyrell Blaylock; él no la estaba tomando en serio. Pero tendría que hacerlo cuando consiguiera las pruebas necesarias para arrebatarle sus tierras.
–Sólo tienes treinta y siete años, Blaylock. Puedes rehacer tu vida… –sonrió, irónica–. Cuando te vi en Nueva York, parecías dispuesto a comerte el mundo. Y entonces supe que había elegido bien. Hice algunas averiguaciones y descubrí que habías conseguido becas en la universidad y que eras brillante en ciencias y matemáticas. Un chico muy listo. Ah, por cierto, esa cinta en la frente es un toque ideal. Un ejecutivo jugando a los apaches, vaya, vaya…
–Gracias –sonrió Tyrell. Pero la sonrisa era helada–. Te saco dos cabezas, estás en mi montaña y te atreves a venir a amenazarme… vaya, vaya. Veo que tú no eres muy lista. Supongo que también fuiste tú quien dejó un mensaje en la empresa diciendo que me esperabas en un sucio motel y que no olvidara llevar la ropa de cuero, ¿verdad? ¿No te parece un poquito exagerado?
Celine parpadeó inocentemente.
–¿Yo hice eso? Qué tonta. Y sobre lo de mi tamaño…
–Es inversamente proporcional al tamaño de tu boca –la interrumpió él–. Pero vas a necesitar mucho más que amenazas para quitarnos las tierras, Lomax. No sé de dónde has sacado que mi familia se las arrebató a tu abuelo.
–Él me lo contó –contestó ella, levantando la barbilla.
–¿Sólo por eso?
–Es suficiente para mí. Mi abuelo me contó la historia miles de veces. Él tenía el mejor rancho de la zona, pero tu abuelo y Boone Llewlyn se pusieron de acuerdo para quitárselo. Lo acusaron de haber vallado un terreno que no le pertenecía y no dejaron de acosarlo hasta que el juez lo envió a la cárcel. Pero el juez estaba comprado. De ese modo conseguisteis las tierras –explicó, con los dientes apretados–. Yo soy topógrafa, Blaylock, y muy buena. Sé cómo leer unas escrituras y enterarme de la verdad. Si una valla se hubiera movido, yo lo sabría. Si alguien hubiera movido una piedra hace cincuenta años, yo lo sabría –añadió. Sus ojos verdes relampagueaban–. Y soy especialmente buena descubriendo escrituras falsificadas. Elegí mi carrera con eso en mente. Mi objetivo es arruinar a los Blaylock.
Celine se obligó a sí misma a no retroceder cuando Tyrell le quitó la gorra para acariciar sus rizos. No se dejaría intimidar.
–A ver si lo entiendo –murmuró Tyrell–. Has dedicado tu vida a probar que tu abuelo decía la verdad.
Él estaba jugando con su pelo, enredándolo entre sus dedos, como si fuera una niña. Y si había algo que la sacara de quicio era que un hombre jugara con ella, que no la tomara en serio.
–Cutter Lomax no me mentiría –dijo Celine, apartándose–. Alguien movió las vallas. ¡Tu abuelo envió a la cárcel a un hombre inocente para robarle sus tierras!
La mirada perezosa de Tyrell se deslizaba por su cuerpo y Celine odiaba lo que aquella mirada la hacía sentir.
–Lo estás diciendo en serio, ¿no? Quieres reabrir un pleito que tuvo lugar cincuenta años atrás. Quieres venganza.
–Exactamente.
