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Álex es una intrépida fotoperiodista dispuesta a pasar unos días de vacaciones en París. Durante su viaje en tren coincide con uno de los artistas más deseados del momento, Tristán Lago, que también viaja hacia La Ciudad de la Luz a presentar su nuevo disco. Álex aborrece a las estrellas del pop, pero pronto descubre que Tristán es mucho más de lo que aparenta en las revistas para quinceañeras. Mientras el tren recorre veloz su trayecto, la reportera y el cantante disfrutan de un inesperado juego de seducción que tiene su última parada en la ciudad más romántica del mundo. A partir de aquí, tú decides cómo quieres que siga la historia. Podrás ir descubriendo las distintas posibilidades que se ofrecen según tus decisiones y siguiendo tus propios impulsos. Elige tu propio camino y descubre todas las historias escondidas…
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Seitenzahl: 525
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015, 2022, Mª Carmen Latorre
© 2015, 2022, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tocando el cielo, n.º 2 - marzo 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-1105-761-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Descubre los diferentes finales
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Capítulo 85
Capítulo 86
Capítulo 87
Capítulo 88
Capítulo 89
Capítulo 90
Capítulo 91
Capítulo 92
Capítulo 93
Capítulo 94
Capítulo 95
Capítulo 96
Capítulo 97
Capítulo 98
Capítulo 99
Capítulo 100
Capítulo 101
Capítulo 102
Capítulo 103
Capítulo 104
Capítulo 105
Capítulo 106
Capítulo 107
Capítulo 108
Capítulo 109
Capítulo 110
Capítulo 111
Capítulo 112
Capítulo 113
Capítulo 114
Capítulo 115
Capítulo 116
Capítulo 117
Capítulo 118
Capítulo 119
Capítulo 120
Capítulo 121
Capítulo 122
Capítulo 123
Capítulo 124
Capítulo 125
Capítulo 126
Capítulo 127
Capítulo 128
Capítulo 129
Capítulo 130
Capítulo 131
Capítulo 132
Capítulo 133
Capítulo 134
Capítulo 135
Capítulo 136
Capítulo 137
Capítulo 138
Capítulo 139
Capítulo 140
Capítulo 141
Capítulo 142
Harlequin erótica interactiva
El libro que vas a leer cuenta una historia que puede transformarse en muchas diferentes, en función de tus elecciones. En algunas páginas deberás tomar decisiones que marcarán el desarrollo del argumento y te llevarán a distintos tipos de conclusiones. Cada librojuego tiene su propia combinación de escenas y finales. En el caso de Tocando el cielo podrás optar a 7 finales distintos:
• El final favorito de la autora
• El final romántico
• Cuatro finales buenos
• Un final especial
¿Te atreves a encontrarlos todos? Tendrás que atreverte a probar cosas que hasta ahora no habías imaginado…
… ¿Y serás capaz de encontrar los contenidos secretos?
Tocando el cielo tiene cuatro escenas secretas y un final secreto, muy especial. Para encontrar estos contenidos deberás usar tu astucia… y prestar atención a los números.
Llego tarde, como siempre. Y esta vez, el tren que voy a coger rumbo a París, no va a esperarme. Por suerte, esta mañana me he decidido por un look cómodo: All Star negras, shorts tejanos ligeramente desgastados y camiseta blanca estampada, holgada y con escote generoso, que deja al descubierto mi hombro derecho. Un conjunto que dice a gritos «¡Hoy empiezo por fin mis vacaciones!» y que resulta perfecto para sobrellevar mi habitual impuntualidad.
Son las ocho menos diez de la tarde y tengo la sensación de que me he pasado el día corriendo arriba y abajo. Me quito las gafas de sol al entrar en la barcelonesa Estación de Francia, saco el billete que he impreso esta mañana en el trabajo y compruebo la hora de salida en la pantalla cerca de las vías. El tren ya está estacionado en la tres y amenaza haciendo sonidos metálicos con ponerse en marcha de un momento a otro. Apenas tengo cinco minutos para embarcar. Corro, arrastrando la maleta de mano más rápido de lo que sus pequeñas ruedas pueden procesar, mientras sujeto con la mano libre mi Canon EOS 5D. Dentro del enorme bolso que llevo cruzado, noto como dan vueltas mi kit de maquillaje de primeros auxilios, mi monedero y la acreditación a mi nombre, Alexandra Nell, como fotoperiodista de la revista juvenil Bambina.
Entro en el primer vagón, intentando coger algo de aire. El revisor me mira divertido. No sé qué le divierte tanto, si mi cara roja como un tomate, mi ropa sudada o mi falta de aliento. En cualquier caso se ríe más aún cuando le enseño mi billete y me advierte de que me he equivocado, que esa no es la clase turista, que tengo que ir hasta el último vagón. Y de que no puedo pasar por el interior del tren, porque el siguiente vagón, el Gran Clase, está cerrado. Que tendré que bajarme e ir por el andén. ¿Será posible? Sin duda este hombre me ha visto joven, en forma y me va a hacer sudar la camiseta. Sin tiempo para discutir, vuelvo al andén. ¡Me quedan solo un par de minutos! Me coloco las gafas de sol en la cabeza a modo de diadema, me recojo la larga melena rubia y rizada y me preparo para un esprín final. Pero enseguida aparecen más problemas: un grupo de adolescentes desatadas, con pancartas y fotografías, se amontona ruidosamente frente al siguiente vagón, el de Gran Clase. Empiezo a sudar aún más, ya no solo por el esfuerzo y el calor de julio, sino por el cabreo que me produce la idea de llegar a perder el tren por culpa de unas hormonas mal llevadas. Veo que entre ellas y el tren hay dos hombres vestidos de negro, altos y musculosos, con pinganillos en las orejas. No me hace falta recurrir a mi experiencia como fotoperiodista, (por otra parte, a mis veinticuatro aún un poco escasa, hace solo un par de años que acabé la carrera de periodismo y aún estoy formándome como fotógrafa), para darme cuenta de que son la seguridad de algún famosete. Me acerco un poco más al grupo y oigo como las chicas corean un nombre: «Triiiistáaan, Triiiistáaan.» Entre eso y las fotografías que llevan no hay lugar a dudas, se trata del cantante del momento: Tristán Lago. ¡Con lo que odio yo a los cantantes de moda de turno! Decido que ya pensaré en eso luego, ahora, ¡tengo que subirme a este tren y llegar al último vagón como sea! Pero, ¿cómo?
• Luchando contra las fans y recorriendo todo el andén en un último esfuerzo titánico. ¡Ánimo Álex, que tú puedes! (Ve a "2").
• Subiéndome otra vez al primer vagón e intentando llegar por dentro (ve a "3").
Cuanto más tiempo tardo en decidir qué hacer, menos tiempo tengo para hacerlo, así que armándome de valor busco un camino para pasar entre las fans histéricas que gritan como posesas. En cuanto me meto en el barullo comprendo lo desacertado de mi idea. Sufro por la cámara y la protejo como puedo de los empujones de tanta loca de remate. ¡Dejadme pasar, por favor!
Grito sin demasiado éxito, hasta que una de ellas se da cuenta de que estoy allí y se me pone en medio.
—¡Oye, tía, no te cueles! ¡Qué fuerte! ¡Ey, esta tía está intentando colarse!
Al momento, decenas de fans se agolpan en torno a mí y me siento más apretujada todavía. Me están inmovilizando en medio de una locura que amenaza con dejarme sin aliento del todo.
—¡Tengo que subir al tren, idiotas! ¡Soy una pasajera del tren!
Grito desesperada. Ellas por supuesto no me hacen ni caso, pero el jaleo alerta a uno de los seguratas que se acerca hasta donde estoy, justo antes de que me sienta desmayar por la falta de aire.
—Ayúdeme, soy pasajera del tren tengo que subir al tren…
Le digo con un hilo de voz, mostrándole mi billete. Él aparta a las chicas y subimos por la puerta de Gran Clase. Justo en ese momento, la locomotora se queja una última vez y el tren cierra sus puertas. El segurata me sienta en el suelo del vagón y me pregunta si estoy bien. Y yo solo puedo asentir con la cabeza antes de desmayarme.
Cuando recobro el sentido, estoy tumbada en una litera increíblemente cómoda. Pienso en lo genial que es la clase turista hasta que recuerdo lo ocurrido: me desmayé en el vagón de Gran Clase y cabe la posibilidad de que aún siga en él. Aún no es del todo de noche y pese a que no hay ninguna luz encendida puedo ver perfectamente el compartimento. En el suelo, frente a mí, están mi maleta, mi cámara y mi bolso… pero también hay una funda de guitarra, una maleta marrón enorme y un par de baúles negros, de esos que llevan los técnicos de sonido y los músicos. Tengo un escalofrío y me incorporo en la cama, aún mareada. Un hormigueo me recorre la sien, cierro los ojos esperando a que pase. Y entonces oigo gente hablando fuera del compartimento. Me levanto, cojo mis cosas y abro la puerta. En el pasillo hay una luz encendida y dos seguratas que se callan cuando salgo. Me miran de arriba abajo. ¿Qué le ha dado a todo el mundo por mirarme hoy así? Agacho la cabeza e intento pasar entre ellos.
—¿Ya te encuentras mejor? —me preguntan.
—Sí, gracias —digo sin levantar la vista.
—¿Quieres que te ayudemos con eso?
Niego con la cabeza y con un movimiento rápido tiro de mi maleta. Mala idea, al instante siento un calambre en el brazo que me recuerda que necesito azúcar con urgencia.
—No, gracias. Muchas gracias por todo. Quizás vaya a comer algo.
Asienten con la cabeza ante mi respuesta y, con la mejor sonrisa que puedo esbozar, paso entre ellos y me dirijo al bar.
Cuando planifiqué mis vacaciones en París, aparte de asistir al seminario de fotografía de retrato de Eolo Pérfido, no tuve en cuenta ningún extra como que comería algo en el tren, pero la salud es lo primero. Así que pienso en tomarme el mejor bocadillo de jamón que puedan venderme.
Paso por la clase preferente y el restaurante, donde están en pleno turno de cenas, y voy al bar. Son casi las nueve de la noche y solo hay una persona en la barra. Un hombre alto, atlético, de unos treinta y pocos, de pelo castaño, un poco largo. Está pensativo, tomando lo que parece una cerveza negra y escribiendo compulsivamente en una pequeña moleskine. Es el guapísimo y exitoso Tristán Lago.
Ni siquiera ha levantado la vista cuando he entrado, creo que ni se ha dado cuenta. En ese momento me suena el teléfono, es mi jefa. ¡Dios, qué pesada!, ahora mismo no tengo ganas de hablar con ella así que lo pongo en silencio y lo guardo en mi bolsillo. Me siento en el otro extremo de la barra y apoyo las manos sobre el mostrador. Miro de reojo a Tristán. Teniendo en cuenta que he estado desmayada en la que seguramente era su litera, ¿no debería decirle algo? ¿O quizás debería hacerme la tonta y esperar a que él levante la vista y me vea?
Mi teléfono vibra, tengo un mensaje de mi jefa: «Tristán Lago está en tu tren. Ya sabes lo que te toca.» Hago una mueca de disgusto, ¿no se supone que estoy de vacaciones? Además, ¿cómo se supone que voy a hacerlo? ¿Cómo voy a abordarle, sin más, y decirle que me conceda una entrevista y además una sesión de fotos? No me gustaría que pensara que soy una de esas periodistas pesadas, que no descansan nunca, que no respetan la intimidad de los famosos
Observo su perfil pensativo. Parece un tópico pero gana en persona. Esos pantalones tejanos ajustados, esa camiseta blanca con rayas azul marino que se pega tan bien a sus anchos hombros, las All Star desgastadas, parecidas a las mías incluso desde esta distancia noto que es increíblemente magnético y atractivo, y por una vez no me da ninguna vergüenza admitir que me encanta el ídolo del momento.
• ¿Por qué esperar? Iniciaré yo la conversación (ve a "6").
• No quiero molestarle. Esperaré a ver si se da cuenta de que le estoy repasando con la mirada (ve a "7").
No hay tiempo. Y no me importa lo que me haya dicho el revisor, es mi única oportunidad. La barrera de fans es, a todas luces, infranqueable y a mí ya no me quedan demasiadas fuerzas, así que decido emplearlas en driblar al revisor, cruzar el vagón de las butacas reclinables, el de Gran Clase, el de cafetería y restaurante y llegar por fin a mi vagón, la clase turista.
Cojo la maleta y me la cuelgo en la espalda por dos asas que tiene en la parte trasera, me cruzo la cámara por el pecho hacia la derecha, el bolso hacia la izquierda y observo al revisor por el interior del vagón. Tiene la cabeza agachada y mira no sé qué. Pienso en cómo hacerlo y finalmente decido que, como diría mi mejor amiga Daniela: la mejor manera de hacer algo que no deberías hacer es hacerlo de una vez.
Subo rápidamente los dos escalones justo en el momento en que se oye la señal acústica y las puertas se cierran y corro entre las butacas reclinables hasta la puerta del fondo, la que comunica con el siguiente vagón. No escucho al revisor cuando me ordena que me detenga e intento abrirla. Para mi sorpresa, enseguida cede y entro en el vagón de Gran Clase. Corro por el pasillo intentando no atascarme con la maleta, sin mirar atrás. Sé que el revisor aún me persigue porque le oigo gritarme que pare, pero estoy a punto de alcanzar la puerta del fondo y siento que gracias a la adrenalina de la carrera nadie puede pararme. Pero estoy equivocada, los gritos del revisor han hecho que uno de los seguratas que antes vi en el andén salga de uno de los compartimentos del tren y bloquee el pasillo. También asoma otra cabeza curiosa, que reconozco enseguida: Tristán Lago. ¡Realmente estaba en el tren! Me mira con sus ojos increíblemente azules, levantando mucho las cejas, como si no acabara de creerse lo que ve. ¿Qué pasa, es que nunca ha visto a una chica con pinta de haber corrido la maratón de Nueva York en un cuarto de hora? El segurata no se mueve del pasillo y sé que tengo que inventarme algo.
—¡Tristán Lago! ¡Aaaahhh!
Grito corriendo hacia él. Quiero simular que soy una de las fans locas que vi en el andén y ¿qué haría una fan en este caso? ¡Lanzarse a su cuello, está claro!, así que eso es lo que hago. Consigo rodear su cuello con mis brazos pero entonces una parte de mi plan se trunca: no contaba con la electricidad, la que recorre mi cuerpo cuando me roza la cintura y me mira fijamente a los ojos. Ahora entiendo por qué tanto revuelo, este hombre de poco más de treinta años, además de tener un cuerpo de escándalo, unos brazos fornidos y unos labios para comérselos, tiene algo magnético, algo que se nota con tan solo estar a su lado. Nuestro encuentro dura un segundo, quizás menos, pero una descarga me recorre de los pies a la cabeza. El segurata hace entonces su trabajo e intenta sujetarme por un brazo, apartarme de Tristán, y yo doy un paso atrás y hago una nueva finta con la que consigo superarle. Satisfecha de mí misma y de los casi diez años como delantera en el equipo de fútbol de mi barrio, dedico una sonrisa al revisor, al segurata y sobre todo a Tristán Lago que, por su mirada, aún está procesando lo que acaba de pasar, y entro en el siguiente vagón.
Más tranquila, y tras comprobar que no me siguen, cruzo la clase preferente, el restaurante y el bar y busco mi compartimento.
Con la certeza de que he batido el récord en recorrer el tren de una punta a la otra, me deshago de todo mi equipaje y me tomo un segundo para tumbarme en la cama. Parece que en el compartimento no hay nadie más que yo, así que me pongo cómoda e intento procesar esta última media hora de prisas y de emociones.
• Tengo una sed… Creo que voy a ir a la cafetería (ve a "4").
• Necesito, antes que nada, arreglarme. Voy a asearme un poco (ve a "5").
Aún con algo de miedo en el cuerpo, por si me encuentro con el revisor, cojo mi monedero y mi móvil y voy a la cafetería. Es casi la hora de la cena y se nota porque al entrar solo veo a una persona en la barra: Tristán Lago.
Un escalofrío me recorre la nuca y eriza mi vello rubio al recordar sus ojos claros en los míos. Cierro la puerta y justo cuando voy a sentarme en uno de los taburetes me suena el teléfono, ¡mierda, es mi jefa! ¿No se ha enterado aún de que estoy de vacaciones? Sé que es una pesada y que si no lo cojo ahora no parará hasta que pueda hablar conmigo, así que descuelgo sin dejar que suene demasiado.
—Alexandra, ¿estás en el tren nocturno?
—Pues sí, de camino a mis más que bien merecidas vacaciones.
Tristán, que hasta el momento parecía distraído anotando cosas en una moleskine de tapas oscuras, levanta la vista al oír mi voz. ¿Le habré molestado?
—¡Perfecto! Oye quiero que me averigües si en ese tren viaja también el cantante Tristán Lago, ¿sabes quién es?
—Sí y sí.
¡Por supuesto que está en el tren y por supuesto que sé quién es! Es el hombre que, con una sonrisilla en los labios, parece querer desnudarme ahora mismo con sus penetrantes ojos azules. Al pensarlo me pongo nerviosa y no puedo evitar enroscarme el pelo de la nuca entre los dedos, un gesto inconsciente que me delata por completo. ¿Cómo estaría él sin esos tejanos desgastados, que tan bien se adaptan a su trasero y esa camiseta blanca de rayas azul marino?
—¿Le has visto?
—Sí.
—Alexandra, tienes que conseguirme algo por favor, ¿crees que podrías sacarle alguna fotografía?
—Sí.
—Y si me consigues una entrevista te doblo las vacaciones.
—¿Solo eso?
—Está bien, y te pago las horas extras.
—No sé.
—Alexandra, no tientes a la suerte.
—Está bien, está bien. Veré qué puedo hacer teniendo en cuenta que estoy en mi tiempo de vacaciones.
—Vale, vale… En cuanto tengas algo me lo mandas. Lo estaré esperando. ¡Ciao!
Cuelgo el teléfono y por fin me siento frente a la barra. No me atrevo a mirarle, noto aún sus ojos clavados en mí. ¿Cómo se supone que tengo que conseguir una entrevista con él si ni siquiera puedo hablarle directamente? Quizás, ahora que vuelve a estar enfrascado en sus cosas…
• Está bien, iniciaré yo la conversación (ve a "6").
En el mismo compartimento de clase turista hay un pequeño lavamanos y decido asearme y peinarme un poco allí mismo. No tengo ganas de recorrer el tren buscando un baño completo, estoy cansada, así que me quito la camiseta, el sujetador y los tejanos, los guardo en la bolsa de la ropa sucia para el viaje que llevo en la maleta, y saco un vestido claro de algodón ligero que me hará las veces de camisón. Agacho la cabeza y calmo algo de mi sed en el chorrito de agua, después me mojo la cara, los brazos, los pechos… Saco gel y una pequeña esponja de viaje y me froto la piel con ella. Esto es lo que mi abuela materna llamaba lavarse como los gatos, y quizás sea la primera vez que lo hago en mi vida. Realmente no es tan malo como pensaba. El olor del gel, el frescor del agua cierro los ojos y lo primero que veo son los ojos de Tristán Lago, azules, profundos pienso en lo bien que le va el apellido. ¿Será el suyo de verdad? Mientras estoy refrescándome, casi desnuda de no ser por mis braguitas, alguien toca a la puerta del compartimento. ¿Será el revisor? Busco rápidamente mi toalla en la maleta y me cubro, me acerco a la puerta y apoyo el oído en ella.
—¿Quién es?
—Seguridad del tren, ¿puede abrir por favor?
—¿Puede esperar un momento?
—Abra la puerta o la abriremos nosotros.
Tanta rudeza me asusta. Pero por otra parte, si es la seguridad del tren, podría ser comprensible. Agarro aún más fuerte mi toalla y abro la puerta. ¿Seguridad del tren? Le reconozco, es uno de los seguratas de Tristán Lago. ¿Qué hace aquí?
—Señorita, la estaba buscando.
—¿Necesitan comprobar mi billete?
—Me han pedido que le entregue esto. Tenga.
Con una sonrisa me entrega un sobre blanco alargado, tamaño carta. La solapa no está pegada, solo metida dentro del mismo sobre, así que lo abro con facilidad. Dentro hay una foto de Tristán Lago en una clara pose seductora y firmada. «Con cariño, Tristán.» Observo cómo se refleja la luz en su superficie: ni siquiera está firmada a mano, ¡la firma forma parte de la imagen! Fotografías como esta son las que se regalan a las fans en las puertas de las firmas de discos. Hay millones iguales. ¿Eso ha creído que soy? ¿Una más de su masa de fans enloquecidas?
—Espere un momento, por favor —le pido al segurata.
Voy hasta mi maleta, busco uno de mis últimos juguetes, mi Polaroid Z2300 y un rotulador permanente de color negro. A la poca luz del atardecer me hago yo misma una fotografía intentando imitar su mueca de divo, espero a que se revele y escribo en letras mayúsculas: «¿Cariño? Eso es porque no me conoce. Álex.»
La meto dentro del sobre, junto a la fotografía que me ha enviado, lo cierro con saliva y se lo devuelvo al segurata.
—¿Puede entregárselo a su jefe?
—Descuide. Buenas noches.
—Buenas noches a usted también.
Satisfecha conmigo misma termino de secarme y busco algo de ropa interior que ponerme. Tristán Lago es sin duda alguien muy pagado de sí mismo, desagradable, creído, seguramente altivo Me pongo el vestido de algodón claro, me suelto el pelo, y justo cuando me estoy quitando las zapatillas vuelven a llamar a la puerta. No puedo evitar una sonrisa y abro enseguida. ¿Me habrá enviado una respuesta? Me quedo de piedra: el mismo Tristán está de pie en el pasillo, iluminado por el sol dorado del atardecer que le hace parecer un ángel, o más bien un demonio, y con mi fotografía en la mano. Supongo que se da cuenta del estado catatónico en el que estoy porque me dice:
—Una chica que me envía una fotografía suya, llevando solo una toalla y con este mensaje no he podido resistirme a conocerte. ¿Me dejas que te invite a cenar?
¡Oh, Dios! Y ahora, ¿qué hago?
• Está bien (ve a "10").
• Yo no ceno con engreídos (ve a "11").
—Perdona, ¿sabes si va a tardar mucho el camarero?
Madre mía, aún no me lo creo, ¡he conseguido hablarle mirándole directamente a los ojos!
—Pues no lo sé, la verdad —él despega los ojos de la libreta, me mira y sonríe—. Hace un momento estaba aquí.
Esa sonrisa pícara creo que me ha reconocido y está claro que ha decidido seguirme el juego. Mejor, me siento más cómoda haciendo como si esta fuera la primera vez que nos vemos, y como si él no fuera quién es.
—Gracias.
—No hay de qué.
Silencio incómodo. Qué nervios. No puedo mirarle, no puedo. Un olor que reconocería en cualquier parte me llega desde donde está Tristán, es Bleu de Chanel. No puede ser, ¡mi fragancia de hombre favorita!, ahora sí que sí, siento que me desarmo entera.
—Parece que necesitas hidratarte urgentemente. ¿Quieres mi cerveza? Yo me pediré otra.
Con un movimiento rápido desliza su cerveza hasta mi mano. Luego se inclina hacia el otro lado de la barra, agarra una copa, abre la nevera y coge una para él. La abre en el borde la barra, se la sirve y le da un trago. Me quedo de piedra, ni que estuviera en su propia casa… Me mira. Hay diversión en sus ojos. Le doy entonces un trago a la cerveza que me ha pasado y la escupo enseguida en la misma copa. Con cara de disgusto la deslizo para devolvérsela.
—Está caliente como un meado de caballo.
Parece sorprendido, pero su sonrisa es aún mayor. Y yo que pensaba que ya no podría estar más guapo, me equivocaba Pero soy yo la que se sorprende aún más cuando él recoge la copa y le da un trago. La sola idea de que pose sus labios donde yo he posado los míos, de que mi saliva entre en su boca, en su cuerpo mis dedos se enredan nerviosos en un fino bucle que nace de mi nuca.
—Tienes razón, perdona. Supongo que perdí la noción del tiempo y la cerveza se calentó.
Coge la moleskine que hay frente a él en la barra y se la guarda en el bolsillo trasero de sus tejanos.
—No pretendía darte a beber meado de caballo. ¿Qué te apetece?
—¿Vas a cogerlo tú del otro lado de la barra o vamos a esperar al camarero?
No sé si me ha oído, porque ya está otra vez con el cuerpo sobre la barra, cogiendo lo que se le antoja del otro lado. Me sirve con gran habilidad una cerveza como la suya, coge su copa y la mía y se me acerca. Siento que el corazón me late más fuerte, esto no me lo esperaba. Mi fingida seguridad en mí misma puede desmoronarse teniéndole tan cerca.
—¿Así está mejor?
Pruebo un trago y asiento con la cabeza. Él sonríe satisfecho.
—Me alegro. Soy Tristán Lago, compositor y cantante —dice tendiéndome la mano.
—Yo soy Álex —dudo un momento si decirle mi profesión y al final lo hago—, fotoperiodista.
—¿Fotoperiodista?
—De la revista Bambina.
—Vaya, encantado.
¡Oh, no!, ahora sí que me ha desarmado del todo. Me da la mano pero se me acerca y roza su mejilla contra la mía en dos castos besos que me provocan la taquicardia de mi vida. Su piel es suave y huele maravillosamente bien, seguramente todo lo contrario que yo, que me he pasado medio día corriendo. ¡Dios mío, qué vergüenza!
Tristán levanta la pierna para sentarse en el taburete que hay a mi lado y entonces se le cae la moleskine. Rápida, me agacho y la cojo. Mi instinto periodístico se dispara, ¿debería abrirla y cotillearla un poco, inocentemente, como quién no quiere la cosa? ¿O debería devolvérsela sin más?
• Aprovecho la ocasión. ¡Tengo curiosidad! (Ve a "8").
• Se la devuelvo. No quiero que piense que soy una fisgona (ve a "9").
—¿Ya estás mejor?
Habla sin levantar la vista de la pequeña libreta en la que parece anotar algo muy importante. Aunque no puede verme asiento con la cabeza; en cuanto caigo en ello respondo que sí con voz tímida.
—Bien. No me gustaría que se filtrara que he tenido a una joven atractiva desmayada en mi litera. Podrían pensar que me he aprovechado de ella…
Sonríe, quizás pensando en lo disparatado de la idea. ¿Joven atractiva? Noto cómo me pongo colorada por momentos. Me tiemblan las piernas cuando levanta la vista y me sonríe con una sonrisa a todas luces estudiada pero altamente efectiva. No puedo evitar corresponderle con una sonrisa típica de fan derretida. ¡Por favor Álex, compórtate!, me digo a mí misma, que no se dé cuenta de que puede ejercer su atractivo sobre ti como se le antoje. Pero ya es demasiado tarde.
—Quizás deberíamos presentarnos. Me llamo Tristán, aunque seguramente ya lo sabes, ¿no?
Vaya, está muy seguro de sí mismo. Reprimo las momentáneas ganas de fingir que no sé quién es y le respondo.
—Me llamo Álex. Alexandra. Encantada.
Le extiendo la mano y él la encaja con firmeza, más de la que esperaba.
—Encantado, Alexandra. Un nombre bonito.
Vuelve un momento a su libreta y lo apunta en la esquina inferior de una de las páginas. ¿Por qué lo habrá hecho?
—¿Qué haces?
Al momento me arrepiento de la pregunta, seguro que me ha hecho parecer una fisgona. Él me mira un poco sorprendido, luego mira la libreta, mi nombre escrito en ella.
—Estoy buscando inspiración. ¿Has escuchado Amanecer en tu cuerpo, Rabia contenida o Buscándote, de mi último disco?
Me ha pillado. Yo no escucho a Tristán Lago, su música no me interesa en absoluto. Es demasiado pop para mis gustos rockeros. Me pongo roja como un tomate y me acaricio la nuca en un gesto nervioso. ¿Qué le digo? ¿Perdona pero yo soy más de Kings of Leon?
—No importa, mira. —Vuelvo a respirar—. Esas canciones las escribí hace ya unos años, cuando aún no era famoso e iba cada día en tren a trabajar. Las compuse con una facilidad casi mágica. Así que cuando me siento a componer y no sale nada, siempre vuelvo al tren.
Vaya, tomo nota de esta revelación, una manía de estrella que seguro será del agrado de mi jefa.
—Perdona si te ha molestado que escribiera tu nombre en mi libreta de inspiración.
—No me ha molestado, solo me ha parecido un poco raro. Por eso te preguntaba, yo… no quiero parecer una fisgona…
—No te preocupes, no pasa nada. No es como si fueras una periodista y me hicieras una entrevista, ¿verdad?
¡Madre mía! Ahora sí que siento que no puedo respirar. ¿Por qué ha dicho eso? ¿Acaso lo sabe? ¿Sabe que trabajo para una revista? Me empieza a correr un sudor frío por todo el cuerpo. ¿Qué hago? ¿Le explico que soy fotoperiodista o me callo?
• Se lo digo, sinceridad ante todo (ve a "12").
• No se lo digo (ve a "13").
Así que esta libreta hace que pierda la noción del tiempo demasiado tentador tenerla entre las manos y no echarle una pequeña ojeada. Fingiendo inocente curiosidad tiro de la goma que mantiene cerradas la portada y la contraportada y la abro por donde descansa la cinta marca páginas de color morado.
Para mi sorpresa, Tristán no hace ademán de quitármela, al contrario, me mira con curiosidad. La libreta está llena de palabras garabateadas, de dibujos, de signos de tablatura es sin duda la libreta de un compositor. Vaya, y eso que decían que sólo era una cara bonita que ponía un poco de voz, un producto de su discográfica, alguien efímero como los había miles. Pienso en que esto es algo que podría interesarle a mi jefa si es que me decido a contárselo…
—Es mi libreta de inspiración.
—¿Estás intentando escribir tu nuevo éxito en el tren?
—Sí. Viajar en tren siempre me ha inspirado. He escrito muchas de mis canciones en el tren. ¿Te sorprende?
La verdad es que ni siquiera pensaba que alguien como él pudiera escribir sus propios éxitos, así que la sorpresa en mi rostro debe ser mayúscula. Pero está claro que no puedo decirle eso.
—No, la inspiración suele venir cuando menos te lo esperas.
Consigo salvar la situación con una frase hecha. Él sonríe y alarga la mano. Le devuelvo la libreta. La mira y la deja abierta sobre la barra.
—¿Podría cantarte algo y me dices qué te parece?
¿A mí? ¿Una rockera empedernida que no entiende nada de su tipo de música pop?
—Claro.
Contesto con una sonrisa y al segundo me regaño a mí misma, ¿qué estás haciendo? ¿Qué le dirás cuando te pregunte qué te ha parecido? ¿Cómo disimularás que no te ha gustado en absoluto, sin ofenderle? Cruzo las manos sobre mis rodillas y me siento aún más recta en el taburete. Estoy preparada.
Tristán cierra la mano en un puño y empieza a marcar un ritmo en la barra con los nudillos. Cierra los ojos, se concentra y en un momento entra en una especie de éxtasis. Me doy cuenta de que no puedo dejar de mirarle. Ese ritmo también se me está metiendo dentro, me palpita en el pecho, me llena los pulmones. De pronto un escalofrío: su voz, dulce y ronca, grave, vuela sobre la percusión directamente hasta mis vísceras.
No quise llevarte conmigo
Porque afuera el día era negro,
Preferí dejarte en nuestra cama
En el cielo azul de tus sueños.
Si no nos dejan ser lo que somos,
Si menosprecian nuestros deseos,
Seamos nosotros quienes decidamos
Seamos siempre nuestros propios dueños.
Tengo la carne de gallina. Su voz, su increíble voz me recorre entera. La siento debajo de mi piel, en todas las partes de mi cuerpo. Es sensual, masculina, y a la vez suena triste. Realmente me encanta oírle sin más acompañamiento que esos golpes en la barra. Solo puedo decir «guau».
—¿Te ha gustado?
Su pregunta me baja de la nube a la que me ha subido su voz. ¿Es que no se me debe de ver en la cara? Noto que no puedo dejar de sonreír.
—Bien, bien —dice satisfecho—. Creo que podría ir por aquí pero no sé ¿te gustaría ayudarme?
• ¡Por supuesto! Lo estoy deseando (ve a "14").
• ¿Yo? No tengo ni idea de música. Creo que paso (ve a "11").
—Toma.
—Gracias —dice, y vuelve a guardársela en el bolsillo trasero—. No sé qué haría si la perdiera.
¡Después de esa frase suya aún me muero más de curiosidad por saber qué hay en esa libreta! No puedo apartar la vista de ella. Se ha encendido mi olfato periodístico y va a ser difícil apagarlo. Se hace un silencio entre los dos. Noto la mirada de Tristán sobre mí.
—¿Crees en las casualidades?
Me dice de pronto. Le observo, además de atractivo, guapo, seductor, famoso, con talento y dinero, se ha mostrado conmigo desde el principio como una persona amigable, cercana, como si me conociera de toda la vida. ¿Por qué?
—No. Creo que no.
—Yo tampoco. Por eso creo que tú tienes mucho que ver con el contenido de la libreta que tanto miras. Porque no me estás mirando solo el culo ¿verdad?
Me pilló. Él sonríe triunfal y le da un trago a su cerveza. Me pongo roja como un tomate. ¿Yo tengo algo que ver con él? ¿Cómo?
Me giro y bebo de mi cerveza. Está amarga y tiene un punto final que recuerda al regaliz. Deliciosa.
—Toma. —Tristán me pasa la libreta—. Mírala.
Me muero por hacerlo y la impaciencia me puede, ¡casi se me cae de las manos! Dios mío, esto podría ser un material buenísimo para complementar una posible entrevista si pudiera hacerle una entrevista…
En la libreta, con una letra desordenada, hay escritos cientos de versos. También hay dibujos, fotografías grapadas, tickets de tren, de metro, entradas anotaciones horarias un batiburrillo de cosas.
—Es como mi diario, pero sobre todo es mi libreta de inspiración. Estoy en pleno proceso de composición de mi nuevo disco y creí que este viaje en tren me ayudaría. Pero estaba totalmente estancado hasta que irrumpiste de manera tan original. Hace un rato he escrito algunos versos, ¿quieres leerlos?
—¿De verdad? ¿Así que soy algo así como tu musa del tren?
Sonríe y pasa las páginas, me muestra una llena de garabatos incomprensibles.
—Algo así.
¡Vaya! Acaba de darme un subidón de autoestima. Sonrío y meto la nariz entre las hojas de la libreta. Hago ver que entiendo lo que pone. Para ser músico tiene letra de médico.
—He estado pensando también una melodía. ¿Te gustaría escucharla ahora?
—¡Claro!
—Aunque —Tristán mira por la ventana, parece que acaba de darse cuenta de que ya es noche cerrada—. ¿No es ya la hora de cenar? ¿No tienes hambre?
Antes de que me dé tiempo a responder se levanta y se dirige a la puerta del vagón restaurante. Oh, no, con esto no contaba. Yo quería un simple bocadillo, no tengo dinero para más. ¿Y el camarero? ¿Dónde diablos está cuando se le necesita?
—¿Vienes?
—Yo…
—No te preocupes. Yo invito.
¿Qué él invita? ¿Y yo quiero que me invite?
• ¡Por supuesto! Cenar con un hombre como él no pasa todos los días (ve a "10").
• No sé, pero algo me dice que no debería (ve a "11").
Sin duda me merezco una cena de primera clase para reponer las fuerzas del día. Además, como detalle casi sin importancia, está él: Tristán Lago. Uno de los hombres más deseados del país, sentado en la silla de enfrente.
—Está bien.
Paso delante de él y me sigue hasta el vagón restaurante. Cuando entramos, enseguida se nos acerca una camarera con la mejor de sus sonrisas. Nos lleva a una mesa para cuatro, en el fondo del vagón, junto a una ventana y nos pregunta por las bebidas.
—Yo tomaré agua, gracias.
Le digo sin mirar la carta.
—Tráiganos también una botella de vino.
La camarera lo anota, vuelve a sonreír y sale corriendo como si tuviera una escoba metida por el culo. Me dan ganas de preguntarle a Tristán si la gente siempre es tan solícita con sus deseos, pero eso quizás haría que la cena empezara con mal pie. Acepto la carta que me tiende y repaso los platos. Veamos, realmente no son nada del otro mundo: de primero a elegir entre tortilla francesa, ensalada con queso de cabra, salmorejo y cecina. Y de segundo, entrecot, solomillo, salmón o canelones. ¿Voy a cenar con Tristán Lago y me voy a comer una tortilla francesa y unos canelones? Una langosta con caviar y champagne sería más adecuado. En fin, cuando vuelve la camarera pido:
—Tortilla francesa y salmón, por favor.
—Lo mismo para mí.
Pide él. Miro por la ventana, intentando esquivar su mirada directa, penetrante. No sé por dónde debemos estar pasando ahora. Está todo muy oscuro, yo diría que estamos atravesando campo. Quién me iba a decir a mí que esta noche estaría esquivando miradas.
—Álex. —¿Por qué ha dicho así mi nombre, como si cada letra se hubiera deslizado sobre un trozo de terciopelo hasta llegar a mis oídos?—. ¿Qué vas a hacer en París?
—Voy a asistir a un seminario sobre fotografía de retrato, pero con una variante más artística. Aprovechando las vacaciones.
—¿Ah, sí? Algo en ti me decía que tenías un alma artística. ¿Los retratos son lo que más te gusta fotografiar?
—Sí.
Llega la camarera con las bebidas. Tristán abre el vino y nos sirve a ambos. Mi parte fotoperiodista intenta aprovechar el momento y tantear ahora la posibilidad de conseguir algunas fotos suyas. Sin duda mi jefa estaría muy contenta.
—Podrías dejarme que te hiciera alguno.
—No lo sé, no soy demasiado fotogénico. Pero quién sabe, quizás más tarde… favor por favor.
Llegan las tortillas, van acompañadas de ensalada y unos bollos de pan perfectamente tostados. ¿Favor por favor? ¿Qué ha querido decir con eso? ¿Qué clase de favor quiere que le haga? Bebo un largo sorbo de vino. Por suerte la iluminación es escasa en el vagón, solo una pequeña luz adosada a la pared, sobre la mesa, si no habría visto cómo me sonrojo solo de pensar en las posibilidades.
—Me inspiras, Álex. No sé, tu presencia, tu mirada, la forma en que tu pelo cae sobre tu frente Ahora mismo tengo una melodía danzándome en la cabeza. Ha empezado desde que nos hemos sentado y te he visto mirar por la ventana. Parecía que observabas algo que no estaba en este mundo. Y si no fuera porque quiero disfrutar de esta cena contigo, y conocerte mejor, me iría corriendo a mi compartimento, cogería la guitarra y no pararía hasta haber escrito la canción completa.
—Vaya cosas dices, sin duda eres un poeta.
—Un poeta que anda muy necesitado de una musa. Y que cree haberla encontrado.
La camarera retira los platos del primero y trae el segundo: salmón a la plancha con arroz y verduras. Pienso en si seré capaz de comérmelo después de lo que Tristán me acaba de decir a mí, una absoluta desconocida.
—Entonces…
—Entonces te propongo un trato.
—¿Qué tipo de trato?
—Ayúdame durante esta noche. Inspírame. Y a cambio, si es lo que quieres, me dejaré hacer las fotografías que se te antojen. ¿Te parece?
—¿Esta noche?
—Sí.
Estoy realmente cansada y lo que mi cuerpo me pide de verdad es tumbarme en la litera y bajarme del mundo hasta mañana. Pero por otra parte siento que es algo que no debo dejar escapar.
• No podría aunque quisiera, mi cuerpo está demasiado cansado (ve a "16").
• De acuerdo (ve a "17").
—Lo siento, pero estoy demasiado cansada.
Hay algo en todo esto que me supera y mi instinto me dice que salga corriendo. ¿A Tristán Lago le interesa algo de mí? ¿Por qué? Si lo pienso fríamente, creo que quiere que sea simplemente su «divertimento» esta noche. Un viaje de tantas horas puede hacerse pesado, si no tienes algo en lo que distraerte. Y yo no creo tener madera de bufón en absoluto.
—Como quieras, no voy a imponer mi compañía a nadie. Sin embargo, si cambias de opinión
—Creo que sabré dónde encontrarte
—¿Buenas noches, entonces?
—Buenas noches.
No puedo dejar de pensar en la cara, mezcla de incredulidad y decepción, cuando vuelvo al interior de mi compartimento mal iluminado y me tumbo en la litera. Estoy contenta conmigo misma por no haber cedido, por mantener mi autoestima intacta. Pero por alguna razón me siento triste. Además mi estómago no para de quejarse. La idea de haber aceptado cenar con él aunque sólo fuera para llenarme el estómago me ronda la mente. ¿Será ya tarde para cambiar de idea? Seguramente.
Miro la hora en mi iPhone: las nueve y cuarto. El comedor debe de estar a rebosar y Tristán debe tener una mesa reservada en él. Se me ocurre pasarme por el bar, quizás tenga suerte y pille a algún camarero que se apiade de mí y me haga un bocadillo.
Aun así me quedo un rato más estirada en la litera, los ojos cerrados, descansando. Cuando vuelvo a abrirlos miro la pantalla de mi iPhone de nuevo, las diez menos veinte. Tengo que darme prisa pero el cuerpo me pesa demasiado. Justo cuando creo que reúno las fuerzas necesarias para levantarme, tocan a la puerta.
¿Quién será ahora? ¿De verdad quiero saberlo?
• Abro la puerta (ve a "20").
• No abro. Quien quiera que sea, que se marche (ve a "21").
—Pues ahora que lo dices…
Tristán me mira y sonríe. ¿Lo sabe? ¿Cómo puede ser que lo sepa?
—Ahora tengo que confesar que el fisgón he sido yo. Antes, cuando estabas inconsciente, ha venido el revisor. Hemos tenido que buscar en tu bolso tu identificación, y he encontrado tu pase de prensa.
—No he subido al tren para espiarte ni nada de eso. No soy una paparazzi. Ha sido una simple casualidad…
—Álex, yo no creo en las casualidades. Estoy seguro de que este encuentro significa algo más. Llámame supersticioso o si quieres soñador, pero nos hemos encontrado de esta manera por alguna razón que se me escapa, y la verdad, quiero averiguarla esta misma noche. Eres un misterio, y me da igual que seas fotoperiodista ¿Qué te interesa a ti de mí? ¿Te gustaría tener una entrevista en exclusiva, una sesión de fotos? Bueno, quizás podría arreglarse…
¡Vaya!, esto no me lo esperaba en absoluto. Tristán alarga la mano y toma la mía. La suya es cálida, me acaricia los nudillos con la punta de los dedos. La mía está fría, sudorosa. Cierro el puño para que no lo note y él aparta su mano. ¡No!, no era eso lo que pretendía…
—Perdona si te he agobiado. A menudo peco de visceral, y aún más a menudo de sincero. Entiendo que esto que te acabo de decir puede no tener para ti ni pies ni cabeza. Pero supongo que es mi manera de entender la vida. Supone dejar la razón un poco de lado y simplemente dejarse llevar por los impulsos.
—¿Eso es lo que tú haces?
—Bueno, creo que me he ganado el derecho a poder hacerlo. Y sí, eso es lo que hago. Llámalo actitud de estrella si quieres, no me importa.
—¿Y entonces, qué dices que quieres de mí esta noche?
—Nada especial. Esto mismo. Que hablemos, que estés sentada a mi lado. Que hagas las cosas que tengas que hacer. Que me ayudes a inspirarme. Podría empezar invitándote a cenar. ¿Qué me dices? Y antes de que pienses nada raro no tiene nada que ver con una proposición sexual.
Sonrío nerviosa. ¡Claro que no!, pienso. ¿Cómo va a hacerme a mí una proposición indecente Tristán Lago? Sobre todo conociendo los rumores que corren sobre su vida sentimental. Ahora mismo podría estar con Esther Álvarez, morena, voluptuosa, ojos verdes y sensuales, la actriz de moda por su papel protagonista en la serie de mayor éxito de la televisión o Eva Ámbares, rubia platino, delgada, casi andrógina, cantante del grupo revelación de este año. Con este hombre nunca se sabe. Es tan enigmático como sorprendente, lo que me hace dudar ¿Debería aceptar su proposición “inspiracional” o hago bien si dudo de sus intenciones?
• ¡Cenar, mmm…, suena tan bien! (ve a "10").
• No acepto. No me siento cómoda con su ofrecimiento (ve a "11").
Río nerviosamente mientras me rasco la base del cuello. No pienso ni decir esta boca es mía. Si le dijera que soy fotoperiodista seguramente saldría corriendo y desconfiaría de mí. Aunque si se enterara de que lo soy sin que yo se lo haya dicho ocurriría exactamente lo mismo. Sopesadas las posibilidades, decido que lo mejor es poner punto en boca.
—Así que buscando inspiración —acierto a decir.
—Sí. ¿Te sorprende?
Sonrío tímidamente. En realidad no lo sé. No sé si creer lo que dicen, que él es solo una voz bonita y un cuerpo que por cierto está muy, pero que muy bien.
—Me gusta mucho componer, quizás más que cantar. Estar tranquilo, con mi libreta de notas y mi guitarra, pensando en mis cosas. Sacando lo que siento. Quizás soy una persona más introspectiva de lo que la gente cree ¿Y tú Álex, buscas algo en este tren?
Me quedo de piedra, incapaz de responder, ¿por qué me ha dicho eso?
—¿Yo?
—Seamos sinceros, ¿de acuerdo? Tuvimos que buscar tu DNI cuando vino el revisor y encontramos tu acreditación de la revista Bambina.
Me pongo roja como un tomate. Así que es eso, piensa que me envía la revista ¡pero si yo no sabía que él estaba en el tren, estoy de vacaciones! ¿Cómo podría hacer que me creyera?
—Es cierto, soy una fotoperiodista de la revista Bambina, que ahora mismo está de vacaciones. No quería decírtelo para que no pensaras precisamente lo que estás pensando sobre mí. No quiero decir con esto que no me gustara hacerte una entrevista, que sí, pero no es lo que pensaba cuando me subí en este tren. Te lo prometo.
Tristán me mira con una sonrisa llena de confianza en los labios. Luego suspira y sonríe ampliamente.
—No te preocupes tanto, en realidad no pasa nada. Estoy en medio de una promoción así que trabajo, quiera o no, veinticuatro horas al día. Durante las giras todo es de vértigo, no hay ni un momento para descansar
La manía típica de las estrellas de embobarse hablando de sí mismos parece que me ha salvado la papeleta esta vez. Le dejo que hable, que centre toda la atención en sí mismo y su trabajo. Por otra parte, me encanta escucharle y mirarle. ¿Cuántos años debe tener en realidad? Aparenta treinta y pocos, y creí leer en alguna parte que estaba en los treinta y tres o treinta y cuatro. A esta distancia a mí me parece increíblemente atractivo, tenga la edad que tenga. Me fijo mejor en su pelo, castaño, ondulado, salvaje. Se nota que hoy, al levantarse, ha decidido que no se esforzaría demasiado peinándolo y le queda genial. Me quedo absolutamente ensimismada con el hoyuelo que tiene en la barbilla y que antes no había notado. Y con esos labios carnosos que sonríen con tanta facilidad. Vamos, que estoy a un pelo de coger una pancarta y corear su nombre a lo fan histérica.
—Entonces, ¿qué me dices?
Su pregunta me devuelve a la tierra, ¿decir de qué? Tengo ganas de preguntar.
—Vamos ahora si quieres.
Se levanta y me coge de la mano, ¿pero adónde? ¡Esto me pasa por estar en las nubes! Soy incapaz de no seguirle cuando cruzamos el vagón restaurante hasta Gran Clase ¡Me está llevando a su compartimento! ¿Qué hago ahora?
• Que me lleve adonde quiera, que yo le sigo (ve a "14").
• Oye Tristán, esto ¿y si vamos a cenar primero? (ve a "10").
—Ven.
Me abre la puerta de Gran Clase y siento un escalofrío ante la certeza de que vamos a su compartimento. Al entrar en el vagón ya no hay nadie en el pasillo y solo las luces redondas del techo lo iluminan pobremente. Abre la puerta de su compartimento con una tarjeta que saca de su bolsillo trasero y me deja pasar primero. Enciende las luces y me fijo en las literas con colchas azules en la pared izquierda. En la de arriba hay varias maletas pequeñas y algunas bolsas típicas para proteger trajes. Seguramente la ropa que hay en el interior vale más de lo que yo ganaría en años. A los pies de la de abajo, descansa una vieja guitarra española. Me quedo de pie esperando a que Tristán entre. Tengo una sensación extraña, ¿debería estar más nerviosa? La situación es realmente increíble, estoy en el compartimento de un hombre con el que sueñan millones de adolescentes y mujeres. A solas con él. Yo, ¡una simple chica del montón! Sin embargo, no sé por qué tengo un punto de confianza en mí misma que me ayuda a permanecer entera. Quizás tenga que ver con que no acabo de creerme lo que está pasando, con que sienta que es en realidad un sueño. Y en un sueño todo vale, ¿no?
Tristán deja la puerta abierta, coge la guitarra, las almohadas de las dos literas, y las coloca en el suelo, cerca de la pared. Se sienta sobre una de ellas y afina las cuerdas. Acerca el oído a los trastes y las toca tres veces cada una. Después de hacerlo ajusta las clavijas de un par de ellas, vuelve a tocarlas y entonces se arranca con una melodía. De pronto, levanta la cabeza de la guitarra y me mira.
—Perdona. No hay mucho espacio pero siéntate donde prefieras.
Opto por la litera. Si me sentara en los cojines le tendría demasiado cerca. Una vez lo he hecho, vuelve a tocar la melodía.
—¿Te gusta?
Asiento con la cabeza. Es la verdad. Es una melodía oscura. Cierro los ojos y me evoca tantas cosas, noches de luna llena, bosques desiertos, frío, amaneceres, lluvia…
—¿De quién es?
La pregunta me sale casi sin pensarla.
—Es mío —me contesta en un suspiro—. No te lo parece, ¿verdad?
Tristán sigue tocando, ensimismado en su guitarra. Está totalmente en su elemento y parece realmente el hombre más feliz del universo. Saco con disimulo el iPhone de mi bolsillo, la iluminación en el compartimento es escasa y el flash amenaza con dispararse, pero consigo desactivarlo a tiempo. Saco todas las que puedo mientras no se da cuenta, pese a que no sé cómo quedarán de movidas u oscuras. Es la única manera de captarle de manera natural, que es lo que realmente me interesa.
—Me encantaría poder tocar esto en el concierto que voy a dar en París. Pero conozco a cierto productor al que no le gustaría un pelo. Todo lo que hago pasa por su filtro, y lo que llega a la gente al final es una mezcla de lo que yo compuse y la adaptación pop que él hace de ello.
La melodía cambia, sus dedos presionan con mayor fuerza el mástil y son más rápidos. Cierra los ojos con fuerza y sigue el ritmo con un ligero movimiento de cabeza.
—Creo que los productores no siempre tienen razón. Porque algo tenga éxito no significa que, si haces algo diferente, no pueda tenerlo por igual. Esta música tiene tanto sentimiento esto llegaría a tus fans, estoy segura. Igual o mejor que lo que están acostumbradas a escuchar de ti.
Tristán deja de tocar, abre los ojos y me mira con una sonrisa.
—Gracias, eso mismo pienso yo. Dime, ¿qué te parece esto?
Sus yemas vuelven a pulsar las cuerdas. Cierro los ojos y me relajo, disfruto del momento, sin cuestionarme nada más. Me apoyo en la pared, en la cabecera de la cama y dejo que la música me inunde.
—Me recuerda al ruido de la lluvia sobre el mar. El repiqueteo rítmico de las gotas sobre la arena. Quizás más fuerte pero…
—¿Así? —pregunta, y noto que ha variado el ritmo.
—Sí, justamente así. Suena melancólico.
Tristán vuelve a variar la melodía, introduce algunas notas agudas que la hacen más alegre, sonrío.
—¿Qué más? —quiere saber.
—Veo nubes grises atravesadas por rayos de sol. Luciérnagas muchas luciérnagas revoloteando por todas partes…
El ritmo varía de nuevo hacia la percusión, hacia un ritmo que roza lo flamenco, que acaricia sus raíces.
—Y alguien que baila sobre la arena… Soy yo la que baila…
—¿Hay un arco iris?
Sí, lo veo claramente, en mi visión, en mi sueño inducido por su música, también hay un arco iris.
—Sí, uno precioso, ¿cómo lo sabías?
¡Qué tontería! Pienso después de preguntarlo, lo sabe porque es él quien está pintando ese arco iris en mi sueño.
—No puedo resistirme —continúo narrando—, tengo que entrar en el agua. Me acerco hasta la orilla y meto los pies. Está caliente de sol y me hace cosquillas.
Tristán aumenta la velocidad de las notas y toca las cuerdas con más fuerza, el volumen de la melodía crece y yo me meto en el agua hasta la cintura. El placer que noto en mi piel parece real: el vello de punta, la respiración acelerada Estoy tan a gusto en la litera que ya casi no siento el peso de mi cuerpo y temo dormirme.
—Voy a meterme del todo —anuncio.
—Hazlo.
Le oigo decir sobre la melodía. Entro más y más hasta que el agua me llega al cuello y entonces sumerjo mi cabeza. Floto en la frescura del mar que me abraza por completo.
—No saldría nunca.
—Pero necesitas respirar.
La guitarra dibuja un suave silbido, como una brisa. De pronto ya no estoy en el agua, vuelvo a estar en la arena, secándome al viento. Noto la calidez del atardecer en mi piel y un requiebro de guitarra me muestra un sol naranja y brillante.
—Hay un sol de atardecer precioso que me seca la piel.
Entonces las notas se vuelven más oscuras, más suaves, más sensuales, el volumen más bajo
—¿Y yo? ¿Estoy yo ahí contigo?
Por supuesto, quiero contestarle, porque le veo a mi lado, en la arena, descalzo, tomándome por la cintura y acercando sus labios a los míos. Su respiración en mi respiración, mis brazos en su cuello… pero ya no puedo hacerlo, el cansancio me puede y al fin me duermo en un atardecer de verano junto al mar.
• Ve a "26".
Al entrar en el vagón restaurante la luz me ciega un momento. No hay casi nadie, todas las cortinas están recogidas y un frescor húmedo inunda el aire. Después de todo, no he dormido demasiado bien y mis ojos son los que más se resienten. Segundos después, cuando ya se han acostumbrado a la luz del día, descubren a Tristán en el fondo del vagón tomando café.
—Buenos días, ¿has dormido bien? —me pregunta cuando me acerco hasta él.
—Sí, gracias —miento.
—Siéntate, por favor. Toma.
Me siento frente a él y acepto la carta de desayuno que me pasa. Hay tres tipos de menú a elegir: el desayuno cinco estrellas, el desayuno exprés y el desayuno saludable. Por lo que hay sobre la mesa puedo deducir que el suyo es de los saludables: fruta, tostada con aceite de oliva y tomate, cereales con yogur y café. ¿Si yo me pidiera el cinco estrellas, que además incluye una tortilla francesa, pensaría que soy una gorrona? Y en realidad, ¿qué me importa? Él me ha invitado y además puede permitírselo. Así que, cuando la camarera me pregunta, le pido un cinco estrellas y me quedo tan ancha.
—Me alegra mucho que hayas decidido desayunar conmigo. Esta mañana irradias luz como una pequeña luciérnaga.
Un cosquilleo me remueve por dentro. Le miro a los ojos, agradeciéndole su comentario, lleno de sensibilidad.
—Gracias.
Sonrío tímidamente y miro por la ventana. El cobijo de la noche me hacía más valiente, a la luz del día me siento pequeña e indefensa frente a él. Noto la mirada de Tristán sobre mí, repasando mi rostro como si me viera por primera vez después de lo que acabo de decirle. Estamos en silencio hasta que me traen el desayuno y ataco sin pudor la tortilla.
—Ahora que me fijo ¿de qué color son tus ojos?
Me pregunta. Le miro directamente para que pueda comprobarlo él mismo.
—Miel.
Asiento con la cabeza sin dejar de masticar. Él sonríe y yo, quizás recuperando algo de confianza, le guiño el ojo derecho.
