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"Todas las vidas" es un libro inspirado en la canción de Sabina "La del pirata cojo". El libro de las vidas soñadas desde la música pop. Al lector le interesa la vida de la gente anónima, la que no participa de la producción cultural, las decisiones institucionales o la organización política. ¿De qué se alimenta anímicamente un hombre de barrio obrero o una mujer sin recursos? De la narrativa pop que está en las canciones, por ejemplo. Algunos de estos personajes tienen finales completamente absurdos, pero el camino de una vida apasionada merece la pena.Xosé Ramón Pena forma parte de la gran tradición gallega de cuentistas. Saber contar un cuento viene sobre todo de la tradición de una cultura cuentista.Xosé Ramón Pena sabe, como supo Fernández Flórez o Cunqueiro, construir personajes que rayan el esperpento, tratarlos con una ironía tierna y llevarlos por una historia de sueño y pérdida que deja en el lector un recuerdo de lo que significa vivir. Todas las vidas es un libro inspirado en la canción de Sabina "La del pirata cojo". "Con un poco de imaginación partiré de viaje enseguida a vivir otras vidas, a probarme otros nombres, a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré".
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Seitenzahl: 256
Veröffentlichungsjahr: 2022
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TODAS LAS VIDAS
Xosé Ramón Pena
Traducción
Moisés Barcia
Título:
Todas las vidas
De esta edición:
© De Conatus Publicaciones S.L.
Casado del Alisal, 10
28014 Madrid
www.deconatus.com
© Xosé Ramón Pena (2021)
Título original: Todas as vidas
© De la traducción: Moisés Barcia
Esta obra ha recibido una subvención de la Consellería de Cultura, Educación e Universidade de la Xunta de Galicia y del Ministerio de Cultura y Deporte del Gobierno de España.
Primera edición: Mayo 2022
Diseño de la colección: Álvaro Reyero Pita
ISBN: 978-84-17375-75-1
Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:
LEGIONARIO EN MELILLA
BOXEADOR EN DETROIT
LA MÁS CHULA DEL BARRIO
COMUNISTA EN LAS VEGAS
ANCIANO EN SHANGRI-LA
Con un poco de imaginación
partiré de viaje enseguida
a vivir otras vidas,
a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel
de todos los hombres
que nunca seré.
JOAQUÍN SABINA, «La del pirata cojo»
Lo conocí en el Chacal. Era la antevíspera de Reyes, y desde el inicio de la tarde al cielo le había dado por gotear copos de nieve deshilachados que no llegaban a cuajar en una capa densa. En realidad, ya iban varios días así: en las horas centrales no pasábamos de los tres o cuatro grados, y por la noche andábamos bajo cero sí o sí: el termómetro marcaba menos dos, menos tres… creo que incluso llegó a caer hasta los menos cinco. Nosotros llevábamos allí desde después de Navidad, llegamos el 28 o quizás fuese el 29… Hacía ya algún tiempo que teníamos la costumbre de pasar la Nochebuena en casa de mis padres, en Ferrol, e irnos luego a Fresneda, y aunque viajar en aquellas fechas, y con aquellas carreteras, no resultaba muy fácil que digamos, a Maribel le gustaba ir junto a los suyos. Su hermana Loli y el marido y los niños subían siempre desde Valencia; alguna vez también se sumaban, en este caso desde Barcelona, Carlos y Nuria. En Fresneda, además de mis suegros, vivía también la hermana mayor, Chelo, así que a veces acabamos juntándonos unas dieciocho personas para la cena de fin de año… Debo confesar que, de primeras, me había resultado un poco raro todo aquello. Mi familia no es muy extensa… pero a Maribel, ya digo, le agradaba retornar a la casa natal, y nuestros hijos tenían ganas de pasar una temporada en compañía de sus primos: Álex hacía excelentes migas con Darío, el segundo de los hijos de Loli y Eduardo, horas y horas montando los dos el Tour de Francia con las chapas de los refrescos y las cervezas. En cuanto a Lucía, tanto ella como sus primas estaban muy integradas en un grupo de chicas de la propia Fresneda, y no daban el brazo a torcer… Así que, al final, yo mismo me fui acostumbrando y, a pesar de ciertas incomodidades por compartir espacios con tanta gente, lo cierto es que me lo pasaba bien. Incluso diría que bastante o muy bien: cobijado dulcemente en el mismo meollo de aquellas jornadas de ocio y fiesta.
Sí que hacía mucho frío… Tan pronto como dejamos la carretera nacional y nos fuimos a incorporar a esa otra, camino de Fresneda, se dibujaron a lo lejos las cumbres blancas de la Sierra de las Quijadas. Luego, a medida que la ruta fue ganando altura, la nieve comenzó a relampaguear sobre los lados, los fosos y los prados de alrededor… No tuvimos problemas, no obstante, para acceder al pueblecito; en los asientos de atrás, Lucía y Álex mostraron su satisfacción por volver a encontrarse con aquel meteoro que tan difícilmente podemos contemplar a la orilla del mar. Nos costó Dios y ayuda que los dos chicos diesen por válido un «Ya veremos» con respecto a la posibilidad de subir hasta el puerto de Santa Cruz, en la frontera de León con Asturias, las praderas altas y las brañas, donde el ganado pasta al final del verano, teñidas ahora abundantemente con los brillantes albores del invierno… Cuando arribamos, por fin, a Fresneda, los restos de la nevada competían aún en los tejados con aquella otra negrura del carbón omnipresente, el olor pegajoso empapando enseguida las ropas y asentándose en los pulmones. Justo en medio de una niebla ligera, preñada de humedades, gateando desde el río, las casas mineras encendían lentamente los fuegos de la noche, reflejando espumas de azul contra un cielo denso, repleto de plomo.
Acaba de cumplirse un año desde que unos cuarenta trabajadores habían ido a encerrarse en la cuarta planta, en el interior del pozo Barredo. Estaban frescas aun las imágenes de las movilizaciones populares, las gentes manifestándose con vehemencia por toda Asturias y el norte de León contra el desastre imparable que se les venía encima. Los líderes de los grandes sindicatos, Nicolás Redondo y Antonio Gutiérrez, habían comparecido en Mieres y, cuando los mineros abandonaron el encierro, toda una multitud entusiasmada fue a aclamarlos a la salida del pozo. Fueron bastantes, entonces, los que creyeron que se trataba de una auténtica victoria de la clase obrera —algunos se habían puesto incluso a cantar aquello de: «Hay una lumbre en Asturias que calienta España entera, / y es que aquí se ha levantado toda la cuenca minera»— y que Barredo iba a permanecer en el futuro como su fulgurante símbolo. Y sí que es cierto: lo que allí sucedió persiste en la memoria; solo que resulta ser el recuerdo triste del fin de una etapa.
También en Fresneda el pueblo había salido a la calle. Fueron una Navidad y una entrada del nuevo año repletos de reivindicaciones, debates encendidos, ansiedades y, desde luego, mucho alcohol corriendo por los bares. Las palabras, como chispas, anhelaban convertirse en llamarada y no faltó, por tanto, algún episodio en que los desafíos casi se tornaron en hecho consumado. Ahora, doce meses más tarde, los ánimos parecían algo más templados, las promesas de sindicatos y Gobierno habían sosegado las lenguas afiladas y, en medio del frío, no faltaba quien explicase que todo había sido apenas una simple confusión, una pesadilla salada, fruto de una mala ingesta. Felizmente, se había hecho de día, y la luz de la alborada había venido a verterse de nuevo sobre las hartas cortezas de las montañas.
—¿Y no será la calma que precede a una nueva tempestad? Yo, la verdad, es que toda esta historia de una explotación racional del carbón… bueno, no lo veo nada claro.
Mi cuñado Carlos, el hermano más joven de Maribel, no se creía que aquella guerra se hubiese terminado. Al contrario, en su análisis presagiaba nuevos y más duros capítulos que no tardarían en precipitarse. Sin embargo, para Paco, el marido de Chelo, y para sus compañeros en el agujero, había que relanzar el optimismo.
—A ver, catalán, no te me pongas dramático. Que el Barça vaya a perder este año la liga no es motivo para que nos vengas con esas historias. En Fresneda y en toda la comarca la mayor empresa es Arizmendi, y los vascos siempre han sido gente seria. Así que aquí nadie va a cerrar ningún agujero, puedes estar bien seguro. Y, cambiando de tema… a ver, no es por nada, pero… ¿Nuria siempre le habla en catalán a la guajina? No es que me parezca mal, ya sé que allá las cosas son como son. Pero, a ver: somos españoles, ¿no? Supongo que tú, por lo menos, sí que lo harás en cristiano…
Mi sobrino Alberto, el hijo de Paco, iba a cumplir entonces los dieciocho, fue a mediar en favor de su tío y de la ecología. Toño, el de la cara quemada, Paco lo consideraba como «casi de la familia», no le dio cuerda al chaval.
—Mira, guaje, tú calla y atiende, que tu padre lleva toda la razón. A ver, Carlos, que no te parezca mal, pero lo que dice tu cuñado va a misa: los de Arizmendi son gente de fiar. Además, yo creo que ya ha pasado lo peor. No digo que no puedan cerrar nada, pero en todo caso serán chamizos y no una explotación grande, como la nuestra.
Como sucedía siempre en tales fechas y horas del año, había mucha gente en el Chacal. Además, acababa de entrar de repente, huyendo del frío y dando voces, toda una gavilla insurgente. Pidieron de inmediato una ronda de whiskys, excepto dos de ellos, que pretextaron tener sed y optaron por la cerveza. A Cherokee, el dueño del local, por alguna razón oculta, no le pareció muy adecuada la elección. Sobre todo en el caso de alguien a quien apodó como Algarrobo, natural de Villacid.
—Para ti no hay cerveza. O bebes whisky como todos los demás o no bebes. ¡Ráscate el bolsillo, hostia, que eres más ruin que la fame!
Quien más, quien menos, el comentario motivó la carcajada general. Cherokee era como era: «¡un puto punky minero!», según él mismo declaraba con frecuencia, pero, por lo demás, absolutamente legal. De hecho, el Chacal estaba decorado con carteles de los Sex Pistols, The Clash y los Buzzcocks. Perfectamente encuadradas, por encima de la fila de botellas, campaban aún una fotografía de Joey Ramone y una entrada para un concierto de The Damned al que Cherokee presumía de haber asistido en Manchester, en plena fase gótica del conjunto británico.
—¡Más ruin que la fame lo serás tú y la puta que te parió! —dijo desde la voz ronca, el rostro sombrío y la cabeza enorme, terrajada en el tronco del cuello—. Pero, venga, ponme entonces una cerveza y un whisky, pedazo de cabrón. ¡Hoy vamos a entamala, cago en tal! ¡Y, de paso, ve cambiando esa mierda de música! —Cherokee le mostró, erguido, el dedo corazón de la mano derecha, los demás celebramos ruidosamente el gesto—. ¡A ver; pon ahí algo que se pueda oír, hostia! ¡Cagondiós, pon a Víctor Manuel!
Creo que ya llevábamos allí más de una hora, puede incluso que dos. Fuera volvían a gotear algunos copos de nieve menudos. Entraron nuevos grupos haciendo estrépito, tan mojados como sedientos. En el penúltimo de ellos venía él.
Saludó y fue saludado por los de mi grupo. Le di la mano, pero no percibí con claridad el nombre. Paco me lo repitió, pero su voz se perdió para mí entre la batería y el bajo de La Polla Records. De nuevo mi cuñado intentó explicarme, mucho más con el lenguaje de los gestos que con palabras, que estábamos invitados a otra ronda…
Fueron dos copas más, creo. No sé cuánto alcohol llevaba ya encima, pero sí que suficiente para empezar a entrecerrar los ojos, trabárseme la lengua y concluir que estaba a las puertas, cruzando el umbral de una buena tajada. Lo cierto es que cada vez me costaba más prestar atención a las conversaciones cambiantes…
—Pero vosotros… ¿qué hostia os pasa? ¿Os dejáis invitar por cualquier carapijo?
Carlos, mi cuñado catalán, se volvió de inmediato. Volví a entornar los ojos e incluso intenté tartamudear alguna suerte de excurso. Desde luego, nadie me prestó atención.
—¿Pero a ti… qué leches te pasa, guaje? —era Paco quien respondía ahora—. ¿Es que no tienes otra cosa que hacer que venir a buscar bronca?
Sin quererlo, habíamos formado un círculo. Carlos intentó cogerlo por el brazo y alejarlo, pero el otro se sacudió con fuerza.
—¡Digo lo que me sale del nabo! ¿Qué hostia pasa? ¡Ya no estamos en la dictadura! ¡Bien que le gustaría a ese cabrón que volviesen los suyos! Pero… ¡por aquí!
Todo el local se había girado de repente hacia nuestro grupo. Hasta Cherokee fue a bajar la música. El mencionado se volvió, entonces, lentamente.
Fue en ese momento cuando por fin reparé de veras en él. Ancho y de piernas arqueadas, ligeramente encorvado. La cabeza, el pelo rizado, se obstinaba en prolongar su corta estatura en una suerte de retorcidos tornillos que ahora se había puesto a rascar con la mano izquierda. Lo observé en la oscuridad de los ojos pequeños, atrincherados tras una corteza de humedades remotas. Me di cuenta de que tenía las piernas y los pies firmemente plantados… A pesar del frío, se había quedado apenas con la camisa remangada: luego, sobre el pelo del brazo izquierdo descubrí, tatuado, el emblema de la Legión española.
—¿Qué pasa? ¿No tienes nada que decir? ¿Acaso se te han comido la lengua? Aunque tampoco me extraña…
Yo lo conocía de vista; incluso había mantenido con él alguna breve conversación en un par de ocasiones: de complexión fuerte y ojos verdeazulados, sabía que le llamaban el Rubio y que vivía en Villacid, como el Algarrobo. De más joven había trabajado algún tiempo en la mina, pero ahora —creo que se lo oí contar a Chelo o a Avelina, mi suegra— andaba de repartidor de no sé qué cosa. No me parecía ser mala gente… Mis cuñados Carlos y Paco, también Toño y aun algún otro del grupo, intentaron otra vez detener la inminente tormenta. Desde detrás de la barra, Cherokee nos pedía calma con gestos.
—Tu padre, tu tío, toda tu puta familia: ¡asesinos en el 34 y asesinos en el 36! ¡Siempre fascistas asesinos, hijos de puta! ¡Pero esos tiempos se han acabado para siempre! ¡Ahora os vais a cagar por la pata abajo, cagondiós!
—¡Joder, Rubio, ya está bien! ¡No me jodas! —Paco se había puesto en medio, el otro lo evitó—. ¿Qué hostia buscas comportándote como un babayu? ¡Cagondiós, deja ahora la política, que aquí estamos todos de folixa!
Por un momento pareció que mi cuñado había conseguido su propósito. El Rubio se acarició levemente con una mano el pelo largo y dorado; con la otra cogió el vaso de whisky, se lo llevó a los labios y se lo bebió de un trago. Después gruñó aún alguna blasfemia indescifrable y pareció dirigirse hacia la barra, hacia Cherokee. Carlos y yo cruzamos unas miradas de alivio.
—¡Me cago en todos los putos rojos cabrones y maricones de mierda! ¡Me cago en sus viudas, en sus hijos y en sus nietos! ¡Diez, cien… mil veces al paredón y a las cunetas con ellos! —había dejado el vaso sobre la mesa, se puso firme y alzó el brazo derecho—. ¡Viva la Legión! ¡Arriba España!
No sé cuántas veces lo he contado. Y, a pesar de eso y del tiempo que ya pasó desde entonces… A ver; hay cosas que aún me parecen… no sé, como si tuviera alguna especie de niebla, una gasa, una especie de velo sobre los ojos… Por eso, por más que intente anotarlo, por mucho que busque precisarlo… En fin; recuerdo que el Rubio se giró desde la barra, o puede que ni siquiera se hubiese acercado aún a ella. Lo que sí veo claramente, lo que de veras recuerdo es que, a su vez, bramó algo muy fuerte, supongo que le llamaría «cabrón», «hijo de puta» o algo peor, si es que lo hay… Luego, todo sucedió como un relámpago, pero en mi cinta, en mi película de los hechos, sucede mucho más despacio y mucho más borroso. De repente, alguien dio un grito de advertencia: «¡Rubio, hostia, no hagas eso! ¡Deja la puta botella donde está!». Pero yo no miré hacia la barra, sino hacia el otro: allá continuaba, con los pies plantados con firmeza en el suelo. La mano derecha realizaba el saludo fascista.
Contemplo ahora el hombro y el brazo, y casi ya no soy capaz de recordar las heridas. Es decir; no recuerdo el dolor del impacto del vidrio sobre la carne ni tampoco los cristales rotos alrededor. Por no tener, ni siquiera tengo claras las imágenes de todo lo que vino después, la confusión y el estropicio, los gritos de la gente, el alcohol, las primeras curas… No obstante, sí que surge claro aquel rojo de la sangre brotando con fuerza, tiñéndome el jersey y empapándome yo mismo con él, y sin quererlo, las manos y la cara… Más tarde aún es cuando surge el calor intenso, un fuego insoportable quemándome los ojos, chispas que me prenden en la piel. Y de inmediato, el extraño contraste con ese otro frío, el hielo paralizándome las piernas, descargándome martillazos secos sobre las sienes…
—¡Andrés, Andrés! ¡Hostia, cagondiós! ¡Ese hijo de puta casi lo mata! Andrés, ¿estás bien?
—¡Apártate, déjame ver! Solo veo que le ha hecho daño en el hombro…
—¡Hostia, que no! ¿No ves cómo tiene la cara? ¡Cagondiós…!
Según el relato de Paco, perdí el conocimiento. Todo el daño que no había podido producirme el botellazo casi me lo causa el derrumbe del cuerpo sobre las sillas y la mesa. Alberto y Carlos respondieron, a pesar de todo, que apenas perdí el sentido durante un minuto o dos, como mucho… Sé que alguien habló de una ambulancia o de un médico y mencionó también a la Guardia Civil. Pero entonces volví a cerrar los ojos…
Fue Cherokee, con la ayuda de Paco y de Toño, quien impuso cierto orden en medio de aquel desatino. Pero antes de eso, me contaron —sinceramente, no soy capaz de recordarlo— que entre mi cuñado Carlos y el Algarrobo estuvieron a punto de partirle la cara al Rubio. Por lo visto, hubo un momento en el que nadie daba nada por nadie, todo fueron voces, amenazas y blasfemias; aquello pudo acabar en una verdadera batalla. Mi sobrino Alberto se empeñaba en llamar a la Guardia Civil; fue su padre —Paco, quiero decir— quien le sacó la idea de la cabeza.
—¿Pero tú eres idiota o qué? ¡Deja en paz a la Guardia Civil, que esos ya tienen bastante en qué ocuparse!
Cherokee tenía un pequeño botiquín —además, algo sabía de enfermerías domésticas— y fue él quien me hizo la primera cura. No obstante, decidieron acercarme a Villacid, a casa de don Eladio, un médico de la confianza de muchos mineros. Sé que me volví a marear durante el breve recorrido; felizmente, o eso le oí comentar a don Eladio, a pesar de lo aparatoso de la herida, solo era superficial. Aun así, me mandó volver al día siguiente.
Desde luego, no fue nada fácil explicarles a Maribel y al resto de la familia lo que había pasado en el Chacal. Por fortuna, Carlos y Paco mantuvieron con solidez la común explicación de que se había tratado de un pequeño accidente sin mayores consecuencias, todo se había quedado en un susto, no había de qué preocuparse. Ni que decir tiene, yo sostuve con firmeza el mismo relato; pero ninguna de las mujeres se lo creía.
Al final tuvo que ser Plácido, mi suegro, quien diese la historia por terminada: estábamos ya en vísperas de Reyes y lo principal, lo único que importaba, era que sus nietos y nietas pudieran disfrutar como era debido de una fecha tan señalada. Por lo tanto, nada de seguir enredando con historias de alcohol y borracheras; si la gente no sabía mamar, que pasase sed.
—¡Y eso —concluyó— vale para todos!
¿La Guardia Civil? Como bien había argüido Paco, esos ya tenían bastante trabajo. ¿Para qué íbamos a darles más? Nadie sacó la lengua a pacer; en el Chacal había pasado lo que había pasado. Punto y final.
Regresamos al día siguiente de Reyes. El tiempo mejoró, aunque solo transitoriamente, y el camino de vuelta transcurrió sin complicaciones; eso sí, Lucía y Álex —especialmente el chico— no dejaron de quejarse por no haber subido al puerto de Santa Cruz. Maribel no les prestó atención, pero sí que me daba cierta lástima. Por ellos, claro, pero también por mí: a pesar de haber nacido y de haberme criado a la orilla del mar, aquel paisaje, con la nieve trepando por las laderas y por las ramas de los madroños, tenía el poder de hacer que me latiese con más ganas el corazón.
Algo así como una semana más tarde, Paco me relató en conversación telefónica que el Rubio lo había parado por la calle. Mi cuñado apartó la cara, pero él había insistido en hablar, aunque solo fuera para pedirnos perdón: a él, al propio Paco y, ni que decir tiene, a mí. El Rubio quería saber mi número de teléfono, pero mi cuñado se lo negó resueltamente.
—Me contó que se va a marchar con su madre a Avilés. Tienen allá una hermana de ella, dos veces viuda, aún no hace mucho que se le murió el segundo marido. Al primero lo mataron los nacionales cuando entraron en Langreo… Sí, al padre del Rubio también lo mararon en esa época… No sé, tenía que ser casi un bebé, uno o dos años, como mucho, andará ahora camino de los sesenta… ¿Legionarios, dices? Legionarios o falangistas o… ¡Vete tú a saber! En fin, vidas arruinadas.
En el relato de Toño, el de la cara quemada —me contó, a su vez, Paco—, el otro se había mantenido todo el tiempo allí, con los pies clavados, la mano derecha alzada. En un momento dado incluso se había puesto a tararear los primeros versos de «El novio de la muerte», hasta que alguien, Toño no lo había precisado, lo cogió con fuerza por el brazo y lo sacó del local. Paco añadió que también él había dejado Villacid. Algunos habían comentado que andaba por León, capital. Sin embargo, mi cuñado también había oído decir que se había marchado a Ceuta.
Por lo demás, parecía que aquella no era la primera vez que el Rubio y él habían tenido una buena agarrada. La cosa venía, por lo visto, de familia y de lejos, de cuando la República y la revolución del 34. A Paco le habían asegurado que su padre, o un tío, del otro —en realidad se llamaba Veres, de Veremundo—, también había estado en el Tercio, o puede que en Regulares, y que no había sido precisamente de los que se alejan antes de perpetrar cualquier barbaridad. Era posible que nuestro suegro, Plácido, supiera alguna cosa más, pero no era cuestión de explicarle los motivos de semejante consulta. La nuestra, como sucede con todas las omertás, tenía sus reglas y servidumbres.
Aquella Semana Santa cayó a mediados de abril. Después de unos primeros días soleados, la primavera había decidido retirarse y el invierno regresó con sus fríos, nieblas húmedas e incluso nuevas nevadas que pintaban de blanco los árboles y las praderas. No obstante, a pesar del pésimo estado del tiempo, nos acercamos a Fresneda: Avelina, mi suegra, cumple años el Sábado Santo y, como siempre, había insistido en invitarnos. Ni Carlos y Nuria ni tampoco Loli y Eduardo pudieron acudir, así que solo nosotros —y, claro está, Chelo y Paco— fuimos a pasar aquellos días junto a mis suegros. Desde mi juventud, soy persona más bien incrédula, así que mis acuerdos con la Iglesia y sus ceremonias se reducen apenas a aquello que imponen las relaciones sociales: bodas, bautizos, funerales… Sé, eso sí, que el día de Viernes Santo no hay misa propiamente dicha. Por la tarde y al anochecer tienen eso que llaman Liturgia de la Pasión, y también salen en procesión. Después de comer y de echar una siesta breve, y mientras los demás miembros de la familia cumplían con sus deberes religiosos, decidí dar un pequeño paseo. Venía un aire helado desde la montaña, e incluso comenzaba a caer aguanieve. Sin embargo, necesitaba estirar las piernas y fue por eso que me atreví a caminar por la carretera adelante, hasta atravesar el puente del río. De repente, un coche se paró apenas unos metros delante de mí.
—¡Eh, guaje! ¡Espera ahí un momento, hazme el favor! ¡Tengo que hablar un momento contigo!
Dudé apenas un momento. Aquella voz y aquellas maneras resultaban inconfundibles. Pretexté que hacía muy mala tarde y que me esperaban en casa.
—Tu familia están todos en la iglesia a estas horas, y aún se van a demorar allá un buen rato. ¡Venga, sube! ¡Vamos a tomar una sidrina!
De nuevo, intenté buscar cualquier disculpa. No había oído muy bien lo que…
—¡Cagondiós, déjate de hostias y sube, que cualquier hora es buena para una sidra! Y si no te va la sidra, un cubata, un whisky… lo que prefieras. Pero no aquí, en Fresneda. Aquí no hay más que beatas, dicho sea con perdón de los tuyos, que los respeto muy mucho, buena gente. Vamos a Oneta. ¡Ya verás qué pedazo de bodega! ¡La mejor sidrina de Asturias, de León y de toda España! Pero ya digo: si te va mejor otra cosa más fuerte…
En el radiocasete sonaba una vieja copla: «Tengo un hermano en el Tercio / y otro tengo en Regulares. / Y el hermano más pequeño / preso en Alcalá de Henares». Intenté recordar aquellos versos carcelarios; alguna vez, no sé dónde ni a quién, los había oído. Me atajó de inmediato.
—A ti no te gusta esta música. Claro, lo que te va son modernidades, y además en inglés, seguro. Pues deja que te diga una cosa, guaje: dejando aparte nuestras canciones —y las vuestras, que los gallegos sois la hostia, y no solo cantando—, no hay mejores piezas en el mundo que las de esta clase. A no ser los pasodobles, claro; ahí ya no me meto…
Durante casi media hora tan solo me contó maravillas de mis suegros y de mis cuñados —«No es que tenga mucho trato con ellos, pero sé que son gente de bien, trabajadores y legales»— y, desde luego, de mí mismo. Y es que, si no hubiese sido por mi persona, aquel cabrón «¡le habría abierto la cabeza con la botella, el muy hijo de puta!». Eso sí: suerte había tenido el malnacido de que «no llevase esa noche la herramienta encima».
—Una Walther PPK legítima, nueve milímetros, guaje. Como la de ese… ¿cómo se llama? ¡Sí, el mismo! ¡James Bond! ¡Esa sí que es un arma, amigo mío! Nada que ver con esas mierdas… la Star o la Astra-Llama. Sabes de qué hablo, ¿no? Porque tú… tú hiciste la mili, claro.
La botella de sidra estaba vacía desde hacía ya un rato. El dueño de la bodega nos preguntó si nos animábamos con una segunda. Quise alegar que para mí ya había sido suficiente, pero no me dieron tregua. Al final di por perdida la cuenta del reloj.
Hablaba a saltos, retomando aquí y allá las oraciones inconclusas. De vez en cuando se paraba un momento y me preguntaba alguna cosa sobre mi trayectoria; sin embargo, ni siquiera esperaba por la respuesta completa. Tras un brevísimo comentario, volvía siempre a lo suyo. Alcancé a saber que, en realidad, no había nacido en Villacid, sino en Pradías, al pie del puerto de Otañes, donde los corzos, los jabalís y los osos, tierra brava en la que brotan los brezos. Aun así, no era de su infancia de lo que le gustaba hablar.
—Sí, señor: caballero legionario desde septiembre de 1959, me faltaban un par de meses para los dieciocho. Y desde entonces hasta el 82, sin paradas. Como diría el tango, «¡veintitrés años no son nada!». Ya ves: ¡toda una vida viéndomelas con los putos moros! En el 58, en el Ifni, antes de que yo fuera para allá, sí que se llevaron unas buenas hostias, aunque hay que decir que los nuestros también se llevaron lo suyo. Luego, en el 75, cuando la Marcha Verde, ¿te acuerdas?, ¡entonces sí que pudimos hacerles un buen regate! ¡Pero lo que pasó fue que los jodidos políticos y el Borbón nos dejaron con el culo al aire, los muy hijos de puta! ¡Si Franco tuviera entonces diez años menos íbamos a entregar aquello por la punta del carajo! Yo… mira, yo no sé nada de política ni quiero saber. Pero sí que te digo una cosa, guaje —y perdona por lo de guaje, que va con cariño; además, te llevo unos años—: ahora todo dios anda por ahí sacando la lengua a pacer y ufanándose de que si la democracia, que si son socialistas o comunistas… ¿Pero tú sabes quién fue de verdad el más comunista de todos? Pues sí, señor, así como lo oyes: Francisco Franco, ¡con dos cojones! Porque fue él quien miró por los obreros, fue él quien les hizo casas donde habitar como personas y no como antes, que había docenas, ¡qué digo docenas!, cientos, miles de ellos viviendo en cuadras, como los cerdos… Mira, guaje: yo respeto a todo el mundo; quiero decir, a mí me da igual que tú me cuentes que eres socialista, comunista, falangista o requeté, lo que me importa es que seas persona legal. Ahora que también te digo que como Franco no va a venir otro. El único defecto que tuvo el Caudillo fue haber dejado de heredero a quien dejó. Porque dime tú: ¿para qué hostias queremos la monarquía? Tú me dirás, y con razón, que aquello no nos valía para nada. Pero dejar el Sahara así, entregárselo al puto rey de Marruecos, sin más… ¡Tenían carné de identidad, hostia! Legalmente eran españoles: españoles como tú o como yo, guaje, y ahí los dejaron tirados el Borbón y toda la camarilla… ¡Esto que tenemos es una mierda, país de putas y maricones! Claro que el día menos pensado… Y aquí me ves ahora, guaje: muerto de asco. Un día en una cosa, otro día en otra… Algunos me dicen que vivo como un obispo… ¿qué hostia sabrán? ¡Como obispos sí que viven ellos, con esas pagas que se levantan! Antes, tú eso no lo has conocido, la mina sí que era la mina: un trabajo jodido, de hombres. Pero ahora… Alguna vez sí que lo pensé, pero no me tira, guaje. ¿Andar todo el día metido en la madriguera, como un tejón? Además, a mí lo que me tiraba, ¡y lo que me tira!, es el Tercio. Ahí sí que…
Casi ni me dejó preguntárselo. En realidad, según él, apenas sí habían coincidido tres o cuatro veces: en realidad, muy poco o nada sabía respecto del Rubio ni de su parentela. Es decir; sí había entendido que eran de izquierdas, socialistas o comunistas, pero eso había sido tan solo porque el otro se lo había comentado —mejor dicho, había ido a gritárselo — en una ocasión, ambos metidos hasta las orejas en plena tranca. Y eso era todo; que él supiera, las dos familias nada tenían que ver, ni siquiera procedían del mismo lugar. ¿Que el otro se había quedado huérfano debido a la guerra? Pues mira: huérfanos también eran él mismo y su hermana; entonces, ¡qué carajo andaban gruñendo!
—Murió en un accidente, trabajando en una obra, cuando yo no había cumplido ni los tres años. Nada, absolutamente nada que ver con la política. Pura mala suerte, así es la vida… Mi tío Abelardo, sí: a ese sí que le gustaba darle al pico. Estuvo en Regulares e hizo con ellos toda la guerra —Asturias, Madrid, el Ebro…— y sin que le tocasen ni un hilo de la ropa; nada, ¡ni un puto rasguño! Yo me crie con él; quiero decir que tanto mi hermana Asunción como yo nos criamos con él y con su mujer, la tía Rosario…
Pero de todo aquello que llevaba vivido, de todos los recuerdos, ninguna cosa podía comprender la magia de Melilla.
—¿Conoces aquello? La primera vez fue en el año 59, cuando me hice lejía. Después me enviaron al Ifni. No; lo de Carmen Sevilla pienso que pasó un año antes, cuando atacaron los moros. ¿Allí, preguntas? ¡Allí no crece nada, guaje
